el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 28 de noviembre de 2018

MIERCOLES MAGISTRAL

Hoy la verdad que no me puedo quejar. Los dos libros que me tocó leer en estos días me parecieron excelentes.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.

viernes, 11 de mayo de 2018

TRIPLETE DE VIERNES

¿Lo peor ya pasó? Una mentira más del felino doméstico. Lo peor se viene ahora. Agarrate fuerte, porque va a doler. Por suerte tengo un buen canuto de comics para que no falte lectura en los tiempos aciagos que se avecinan.
Arranco con el Vol.2 (jamás vi el Vol.1) de Orgasmos Cotidianos, una serie humorística escrita por Xavier Costa y dibujada por Alfonso López que se publicaba en El Jueves, supongo que a fines de los ´80 porque el recopilatorio es de 1991. Casi todas las historietas tienen dos o tres páginas (hay también de una y de cuatro, pero son poquitas) y giran en torno a situaciones casi verosímiles de la vida cotidiana, en las que el sexo tiene un rol preponderante. Cuernos, orgasmos, disfunciones eréctiles, perversiones bizarras, confusiones típicas de comedia en las que alguien se termina empomando a la persona incorrecta… Distintos recursos con los que juega Costa para generar comicidad, casi siempre con buenos resultados.
Pero la verdad es que los argumentos quedan relegados a un irrelevante cuarto o quinto plano, porque Alfonso López pela en estas páginas un virtuosismo gráfico devastador. Son comedias de tetas, pija y culo, podrías tirarte un poco a chanta, total la gilada se va a divertir igual… No, olvidate. López va al frente como una topadora, hace subir a los laterales, manda a cabecear al arquero, te tira con toda su artillería y logra que esta colección de historietas menores, de tono pasatista, se vuelva indispensable para todos los que somos fans de este increíble artista. Dibujo, color, narrativa, TODO es perfecto en Orgasmos Cotidianos. Una cátedra de buen gusto, de criterio estético, de expresividad, de plasticidad, de generosidad gráfica, a cargo de un genio del lápiz y el pincel, que además se supera a sí mismo en lo que tiene que ver con la observación de los detalles: ropa, peinados, autos, calles, muebles… López logra que todos estos elementos que vemos todos los días en la realidad, cobren en sus páginas una dimensión nueva, absolutamente fascinante. Un exceso de talento, posta.
Salto a Chile, donde en 2016 se publica la segunda aventura de Celeste Buenaventura (la primera la vimos el 21/04/14). Esta vez la novedad es que el guión de Marco Rauch no lo dibuja Gonzalo Martínez sino otro virtuoso fuera de serie (y seguidor de este blog) de apellido López: Rodrigo López, de quien también vimos varios trabajos en reseñas anteriores. No me parece copado comparar el trabajo de Rodrigo con el de Gonzalo, sino más bien subrayar su gran calidad gráfica, su pasmosa solvencia narrativa y la facilidad con la que López simplifica un poco su trazo para hacerlo más accesible a los lectores y lectoras más jóvenes, que son el público al que apunta Celeste Buenaventura.
En la reseña del Vol.1, yo decía que Rauch ponía en juego una cantidad increíble de personajes tomados de la mitología trasandina, sin guardarse nada para la secuela. Y claramente me equivoqué, porque en esta segunda entrega, el elenco de personajes de raíz mítica o tomado de leyendas populares chilenas, se vuelve a engrosar. Se nota que a Rauch lo apasiona el tema de los mitos y leyendas de su país, y felizmente encontró la forma de integrar todos esos elementos a una aventura simple, lineal, con la complejidad justa para cautivar al público adolescente que se copa con Harry Potter, por ejemplo. Para mi gusto, le falta un poquito más de chispa a los diálogos, aunque probablemente eso se deba a que lo estoy leyendo en un país que está al lado de Chile, pero donde se habla muy, muy distinto. Ojalá haya más aventuras de Celeste Buenaventura, y ojalá las dibuje todas Rodrigo López, que está en un momento extraordinario.
Y termino en Argentina, en 2017, con otro virtuoso del dibujo, Pedro Mancini. El nuevo trabajo de Mancini (titulado Detrás del Ruido) nos propone internarnos en la infancia de William S. Burroughs, mítico escritor del cual confieso no haber leído un puto párrafo. Pedro, en cambio, demuestra ser un fan exhaustivo del autor y haber consumido no sólo sus obras, sino incluso una buena cantidad de entrevistas, en las que Burroughs revela detalles de su niñez.
El libro tiene un solo problema: se lee demasiado rápido. Lo empezás en la estación Juramento y lo terminás antes de llegar a Scalabrini Ortiz. Esto es producto de la decisión del autor de narrar con la mínima cantidad de texto posible, con diálogos muy escuetos y silencios muy extensos, que obviamente resultan fundamentales para la atmósfera que quiere conjurar Mancini. Los cuatro primeros relatos son una especia de Little Nemo in Slumberland versión freak, retorcida y bizarra. El pequeño Bill recorre parajes surreales (magníficamente dibujados), a veces dormido, a veces drogado y a veces simplemente fruto de su cuelgue natural. Y en algún momento, el trip se termina y vuelve al plano de la realidad, a interactuar con familiares a los que Mancini no les da mayor relieve.
A partir de la quinta historia, se terminan esos paseos oníricos pero la bizarreada continúa, y se hace más psicológica, en un punto más perturbadora. La máscara (elemento muy frecuente en las historias iniciáticas como esta) le agrega una capa de profundidad a la desconexión del personaje con el mundo que lo rodea; una desconexión que Mancini exacerba a tal punto que uno ya considera al joven Bill un ser humano totalmente anormal, incapaz de insertarse en la sociedad ni como escritor rupturista ni en ninguna otra función.
Me imagino que a los fans de Burroughs esto les debe parecer fascinante. Yo, en cambio, hice lo mismo que hago cada vez que no logro conectar con los guiones: me dejé llevar por el clima y disfruté a lo bestia de la faz gráfica, en la que Mancini no se guarda nada de su impronta ni de su magia.
Volvemos pronto, con nuevas reseñas, no sé si de comics o de Deadpool 2, cuya función de prensa tengo agendada para el lunes.

sábado, 24 de marzo de 2018

SABADO CON RESEÑAS

Hoy antes de salir de joda me clavo dos reseñas cortitas.
Los Hijos del Sol es uno de los primeros tomos de la colección del Quinto Centenario, editada en España allá por 1992. El guión es obra de Miguel Angel Nieto (integrante de la famosa dupla Ventura-Nieto, fallecido en 1995), un genio del humor que acá emprende la tarea de contar una historia básicamente seria, una aventura iniciática protagonizada por un chico y una chica incas, justo en la previa a la llegada de los españoles a lo que hoy es Perú.
La verdad que el guión no está bueno. Lo mejor que tiene es el ritmo, que es tranqui, para nada frenético, pero aún así bastante atrapante. Pero la trama en sí es muy básica, muy lineal, parece todo una gigantesca excusa para mostrarnos de un modo no demasiado didáctico todos esos elementos de la cultura incaica que nos describían los libros de historia. Las costumbres, la agricultura, la religión, la arquitectura, la organización socio-política… Todo el viaje de Janca y Suni tiene como principal objeto darle a Nieto la posibilidad de mostrarnos y explicarnos aspectos curiosos de esta increíble cultura que floreció en el vasto imperio inca. No hay mucha profundidad en los personajes, las peripecias no tienen mayores consecuencias… lo único realmente fuerte que sucede, sucede en la última escena, cuando los protagonistas llegan a la costa del Pacífico justo a tiempo para presenciar la llegada de los españoles.
Por suerte el dibujo está a cargo de un José Ortiz inspiradísimo, con un manejo devastador de la figura humana, de las expresiones faciales y del color. El dibujo se luce muchísimo, no sólo por el gran tamaño del álbum, sino porque además Ortiz manda sólo dos páginas de ocho viñetas y unas cuantas que tienen sólo dos. Y se ve todo muy bien, en parte gracias a la economía de diálogos que tiene el guión de Nieto. La ausencia de globos permite también que apreciemos mejor los paisajes majestuosos, inolvidables, que Ortiz nos regala en los fondos, o en viñetas mudas donde los personajes no aparecen y el paisaje es todo lo que hay para ver. Si sos fan del inolvidable dibujante de Hombre, Burton & Cyb y tantas otras glorias (o si lo ves barato), entrale sin dudar a Los Hijos del Sol.
Salto a Argentina, año 2017, cuando se edita No Soy Hordak, del prolífico Pedro Mancini. Esto es, básicamente, Pedro ahorrando guita en psicólogos. No Soy Hordak se inscribe en una variante del género autobiográfico en el que el autor, más que contarnos anécdotas de su vida cotidiana, con quién se junta a tomar una birra, con quién se acuesta, cómo se vincula con su trabajo, familia, etc., se dedica a reflexionar sobre estos temas con un nivel de profundidad muy notable, a pesar de los chistes y las pinceladas tragicómicas.
Las historietas exploran el mundo de Mancini desde una óptica lo menos obvia y tradicional posible, con el toque ganchero de que aparezcan varios personajes del universo de He-Man, pero sigue siendo eso: un autor que se mira el ombligo, se auto-analiza y lleva al papel sus inseguridades, sus angustias, sus recuerdos, todo envuelto en un lindo paquete, con un dibujo precioso, adornado con bizarreada de alto vuelo poético y algo de ternura freak.
Lo que menos me gusta (siempre que aparece lo señalo) es la grilla de dos cuadros por página. Pedro logra hilvanar bastante bien las secuencias, a pesar de este inmenso escollo, pero el resultado son páginas donde hay poco para ver y poquísimo para leer, porque además los textos son minimalistas y los silencios tienen mucho peso. Me encantaría ver una reedición de este material en la que Mancini remonte las viñetas para meter seis por página, en vez de dos. Claro, quedaría un libro de muy poquitas páginas, pero me parece que narrativamente ganaría un montón.
No mucho más, realmente. No me quiero poner a sacar conclusiones acerca de qué cosas funcionan bien y cuáles no dentro de la psiquis de Mancini. Es tarea para un terapeuta, no para un crítico de comics. Si sos muy fan del autor, te recomiendo No Soy Hordak. Si no, me parece que Pedro tiene otras historietas dibujadas a este mismo nivel (alucinante), con propuestas temáticas y narrativas más atrapantes.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Acá en el blog.

lunes, 25 de septiembre de 2017

RESEÑAS PRE-VACACIONES

Sí, mañana es el día. Por fin me voy de vacaciones… obviamente a una ciudad donde este finde hay un mega-evento comiquero, pero donde me voy a quedar varios días más, a rascarme el higo como corresponde. Antes, dos reseñas.
Arranco con Momentos, un maravilloso recopilatorio de historias de una o dos páginas realizadas por los hermanos Tha y T.P Bigart entre 1980 y 1981 (plena transición democrática) para la revista española El Papus, una publicación absolutamente clave para entender aquellos años.
Allá por los albores del blog, un lejano 02/06/10, ya vimos un álbum de historias cortas de Josep y Joan Tharrats (que así se llaman los autores en el DNI) y por lo menos en lo que respecta al dibujo, no hay mucho para agregar. Este material es anterior a Absurdus Delirium, pero no se nota una mayor precariedad o inexperiencia en el trazo de Tha. Es evidente que esta bestia mostraba un talento realmente impresionante ya desde sus primeros trabajos profesionales. Lo más lindo es lo vigente que se mantiene, cómo pasan las décadas y estos dibujos conservan intacto su poder para inspirar, para emocionar y para impactar, incluso cuando están pensados para ser 100% funcionales a estos breves relatos.
Y si te gusta que el humor levante vuelo y que -además de hacerte reir- a veces te deje estupefacto por su nivel de delirio o de bizarreada, y a veces te deje pensando porque te baja una línea potente (con distintos grados de sutileza) y te invita a ver desde otra óptica aspectos de tu realidad… acá vas a encontrar un faro de referencia, un pico. En general, todo el comic humorístico de la transición democrática es rico en mensajes, en ampliación de horizontes… Pero en las páginas de Tha y Bigart me parece que es donde se encuentran los mejores momentos. Esto es magia en estado puro, de verdad.
Me vengo a Argentina, a 2016 (sí, ya estamos casi en Octubre y sigo leyendo libros de 2016), para reseñar el Vol.5 de Teatro en Viñetas, con otras dos obras clásicas del teatro argentino convertidas en historietas por Alejandro Farías.
La primera obra es Actores de Provincia, de Jorge Ricci. Acá el guionista forma equipo con Fabián Mezquita, que nos regala páginas llenas de plasticidad, dinamismo, excelentes expresiones faciales y un notable manejo del claroscuro. Es un trabajo raro, porque en general a Mezquita le encanta lucirse en los fondos, meterles muchos detalles, hacer que el lector los sienta muy reales. Y en Actores de Provincia casi no hay fondos, si no que pasa todo por los cuerpos, las caras, las luces y las sombras. La química entre Farías y Mezquita funciona a pleno y permite que esta meta-obra de teatro (que habla del mundo de los actores, los dramaturgos y las puestas teatrales) se convierta en una historieta muy entretenida.
Para la segunda obra teatral (Saverio el Cruel, nada menos que de Roberto Arlt), Farías trabaja con un autor al que no me imaginaba adaptando obras de teatro. Pedro Mancini, con su estilo más limpito, más despojado, más inexpresivo, más frío, más distante, logra que para la segunda página nos olvidemos por completo de que Saverio el Cruel alguna vez fue una obra de teatro. Enseguida te metés en el relato, como te metés en una historieta, y ahí te quedás hasta el final, atrapado en ese clima casi surrealista (a pesar de que los diálogos suenan bastante reales) que me remitió varias veces a las historietas de Jason. Si bien gráficamente es difícil emparentar al noruego con Mancini, hay algo en el ritmo del relato, en la inexpresividad de los rostros, en el estatismo de las figuras, en la escacez de decorados, que acerca este trabajo de Pedro a las obras de Jason. Lo mejor que hace Farías en este caso es desaparecer, hacerse invisible, trabajar para que no notemos que está ahí, para convencernos de que esta es una historieta de Mancini, ni siquiera una adaptación de un texto previo. Un verdadero hallazgo del prolífico autor oriundo de Bahía Blanca, que sigue acumulando logros en el difícil rubro de la transposición de historias a nuestro medio favorito.
Retomamos seguramente en algún momento del finde del 7 y 8 de Octubre. Banquen hasta entonces, que prometo volver con las pilas recargadas y las valijas repletas de comics.

martes, 5 de septiembre de 2017

MARTES POR LA MADRUGADA

Martes por la madrugada, abro los ojos y puteo a la almohada. ¿Qué hago despierto a las 7:30 AM? No sé… pero aprovecho para sentarme a escribir reseñitas de lo último que leí.
Empiezo en Argentina, Diciembre de 2016 (ya estamos ahí de 2017), cuando Comiks Debris publica por primera vez en nuestro país una obra del chileno Marko Torres. Super Ninja Kururo es un trabajo BRILLANTE, una historieta de aventuras y humor con un ritmo fabuloso, personajes entrañables y una efectividad cómica al nivel de los mejores dibujos animados. Lo único choto es que en un momento se termina, pero por suerte Torres deja abierta una puertita para que eventualmente aparezca una secuela.
El dibujo es sintético y poderosísimo, con todo para enganchar a los más chicos. El color es excelente, las piruetas narrativas que despliega Torres son atrapantes y los trucos que se le ocurren para no matarse dibujando fondos son absolutamente legítimos. Super Ninja Kururo es de esas historietas que te hacen sentir que de nuevo sos un borreguito de 8-10 años, envuelto en una aventura fantástica que te impacta, te entretiene y te saca sonrisas y carcajadas. Me hice fan a pleno y la recontra-recomiendo.
Me clavé el Vol.2 de Breakdown, de Takao Saito, y lo empecé con bastante escepticismo, porque el Vol.1 no me había convencido demasiado. Bueno, olvidate. El Vol.2 está bárbaro y me dejó con las re-ganas de conseguir el 3 y el 4. Ahora sí, empiezan a pasar un montón de cosas grossas, y lo más importante: Saito no sólo te golpea con los sucesos grandilocuentes (terremotos, tempestades, inundaciones) sino que utiliza estos sacudones extremos para hablar también de lo micro, de la gente, de nosotros. Breakdown en inglés significa Colapso, y esta es la historia de un mundo colapsado, en el que colapsan la organización social y –sobre todo- los valores de la gente. Pronto queda claro que lo único parecido a un bueno es Otomo, el protagonista. Y el resto son sobrevivientes, tipos y minas dispuestos a todo por no ser la próxima víctima del hambre, las enfermedades o los cataclismos naturales.
Además de bajar línea de manera cada vez más extrema, Saito deja la vida en la narrativa, que es –como siempre- el punto más alto en la obra de este autor fundamental para entender el manga moderno. Con silencios, con acercamientos extremos, con ángulos imposibles, Saito logra hacernos sentir el dramatismo, la desesperación por la que atraviesan los personajes, lo jodido que es seguir siendo humanos cuando uno vive tan al límite. Me pongo en campaña para capturar el Vol.3, porque este tomo terminó en un momento tremendo, y me quiero enterar cómo sigue. Si las 700 páginas que me falta leer se parecen a las 350 del Vol.2, la timba garpa a full.
Y cierro con una breve glosa de otro librito aparecido en Argentina a fines de 2016: El Jardín Increíble, de Pedro Mancini. A mí siempre me pareció bastante choto que los libritos que recopilan tiras publiquen una sóla tira por página, y esta vez no es la excepción. Entiendo que Mancini dibujó sólo 62 tiras, y publicadas de a dos o tres por página, quedaría un libro muy finito. Pero bueno, hay que usar la imaginación, meter este material como complemento de otras historetas del mismo autor, no sé… algo, como para no terminar armando el libro con una sóla tira por página.
En cuanto a la calidad del material, no me puedo quejar en lo más mínimo. El Jardín Increíble está lleno de ideas geniales y de dibujos maravillosos. Es uno de los trabajos de Mancini que más disfruté, donde se lo ve más accesible, menos ensimismado, con más ganas de compartir su mundo delirante con los lectores, donde la belleza de su dibujo está más puesta al servicio de la riqueza de sus ideas, de la gran variedad (y apabullante efectividad) de recursos que maneja a la hora de encarar el humor. En general, me gustaron más las tiras en las que Pedro narra en secuencia de varias viñetas que las que están 100% jugadas a una única imagen, pero la verdad es que en estas también hay muchísimo vuelo y muchísima comicidad. Si sos fan de Mancini, o si querés descubrir por qué tanta gente está fascinada con este autor, no dejes de visitar El Jardín Increíble.
Gracias por el aguante y volvemos pronto con nuevas reseñas.

martes, 8 de agosto de 2017

TRIPLETE DE MARTES

Ufff… por fin un minuto de paz para sentarme a redactar unas reseñas… Tengo unos días complicados y… sí, ya sé, siempre el mismo verso… Pero posta, hoy escribo estas reseñas y no tengo la más puta idea de cuándo voy a poder clavar el culo en la silla y escribir las próximas.
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).

viernes, 2 de diciembre de 2016

DOS DE DICIEMBRE

Retomamos las reseñas en el último mes de este extraño 2016.
Arranco con el Vol.1 de Terra Obscura, un TPB que me compré sólo porque lo vi muy barato. El nombre de Alan Moore en la portada no me sedujo, porque sabía que el rol del Mago de Northampton en el equipo creativo era mínimo, apenas un co-creador de los personajes y el argumento general. El guionista posta, el que se arremanga para escribir cuadro a cuadro estas 150 páginas, es Peter Hogan, que nunca estuvo entre mis favoritos.
Sin embargo, este primer tomo no está mal. Sobre todo si te gusta la Justice Society. Esto es un comic de la JSA apenas disfrazado, con los clásicos personajes de la Tierra-2 de DC mínimamente camuflados. No se podría contar esta historia con la JSA sólo porque uno de los personajes emblemáticos cambia de bando y ocupa el rol del villano. Todo lo demás, es perfectamente traducible a la mitología del legendario grupo de DC. Lo único medio choto es que Hogan dedica muchas páginas a presentar a personajes cuyo rol en la trama es mínimo, pero bueno, me imagino que tendrán más protagonismo en el segundo tomo, y que este (con los personajes ya presentados) se volcará más a la machaca (que tampoco escasea en este primer tramo).
El resto está bien, hay un buen equilibrio entre misterio, acción y desarrollo de personajes y cada tanto aparece un sutil toque de comedia. O sea que, si sos muy fan de la Justice Society (o al revés: si no sos fan de la Society pero no te molesta ver cómo dos ingleses juegan a reversionarla sin ninguna restricción), te vas a divertir. El dibujo está a cargo de un Yanick Paquette bastante menos elegante que en sus trabajos más recientes, todavía muy pegado a la estética de Terry Dodson en la que todos los tipos son fisiculturistas y todas las minas mega-vedettes con tetas gigantes. El entintado de Karl Story le agrega, además, detalles en los rostros que nos recuerdan a Kevin Nowlan o a veces a Chris Sprouse, quien co-creara a varios de estos personajes en una saguita de Tom Strong escrita por el Mago. El dibujo no es choto ni mucho menos, pero por suerte en los laburos posteriores Paquette logró romper este molde adocenado y encontrar en su trazo rasgos más propios y más lindos. Prometo entrarle al Vol.2 el año que viene.
Vamos con Hermano, una colaboración entre Darío Fantacci y Pedro Mancini que se publicó originalmente en la revista Ultramundo y este año salió recopilada en un muy lindo librito. Así, de movida, me animo a decir que nunca vi a Mancini dibujar tan bien como en estas páginas. Todo lo que me gusta de la estética de Mancini, acá está llevado al límite. Todos los desafíos que le plantea el guión están resueltos con jerarquía. El cross-hatching enfermizo está más enfermizo que nunca, la imaginería de Mancini, las cosas que inventó y las que heredó de Moebius, todo brilla en estas 70 páginas como nunca antes y nunca después. Si sos fan de Pedro, no lo dudes un segundo: este libro lo tenés que tener sí o sí.
¿Y qué onda el guión de Fantacci? Es muy raro, pero efectivo. Evidentemente, Darío conoce muy bien a Pedro y juega todo el tiempo a potenciar desde el guión las virtudes de su dibujante. La historia tiene muy buen ritmo, está llena de simbolismos, y hasta te invita a reflexionar. No es un guión fácil de encasillar. No es una aventura convencional, no llega a ser “una de misterio”, no es exactamente una historia de introspección, ni de ternura freak, la trama romántica no cobra preponderancia, la bajada de línea socio-política es muy sutil… y tampoco es una fumanchereada que no se entiende un carajo, ni una mera sucesión de excusas para que Mancini dibuje lo que se le da la gana. Hay una historia, hay una profundidad, hay una mirada propia de Fantacci y misteriosamente, por motivos que no logro explicar, todo funciona muy bien y avanza (de modo más laberíntico que lineal) hacia un final que no es para nada obvio y que no me defraudó en absoluto.
La semana que viene, más reseñas acá en el blog.

lunes, 21 de diciembre de 2015

21/12: ALIEN TRISTE

Este tomo recopila más de 180 tiras realizadas por Pedro Mancini, originalmente presentadas en la web y ahora disponibles en libro.
El protagonista es una especie de alter ego del autor, que en vez de Pedro se llama Luis. A través de este personaje (cuya cabeza es una especie de tentáculo gelatinoso), Mancini expone todas sus miserias, sus inseguridades y sobre todo una visión de sí mismo en la que nunca termina de estar a gusto en ninguna interacción con nada ni con nadie. Por eso –digo yo- elige ser un alien, porque el alien es “lo otro”, lo externo, lo que no es de acá y no encaja nunca con el ámbito en el que le toca moverse.
El principal recurso humorístico de Mancini es mostrarse a sí mismo como un ser patético, digno de lástima. De MUCHA lástima. Las tiras ambientadas en su infancia son particularmente tragicómicas y lo muestran como un chico que sufrió todo tipo de privaciones y carencias afectivas. En las tiras del presente, en cambio, pareciera que muchos de sus problemas se los genera él mismo, convertido en una máquina de auto-sabotear su carrera como dibujante y sus relaciones con las chicas que le gustan. El personaje evoluciona bastante (al ritmo de la vida real de Pedro a lo largo de los años que duró la tira) y para el final ya lo vemos más afianzado en su profesión y en un noviazgo que parece ir para largo. Por supuesto siempre hay motivos para seguir mostrando el patetismo y la mediocridad en su vida, aunque en algunos items le esté yendo mucho mejor.
Los recuerdos de la infancia y las fantasías del autor nutren a la tira de situaciones variadas, como para que no nos aburramos de ver cómo Luis fracasa en casi todo. Su faceta de dibujante está particularmente bien aprovechada, porque le permite meter chistes bien intra-ghetto en los que se nombra a Moebius, a Alcatena, a Diego Parés, a Maitena e incluso a este blog. Cuando la tira se convierte en el backstage de la vida de un dibujante y nos muestra sesiones de firmas en la Feria del Libro, o en el Espacio Moebius, o en un stand en un evento masivo, se pone muy interesante porque Pedro logra dejar de mirarse el ombligo y mostrar una problemática que no lo afecta sólo a él sino a muchos de los autores incipientes, sin tantos años de trayectoria en nuestro mercado.
Entre los chistes nerds (de Batman, Snoopy y los muñecos de He-Man) y los chistes más salvajes de borracheras y drogas, Mancini termina de armar un repertorio bastante amplio, que mantiene hasta el final la capacidad de sorprender al lector. Incluso con ese tono taciturno, a veces muy duro, logró arrancarme varias risas.
A la hora de dibujar las tiras, Pedro opta por una estética minimalista, en la que prescinde lo más que puede de los fondos. Lo bueno es que conserva la cuota justa de su estilo habitual (superpoblado de tramitas, puntitos y texturas que complementan a la perfección su particular “línea clara”) como para que Alien Triste conserve una “identidad Mancini”. Siempre es interesante ver a un virtuoso del dibujo obligarse a sí mismo a ocultar ese virtuosismo, a simplificar el dibujo y las composiciones para quedarse con lo esencial, con lo absolutamente indispensable para contar estas pequeñas historias. Eso en Alien Triste funciona muy bien y ayuda a que esta obra sea accesible a la gente que por ahí no conecta con las obras más raras, más experimentales de Mancini, en las que detona ese impresionante arsenal de recursos gráficos al que (para su enojo) muchos reducen a la frase “ah, dibujás re-Moebius”.
De aquellos relatos fantásticos, oscuros, medio crípticos y desbordantes de imaginación que vimos el 13/04/13 a estas breves historias (muchas de una sóla viñeta), los cambios son muchísimos y muy notorios. Lo que se mantiene constante es la rareza, la condición alienígena de este autor cada día más difícil de encasillar, que compensa ampliamente su patetismo con un talento gráfico y narrativo muy notable. Acá Mancini salió a tribunear, a buscar fans apelando al bajísimo recurso de exponer las berretadas de su vida cotidiana. Y le salió muy bien, porque Alien Triste -además de gracia- tiene honestidad, reflexiones filosas, recursos novedosos y un dibujo fascinante.

sábado, 13 de abril de 2013

13/ 04: PARANOIA NORMAL

Che, no entendí nada. Nada, eh? No sé si los guiones de Pedro Mancini esconden profundos simbolismos, o si responden a meros caprichos, a pajas mentales del autor, a sus ganas de exorcizar unos cuantos demonios, de plasmar en imágenes sus sueños y pesadillas, o simplemente al respetabilísimo ejercicio de romper las pelotas, de ajustar estas secuencias de imágenes (que no me animo a calificar de “historias”) a un único criterio, que es el lírico-genital.
Si seguís este blog hace tiempo, ya sabés lo que opino yo de las historietas sin guión, o con guiones excesivamente crípticos. Me pueden llamar la atención desde lo formal, me pueden hacer algún mimo desde la narrativa o la planificación de las páginas, pero no me caso, ni me pongo de novio, ni me las llego a transar. Las historietas que componen este libro (que originalmente habían aparecido en la revista Ultramundo, autoeditada por Mancini y sus secuaces, Santiago Fredes y Darío Fantacci) no escapan para nada a esa regla general. Me provocaron intriga, por momentos lograron perturbarme, pero siempre desde el despliegue de recursos narrativos, o desde la imagen. Nunca desde el relato en si, porque nunca me llegué a dar cuenta de qué sucedía, ni mucho menos por qué. Las “historias” de Mancini, además, prescinden por completo de textos y diálogos y tienen la peculiaridad de terminar en cualquier lado, nunca en algo así como un final “clásico” de esos que cierran lo que se abrió en las primeras páginas. La que mejor se disfraza de relato “normal” es La Verdad Acerca del Rey Huevo, un extraño trip con sabor a Lewis Carroll, que en un punto degenera hacia el erotismo (un erotismo elegante, repleto de sofisticación freak), para luego llegar a una especie de cierre.
Estoy seguro de que un psicólogo le sacaría mucho más jugo que yo a este recorrido surrealista por los laberintos de la mente de Mancini. Por ahí le encontraría sentidos a este festival onírico y alucinado, del cual yo extraigo sólo dos conclusiones:
1) Pedro Mancini es un excelente narrador gráfico, con un gran criterio para armar las secuencias y un manejo molecular de la traslación a la página de los conceptos de tiempo y espacio.
2) Pedro Mancini es un dibujante de un talento descomunal, un virtuoso potencialmente ilimitado, que imagina y concreta cosas que nunca antes se le ocurrieron a ningún otro historietista, o sí, pero no las pudieron plasmar nunca en imágenes de esta calidad, con este vuelo y con estos climas. El plumín de Mancini está poseído por el Moebius más loco y experimental, y va más allá, traspasa las fronteras establecidas por el Genio Eterno, para sumergirnos en una especie de obsesión patológica por las texturitas y los crosshatchings capaces de helarle la sangre a los dibujantes más curtidos en estas lides, tipo Francis Masse. El libro ofrece tres historietas muy cortitas en las que Mancini cambia de estilo y prueba otras técnicas (incluso la de simplificar la línea, reducirla a su mínima expresión) y ahí la faz gráfica decae bastante. Hasta que el plumín mágico vuelve a apoderarse del autor y, cual lámpara de Aladino, habilita la aparición de prodigios indescriptibles.
Si te gusta el dibujo de historietas experimental, jugado, no te digo “a todo o nada”, pero sí lejos de lo convencional, Mancini tiene todo para convertirse en tu nuevo ídolo. Si lo que buscás son buenas historias, redondas, coherentes, lamentablemente acá no hay. El 28 de Septiembre del año pasado vimos un libro en el que Mancini dibujaba una historieta cuyo guión no le pertenecía (era de Federico Grunauer) y estaba muy bien. Me parece (por ahí me equivoco) que ese es el camino de acá en más para este increíble artista: poner su dibujo al servicio de guiones de otros. El chiste de delirar, irse al carajo y dibujar lo que se te cantan las bolas a lo largo de páginas y páginas completamente indescifrables causa gracia, pero una sóla vez.