el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 28 de febrero de 2026

POR FIN DE VUELTA

Se viene posteo largo, en parte para compensar los muchos días que hace que no subo reseñas al blog. Terminé de leer todo el material de historieta argentina publicado en 2025 que me interesó como para capturarlo en formato físico. El último libro fue un cuasi-clásico ochentoso, Husmeante, una obra de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina menor en el contexto de la bibliografía compartida por ambos próceres, pero no carente de un cierto encanto. Cuando la descubrí de pibe me encantaron los guiones, pero ahora me quedo definitivamente con los dibujos de Mandrafina como principal atractivo de Husmeante. Acá se ve a un dibujante muy comprometido con las historias, que seguramente se divertía un montón a la hora de traducir en líneas y manchas las ideas y los textos de su compañero. El maestro Ariel Avilez proponía imaginar que Husmeante transcurre en el mismo universo que Morgan, otra historieta dibujada por Cacho en los ´80 (aunque sobre el final de la década), con clima detectivesco/ hard boiled y ambientada en un futuro no tan lejano, donde además de una tremenda desigualdad social tenemos mutaciones físicas grotescas en buena parte de las personas que habitan estas mega-urbes. Me cerró totalmente la idea, aunque en la comparación con Husmeante, los dibujos de Morgan casi dan lástima. Evidentemente, aquella serie escrita por Robin Wood generaba menos entusiasmo en Mandrafina, o se realizó a un ritmo que no le permitía ponerle la dedicación, la imaginación y la jerarquía que puede verse en estas páginas. Los mejores guiones de Trillo en esta serie merecen una ovación especial, porque son historias planteadas y resueltas en solo cinco páginas, lo cual es casi imposible. Ya vimos (por ejemplo) en Buscavidas y Las Puertitas del Señor López que a Trillo el tema de los espacios acotados no lo condicionaba para nada a la hora de despachar buenas historias, y acá, en varios de los nueve relatos que componen la serie (originalmente realizada entre 1982 y 1983) vamos a tener tramas sólidas, vueltas de tuerca impredecibles y resoluciones muy satisfactorias. Y en otros (por suerte no muchos) historias intrascendentes, ideas remanidas o chistes bobos estirados para que duren cinco páginas. Para bien y para mal, Husmeante es una serie a la que se le nota mucho la fecha de nacimiento: varios de los guiones de Trillo giran en torno a los dos temas que recién en 1982 se podían explorar en la historieta sin miedo a ir en cana (o algo peor), que son la política y el sexo. Husmeante está realizada al calor del destape post-guerra de Malvinas, cuando la dictadura militar ya no tenía resto para perseguir ni reprimir a nadie y la serie aprovecha a pleno ese nuevo aire de libertad. No quiero decir con esto que los resultados de intensificar las dosis de sexo y política sean geniales, para nada. Varias de las mejores historias del tomo son hard boiled clásico, sin un peso real de estos elementos, pero sin dudas son temas que a Trillo siempre le interesaron y que acá están puestos sin tapujos arriba de la mesa, siempre vistos a través de ese prisma sarcástico tan típico del guionista. Para completar 64 páginas y no quedar muy raquítico, el tomito de Historieteca tiene un montón de extras, entre los que se destaca la gloriosa "Los Héroes Están Cansados", emblemática historieta que Carlos y Cacho aportaron al nº1 de SuperHum® y que ya se había incluido también en la recopilación de Peter Kampf lo Sabía, otro clásico notable de la dupla. En síntesis, Husmeante es un trabajo quintaesencialmente ochentoso, que conserva aún hoy algo de su atractivo, y que los fans de Trillo y Mandrafina seguramente querrán tener en sus bibliotecas, ahora que vuelve a circular en una edición cuidada y accesible.
El verdadero culpable de los muchos días que tardé en volver a postear en el blog es el maestro Timothy Truman. Estuve miles de horas enfrascado en la lectura de Wilderness: The True Story of Simon Girty, the Renegade, un librazo que recopila dos novelas gráficas realizadas por Truman en los albores de los años ´90. Se trata de un comic histórico, con muchísimo texto, en el que Truman demuestra haber investigado a fondo no solo la vida de Simon Girty, sino también la época en la que vivió (1741-1818). Yo nunca le había dado mucha bola a esa etapa de la historia de Estados Unidos, siempre fui más fan de la Guerra de Secesión, pero contada por Truman, me resultó una época fascinante, repleta de emociones fuertes. No me quiero poner a explicar todo el contexto histórico de la novela, porque es el núcleo mismo del laburazo que se mandó Truman. Simplemente contar que Simon Girty fue una figura clave para un proceso que en EEUU se desarrolló varias décadas antes que en Sudamérica, que es el embate de los descendientes de europeos contra los pueblos originarios para apoderarse de sus tierras en nombre del progreso. En EEUU esta guerra no fue menos salvaje que en Argentina, por ejemplo, pero sí mucho más temprana, al punto que varios de los combates más zarpados contra los aborígenes se libraron cuando los yankis todavía no se habían sacado de encima a los realistas, es decir, a los ejércitos que intentaban restaurar el dominio colonial de la corona británica sobre estos territorios. O sea que tenemos dos bandos de "caras pálidas" (ingleses y yankis) enfrentados entre sí y a su vez con los indios, en un complejo equilibrio de alianzas y traiciones que Truman explica a la perfección, con sus marchas y contramarchas a lo largo de varias décadas. Y sí, Wilderness tiene mucho texto, tira mucha data (otra vez aparece -como en From Hell- la obsesión del historietista que estudió demasiado a fondo un tema y lo quiere demostrar), pero no se hace aburrida porque está escrita a un ritmo intenso, atrapante, porque lo que cuenta es interesante, y porque Truman te destroza en mil pedazos con los dibujos, que son una gloria, sobre todo en la segunda mitad, cuando las tramas mecánicas le disputan el protagonismo a las manchas negras. Como siempre, el dibujo de Truman evidencia algunas fallas cuando enfoca muy de cerca los rostros de los personajes, y cuando los toma muy de lejos, y los define con poquísimos trazos, también hay anatomías que hacen un poquito de ruido. Pero los planos medios, las viñetas resueltas con cuerpos enteros, o las viñetas en las que no hay personajes sino paisajes, son de una belleza indescriptible. Sin hablar del trabajo monumental en la documentación histórica, que reproduce con rigor lugares, armas, vestimentas, carruajes y un largo etcétera. En un momento, la historia de Simon Girty intersecta incluso con la de Tecumseh, que (como vimos acá el 22/02/22) también apasiona al creador de Grimjack y Scout. Un motivo más para considerar a Wilderness una pieza clave en la bibliografía de Truman. Como las novelas gráficas de temática histórica de -por ejemplo- Lautaro Fiszman, Wilderness narra sucesos de una violencia y una crueldad que hoy nos resultan inadmisibles, pero en aquella época eran moneda corriente. Y Truman acierta al no juzgar a estos hombres atrapados por esta vorágine de violencia y agresión permanente, que en su mayoría terminan cagados a tiros o arruinados por el alcoholismo. Sin dudas, si te interesa la historieta como un vehículo válido para estudiar Historia, este libro te va a volar la peluca, o a hacharte el cuero cabelludo con un tomahawk. Y tengo leído un tercer librito, pero mejor lo dejo para la próxima, así no aburro con tanta sanata. Gracias por el aguante y no dejen de visitar el canal de YouTube de Comiqueando, que este miércoles estrenamos programa nuevo, como parte de los festejos de los 10 años en esa plataforma. Como dicen los profesores mala onda del secundario, "nos vemos en Marzo".

miércoles, 31 de agosto de 2022

NOCHE DE MIÉRCOLES

O de mierda, ¿para qué vamos a andar con eufemismos, a esta altura? Estoy intoxicado desde ayer, con diarrea y vómitos, y es una sensación horrenda, que me impidió hacer prácticamente todo lo que tenía programado para hoy. Por lo menos al quedarme en casa tuve tiempo para terminar un libro y encarar estas reseñas... Sigo a full con 20th Century Boys y el Vol.6 me pareció alucinante. La cantidad de personajes en escena, el misterio de Amigo que está cada vez más cerca de resolverse, los huevos de Naoki Urasawa para dejar fuera de cámara durante cientos de páginas a Kenji, que supuestamente es el protagonista de la saga... Y eso sin hablar del dibujo, que es glorioso, a años luz de todos esos simios amaestrados que llenan páginas de los shonen en un estilo uniforme, de modo que cada día sea más difícil distinguir a unos de otros. Los personajes están diseñados de manera brillante, pero son apenas la puntita del iceberg. Todo este mundo peligrosamente cercano que dibuja Urasawa está pensado para envolvernos en la historia y que nos resulte verosímil y atrapante. Hasta que pasadita la mitad del tomo, el autor hace una de más y el verosímil se va al carajo. En una secuencia ambientada en 2015, cuando Otcho es un señor de casi 50 años, obtiene una pista importantísima que lo acerca a resolver el misterio de Amigo porque RECUERDA UNA CONVERSACION QUE TUVO CON UN COMPAÑERITO EN QUINTO GRADO. Chau, imposible. Me resulta más fácil creer que Macri no tuvo nada que ver con el espionaje a los familiares del ARA San Juan. ¿Qué clase de persona recuerda en 2015 algo que le dijo un compañerito de la primaria en 1971? No hay forma. 20th Century Boys es un manga en el que la reconstrucción de un pasado lejano tiene muchísimo peso, desde el primer tomo. Pero no se puede apelar a saltos al vacío tan extremos como el que pega Urasawa en esa secuencia. Fuera de eso, un tomo redondísimo, un guion que no deja cabos sueltos, un suspenso siempre asfixiante, personajes y situaciones muy gancheros, giros impredecibles, revelaciones impactantes... un lujo.
Hace poco prometí volver a visitar al Conan de Timothy Truman y Tomás Giorello, y acá estoy, con un arco de cuando los capos ya dejaron la serie mensual y empezaron a realizar miniseries protagonizadas por un Conan ya veterano, ahora Rey de Aquilonia. De todos esos arcos publicados por Dark Horse bajo el rótulo de King Conan, el "mejor rankeado" por los fans es este, Wolves Beyond the Border, tal vez porque tiene la particularidad de no seguir de manera lineal a ningún relato de Robert E. Howard, sino que está armado por Truman a partir de fragmentos de obras que Howard dejó inconclusas, a las que el guionista les incorporó muchísimo de su propia cosecha. Y además a Truman siempre se le dio muy bien el western, y Wolves Beyond the Border es un western apenas camuflado. Nunca fui muy lector de Conan, pero creo que esta es la historia que más me gustó de todas las que leí con este personaje. Me gusta que sea un cincuentón muy curtido, no tan impulsivo como en sus años mozos. Me gusta que para cuando matan a sus compañeros uno ya se encariñó con ellos... y lo que más me gusta: a diferencia del Conan de Roy Thomas, el clásico, el de los años ´70 en Marvel, este no está suavizado. La violencia es tremenda, la sangre te salpica, vuelan cabezas a la mierda... como debe ser un comic de bárbaros, no? Pero además hay diálogos muy logrados, hay cuerpos desnudos, hay gente que coge... Muchas cosas que en el Conan de Thomas no recuerdo haber visto nunca. Por ahí (repito) porque leí muy poco. Este guion de Truman está pensado para satisfacer a cualquier fan de la aventura. Hay locaciones exóticas, sacrificios, persecuciones, magia, combates a todo o nada, suspicacia (porque la alianza entre los "buenos" es bastante frágil), lindos toques de continuidad que hilvanan a la era de Conan con las de otros personajes de Howard, volantazos que no te ves venir... Realmente está todo muy bien pensado y bien cuidado. Y el dibujo de Giorello, ma-mita... Mejor que en el tomo anterior, mejor que nunca. Una bestialidad lo que dibuja nuestro compatriota en estas páginas. Tomás entregaba lápices sin entintar, tan complejos, tan sólidos, tan trabajados, que -photoshop mediante- se ven como si estuvieran entintados como los dioses. Sobre esos lápices, el colorista (nada menos que el gran José Villarrubia) no tenía más que añadir su propia magia, con unos resultados sublimes. Como la vez pasada, me llamó la atención que Giorello narre todo tan "de cerca", con muchos planos cortos. En general queda bien, pero hay secuencias que por ahí se verían mejor contadas "más de lejos", con más protagonismo para los fondos y menos para las figuras y los rostros. Creo entender por qué Giorello se siente tan cómodo cuando puede meter muchos primeros planos: si bien este animalito dibuja TODO muy bien, en los rostros saca una diferencia brutal con sus colegas. A las mujeres las dibuja hermosísimas, con esa sensualidad tipo Alfonso Azpiri, y a los hombres les pone esa gestualidad adusta, por momentos salvaje, que recuerda al toque al gran Jorge Zaffino y que tanto le gusta al lector yanki. El Conan de Giorello es enorme y exhuberante, y habita un mundo al que también se le aplican esos calificativos. Y el aporte de Villarrubia hace que todo sea vea aún más bello y más épico. Si alguna vez te copás con Conan y te preguntás por dónde empezar a leer los comics del Cimmeriano, yo iría directo a Truman y Giorello. No puede fallar. Nada más. Gracias por tanto y hasta pronto.

lunes, 22 de agosto de 2022

NOCHE DE LUNES

Vamos con un par de libritos que me devoré estos últimos días. Conan: Black Colossus es el Vol.8 de los tomos que recopilan la más extensa de las distintas series regulares que protagonizó el Cimmerio en Dark Horse. Este tomo me llamó la atención por el equipo creativo: guion de Timothy Truman, dibujos de Tomás Giorello. Un combo más que atractivo incluso para alguien que (como yo) no es fan de Conan. Adentro me encontré con una historia que adapta un relato de Robert E. Howard en el que básicamente Conan tiene que ponerse al frente de un ejército inmenso para combatir a otro ejército inmenso, que además tiene como líder a un hechicero con zarpados poderes sobrenaturales. Y al final gana Conan, y para festejar se pega una revolcada con una hermosa princesa. ¿Más de 130 páginas para contar eso, estás seguro? ¿No será un malentendido? No. La batalla se despliega en los dos últimos capítulos, y todo el resto es un larguísimo build-up, en el que Truman se dedica a mostrarnos lo malo y poderoso que es el villano, mezclado con escenas en las que Conan se gana de a poco la lealtad de mercenarios, aristócratas y demás muchachones de armas tomar que se integrarán a sus huestes, muchos de los cuales no sobrevivirán. Lo más interesante de esta previa interminable llega cuando Truman contrasta a un Conan rústico, sucio y desprolijo, con estos aristócratas, nenes de mamá que frecuentan los palacios pero que en su vida se enfrentaron a las amenazas que el Cimmerio derrota todos los días, con la naturalidad con la que uno se lava los dientes o saca la basura. Esas pinceladas de intriga palaciega, desarrolladas en diálogos muy dinámicos, hacen que todas esas páginas se sostengan un poco más, incluso a lo largo de capítulos (como el 3 y el 4) en los que prácticamente no hay acción. Y por supuesto el dibujo de Giorello, complementado de modo insuperable por el color de José Villarrubia, le imprime a la historia una fuerza increíble. Tanto en los momentos ominosos, como cuando hay que mostrar a milicos y príncipes rosqueando en un palacio, como cuando estalla el combate entre cientos (o miles) de soldados, cada uno con sus armas, cascos, caballos, etc., nuestro compatriota da cátedra de cómo se dibuja una historieta de aventuras. Criaturas fantásticas, chicas hermosas, bárbaros armados hasta los dientes, hechiceros malignos, palacios majestuosos, Giorello te dibuja todo con una elegancia y una potencia que te pone los pelos de punta. Por ahí hay un cierto abuso de los primeros planos (esos en los que Tomás deja ver en los rostros de los varones la sana influencia de Jorge Zaffino), en secuencias donde se podría haber contado lo mismo "de más lejos". Pero la verdad es que la entrega del dibujante es completa, y el resultado es formidable. Tengo que pensar mucho para recordar cuándo fue la última vez que leí un comic de Conan tan bien dibujado. Se supone que la dupla Truman-Giorello llega a su cima más adelante, en la saga de King Conan, así que prometo entrarle pronto a un tomito que trae algo de ese material. Mientras tanto, si nunca leíste el Conan de Dark Horse, ya sabés que en Black Colossus te esperan una historia que tarda en explotar pero no está mal, y uno dibujos y un color alucinantes.
Me voy a España, año 2018, cuando se publica El Tesoro del Cisne Negro, una novela gráfica en la que el hiper-consagrado Paco Roca forma equipo con el diplomático y escritor Guillermo Corral, ahora convertido en guionista de historietas. Si el otro día cuando leía El Pacto del Letargo hubo momentos en los que flasheaba una novela de Arturo Pérez-Reverte, con El Tesoro del Cisne Negro llegué al punto de chequear si el argumento no estaba basado en una obra del maestro cartaginés. Esta es una novela absolutamente protocolar que, como todo trámite protocolar, avanza a un ritmo muy lento. La trama es muy atractiva, y tiene más de un punto de inflexión en los que gana nuevas capas de complejidad, para que los conflictos se tensen y uno no sepa cómo se pueden llegar a resolver. En general, es un buen guion, con buen desarrollo de personajes y un tratamiento serio y verosímil de una temática muy ganchera como es la aparición en nuestro milenio de un gigantesco tesoro hundido en el océano desde principios del Siglo XIX. Los dos problemas que encontré son: 1) el villano es un personaje sin matices ni dobleces. Desde la primera vez que aparece ya intuís que Frank Stern es un sorete, y en las 200 páginas de la novela Corral no hace más que ratificarlo. 2) una punta relevante de la trama se resuelve con una casualidad medio grosera, cuando Alex va al mismo restaurante que Stern y Moreno, el mismo día, a la misma hora. El resto está muy bien. Es una historia de verdad, memoria, justicia y dignidad, que se apropia de elementos del documental, de la comedia romántica, del thriller financiero y del courtroom drama tan popular en EEUU. Y tiene ese final agridulce, onda Raiders of the Lost Ark que me cerró por todos lados. El dibujo de Paco Roca es sintético, adusto, con una economía de recursos muy notable. Por momentos me pareció estar viendo dibujos hechos a tinta sin lápiz previo, pero evidentemente la planificación de las secuencias de Roca es tan ajustada que no se puede hacer sin por lo menos bocetos bastante trabajados. Roca se esfuerza todo el tiempo para que el dibujo no llame la atención, no nos distraiga ni por un segundo de la historia. El dibujo está ahí porque filmar El Tesoro del Cisne Negro con actores en escenario reales era un kilombo y salía muy caro. Pero pareciera no tener ninguna otra función. El color sí, es muy generoso en climas, transmite muchísima emoción y funciona como un elemento importante en la narración. Es raro lo que me pasó con el dibujo, porque por un lado me gustó, y por el otro pienso que esto mismo lo podría haber dibujado un tipo mucho más genérico, más del montón, mucho menos talentoso que Roca, y habría funcionado de la misma manera. Y Paco podría haber dedicado los años que trabajó en este libro a otra obra con guion suyo, de esas que te masacran el alma. Pero bueno, se copó con este proyecto, le dio jerarquía y visibilidad a un guion muy consistente y no se le puede decir ni mu, porque el resultado es satisfactorio, lo mires por donde lo mires. Tengo un libro más de Roca sin leer, que supongo que llegaré a reseñar muy a fin de año, o ya el año que viene. Y nada más. Muchas gracias a tod@s l@s que descargan la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Hicimos un laburazo y está bueno que llegue a destino. Nos vemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 22 de febrero de 2022

EL ESQUEMA SE REPITE

Los libros que leí en estos días tienen bastante en común con los de la entrada anterior, por absoluta casualidad. La otra vez teníamos un policial de autores argentinos protagonizado por un detective privado duro, del cual sabíamos muy poco. Ahora cambiamos detective privado por inspector de policía, y nos vamos a 1975 con los maestros Ray Collins y Lito Fernández para disfrutar de la reciente reedición de Precinto 56, aquel clásico de la revista Skorpio. Yo me acordaba que esto era bueno, pero no que era TAN bueno. Esta etapa de Precinto 56 arranca MUY arriba, con un Collins afiladísimo, obviamente influenciado (tanto en la prosa como en la construcción de las tramas) por Héctor G. Oesterheld, pero con una calidad y un vuelo poético en los textos que no tienen nada que envidiarle a los del maestro, y hasta a veces lo superan. Collins te hace sentir en carne propia la desolación, la oscuridad, el horror y la miseria que pueblan cada una de estas historias de 12 ó 13 páginas. Sobresalen del conjunto dos guiones soberbios: el del violador serial (jodido e impredecible) y el que gira todo el tiempo en torno al aborto, sin decir nunca la palabra “aborto”. Este es una cátedra absoluta, que deberían estudiar en profundidad todos los guionistas actuales. El dibujo de Lito Fernández es rarísimo, como si quisiera despegarse del estilo que había impuesto en Dennis Martin y reconciliarse de alguna manera con quien fuera su maestro (casi su padre, dice siempre Lito), Alberto Breccia. O por lo menos acercarse a otros discípulos del Viejo (pienso en José Muñoz, Rubén Sosa o Leopoldo Durañona) que adoptaron más yeites del glorioso tripero y los conservaron durante más años. Ojo, alejarse un poquito de Milton Caniff y Frank Robbins para acercarse un toque a Breccia no es un disparate, porque el Viejo también tuvo una etapa en la que miraba bastante a Caniff. Pero en esta etapa de la carrera de Lito, esa búsqueda se ve rara. Lo vemos usar muchas técnicas de entintado distintas en una misma viñeta y trabajar el grosor de la línea, las manchas negras, las texturas y los cross-hatchings de un modo que no volveremos a ver en casi ninguno de sus trabajos posteriores. De esa indefinición, o de ese “vale todo” intencional, salen imágenes de enorme fuerza expresiva. Más allá de que el fan de larga data de Lito sienta este material como extraño en la carrera del ídolo, es innegable que en Precinto 56 la narrativa que despliega Fernández no tiene fisuras. Ni siquiera esos experimentos en materia de claroscuro logran empañar la habilidad innata de este monstruo para contar historias con sus dibujos. Este arranque de Precinto 56 es magistral, de verdad. Una obra que para 1975 era moderna, quizás incluso vanguardista, pero que en ningún momento se planteaba romper con la ilustre tradición de los próceres de siempre como Oesterheld y el Viejo Breccia. Y que hoy se puede leer y disfrutar sin el menor inconveniente, e incluso tirar sobre la mesa para revalorizar a dos autores de una trayectoria demoledora (que felizmente aún están vivos) y una producción monumental, como la que nos ofrecieron Collins y Fernández, sobre todo en los ´70 y ´80.
Y la vez pasada comenté una historieta de aborígenes norteamericanos enfrentados a los milicos de ese país que funcionaban como avanzada del genocidio y posterior robo de sus tierras, y hoy tenemos otra obra que se trata de lo mismo. Tecumseh! nació como una obra de teatro creada por Allan Eckert para ser representada al aire libre, en un gigantesco predio de Chilicothe, Ohio. Hasta que vio la obra el siempre inquieto Timothy Truman y dijo “esto es una historieta, maestro”. Así es como en 1992 apareció esta versión de Tecumseh!, que sin desviarse casi nada del relato de Eckert, funciona lo más bien como una novela gráfica de 60 páginas. Como está contada desde el punto de vista de los indios Shawnee, esta es una historia triste, donde el valor y la entrega de estos bravos guerreros no va a alcanzar para impedir que los milicos blancos se queden con todo. Pero Tecumseh se va a encargar de que la victoria les salga cara. La obra también tiene una leve trama romántica y otra bastante más importante que va para el lado de la intriga palaciega y por momentos cobra ribetes shakespeareanos. O sea que aunque sepas que al final pierden los buenos, hay bastantes elementos que te van a mantener enganchado hasta el final. Y por suerte los textos son ágiles, no está la intención didáctica de explicarte en detalle la sociedad, la economía, la política, la táctica bélica, la religión y hasta qué condimentos le ponían los indios a la comida a principios del Siglo XIX. Donde Tecumseh! viene floja de papeles es en algunos pasajes del dibujo. Truman es un excelente narrador, pero no puede dibujar a los personajes con la misma cara en dos viñetas seguidas. A veces copia los rostros de fotos y le salen muy bien, pero se nota mucho que son fotos copiadas. Y cuando no copia, tenemos personajes que de una viñeta a otra pasan de ñatos a narigones, de baqueteados a lozanos, o de flacos a gordos. El protagonista y su hermano por momentos parecen tener veintipocos años, por momentos treinta y muchos, por momentos ser casi viejos… pero en una sucesión que no coincide con el transcurso de los años que abarca el relato. Y en el medio aparece una cara copiada de una foto, y los aborígenes adquieren los rasgos del modelo que posó para la foto, que probablemente haya sido un amigo de Truman, que no era descendiente de shawnees, ni tenía una edad ni una contextura similar a la de los protagonistas del comic. O sea que ahí hay una inconsistencia, una irregularidad muy notoria, que no empaña algunos momentos majestuosos del dibujo, ni mucho menos lo interesante del guion, pero hace ruido. Si sos fan de Truman, seguro ya estás acostumbrado a esos saltos bizarros, y no van a impedir que disfrutes de esta muy buena novela gráfica. Nada más. Nos reencontramos el mes que viene, acá en el blog, con reseñas del material que pienso leer durante el viaje a Montevideo. Gracias y hasta pronto.

sábado, 20 de junio de 2015

20/ 06: MUNDEN´S BAR

Durante aquel fugaz pero intenso romance entre IDW y Timothy Truman, la editorial californiana republicó unos cuantos episodios de la fundamental Grimjack, dibujada por Truman y escrita por el maestro John Ostrander. Pero se guardó para otro TPB (este) los back-ups que incluía Grimjack cuando salía como comic-book mensual en la editorial First, allá por los inolvidables ´80s. Los back-ups eran historias autonclusivas que transcurrían en el Bar de Munden, propiedad de John Gaunt (Grimjack), ubicado en un barrio muy heavy de la hiper-heavy ciudad de Cynosure. La idea era trabajar casi sin personajes recurrentes, para poder cambiar en todas las entregas de equipo creativo. Por Munden´s Bar pasaron, además de Ostrander y Truman, un montón de talentosos artistas de aquella época, con estilos muy variados.
La gracia de estos back-ups era que acá podía pasar cualquier cosa, desde comedias zarpadas de borrachos y pendencieros hasta thrillers asfixiantes o historias de terror al filo de la pesadilla. A veces los sucesos estaban ambientados ahí, en el momento, con Gordon Munden y sus clientes como protagonistas, y otras veces la serie adoptaba el formato de las geniales Historias de Taberna Galáctica, esas que pelaba Josep Ma. Beá en las páginas de 1984, en las que uno de los bichos que están ahí escabiando le cuenta al resto una historia de la que puede ser protagonista o mero testigo. Todo funciona para darle variedad y para mantener impredecible a la serie.
Fuera de las historias que escriben Truman y Ostrander, hay una sola de Mike Baron (con un gran personaje secundario de Nexus) y unas cuantas en las que Ostrander forma equipo con un monstruo: el dramaturgo, comediante, guionista de TV, iluminador, actor y maestro de varias generaciones de actores (de Bill Murray a Steve Carell), el legendario Del Close, uno de los tipos más rupturistas e innovadores del espectáculo norteamericano de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1999. La alucinante química entre Ostrander y Close continuaría años más tarde en DC, con la gloriosa antología Wasteland, ahí sí, con menos comedia y más elementos cercanos al terror psicológico. Pero acá, en sus primeros trabajos conjuntos, hay muchísimas ideas brillantes, plasmadas en unitarios breves… que yo había leído hace menos de 20 años (cuando me armé por monedas la colección de Grimjack en revistitas) y no me acordaba para nada. La única historia que recordaba era una de Truman, dibujada como los dioses por John Totleben. El resto, me sorprendió por completo y –codo a codo con algún sapo menor de los que nunca faltan en las antologías- me encontré con papa muy fina.
De las historias de Truman, la mejor es esa, The Bargain, la que yo tenía fresca en la memoria. La de Mike Baron es muy buena. La que escribe y dibuja Phil Foglio también está muy bien. Y de las de Ostrander y Close es imposible elegir una, así que elijo tres: D.T. (con dibujazos de Stephen Bissette), Mother´s Calling (cátedra devastadora de un Brian Bolland que deja la vida en cada viñeta) y A Quiet Night at the Bar (con dibujazos de Hilary Barta), más virada a la comedia.
Ya mencioné a varios dibujantes grossos y sumo al elenco a algunas bestias más, como Rick Veitch, Joe Staton, Steve Rude, Jerry Ordway, Rick Burchett y William Messner-Loebs, que en esta época todavía era más conocido como autor integral que como guionista. El más flojo, el que desentona, es claramente Jim Valentino, con su aceptable labor cuando tiene que dibujar personajes cuasi-humorísticos y sus pifias grotescas cuando se juega por personajes con anatomía más o menos realista.
Esto es historieta ochentosa bastante adelantada a su época en materia de guiones, así que hoy se puede disfrutar sin ningún inconveniente. Y si no te ahuyenta esa tapa rarísima de Skip Williamson, adentro vas a ser muy feliz cuando te empiecen a bombardear las retinas todas esas imágenes extremas, bien idas a la mierda, que brotan de las plumas de ídolos como Totleben, Bissette, Veitch, Bolland, Rude, Ordway y demás. Sólo me quedé con la leche de ver un unitario dibujado por Truman, pero Munden´s Bar se inventó precisamente para llenar las páginas que Truman no llegaba a dibujar en la historia principal para que Grimjack pudiera sostener la periodicidad mensual… Y hablando de Grimjack, me dieron unas ganas de releerla…

viernes, 11 de octubre de 2013

11/ 10: A MAN NAMED HAWKEN

¿Te acordás que en los ´90 Joe Lansdale y Tim Truman resucitaron a Jonah Hex en el sello Vertigo y le metieron elementos sobrenaturales, para virar la serie un toque hacia el terror? Bueno, se ve que a Truman le quedó picando alguna idea de aquella época, porque Kit Hawken, la nueva creación del maestro, tiene muchísimos, demasiados puntos en común con el Jonah Hex de Vertigo. Esta podría ser tranquilamente una aventura crepuscular de Hex, ya que Hawken es un veterano, un tipo que para 1881 ya anda alrededor de los 60-65 pirulos.
La principal diferencia es el guionista. En lugar de trabajar con Joe Lansdale, acá Truman forma equipo con su hijo Benjamin, al mejor estilo Yves H. + Hermann. Nunca había leído historietas ni cuentos escritos por Ben Truman, pero aparentemente tiene bastante material publicado y una carrera interesante como escritor de videojuegos. Se nota bastante que Benjamin es fan de los comics que su padre escribía y dibujaba en los ´80 y ´90: A Man Called Hawken se lee como un típico comic de Tim Truman, aunque sin la clásica bajada de línea política (a veces menos sutil que un barrabrava borracho y duro de merca) que el maestro solía deslizar en sus obras. Y la verdad es que el guión de esta primera saga está bueno: apenitas estirado, con los conflictos bien planteados, la indagación justa en las motivaciones del protagonista, los elementos sobrenaturales controlados para que no se lleven puesto al argumento... una muy linda aventura, de irresistible atractivo para los fans de Jonah Hex.
Por supuesto, como las obras clásicas de Tim Truman, esta tiene una cuota bastante elevada de truculencia, mala leche y grim ´n gritty. Hawken no tiene nada que envidiarle al cowboy más fulero de DC en materia de crueldad para con sus enemigos y siempre tiene –como el querido Jonah- el cargador lleno de frases cortantes, ásperas, pensadas para dañar al interlocutor casi como un cuchillazo. Y como sucede cuando leemos comics de Hex, acá siempre está la certeza de que, pase lo que pase, Hawken no va a morir. Es un viejo cansado, curtido, cagado a palos por la vida, que se enfrenta a peligros inconmensurables, a enemigos que lo superan en todo menos en huevos y mala leche, y aún así el guión nunca te genera la sensación de “uy, se pudrió todo, de esta no zafa”. Lo cual está bueno esta vez, por ser la primera. En futuras aventuras, cuando ya estemos más encariñados con el personaje, estaría piola hacernos sufrir más, y hasta sería un hallazgo mostrarnos una muerte pulenta, impactante y definitiva del personaje, que es algo que DC nunca va a tener agallas para darle a Jonah Hex.
El dibujo del gran Timothy está en un nivel increíble. Lo más lindo es que está todo realizado en blanco, negro y grises, estos últimos aplicados mitad con la computadora, mitad con esos marcadores que hay ahora, pensados especialmente para ponerle tonalidades grises a los dibujos en blanco y negro (son los que usa, por ejemplo, Salvador Sanz). Truman maneja de taquito la ambientación del western y aplica todos los trucos con los que ya nos sorprendió en Jonah Hex y en otras historias con antihéroes repulsivos y elementos fantásticos casi igual de repulsivos. Además incorpora muy lindas páginas con cinco o seis viñetas widescreen, hermosas splash pages y el talento de siempre para armar y ejecutar secuencias brillantes, de gran intensidad dramática. La verdad es que todo se ve muy bien y la atmósfera que crea el autor es realmente poderosa. Sentís el olor a chivo, a bosta de caballo, a pólvora, a whisky berreta, el calor asfixiante... Claramente estamos ante un autor que sabe mucho más que dibujar. También la rompe a la hora de transmitir otras sensaciones y ahí reside buena parte de su atractivo y de su vigencia, en esa impronta visceral, recontra-expresiva y recontra-personal.
A Man Named Hawken es una historieta muy sólida, muy bien pensada por esta dupla padre-hijo. Tiene una trama bien planteada, un gran protagonista, mucha acción, un clima fatídico, sórdido y filoso, enrarecido por los elementos sobrenaturales, y un final fuerte que no sólo cierra sino que también abre puntas seguramente con miras a un segundo arco argumental. No es super-original, porque el propio Tim Truman hizo historietas muy parecidas a esta en los ´90. Pero como me divertí mucho, y como soy muy fan de Jonah Hex, no me quejo en lo más mínimo.

lunes, 15 de julio de 2013

15/ 07: SCOUT Vol.2

Segundo y último tomo en este intento por parte de Dynamite de recuperar un cuasi-clásico ochentoso de Timothy Truman. Intento en el que le debe haber ido tirando a mal, porque las reediciones se cortan acá y la serie original siguió bastantes números más.
En este tomo, Truman nos escamotea un elemento que estaba bueno en el anterior: el misticismo de los aborígenes nortreamericanos. En el primer episodio hay un poquito de eso, pero justo ahí Scout se despide de Gahn, y donde antes había bestias místicas ancestrales ahora habrá... robots israelíes con diseño de mechas japoneses. Truman abordará el tema de la religión y le dará mucho protagonismo con el correr de las páginas, pero no será la religión de los apaches, sino la de un pibe que está medio tocado y combina el cristianismo con las novelas de El Señor de los Anillos.
El profeta, a quien una facción del gobierno de los EEUU quiere hacer pasar por líder terrorista, no es otro que Doody, un personaje menor del tomo anterior, que acá está muy cambiado, incluso físicamente. Truman no se calienta siquiera en dibujarlo parecido. La aventura se articula (con perdón de la palabra) en torno a esta dicotomía: Doody empuja a sus seguidores por el desierto yanki hacia una base militar en la que todavía quedan algunos misiles activados, guiado por visiones extrañas e inspirado por el viaje de Frodo hacia el Monte del Destino. El artero vicepresidente de los EEUU, en cambio, afirma que se trata de una célula armada que intenta apoderarse del arsenal nuclear para poner en jaque al país. El miedo crece, las tropas se movilizan y al final resultará que Doody es algo más que un salame con visiones proféticas.
A todo esto, ¿de qué juega Scout? Eso es lo más flojo de la saga central. Al principio, Emanuel Santana traba amistad con un ganadero copado y lo ayuda a defender sus tierras. Pero después, ¿para qué acepta sumarse al caos que se desata en la base militar? ¿Qué hace un criminal buscado por la policía de todos los estados en una misión especial encargada por la presidenta de la nación? No se termina de explicar. Lo bueno es que la presencia de Scout en el desenlace de la saga de Doody sirve para que finalmente lo capturen los milicos y da pie a los dos últimos episodios del tomo, que son los mejores.
Acá, Santana está internado en el pabellón psiquiátrico de un hospital para veteranos de guerra, debilitado por sus heridas y empastillado hasta las uñas. Truman aprovechará el primero de los episodios de Scout en el hospital/ manicomio para bajar línea acerca de cómo EEUU trata a sus ex-combatientes, y en el segundo estallará una machaca sumamente salvaje, con dos objetivos: presentar a un nuevo personaje (a quien no veré desarrollarse a menos que consiga las revistitas de los ´80) y sacar a Santana de su cautiverio. Las primeras 16 páginas de ese último capítulo tienen un nivel de violencia muy, muy difícil de digerir.
El dibujo de Truman mantiene el nivel del tomo anterior, siempre muy vibrante, con muy buenos truquitos de narrativa y una gran labor de Sam Parsons en el coloreado. Hay una historia muy breve dibujada por Ben Dunn (pionero del manga en los EEUU) bastante intrascendente, y además hay 19 páginas a cargo de dos compañeros de curso de Truman, que egresaron junto con él de la escuela de Joe Kubert: los gloriosos Rick Veitch y Stephen Bissette, que se van al carajo a la hora de graficar el capítulo en que Scout está en el hospital drogado y hecho mierda. Si recordás sus trabajos en Swamp Thing, o en la antología Taboo, sabés que a los muchachos les gusta el terror, bien podrido y visceral, y acá se zarpan para ese lado, en unas páginas memorables en las que se ve la clásica anatomía del maestro Kubert mezclada por una puesta en página rarísima y un entintado bien dark, bien sórdido, todo eso en los espacios que dejan los textos de Truman que –lamentablemente- son muy, muy abundantes. El propio Truman dibuja el último episodio (el de la tremenda machaca con Monday) con la novedad de que acá no aparece con el color de Parsons retocado por los efectos digitales de Mike Kelleher, sino que este último colorea toda la historieta con su paleta photoshopera. Y la verdad que le suma puntos a Parsons porque esto, de 2008, está bueno, pero no tanto mejor que lo que hizo el colorista original en 1986, cuando la tecnología que hoy usa Kelleher no se podía ni soñar.
Futuro distópico, ciencia-ficción, medio ambiente, runfla política, religión, combates militares con hardware y robots gigantes, machaca a puño limpio y algún garchecito apenas sugerido (pero lésbico!) sirven de marco para las violentas aventuras de Emanuel Santana, a las que estuvo bueno descubrir, aunque sea con más de 25 años de demora. Habrá más Tim Truman antes de fin de año.

domingo, 7 de julio de 2013

07/ 07: SCOUT Vol.1

Hoy por ahí se habla menos de Timothy Truman, pero en los ´80 era un autor decididamente protagonista, aunque no de primera línea, porque la primera línea era MUY heavy. Truman era (y aún es) un autor medio a contramano del mercado, en parte porque no le interesa el género superheroico, y aún así, varias veces le fue muy bien. De sus muchas creaciones, la que más prosperó fue Scout, lanzada en 1985 en la editorial Eclipse y cuyos primeros 16 episodios recopiló hace no tanto Dynamite.
Scout es una variación muy interesante de Mad Max. Truman nos sitúa en un futuro cercano (tan cercano, que hoy ya es pasado), claramente distópico, en el que EEUU quedó aislado del mundo, con escacez de alimentos y energía y un gobierno corrupto y manipulador, obscenamente alineado con los intereses de las grandes empresas. Por supuesto, el orden se mantiene a punta de riffle y ametralladora, como en todo sistema político que excluye a las mayorías. En ese contexto se mueve Emanuel Santana, alias Scout, hijo de apaches, ex-milico, hoy vagabundo de los caminos al que los espíritus de su ancestros eligen para limpiar a EEUU de estas pestes. Junto a Gahn, su guía espiritual con forma de ardillita que habla, Scout, su moto y sus chumbos recorrerán los polvorientos caminos de Arizona, New Mexico y Texas para impartir justicia y confrontar a los Cuatro Monstruos, entidades malignas de enorme poder, encarnadas en los jerarcas del régimen y sus amigos. Y claro, los ex-compañeros de Santana harán lo posible por detenerlo.
Esto es grim ´n gritty clásico de los ´80. Con mucho texto por página, mucha introspección, diálogos filosos, alguna teta por ahí perdida (para aprovechar que esto se editaba por afuera del radar del Comic Code Authority) y sobre todo con mucha violencia. Scout es un personaje de alto contenido místico, obediente de los rituales de su tribu, pendiente de su espiritualidad y en paz consigo mismo. Pero –mirá qué linda contradicción- está entrenado para ser la perfecta máquina de matar y Truman lo prefiere en ese rol. Con el correr de las páginas, Scout se convierte en una especie de Rambo o Mad Max apache, un maestro en el manejo de todas las armas, con un aguante increíble, una enorme sagacidad para el combate y cero reparos a la hora de volar en mil pedazos a sus oponentes. O sea que hay que venir preparado para una alta dosis de machaca, bastante más cruda y shockeante que la que se veía en los comics de superhéroes de los ´80.
En cuanto al dibujo, Truman es un alumno aventajado de Joe Kubert, miembro de aquella camada mágica en la que también estaban Rick Veitch, John Totleben y Stephen Bissette. Lo único que no aprendió del maestro es la elegancia. Se ve que ese día faltó a clases. A Truman no le interesa la elegancia, lo suyo es áspero, brutal, sucio. No le pidas que dibuje lindas minas, porque no le salen. En todo el libro debe haber... dos caras lindas de mujeres. El trazo de Truman es intrincado, laborioso. Se nota que se rompe el culo para llevar a la página las cosas que ve en su mente, y entre tanto esfuerzo, cada tanto se cuela algún error de anatomía (no en Hawkworld, porque Alcatena se los corregía). El fuerte de este autor es, por un lado, la expresividad de sus personajes, su potencia a la hora de transmitir sensaciones. Y por el otro, su manejo de la narrativa, atractivo, moderno, siempre con el timing justo, sin estridencias innecesarias. Por supuesto, leído hoy, este TPB requeriría como 50 páginas más para descomprimir un poco el relato, tener menos cuadros por página y menos texto por cuadro. Pero en su contexto ochentoso, acá hay una solidez narrativa que ni siquiera en esa época era muy frecuente.
Mención especial para Tom Yeates, dibujante habitualmente frío, con poca personalidad y con más pilas para hacerse el virtuoso con el plumín que para ponerse al servicio del relato. Acá dibuja el epílogo (con guión de Truman, claro) y se juega mucho más que en otros trabajos para ponerle onda y dinamismo a páginas MUY sobrecargadas de texto. Bien por este abonado a casi todas las publicaciones de Eclipse. Y también el aplauso para Dynamite, que logró dotar a esta reedición de un color magnífico, a años luz de las abominaciones que veíamos en los comic-books de los ´80.
Tengo para leer pronto el segundo recopilatorio de Scout, y ya estoy puteando porque no hay más. Voy a tener que completarla en revistitas, porque me enganché mucho con esta saga oscura, intensa, repleta de violencia, pasión y personajes muy bien construídos que –andá a saber por qué- nunca coleccioné en su momento.