el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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domingo, 26 de enero de 2020

ROMPI EL MALEFICIO

No, no, no me puse de novio. Simplemente encontré un rato para postear en el blog un día que no es ni lunes ni jueves. Vamos ya con las reseñas.
El Camino de América es una magnífica novela gráfica de hace exactamente 30 años, en la que el siempre alucinante Baru escribe y dibuja, con la colaboración de Jean-Marc Thévenet en el guión. Sospecho que la participación de este muchacho tendrá que ver con los diálogos, porque la novela se lee como si fuera un trabajo 100% de Baru. El libro es de 2002, de aquel tiempo mágico y glorioso en el que Astiberri todavía editaba álbumes en tapa blanda a precios accesibles. Tiene una cantidad de páginas desaprovechadas en pelotudeces que me erizó los pelos de la nuca, pero al final se reivindica con un artículo de dos páginas a cargo del notable especialista Pepe Gálvez, que repasa los primeros 20 años de carrera de Baru de manera impecable.
En cuanto a la historia en sí, Baru entreteje dos tramas muy gancheras: la del meteórico ascenso de un boxeador francés de origen argelino… justo en el momento más tenso del conflicto que va a terminar con Argelia independizada de Francia, en 1962. Hoy parece un delirio, pero no: hace menos de 60 años, Argelia (nación del norte de Africa, donde predomina la religión musulmana) era una colonia de Francia y tuvo que morir mucha gente para que esto dejara de ser así. Baru retrata todo este momento con un espesor dramático alucinante, que le juega muy, pero muy a favor a la historia de Said Boudiaf, el crack del boxeo que esquiva el compromiso político incluso mejor que los golpes de sus rivales. Hay también un intento de trama romántica, bastante data acerca del backstage del mundo del boxeo y varias emociones más, todo en apenas 45 páginas.
Y por supuesto, lo que me ganó por knockout fue el dibujo de Baru, una verdadera bestialidad. La línea, el color, la puesta en página, la expresividad de los personajes, el dinamismo de los cuerpos en movimiento, la reconstrucción de los hechos históricos, el efecto de combinar paisajes y decorados recontra-realistas con personajes mucho más sintéticos y exagerados… es increíble como Baru acierta con tanta categoría en cada decisión que toma. Recomiendo mucho esta novela gráfica, que tuve la suerte de rescatar de una mesa de saldos de una comiquería que (creo) ya no vende comics.
Me quedaba pendiente el segundo y último TPB de S.H.I.E.L.D. de Mark Waid, de nuevo con seis episodios autoconclusivos, cada uno con un dibujante distinto. Rankeados de peor a mejor, el nº12 es el más flojo. Waid se pasa de ambicioso y pretende meter en 20 páginas un argumento que requería entre 48 y 64 para tener algo así como un sentido, como una magnitud acorde a la grandilocuencia del planteo. Dibuja un apenas correcto Joe Bennett. El nº8 no está mal, pero es una aventura bastante menor, con un rol destacado para Mockingbird. El dibujo está a cargo de Paco Medina, muy sólido. El nº9 es casi una no-aventura en la que Waid mete en continuidad muy respetuosamente todos los aportes a la mitología de S.H.I.E.L.D.  realizados por el glorioso Jonathan Hickman en esa serie cuyo primer TPB vimos un lejano 13/04/12. El dibujo es del mediocre Lee Ferguson, más un par de paginitas inéditas de los próceres Jack Kirby y Jim Steranko, rescatadas milagrosamente de un archivo.
Medalla de bronce para el nº10, una aventura desopilante con mucho protagonismo para el gran Howard the Duck y excelentes dibujos de Evan “Doc” Shaner. Medalla de plata para el nº7, gran vuelta de tuerca para una de las agentes que mejor secunda a Phil Coulson en esta serie (y probablemente también en la serie de TV, que nunca vi). 20 páginas con varios giros sorprendentes y un dibujo magnífico del enorme Greg Smallwood. Y medalla de oro para el nº11, donde Waid forma equipo nada menos que con Howard Chaykin para traer de regreso al carismático Dominic Fortune, en una historia realmente exquisita. El dibujo de Chaykin está a un gran nivel, y lo único que no cierra es la edad de Fortune: si su etapa de esplendor fue en 1937, difícilmente haya nacido después de 1912. Y esta aventura es de 2015, o sea que este viejito que acá aparenta 80-85 años, en realidad tiene más de 100. No dan nunca los números. Pero fuera de esa nimiedad, el unitario es apasionante y siempre es un placer volver a ver a Dominic Fortune dibujado por Chaykin.
Y no hay más. Esta serie de S.H.I.E.L.D. se canceló en el nº12, Phil Coulson y sus muchaches volvieron a trabajar de personajes secundarios en otras colecciones y otra vez se comprobó que acercar a los personajes de comics a sus versiones de la tele (o el cine) no garantiza ningún tipo de éxito, ni siquiera de la mano de un guionista prácticamente intachable como es Mark Waid.

Nada más por hoy, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.  

martes, 23 de mayo de 2017

ENESIMA NOCHE DE MARTES

Y no, no pude postear antes del viaje a Montevideo, así que de nuevo el ratito para redactar reseñas quedó para la noche del martes, que se va convirtiendo de a poco en una cita obligada para darle bola al blog. No es mucho lo que avancé en las lecturas, pero vamos con otras dos.
En 2013 la editorial española Astiberri publicó en un único tomo integral los cuatro álbumes de Los Años Sputnik que el maestro francés Baru realizó entre 1999 y 2003… y la verdad que es una gema más en la corona de este monstruo sagrado de la historieta europea.
Esta es una serie desbordante de ingenio y vitalidad. Una comedia costumbrista acerca de la vida de los chicos de 11-12 años en un pueblo industrial de la campiña francesa, en 1957, cuando buena parte de Europa miraba con asombro cómo la Unión Soviética vendía una imagen pujante, próspera, ordenada, y hasta se daba el lujo de mandar satélites al espacio. Así como en las historietas ambientadas a fines de los ´50 en los suburbios de EEUU está siempre presente la sombra del “red scare” (el miedo al comunismo), en Los Años Sputnik vemos la contracara: una comunidad francesa de clase obrera deslumbrada por el comunismo, dispuesta a organizarse desde las bases para darle pelea a la patronal. Pero el clima sociopolítico no es lo más importante de la trama, porque Baru pone el foco en los chicos, fascinados con el satélite Sputnik, con los indios norteamericanos y con el futbol. Las chicas… las chicas vendrían después. Este es un comic donde los juegos que importan se juegan entre varones, con peleas de puños, flechazos, guerras de nieve, pulseadas y un partido de futbol monumental, que se convierte en el punto más alto del primer álbum. Y por ahí, escondido entre las sábanas, aparece un comic de Tintín, cuestionado por reaccionario en un contexto donde cualquier cosa que huela a derechosa es censurada incluso por los padres.
El dibujo de Baru es formidable. La reconstrucción de la época, la plasticidad de los personajes, las expresiones faciales repletas de comicidad, los truquitos narrativos ejecutados con precisión milimétrica, el tratamiento del color… todo es maravilloso y todo te da ganas de haber estado ahí, de haber sido un integrante más de la pandilla de “los enanos” y corretear por esas callecitas y esos descampados. Una belleza absoluta.
Me vengo a Córdoba, al 2016, cuando se edita Maelstrom, la que hasta ahora es la única obra del inmenso Diego Cortés publicada después de su muerte. Tras la partida del guionista, Hernán González (que habitualmente es autor integral pero acá juega de dibujante) se puso este proyecto al hombro y no sólo lo dibujó sino que además lo editó.
Maelstrom va más o menos para el mismo lado que Jueves, uno de los grandes clásicos que nos dejó Cortés. Es una historia urbana, chiquita, de pocas páginas, poco diálogo, casi con un sólo escenario, cuyo encanto reside en la profundidad psicológica del protagonista. En este caso, este rol le corresponde a un tipo del que ni siquiera sabemos el nombre, pero la historia nos hace sentir que lo conocemos desde siempre, que comprendemos su drama, que lo bancamos en su batalla interior contra ese maremoto que crece en su mente y amenaza con llevarse todo puesto.
Como en Jueves, acá son importantísimos los silencios, lo que no se dice. Y los climas, obviamente, que González manipula con su pincel para hacerlos opresivos, retorcidos, ominosos aunque todo transcurra de día. A nivel técnico, lo que hace González con ese pincel y esas manchas es alucinante, tiene un vuelo y un despliegue plástico impresionante. A nivel narrativo, por el contrario, abusa mucho de los planos frontales, del personaje que mira al lector, que es un buen recurso, pero no para repetirlo en casi todas las páginas. En la mayoría de las páginas, el guión le da al dibujante la posibilidad de a) no dibujar fondos, o definirlos con un par de trazos muy sueltos, y b) armar la página con menos de cinco viñetas, dos ventajas enormes para que el dibujante tenga mucha libertad a la hora de organizar los elementos gráficos dentro de la página y dentro de la viñeta. Y eso a González le sale muy bien, no desaprovecha en lo más mínimo las oportunidades de lucimiento que le da el guión. Por eso, visualmente Maelstrom es un comic tan atractivo.
Vuelvo a postear muy pronto, ni bien liquide un par de libritos que tengo pendientes de lectura. Gracias por el aguante.

martes, 15 de julio de 2014

15/ 07: ¡A TODO VOLUMEN, BRUNO!

Hora de reencontrarme con el maestro francés Baru, que me voló la cabeza con 120 páginas realmente brillantes.
Me va a quedar corta la reseña, porque no quiero contar nada del argumento. Simplemente dejar sentado que se trata de una aventura con bastante humor negro, una magnífica mala leche, tiros, piñas y explosiones. También que hay personajes muy bien desarrollados, que todo es muy creíble, y que por atrás de la trama más o menos policial (porque el rol de la policía es chiquito), Baru encuentra espacio para hablar del futbol y los negocios que lo rodean (tema del cual algo habrás escuchado decir en estos días) y de las penurias que sufren los africanos que deciden emigrar a Francia en busca de un futuro mejor. O sea que podríamos definir a esta novela (editada en Francia en 2010) como una comedia negra de acción, crímenes, futbol y denuncia social.
Y por supuesto la definición no le haría justicia a lo bien que la pasás ni a lo mucho que te divertís cuando te sumergís en estas páginas. Lo único que le falta a la novela es algún personaje femenino fuerte, que no hay. Todo lo demás está y es impactante, original, gracioso, irónico, grotesco y fértil para el debate y la reflexión. Una verdadera obra maestra de este autor fundamental, lamentablemente poco conocido de este lado del Atlántico.
Del dibujo de Baru ya hablé bastante cuando me tocó reseñar Negro (allá por el 14/04/12), pero acá todo cambia bastante porque en este trabajo el maestro incorpora el color. Un color muy francés, sutil, trabajado con acuarelas, o con un efecto de photoshop que remite a la acuarela. Para que esta herramienta cobre relieve, Baru recurre a un trazo más finito, por momentos más similar al de Miguelanxo Prado, sin esos contrastes fuertes entre masas negras y espacios blancos que tan bien maneja. Tanto el dibujo como el color están pensados para darle expresividad y onda a los personajes y para acentuar los climas que propone el guión. Sin estridencias ni grandes despliegues de virtuosismo, Baru logra una faz gráfica sin fisuras, 100% al servicio del relato y a la vez muy propia, con rasgos fuertes que nos permiten identificar enseguida a la mano mágica del autor de Negro y La Autopista del Sol, entre otros hitos.
La edición de Astiberri es muy linda, con tapa dura y en un formato que me encanta, y sospecho que no debe ser barata. Pero la verdad es que vale mucho la pena, porque ¡A Todo Volumen, Bruno! está muy cerca de arañar la categoría de Historieta Perfecta.

sábado, 14 de abril de 2012

14/ 04: NEGRO

Este espectacular e imprescindible tomo recopila tres historias del maestro Baru, uno de los grandes nombres que dio el comic francés en los últimos 25 años. Baru se metió en el mundo de la historieta ya mayor, con 35 años, pero desde mediados de los ´80 no para de generar excelentes historias, distintas, personales y –por lo menos para mi gusto- sumamente interesantes.
Los dos primeros relatos de este libro están integrados dentro de un mismo universo: un futuro nada lejano (cuatro o cinco años) en el que la derecha francesa se radicalizó, blanqueó abiertamente su racismo y construyó muros que marginan ya no cultural o económicamente sino físicamente a los suburbios, los barrios humildes que rodean a las grandes ciudades, en los que viven buena parte de los laburantes que día a día se dejan la vida para que las ciudades funcionen. Para que este futuro termine de oler a distopía, en los suburbios no se consiguen preservativos y medio mundo tiene VIH, mientras que del otro lado de las murallas, la gente recibe la vacuna contra el SIDA y garcha con total libertad.
Las dos historias transcurren durante la noche de año nuevo, aunque de distintos años. En Francia, la noche del 31 de Diciembre es tradicionalmente la noche en la que todos los jóvenes salen de joda y casi todos la ponen. Imaginate qué lindo fin de año pasás si no tenés forros y para llegar a los boliches donde hay levante tenés que cruzar una muralla custodiada por milicos que tienen orden de dispararte. Dentro de este contexto distópico, el autor de la gloriosa La Autopista del Sol arma dos tramas del sub-género “jóvenes a la deriva” en el que los chicos intentarán pasarla bien a pesar de todas estas limitaciones, incluso si se tienen que jugar la vida.
Con no pocas diferencias, estas historias me hicieron acordar a Deadenders, la serie de “jóvenes a la deriva en un futuro opresivo” que escribía Ed Brubaker en Vertigo allá por el 2000-2001 y con la que le fue bastante mal. Baru realizó estas historias antes de que se editara Deadenders, así que si hubo choreo (cosa que dudo), el sospechoso es Brubaker.
La tercera historieta no está ambientada en el futuro, sino en el pasado, a principios de los ´90, cuando todavía la pica entre la Irlanda católica y el resto del Reino Unido se dirimía a corchazos, cuchillazos o bombas en las duras calles de Belfast. Baru nos cuenta una aventura trepidante protagonizada por una banda de rock inglesa, con un par de integrantes irlandeses, pero del lado protestante. Hay machaca, tiros y una muy lograda historia de amor que atraviesa (y a su vez es atravesada por) todos estos conflictos políticos y religiosos. O sea que no es exactamente un comic documental, o de denuncia, sino que se nutre de un contexto socio-político puntual para darle más sustancia a la historia y un filo más jodido a los conflictos que plantea.
A nivel dibujo, Baru se autodenomina discípulo de José Muñoz, pero la verdad es que su trabajo tiene poco que ver con el del genio del claroscuro. Baru maneja el blanco y negro de modo magistral, pero a diferencia de Muñoz, lo complementa con grises, texturas, esfumados, casi como si fuera un comic a color pasado a blanco y negro. Yo lo veo más como una mezcla rara entre José María Beroy y Christophe Chabouté, con algo del Pasqual Ferry de la primera época, también. Baru también califica a su grafismo de “nervioso”, pero lo que se ve en la página muestra un cuidado milimétrico en cada pincelada, cada trazo, cada fondo, cada aguada. Lo que sí es furibundo, visceral, descontrolado, es el ritmo narrativo que impone Baru. El tipo le imprime vértigo y emoción incluso a las escenas tranquis. Y cuando hay acción, la historia explota. Su dibujo expresivo al mango, combinado con su ritmo para narrar dan esa sensación de kilombo, aunque me queda claro que Baru tiene todo bajo control.
Sin descuidar la acción ni la comedia, Baru se mete con la xenofobia, la violencia y la intolerancia. El resultado son excelentes historias de slice of life con compromiso social, romance y machaca que sólo se le podían ocurrir un autor demasiado bueno como para encasillarlo en un género. O dos.
Ah, please que Macri no lea nunca las dos primeras historias de este tomo...