Este voluminoso masacote recopila prácticamente todas las historietas protagonizadas por Moon Knight entre 1983 y 1990. No todas, porque para 1990 ya estaba saliendo la serie Marc Spector: Moon Knight, la más extensa de las muchas colecciones encabezadas por el personaje, que aún hoy nunca se recopiló en libro. Pero la historieta que cierra este libro funciona perfecto como epílogo a todo lo anterior, es decir, a la serie original (cuyos últimos siete números abren el Essential) y a la segunda y efímera Moon Knight: Fist of Khonshu, que duró sólo seis números y aparece completa en este libro.
Pero volvamos a 1983, cuando Doug Moench nos regala sus últimas historias de este personaje con el que tanto se identificó. La verdad, son guiones muy flojitos comparados con lo que veníamos viendo en los Essentials anteriores (nunca los reseñé porque los leí antes de empezar con el blog). Pero tienen un ancho de espadas imbatible que son los dibujos de Kevin Nowlan, que en blanco y negro mejoran muchisimo y adquieren sublime majestad. Como el ritmo de producción de Nowlan ya era lento, la revista traía back-ups, a cargo de otros autores. Uno de ellos, “Cancer” (a cargo de Alan Zelenetz y un primerizo Marc Silvestri) está realmente muy bien.
Cuando se va Moench lo reemplaza Tony Isabella, pero sólo por un par de numeritos donde escasean bastante las buenas ideas. Lo mejor es un back-up medio en joda, homenajeando a los comics de la E.C., con dibujos de Richard Howell. Y para los tres últimos números de esta primera serie de Moon Knight, se convierte en guionista Alan Zelenetz, quien tratará de cambiar la onda del personaje: en vez de un justiciero urbano tipo Batman o Daredevil, nuestro héroe ahora se vinculará en asuntos sobrenaturales, siempre repletos de elementos místicos… con resultados sobrenaturalmente espantosos. Su primer número es casi aceptable porque lo dibuja y entinta el gran Bo Hampton, pero ni bien llega un entintador que tapa un poco el trazo de Hampton, Moon Knight se torna ilegible.
Llega entonces el relanzamiento, con un nuevo nº1 y un nuevo rumbo más para el lado del ocultismo. Zelenetz se da el lujo de no darle bola al vínculo entre el protagonista y sus amigos (Marlene y Frenchie) y ningunear por completo uno de los elementos más interesantes, que es el las múliples identidades secretas del héroe. Eso dura cuatro números muy aburridos, dibujados por el correcto Chris Warner y entintados como los dioses por el exquisito filipino Eufronio Reyes Cruz (E.R. Cruz, para los amigos). Y después vienen un unitario escrito por Jo Duffy y otro por Jim Owsley (hoy Christopher Priest), uno más intrascendente que el otro. Y así, en Diciembre de 1985, el Fist of Khonshu se lo meten donde vos te estás imaginando y Moon Knight se queda sin serie propia por varios años.
Pero todavía falta para llegar a aquel unitario de 1990. Primero tenemos una historia de Ann Nocenti y Brent Anderson (a priori, un equipazo) donde Moon Knight y Marlene de nuevo están juntos, para enfrentar a otra amenaza sobrenatural bastante pelotuda. Después, en otra historia corta, Jo Duffy plantea otra aventura con elementos místicos, pero con algo de humor y palos despiadados contra las boy bands chotas tipo New Kids on the Block. Mike Carlin, en poquitas páginas, narra una historia ambientada en New York en la que el héroe reaparece con todas sus personalidades secretas, como si de nuevo estuviéramos en 1983 y Moench fuera el guionista titular. En la siguiente historia corta, en cambio, Moon Knight opera en el área de Los Angeles, sin sus personajes secundarios de siempre, y de nuevo se vincula con la temática sobrenatural. Los textos del maestro Roger Stern son abultadísimos, el dibujo del veterano Bob Hall está bastante bien y la historia se hace cargo (un poquito) del accidentado paso del personaje por la revista West Coast Avengers.
Y después sí, la breve “Old Business”, en la que el cuasi-ignoto Robert M. Ingersoll se anima a ponerle un moñito a toda esta etapa de Moon Knight, barre un poco abajo de la alfombra la faceta mística del personaje para reconciliarlo con la impronta más “batmanesca” y hasta tiene tiempo de presentar a un villano, que nunca más volvió a aparecer. El dibujo de esas 11 páginas es pesadillesco, abisal, un auténtico cáncer de retinas. La gracia está (como ya señalé) en la sensación de clausura, de “fin de una era” que transmite el guión. Si la idea era dejarle la cancha limpita a Chuck Dixon para que jugara tranquilo en la serie que lanzó en 1989, esta historia llegó tarde, pero cumplió su cometido.
Y bueno, faltarán muchos años para que Moon Knight vuelva a protagonizar una serie cuyo atractivo se acerque al de los primeros 30 números de Doug Moench, con lo cual no me duele tanto que no exista un Vol.4 de esta colección. Con los tres tomos que hay, te armás perfectamente la etapa clásica y te quedan sobrando unas cuantas de las historias que componen este Vol.3, claramente el menos imprescindible de los tres Essentials.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la San Luis Comic Con y volvemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 13 de noviembre de 2018
viernes, 7 de junio de 2013
07/ 06: BATMAN: TERROR
Hoy los amigos de Warner me invitaron a ver una función privada de la peli de Superman, pero tuve que firmar un papel en el que me comprometí a no boquear nada hasta el martes. Así que hoy, historietas, amigo viñetófilo. Y de Batman.
Terror es una saga serializada en 2001 en la recordada Legends of the Dark Knight, en la que el maestro Doug Moench se propone contarnos las secuelas no a una sino a dos de sus grandes incursiones por la historia temprana de Batman: el imbatible arco conocido como Prey (también publicado en LOTDK) y aquel anual de Batman de 1995, en el que junto a Bret Blevins nos narraba el origen del Scarecrow y su primer duelo con el encapotado. Esta vendría a ser la segunda aparición de Jonathan Crane como villano, mientras que las historias de Hugo Strange y Catwoman vienen directamente desde donde las dejamos en Prey.
Aquella vez, Moench manejó con mano maestra el desafío de repartir el antagonismo entre dos villanos con mucha onda. Y esta vez, sube la apuesta y tiene que jugar con tres. Lo resuelve muy bien: a Catwoman la manda a jugar al límite entre oponente y aliada de Batman (con la infaltable tregua “por una noche”, que a la gata le gustaría usar para algo más divertido que machacar psicópatas) y a Strange lo manda al banco ni bien arranca el tercer episodio, de un modo escalofriante y además, coherente. Y la saga se encamina, con mucha fuerza y una sensación de peligro muy marcada, muy palpable, hacia el conflicto entre Batman y el Scarecrow, que acá saca chapa de villano de primerísima línea.
¿Está buena la historia? Sí, te pone muy nervioso, te aprieta bastante los huevos. Se le puede criticar cómo zafan al final tanto Batman como los villanos de una muerte segura, de una trampa letal que los tenía más cerca del descenso que Independiente y San Martín de San Juan. Y lo mejor que tiene es el ritmo, la tensión, y sobre todo la caracterización, del Scarecrow en primer lugar, pero también de Catwoman, Batman, Strange, el capitán Gordon y Alfred, que aparece poquito y aún así la rompe. No la pongo al nivel de Prey, claramente, pero sí en la pila de las historias redonditas, disfrutables de punta a punta, que duran lo que tienen que durar y cumplen sobradamente el objetivo de entretenerte un rato con acción, peligros zarpados, un poquito más de gore que en la típica aventura de Batman, dilemas morales espesos y la atractiva y perversa esgrima mental entre varios personajes a los que les faltan un par de jugadores.
Como en la vieja y querida Prey, los dibujos están a cargo del ilustre Paul Gulacy (lo vimos hace poco en una mini de Warren Ellis) y no, no es el Gulacy perfecto de fines de los ´70 y todos los ´80, sino ese Gulacy un poco más virado al grotesco, con los ojos grandotes y algunos excesos en las expresiones faciales que no quedan del todo bien. Gulacy, además, se mata en los fondos y en las secuencias mudas, narradas con increíble efectividad, con las técnicas que aprendió de grossos como Dan Adkins y Jim Steranko. En general, la narrativa está perfectamente controlada de punta a punta de la saga. Puesto a criticar algo más, me parece que Catwoman le sale demasiado musculosa, le marca demasiado los tubos y los six-packs, y además muy puta: no puede parar de mostrarla pelando tetas o culo. Las portadas están alucinantes, el color de James Sinclair y las tintas de Jimmy Palmiotti ayudan más de lo que complican, con lo cual -y a grandes rasgos- podemos hablar de otro trabajo de Gulacy a la altura de lo que se espera de un maestro con su trayectoria.
Esta saga se recopiló en libro en 2003, pero dicho tomo (este que conseguí yo de milagro) está descatalogado hace años. Por suerte en 2012 salió un libro gordito, llamado “Prey” que (si bien no lo aclara en el título) trae las dos sagas que realizaron Moench y Gulacy para Legends of the Dark Knight. Si ya tenés Prey y querés sólo Terror, me parece que estás en el horno...
Terror es una saga serializada en 2001 en la recordada Legends of the Dark Knight, en la que el maestro Doug Moench se propone contarnos las secuelas no a una sino a dos de sus grandes incursiones por la historia temprana de Batman: el imbatible arco conocido como Prey (también publicado en LOTDK) y aquel anual de Batman de 1995, en el que junto a Bret Blevins nos narraba el origen del Scarecrow y su primer duelo con el encapotado. Esta vendría a ser la segunda aparición de Jonathan Crane como villano, mientras que las historias de Hugo Strange y Catwoman vienen directamente desde donde las dejamos en Prey.
Aquella vez, Moench manejó con mano maestra el desafío de repartir el antagonismo entre dos villanos con mucha onda. Y esta vez, sube la apuesta y tiene que jugar con tres. Lo resuelve muy bien: a Catwoman la manda a jugar al límite entre oponente y aliada de Batman (con la infaltable tregua “por una noche”, que a la gata le gustaría usar para algo más divertido que machacar psicópatas) y a Strange lo manda al banco ni bien arranca el tercer episodio, de un modo escalofriante y además, coherente. Y la saga se encamina, con mucha fuerza y una sensación de peligro muy marcada, muy palpable, hacia el conflicto entre Batman y el Scarecrow, que acá saca chapa de villano de primerísima línea.
¿Está buena la historia? Sí, te pone muy nervioso, te aprieta bastante los huevos. Se le puede criticar cómo zafan al final tanto Batman como los villanos de una muerte segura, de una trampa letal que los tenía más cerca del descenso que Independiente y San Martín de San Juan. Y lo mejor que tiene es el ritmo, la tensión, y sobre todo la caracterización, del Scarecrow en primer lugar, pero también de Catwoman, Batman, Strange, el capitán Gordon y Alfred, que aparece poquito y aún así la rompe. No la pongo al nivel de Prey, claramente, pero sí en la pila de las historias redonditas, disfrutables de punta a punta, que duran lo que tienen que durar y cumplen sobradamente el objetivo de entretenerte un rato con acción, peligros zarpados, un poquito más de gore que en la típica aventura de Batman, dilemas morales espesos y la atractiva y perversa esgrima mental entre varios personajes a los que les faltan un par de jugadores.
Como en la vieja y querida Prey, los dibujos están a cargo del ilustre Paul Gulacy (lo vimos hace poco en una mini de Warren Ellis) y no, no es el Gulacy perfecto de fines de los ´70 y todos los ´80, sino ese Gulacy un poco más virado al grotesco, con los ojos grandotes y algunos excesos en las expresiones faciales que no quedan del todo bien. Gulacy, además, se mata en los fondos y en las secuencias mudas, narradas con increíble efectividad, con las técnicas que aprendió de grossos como Dan Adkins y Jim Steranko. En general, la narrativa está perfectamente controlada de punta a punta de la saga. Puesto a criticar algo más, me parece que Catwoman le sale demasiado musculosa, le marca demasiado los tubos y los six-packs, y además muy puta: no puede parar de mostrarla pelando tetas o culo. Las portadas están alucinantes, el color de James Sinclair y las tintas de Jimmy Palmiotti ayudan más de lo que complican, con lo cual -y a grandes rasgos- podemos hablar de otro trabajo de Gulacy a la altura de lo que se espera de un maestro con su trayectoria.
Esta saga se recopiló en libro en 2003, pero dicho tomo (este que conseguí yo de milagro) está descatalogado hace años. Por suerte en 2012 salió un libro gordito, llamado “Prey” que (si bien no lo aclara en el título) trae las dos sagas que realizaron Moench y Gulacy para Legends of the Dark Knight. Si ya tenés Prey y querés sólo Terror, me parece que estás en el horno...
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martes, 7 de agosto de 2012
07/ 08: THE BIG BOOK OF THE UNEXPLAINED
Años y años, 15 para ser exactos, buscando este libro, el hermano del fundamental, descatalogadísimo e inconseguible Big Book of Conspiracies. Esta vez, el maestro Doug Moench nos invita a bucear en un montón de fenómenos paranormales, de esos que la ciencia rara vez esclarece y que las autoridades se niegan a aceptar.
Yo tengo un problema, que es que creo en todo. Creo que existen los OVNIs y que son tripulados por seres de otros planetas u otras dimensiones, creo en los sasquatch, en el monstruo del lago Ness, en los poltergeist, creo que en las pirámides de México, Centroamérica y Egipto metió mano una civilización de humanoides hiper-evolucionados (que probablemente hayan desaparecido cuando se hundió la Atlántida), me cierra cualquier teoría conspirativa que involucre a los Templarios, a la CIA, a los propios aliens... En este sentido, me deja bien cualquier bondi, el tren y el subte, como si viviera en el Puente Pacífico. Me falta creer que una señora virgen tuvo un hijo, nomás...
Lo que hace Moench en estos dos libros es aportarnos toneladas de datos a los que elegimos creer. Por supuesto, no arroja conclusiones definitivas: sobre todo en este libro, deja abierta la puerta para que todo sea chamuyo, para que sea todo un delirio de mentes trastornadas. Vos elegís: esto puede terminar como una aventura de Scooby-Doo, donde el sasquatch/ monstruo/ alienígena/ fantasma es un viejo garca disfrazado, o puede terminar como un comic de Hellboy, donde todos los fenómenos paranormales (momias, brujas, criaturas inclasificables) son posta. Lo bueno es que la data está. Y Moench la pone sobre la mesa, le da entidad a estos temas y los trata –básicamente- en serio, no es un “nah, escuchate esta bizarreada, que te vas a cagar de risa”. El tipo investigó, leyó, buscó y armó un andamiaje de argumentos no sé si 100% posta, pero por lo menos atendibles. El efecto para el lector normal que se topa con este libro es buscar más información sobre estos temas y preguntarse por qué tan poca gente se hace cargo de que estos fenómenos existen, por qué los gobiernos los niegan sistemáticamente. Si en vez de un lector normal sos un guionista de comics, el efecto más lógico es chorear ideas a mansalva: de estas historietas seguramente habrán salido (y seguirán saliendo) muchas más.
Si alguna vez viste un Big Book, sabrás que en estas páginas rara vez los dibujantes encuentran espacio para narrar. Generalmente, los dibujos ilustran (muchas veces en son de joda) algún aspecto de lo que narran los bloques de texto. Acá hay algunas excepciones, pero poquitas. El peso de llevar adelante las historietas lo carga Moench y lo hace con una cancha impresionante. Obviamente, tiene la complicidad de algunos dibujantes realmente excelentes, que se bancan, por esta vez, no ser los protagonistas. Veamos:
Un Eric Shanower preciosista y un poquito frío se luce en el prólogo y el epílogo. El glorioso Sergio Aragonés pone su inconfundible sello de calidad en Ancient Man. Randy DuBurke experimenta con éxito en In no Space-Time Flat. Russ Heath, Paul Gulacy, Rick Parker y Hunt Emerson son otros de los que rara vez fallan y acá la rompen. Bob Fingerman, Joe Staton (otro que experimenta un cambio de estilo) y el nunca bien ponderado Rick Geary también se lucen con muy buenos aportes. Ted Naifeh dibuja en un estilo que nunca le había visto antes, muy interesante. Dos dibujantes a los que no conocía me volaron la peluca: Donald Davis y Graham Higgins. Grossísimos ambos. Por debajo de lo que uno esperaba de ellos están los trabajos de D´Israeli, Steve Lieber, Brent Anderson y un muy joven J.H. Williams, a años luz de lo que dibuja hoy en día. Y el mejor laburo –por lo menos para mi gusto- es el de Joe Sacco. The Goatsucker es una de las historietas más extensas (11 páginas) y seguro la mejor dibujada. El demente de Sacco incluso se encargó de rotularla él mismo.
Por una cuestión de onda, de premisa copada, yo te diría que todos los Big Books están buenos. Creo que hubo uno sólo que no me enganchó para nada. Pero en ese contexto, no hay dudas de que los dos Big Books de Doug Moench están por encima de todos los demás, son los primus inter pares, los títulos por los que vale la pena pagar lo que te pidan, de una, sin chistar. Esa lista zarpada de dibujantes es un bonus track, casi un detalle menor. Lo inexplicablemente grosso es el laburo de Moench, absolutamente consagratorio y totalmente a trasmano del insostenible mainstream yanki de los ´90. Un fenómeno.
Yo tengo un problema, que es que creo en todo. Creo que existen los OVNIs y que son tripulados por seres de otros planetas u otras dimensiones, creo en los sasquatch, en el monstruo del lago Ness, en los poltergeist, creo que en las pirámides de México, Centroamérica y Egipto metió mano una civilización de humanoides hiper-evolucionados (que probablemente hayan desaparecido cuando se hundió la Atlántida), me cierra cualquier teoría conspirativa que involucre a los Templarios, a la CIA, a los propios aliens... En este sentido, me deja bien cualquier bondi, el tren y el subte, como si viviera en el Puente Pacífico. Me falta creer que una señora virgen tuvo un hijo, nomás...
Lo que hace Moench en estos dos libros es aportarnos toneladas de datos a los que elegimos creer. Por supuesto, no arroja conclusiones definitivas: sobre todo en este libro, deja abierta la puerta para que todo sea chamuyo, para que sea todo un delirio de mentes trastornadas. Vos elegís: esto puede terminar como una aventura de Scooby-Doo, donde el sasquatch/ monstruo/ alienígena/ fantasma es un viejo garca disfrazado, o puede terminar como un comic de Hellboy, donde todos los fenómenos paranormales (momias, brujas, criaturas inclasificables) son posta. Lo bueno es que la data está. Y Moench la pone sobre la mesa, le da entidad a estos temas y los trata –básicamente- en serio, no es un “nah, escuchate esta bizarreada, que te vas a cagar de risa”. El tipo investigó, leyó, buscó y armó un andamiaje de argumentos no sé si 100% posta, pero por lo menos atendibles. El efecto para el lector normal que se topa con este libro es buscar más información sobre estos temas y preguntarse por qué tan poca gente se hace cargo de que estos fenómenos existen, por qué los gobiernos los niegan sistemáticamente. Si en vez de un lector normal sos un guionista de comics, el efecto más lógico es chorear ideas a mansalva: de estas historietas seguramente habrán salido (y seguirán saliendo) muchas más.
Si alguna vez viste un Big Book, sabrás que en estas páginas rara vez los dibujantes encuentran espacio para narrar. Generalmente, los dibujos ilustran (muchas veces en son de joda) algún aspecto de lo que narran los bloques de texto. Acá hay algunas excepciones, pero poquitas. El peso de llevar adelante las historietas lo carga Moench y lo hace con una cancha impresionante. Obviamente, tiene la complicidad de algunos dibujantes realmente excelentes, que se bancan, por esta vez, no ser los protagonistas. Veamos:
Un Eric Shanower preciosista y un poquito frío se luce en el prólogo y el epílogo. El glorioso Sergio Aragonés pone su inconfundible sello de calidad en Ancient Man. Randy DuBurke experimenta con éxito en In no Space-Time Flat. Russ Heath, Paul Gulacy, Rick Parker y Hunt Emerson son otros de los que rara vez fallan y acá la rompen. Bob Fingerman, Joe Staton (otro que experimenta un cambio de estilo) y el nunca bien ponderado Rick Geary también se lucen con muy buenos aportes. Ted Naifeh dibuja en un estilo que nunca le había visto antes, muy interesante. Dos dibujantes a los que no conocía me volaron la peluca: Donald Davis y Graham Higgins. Grossísimos ambos. Por debajo de lo que uno esperaba de ellos están los trabajos de D´Israeli, Steve Lieber, Brent Anderson y un muy joven J.H. Williams, a años luz de lo que dibuja hoy en día. Y el mejor laburo –por lo menos para mi gusto- es el de Joe Sacco. The Goatsucker es una de las historietas más extensas (11 páginas) y seguro la mejor dibujada. El demente de Sacco incluso se encargó de rotularla él mismo.
Por una cuestión de onda, de premisa copada, yo te diría que todos los Big Books están buenos. Creo que hubo uno sólo que no me enganchó para nada. Pero en ese contexto, no hay dudas de que los dos Big Books de Doug Moench están por encima de todos los demás, son los primus inter pares, los títulos por los que vale la pena pagar lo que te pidan, de una, sin chistar. Esa lista zarpada de dibujantes es un bonus track, casi un detalle menor. Lo inexplicablemente grosso es el laburo de Moench, absolutamente consagratorio y totalmente a trasmano del insostenible mainstream yanki de los ´90. Un fenómeno.
miércoles, 30 de marzo de 2011
30/ 03: S.C.I. SPY

Después de Six From Sirius y Slash Maraud, ¿cómo resistirse a otra saga de ciencia-ficción de Doug Moench y Paul Gulacy? No sé, pero cuando salió originalmente (en Vertigo) casi todos se resistieron y la saga pasó bastante desapercibida. Por suerte, los autores retuvieron los derechos y ahora Image recopiló la miniserie en un hermoso TPB, que con un poco de suerte venderá mejor que las revistitas.
De todos modos, es medio injusto comparar a S.C.I. Spy con aquellos clásicos ochentosos por un simple motivo: No hay forma humana de que hoy en día Gulacy dibuje como en aquel entonces. Hoy el dibujo del ídolo no sólo atrasa un poco (ya no están de moda los discípulos de Steranko, Russ Heath y Dan Adkins), sino que además perdió fuerza y hasta algo de su identidad. En las caras del protagonista por momentos parecen colarse trazos de Jordi Bernet, que no quedan lindos mezclados con el estilo Gulacy. Y la minita por momentos quiere parecerse a las chicas de los típicos comics noventosos de Image y eso tampoco garpa, para nada. Aún lejos de los 9 puntos habituales, Gulacy nos regala en este libro un montón de secuencias extraordinarias, muy bien planificadas y ejecutadas. No es el Gulacy al que veneramos los fans de Master of Kung-Fu, pero sigue siendo un capo de la narrativa, el dibujo realista de aventuras y la ciencia-ficción.
Al maestro Moench, en cambio, se lo ve afilado como en los buenos tiempos. Su protagonista, Sebastian Starchild, es el típico héroe ochentoso: canchero, rebelde, medio arisco, siempre propenso a cuestionar las órdenes de sus superiores, pero copado, buen tipo, sin miedo a jugarse la vida mil veces para salvar a medio universo, sin pedir nada a cambio. La trama recontra-funciona. Tiene acción a patadas, conspiraciones, intrigas, espionaje, piñas, rayos, genocidios, chistes, garches, persecuciones, giros impredecibles, villanos todavía capaces de pelear por la redención, planes de uno y otro bando bastante lógicos… Lo único que no termina de cerrar, el único factor 100% inverosímil, es la cantidad de peligros de los que zafan los buenos casi sin despeinarse. Posta, a Starchild le falta untar las tostadas con anthrax, nomás. Es el único riesgo que no corre a lo largo de estas casi 150 páginas plagadas de peligros imposibles y trampas hiper-mortales. Moench se cuida bastante de mostrarnos que los agentes de S.C.I., incluso los que no tienen implantes robóticos, cuentan con una tecnología mega-avanzada y super-pulenta que es casi siempre la que le permite a Starchild salir ileso de los mil y un kilombos en los que se mete. Pero igual es mucho.
La tecnología juega un rol importantísimo en la saga, y si no sos fan de la ciencia-ficción te podés llegar a aburrir con tanto tecno-chamuyo. Pero es parte de lo que hace tan atractivo al mundo en el que se desarrolla la aventura. Además, si sos fan de la ciencia-ficción, lo vas a amar, porque Moench se mete con un montón de tópicos clásicos sin regurgitar ninguno: nano-bots, invasiones alienígenas, bebés criogenizados, implantes robóticos, clones infinitos, androides, wormholes y agujeros negros, y hasta una inteligencia humana transplantada a una hiper-computadora capaz de controlar a las fuerzas de seguridad de media galaxia. Esto es un verdadero festival de la ciencia-ficción, con ideas como para dos largometrajes de Star Trek o tres álbumes de Valérian.
S.C.I. Spy es un comic de entretenimiento, sin más pretensiones que las de divertirnos y hacernos flashear un rato. Pero es un muy buen comic de entretenimiento y si te gustan las historias de espionaje con naves espaciales y alienígenas, le vas a levantar un monumento a estos dos próceres que trabajan juntos desde los ´70 y muy rara vez defraudan.
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