el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Miralles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Miralles. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de enero de 2026

DOS BREVES

Es 29, ya me clavé un regio plato de ñoquis, y ahora sí, vamos con las reseñas de los últimos libros que leí. Corps á Corps es un álbum que conseguí en francés, a cargo de autores españoles a los que ya vimos por acá un lejano 30/01/12, hace justo 14 años. Pero a diferencia de aquella vez, estoy casi seguro de que este trabajo de Emilio Ruiz y Ana Miralles no está publicado en castellano. Lo único choto de Corps á Corps es que es una obra muy breve, que se lee muy rápido. Son solo 46 páginas de historieta, de las cuales una sola tiene siete viñetas, y todas las demás tienen menos. Incluso alguna tiene una sola viñeta. Y el porcentaje de secuencias mudas es bastante relevante. No sé si Corps á Corps puede calificarse de "historieta erótica", pero sí subrayar que hay bastantes escenas de sexo y son explícitas, en el sentido de que Miralles dibuja sin problemas genitales de varones y mujeres. Lo que la distingue de la típica historieta erótica es que acá las escenas de sexo son importantes para el desarrollo del argumento. Los personajes no garchan porque están aburridos: garchan porque la trama así lo requiere. De nuevo, al ser una trama chiquita, pensada por Ruiz para ser rematada en pocas páginas, no hay margen para que pasen demasiadas cosas más allá de los garches. Y sin embargo, pasan otras cosas. Corps á Corps tiene una trama romántica y una trama "de denuncia", en la que hay una especie de villano, perverso y abusivo, al que "los buenos" se van a encargar de poner en su lugar. Y hay una mirada ingeniosa de Ruiz al mundo de la publicidad, donde lo más normal es (o por lo menos era en 1991, cuando salió esta historieta) tratar a las personas como objetos decorativos. Por supuesto que las escenas hot entre Clara y Agustín llaman mucho más la atención y cobran más protagonismo que esta bajada de línea sutil por parte de los autores, pero siempre es sano que, incluso en un comic pensado para ser leído con una sola mano, aparezcan este tipo de discursos. El dibujo de Miralles es precioso, con un combo perfecto entre síntesis y detalles, un tratamiento del color sutil y sofisticado, personajes sumamente expresivos y una narrativa ágil y vibrante, que saca provecho de la posibilidad de trabajar con pocas viñetas grandes en cada página, a contramano del típico álbum francés. Ana y Emilio siguen trabajando en equipo aún hoy, con una química notable, que ya está presente en estas páginas. Y para quienes creemos que están para mucho más que una historieta erótica de 46 páginas, por suerte han creado otros comics más extensos, más ambiciosos, más comprometidos. De todos modos, 46 páginas dibujadas por Miralles que no conocía... dámelas SIEMPRE, no me importa si es una historia zarpada, erótica, soft porno o ultra-hardcore pasada de rosca.
Y como siempre, vamos con un comic de autores argentinos publicado en 2025, en este caso el Vol.1 de Love the Bomb, la historieta con la que Nicolás Brondo expande el universo que vio la luz en Chica Alien (reseñada acá el 30/03/16). El guion es interesante, plantea una situación espesa, jodida, y desarrolla muy bien sobre todo a la villana, la Teniente Albania. Hay otros personajes atractivos (como Irene Cage), que no tienen tanto relieve ni tanta profundidad como esta antagonista, pero tal vez lo adquieran en la segunda parte. De todo lo que plantea Brondo en esta primera mitad, es mucho lo que queda a medio explorar y a medio resolver, por eso este tomo se puede leer como un extenso prólogo a una historia que va a explotar en el Vol.2. Y sí, 72 páginas de prólogo parece un delirio, pero muchas de ellas se las lleva la machaca. En Love the Bomb la violencia es un elemento fundamental, prácticamente el hilo conductor de la trama, y entre persecuciones, explosiones, tiroteos y peleas de piñas y patadas, se nos van un montón de páginas. Como sucede hace ya varios años, Brondo está asentado en un estilo gráfico mestizo, donde combina momentos muy expresivos, sacados, grotescos, con otros en los que el dibujo se hace mucho más realista, mucho más pendiente de los detalles microscópicos y la referencia fotográfica. A mí (ya lo dije muchas veces) me gusta el Brondo visceral, kilombero y salvaje. Y el otro, el foto-realista, no me molesta, pero me frustra un toque ver a un dibujante talentoso desaprovechar su imaginación copiando o retocando fotos. Lo que queda muy lindo y se luce más allá del grafismo que utiliza Brondo en cada secuencia (incluso en una misma viñeta a veces conviven ambos estilos) es la aplicación de los grises con el Photoshop. Los grises le dan a Nico una amplia gama de texturas y le completan de modo elegante las viñetas en las que el autor no dibuja fondos. Love the Bomb es una historia intensa y por momentos agobiante, de rebeldía, de resistencia, de lucha. Ojalá en la segunda parte lleguemos a un punto en que la ultra-violencia, las torturas y las muertes que estallan en estas páginas conduzcan a un gran final. Hasta ahora, el mensaje de "despertate y peleá por lo tuyo, porque si no te cagan" pega fuerte, pero se pierde un poco entre el fragor de la machaca. Y nada más, por hoy. Ni bien tenga más libros leídos, vendrán nuevas reseñas. Y si querés leer más, siempre podés descargar la apoteótica Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com.

miércoles, 30 de enero de 2013

30/ 01: DE MANO EN MANO

Desde que la española Ana Miralles entró al mercado francés a principios de los ´90, los editores galos no la soltaron nunca más. Por el contrario, le habilitaron cada vez más libertad para generar proyectos y así es como, hace ya varios años, en lugar de dibujar guiones de autores franceses, formó equipo con el guionista español Emilio Ruiz, con el que se entiende a la perfección y con quien creó sus obras más atípicas y difíciles de encasillar, entre ellas su primer trabajo profesional, allá por los ´80. En 2008, Ruiz y Miralles lanzaron este álbum en Francia y, como suele suceder, se editó poco después en España.
De Mano en Mano es una novela gráfica de 46 páginas protagonizada por... un billete de 20 euros. Posta, no estoy borracho ni drogado. Como su nombre lo indica, el billete va pasando “de mano en mano” y los autores nos invitan a seguirlo a lo largo varios meses, desde que alguien lo retira de un cajero automático hasta que queda enmarcado, colgando de una pared. Con ese planteo que parece de una historieta muda de Peter Kuper, Ruiz y Miralles recorren una gran ciudad de España (no llegué a deducir cuál), desde una casita precaria en una villa (donde el billete todavía no aparece) hasta un depto de clase media, donde ya bastante baqueteado, el billete va a quedar de adorno.
La gracia, como podrás suponerlo, está en lo que le sucede a los ocasionales poseedores del billete. A Ruiz le interesa mostrarnos distintas situaciones que tienen lugar en la ciudad y el pasamanos del billete de 20 euros es el artificio, el truquito que le permite saltar de unos chicos de la calle a una pandilla de neo-nazis, de un ciclista a un proxeneta o de un guardia de seguridad a un músico callejero y contarnos algo de la vida de cada uno. Por supuesto el tono es realista, para que la bajada de línea cobre un poco más de densidad y se sienta más urgente. Ruiz aprovecha (y muy boludo sería si no lo hiciera) para hablar del rol del dinero en la sociedad actual. Por qué nos gusta tenerlo, qué hacemos para tenerlo, qué valor le da la gente de distinta edad, educación o clase social, y así. Para que la cosa no decaiga, Ruiz decide meter también un poco de acción: antes de la mitad de la novela, ya hay una muy linda persecución en la que unos pibes chorros escapan de la cana tras robar –entre otros- el billete protagónico. Unas paginitas después, Andrés el proxeneta será cagado a patadas por una antigua chica “suya” y para la página 32, alguien pelará un chumbo y dará vuelta una situación muy tensa, realmente desagradable, protagonizada por el músico callejero y la pandilla de neo-nazis.
Guarda, no creas que De Mano en Mano pretende ser una crónica de la violencia y la sordidez de las grandes ciudades, onda esos programas chotos de América con Martín Ciccioli o Facundo Pastor. Estas escenas un toque salvajes están entrelazadas con un montón más sumamente tranqui y más cercanas a lo que uno vive todos los días: gente que va al bar a tomarse un café, o al supermercado a hacer las compras, o que paga un taxi o el seguro de vida. En esas secuencias Ruiz también encuentra la forma de meter personajes atractivos, diálogos ingeniosos y la bajada de línea que recorre todo el libro.
¿Y qué onda Miralles? No sé, me parece que en estos años de laburar para Francia perdió algo de su maravillosa identidad gráfica. A mí me gustaba cuando era más salvaje, cuando le daba al pincel como si fuera Oswal en crack. Ahora vemos a una dibujante inobjetable, con un manejo excelente del lenguaje corporal, las expresiones faciales, los fondos, la composición, el ritmo... pero todo me recordó a otros autores. El color quiere parecerse al de Miguelanxo Prado, los personajes tienen algo de Prado, mucho de Jaime Martín, algo del Jordi Bernet más sintético, el de sus trabajos más cercanos al humor, las onomatopeyas también parecen de Bernet... No digo que esté mal, eh? Estoy nombrando a unos monstruos que me ponen la piel de gallina. Digo que hace 25 años (y un cachito menos también) Miralles tenía un sello más personal, más arriesgado y, si bien es bueno que los dibujantes evolucionen, a mí me gustaba más lo anterior. Acá se ve a una dibujante sólida, eficaz, infalible. En las obras de fines de los ´80 y principios de los ´90 se veía a una fiera que –si la dejaban- se morfaba el mundo. Es lo que hay...
De Mano en Mano tiene un planteo raro, un desarrollo muy interesante, toca temas piolas desde una óptica acertada, combina comedia costumbrista con algo de violencia urbana y algo de denuncia social, y tiene unos dibujos de la San Puta, que además nos permiten disfrutar del talento de Ana Miralles sin embarcarnos en esas series de chotocientos mil tomos que suele hacer para Francia. No está nada mal, así da gusto desprenderse de un billete y mandarlo a yirar por la gran ciudad.