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lunes, 6 de enero de 2025
LUNES PROFUNDO
Estamos en el post nº2997, a milímetros del nº3000.
Y empezamos en Japón, año 2017, cuando se publica esta segunda parte de la adaptación de Las Montañas de la Locura, realizada por Gou Tanabe sobre el texto original de H.P. Lovecraft que Planeta tuvo la amabilidad de traer a las librerías argentinas en una buena edición a un precio amistoso.
Sospecho que lo más interesante, o lo más lindo, cuando uno adapta a la historieta un texto literario debe ser tomar esas descripciones de personajes, criaturas o lugares que escribe el autor y cambiarlas por imágenes que le transmitan más o menos lo mismo al lector. Ahí es como que el historietista se hace casi tan autor como el escritor, porque le da rasgos físicos a cosas o personas que no los tenían. Esto se potencia cuando los personajes, lugares, etc. no son reales, sino fruto de la imaginación del escritor. Y más todavía cuando lo que describe el texto es algo claramente indescriptible. Ahí el desafío para quien dibuja es total. ¿Qué hacés cuando en el texto aparece algo tan bello o tan horrendo que el escritor se niega a describirlo? ¿No lo dibujás? Obviamente sí lo dibujás, y dejás la vida para que el lector no se olvide nunca de la belleza o el horror que le transmitieron tus dibujos. Y eso es lo que hace Gou Tanabe en este manga.
El argumento es mínimo, no daba ni a palos para dos libros de más de 300 páginas. Esta segunda parte, con los conflictos y los personajes ya presentados y el elenco reducido a -básicamente- dos protagonistas, menos todavía. Pero entra en juego el morbo: uno quiere ver cómo se las rebusca Tanabe para describir desde el trazo a las criaturas que Lovecraft apenas describe en sus textos, y entonces Las Montañas de la Locura se convierte en un manga más de contemplación que de vértigo aventurero. Más descriptivo que narrativo. Tanabe lo sabe y entra en ese juego como un campeón. Crea un clima cada vez más ominoso, te pone nervioso, te hace gritar "¡No sean boludos, no se metan ahí!" cada vez que Dyer y Danforth exploran un área nueva de las imposibles edificaciones de la ciudad maldita, y te lleva a un ritmo muy lento hacia una única secuencia de acción, que aparece unas 60 páginas antes del final y dura poco.
No quiero ahondar más en la trama, en parte porque no hay tanto para puntualizar, y en parte porque si sos fan de Lovecraft ya sabés mucho de lo que Tanabe te va a contar acerca de los Antiguos, la progenie de Cthulhu, los shoggoths y demás. La gracia está, sin dudas, en cómo el mangaka le da vida gráfica a este delirio cósmico. Asistimos a lo largo del libro a varios momentos en los que el virtuosismo de Tanabe estalla como una supernova y te deslumbra no solo con las cosas imposibles que tiene que dibujar, sino con la calidad del trazo, la perfección de las composiciones, la aplicación de las texturas logradas con tramas de grises... No sé si son más zarpadas y más inhumanas las criaturas que dibuja, o el propio mangaka, sinceramente.
Y ya está. Creo que después de esto, no tiene mucho sentido seguir leyendo adaptaciones de obras de Lovecraft hechas por Tanabe. Acá alcanzó una cima apoteótica, majestuosa, y todo lo que venga después (aunque esté dibujado como los dioses cósmicos) va a parecer poco frente a esta epopeya. Ojalá el autor se mande a explorar (como en sus primeros trabajos) las obras de otros escritores, o mejor aún: que se le ocurran sus propias historias para dibujarlas con esta "indescriptible" calidad.
En 2024 tuvimos nuevo libro de Rodrigo Canessa y Matías De Vincenzo (el anterior lo vimos el 22/10/19) y esta vez se trata de una ambiciosa historieta de 300 páginas, que originalmente se publicó de manera digital. Efecto Malena es una historia de misterio teñida de costumbrismo, con realidades divergentes que se cruzan y superponen al punto de volver locos a varios de sus protagonistas. Está llena de secuencias memorables, de diálogos muy reales, muy cuidados, y personajes muy atractivos. Y dibujada a un nivel realmente excelente por un De Vincenzo más sólido y más maduro que en sus trabajos anteriores.
Hay algo que, para mi gusto, le juega en contra a la historieta, que es su extensión. La trama se disuelve un poco al estirarla a lo largo de tantas páginas y, si bien la tensión y la intriga se mantienen, pierden un poco de fuerza. Me parece que esto mismo, con 60 ó 70 páginas menos, pegaría mucho más fuerte. Y otra cosa que no sé si está bien o mal, pero me llamó mucho la atención, es que a lo largo de 300 páginas de indagar en el misterio de Malena, ninguno de los personajes llega a tener en claro lo que los lectores sabemos desde el principio, porque nos lo explican en la primera frase que aparece en la contratapa: Malena nació un 29 de Febrero y solo en los años bisiestos permanece físicamente y es recordada en nuestro mundo. No es una conclusión a la que se llega fácilmente, porque se trata de algo anómalo, atípico, que no está en los manuales de ningún detective. Pero es raro ver cómo pasan las décadas, cómo personajes muy inteligentes (como Hernán Piro) hacen lo indecible por resolver el enigma, y ninguno llega a obtener este dato que los lectores manejamos desde el primer momento.
La historia transcurre en un constante juego entre existir y no existir, y Canessa hace que sus personajes reflexionen sobre esto de manera aguda. No es el típico thriller policial de identidades sustitutas, esto es algo que desafía la lógica del espacio y el tiempo. El paso de los años es muy importante en la trama, por esto de los años bisiestos, y los autores no lo retratan de manera obvia. No te ponen un bloque de texto que dice "ahora estamos en 2004, que es bisiesto". Hay pistas que te permiten deducir en qué año estamos, pero son sutiles y tienen que ver con canciones, programas de TV, afiches en la calle y demás información que andá a saber cuántos lectores captan.
Un poco por eso, Efecto Malena es un comic que peca de ser un tanto críptico. En 300 páginas nunca aparece un personaje que para la bocha y pasa en limpio lo que sabe hasta el momento. Canessa se juega más a lo extraño, a lo que no tiene explicación, y a cómo esto genera un tsunami de irracionalidad que termina por arrastrar al abismo a los personajes más involucrados con el misterio de Malena. Lo mejor del guion es cómo mantiene todo el tiempo los pies sobre la tierra y cuida celosamente el verosímil, mientras se acumulan elementos clásicos del thriller y una amplia gama de realidades alternativas que entran y salen de escena a lo largo de muchas décadas. El misterio en sí -repito- se desinfla un poco por la extensión de la obra, por su carácter críptico y porque involucra una cantidad de elementos dramáticos también un poco excesiva. La idea que motoriza la trama es realmente muy buena, pero -de nuevo- funcionaría mejor contada de modo más simple y más breve.
Nada más, por hoy. Si necesitás más lectura para llenar los ratos libres de las vacaciones, ya sabés que en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ te podés descargar por muy poquita plata un número demoledor de la Comiqueando Digital, con 15 notas inéditas, un podcast y dos videos exclusivos. Gracias y hasta pronto!
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jueves, 26 de diciembre de 2024
MAGIA EN BLANCO Y NEGRO
Bueno, después de un paréntesis muy largo para mi gusto, tengo el placer de contarles que ya está lista la Comiqueando Digital nº10 (se puede descargar por muy poquita plata en www.comiqueandoshop.blogspot.com). Eso significa que vuelvo a tener tiempo para leer comics y reseñarlos en este espacio, volver a participar en el canal Disfuncionales y Vehementes y demás actividades que tenía suspendidas.
Hoy terminé de leer El Espíritu de Mascarín, una historieta realizada por el genial Oswal a partir de 1974 en una revista quincenal, ahora recopilada en un libro muy cheto por Deux. Por suerte lo único que hizo Deux fue llevarlo a la imprenta: del armado y el diseño del libro se encargó Silvina Viola, la hija de Oswal, que cuidó con pasión el trabajo de su padre. Originalmente, las aventuras de Mascarín ocupaban dos páginas en la revista Chaupinela, y eran páginas repletas de viñetas muy chiquitas. A veces llegaban a ser más de 40 viñetas por página, una demencia. En 2001, cuando Oswal le vendió este material a la Eura, lo rearmó en episodios de 10 páginas, con muchos menos cuadros por página, y eso es lo que podemos apreciar en este libro.
Los guiones... son de 1974. No esperes genialidades, aunque tampoco vas a encontrar ninguno que te falte el respeto. Tampoco esperes que Oswal explique categóricamente qué o quién es Mascarín. Va a quedar todo en el terreno de la especulación, o de la interpretación de cada uno. Mascarín es -ante todo- un concepto muy loco, que le permite al autor contar las típicas historias de sustitución de identidades (como esos episodios de Spider-Man contra el Chamaleon, o Batman contra Clayface), pero a una velocidad supersónica. Mascarín cambia de identidad seis, siete, ocho veces en 10 páginas, y eso acelera y potencia el ritmo de las aventuras... y la frustración del inspector de policía que se propone capturarlo. Como en las historietas de The Spirit, hay episodios más aventureros y otros más profundos, más centrados en la vida (generalmente chota) de algún personaje al que Oswal desarrolla mucho más que al protagonista mismo. Yo creo que a la serie el falta eso: explicar, o por lo menos darle desarrollo y profundidad, a Mascarín. El resto funciona, porque las ideas son buenas, los diálogos no descollan pero acompañan, y las resoluciones son siempre sorprendentes.
Y lo que realmente convierte a este libro en una pieza fundamental en la biblioteca de cualquier fan del comic es -sin dudas- el dibujo. No sé cuánto de esto redibujó Oswal en 2001, pero se ve todo demasiado bien. El claroscuro ágil, vertiginoso, del maestro se complementa a la perfección con las tramas mecánicas y el resultado es un kilombo nuclear que detona la página. Es como una vorágine, que rara vez da tregua, en la que Oswal te tira una imagen perfecta atrás de otra, sin descuidar nunca la fluidez del relato. Acción, emociones, personajes hiper-expresivos, siluetas, contornos, pinceladas cargadas de sutileza... Una belleza realmente inexplicable.
El maestro Oswal nos dejó en 2015, pero por suerte todavía queda su obra, y ojalá se siga reeditando con esta calidad, así llega a un público que la pueda valorar y atesorar. Y estudiarla, porque leyendo a Oswal se aprende un montón.
Vuelvo con Gou Tanabe, casi un fetiche de este blog, y me interno en las casi 300 páginas que componen la primera parte de su adaptación de Las Montañas de la Locura, el extenso relato de H.P. Lovecraft, escrito en 1931 y publicado originalmente en 1936. La historia está protagonizada por un grupo de científicos y aventureros (todos varones) de la Universidad de Miskatonic, que parten rumbo a la Antártida para descubrir los secretos del continente blanco. Lo primero que me viene a la mente es... che, para escribir esto hay que saber un montón. No sé si Lovecraft estudiaba a fondo todas estas disciplinas, o si mandaba fruta, pero acá nos habla de geografía, de geología, de biología, de meteorología, de física, de química, de espeleología... y si es fruta, la verdad que no se nota para nada. Es todo muy convincente. Lovecraft pone sobre la mesa una cantidad brutal de nociones científicas para construir el verosímil de una trama en la que -obviamente- en algún momento van a irrumpir los elementos fantásticos que le va a agregar peligro y horror a la epopeya de los protagonistas.
Lo que más me gusta, por lo menos de esta primera parte, es que los protagonistas nunca están ahí cuando se desencadena la acción. Cuando la expedición liderada por Lake descubre los cuerpos de "los antiguos", estos llevan ahí millones de años inactivos. Y cuando el grupo de Dyer encuentra a la malograda expedición de Lake, los vemos descubrir los restos, los vestigios, de una masacre espantosa que nunca nos muestran, y que cada lector se la imagina de una manera distinta, con distintos niveles de crueldad y violencia.
Tanabe elige con mucho criterio qué textos de Lovecraft conservar en su versión y cuáles no, y logra un clima de suspenso y tensión muy similar al de los relatos del mítico escritor. Y cuando le suma los dibujos, la locura se hace más palpable, el horror se hace más horrendo y el suspenso crea más tensión. Tanabe narra pausado, como Lovecraft, y se toma su tiempo para crear climas ominosos y para mostrar en dibujos con muchísimo detalle lo que el texto describe con palabras. Paisajes, animales, criaturas... todo cobra relieve y belleza gracias al trazo de Tanabe, que complementa su línea elegante con un excelente trabajo de aplicación de grisados mediante tramas. Lo único que le falta es variar un poquito más los enfoques cuando muestra primeros planos de los personajes hablando. Las viñetas de "talking heads" se parecen mucho unas a otras, y hay páginas en las que abundan bastante.
Este es un manga ideal para gente que nunca leyó manga. Fans de Lovecraft hay en todas partes, y yo supongo que la mayoría no conoce a Gou Tanabe, pero se puede dejar subyugar tranquilamente por la lograda combinación entre la prosa del ídolo yanki y el trazo y la narrativa del ídolo ponja. Tengo el Vol.2 en la pila de los pendientes y prometo entrarle a la brevedad.
Nada más, por hoy. Ojalá tengamos otro posteo antes de fin de año, ya en la cuenta regresiva hacia el 15º aniversario del blog, y el post número 3000. Y obviamente, si te gusta leer sobre historietas, no te pierdas la Comiqueando Digital, que es una bomba atómica de 426 páginas, con 15 notas inéditas, colaboradores de primer nivel y contenidos audiovisuales exclusivos.
martes, 11 de abril de 2023
ACÁ ESTAMOS DE NUEVO
Bueno, por fin tengo un ratito para escribir las reseñas de los últimos libros que leí...
Empiezo en 2015, en Japón, cuando el maestro Gou Tanabe presenta su adaptación al manga de El Color que Cayó del Cielo, el famoso relato de Howard P. Lovecraft. No es la primera vez que me toca leer un manga de Tanabe que adapta una obra de Lovecraft (ver reseña del 16/11/18), así que corro el riesgo de repetir algunos conceptos. Esta vez, lamentablemente, en vez de estar editado en tapa blanda por Ivrea, El Color que Cayó del Cielo está editado en tapa dura por Planeta. O sea que es un libro innecesariamente lujoso y caro, fruto del capricho de la misma editorial que te publica esos masacotes de 1000 páginas con las obras de Osamu Tezuka en un formato pensado para destruirte la biblioteca y el bolsillo. Menos mal que en Argentina (todavía) no caímos en esta pelotudez de editar cualquier cosa en tapa dura. Se publica mucho menos que en España, pero por lo menos se eligen formatos que llegan a las bateas a un precio no tan disparatado.
Pero vamos a la historia: Tanabe está enrolado en la corriente de las adaptaciones muy respetuosas al texto original, al igual que nuestro abanderado en materia de adaptaciones de clásicos del terror, el maestro Horacio Lalia. El talentoso mangaka conserva la ambientación espacio-temporal, el elenco, la atmósfera, el orden de los sucesos y hasta muchísimos textos de la narración original, y lo único que agrega es el dibujo. Digo "lo único" y suena a poco, pero realmente es muchísimo. Ese trazo prolijo y sobrecargado de Tanabe (que por momentos me remite a Salvador Sanz) le suma un montón al clima que propone Lovecraft. Le da vida a los horrores que describe el escritor norteamericano, y enfatiza desde el ritmo que elige para el relato esa sensación de extrañeza, de tensión que crece hasta hacerse asfixiante. El trabajo de Tanabe es tan bueno, está tan afilado, que logra que te imagines ese color imposible incluso en un comic realizado en blanco, negro y grises.
A esta altura, ya no me queda duda alguna: el mejor historietista para una adaptación de Lovecraft hoy es Gou Tanabe. El que mejor entiende los climas, los ritmos, el que mejor dibuja, el que más se rompe el culo en los detalles, el que te hace sentir el horror más cerca, más palpable. El único handicap de Tanabe es que no le pone mucha expresividad a los personajes. No te tira esas caras de "estoy totalmente loco, trastornado por los horrores que me toca presenciar" que te ponían Lalia, Alberto Breccia o Berni Wrightson cuando te adaptaban a Lovecraft. Los tipos tienen el marulo detonado, pero el dibujo no lo enfatiza con la misma polenta que en los autores mencionados (y otros más). En todo lo demás, Tanabe saca mucha diferencia y te hace vivir una Experiencia Lovecraft que no te olvidás nunca más.
Voy por los libros que me faltan del ídolo, pero con la mira puesta en las ediciones yankis de Dark Horse, que son más baratas y más cómodas para manipular y guardar que las españolas.
Me voy a Francia, año 2021, cuando Lucas Varela forma equipo con el guionista galo Hervé Bourhis para ofrecernos Le Labo, una interesantísima novela gráfica de 100 páginas a todo color que ya tuvo edición en nuestro idioma por parte de La Cúpula.
Le Labo parte de un hecho real, pero lo distorsiona un poco para contar la historia de un modo más divertido. Se trata de un experimento loco de mediados de los ´70, cuando una poderosa empresa francesa que se había expandido a raíz del éxito de las fotocopiadoras que fabricaba, le pone un montón de plata a un laboratorio donde el hijo del dueño reúne a los más capos en informática de ese país para empezar a desarrollar la computadora personal... y más tarde la internet y la telefonía celular. El comic recorre toda esa segunda mitad de los ´70, donde Jean-Yves y su equipo trabajan a puro ensayo y error, hasta que llegan los yankis con su voracidad comercial y se quedan con todo.
Por delante de este contexto histórico tan interesante (y poco explorado), Bourhis acierta al alejarse del relato documental para poner el foco en los personajes y sus vínculos. De ahí salen algunas escenas dramáticas y otras realmente muy cómicas. También ensaya un truco que no es nuevo, pero que está buenísimo: en un momento, un personaje secundario, marginado y ninguneado, se pierde entre los pliegues de la trama para reaparecer sobre el final transformado en un personaje absolutamente central. Ese es el arco de Nicole, la hermana menor de Jean-Yves, quien resulta ser la narradora de todo lo que sucede en Le Labo. La relación entre los franceses y los californianos también está muy bien aprovechada y plasmada de modo muy gracioso. Bourhis está tan canchero en el manejo de la época y la temática, que hasta tira magia con injertos de retro-continuidad, en los que Jean-Yves y su equipo flashean (a veces bajo los efectos del faso) con avances tecnológicos que llegarían varias décadas después y que, si bien en 1977 parecían delirios de fumones o de fans de la ciencia ficción, hoy son parte de nuestra vida cotidiana.
El dibujo y el color, ambos a cargo de Varela, son alucinantes. Nuestro compatriota capta sin el menor problema todos esos detalles de la ambientación setentosa que tienen que ver con ropa, peinados, artefactos que hoy parecen prehistóricos, el chiste (ya visto en series y películas) de que todo el mundo fumaba en todas partes... Toda esa carga de "mostremos la vida cotidiana de estos tipos y minas" que propone el guion de Bourhis está llevada al papel por Varela con verdadera maestría, y aporta también a generar ese clima de comedia costumbrista en la que podrían aparecer tranquilamente Alberto Olmedo o el Gordo Porcel sin que a nadie le resulte raro. El creador de Paolo Pinocchio te hace entretenidas las escenas donde solo hay talking heads, y deja la vida en esas doble splash-pages en las que Jean-Yves tiene esas visiones proféticas que cambian el rumbo de la novela gráfica (y de la historia del desarrollo de la informática en dos continentes).
Si sos fan de Lucas Varela, de la computación, de la historia de los avances tecnológicos del Siglo XX, o si te copa leer una historia muy divertida y descontracturada acerca de los años "de incubación" de Apple, la internet, los celulares y los videojuegos, seguro vas a pasar un buen rato con Le Labo.
Y hasta acá llegamos. Tengo avanzada la lectura de un librito más, que seguramente comentaremos (junto a algún otro) en el próximo post que aparezca acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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viernes, 10 de abril de 2020
VIERNES EN BLANCO Y NEGRO
Hoy era feriado, ¿se
acuerdan? Yo ya añoro con nostalgia esas Semanas Santas en las que salíamos de
joda cuatro noches seguidas y terminábamos el domingo de Pascua prácticamente
en terapia intensiva, entre huevos de chocolate y trasnoches infinitas… Pero
bueno, ya volverán los buenos tiempos, o no, andá a saber…
El año pasado, en
Montevideo, tuve la suerte de encontrarme una vez más con el maestro suizo
Thomas Ott, que estaba invitado a un evento al que yo también asistí. Ott había
llevado libros para vender, y ahí vi por primera vez la edición de
Fantagraphics de Greetings from Hellville, un hardcover alucinante, del año
2002. El ídolo lo tenía a un precio muy accesible, así que no dudé en
comprárselo, como él no dudó en dedicármelo.
Hoy me siento a leerlo, y
me encuentro con cuatro historias cortas, obviamente dibujadas como la
hiper-concha de Dios. Una de ellas, Goodbye, me hizo ruido. Tarde pero seguro,
se me encendió la alarma. “Esto ya lo leí”. Y sí, es una historia demasiado perfecta
como para olvidarla, o para leerla dos veces sin que suene la alarma. Así es
que agarré otro libro de Fantagraphics con historias cortas de Thomas Ott,
R.I.P. (lo reseñé el 14/04/11), donde efectivamente está Goodbye. Para mi
sorpresa, están también las otras tres historias de Greetings from Hellville,
que yo había leído minutos antes sin darme cuenta de que ya las conocía.
Conclusión: le compré a Ott dos veces el mismo libro, porque todo lo que hay en
Greetings from Hellville está incluído en las muchísimas páginas de R.I.P..
Por suerte, el ídolo me
dedicó R.I.P. cuando nos visitó en Comicópolis, así que es un motivo menos para
aferrarme a Greetings from Hellville. Este álbum es mucho más grande que
R.I.P., con lo cual el dibujo se luce bastante más, pero no calienta. Prefiero
hacerlo guita, o cambiarlo por algo que no tenga. Ni bien se termine la
cuarentena, le buscaré un nuevo dueño, alguien a quien no le moleste que el
libro diga “para Andrés”, junto a un dibujito inédito y hermoso, realizado por
Ott en liquid paper, durante un evento en Montevideo.
Salto a Argentina, donde
en 2019 se publicó Herbert West: Reanimador, otra adaptación del clásico relato
de Howard Phillips Lovecraft, en esta ocasión a cargo de Edu Molina, el gran
autor argentino radicado en México. Todavía tenía muy presente otra versión de
esta misma historia, Herbert West: Carne Fresca, realizada por el guionista
argentino Luciano Saracino y el dibujante chileno Rodrigo López (ver reseña del
27/12/18), que me había parecido muy, muy buena. O sea que mi primera reacción
fue ¿Otra vez sopa? ¿Hacía falta OTRA adaptación del mismo relato de Lovecraft?
Pero claro, el dibujo de
Molina es tan alucinante, que su versión me volvió a atrapar. Es una versión
muchísimo más clásica, muchísimo más fiel a Lovecraft que la de Saracino y
López, con amplia mayoría de textos tomados literalmente de la obra del genio
de Providence. Diría que es una adaptación “de las de antes”, si no fuera
porque gráficamente Molina es un autor absolutamente moderno, un discípulo
aventajadísimo de Alberto Breccia que supo aggiornar la onda oscura, deforme y
macabra de su maestro para que siga impactando y maravillando en pleno Siglo
XXI. La extensión de la obra el permite además a Molina no sintetizar, no
apretar todo en pocas páginas recontra-cargadas de bloques de texto. Por el
contrario, nos ofrece largas secuencias mudas, en las que su dibujo se hace
cargo de llevar adelante la narración sin apoyo del texto.
O sea que si ya no te da
miedito el tema de los fiambres resucitados, si ya te sabés de memoria lo que
va a pasar con Herbert y su asistente, igual te podés deleitar contemplando
cómo Molina arma las secuencias, los planos que elige, los climas que conjura
con esas manchas negras y esos espacios blancos, esos grisados, esas texturas, esos
esfumados, el laburo en los fondos, los detalles alucinantes en los rostros, la
desmesura en los momentos en los que estalla la acción… Como testimonio de lo grosso
que es Edu Molina como narrador gráfico, esto funciona tan bien como el libro
Lo Mejor de Poe (lo reseñamos el 23/11/14).
Y bueno, no mucho más, por
hoy. Me quedaron un poquito cortas las reseñas, porque me tocó hablar de
historias que ya conocía, en cuyas tramas no me sumergí con la profundidad que
lo hago otras veces. Ya volveremos con nuevas lecturas, acá en el blog.
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jueves, 27 de diciembre de 2018
JUEVES DE GEMAS
Las lecturas de estos
últimos días me han tratado inusualmente bien, y lo quiero destacar.
Una de las sorpresas más
gratas de este año fue Mr. Crabb y el Paraíso, una novela gráfica de un autor
español al que nunca había nombrar, llamado Alberto Taracido. Parece mentira,
pero esta es la opera prima de Taracido, que llega al comic con un amplio
background en la animación.
Mr. Crabb y el Paraíso me
hizo acordar bastante a aquella joya de Jodorowsky y Moebius que fuera El
Corazón Coronado. Arranca como una aventura bastante realista, con personajes
empapados de una problemática actual y tristemente palpable como es la
corrupción en los altos niveles del poder gubernamental y empresarial, y en un
momento empiezan a aparecer elementos fantásticos que le dan a la trama un
tinte más salvaje y menos predecible. Como Jodorowsky, Taracido aprovecha estos
elementos fantásticos para resolver el final con una cierta ambigüedad, lo cual
no lo hace menos satisfactorio.
Los diálogos son
excelentes (esta vez la edición argentina los conserva en español de España,
con un par), los personajes están muy bien construídos, el ritmo de la historia
no decae nunca, la bajada de línea va para el lado correcto… No se puede pedir
mucho más, realmente. Quizás (ya para hinchar las pelotas) algún personaje
femenino un poco más protagónico.
Y el dibujo es glorioso.
No sé si originalmente la historieta era a todo color y acá se publicó en
escala de grises, o si Taracido la pensó así como la vemos en el libro, pero
visualmente esto es extraordinario. Por supuesto que en la faz gráfica también
hay que hacer mención a Moebius, que es claramente el principal referente de
Taracido no sólo en el dibujo sino también en la narrativa. No es exactamente
un clon del Genio Eterno, porque en los rostros de algunos personajes se ven
rasgos que no tienen tanto que ver con la estética del ídolo. Pero sí hay
composiciones, planos, secuencias enteras, que te van a recordar al inmenso
Jean Giraud.
Europa y África enroscadas
en una trama de corrupción, violencia, mala leche y un cierto misticismo, que
puso en el mapa a Alberto Taracido, un autor al que de ahora en más vamos a
seguir a todas partes.
Cruzamos la cordillera
para leer la edición chilena de Herbert West: Carne Fresca, una notable
colaboración entre el guionista argentino Luciano Saracino y el dibujante
chileno Rodrigo López. Sobre la base de un famoso relato de H. P. Lovecraft
(Herbert West: Re-Animator), Saracino y López construyen una novela gráfica
fraccionada en episodios, con muchísimo clima, un gran ritmo y un equilibrio
logradísimo entre una trama dramática, elementos clásicos del terror
(básicamente, muertos resucitados) y sutiles toques de humor negro.
La adaptación de Saracino
es respetuosa, pero no comete el error de enamorarse de la prosa de Lovecraft y
aplastar la narrativa con inmensos globos de diálogo o interminables masacotes
de texto. Esto se lee con el dinamismo de cualquier buena historieta actual, y
con un extra que no sé si el relato original tenía, que es una gran profundidad
en los personajes. Al igual que Lovecraft, Saracino conserva un cierto velo de
ambigüedad en cuanto a la relación entre Herbert y su compañero Gregory, sin
explicar si son sólo amigos, o si entre ellos hay algo más. Lo importante es
que los personajes están muy bien desarrollados y el contexto histórico y
geográfico muy bien aprovechado.
Y el ancho de espadas de
este Herbert West es el dibujo de Rodrigo López, con esa impronta medio
caricaturesca que acentúa el fino humor negro que ensaya Saracino. Sin salir de
una puesta en página 100% clásica, López deja la vida en la narrativa y sobre
todo en esos cros-hatchings enfermizos, totalmente pasados de rosca. López
cuida los detalles de la ambientación histórica y los combina con una cierta
exageración granguiñolesca, que no choca en lo más mínimo con los climas
ominosos y truculentos del guión.
Herbert West: Carne Fresca
es una hermosa historieta de terror, que no requiere ser fan de Lovecraft para
ser disfrutada, que nos muestra a Saracino y López muy compenetrados, en un
nivel muy notable, y que –por si faltara algo- tiene edición argentina.
Gracias por todo y
seguramente habrá una entrada más en el blog antes de fin de año.
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viernes, 16 de noviembre de 2018
DOS DE VIERNES
En un rato explota el finde largo, pero antes, un par de reseñas.
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!
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sábado, 4 de agosto de 2018
SABADO CON COMICS
Tengo un montón de libros leídos y poco tiempo para sentarme a escribir reseñas, pero bueno, faltan unas horitas para que abran los boliches, así que ahí vamos.
Arranco en 2014, cuando La Cúpula publica en nuestro idioma Desde el Más Allá, una colección de historietas basadas en los clásicos cuentos de Howard Phillips Lovecraft realizada en 2012 por el holandés Erik Kriek. ¿Otra vez sopa? Sí, otra vez. Los mismos cuentos de siempre, los que ya adaptaron decenas de historietistas en años anteriores, vuelven a cobrar vida de la mano de un autor al que no conocía y me resultó absolutamente fascinante.
Kriek es un claro heredero de la mejor tradición de la EC Comics, con reminiscencias de Wally Wood, Jack Davis, Will Elder e incluso Will Eisner, de quien toma varios trucos narrativos que aún hoy resultan asombrosamente efectivos. Imaginate una mezcla entre Eric Powell y Ty Templeton, corrompida por la oscuridad de Charles Burns y con un manejo de los grises que no existe en este plano de la realidad. El dibujo de Kriek resulta espectacular e impactante cuando las tramas así lo requieren y climático y sugestivo, cuando los relatos van para ese lado. Me cuesta recordar otras adaptaciones de los cuentos de Lovecraft que me hayan gustado tanto, que me hayan hecho meterme tan adentro de las historias.
Lo mejor que tienen las versiones de Kriek es que el autor se guarda un espacio para contar con la imagen, para desplegar la acción (que no abunda en los cuentos del genio del Providence) en secuencias claramente historietísticas. Y lo más difícil: sin sacrificar los textos. Kriek ama los textos de Lovecraft como el que más y, si bien se nota que le duele omitir párrafos o frases de los cuentos, cuando lo hace pone toda su destreza gráfica a “cubrir ese bache”. Nunca permite que sus dibujos redunden con lo que nos cuentan los textos, siempre los hace conjugarse para lograr algo mejor.
La Sombra sobre Innsmouth y El Color que Cayó del Cielo, las dos adaptaciones más extensas de este libro, no sólo son lo mejor que tiene para ofrecernos Desde el Más Allá: también servirían para enseñarle a cualquiera que estudie Historieta cómo se hace una adaptación literaria. Si sos fan de Lovecraft, o de las versiones en comic de la mejor literatura fantástica, o si te resulta extraño y copado que un autor holandés contemporáneo mantenga viva la llama de la EC y le moje la oreja al Viejo Breccia, a Lalia, a Corben y a tantos otros que adaptaron a Lovecraft, internate en este mundo pesadillesco y genial que te espera en Desde el Más Allá.
Y cierro en 2015, con una publicación argentina que en su momento se me pasó y ahora se sumó a mi pilón de pendientes. Carlitos: Gris es una serie de historias cortas escritas por Sebastián Rizzo, en las que reaparece el personaje al que ya vimos en reseñas anteriores (creo que el último libro “canónico” de Carlitos es el que comenté el 08/03/14, pero en el medio hay por lo menos uno más, que no leí) y tiene varios problemas, a saber:
En primer lugar, el nivel muy desparejo de los dibujantes. Acá hay brutas bestias como Edu Molina, Marcelo Sosa y Sergio Ibáñez al lado de dibujantes que están muy, muy lejos de un nivel profesional. Segundo: la inconsistencia en la forma de retratar al protagonista. Cada dibujante que pasa por el tomo le cambia el aspecto a Carlitos, que puede ser más flaco, más gordo, más viejo, más joven, más atlético, más hecho mierda, con más pelo, más pelado, con barba, sin barba… Muy difícil compenetrarse con una historia corta si perdés las primeras dos páginas tratando de deducir si ese personaje es el mismo de las historias anteriores o uno completamente nuevo. Tercero: Producto de la brevedad de las historias, también hay altibajos en la calidad de los guiones. Más de una vez, Rizzo presenta un conflicto ganchero, pero cuando lo tiene que desarrollar se encuentra con que se le viene encima la última página y apresura un desenlace que no convence. Y después está ese infausto episodio (con excelentes dibujos de Ibáñez) en el que Rizzo se descontrola y sepulta las páginas con unos diálogos interminables, tremendos masacotes de texto imposibles de leer, en el que la protagonista se manda un monólogo de Enrique Pinti en cada globito. Un despropósito total.
Fuera de eso, hay algunas buenas ideas y conflictos interesantes desparramados por las historias de esta especie de loser convertido en un quijote contemporáneo. La historia que dibuja Edu Molina tiene grandes momentos, y las dos últimas (una 100% a cargo de J.J. Rovella y una co-escrita por Rizzo y Gabriel Bobillo) también están muy bien, cierran por todos lados. Creo que hace ya un par de años que Rizzo no produce nuevas historietas de Carlitos, pero en caso de volver, yo iría por una novela gráfica extensa (como la primera), con un solo dibujante en lo posible MUY bueno, con un flashback que pase en limpio todo lo sucedido hasta el momento, y un giro argumental que le permita al autor cerrar la saga de este personaje, de innegable potencial y con varias aristas que lo hacen único dentro del panorama de la historieta argentina.
Ni bien tenga un rato libre, se vienen nuevas reseñas. ¡Gracias y hasta entonces!
Arranco en 2014, cuando La Cúpula publica en nuestro idioma Desde el Más Allá, una colección de historietas basadas en los clásicos cuentos de Howard Phillips Lovecraft realizada en 2012 por el holandés Erik Kriek. ¿Otra vez sopa? Sí, otra vez. Los mismos cuentos de siempre, los que ya adaptaron decenas de historietistas en años anteriores, vuelven a cobrar vida de la mano de un autor al que no conocía y me resultó absolutamente fascinante.
Kriek es un claro heredero de la mejor tradición de la EC Comics, con reminiscencias de Wally Wood, Jack Davis, Will Elder e incluso Will Eisner, de quien toma varios trucos narrativos que aún hoy resultan asombrosamente efectivos. Imaginate una mezcla entre Eric Powell y Ty Templeton, corrompida por la oscuridad de Charles Burns y con un manejo de los grises que no existe en este plano de la realidad. El dibujo de Kriek resulta espectacular e impactante cuando las tramas así lo requieren y climático y sugestivo, cuando los relatos van para ese lado. Me cuesta recordar otras adaptaciones de los cuentos de Lovecraft que me hayan gustado tanto, que me hayan hecho meterme tan adentro de las historias.
Lo mejor que tienen las versiones de Kriek es que el autor se guarda un espacio para contar con la imagen, para desplegar la acción (que no abunda en los cuentos del genio del Providence) en secuencias claramente historietísticas. Y lo más difícil: sin sacrificar los textos. Kriek ama los textos de Lovecraft como el que más y, si bien se nota que le duele omitir párrafos o frases de los cuentos, cuando lo hace pone toda su destreza gráfica a “cubrir ese bache”. Nunca permite que sus dibujos redunden con lo que nos cuentan los textos, siempre los hace conjugarse para lograr algo mejor.
La Sombra sobre Innsmouth y El Color que Cayó del Cielo, las dos adaptaciones más extensas de este libro, no sólo son lo mejor que tiene para ofrecernos Desde el Más Allá: también servirían para enseñarle a cualquiera que estudie Historieta cómo se hace una adaptación literaria. Si sos fan de Lovecraft, o de las versiones en comic de la mejor literatura fantástica, o si te resulta extraño y copado que un autor holandés contemporáneo mantenga viva la llama de la EC y le moje la oreja al Viejo Breccia, a Lalia, a Corben y a tantos otros que adaptaron a Lovecraft, internate en este mundo pesadillesco y genial que te espera en Desde el Más Allá.
Y cierro en 2015, con una publicación argentina que en su momento se me pasó y ahora se sumó a mi pilón de pendientes. Carlitos: Gris es una serie de historias cortas escritas por Sebastián Rizzo, en las que reaparece el personaje al que ya vimos en reseñas anteriores (creo que el último libro “canónico” de Carlitos es el que comenté el 08/03/14, pero en el medio hay por lo menos uno más, que no leí) y tiene varios problemas, a saber:
En primer lugar, el nivel muy desparejo de los dibujantes. Acá hay brutas bestias como Edu Molina, Marcelo Sosa y Sergio Ibáñez al lado de dibujantes que están muy, muy lejos de un nivel profesional. Segundo: la inconsistencia en la forma de retratar al protagonista. Cada dibujante que pasa por el tomo le cambia el aspecto a Carlitos, que puede ser más flaco, más gordo, más viejo, más joven, más atlético, más hecho mierda, con más pelo, más pelado, con barba, sin barba… Muy difícil compenetrarse con una historia corta si perdés las primeras dos páginas tratando de deducir si ese personaje es el mismo de las historias anteriores o uno completamente nuevo. Tercero: Producto de la brevedad de las historias, también hay altibajos en la calidad de los guiones. Más de una vez, Rizzo presenta un conflicto ganchero, pero cuando lo tiene que desarrollar se encuentra con que se le viene encima la última página y apresura un desenlace que no convence. Y después está ese infausto episodio (con excelentes dibujos de Ibáñez) en el que Rizzo se descontrola y sepulta las páginas con unos diálogos interminables, tremendos masacotes de texto imposibles de leer, en el que la protagonista se manda un monólogo de Enrique Pinti en cada globito. Un despropósito total.
Fuera de eso, hay algunas buenas ideas y conflictos interesantes desparramados por las historias de esta especie de loser convertido en un quijote contemporáneo. La historia que dibuja Edu Molina tiene grandes momentos, y las dos últimas (una 100% a cargo de J.J. Rovella y una co-escrita por Rizzo y Gabriel Bobillo) también están muy bien, cierran por todos lados. Creo que hace ya un par de años que Rizzo no produce nuevas historietas de Carlitos, pero en caso de volver, yo iría por una novela gráfica extensa (como la primera), con un solo dibujante en lo posible MUY bueno, con un flashback que pase en limpio todo lo sucedido hasta el momento, y un giro argumental que le permita al autor cerrar la saga de este personaje, de innegable potencial y con varias aristas que lo hacen único dentro del panorama de la historieta argentina.
Ni bien tenga un rato libre, se vienen nuevas reseñas. ¡Gracias y hasta entonces!
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domingo, 25 de abril de 2010
25/ 04: HAUNT OF HORROR

La adaptación al comic de clásicos de la literatura es una práctica más vieja y más conocida que Mirtha Legrand. Además, a medida que más clásicos se van incorporando al dominio público, el crecimiento de esa tendencia es virtualmente irreversible. Pero claro, las adaptaciones literarias se puede hacer bien, más o menos, o mal. Hay quien termina por armar un embole soberano, lleno de bloques de texto que explican absolutamente todo y dejan a la imagen como mera ilustración de algún aspecto ya cubierto por el texto. Hay quien busca un equilibrio como para que el relato se sostenga tanto desde el texto como desde lo visual. Hay quien respeta más al texto original y quien se toma más atribuciones y libertades, y por supuesto, hay quien se apodera de la idea básica de la obra original y la usa como disparador de algo totalmente distinto y con poco contacto con el material a adaptar.
En Haunt of Horror, el glorioso Richard Corben se lanza al ya superpoblado campo de las adaptaciones de Edgar Allan Poe y Howard P. Lovecraft (por el que ya pasó en los ´70 y principios de los ´80 cuando trabajaba para la editorial Warren) y lo hace echando mano a una multiplicidad de recursos tan vasta como efectiva. Para huirle a la fácil, además de adaptar algunos cuentos muy conocidos (el infaltable El Corazón Delator), Corben se juega a adaptar algunos poemas de Poe realmente hermosos, y les busca una vuelta totalmente novedosa. El texto está ahí y es el mismo que escribió Poe, pero la imagen va para otro lado y el contraste entre una cosa y otra es tan perfecto que uno empieza a creer que eso era lo que Poe tenía en mente en el momento de escribirlos, aunque aparezcan negros hip-hoperos, geeks humillados por los matoncitos del secundario y pajeros que se compran muñecas inflables. Todo eso en secuencias alucinantes, donde la narrativa del gigante de Kansas supera desafíos realmente bravos.
En el tramo dedicado a Lovecraft, también hay algunos cuentos casi obvios (Dagon), otros menos conocidos, y además Corben toma fragmentos, pequeños pasajes en verso extraídos de Fungi from Yuggoth y los llena de vida al crearles una ambientación, unos personajes y hasta giros argumentales que poco tienen que ver con lo que Lovecraft cuenta (o sugiere), pero que resultan 100% idóneos para que esos fragmentos limados se conviertan en buenas historietas de terror.
Seguramente lo que convirtió en clásicos indiscutidos a Poe y Lovecraft es cómo lograron combinar esa imaginación pesadillesca y truculenta con un lirismo exacerbado, un vuelo poético que de algún modo dotaba de belleza a relatos y poemas de los que brotaban imágenes escabrosas, teñidas de sangre, locura y hedores pestilentes. Los méritos de Corben son similares: las historias son jodidas, bizarras y shockeantes, pero el dibujo es de una belleza alucinante y pasmosa. Los climas que logra Corben con su blanco y negro (y sus grisados) le hacen absoluta justicia a los textos de los próceres. Su trabajo en ambientación, anatomía, expresiones faciales, volúmenes, texturas y composición de páginas y viñetas es soberbio y nos muestra a un maestro que alcanzó una plenitud, una madurez y una variedad de recursos mil veces más atractivas que aquellas con las que se hizo famoso en los ´70. A los que fuimos fans de Corben en la adolescencia tal vez nos cueste aceptarlo, pero la verdad es que este Corben ya sesentón le pinta la cara MAL al que nos hacía delirar con sus salvajadas underground y sus epopeyas fumancheras en el mundo de Den. Este Corben tiene lo mejor de aquel, pero ahora muestra también una solidez digna de un Will Eisner o un Enrique Breccia.
Si te gustan Poe o Lovecraft, seguro ya conocés muchos de estos cuentos y poemas y también es probable que ya los hayas visto plasmados en imágenes por algún otro historietista. Pero Corben te va a invitar a redescubrirlos, a reinterpretarlos a la luz (y sombra) de un estilo irresistible y original, y va a ser una invitación que no vas a poder rechazar. Como el Necronomicon, este libro tiene todo para pulverizarte el cerebro y dejarte medio idiota, preguntándote si lo que acabás de vivir es real o sólo un delirio pasado de rosca. Pero es real, y es obra de esa fiera indomable del Noveno Arte llamada Richard Corben.
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