En 2001 y por enésima vez, los coordinadores de Vertigo se pusieron a revolver entre los cajones herrumbrosos donde DC dejaba languidecer a personajes de los ´60 y ´70 que nunca habían pegado demasiado entre los fans del mainstream superheroico. Esta vez lo que encontraron fue Angel and the Ape, un concepto de los ´60 que DC había intentado reflotar allá por 1991 en una miniserie que estaba bien, pero que no compraron ni los autores. Diez años después, Angel O´Dare y Sam Simeon regresaron, esta vez de la mano de Howard Chaykin, David Tischman y Philip Bond, en una nueva miniserie que jamás se reeditó en TPB.
Incluso leída en revistitas del orto llenas de avisos, esta saga me pareció brillante. Chaykin y Tischman (otrora culo y calzón, hoy distanciados) aprovechan al máximo las posibilidades que les da el hecho de poder apuntar la obra al público adulto y re-orientan a Angel and the Ape hacia la comedia subida de tono, muy al límite de lo publicable. Hay chistes de culos, de tetas, de porongas, de pajas y de garches de todo tipo, sumados a chistes políticamente incorrectos, de judíos, de negros, de enanos, de lesbianas, de curas y rabinos, y hasta chistes meta-comiqueros, que tienen sentido porque Sam (el gorila) además de detective es dibujante de historietas y labura para DC.
La inmensa mayoría de esos chistes están puestos en los diálogos, por lo cual hay MUCHO diálogo, mucho más que en un típico comic de Vertigo. Se tarda bastante en leer cada uno de estos cuatro episodios, pero la verdad es que se justifica totalmente el tiempo invertido, porque los chistes (además de ser zarpadísimos) son casi siempre muy eficaces. Lo mejor, me parece, es que a pesar de esta catarata de diálogos desopilantes y afiladísimos, Chaykin y Tischman no se tiran a chantas a la hora de que la trama (una investigación para descubrir al asesino de una modelo) tenga sentido y coherencia. Por supuesto se podría resolver en un tercio de las páginas que utilizan, pero la gracia pasa por sumar personajes, que a su vez permiten sumar conflictos, confusión (para que la resolución del misterio no sea tan obvia) y chistes.
El dibujo de Philip Bond es excelente, al nivel de los mejores trabajos de su carrera. El inglés hace magia con su línea clara y fuerte, y por momentos parece una especia de Ty Templeton que dibuja minitas más lindas. Bond no mezquina nada en los fondos y nos transporta a una New York muy creíble; además cuida muchísimo detalles en la ropa y los peinados de las mujeres, detalles no menores cuando el crimen lleva a Angel y Sam a meterse en el mundo de las modelos, las bailarinas “exóticas” y demás chicas coquetas que trabajan de estar buenas. El armado de las secuencias es impecable, con un relato que fluye a la perfección y con el detalle entre bizarro y simpático de las viñetas redonditas para los primeros planos.
Lamentablemente, esta versión de Angel and the Ape no fue más allá de estos cuatro episodios. Hubiese sido genial tener todos los meses una comedia a este nivel de humor, delirio, desarrollo de personajes y mala leche. Hay esto, que está muy bien y que –tarde pero seguro- tuve la suerte de descubrir. Ah, el guiño de poner como portadista a Arthur Adams (que en los ´90 había intentado algo parecido a Angel and the Ape con Monkeyman & O´Brien) es genial. Y las cuatro portadas son majestuosas, a pesar de que la cuarta fue estropeada por el subnormal que hizo pasar el logo por encima de la cabeza de Angel.
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martes, 1 de diciembre de 2015
jueves, 4 de octubre de 2012
04/ 10: BARNUM!
Bienvenidos a otro mundo alternativo en el que Phineas Barnum, el capo del circo más famoso del Siglo XIX es además un agente secreto al servicio de Grover Cleveland, uno de los presidentes copados que tuvo EEUU allá lejos y hace tiempo. Además de llevar emoción, diversión y freakeadas por las pujantes ciudades del inmenso país, Barnum y sus extraños amigos combaten al perverso científico Nikola Tesla (que vuelve a aparecer en un comic, esta vez –como en SHIELD- en el rol del villano), quien quiere destruir a los EEUU en venganza por... algo.
En este contexto, el maesto Howard Chaykin y su fiel esbirro David Tischman desarrollan una historia con muy buen ritmo, un clima de festiva bizarreada y mucho énfasis en la aventura. No esperes una obra adulta, jugada, dennnnnsa... ni siquiera entiendo bien por qué esto lo editó Vertigo, porque la verdad que no tiene nada demasiado zarpado a nivel contenidos. Y así, con poquitas pretensiones y con muchos logros, que arrancan con la ambientación histórica y terminan con un gran trabajo en la elaboración de los personajes, Chaykin y Tischman redondean un comic muy entretenido, al que casi no se le nota que está estirado, y que logra formar un elenco tan variado e interesante que uno termina el libro y corre a ver si salió una secuela.
No, nunca salió. Pero no estaría mal. Estas páginas generan un cariño hacia estos personajes que recontra-justifican ir a buscar un segundo tomo. Repito, sin ser una obra maestra. Porque el tono es muy liviano, hay giros argumentales predecibles, algunas peripecias que no sirven más que para estirar un poco la trama y un par de puntas importantes que se cierran demasiado rápido, a poquísimas páginas del final.
El dibujo está a cargo del ídolo canadiense Niko Henrichon, en un estilo totalmente distinto al de la obra que lo consagró (la gloriosa Pride of Baghdad) y del de la otra obra que le vimos en este blog (aquella de Spider-Man: Fairy Tales). Acá Henrichon pela truquitos de narrativa típicos de Chaykin, pero dibuja en otra onda, una mezcla rara entre Jack Davis y Philip Bond. El elefante, por ejemplo, está dibujado super-realista y algunos primeros planos, en cambio, están dibujados recontra-expresionistas. Lo cierto es que en este estilo casi inclasificable, Henrichon también se luce y muestra solvencia y versatilidad para dibujar drama, comedia, acción, romance y una ambientación histórica para la que parece haberse documentado a full. Por supuesto, comparado con su trabajo en Pride of Baghdad, todo lo demás parece de la B Metropolitana, pero sinceramente no me imagino a Barnum! dibujada en el estilo de Pride of Baghdad. La prefiero dibujada así. Y puesto a fantasear, me la imagino dibujada por Chaykin (y corro a cambiarme la ropa interior, obvio).
Bueno, no mucho más. Si le juraste lealtad eterna a Chaykin, no te la pierdas. Si querés descubrir a un Henrichon distinto, tampoco. Y si te interesa el tema de los grandes circos del Siglo XIX y el fenómeno popular y masivo que giraba en torno a ellos, tampoco.
Y sí, tengo todos los números para comerme otro “Cero Comentarios”, pero me la banco. Esto es Vertigo, un sentimiento inexplicable.
En este contexto, el maesto Howard Chaykin y su fiel esbirro David Tischman desarrollan una historia con muy buen ritmo, un clima de festiva bizarreada y mucho énfasis en la aventura. No esperes una obra adulta, jugada, dennnnnsa... ni siquiera entiendo bien por qué esto lo editó Vertigo, porque la verdad que no tiene nada demasiado zarpado a nivel contenidos. Y así, con poquitas pretensiones y con muchos logros, que arrancan con la ambientación histórica y terminan con un gran trabajo en la elaboración de los personajes, Chaykin y Tischman redondean un comic muy entretenido, al que casi no se le nota que está estirado, y que logra formar un elenco tan variado e interesante que uno termina el libro y corre a ver si salió una secuela.
No, nunca salió. Pero no estaría mal. Estas páginas generan un cariño hacia estos personajes que recontra-justifican ir a buscar un segundo tomo. Repito, sin ser una obra maestra. Porque el tono es muy liviano, hay giros argumentales predecibles, algunas peripecias que no sirven más que para estirar un poco la trama y un par de puntas importantes que se cierran demasiado rápido, a poquísimas páginas del final.
El dibujo está a cargo del ídolo canadiense Niko Henrichon, en un estilo totalmente distinto al de la obra que lo consagró (la gloriosa Pride of Baghdad) y del de la otra obra que le vimos en este blog (aquella de Spider-Man: Fairy Tales). Acá Henrichon pela truquitos de narrativa típicos de Chaykin, pero dibuja en otra onda, una mezcla rara entre Jack Davis y Philip Bond. El elefante, por ejemplo, está dibujado super-realista y algunos primeros planos, en cambio, están dibujados recontra-expresionistas. Lo cierto es que en este estilo casi inclasificable, Henrichon también se luce y muestra solvencia y versatilidad para dibujar drama, comedia, acción, romance y una ambientación histórica para la que parece haberse documentado a full. Por supuesto, comparado con su trabajo en Pride of Baghdad, todo lo demás parece de la B Metropolitana, pero sinceramente no me imagino a Barnum! dibujada en el estilo de Pride of Baghdad. La prefiero dibujada así. Y puesto a fantasear, me la imagino dibujada por Chaykin (y corro a cambiarme la ropa interior, obvio).
Bueno, no mucho más. Si le juraste lealtad eterna a Chaykin, no te la pierdas. Si querés descubrir a un Henrichon distinto, tampoco. Y si te interesa el tema de los grandes circos del Siglo XIX y el fenómeno popular y masivo que giraba en torno a ellos, tampoco.
Y sí, tengo todos los números para comerme otro “Cero Comentarios”, pero me la banco. Esto es Vertigo, un sentimiento inexplicable.
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miércoles, 5 de octubre de 2011
05/ 10: DC COMICS PRESENTS SON OF SUPERMAN

Son of Superman fue una novela gráfica editada a todo culo en 1999. En su momento me asustó el precio, por eso no la compré. Pero ahora, reeditada en la colección de “TPBs para pobres”, el combo Howard Chaykin + su habitual esbirro David Tischman + J.H. Williams III se hizo absolutamente irresistible y, algunos años tarde, descubrí un muy buen Elseworlds, con varias semejanzas con otra obra de Chaykin y Tischman, Secret Society of Super Heroes (la reseñamos el 10 de Enero de este año), que es justo posterior.
Acá ya aparece el tema de los superhéroes que se corrompen por guita y los que tienen una doble agenda y aprovechan los poderes para operar en la clandestinidad. Como en JLA: The Nail, la no participación de Superman en la Liga abre las puertas para situaciones confusas, en las que una mano negra manipula a los superhéroes. Eso es lo más interesante de Son of Superman: la conspiración política-mediática-empresarial orquestada por Lex Luthor para su propio provecho. En paralelo –y también en las sombras- un personaje habitualmente enrolado en las filas de “los buenos” lleva adelante otra runfla bastante jodida, con atentados terroristas y todo, que contribuye a agregarle controversia a la aparición del hijo de Superman. Que al final tiene chapa, pero es casi lo menos relevante. Lo que hace atractiva a la historia es la dinámica conspirativa, los momentos en que la novela parece una de espionaje. Y por supuesto, la faceta humana de la historia, la relación entre Jon Kent, su madre (Lois) y su padre, desaparecido hace muchos años.
Como en todos los comics donde los héroes son tipos ya maduros (por no decir viejos chotos), la machaca no resulta tan preponderante. Acá hay una sóla pelea grossa y se resuelve en 9 de las 94 páginas que dura la novela. ¿Y ganan los buenos? Hasta ahí. Chaykin y Tischman saben escaparle a las obviedades y, ya que se calentaron en darle espesor a los matices, a los dilemas morales y a las movidas de keruza de los “héroes”, se guardan para el final algunas cartas bravas, que dan vuelta la historia en el aire, y si bien Luthor no se sale con la suya, los finales que les reservan a cada uno de los major players no son para nada los que uno puede preveer, excepto el de Superman Jr., que se ve venir a ocho cuadras.
De todos modos, por si el guión no te interesa, o no te cierra, te recuerdo que esto lo dibujó J.H. Williams III, justo antes de empezar con Promethea. Acá, el monstruo termina de redondear lo que había insinuado en Chase, y en otros trabajos anteriores: sus dotes para el realismo, la influencia –cada vez menos obvia- de Tony Harris y Paul Gulacy, su compulsión a meter viñetas redondas, y su asombrosa capacidad para que estas mejoren -en vez de entorpecer- la narrativa, su versatilidad para lucirse tanto en las escenas icónicas y grandilocuentes como en las secuencias más intimistas, su enorme imaginación para crear armas, vehículos, locaciones y trajes… Visualmente, Son of Superman no está al nivel de Promethea, pero se le acerca muchísimo.
Un detalle boludo: Jon Kent aparece con su traje de Superman apenas en 20 páginas, o sea que poca gente recordará ese traje hoy, 12 años después. Pero posta, es increíblemente parecido al traje que tiene HOY el Hombre de Acero en la Justice League de Jim Lee, sin el calzoncillo rojo, con la capa prendida por atrás de los hombros, el cuellito alto... No sé si el Chino se lo habrá afanado conscientemente a Williams, pero las similitudes son muy, muy notorias.
En fin, otro motivo para añorar las épocas en las que DC le habilitaba el sellito Elseworlds a los creadores grossos que tenían ganas de jugar al “dale que…” y explorar alguna faceta extraña o poco convencional de los héroes más conocidos. Y una excelente inversión, porque por sólo u$ 8, te llevás 94 páginas dibujadas por J.H. Williams III prendido fuego, comprometido a full con una historia más que interesante.
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lunes, 10 de enero de 2011
10/ 01: JLA: SECRET SOCIETY OF SUPER-HEROES

Me estoy poniendo al día con varias cosas de DC que ya tienen unos cuantos años, pero que no había leído nunca. En este caso, me toca una miniserie de dos libritos prestige aparecidos en 2000 y con el recordado sello Elseworlds, el de las realidades alternativas en las que los personajes clásicos aparecían reversionados en historias que jamás podrían encajar en la continuidad habitual (si es que ese concepto se le puede aplicar al Universo DC).
Acá, el maestro Howard Chaykin y su eficiente esbirro David Tischman nos proponen un mundo en el que los superhéroes jamás salieron a la luz. Existen desde fines de los ´30, pero siempre operaron de keruza, como una secta clandestina dedicada a impartir justicia desde las sombras. Por supuesto, si sos poderoso y nadie te ve, tenés garantizado un altísimo grado de impunidad hagas lo que hagas, y ahí está lo más interesante del planteo: una facción de los héroes (liderada por Kyle Rayner) aprovecha los poderes para ganar fortunas a espaldas de la otra facción (liderada por Clark Kent) y en algún momento estalla una Civil War, pero por guita. En el medio, se desarrollan dos tramas paralelas, cada una impulsada por uno de los dos protagonistas de la obra: por un lado Bruce Wayne, agente del FBI, investiga la desaparición de más de 300 criminales que se evaporaron entre 1939 y 2000 y la pista lo lleva, obviamente, a la sociedad secreta. Por otro lado, conocemos a Bart Allen, un chico con superpoderes, que es detectado por los héroes e invitado a unirse al grupo. Bruce y Bart son –por afano- los personajes mejor trabajados, cuyos entornos y motivaciones más exploran los guionistas.
Las tres puntas confluyen en el climax de la saga: Bart entra al grupo, Bruce descubre todos los secretos de la logia (y algunos más, que tienen que ver con su padre) y los héroes que responden a Superman (Metamorpho, Wonder Woman y Hawkgirl) se terminan cagando a trompadas con los que lidera Green Lantern (Flash, Atom y Plastic Man) en un combate bastante sangriento donde el mundo finalmente se entera de la existencia de estos tipos. No está mal, es un trámite entretenido, con algunos momentos copados (la relación entre Bruce y Lois Lane, por ejemplo), frases mortales (Bruce tira un “¿Cómo puede ser que cuando desenmascarás a un villano en el mundo real NUNCA te encontrás con una cara conocida?”) y usos muy ingeniosos de los poderes (Atom intefiere conexiones entre computadoras para alterar los números de la bolsa). Pero también hay varias secuencias al pedo, básicamente todas las de la Zona Fantasma, y ese epílogo de Catwoman que no va a ningún lado. Lo bueno es que cada secuencia suele durar una sóla página, entonces te tienen casi 100 páginas a los saltos: de Gotham a la Zona Fantasma, de ahí a la casa de Bart en Keystone, de ahí a la redacción del Planet, de ahí a la guarida de la logia, a la bolsa de Hong Kong, a Washington D.C., o al Arkham Asylum. Recién sobre el final hay secuencias de más de seis páginas.
A cargo del dibujo lo tenemos a Mike McKone, todavía lejos de sus mejores laburos (Exiles y Teen Titans), pero en un nivel bastante digno. Las tintas de Jimmy Palmiotti lo deforman un poco (así vemos un par de caras de Diana verdaderamente pesadillescas) pero no opacan la principal virtud de McKone, que es la solvencia narrativa. Los colores del glorioso Dave Stewart, por supuesto, le dan un plus valiosísimo a toda la faz gráfica.
Secret Society of Super-Heroes no entra ni por accidente al panteón de los Elseworlds fundamentales, pero se deja leer gracias a su gran ritmo y a un par de ideas osadas y novedosas, de esas que Chaykin suele desperdigar con generosidad en casi todos los guiones en los que mete mano. Interesante.
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