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jueves, 9 de marzo de 2023
JUEVES A PLENO SOL
Alucinante tarde de verano en Buenos Aires, y yo acá, sentadito en el escritorio, con un par de libros para reseñar antes de clavarme una siesta abajo del ventilador de techo...
Empiezo con un libro que me dio varias sorpresas. La primera: en la tapa no aclara que se trata del Vol.2 de una serie. Ese dato está chiquitito en el lomo del libro. Efectivamente, Lagos Connection es el segundo álbum de El Sueño del Tiburón, una serie que el maestro alemán Matthias Schultheiss inició en 1986, cerró en 1989 (cuando salió el Vol.3) y (segunda sorpresa) ¡retomó en 2013! Hasta ahora hay seis álbumes, de los cuales el último es de 2021. O sea que caí en el medio de una primera trilogía, de una serie que continúa aún hoy. Medio que me importa un carajo porque a) lo que me atrajo para comprar el libro (además del precio) es el dibujo de Schultheiss y b) este tramo de la saga se entiende sin problemas sin haber leído el Vol.1. Incluso si nunca leo el Vol.3 (bastante puteado por los fans de la serie), me puedo quedar con este final, que no es el que uno espera, porque el álbum termina con el protagonista hecho mierda, muerto o al borde de la muerte.
¿De qué va la historia? De una guerra entre mafias en el delta de Lagos, una ciudad de Nigeria emplazada sobre la costa del Océano Atlántico, plagada de piratas, corrupción policial y todo tipo de malvivientes. Allí vemos crecer a un francés, Lambert, un tipo adicto a la violencia, el crimen y los beneficios y el poder que se acumulan cuando uno es un criminal exitoso en un entorno corrupto. El comic narra básicamente el ascenso de Lambert, a fuerza de golpes osados y de una crueldad desmedida para con los enemigos a los que derrota y los atrevidos que osan traicionarlo. Violencia y crueldad son las claves de un relato plagado de acción, con mucha sangre, muertes horribles, violaciones, racismo explícito y total impunidad. En la segunda mitad del álbum, Schultheiss va a intentar humanizar un poco a Lambert a través de su relación sexafectiva con Sarah, pero las consecuencias de bajar la guardia van a ser funestas para el duro jefe de los piratas.
En España nunca se publicaron más álbumes después de este, así que si me quiero enterar cómo carajo sigue la historia me tengo que pasar a la edición francesa. No sé si haré el esfuerzo, porque la verdad que la aventura en sí no me pareció gran cosa. Me impactó el nivel de mala leche y violencia, y me parece bien que el autor intente darle más carnadura al protagonista. Pero la estrella es claramente el dibujo. De hecho hay un par de momentos en los que la narrativa se hace confusa, porque Schultheiss dibuja a todos los africanos muy parecidos entre sí, o porque la composición de las viñetas no es muy clara, o porque los efectos del color opacan algún elemento visual importante para entender un cuadrito... y a nadie le importa, porque estamos todos flasheando con el estilo gráfico del alemán, con su tratamiento de la figura humana, de las expresiones corporales, del color... Visualmente, esto es un kilombo fascinante, por momentos estridente, con un despliegue de recursos por parte de Schultheiss que realmente te hiela la sangre. Eso es lo que hace irresistible a El Sueño del Tiburón. El resto, podría ser tranquilamente una serie menor en una antología tipo Skorpio o Lancio Story.
Allá por el 12/11/19 me tocó reseñar un muy buen comic argentino llamado Los Prodigios, que presentaba un nuevo universo superheroico desarrollado en nuestro país. En 2022 apareció un segundo libro ambientado en ese mismo universo: Los Desechables, con guion de Fede Sartori y dibujos de Facundo Moyano (otro Facundo Moyano, no el ex-diputado nacional). Mientras que Los Prodigios jugaba a contar una "versión argenta" del origen de una especie de Justice League, Los Desechables hace algo parecido, pero más cercano al Suicide Squad. De hecho, una vez presentados los protagonistas, el núcleo de la trama consiste en una misión suicida, encubierta, a cargo de personajes que tranquilamente pueden morir sin que nadie reclame nada.
El dibujo de Moyano, si bien no es horrible ni tiene grandes pifias, me dejó un poco frío. Me resultó algo del montón, falto de identidad, de riesgo. El color sí, me parece que está buenísimo. Y el guion es muy entretenido: tiene muy buenos diálogos, los flashbacks están donde tienen que estar, la amenaza es creíble, hay giros que no te ves venir, y está todo muy bien integrado con lo que otro guionista (Gastón Flores) nos había contado en Los Prodigios. O sea que la idea de un universo consistente, compartido por varios autores y explorado en distintos títulos, no es una quimera, sino algo que se puede hacer realidad aquí y ahora. Tengo entendido que hay un tercer libro en camino, donde la historia del Prócer va a llegar a un final. Ojalá no sea un final para todo este universo, porque tanto Flores como Sartori se han esforzado por poblarlo con personajes interesantes y conflictos originales.
Lo único que le podría criticar a Los Desechables es que, para ser un comic apuntado al fan de los superhéroes, la machaca tarda un poco en llegar. Hasta que empiezan a correr de lo lindo las trompadas, las patadas, los superpoderes y la sangre, ya van casi 40 páginas en las que lo principal es el diálogo entre personajes que apenas se mueven. Y eso puede desalentar o aburrir a algún lector desprevenido que crea que va a leer una saga del Suicide Squad, X-Force o cualquier otro grupo comando de tipos y minas con poderes. Fuera de eso, Los Desechables es una lectura muy disfrutable, que otra vez pone a Fede Sartori en la lista de los guionistas a los que conviene seguir de cerca.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
Etiquetas:
Facundo Moyano,
Fede Sartori,
Matthias Schultheiss
lunes, 16 de marzo de 2020
LUNES DE AISLAMIENTO
Nada más fácil para los
comiqueros que quedarnos solos, sin pisar la calle, durante días y días. Sobre
todo cuando tenés un pilón grosero de libros sin leer e infinitas revistas para
releer.
Arranco en 2016, cuando se
empieza a recopilar I Hate Fairyland, una notable creación del mestro Skottie
Young, que hace la clásica: armarse una hinchada nutrida y fiel en los títulos
de Marvel y después abrir su kiosquito creator-owned en Image. Ya veremos más
adelante algunos laburos de Young para la Casa de las Ideas, pero ahora me
sumerjo en esta aventura delirante, cuyo ritmo no da tregua, pensada para
atraparte en un in crescendo de situaciones cada vez más extremas, más
impactantes y más cómicas.
Skottie Young parte de una
premisa brillante, pero no se queda con eso. Por el contrario, sube la apuesta
episodio a episodio y para el final de este primer tomo I Hate Fairyland
alcanza un nivel inverosímil. Si alguna vez te divertiste con lo que los yankis
llaman “cartoon violence” (explosiones, cañonazos, hachazos, espadazos y caídas
abismales infligidas o sufridas por personajes fantásticos en clave de humor
pasado de rosca), acá vas a encontrar eso mismo en su máxima expresión. I Hate
Fairyland además es la más redonda, la más lograda, la mejor pensada de todas
las parodias a los clásicos relatos de “nena del mundo real recorre un mundo de
fantasía”. Los personajes, los paisajes, la acción, todo está dibujado como los
fuckin´dioses por un Young inspiradísimo, exagerado al límite, dinámico y
plástico como los mejores dibujos animados, pero con trucos de narrativa que
sólo se pueden hacer en la historieta, y –por si faltara algo- muy bien
complementado por la paleta de colores de Jean-Francois Beaulieu.
Esto es mejor que un comic
para adultos. Es un comic recontra-mala leche, jodido como enema de
chimichurri, oscuro y perverso como un vómito de Adrián Ventura, que
gráficamente parece un comic para chicos y que corre serios riesgos de terminar
en las manos de inocentes criaturitas a las que I Hate Fairyland les va a
pulverizar las neuronas. Obviamente quiero YA el Vol.2, que nunca vi en ningún
lado. Acepto donaciones.
Me vengo a Argentina, año
2019, para leer la continuación de un librito reseñado el 15/01/19. Esta
segunda entrega de Proyecto Tifón abre con una historia de 22 páginas en la que
Rodolfo Santullo nos muestra a dos superhéroes, Alto Voltaje y Heka, en acción
y no mucho más. La machaca no deja mucho espacio para desarrollar a los
protagonistas (mucho menos a los antagonistas) ni para que estos terminen de
dilucidar cómo enganchan los combates que les toca pelear en el “big picture”.
Los diálogos (generalmente el punto fuerte de los guiones de Santullo) no
brillan como en la entrega anterior, mientras que el dibujo de Daniel Mendoza
me pareció muy sólido, muy atractivo. Sin dudas el mejor trabajo de este
dibujante al que ya nos cruzamos otras veces acá en el blog, potenciado además por Exequiel Roel en el coloreado digital.
La segunda historieta será
la que haga el esfuerzo de encajar esto que nos contó Santullo con la saga
global, con ese peligro creciente que obliga a los distintos superhéroes
argentinos a organizarse y trabajar en equipo. Este tramo está escrito por Fede
Sartori (también correcto, sin descollar) y dibujado por Santi Baquín, que
cumple muy con lo justo. Me imagino esas páginas en blanco y negro y me muero
del aburrimiento.
Y después hay dos
historias cortitas: una de apenas tres páginas (escritas por Santullo y con
hermosos dibujos de Nico Di Mattia) y una de 10, en la que Maxi Coronel retoma
la historia del Capitán Barato, se mete un poco más en la psiquis de uno de los
villanos de la saga y le da mucha chapa a Nico, quien se convertirá en E-404,
un nuevo justiciero decidido a bancar los trapos en este momento jodido, en el
que ya cayeron varios de los héroes que se presentaron en las entregas
anteriores. Este tramo final está bastante bien dibujado por Osmar Petroli, que
abusa un poquito de los primeros planos y los planos detalle, pero dentro de
todo la hace llevadera.
Tengo un problema para
emocionarme con esta saga y es que no conozco lo suficiente a los personajes
como para que me generen algún impacto sus supuestas muertes, resurrecciones,
victorias o derrotas. Me siento como si estuviera viendo futbol alemán:
entiendo el juego, me doy cuenta de que están jugando bien, pero no conozco a los
jugadores, no soy hincha de ningún equipo, no le tengo bronca a ningún árbitro
ni a ningún D.T., y cuando canta la hinchada no entiendo una chota. Lo miro, me
parece un producto muy profesional, muy competente, pero no logro que me
despierte la más mínima pasión. Por ahí hubiese estado bueno sacudir grosso el
status quo de este universo una vez que los lectores estuviéramos más
familiarizados con cada uno de los héroes y heroínas, como para que cada golpe
pegara más fuerte. De todos modos, me imagino que los fans de los superhéroes
transplantados a nuestro país deben flashear fuerte con esta aventura, por su ambición,
por su escala y porque se nota que está muy bien planificada y muy bien coordinada,
para abrirle el juego a varios personajes y varios autores y que todos se
conjuguen de manera armónica, prolija, consistente.
Nada más, por hoy. Ni bien
tenga leídos un par de libros más, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en
el blog.
Etiquetas:
Capitán Barato,
Fede Sartori,
I Hate Fairyland,
Rodolfo Santullo,
Skottie Young
jueves, 1 de agosto de 2019
OTRA VEZ DE A TRES
Sin más prolegómenos,
inauguramos Agosto con un terceto de reseñas.
¿Alguien se puede resistir
a un TPB de Thor con tres historias autoconclusivas y las firmas de Mike Carey,
Alan Davis y Peter Milligan? Yo vi este Wolves of the North en oferta y le entré como María Eugenia
Vidal a la cocaína, pero me dejó sabor a poco.
La primera historia, la
que escribe Mike Carey, es muy flojita. Casi la nada misma. Y el dibujante
(Mike Perkins) tampoco ayuda. La de Peter Milligan no la puede reivindicar ni
el fan más incondicional del maestro (ni el más Milliganso): el guión es el Más
de lo Mismo más obvio y predecible de la historia, también sepultado por un
dibujante con escasísima onda (Miko Suayan) y uno con escasísimo talento (Tom
Grindberg).
Menos mal que en el medio
están esas 34 páginas escritas y dibujadas por el glorioso Alan Davis a un
nivel demoledor. El guión es brillante, la bajada de línea es clara y punzante,
el ritmo es trepidante, los diálogos están perfectos y el dibujo… No me hagas
hablar del dibujo, que me babeo todo. Un combo inmejorable entre el raw power
onda Kirby y la elegancia que asociamos con Neal Adams o José Luis García
López. Los fondos son un lujo, las expresiones faciales, los cuerpos en
movimiento, la planificación de las páginas, todo maravilloso. Y el color de
Rob Schwager ayuda un montón a que todo se luzca aún más. Si no te querés
comprar todo el TPB sólo por lo de Davis (que es lo que realmente vale la
pena), el one-shot del prócer se llama Thor: Truth of History, y salió en 2008.
Por ahí te conviene capturar esa revistita y gambetear el resto, que es entre
mediocre y desolador.
Allá por el 26/11/18 me
tocó leer el primer tomito de Manta y ahora voy por el segundo. Si me preguntás
de qué se trata la serie, te tengo que contestar que veintipico de años después
de una matanza atroz, el único sobreviviente reaparece para encontrar a los
responsables y hacerlos mierda, uno por uno. Y ahí seguramente me dirás “pero
eso ya lo leí chotocientas veces…”. Es verdad. Vista así, desnuda, despojada hasta
que quede sólo el esqueleto, la historia que nos cuentan Jonathan Crenovich y
Martín Mazzeo no se diferencia mucho de otras tantas que tratan de exactamente
lo mismo.
Lo que hizo que yo me
enganchara con Manta es cómo está contada la historia, la forma en la que los
guionistas nos presentan la información, la forma en que entran y salen de
escena los personajes, el ritmo, las decisiones (siempre acertadas) de dónde
clavar cada flashback, el clima de misterio y tensión que se va a armando, y la
infrecuente calidad de los diálogos. En esta segunda entrega, la data que
manejamos es más, la misión de Santiago está más clara, el dilema moral se hace
más espeso y lo único que falta (tengo entendido que aparece en el Vol.3) es un
personaje femenino interesante, con un rol destacado en la trama.
El dibujo de Nacho Lázaro
es muy correcto, con muchos puntos de contacto con el estilo de su maestro, el
inmenso Marcelo Frusín. El color también está a cargo de Lázaro y acompaña muy
bien al dibujo. Manta es una serie que va muy bien encaminada y a la que
recomiendo darle una posibilidad.
Otra serie de álbumes de
autores argentinos jóvenes de reciente aparición es Albión. Tuve la suerte de
leerla hace unos meses en pdf, porque me la mandó el guionista y editor de la
misma, mi amigo Fede Sartori. Ahora tengo en mis manos la edición impresa y la
quiero recomendar, porque realmente me pareció una historieta preciosa.
El dibujo de Facundo
Moyano no es para descorchar champagne, pero no le falta atractivo ni
encanto. Es un clásico dibujante cuasi-realista, con una estética muy de
mainstream yanki y un toque especial para dibujar escenas más introspectivas o
más emotivas, donde la machaca brilla por su ausencia. Moyano casi no escatima
fondos, varía mucho y bien los planos y sabe ponerles onda y expresión a
cuerpos y rostros.
Del guión de Sartori no
quiero contar nada, porque este primer tomito salió hace poco y prefiero que
los interesados lo consigan y lo lean. Se trata del primer tramo de una
aventura muy intensa, con muchos momentos fuertes, que podría funcionar muy
bien en un mercado como el francés. Tienen mucho peso en la trama la ambientación
histórica, un elemento sobrenatural (no lo quiero explicitar) y el hecho de que
ambas protagonistas son de sexo femenino. Y también la acción, la ternura, la
bajada de línea y la identificación (casi inevitable) de los lectores con Albión.
Quiero ver crecer a esta
historia, quiero que se publique en muchos países y que se haga conocida o
(mejor aún) popular entre el pueblo comiquero porque -de verdad- me resultó original,
potente y cautivante desde las primeras viñetas. No la pongo en la lista de las
Joyas Inenarrables de la Historia del Noveno Arte, pero sin dudas es una serie
a seguir MUY de cerca, porque tiene todo para convertirse en un hito. Ojalá
salga pronto el Vol.2.
Y nada más, por hoy. Merci
beaucoup y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Alan Davis,
Facundo Moyano,
Fede Sartori,
Jonathan Crenovich,
Martín Mazzeo,
Thor
viernes, 8 de diciembre de 2017
VIERNES FERIADO
Hermosa tarde de ocio para escribir las reseñas de un par de libritos que leí en estos días…
Le entré al Vol.2 de Aula a la Deriva, el clásico setentoso de Kazuo Umezu cuyo primer tomo (reseñado el 20/10/17) me había dejado bastante cebado. Ahora, con 380 páginas más a cuestas, panquequeo y digo que no, que este manga no me termina de convencer. Tiene varias cosas muy atractivas, a saber: el ritmo, la forma en que Umezu hilvana los hechos para que siempre estemos al filo de la silla, siempre ansiosos por saber cómo corno sigue la historia. La narrativa, que es magnífica y está pensada hasta el último detalle para que la trama fluya como en un sueño, con total naturalidad. Y por supuesto, la idea de poner a chicos de nueve y diez años en un contexto de extremo peligro, donde están sujetos a niveles de violencia escabrosos, e incluso a recibir heridas graves o morir.
El resto, me entusiasmó menos que en el tomo anterior. La forma en que Sho se comunica con su mamá me pareció patética, no creo que a largo plazo garpe la decisión de Umezu de sacarse de encima a todos los adultos, la consigna ganchera del aislamiento se diluye cuando todo el tiempo los chicos salen a explorar lo que hay afuera de la escuela, los vemos construir cosas complejísimas, que ningún chico de escuela primaria podría construir, el protagonista es un personaje bastante chato y poco carismático (me gustó más la villana que aparece en la segunda mitad de este tomo)… Y lo más flojo, lo que más me la bajó, es que se ven mucho los piolines de la marioneta. Todo el tiempo me lo imaginé a Umezu pensativo, mirando la página en blanco, preguntándose “¿y ahora qué carajo meto para mantener el suspenso y la tensión?”. La respuesta es “cualquier cosa”, desde escenas re-cabeza en las que los chicos luchan contra un monstruo insectoide hasta ese tramo casi de comedia desopilante en el que forman una nación, con elección de Primer Ministro y demás. Me imagino que a Aula a la Deriva le debe haber ido bárbaro, y los editores le deben haber suplicado a Umezu que siguiera pegando esos volantazos bizarros semana a semana, en vez de concentrarse en explicar de alguna manera el misterio central, o hacer avanzar la trama hacia un final coherente.
El dibujo es correcto, está bien, tiene mucho laburo de tramas y texturas, y en general contribuye a la fascinante fluidez del relato gráfico, que es si dudas el ancho de espadas de Kazuo Umezu. Ya no estoy tan manija como hace un tiempito para entrarle al Vol.3, pero eventualmente leeré ese (y el Vol.4) y después veré si me lanzo a conseguir los dos últimos tomos, o si la corto ahí.
Sigo avanzando con el pilón del material editado en 2017 en Argentina y me encuentro con este tomo de Boras, con el que salió al ruedo la editorial rosarina Alquimia. Tengo entendido que hicieron una tirada muy baja y ya se agotó, así que suerte a los que se decidan a tratar de conseguirla.
El guionista Fede Sartori (a quien conocía de la Términus) y el dibujante Nacho Lázaro (a quien no conocía pero tiene toda la pinta de haber sido alumno o asistente de Marcelo Frusín) narran tres historias protagonizadas por Boras, un sacerdote exorcista de la iglesia ortodoxa rusa, a quien acompaña un demonio muy garca que se viste como Dylan Dog y es fan de los Rolling Stones, para formar una “extraña pareja” que funciona muy bien. La primera historia es muy breve y sirve para presentar a los personajes. La segunda (ya a todo color) tiene más acción, más “cheap thrills”, pero lo más atractivo es el vínculo entre Boras y Gabriel, muy por encima de la trama que urde Sartori. Y la pulenta llega al final, con el tercer relato, 19 páginas en las que el guionista finalmente le encuentra la vuelta a la serie y nos obsequia una trama espeluznante, turbia, con giros inesperados, con una bajada de línea sutil y exquisita… y sin descuidar la dinámica entre los personajes que tan bien funcionaba en las dos primeras historias. Si “Cold, Cold Heart” no te deja con ganas de leer más Boras, estás en serios problemas.
El dibujo de Lázaro está bien, acompaña correctamente al guión. Además de notarse cierta influencia de Frusín, en la segunda historia (Lazos de Sangre) asistimos a una copia milimétrica de la puesta en página de Mike Mignola en Hellboy. Hay mucho yeite mignolesco en las historietas de Boras, pero hay una secuencia en particular, la de la lucha en las cloacas con los pibes caníbales, en la que sólo falta que aparezca Abe Sapien. El color también está muy bien, sobrio y consistente. Lindo material, con buenos personajes, una consigna interesante y una dupla de autores jóvenes que tienen todo para no quedarse en la fácil, que es tratar de generar la enésima copia berreta de Hellblazer.
Vuelvo pronto con más reseñas. Gracias y hasta entonces.
Le entré al Vol.2 de Aula a la Deriva, el clásico setentoso de Kazuo Umezu cuyo primer tomo (reseñado el 20/10/17) me había dejado bastante cebado. Ahora, con 380 páginas más a cuestas, panquequeo y digo que no, que este manga no me termina de convencer. Tiene varias cosas muy atractivas, a saber: el ritmo, la forma en que Umezu hilvana los hechos para que siempre estemos al filo de la silla, siempre ansiosos por saber cómo corno sigue la historia. La narrativa, que es magnífica y está pensada hasta el último detalle para que la trama fluya como en un sueño, con total naturalidad. Y por supuesto, la idea de poner a chicos de nueve y diez años en un contexto de extremo peligro, donde están sujetos a niveles de violencia escabrosos, e incluso a recibir heridas graves o morir.
El resto, me entusiasmó menos que en el tomo anterior. La forma en que Sho se comunica con su mamá me pareció patética, no creo que a largo plazo garpe la decisión de Umezu de sacarse de encima a todos los adultos, la consigna ganchera del aislamiento se diluye cuando todo el tiempo los chicos salen a explorar lo que hay afuera de la escuela, los vemos construir cosas complejísimas, que ningún chico de escuela primaria podría construir, el protagonista es un personaje bastante chato y poco carismático (me gustó más la villana que aparece en la segunda mitad de este tomo)… Y lo más flojo, lo que más me la bajó, es que se ven mucho los piolines de la marioneta. Todo el tiempo me lo imaginé a Umezu pensativo, mirando la página en blanco, preguntándose “¿y ahora qué carajo meto para mantener el suspenso y la tensión?”. La respuesta es “cualquier cosa”, desde escenas re-cabeza en las que los chicos luchan contra un monstruo insectoide hasta ese tramo casi de comedia desopilante en el que forman una nación, con elección de Primer Ministro y demás. Me imagino que a Aula a la Deriva le debe haber ido bárbaro, y los editores le deben haber suplicado a Umezu que siguiera pegando esos volantazos bizarros semana a semana, en vez de concentrarse en explicar de alguna manera el misterio central, o hacer avanzar la trama hacia un final coherente.
El dibujo es correcto, está bien, tiene mucho laburo de tramas y texturas, y en general contribuye a la fascinante fluidez del relato gráfico, que es si dudas el ancho de espadas de Kazuo Umezu. Ya no estoy tan manija como hace un tiempito para entrarle al Vol.3, pero eventualmente leeré ese (y el Vol.4) y después veré si me lanzo a conseguir los dos últimos tomos, o si la corto ahí.
Sigo avanzando con el pilón del material editado en 2017 en Argentina y me encuentro con este tomo de Boras, con el que salió al ruedo la editorial rosarina Alquimia. Tengo entendido que hicieron una tirada muy baja y ya se agotó, así que suerte a los que se decidan a tratar de conseguirla.
El guionista Fede Sartori (a quien conocía de la Términus) y el dibujante Nacho Lázaro (a quien no conocía pero tiene toda la pinta de haber sido alumno o asistente de Marcelo Frusín) narran tres historias protagonizadas por Boras, un sacerdote exorcista de la iglesia ortodoxa rusa, a quien acompaña un demonio muy garca que se viste como Dylan Dog y es fan de los Rolling Stones, para formar una “extraña pareja” que funciona muy bien. La primera historia es muy breve y sirve para presentar a los personajes. La segunda (ya a todo color) tiene más acción, más “cheap thrills”, pero lo más atractivo es el vínculo entre Boras y Gabriel, muy por encima de la trama que urde Sartori. Y la pulenta llega al final, con el tercer relato, 19 páginas en las que el guionista finalmente le encuentra la vuelta a la serie y nos obsequia una trama espeluznante, turbia, con giros inesperados, con una bajada de línea sutil y exquisita… y sin descuidar la dinámica entre los personajes que tan bien funcionaba en las dos primeras historias. Si “Cold, Cold Heart” no te deja con ganas de leer más Boras, estás en serios problemas.
El dibujo de Lázaro está bien, acompaña correctamente al guión. Además de notarse cierta influencia de Frusín, en la segunda historia (Lazos de Sangre) asistimos a una copia milimétrica de la puesta en página de Mike Mignola en Hellboy. Hay mucho yeite mignolesco en las historietas de Boras, pero hay una secuencia en particular, la de la lucha en las cloacas con los pibes caníbales, en la que sólo falta que aparezca Abe Sapien. El color también está muy bien, sobrio y consistente. Lindo material, con buenos personajes, una consigna interesante y una dupla de autores jóvenes que tienen todo para no quedarse en la fácil, que es tratar de generar la enésima copia berreta de Hellblazer.
Vuelvo pronto con más reseñas. Gracias y hasta entonces.
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