Como habrás visto, últimamente vengo leyendo bastante historieta infanto-juvenil, tanto argentina como extranjera. No se debe exactamente a una regresión mental o emocional a mis ya lejanos años de pre-pubertad, sino a la mera coincidencia, a caprichos del destino que hicieron que justo para esta época se me acumulara mucho material de esa onda y –por poner un ejemplo- ningún manga de esos en los que tipos y minas garchan como conejos ebrios en un viaje de egresados y se destripan unos a otros. Ya vendrán.
Hoy tenemos otro comic para todo público, de esos que padres e hijos pueden leer juntos, con una novedad, que es un upgrade grosero en la calidad. Muchos de los comics recientemente reseñados, que aprobaban con bastante “buena nota”, al lado de Aurore son bazofia en estado de descomposición, inservible hasta para rellenar el cinturón ecológico. Sin entrar a la categoría de “Historieta Perfecta”, este nuevo trabajo del prócer español Enrique Fernández retoma la senda iniciada en su gloriosa La Isla sin Sonrisa (reseñada allá por el 02/09/10). De nuevo estamos ante una historieta pensada para hacerte sentir bien, en la que el autor nos invita a vivir una aventura con visos fantásticos y sobrenaturales, pero sin olvidarse nunca que en realidad el conflicto grosso no pasa por la lucha (o la rosca, que hay bastante) entre buenos y malos, sino por los sentimientos y la forma en que estos se expresan.
Como en La Isla..., Fernández arma un atractivo contrapunto entre una nena y un personaje más viejo y más curtido. Esta vez la nena no es tan buena y tan ingenua. Es la hija, orgullosa y bastante mal llevada, de unos guerreros de una tribu de aborígenes de América del Norte (canadienses, diría si me apuran). Y su compañero en las extrañas peripecias pergeñadas por el autor es una especie de lobo sobrenatural, una semi-deidad que existe en un plano al que los seres humanos no tienen acceso, por lo menos mientras están vivos. Con la estructura de una fábula y con libertad absoluta para irse a la mierda en cuanto a la conservación o no del verosímil, Fernández deja avanzar a Aurore y Vokko por la trama, que se enriquece con los encuentros con distintas criaturas y se tensa cada vez que el autor nos recuerda los graves peligros que se ciernen sobre la tribu de la protagonista.
Al guión le sobran escenas de enorme encanto, momentos ásperos, diálogos logradísimos... y aún así no lo puedo poner al nivel del de La Isla sin Sonrisa, principalmente porque aquella vez Fernández me sorprendió por completo y esta vez fue “Bueno, a ver qué hace este animalito para tratar de superar su hitazo anterior”.
Pero hete aquí que en la faz visual Fernández patea el tablero y se caga no sólo en lo que hizo en La Isla..., sino en todos sus trabajos anteriores. Después de maravillarnos con su increíble manejo del color digital, el hijo del inolvidable Fernando Fernández desconecta la maquinola y colorea las 48 páginas de Aurore con acuarelas, más algún efecto especial logrado con crayones o lápices de colores. Seguramente habrá algún retoque digital, pero lo que se nota (y se disfruta) todo el tiempo es el trabajo con el pincel, sutil, exquisito, de ilimitadas posibilidades expresivas. El dibujo transmite plasticidad, emoción y belleza en cada cuadro, incluso en las páginas en las que Fernández dibuja 12 viñetas microscópicas. Un nuevo despliegue de virtuosismo de este genio del dibujo, ahora en otra técnica muy distinta a la que usara en las obras con las que se consagró.
Y ya está. No quiero contar nada más, simplemente recomendar enfáticamente esta historieta a todos los amantes de la fantasía de alto vuelo, y contar los días que me faltan para leer otra obra de Enrique Fernández que está ahí, esperando su turno en el pilón.
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lunes, 13 de enero de 2014
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