el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 14 de marzo de 2014

14/ 03: RIO ABAJO

Una vez más me encuentro con el maestro francés Pascal Rabaté, del cual vimos una obra maestra allá por el 23/11/12. Río Abajo, publicada en 2007, no se queda para nada atrás de Ibicus. De hecho, me gustó más.
La clave está en las bajas pretensiones. En Río Abajo (“Les Petits Ruisseaux”, en francés) el autor nos propone una historia chiquita (a pesar de que tiene más de 80 páginas), casi de entrecasa, que gira en torno a un personaje entrañable, en cuya construcción residen los principales méritos de la obra. Emil es un abuelo setentón, viudo y jubilado, que pasa buena parte del día solo, excepto cuando visita el bar donde se juntan “los muchachos”, o cuando va a pescar con su amigo Edmond. Al principio, pareciera que Edmond va a ser el personaje central: Rabaté nos cuenta que –a pesar de su edad- sale con minas, pinta cuadros, cria a un gato... El mundo de Edmond a priori parece más rico que el de Emil. Pero para la página 20, Edmond sale de escena y todo se centra en Emil que –más solo que nunca- se empieza a replantear un montón de cosas.
Ese es el núcleo de la obra: el crack en el bocho que hace que Emil recupere las ganas de vivir, de sentirse bien y –pequeño detalle- de ponerla de vez en cuando. Sin caer en el grotesco, Rabaté trabaja muy bien el tema (casi nada explorado en los comics) del sexo en la Tercera Edad y nos muestra cómo la reaparición de la pulsión erótica adormecida le cambia la vida al protagonista. De pronto, una obra que pintaba melancólica o crepuscular cobra un tono mucho más vital, más intenso, más movido, más al palo (nunca mejor dicho).
Rabaté combina escenas introspectivas con otras en las que hay bastante acción (sobre todo si pensamos que el protagonista es un abuelo setentón). Tiene momentos (sobre todo en el bar) en los que los diálogos (siempre afilados) se llevan el protagonismo y muchas escenas mudas, en la que todo está contado con el dibujo, ya sea con la acción o con las expresiones faciales de los personajes. Al estar ambientada en una ciudad chica y en la campiña francesa, la obra tiene también esa pachorra pueblerina muy presente en el ritmo del relato.
El dibujo del ídolo no tiene nada, pero nada que ver con lo que vimos en Ibicus. Acá no queda ni el más mínimo vestigio de ese afán de Rabaté por clonar el estilo que perfeccionara Alberto Breccia en Perramus. Acá le pinta el minimalismo, con un estilo MUY fluído, muy libre, con guiños a Gauguin y Picasso y un trabajo de sombreados con plumín que por momentos me recordó a los dibujantes de la línea de Sfar, Blain y Blutch. El color es sobrio, para nada estridente, en perfecta sintonía con el tono de la narración. El estilo tranqui del dibujo, que en ningún momento busca disputarle el protagonismo a la trama, también tiene que ver con el hecho de que –a pesar de contar con casi 90 páginas para desarrollar la historia- Rabaté no baja nunca de las ocho viñetas por página. La gran mayoría de las páginas tienen más de 10 cuadros y en una llega a los 16. Por supuesto, esto funciona como un recurso muy efectivo para imponerle un timing muy particular (y muy bien pensado) a la obra.
No me quiero extender mucho más. Simplemente recomiendo enfáticamente la lectura de Río Abajo. Es un comic realmente hermoso, una maravilla del Noveno Arte, justamente distinguido con varios galardones. No me lo imaginaba para nada a Pascal Rabaté laburando en este estilo de dibujo, pero me convenció rapidísimo. Y sobre todo me conquistó con una historia original, muy real, emotiva, atrapante y con un mensaje recontra positivo. Comedia costumbrista, romance, una pizca de aventura y un tema espinoso que subyace a la trama (¿qué hacemos con los viejitos que ya no trabajan ni generan guita?) mezclados con mano maestra por un capo que, con esta obra, se terminó de consagrar. Gracias, Norma, por publicarla en castellano.

viernes, 23 de noviembre de 2012

23/ 11: IBICUS

Qué pena tener poco tiempo para dedicarle a esta reseña.
Este es el tomo integral de Ibicus, un mega-broli de más de 530 páginas que contiene lo que originalmente se publicó en cuatro tomos, entre 1998 y 2001. Yo había leido sólo el primero, hace varios años y en francés. Cuando vi barato el integral, no lo dudé un segundo: esa era una historia que me interesaba leer hasta el final.
Pascal Rabaté adapta en esta historieta la novela homónima de Alexis Tolstoi, de 1926, en la que –de la mano de Simeón Nevzorof- presenciamos el estallido de la revolución que le cambia la cara al decadente Imperio Ruso en 1917. A Rabaté (y presumo que también a Tolstoi) no le interesa tanto la revolución en sí como las consecuencias que genera en la vida cotidiana de los rusos, tanto los aristócratas como los burgueses, los empleados de los ricos que formaban algo así como una clase media. Simeón viene de ese palo, pero su ambición lo hace aspirar siempre a más: no va a parar hasta hacerse millonario y va a intentar capitalizar las turbulencias socio-políticas a su favor, con desparejos resultados.
Básicamente, de eso se trata Ibicus: Simeón, a fuerza de una pasmosa falta de escrúpulos y una perspicacia muy especial, sobrevivirá a todos los sacudones de esta Rusia convulsionada, a costa de convertir a su vida en una montaña rusa con caídas tremendas a la desgracia y la miseria y acensos meteóricos hacia sitiales de obscenos privilegios. Nada le dura demasiado a Simeón, excepto la convicción de que él está para más, de que su destino es uno de riquezas y prestigio más allá de quién gobierne a su país.
A lo largo de tantas páginas, al protagonista le pasa de todo. Y tan cambiante como la suerte de Simeón son los climas que propone la novela: hay momentos de euforia, momentos sórdidos, escenas teñidas por runflas espúreas, largas secuencias en las que se impone una atmósfera de espionaje, de capa y puñal, otras que derrapan hacia el patetismo más abisal... En todas, Rabaté demuestra un criterio y una sabiduría envidiables a la hora de elegir, de privilegiar los momentos que nos va a mostrar, los tramos de la novela en los que decide hacer hincapié. A la quinta o sexta página, te olvidaste de que esto originalmente era una obra literaria: Rabaté te convence de que Ibicus es, fue y será una historieta y pela un imbatible arsenal de recursos narrativos para que te sumerjas a fondo en la historia y no quieras soltar el libro hasta haber llegado al final.
Hay un sólo “problema”, un sólo item muy discutible: el estilo gráfico (no la narrativa) de Rabaté no es demasiado original. De hecho, es un clon milimétrico del Alberto Breccia de Perramus. Rabaté debe haber estudiado a fondo esas páginas, de alguna manera “le sacó la ficha” a ese estilo del Viejo que combina manchas negras con aguadas más sutiles para lograr varias tonalidades de gris, y hasta logró reproducir el mismo grado de estilización en los personajes. No así en los fondos, a los que Rabaté conserva más cercanos al realismo fotográfico (aunque laburadísimos en esta técnica aprendida de Breccia). También aparecen algunos “mattottismos” (bienvenidos sean), pero básicamente no hay viñetas de Ibicus que no nos remitan al Perramus de Breccia. Esto significa que tenemos por delante más de 500 páginas de una calidad visual majestuosa, porque –no jodamos- lo que hizo Breccia en Perramus fue monumental. Rabaté no se queda atrás a la hora de deleitarnos con imágenes bellísimas, de enorme impacto, de gran plasticidad, gran expresividad, siempre a tono con los climas que sugiere la trama. O sea que, así como le reprocho a Rabaté haber reciclado un estilo que él no inventó, también lo ovaciono por los óptimos resultados obtenidos.
No dejes escapar a Ibicus. Se merece infinitamente todos los premios que se ganó. Posta, es una lectura fundamental, ideal además para compartir con algún fan de la literatura rusa que todavía no se haya subido al viaje de ida del Noveno Arte.