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viernes, 1 de noviembre de 2024
VIERNES CON CALOR
Le quedan dos meses al año, y al blog le quedarán... no más de 12 ó 13 entradas, porque ya arrancó la vorágine del nº10 de Comiqueando Digital, que me va a consumir muchísimas horas y me va a obligar a leer menos historietas que estos últimos días, en los que venía pisteando como un campeón. Pero bueno, ¿quién te dice? Por ahí arrimamos a las 95 entradas en el año, que no está mal.
El otro día comenté un libro de Alfonso López y hoy voy por más. Esta vez se trata de Silencios: La Juventud del Capitán Trueno, y como suele suceder cuando las historias que se le ocurren son más dramáticas y menos humorísticas, López forma equipo con Pepe Gálvez, reconocido crítico y guionista español. Juntos, Alfonso y Pepe van a homenajear al Capitán Trueno, el legendario personaje creado en 1956 por el maestro Víctor Mora y el muy competente Ambrós, que en 2006 (cuando se publica el álbum) cumplía 50 años.
La idea rompedora que se les ocurre a Gálvez y López es contar una precuela, una historia ambientada siete años antes del año 1191, que es donde Mora situaba las primeras aventuras del héroe. El Capitán Trueno es aquí Guillem de Empúries, un muchacho joven que ya es capitán pero todavía no recibió ese apodo. Junto a su eterno compañero Goliath, vivirán una historia que sacará un enorme provecho de la época histórica en la que está situada, ese último cuarto del Siglo XII en el que la Península Ibérica era un conglomerado de pequeños reinos en los que convivían (no siempre en los mejores términos) cristianos, judíos y musulmanes.
A diferencia de la mayoría de las aventuras del Capitán Trueno (o por lo menos del puñado que leí yo), Silencios no apunta a la epopeya, ni a las grandes batallas entre ejércitos. Se parece más a un misterio "policial", a un caso en el que los protagonistas tienen que encontrar pistas, testigos, pruebas, que les permitan impedir la injusta ejecución de Abú Yusuf, un musulmán amigo de los cristianos. El guion está llevado de un modo pausado, realista, sin volantazos ni aceleres raros, y Gálvez se toma el trabajo de pensar una resolución lógica y satisfactoria para el conflicto. Esto le requiere implementar en muchas páginas la grilla de nueve cuadros (la Gran Watchmen), sobre todo en las escenas de mucho diálogo, pero el relato nunca se hace tedioso, en parte porque el dibujo de López le agrega climas, emoción y un gran despliegue de ángulos y enfoques.
En apenas 50 páginas, López y Gálvez concretan un excelente álbum, con los personajes clásicos, pero vistos a través de otra óptica, más moderna y más "con los pies en la tierra". Parece una contradicción contar una historia mucho más realista que las de Víctor Mora, con un dibujante mucho menos realista que Ambrós, pero el trabajo de López es realmente formidable. Ese pincel se prende fuego para regalarnos paisajes, rostros, expresiones corporales, escenas de acción y demás imágenes memorables, siempre con una puesta en página clásica y sobria. Muy recomendable, tanto para los fans del Capitán Trueno, como para los que siguen la maravillosa trayectoria de Alfonso López, con y sin la loable complicidad de Pepe Gálvez.
La Cosa Perdida, del glorioso australiano Shaun Tan, es más un "libro álbum" que un comic... pero no deja de ser un relato contado con imágenes pictóricas y de otros tipos yuxtapuestas en secuencia deliberada, así que no hay que forzar mucho el reglamento para considerarlo un comic. Raro, atípico, pero comic al fin.
Raro en lo formal, no? En la cantidad de texto (muy poquito) en relación a la cantidad de páginas y al tamaño (enorme) de casi todas las imágenes. En ese sentido, se parece a un libro de cuentos infantiles, esos con imágenes grandotas y textos muy sintéticos. Y está bien, en cierto modo La Cosa Perdida es un cuento simple, lineal, con moraleja y con mucho atractivo para los lectores más chiquitos.
A mí, como lector adulto y acostumbrado a otra proporción entre texto e imagen, el relato me atrapó, me divirtió, me pareció muy bien llevado. Me encontré con un Tan muy distinto al que recordaba de The Arrival, más luminoso, menos claustrofóbico, con más recursos ahí, en el filo entre la gráfica y la plástica. Me gusta también la línea que baja, como construye/ retrata ese mundo burocrático y aburrido, y sí, obviamente flasheo con estas 32 páginas convertidas en una historieta "tradicional" de siete u ocho páginas, cada una con seis o siete viñetas... en las que el maravilloso dibujo de Tan se luciría mucho menos.
Lo único que me dejó un sabor amargo es que la edición argentina respeta una traducción española donde los personajes se tratan de "vosotros", y usan palabras que en Argentina no usamos ("periódico" en vez de "diario", "bolígrafo" en vez de "birome", "mola" en vez de "copado", etc.). No les costaba nada retocar un poquito la traducción para que el texto se leyera un poco menos español y un poco más argentino... o traducir directo del inglés al castellano rioplatense, que es lo que -para mi gusto- funciona mejor. El resto, realmente impecable. Un libro precioso, una edición de gran calidad, a la altura del talento de un autor que -muy a mi pesar- encontró un público enorme en un territorio bastante alejado de la novela gráfica, y se va a quedar ahí, no va a volver para este lado. Lo importante es que Shaun Tan siga poniendo sus increíbles dibujos al servicio de relatos atractivos, y en ese sentido, La Cosa Perdida es una nueva joya en su corona.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos acá en el blog ni bien tenga más libros para reseñar. Gracias y hasta entonces.
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miércoles, 24 de junio de 2015
24/ 06: EL CAPITAN TRUENO: LA REINA BRUJA DE ANUBIS
Poco conocido por estas latitudes, en España el Capitán Trueno es un ícono comiquero de primera línea, como para nosotros podría ser El Eternauta. Cuando debutó, allá por 1956, se convirtió de inmediato en el personaje de aventuras más popular y su revista llegó a vender 350.000 ejemplares por semana, una animalada importante. Aún hoy, con la historieta española enfocada claramente hacia otro lado, aquellas clásicas aventuras escritas por Víctor Mora y dibujadas por Ambrós se siguen reeditando y cada tanto salen nuevos episodios, directamente en formato álbum, a color, etc.
La Reina Bruja de Anubis es uno de esos episodios “modernos”, realizados en formato álbum, en este caso en 1991. Primero se serializó en dos diarios y una revista y después se editó como libro en tapa dura, en varios países. La apuesta de esta historieta iba más allá de la nostalgia: por un lado, estaba Víctor Mora, el guionista original de la serie, el creador de los personajes. Y al frente de la faz gráfica, un gancho irresisitible, nada menos que el británico John M. Burns, un consumado dibujante de aventuras que en los ´80 había incursionado con bastante éxito en el campo de una historieta más adulta, más arriesgada. Por lo menos en España, a este álbum le fue muy bien y dio origen a un segundo, a cargo de la misma dupla autoral.
Pero, ¿está bueno? A grandes rasgos, sí. Tiene un problema fundamental, que es el propio Capitán Trueno. En estas 44 páginas, el héroe no hace NADA. Hay un breve tramo en el que no está prisionero de ninguno de los villanos, que es la batalla a bordo del barco, quizás el momento más intenso del álbum. Pero en el resto de la aventura, Trueno es un tipo que va donde lo llevan. Noble, compasivo, valiente, racional, contenido a la hora de ceder a las pasiones más bajas… y muy aburrido, pobre flaco. Menos mal que están los villanos, porque si no, nos comíamos un embole monumental.
Y el otro problema, bastante menor, es uno que se suele dar cuando la amenaza más grossa va para el lado del misticismo. Empiezan a pasar cosas heavies, más cosas heavies, más cosas heavies… y en un punto la amenaza se desactiva y todo vuelve a la normalidad en un toque, como por arte de magia, sin mayores consecuencias para nadie. Eso es un bajón, no sólo en esta historia, sino en miles. Esta, además, no podría aunque quisiera explorar las consecuencias de lo que pasa al final, porque este es bastante abrupto y llega apenas seis viñetas antes del último cuadrito del álbum, cuando no queda espacio para casi nada.
Por suerte la trama avanza a buen ritmo, los tejes y manejes de los malos están buenos, hay bastante desarrollo para Turján Pachá, para Krogg, para Nefer, los personajes secundarios (especialmente Sigrid) no están al pedo… las peleas están buenas, las locaciones exóticas ayudan bastante… Y sobre todo no es una aventura livianita, pueril o simplista. Tiene su complejidad, sus grises, sus dilemas morales. Leída hoy, la cantidad de texto es un poco zarpada. A veces, Mora tiene que meter en los bloques de texto información que sería mucho más atractiva si se presentara de forma visual, desde el dibujo. Pero bueno, pasaron casi 25 años y no me olvido que para 1991 los hardcore fans del Capitán Trueno ya eran viejos y por ende, apegados a la fórmula tradicional, en la que el texto se hacía demasiado cargo del relato.
Lo que más me gustó, por afano, fue el dibujo de Burns. Afiladísimo en la anatomía, certero en las expresiones faciales, conservador en la puesta en página y zarpado en el uso del color directo, el maestro británico desafía a los masacotes de texto de Mora con unas imágenes muy potentes, de alto vuelo. Sin ser un Fernando Fernández, el Sr. Burns sabe muy bien cómo combinar un dibujo académico correctísimo con técnicas de coloreado más atrevidas, más jugadas a los climas y a las sensaciones que a la representación exacta de cuerpos, objetos y paisajes. El resultado es muy, muy atractivo.
En fin, me imagino que si eras fan del Capitán Trueno en 1991, esto te debe haber parecido revolucionario y vanguardista. Leído hoy por alguien que nunca fue fan del personaje (y que no te lee una historia de Trueno de los ´50 ni con un chumbo en la cabeza), al guión le quedan varias cuentas pendientes y el que salva las papas, cumple y dignifica es el dibujo de John M. Burns, que se la hiper-banca ayer, hoy y siempre.
La Reina Bruja de Anubis es uno de esos episodios “modernos”, realizados en formato álbum, en este caso en 1991. Primero se serializó en dos diarios y una revista y después se editó como libro en tapa dura, en varios países. La apuesta de esta historieta iba más allá de la nostalgia: por un lado, estaba Víctor Mora, el guionista original de la serie, el creador de los personajes. Y al frente de la faz gráfica, un gancho irresisitible, nada menos que el británico John M. Burns, un consumado dibujante de aventuras que en los ´80 había incursionado con bastante éxito en el campo de una historieta más adulta, más arriesgada. Por lo menos en España, a este álbum le fue muy bien y dio origen a un segundo, a cargo de la misma dupla autoral.
Pero, ¿está bueno? A grandes rasgos, sí. Tiene un problema fundamental, que es el propio Capitán Trueno. En estas 44 páginas, el héroe no hace NADA. Hay un breve tramo en el que no está prisionero de ninguno de los villanos, que es la batalla a bordo del barco, quizás el momento más intenso del álbum. Pero en el resto de la aventura, Trueno es un tipo que va donde lo llevan. Noble, compasivo, valiente, racional, contenido a la hora de ceder a las pasiones más bajas… y muy aburrido, pobre flaco. Menos mal que están los villanos, porque si no, nos comíamos un embole monumental.
Y el otro problema, bastante menor, es uno que se suele dar cuando la amenaza más grossa va para el lado del misticismo. Empiezan a pasar cosas heavies, más cosas heavies, más cosas heavies… y en un punto la amenaza se desactiva y todo vuelve a la normalidad en un toque, como por arte de magia, sin mayores consecuencias para nadie. Eso es un bajón, no sólo en esta historia, sino en miles. Esta, además, no podría aunque quisiera explorar las consecuencias de lo que pasa al final, porque este es bastante abrupto y llega apenas seis viñetas antes del último cuadrito del álbum, cuando no queda espacio para casi nada.
Por suerte la trama avanza a buen ritmo, los tejes y manejes de los malos están buenos, hay bastante desarrollo para Turján Pachá, para Krogg, para Nefer, los personajes secundarios (especialmente Sigrid) no están al pedo… las peleas están buenas, las locaciones exóticas ayudan bastante… Y sobre todo no es una aventura livianita, pueril o simplista. Tiene su complejidad, sus grises, sus dilemas morales. Leída hoy, la cantidad de texto es un poco zarpada. A veces, Mora tiene que meter en los bloques de texto información que sería mucho más atractiva si se presentara de forma visual, desde el dibujo. Pero bueno, pasaron casi 25 años y no me olvido que para 1991 los hardcore fans del Capitán Trueno ya eran viejos y por ende, apegados a la fórmula tradicional, en la que el texto se hacía demasiado cargo del relato.
Lo que más me gustó, por afano, fue el dibujo de Burns. Afiladísimo en la anatomía, certero en las expresiones faciales, conservador en la puesta en página y zarpado en el uso del color directo, el maestro británico desafía a los masacotes de texto de Mora con unas imágenes muy potentes, de alto vuelo. Sin ser un Fernando Fernández, el Sr. Burns sabe muy bien cómo combinar un dibujo académico correctísimo con técnicas de coloreado más atrevidas, más jugadas a los climas y a las sensaciones que a la representación exacta de cuerpos, objetos y paisajes. El resultado es muy, muy atractivo.
En fin, me imagino que si eras fan del Capitán Trueno en 1991, esto te debe haber parecido revolucionario y vanguardista. Leído hoy por alguien que nunca fue fan del personaje (y que no te lee una historia de Trueno de los ´50 ni con un chumbo en la cabeza), al guión le quedan varias cuentas pendientes y el que salva las papas, cumple y dignifica es el dibujo de John M. Burns, que se la hiper-banca ayer, hoy y siempre.
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