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sábado, 9 de mayo de 2026
RESEÑAS DE SÁBADO POR LA NOCHE
Qué lindo es conseguir algo que uno estaba resignadísimo a no tener jamás. Hace varios años, el 02/02/22, yo rompía mi regla de leer los libros en orden y reseñaba el Vol.2 de Aromm, convencido de que nunca en la fuckin´vida iba a encontrar el Vol.1. Y finalmente apareció, creo que en una comiquería de España (sí, sigo leyendo material del que me traje la última vez que estuve en Europa, hace dos años y medio). Así que ahora leí la primera mitad de este díptico de los maestros Jorge Zentner y Rubén Pellejero, obviamente bastante en bolas, porque no acordaba casi nada de lo que pasa en el Vol.2. De hecho, tuve que volver a leer la reseña de aquel entonces para recordar si me había gustado o no. Y sí, me había gustado mucho.
El Vol.1 me gustó un poquito menos, me parece. Creo que porque pasan menos cosas. Zentner narra a un ritmo más pachorro, un poco porque no es tanto lo que tiene para contar y un poco porque se guarda un margen para añadirle a la trama aventurera, de venganza, poder y coraje, un cierto tinte poético, que "viste de gala" a la historia de Aromm. Sin ese componente, seguro que este tomo no arrimaría ni ahí a las 46 páginas, pero también seguro que sería un comic artísticamente más chiquito, menos trascendente, rápidamente olvidable.
De todos modos, y sin restarle méritos a la construcción por parte de Zentner de estos personajes complejos y estos conflictos fuertes, el as de espadas de este mazo es, sin ninguna duda, el dibujo de Pellejero. Acá el maestro catalán está tocado con la varita mágica y nos ofrece un trabajo formidable basado en la simplificación extrema de su trazo. Esto más que al Pellejero prattiano de los últimos años, se parece a Josep Ma. Beroy, al Daniel Torres de fines de los ´90, o incluso por momentos a Max, todos ellos dueños de una línea potente, elegante, expresiva y -sobre todo- despojada. Pellejero trabaja prácticamente sin texturas y casi sin áreas de negro pleno. Toda la sutileza, todos los efectos de iluminación están logrados con el color, que es glorioso. Si a estas páginas les sacás el color, no te digo que se caen a pedazos, pero se convierten en una obra de un dibujante de claroscuro perezoso, con pocas ganas de poner los negros que generen los contrastes que el estilo requiere. Pero felizmente, Pellejero se encargó de que el color le sume muchísimo a estas páginas, que conjuran unos climas inolvidables, por momentos más épicos, por momentos más místicos, pero siempre hipnóticos.
Qué loco que Aromm no sea una obra más conocida dentro de la excelente producción de esta dupla. Ni me meto a cuestionar por qué, si Zentner es argentino, toda la obra que realizó para Europa es virtualmente desconocida en nuestro país. Eso ya lo hablamos un montón, y si nos damos el lujo de ningunear los trabajos de los más grandes dibujantes por tener guionistas europeos... imaginate lo que le toca a los guionistas argentos que forman dupla con dibujantes del Viejo Continente, que encima son estrellas. Pero déjenme flashear con la ucronía de que Aromm en vez de darse a conocer en 2002 salía 15 años antes y se publicaba en una revista de aventuras de las que tuvimos en los kioscos durante décadas, cortada en fetas, por ahí rotulada para el orto... pero con una llegada que estos albumcitos chetos y finitos de Glénat no tuvieron ni tendrán jamás.
Hace poco comenté el especial de los 80 años de Robin, y conté que con ese librito completaba la colección de especiales de 80º Aniversario que publicó DC entre 2020 y 2021. ¿Y a Batman lo cagaron? ¿Hubo especial de los 80 años del personaje más popular de la editorial? Sí. Durante el año en que Batman cumplía 80, salió a la calle el nº1000 de Detective Comics y es exactamente igual que los libritos que ya vimos con los otros personajes: una antología de 100 páginas, con historias cortas a cargo de un montón de autores grossos, identificados con distintas épocas de la extensa trayectoria del personaje. Veamos con qué me encontré.
La primera historieta, a cargo de Scott Snyder y Greg Capullo, es flojita. Este especial era sin dudas el lugar donde la tenían que calzar, pero no aporta nada. La segunda tiene una buena idea de Kevin Smith, estirada a ocho páginas y dibujada sin onda por Jim Lee. Le tenía fe a la de Paul Dini y Dustin Nguyen, pero en un momento perdió mi interés y se me hizo "meh". La de Warren Ellis y Becky Cloonan está buenísima; es una secuencia que me hubiese gustado ver adentro de una novela gráfica o una miniserie, pero así solita, como aventura unitaria corta, también funciona bien. El mítico Denny O´Neil aporta un guion muy fuerte, muy conmovedor, que refuerza el mensaje que siempre nos transmitió: Batman es un pobre tipo, con la psiquis destrozada. Los dibujos de Steve Epting no están mal, pero por la jerarquía del guion se podría haber jugado más.
La de Christopher Priest y Neal Adams es un mamarracho, que probablemente sea el prólogo a alguna otra saga que no voy a leer jamás. Una pena ver al otrora descomunal Adams en ese nivel tan mediocre. Brian Michael Bendis y Alex Maleev aportan un relato crepuscular, protagonizado por un Batman y un Penguin ya ancianos, que está bastante bien. El dibujo, glorioso. Después tenemos una historia sumamente olvidable a cargo de Geoff Johns y Kelley Jones, seguido por la mejor historia del librito, que además es la más corta: James Tynion IV y Álvaro Martínez Bueno le dedican cinco páginas a una discusión entre Bruce y Alfred, acerca de los pro y los contra de sumarlo a Dick Grayson como sidekick enmascarado del justiciero nocturno. Esto está MUY bien.
Los mejores diálogos del especial los escribe Tom King, pero para una historieta que a nivel argumental es la nada misma, encima dibujada por Tony Daniel, que a mí no me atrapa en lo más mínimo. Y al final tenemos una serie de ilustraciones espectaculares del enorme Doug Mahnke, hilvanadas por textos de Peter Tomasi, que también es un prólogo a otra saga que jamás leeré. Con esto y un par de pin-ups, redondeamos 100 páginas que calculo que los fans hardcore de Batman les deben resultar absolutamente imprescindibles. Yo lo disfruté de a ratos, en un subi-baja entre "che, qué bueno esto" y "che, qué garcha esto", pero bueno... hay que reconocer que le pusieron garra y trajeron a un seleccionado de autores que -por lo menos en la previa- estaba a la altura del aniversario.
Y nada más, por hoy. Le sigo metiendo pata a la Comiqueando Digital, para que la podamos tener a fin de Junio. Y ni bien tenga más material leído, lo comentamos acá en el blog. Gracias y hasta pronto.
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martes, 5 de noviembre de 2024
MARTES MÁGICO
Muy zarpada la calidad de los últimos libros que me tocó leer. Veamos.
Empiezo en Japón, año 1974, con La Aprendiz de Geisha, una serie realizada por el magistral Kazuo Kamimura que nos lleva (una vez más) al fascinante mundo de los prostíbulos japoneses en la década del 30. Creo que este es el tercer libro que leí referido a esa temática, y ya está. Ya es suficiente. Es un tema atractivo, pero no como para leer varios miles de páginas de manga siempre en torno a lo mismo. Esta obra está compuesta de 14 episodios autoconclusivos, divididos en dos mitades muy bien marcadas. En los primeros siete, nuestra protagonista, O-Tsoru, es una nena de unos 12 ó 13 años que trabaja en el prostíbulo Matsunoya, como una especie de mucama, que limpia, hace mandados y asiste a las geishas en distintas tareas. Bajo la mirada rigurosa y por momentos despiadada de la madama del establecimiento, O-Tsoru además se entrena para ser, cuando crezca, una geisha de primer nivel. En cada una de las entregas, Kamimura nos va a contar una historia que tiene que ver con las geishas, su trabajo, sus clientes, los estrictos protocolos a los que estaban sujetas, y en general el rol de O-Tsoru va a ser menor, más de testigo que de protagonista. Como en el inmortal Charlie Moon de Carlos Trillo y Horacio Altuna, la pibita va a aportar una mirada tierna, ingenua, a un ámbito donde la sordidez y la violencia están siempre a la vuelta de la esquina, porque lo que hace el prostíbulo es básicamente vender alcohol y sexo.
La segunda mitad de la serie, a partir del episodio 8, nos muestra a una O-Tsoru ya bastante más crecida, lista para su debut como geisha. Ese octavo episodio no solo parte las aguas en el manga de Kamimura, sino que además es el mejor del libro, el más fuerte, el más emotivo (y mirá que hay muchos MUY emotivos), el que más sacude al lector que llegó a querer a esa pendejita traviesa y curiosa que andaba tras bambalinas en los primeros episodios. Pronto la propia O-Tsoru va a tener una aprendiz que la va a asistir, y a acompañar a las fiestas y banquetes donde la contratan como escort para señores que ponen mucha plata. Y la segunda mitad de La Aprendiz de Geisha es eso: historias protagonizadas por O-Tsoru y O-Haru, a veces en Matsunoya y a veces en lugares a los que la geisha y su asistente viajan por trabajo. La mayoría son muy interesantes, con giros impredecibles, con poco énfasis en el acto sexual propiamente dicho, con un gran aprovechamiento del contexto de la época y -como siempre que hablamos de mangas creados por Kazuo Kamimura- con una onda triste, bajonera, melancólica. A veces por las injusticias que padecen estas chicas, a veces por las desgracias ajenas que les toca presenciar, pero siempre está ahí el regusto amargo de los relatos de Kamimura, incluso cuando en esta obra hay algún que otro momento más cercano a la comedia.
Lo único realmente criticable es que el último episodio es uno más: es el último, pero no es un cierre. Podría haber sido el décimo, el undécimo, cualquiera. Me hubiera gustado un capítulo final que funcione precisamente como un final. El resto, muy satisfactorio, y en esto incluyo al dibujo de Kamimura, que me encanta. Tiene personajes expresivos, una reconstrucción de época fascinante, muchos logros en la composición de las viñetas, en la aplicación de los grises, una enorme fluidez en el relato gráfico... Si te gusta el manga dramático, sin chistes ni elementos fantásticos, con poca violencia y una pizca moderada de sexo, no tengo dudas de que La Aprendiz de Geisha te va a seducir.
Nos vamos a España, año 2022, cuando Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero unen fuerzas por cuarta vez, para llevarnos de regreso al mundo de Corto Maltés, creado en 1967 por el inolvidable Hugo Pratt. A diferencia de los tres anteriores, Nocturno Berlinés es un álbum 100% urbano, una variante que el propio Pratt introducía cada tanto en la serie que lo consagró a nivel global. Las 70 páginas nos invitan a recorrer Berlín y Praga, en un momento de 1924 en el que Corto volvió hace poco de su viaje por Suiza (narrado por Pratt en Las Helvéticas). Menos exótico y más noir que sus predecesores, Nocturno Berlinés ofrece -como su título lo sugiere- muchas escenas de noche, y una exploración minuciosa de lo que pasaba en esa época en Berlín. Estamos en plena República de Weimar, Adolf Hitler está preso tras un frustrado golpe de estado, la capital de Alemania es un hervidero de poetas y filósofos, mientras triunfan una arquitectura moderna y un cine expresionista, con elementos fantásticos y de terror, que ejercerá una enorme influencia a nivel global. Pero además, laten las amenazas de una inestabilidad económica incontrolable y un antisemitismo que crece de manera sostenida en parte de la comunidad. Ah, y los míticos cabarets, donde cantan y bailan hombres, mujeres y seres andróginos que no se sabe bien qué son. Pareciera que Díaz Canales le preguntó a todos sus amigos con qué asocian la idea de "Berlín, 1924" y no dejó nada afuera. Algunos de estos elementos tienen más peso en la trama, otros menos, pero TODO aparece en el álbum, como si fuera un episodio piloto de una serie extensa que se va a desarrollar 100% en esa ambientación.
El guion es muy bueno, con grandes diálogos y giros impredecibles, y con muchas escenas que parecen escritas por el mismísimo Hugo Pratt. No sé si me gustó más que el anterior, pero están ahí, cabeza a cabeza. Y al nivel de las mejores historias de la etapa clásica de Corto Maltés. Me parece que en esta serie, el 90% del éxito pasa por entender cabalmente al protagonista, su forma de ser y de actuar. Y en ese sentido, lo de Díaz Canales es absolutamente impecable. Pero además hay un misterio bien llevado, buenos villanos, buenos personajes secundarios, mucha consistencia con lo narrado en álbumes anteriores, todo un lujo.
Y por si faltara algo, tenemos al mejor Pellejero desde que llegó a esta serie. Muchos se quedarán con esa secuencia absolutamente prattiana de las páginas 21 y 22... yo me quedo con esos fondos increíbles, a los que Pellejero les incorpora rayitas finitas, desparejas, al estilo Christophe Blain, y le quedan buenísimas. Y también flasheo con esos momentos en los que el pincel del catalán cobra vida propia, y se va de la línea de Pratt para visitar terrenos que uno asocia con Oswal, con José Muñoz, con Gustavo Trigo... y con las obras más personales del propio Pellejero, lógicamente. O sea que acá convive lo mejor de ambos mundos: muchos elementos gráficos y narrativos que nos recuerdan muchísimo a Hugo Pratt y otros que funcionan a modo de pequeñas (y muy bienvenidas) rupturas con la etapa clásica de Corto Maltés. Recomiendo muchísimo Nocturno Berlínés, y ya quiero tener en mis manos el nuevo Corto Maltés de Díaz Canales y Pellejero, que salió el miércoles pasado en Europa.
Gracias totales y nos reencontramos con nuevas reseñas cualquier día de estos, acá en el blog.
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jueves, 26 de enero de 2023
TARDE DE JUEVES
Quería postear ayer, pero no encontré el momento, así que quedó para hoy.
Empezamos bien vintage, con un libro publicado en Argentina en 1991. Sex Rep recopila un montón de trabajos de Miguel Rep para las revistas SexHum® y SexHum® Ilustrado, todos de la segunda mitad de los ´80. Fue una etapa increíble para esas revistas de Ediciones De la Urraca, porque de pronto había libertad total para hablar de un montón de temas referidos a la sexualidad que durante muchos años habían estado vedados. Y también fue un momento increíble para Rep, que producía montones de páginas todas las quincenas, con margen para experimentar, para inventar nuevos personajes y desarrollar distintos tipos de historias.
El primer tramo de Sex Rep está compuesto por historietas de una página, historietas de dos páginas y chistes de una sola viñeta. Las páginas de Rep están laburadísimas, con una gran cantidad de cuadros, muchos elementos en cada cuadro, a veces con secuencias mudas, otras con muy buenos diálogos, y con un estilo gráfico cambiante, donde se nota que el autor no se limita a reproducir una fórmula exitosa, sino que está todo el tiempo en busca de nuevos recursos, tanto en el trazo como en la puesta en página. Hay varios guiones muy buenos y uno brillante, "El Gran Mastorna".
Y las 20 páginas finales reúnen todas las historietas de El Hombre Látex, un personaje que empezó como parodia de Plastic Man pero con chistes de sexo (la misma fórmula que había empleado el Negro Fontanarrosa con Sperman), y que con el correr de las aventuras -que no son tantas- gana una identidad propia e incorpora otras temáticas que no van solo para el lado del garche. En estas historias Rep se enfrenta con el desafío de tener que contar muchas cosas en muy pocas páginas, y lo único que se le ocurre para resolverlo es meter muchas viñetas chiquititas una al lado de otra (casi una arriba de otra), lo cual desluce un poco el dibujo. Hay historias de El Hombre Látex condensadas en tres páginas que se podrían desarrollar tranquilamente en 12. Sobre todo para que se aprecie bien el dibujo, que es excelente, en parte porque Rep entiende que un comic de superhéroes no se dibuja igual que Joven Argentino o Los Alfonsín. Tiene que haber otro despliegue, y eso se ve poco en estas páginas, solo en el cuadro con el que se inicia cada aventura. Pero, comprimidas y todo, las historias son entretenidas, originales y están generosamente adornadas con chistes muy efectivos.
No todo el contenido de Sex Rep pasaría los filtros actuales, donde nos hemos vuelto más sensibles al tema de cómo se muestran en la ficción las relaciones sexuales y de pareja, los estereotipos y demás aspectos que en los ´80, en la vorágine de "ahora que se puede, démosle con todo a los chistes de sexo", no se cuidaban tanto. Pero bueno, hay que entender que es material de hace 35 años, y sobre todo que son CHISTES. No hay una intención documental, o testimonial, sino simplemente humorística. Y con eso en mente, este libro te regala un montón de buenos momentos. Y te deja alzado (o alzada) pidiendo más.
Me voy al 2000, cuando se forma la dupla integrada por el guionista belga Denis Lapiére y el dibujante catalán Rubén Pellejero, de la cual ya vimos dos obras posteriores a esta, en las reseñas de 27/01/12 y el 28/06/14. Pero me faltaba Un Poco de Humo Azul, la primera colaboración entre Lapiére y Pellejero, que me pareció muy, pero muy satisfactoria. Lo que más me gustó es algo que acá es secundario pero que los autores van a desarrollar mucho más en El Vals del Gulag. Se ve que a ellos también les pareció atractivo o emotivo esto del vínculo afectivo entre los prisioneros de un régimen opresivo y sus esposas o novias. En Un Poco de Humo... no está tan presente la veta testimonial, ni siquiera nos aclaran en qué país transcurre la historia (pareciera ser la República Checa, pero no lo puedo asegurar). Pero está muy presente todo lo otro: la fuerza y la emotividad de los vínculos. El contrapunto entre una mujer que no cree en el amor y otra que es capaz de cualquier cosa por la pasión que le despierta un hombre al que apenas conoce.
Esos vínculos se van a desarrollar y a crecer a lo largo de la novela, donde también habrá un poco de acción, bajada de línea política, sexo, costumbrismo, romance y poesía. Y un misterio, no tan enfatizado, que se va a resolver con sorpresa al final. Lapiére orquesta la trama de manera muy clara, y la deja avanzar a un ritmo un tanto pachorro (porque sucede -probablemente a principios de los ´90- lejos de las grandes urbes de este país eslavo que se separó hace poco de la Unión Soviética), que resulta siempre natural y nunca aburrido ni estirado. Son casi 80 páginas que se disfrutan a pleno, en las que cada elemento del relato tiene su espacio y su forma muy armónica de encajar con los demás.
Y el punto más alto de Un Poco de Humo... es -cómo no- el dibujo de Rubén Pellejero, otra vez más allá de toda exégesis. Con ese trazo engañosamente simple, esos contraluces impactantes, esas texturas, ese manejo sublime del color, esos fondos perfectos, esa expresividad en cuerpos y rostros, Pellejero logra que para la segunda o tercera página ya no te puedas imaginar a estos personajes y este entorno dibujados por otro autor, en otro estilo. Una bestia, un animal del comic que tiene un instinto asesino para narrar con imágenes y transmitir un abanico de sensaciones y emociones con el que la mayoría de sus colegas no pueden ni soñar. Yo conseguí la edición de Glénat, pero en años posteriores Un Poco de Humo de Azul se incorporó al catálogo de Astiberri. Sea en la edición que sea, nunca es tarde para descubrir y disfrutar esta gema del comic europeo. ¿Me gustó más que El Vals del Gulag? No, pero igual me pareció una belleza.
Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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miércoles, 2 de febrero de 2022
ARRANCA FEBRERO
Se viene un mes con muchos compromisos sociales, y con viajes ya confirmados a ciudades donde vamos a estar presentando ¿Quién quiere ser superhéroe?, el libro que supongo que todos los lectores de este blog ya habrán comprado y leído ;) Así que cada día de paz en Buenos Aires es sagrado, y hay que aprovecharlo para avanzar con la lectura y las reseñas.
Hace casi 11 años, la primera vez que viajé a Perú, vi muy barato este libro, y como era de Jorge Zentner y Rubén Pellejero, no dudé en comprarlo. Después descubrí que se trataba de la segunda parte de un díptico, y luego de putear en todos los idiomas, me dediqué a tratar de conseguir el Vol.1 de Aromm. Mi fracaso fue absoluto y aún hoy jamás lo vi en ningún lado. Así que dije “me chupa un huevo, vamos a leer el Vol.2 y si no se entiende nada, mala leche”. Para mi sorpresa, se entiende TODO. El Vol.2 arranca con los personajes ya presentados, pero al nivel de las tramas, es perfectamente autoconclusivo. De hecho, es un guion excelente, con acción, rosca política, romance, dilemas morales espesos, data histórica muy bien incorporada… Una maravilla, hasta que en las últimas 15 páginas Zentner parece desviarse de la senda de la gloria y la historia de Aromm se deshilacha un poco, se empantana entre escenas oníricas y escenas que narran en muchas viñetas hechos que el lector daba por sentados y que se podrían haber obviado, o apenas sugerido. De todos modos, cuando esto sucede, venimos de vibrar con más de 30 páginas magníficas, una cátedra de aventura histórica para cualquier guionista que quiera incursionar en este género tan popular sobre todo en Francia.
El dibujo de Pellejero (ni hace falta decirlo) me pareció brillante, con esa combinación irresistible entre potencia y poesía que pocos dibujantes logran y que a los lectores nos hace flashear. El color es fastuoso, el rotulado está buenísimo, y la edición española de Glénat es impecable. Obviamente, el día que vea el Vol.1 me lo voy a comprar, y seguramente me aportará poco a nivel argumental. Pero como fan de la dupla, y a sabiendas de que el Vol.2 me hizo pasar momentos memorables, no tiene sentido resistirse.
Allá por 2016, el maestro Genndy Tartakovsky, capo de la animación yanki nacido en Rusia, debutó como autor de historietas con una miniserie de cuatro episodios protagonizada por Luke Cage y ambientada en los años ´70. Finalmente la leí, y la verdad es que el guion es menos que la nada misma. Es una aventura ínfima, que si el Tarta la contaba en un dibujo animado, a duras penas llegaba a ocho minutos. Es irrelevante, no tiene consistencia, no tiene desarrollo de personajes… Tiene un par de buenos chistes, y lindos homenajes a los villanos y personajes secundarios de la serie de Power Man de los ´70, que seguramente Tartakovsky leyó y disfrutó de pibe. Pero es un guion indigente, por debajo de la línea de pobreza.
El dibujo, en cambio, es una fiesta. Apoyado por las tintas del nunca bien ponderado Stephen DeStefano, el Tarta se va al carajo y más allá para regalarnos unas puestas en página espectaculares, unas expresiones faciales geniales y unas peleas de un impacto increíble. Todo el tiempo se nota que Tartakovsky la pasó bárbaro dibujando este comic, y que dejó el alma en cada viñeta. El coloreado de Scott Willis también está en perfecta sintonía con la magia visual que proponen el Tarta y DeStefano y contribuye mucho a que la experiencia sea de una intensidad arrolladora.
Lástima el guion, que es pésimo. Esto mismo, reversionado para ocho o diez páginas en una antología de historias cortas, pudo haber sido una gema inolvidable. Así, conserva el atractivo de ser la única historieta realizada por un referente ineludible de la animación, pero solo se sostiene por el dibujo y por el cariño que uno le tiene al personaje de Luke. La próxima vez que a Genndy le pinte incursionar en el mundo de las viñetas, háganle (y hágannos) un favor y pónganle un guionista.
Y nada más, por hoy. Tengo leído otro libro, pero lo reseñamos la próxima, junto con alguna cosa más que lea en estos días. Gracias y hasta pronto.
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sábado, 3 de abril de 2021
29 de MARZO al 4 de ABRIL
Otra semana de pocas lecturas, porque con el tema de los feriados de Semana Santa me moví poco de casa, y últimamente estoy leyendo más en los viajes en colectivo y subte que en casa.
Empecé con un comic editado simultáneamente en varios países de Europa a fines de 2019: El día de Tarowean, también conocido como el Vol.15 de Corto Maltés, y tercero a cargo de la dupla integrada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Para esta ocasión a los autores se les ocurrió escribir la previa a La Balada del Mar Salado, es decir, a responder cómo y por qué Corto Maltés llega a esa situación extrema en la que lo encontramos al inicio de aquella mítica historieta realizada por Pratt a partir de 1967 para la revista Sgt. Kirk. Y no sólo lograron empalmar perfectamente con La Balada (y echar luz a aquellos misterios que Pratt se guardaba para explicar andá a saber cuándo) sino que además redondearon una excelente aventura, sin duda la mejor de las tres que publicaron hasta el momento.
El día de Tarowean tiene todo lo que tiene que tener un buen álbum de Corto Maltés: una ambientación exótica, roscas entre garcas de distinta magnitud que se quiere quedar con más poder del que tienen, el incentivo medio etéreo de algún beneficio económico para el protagonista, que siempre se verá eclipsado por otro tipo de valores menos tangibles pero más nobles, un buen conflicto que dé pie a escenas de acción y aventura, algún romance que se insinúa pero no se llega a concretar o se encamina rápidamente al fracaso, diálogos ingeniosos, silencios elocuentes y (una regla con la que en algún momento Pratt se limpió el orto) una trama 100% verosímil, sin elementos fantásticos. Esta además tiene un final horrible, porque desde el principio sabemos que a Corto lo van a cagar y va a terminar en esa situación tan precaria, de la que obviamente va a zafar… en la aventura cronológicamente posterior que (como ya mencioné) es nada menos que Una Ballata del Mare Salato.
No sé si en algún pasaje de El día de Tarowean fui mucho más feliz que en la primera lectura de alguna de las obras de Pratt de su período más glorioso (1967-80) pero la pasé realmente muy, muy bien. La aventura y el clima me envolvieron y los diálogos de Díaz Canales y el dibujo de Pellejero me pusieron el moñito y me dejaron listo para regalo. Visualmente esto es maravilloso. Está todo el tiempo presente el fantasma de Pratt, el hilo conductor de la faz gráfica es (lógicamente) el estilo del Tano, pero además Pellejero mete cosas de su propio estilo, y de otros maestros del claroscuro, como José Muñoz, Oswal o Eduardo Risso. El resultado es una hermosa actualización de la fórmula prattiana, que respeta a muerte la tradición gráfica de esta serie y además se anima a explorar un poquito de esos otros mundos que habitan los pinceles de esos otros monstruos de la historieta. Esta sintonía entre “clonar al Tano” y darnos los frutos de su propia cosecha también es algo que Pellejero ha ido perfeccionando con el correr de los álbumes y que se agradece muchísimo. La verdad que me animo a recomendarle El día de Tarowean a cualquiera que haya leído La Balada del Mar Salado, lo cual es más o menos lo mismo que decir “a cualquiera que sea fan de Corto Maltés”. Si La Balada… no te hace fan del personaje, nada lo hará. Y si cuando la terminás necesitás con urgencia otra dosis, acá Díaz Canales y Pellejero te ofrecen una que complementa de modo magistral la seminal novela de Hugo Pratt.
Me vengo a Argentina, año 2020, para reencontrarme con la dupla integrada por Cristian Blasco y Pablo Burman, un guionista y un dibujante de los que ya vimos otras obras acá en el blog (11/12/16 y 27/08/18, por ejemplo). Esta vez los autores firman una novela de casi 100 páginas llamada La Bruja de Toska, que debe ser su colaboración más extensa. Se trata de una aventura pura y dura, con elementos de misticismo, misterio y (como ya es costumbre en las historias que abordan la caza de brujas) un mensaje muy claro y potente respecto de las distintas formas en las que las sociedades retrógradas ejercen la violencia contra las mujeres. Blasco ofrece un guion de mucha intensidad, que te hace sentir que todo el tiempo están sucediendo cosas grossas, aunque de hecho no sean tantas las cosas que suceden. Pero hay recursos muy logrados para que vos vivas cada página de La Bruja de Toska a flor de piel: la ambientación, la construcción de la protagonista y los secundarios, los diálogos, los momentos que elige el guionista para calzar los flashbacks… Todo eso contribuye a esa sensación de “aventura a todo o nada” que te caza de la garganta en las primeras páginas y te suelta recién al final. Un final que además está muy bien, porque no es ni obvio ni caprichoso, sino producto de una curva dramática muy bien lograda que lleva a la hermana Rita de un punto A muy atractivo hacia un punto B más que satisfactorio.
Con el dibujo de Burman me pasó lo mismo que en las obras anteriores de este autor: me gusta que sea extremo, que se vaya al carajo todo el tiempo, que le cante quiero retruco a los planteos más vanguardistas de Carlos Nine, Philippe Druillet o Ted McKeever, y creo que sus saltos mortales no impiden disfrutar de la trama. Pero también creo que este tipo de guiones más clásicos, más lineales, más “aptos para todo público” van mejor con otro tipo de estéticas, con dibujantes cuyo grafismo no requiera tanta decodificación por parte del lector, sino que se apoye un poco más en lo que éste ya conoce y ya entiende de una, instintivamente. Al lado del dibujo de Burman, el guion de Blasco parece “careta”, fácil, como si le diera la papilla ya masticadita al lector. Y no lo es, ni en pedo. Por eso me parece que hubiese funcionado mejor con otro tipo de dibujo. Por ahí con un claroscuro bien fuerte tipo Mike Mignola, o por ahí con un abordaje más clásico onda Enrique Breccia… No sé, se me ocurren varias alternativas. Pero también me doy cuenta de que Blasco y Burman se entienden muy bien y se saben potenciar el uno al otro. Si no te jode el dibujo barroco, sobrecargado, con varias técnicas de entintado mezcladas y una tendencia descontrolada hacia el expresionismo más grotesco, en La Bruja de Toska vas a encontrar una muy buena lectura, que trasciende la aventura para aportarte algo más.
No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante, gracias a todos los que descargan la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos el próximo finde con nuevas reseñas, acá en el blog.
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domingo, 4 de agosto de 2019
DOS DE DOMINGO
Aprovecho esta linda tarde
de domingo para clavar un par de reseñas de material que leí en los últimos
días.
Empiezo en 2017 con
Equatoria, la segunda aventura de Corto Maltés a cargo de los maestros españoles
Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero (la primera la vimos el 07/09/17). Una vez
más, el dibujo del catalán es increíble, una fusión molecular devastadora entre
su estilo de siempre y la línea de Hugo Pratt. Esta vez Pellejero adopta otro
vicio de Pratt: delegar en un asistente el dibujo de trenes, barcos y
edificios. Pero la tinta está 100% a cargo de Pellejero, y esa instancia, la
del entintado, le alcanza y le sobra al ídolo para darle al libro su impronta
tan personal y que mí tanto me gusta. También colabora con Pellejero su hija
Sonia, que le da una mano en el color, magnífico de punta a punta del tomo.
Como en su debut en esta serie, el dibujante de Dieter Lumpen nos ofrece 72
páginas visualmente exquisitas, tanto para sus fans de siempre como para los
que lo descubrieron cuando heredó al personaje más masivo del inolvidable Hugo
Pratt.
Por el lado del guión, el
trabajo de Díaz Canales me dejó bastante más conforme que la vez pasada. De
nuevo, acá no aparece nada que no hayamos visto en las historietas de Pratt, el
guionista español no pone ni una coma que Pratt no habría puesto jamás, es todo
100% respetuoso de la obra del Tano. Equatoria saca ventaja en el acierto de
Díaz Canales de reproducir la dinámica de las buenas aventuras de Corto, e
incluso de recuperar un tema que Pratt abordó en otras obras suyas, que es la
etapa final del colonialismo europeo en Africa. Entonces tenemos la búsqueda
del tesoro, la bajada de línea, los breves cruces con personajes tomados de la
realidad, los paisajes exóticos, ese truco que le salía tan bien al Tano que
era hacer crecer la tensión sexual entre Corto y alguna mujer pero que nunca
viéramos ningún tipo de “concreción carnal” de esas tensiones, el volantazo en
el que el tesoro resulta ser algo que no esperábamos que fuera, las frases
memorables (esas sentencias que tiraban los personajes de Pratt), el choque de
culturas, una dosis moderada (pero efectiva) de acción y un leve toque de
realismo mágico, sin caer en la trampa de los últimos álbumes de Corto
realizados por Pratt, en los que la abundancia de elementos oníricos y
sobrenaturales empantanaba innecesariamente las tramas.
Obviamente no te pongo a
Equatoria entre las mejores historias de Corto Maltés de todos los tiempos,
pero la recomiendo sin temor a equivocarme y celebro que me haya gustado bastante
más que la primer incursión de Díaz Canales y Pellejero por esta serie icónica
y definitiva del comic europeo.
Me vengo a Argentina, a
2019, cuando la afianzadísima dupla integrada por Alejandro Farías y Leo
Sandler realiza su apuesta más arriesgada hasta la fecha. Raymond es un comic
rarísimo, que corre las fronteras de “lo historietable”. Con un dibujo sintético, plástico, muy
expresivo, y un color sencillamente glorioso, Sandler se dedica a ponerle
imágenes a algunos textos de Farías que no son relatos, sino monólogos de
Carlos Raymond (el poeta maldito fan del escabio y el sexo con mujerzuelas) en
los que este piensa en voz alta acerca de la vida que lleva, su relación con la
gente, con el arte, con el dinero, con el alcohol, con el mundo en general.
Varias de estas historias son secuencias de cuatro páginas en las que no pasa
absolutamente nada, en las que los textos de Farías son reflexiones
existencialistas y los dibujos de Sandler cumplen un rol descriptivo, recorren
lugares, recrean atmósferas, como hacía Darick Robertson cuando tenía que
acompañar con imágenes las columnas de opinión de Spider Jerusalem en
Transmetropolitan, o incluso en el estilo de la famosa “Don't Get Around Much Anymore”,
esa historieta de una sóla página de Art Spiegelman en la que empezaba a
experimentar con el comic no-narrativo.
También hay historias más convencionales, donde Raymond
dialoga con otros personajes e incluso una en la que el protagonismo recae en
una de las putas amigas de Carlos. Las historietas más “narrativas” son breves
anti-aventuras del género slice of life, con una ambientación entre lumpen y
depravada, algunas groserías muy buen puestas (no me lo imaginaba a Farías
hablando de garches y petes) y una mala leche ácida y corrosiva que funciona
como logrado tributo a Boogie el Aceitoso, aunque sin chumbos ni violencia
física.
Farías y Sandler no juzgan a Raymond, no ensalzan ni
destruyen la mascarada de este gordo jodido y vividor. Raymond se ampara en su
talento artístico para salir más o menos bien parado cada vez que su
personalidad arrogante y abusiva lo hace chocar de frente contra la realidad, y
para los autores esto no está ni bien ni mal. A veces me resultó patético,
otras dije “qué capo el gordo, cómo la piloteó”. Si te gusta la poesía, si alguna
vez pensaste cómo sería crear historietas en base a la poesía, o si te atrae el
mundo noctámbulo, alcohólico y a veces sórdido de los “escritores malditos” al
estilo Charles Bukowski pero en la Argentina actual, jugale una ficha a
Raymond. El dibujo de Sandler justifica por sí sólo la compra del libro, y las
historias (y las no-historias) de Farías abren puertas nuevas, como para pensar
y leer la historieta desde otra óptica, lo cual siempre es sano y enriquecedor.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas
reseñas, acá en el blog.
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jueves, 7 de septiembre de 2017
JUEVES AL MEDIODIA
Horario medio bizarro para sentarse a escribir reseñas, pero es lo que hay…
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
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jueves, 4 de septiembre de 2014
04/09: EL CAUTIVO
Hoy en Argentina festejamos el Día de la Historieta y la lógica indicaba reseñar una historieta argentina. No pudo ser. Aunque con buena voluntad, algo arrima, porque lo que tengo para reseñar hoy es un comic escrito por un guionista argentino, Jorge Zentner, radicado hace más de 30 años en España, pero argentino al fin. Junto con su co-equiper ideal, el catalán Rubén Pellejero, Zentner realizó a fines de los ´80 este trabajo que luego formaría parte de la recordada colección del Quinto Centenario, editada por Planeta-DeAgostini.
Como es habitual en los álbumes de esta colección, el guionista tiene que transitar la delgada línea entre la aventura y la divulgación histórica. Zentner tiene muchas obras ambientadas en el pasado, en las que hace falta explicar contextos y exponer datos que el lector promedio desconoce, pero acá se nota que le pidieron más: más data, más investigación, más rigor. El entrerriano se la bancó muy decorosamente y logró una alquimia rara, pero efectiva. Por un lado, algunas páginas con mucho texto, mucha información, en las que Pellejero tiene que mechar cuadros en los que aparecen los personajes con cuadros que reproducen grabados de la época (año 1550, más o menos), en los que vemos cómo llegaba a Europa la información que recolectaban estos adelantados, estos tipos que salieron a explorar el nuevo continente. Algunas de estas páginas se hacen un poco densas, es verdad.
Pero por otro lado, Zentner y Pellejero se juegan a meter un montón de páginas mudas, muchas más que en los otros álbumes de la colección, y ahí es donde El Cautivo realmente levanta vuelo. Esa secuencia casi sin textos de las páginas 43 y 44, por ejemplo, es perfecta. Ahí vemos a los autores rematar la historia, activar varias ideas en la mente del lector y hasta meternos a fondo en la psiquis del protagonista (Hans Staden) quizás por primera vez en el tomo. A lo largo del álbum hay varios momentos más en los que el texto “se calla la boca” y deja que las imágenes conjuradas por Pellejero se carguen al hombro el peso de la narración. Y son todos momentos memorables, ya sea por su carácter épico o por la belleza y el grado de detalle en las composiciones, el trabajo preciocista en climas, fondos e iluminación.
A nivel dramático, este trabajo tiene el mismo problema que otros de la colección. Está todo narrado a modo de flashback, por un protagonista que ya sabemos que sobrevivió a todo y llegó a viejo. Eso le resta emoción y suspenso al relato, porque sabemos que de alguna manera Hans va a zafar incluso cuando parece estar en el horno; y por el otro obliga a Zentner a mechar viñetas del “presente” en las que Stader narra su historia a un interlocutor, que interrumpen ese ritmo más intenso que logra la trama cuando se suceden varias secuencias del europeo en la selva, en ese sacudón constante que fue su prolongada convivencia con las tribus aborígenes de lo que hoy es Brasil.
El dibujo de Pellejero está a un nivel altísimo. Todavía en su estilo ochentoso, el de la línea más finita, más cercana a la de Alfonso Font, años antes de emprender ese camino hacia la síntesis, que se ve mejor en sus obras posteriores a la primera mitad de los ´90. La faz gráfica del álbum está plagada de aciertos: el tratamiento del color es magnífico, los climas te ponen los pelos de punta, el manejo de la documentación histórica es impecable, las escenas de acción están resueltas con sobriedad y los primeros planos nunca son gratuitos, sino que están ahí cuando Pellejero necesita subrayar desde los rostros las emociones que en cada momento atraviesan a los personajes.
Con este álbum, Zentner y Pellejero terminaron de demostrar por qué fueron una de las duplas más sólidas de la historia del comic español. El Cautivo les propuso una partida complicada, con restricciones y exigencias que no habían tenido en los álbumes de Dieter Lumpen, ni volverían a tener más adelante. Sin embargo, el entrerriano y el catalán se las ingeniaron para dejar su impronta autoral en el álbum y para regalarnos (otra vez) unas cuantas páginas sumamente disfrutables para cualquier fan de la aventura histórica. Otro de los libros del Quinto Centenario que se tendrían que reeditar cuanto antes.
¡Feliz Día de la Historieta para todos!
Como es habitual en los álbumes de esta colección, el guionista tiene que transitar la delgada línea entre la aventura y la divulgación histórica. Zentner tiene muchas obras ambientadas en el pasado, en las que hace falta explicar contextos y exponer datos que el lector promedio desconoce, pero acá se nota que le pidieron más: más data, más investigación, más rigor. El entrerriano se la bancó muy decorosamente y logró una alquimia rara, pero efectiva. Por un lado, algunas páginas con mucho texto, mucha información, en las que Pellejero tiene que mechar cuadros en los que aparecen los personajes con cuadros que reproducen grabados de la época (año 1550, más o menos), en los que vemos cómo llegaba a Europa la información que recolectaban estos adelantados, estos tipos que salieron a explorar el nuevo continente. Algunas de estas páginas se hacen un poco densas, es verdad.
Pero por otro lado, Zentner y Pellejero se juegan a meter un montón de páginas mudas, muchas más que en los otros álbumes de la colección, y ahí es donde El Cautivo realmente levanta vuelo. Esa secuencia casi sin textos de las páginas 43 y 44, por ejemplo, es perfecta. Ahí vemos a los autores rematar la historia, activar varias ideas en la mente del lector y hasta meternos a fondo en la psiquis del protagonista (Hans Staden) quizás por primera vez en el tomo. A lo largo del álbum hay varios momentos más en los que el texto “se calla la boca” y deja que las imágenes conjuradas por Pellejero se carguen al hombro el peso de la narración. Y son todos momentos memorables, ya sea por su carácter épico o por la belleza y el grado de detalle en las composiciones, el trabajo preciocista en climas, fondos e iluminación.
A nivel dramático, este trabajo tiene el mismo problema que otros de la colección. Está todo narrado a modo de flashback, por un protagonista que ya sabemos que sobrevivió a todo y llegó a viejo. Eso le resta emoción y suspenso al relato, porque sabemos que de alguna manera Hans va a zafar incluso cuando parece estar en el horno; y por el otro obliga a Zentner a mechar viñetas del “presente” en las que Stader narra su historia a un interlocutor, que interrumpen ese ritmo más intenso que logra la trama cuando se suceden varias secuencias del europeo en la selva, en ese sacudón constante que fue su prolongada convivencia con las tribus aborígenes de lo que hoy es Brasil.
El dibujo de Pellejero está a un nivel altísimo. Todavía en su estilo ochentoso, el de la línea más finita, más cercana a la de Alfonso Font, años antes de emprender ese camino hacia la síntesis, que se ve mejor en sus obras posteriores a la primera mitad de los ´90. La faz gráfica del álbum está plagada de aciertos: el tratamiento del color es magnífico, los climas te ponen los pelos de punta, el manejo de la documentación histórica es impecable, las escenas de acción están resueltas con sobriedad y los primeros planos nunca son gratuitos, sino que están ahí cuando Pellejero necesita subrayar desde los rostros las emociones que en cada momento atraviesan a los personajes.
Con este álbum, Zentner y Pellejero terminaron de demostrar por qué fueron una de las duplas más sólidas de la historia del comic español. El Cautivo les propuso una partida complicada, con restricciones y exigencias que no habían tenido en los álbumes de Dieter Lumpen, ni volverían a tener más adelante. Sin embargo, el entrerriano y el catalán se las ingeniaron para dejar su impronta autoral en el álbum y para regalarnos (otra vez) unas cuantas páginas sumamente disfrutables para cualquier fan de la aventura histórica. Otro de los libros del Quinto Centenario que se tendrían que reeditar cuanto antes.
¡Feliz Día de la Historieta para todos!
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sábado, 28 de junio de 2014
28/ 06: UN VERANO INSOLENTE
Hora de reencontrarnos con la dupla integrada por el guionista francés Denis Lapiére y el dibujante español Rubén Pellejero, autores de la maravillosa El Vals del Gulag (reseñada el 27/01/12). Esta vez se trata de una obra un poco más extensa, que en Francia salió en dos tomos y en España, acertadamente, Astiberri la editó en uno sólo.
Así como la vez pasada Lapiére investigaba a fondo el tema de los campos de concentración y los “desaparecidos” durante el régimen stalinista en la ex-URSS, esta vez se mete de lleno en aquella primavera revolucionaria que se vivió en México a principios de los años ´20 y que atrajo a numerosos intelectuales, artistas y demás simpatizantes de las ideas de izquierda, siempre propensos a soñar con la utopía de un mundo más justo. Son los años de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Siqueiros y gente que llegaba de otros países, como la fotógrafa californiana Tina Modotti y su maestro (y amante) Edward Weston. La novela se estructura en torno a los vínculos entre estos personajes, a sus romances, sus ilusiones, sus decepciones, qué pensaban, cómo vivían, cómo se relacionaban con el poder, qué hacían para morfar, en esos años en los que la revolución parecía inminente.
La data está perfectamente dosificada, los diálogos suenan muy reales, las situaciones que tuvieron lugar en la vida real están muy bien reproducidas y la línea que baja Lapiére es la correcta, de punta a punta de la obra. ¿En qué falla? Bah, no sé si falla... ¿Qué no me convence? Que el guionista quiere y a la vez no quiere ofrecernos un comic documental centrado en las vidas de Tina Modotti y Edward Weston en México. Obviamente el francés investigó esas idas y vueltas hasta el más mínimo detalle, pero por otro lado, le juega muchas fichas al artificio de introducir en la historia a un personaje 100% ficticio, Théo, el escritor gay que llega de Francia, al que le otorga la responsabilidad de narrar estas anécdotas que lo tienen como personaje secundario.
Yo entiendo que existe una biografía de Tina Modotti hecha en historieta (por el maestro español Angel De la Calle), y quizás no daba para hacer otra. El problema es que esta se queda a mitad de camino, un poco porque, en el contexto general, sobran las escenas ambientadas en 1942, en las que Théo, ya veterano, rememora los sucesos transcurridos 20 años atrás. No está bueno el remate final, a veces las interrupciones del relato se ven forzadas, no aportan nada los personajes que Lapiére crea para que escuchen las anécdotas de Théo... pareciera que todo eso sobra, estorba, distrae de lo central, que es lo que le pasa a Tina y a Edward. Por ahí todo funcionaría mejor si nos limitáramos a visitar a los protagonistas reales en los años ´20, aún cuando esto significara sujetarnos demasiado a hechos reales, a los que muchas veces les falta esa intensidad, esa curva dramática que se supone que tiene que tener una historia para engancharnos.
El dibujo de Pellejero es excelente, con su línea más gruesa, más jugada al claroscuro, combinada con el talento para la composición, la plasticidad y la atención por el detalle en los lenguajes gestuales que ya estaban presentes en sus obras más conocidas de los ´80 y ´90 (Dieter Lumpen, El Silencio de Malka, etc.). El tratamiento del color aporta muchísimo a los climas de la historia, además de mostrarnos (como en El Vals del Gulag) distintos recursos para las distintas escenas. Y lo más notable es algo que también me remitió a Dieter Lumpen, que es la espectacular recreación de escenarios, vestuario y vehículos de los años ´20, en un terreno que a Pellejero le queda geográfica y cronológicamente lejos, pero en el que se mueve con pasmosa suficiencia.
Si alguna vez te interesó esa movida político-cultural que tuvo por escenario al México de los años ´20, esta historia te va a aportar muchísima información acerca del backstage, de lo que le pasaba puertas adentro a los artistas, intelectuales y políticos que jugaron a soñar una revolución socialista en las tierras de Pancho Villa. El guión no es tan perfecto como el de El Vals del Gulag, pero el interés no decae a lo largo de las casi 110 páginas que dura la novela, y el dibujo de Pellejero brilla incluso en las secuencias que aportan poco a la trama.
Así como la vez pasada Lapiére investigaba a fondo el tema de los campos de concentración y los “desaparecidos” durante el régimen stalinista en la ex-URSS, esta vez se mete de lleno en aquella primavera revolucionaria que se vivió en México a principios de los años ´20 y que atrajo a numerosos intelectuales, artistas y demás simpatizantes de las ideas de izquierda, siempre propensos a soñar con la utopía de un mundo más justo. Son los años de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Siqueiros y gente que llegaba de otros países, como la fotógrafa californiana Tina Modotti y su maestro (y amante) Edward Weston. La novela se estructura en torno a los vínculos entre estos personajes, a sus romances, sus ilusiones, sus decepciones, qué pensaban, cómo vivían, cómo se relacionaban con el poder, qué hacían para morfar, en esos años en los que la revolución parecía inminente.
La data está perfectamente dosificada, los diálogos suenan muy reales, las situaciones que tuvieron lugar en la vida real están muy bien reproducidas y la línea que baja Lapiére es la correcta, de punta a punta de la obra. ¿En qué falla? Bah, no sé si falla... ¿Qué no me convence? Que el guionista quiere y a la vez no quiere ofrecernos un comic documental centrado en las vidas de Tina Modotti y Edward Weston en México. Obviamente el francés investigó esas idas y vueltas hasta el más mínimo detalle, pero por otro lado, le juega muchas fichas al artificio de introducir en la historia a un personaje 100% ficticio, Théo, el escritor gay que llega de Francia, al que le otorga la responsabilidad de narrar estas anécdotas que lo tienen como personaje secundario.
Yo entiendo que existe una biografía de Tina Modotti hecha en historieta (por el maestro español Angel De la Calle), y quizás no daba para hacer otra. El problema es que esta se queda a mitad de camino, un poco porque, en el contexto general, sobran las escenas ambientadas en 1942, en las que Théo, ya veterano, rememora los sucesos transcurridos 20 años atrás. No está bueno el remate final, a veces las interrupciones del relato se ven forzadas, no aportan nada los personajes que Lapiére crea para que escuchen las anécdotas de Théo... pareciera que todo eso sobra, estorba, distrae de lo central, que es lo que le pasa a Tina y a Edward. Por ahí todo funcionaría mejor si nos limitáramos a visitar a los protagonistas reales en los años ´20, aún cuando esto significara sujetarnos demasiado a hechos reales, a los que muchas veces les falta esa intensidad, esa curva dramática que se supone que tiene que tener una historia para engancharnos.
El dibujo de Pellejero es excelente, con su línea más gruesa, más jugada al claroscuro, combinada con el talento para la composición, la plasticidad y la atención por el detalle en los lenguajes gestuales que ya estaban presentes en sus obras más conocidas de los ´80 y ´90 (Dieter Lumpen, El Silencio de Malka, etc.). El tratamiento del color aporta muchísimo a los climas de la historia, además de mostrarnos (como en El Vals del Gulag) distintos recursos para las distintas escenas. Y lo más notable es algo que también me remitió a Dieter Lumpen, que es la espectacular recreación de escenarios, vestuario y vehículos de los años ´20, en un terreno que a Pellejero le queda geográfica y cronológicamente lejos, pero en el que se mueve con pasmosa suficiencia.
Si alguna vez te interesó esa movida político-cultural que tuvo por escenario al México de los años ´20, esta historia te va a aportar muchísima información acerca del backstage, de lo que le pasaba puertas adentro a los artistas, intelectuales y políticos que jugaron a soñar una revolución socialista en las tierras de Pancho Villa. El guión no es tan perfecto como el de El Vals del Gulag, pero el interés no decae a lo largo de las casi 110 páginas que dura la novela, y el dibujo de Pellejero brilla incluso en las secuencias que aportan poco a la trama.
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viernes, 27 de enero de 2012
27/ 01: EL VALS DEL GULAG
Volvemos con el tema del momento, que son los campos de concentración. Esta vez no hay nazis ni judíos, sino que tenemos un gulag, los campos de trabajos forzados del régimen stalinista, un clásico soviético de fines de los ´40 y principios de los ´50.
De todos modos, hay que aclarar de antemano que El Vals del Gulag no es un comic que se propone denunciar los abusos a los que se sometía a los prisioneros. Es realista, tiene un innegable valor documental (cosa que la gente que no entiende nada parece querer atribuirle a un CHISTE), pero su objeto no es bajar línea. Simplemente, el guionista Denis Lapiére toma el contexto histórico de la ex-URSS a principios de los ´50 para contar la historia que quiere contar, que es una de amor. Acá no hay golpes bajos, ni se hace demasiado énfasis en la descripción detallada de los padeceres de los cautivos. Está muy claro que la pasan para el orto y que son víctimas de una injusticia mayúscula (como en el chiste de Sala), y hasta ahí llega Lapiére en su “alegato”.
El Vals del Gulag, decía, es ante todo una historia de amor. Un amor gigantesco y a contra corriente, que llevará a Kalia a enfrentarse al mundo para recuperar a Vitor, su marido, el padre de sus hijos, el hombre de su vida, quien fuera injustamente acusado y recluído en un gulag. Es una historia de lucha, de memoria, de lealtad, de sacrificio, pero por sobre todo, de amor.
Lapiére pone todas las fichas a que el lector se identifique con Kalia. La hace protagonizar flashbacks, le permite contar tramos de la historia en primera persona a través de una especie de diario íntimo, nos conmueve con su abnegación, con su valor, con lo que está dispuesta a dejar con tal de reunirse con Vitor. Si alguna vez viviste en carne propia una historia romántica brava, dura, bien cuesta arriba, seguramente te vas a sentir muy cerca de Kalia, aunque vivas 60 años más tarde y en la otra punta del planeta. También hay un par de buenos personajes secundarios, básicamente Baba Grunia y Miguel. Vitor, sin embargo, no es un personaje que se destaque. Está construído en base a silencios y miradas, y su ausencia es más importante que su presencia, excepto por la secuencia (quizás la mejor del tomo) en la que Lapiére nos explica qué es el vals del gulag y que hacía Vitor mientras Kalia movía cielo y tierra para encontrarlo. Y hasta ahí llego. Si doy más data, se pierde el impacto más power de la novela.
Párrafo aparte para el maestro catalán Rubén Pellejero, figura descollante del comic europeo forjada en los ´80 en las revistas de Norma Editorial, casi siempre en equipo con el entrerriano Jorge Zentner. Cuando empezó a trabajar directamente para el mercado francés (mediados de los ´90), Pellejero inició una evolución de su estilo (originalmente cercano al de Alfonso Font) que lo llevó hacia la síntesis. En esta obra nos encontramos con un Pellejero casi minimalista, que elimina líneas y opta por un trazo más grueso, más despojado, que le permite ganar en fuerza y expresividad, una transición no muy distinta a la que viéramos en Jaime Martín, otro hallazgo español de los ´80 transplantado a Francia en los ´90. Pellejero potencia la fuerza expresiva que ganó su dibujo con un tratamiento del color francamente magnífico, que debería ser estudiado a fondo por dibujantes y coloristas de todo el mundo. Noche o día, interiores o exteriores, el catalán encuentra para cada escena el color perfecto, las tonalidades, los climas, las texturas. Sabe cuándo ser sutil y cuándo ser brutal en el planteo cromático de las secuencias y cómo convertir a su paleta en un elemento más para sensibilizarnos y emocionarnos con la historia de Kalia.
Esta es una historieta brillante, cercana a la perfección. Incluso se la podés dar a tu vieja, o a cualquiera que habitualmente no lea historietas y la va a disfrutar como a una buena película o una buena novela no-gráfica. Sigo buscando las obras de Pellejero que todavía no tengo, y sumo a Denis Lapiére (al que recordaba de algúnos unitarios zarpados en El Víbora) a la lista de los guionistas francófonos a tener MUY en cuenta.
De todos modos, hay que aclarar de antemano que El Vals del Gulag no es un comic que se propone denunciar los abusos a los que se sometía a los prisioneros. Es realista, tiene un innegable valor documental (cosa que la gente que no entiende nada parece querer atribuirle a un CHISTE), pero su objeto no es bajar línea. Simplemente, el guionista Denis Lapiére toma el contexto histórico de la ex-URSS a principios de los ´50 para contar la historia que quiere contar, que es una de amor. Acá no hay golpes bajos, ni se hace demasiado énfasis en la descripción detallada de los padeceres de los cautivos. Está muy claro que la pasan para el orto y que son víctimas de una injusticia mayúscula (como en el chiste de Sala), y hasta ahí llega Lapiére en su “alegato”.
El Vals del Gulag, decía, es ante todo una historia de amor. Un amor gigantesco y a contra corriente, que llevará a Kalia a enfrentarse al mundo para recuperar a Vitor, su marido, el padre de sus hijos, el hombre de su vida, quien fuera injustamente acusado y recluído en un gulag. Es una historia de lucha, de memoria, de lealtad, de sacrificio, pero por sobre todo, de amor.
Lapiére pone todas las fichas a que el lector se identifique con Kalia. La hace protagonizar flashbacks, le permite contar tramos de la historia en primera persona a través de una especie de diario íntimo, nos conmueve con su abnegación, con su valor, con lo que está dispuesta a dejar con tal de reunirse con Vitor. Si alguna vez viviste en carne propia una historia romántica brava, dura, bien cuesta arriba, seguramente te vas a sentir muy cerca de Kalia, aunque vivas 60 años más tarde y en la otra punta del planeta. También hay un par de buenos personajes secundarios, básicamente Baba Grunia y Miguel. Vitor, sin embargo, no es un personaje que se destaque. Está construído en base a silencios y miradas, y su ausencia es más importante que su presencia, excepto por la secuencia (quizás la mejor del tomo) en la que Lapiére nos explica qué es el vals del gulag y que hacía Vitor mientras Kalia movía cielo y tierra para encontrarlo. Y hasta ahí llego. Si doy más data, se pierde el impacto más power de la novela.
Párrafo aparte para el maestro catalán Rubén Pellejero, figura descollante del comic europeo forjada en los ´80 en las revistas de Norma Editorial, casi siempre en equipo con el entrerriano Jorge Zentner. Cuando empezó a trabajar directamente para el mercado francés (mediados de los ´90), Pellejero inició una evolución de su estilo (originalmente cercano al de Alfonso Font) que lo llevó hacia la síntesis. En esta obra nos encontramos con un Pellejero casi minimalista, que elimina líneas y opta por un trazo más grueso, más despojado, que le permite ganar en fuerza y expresividad, una transición no muy distinta a la que viéramos en Jaime Martín, otro hallazgo español de los ´80 transplantado a Francia en los ´90. Pellejero potencia la fuerza expresiva que ganó su dibujo con un tratamiento del color francamente magnífico, que debería ser estudiado a fondo por dibujantes y coloristas de todo el mundo. Noche o día, interiores o exteriores, el catalán encuentra para cada escena el color perfecto, las tonalidades, los climas, las texturas. Sabe cuándo ser sutil y cuándo ser brutal en el planteo cromático de las secuencias y cómo convertir a su paleta en un elemento más para sensibilizarnos y emocionarnos con la historia de Kalia.
Esta es una historieta brillante, cercana a la perfección. Incluso se la podés dar a tu vieja, o a cualquiera que habitualmente no lea historietas y la va a disfrutar como a una buena película o una buena novela no-gráfica. Sigo buscando las obras de Pellejero que todavía no tengo, y sumo a Denis Lapiére (al que recordaba de algúnos unitarios zarpados en El Víbora) a la lista de los guionistas francófonos a tener MUY en cuenta.
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