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domingo, 6 de diciembre de 2015

06/12: ¿QUE CLASE DE CASA ES ESTA?

Esta etapa de expansión de la historieta argentina que vivimos en los últimos años tiene varias particularidades interesantes, y una es la aparición de los rara avis, de autores nuevos que parecen bajados de un plato volador, a los que no se les notan las influencias de ninguna de las tradiciones historietísticas que los preceden. Un caso emblemático de eso es Manuel Depetris, este autor rosarino al que descubrí a través de este libro que reúne cuatro historietas breves.
Depetris es una bestia, un dibujante de un talento desmesurado, fuera de control, a años luz de lo que se suele ver en historietas firmadas por autores primerizos. Con influencias que provienen básicamente de las artes plásticas (con Carlos Alonso y Vincent Van Gogh como referentes más visibles), Depetris hace gala de un estilo único, 100% personal, y de una claridad respecto de lo que se puede hacer con papel y tinta que realmente te pone los pelos de punta.
Y así llegamos al momento de la polémica: ¿Está bueno narrar sensaciones y emociones en vez de historias? Si tomamos ese laburo bien de climas que propone –por ejemplo- Jorge González en Dear Patagonia, y lo llevamos al extremo de que ya ni siquiera haya secuencias, ¿sigue siendo una historieta? En ese sentido, el trabajo de Depetris es rarísimo. La forma de armar la página, dónde coloca los textos, la decisión de cuántas páginas tiene que durar cada historia… todo parece estar en función de un criterio indescifrable para aquellos que estamos demasiado acostumbrados a la historieta tradicional, esa en la que los autores renuncian a cierto virtuosismo gráfico en virtud de que la narrativa resulte un poco más fácil de decodificar.
Este libro plantea un juego casi morboso: resulta placentero, casi gracioso, ver a Manuel Depetris luchando contra la narrativa clásica de la historieta. No sé si el autor la desconoce, o si la conoce y se propone transgredir todas sus reglas, pero lo cierto es que página a página lo ves chocar de frente contra todas las convenciones y estructuras del clásico relato gráfico secuencial al que llamamos “historieta”.
De hecho, hay una historia (la cuarta y última) que no la entendí. Si me preguntás de qué se trata, te tengo que responder “ni idea”. Y la que más me gustó, la que menos me costó decodificar, fue la segunda, “Nunca tuvimos nombre alguno”, 25 páginas también muy raras, pero en las que por lo menos Depetris me enganchó con el tema y con el ritmo, además de conmoverme con los climas y deslumbrarme con el prodigio hipnótico de su técnica.
No sé si decir que Depetris es un autor experimental, porque me queda claro que no está experimentando, no va “probando qué onda”. Se nota que la tiene clara, que lo que vemos en la página es exactamente lo que este muchacho imaginó en su cabeza. El tema es que no se parece casi nada a las hsitorietas que estamos acostumbrados a leer y eso, inevitablemente, lo convierte en un autor “para pocos”, confinado al nicho de los que no buscan tanto entretenimiento ni buenas historias, sino libertad expresiva y sofisticación. Eso, a este libro le sobra. Falta lo otro: la idea de pelar un poco menos de virtuosismo gráfico y narrar un poco más.