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jueves, 15 de octubre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.25
Otro tomo del coleccionable de Nippur con unas cuantas sorpresas para compartir con ustedes…
Primero, repasando la lista de episodios y sus fechas de publicación descubro que entre Junio y Diciembre de 1977… ¡no se editaron nuevos episodios de Nippur! La serie más popular de la editorial Columba, que atravesaba una época de esplendor a nivel comercial acompañada por un nivel artístico bastante aceptable, desapareció de las páginas de la revista D´Artagnan durante SEIS MESES. No tengo idea qué pasó, si Robin Wood dejó de mandar guiones, si no conseguían buenos dibujantes… pero hubo seis meses, justo en el año en que Nippur festejaba su décimo aniversario, en que no aparecieron nuevos episodios de esta serie.
El tomo arranca con “La Columna de los Buitres”, una historieta muy notable por varios motivos: por un lado, marca el final de la colaboración entre Wood y Ricardo Ferrari. En segundo término, se trata del pico más alto de Jorge Zaffino como dibujante de Nippur. Todavía muy lejos del estilo con el que se va a consagrar mundialmente, acá un Zaffino todavía muy joven (apenas 18 añitos) se comía crudo a su maestro, Ricardo Villagrán, y empezaba a avanzar a paso firme hacia los terrenos de un Burne Hogarth, ponele. El dibujo académico-realista en su máxima expresión, con gran fuerza icónica, y con varias páginas con pocos cuadros (en Columba “pocos cuadros” signfica “menos de 10”) que hacen que, por primera vez en mucho tiempo, aunque sea un pasaje de una historieta de Nippur se vea parecida a otras historietas de las que aparecían en otras editoriales. Y también hay páginas de 700 viñetitas microscópicas en las que el dibujo de Zaffino no se luce casi en absoluto. En tercer lugar, esta es la historieta en la que Zaffino le pone a los aliados de Nippur los rostros de Robin, de Villagrán, el suyo propio y hasta el de empleados de distintas áreas de la editorial Columba. Y entre los enemigos (a los que Nippur y su tropa hacen pedazos) hay guerreros con los rasgos de Horacio Altuna y Alberto Breccia, dos próceres de la historieta argentina que ya en los ´70 hablaban pestes de la editorial de la palomita y sus abyectas prácticas en materia de reconocimiento de los derechos de autor a los dibujantes y guionistas.
La segunda historia del tomo marca la despedida de Zaffino, y tiene un guion mucho más livianito, casi en joda, que no está mal. Después viene ese bache de seis meses y al regreso, tenemos un equipo (equipazo) integrado por Robin Wood como único guionista y Carlos Leopardi como único dibujante. Desde la primera página de “Llegar a Akad” hasta el final del tomo, Leopardi sale a matar, con el cuchillo entre los dientes. Su dibujo agreste, desangelado, por momentos brutal, combina cosas de Lucho Olivera, Carlos Casalla y hasta el propio Alberto Breccia, pero además tiene una narrativa más estridente, más ampulosa, más cercana al comic de superhéroes de EEUU. En las páginas en las que Leopardi puede dibujar menos de 10 viñetas, aparece un ritmo narrativo, una intensidad, que hasta acá no habíamos visto en las aventuras de Nippur. Lástima que los coloristas (que se esforzaban bastante por no estropear los virtuosos trazos de Zaffino) le entran a las páginas de Leopardi con odio, con saña, como si el dibujante hubiese abusado sexualmente de sus madres, hijas y mascotas. Juro que por momentos me costó leer las historietas de lo espantoso que es el color, sentía que me estaba lastimando los ojos. Hijos de mil putas, ojalá mueran en cana. Y ojalá alguna vez toda esta etapa de Nippur dibujado por Leopardi se reedite en blanco y negro.
En cuanto a estos cuatro guiones que ofrece Robin en su regreso tras el parate, el primero es previsible pero muy lindo, muy emotivo. El segundo está absolutamente virado al terror sobrenatural, algo que ya vimos que no funciona muy bien en el contexto de Nippur. El tercero es la enésima vuelta de tuerca al tema de los abusos de los poderosos y cómo un cuatro de copas se puede convertir en as de espadas con solo juntar los huevos para plantarse frente a la injusticia y la arbitraredad. Nippur está de adorno, pero bue. Y el cuarto y último va para el mismo lado: Nippur pintado al óleo en medio de una trama de lucha, dignidad, códigos, respeto, letaltad y amor.
El balance general de estas seis historietas es muy decoroso. Muy por encima de lo que veníamos padeciendo en entregas anteriores. Ojalá sigamos así en los tres o cuatro tomos que me quedan por delante.
Y nada más, por hoy. Ya estoy leyendo un libro extra-large, para reseñarlo ni bien lo termine, acá en el blog.
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miércoles, 30 de septiembre de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.24
Me tocó un tomo raro de Nippur, porque tiene siete historietas a cargo de un mismo equipo creativo, algo que hacía mucho que no pasaba. Es todo material de 1976 y 1977, cuando Nippur aparecía una sola vez por mes, siempre en la revista D´Artagnan, a veces a todo color y a veces en blanco y negro. Todos los guiones están a cargo de Robin Wood y Ricardo Ferrari, mientras que el único dibujante es Jorge Zaffino, a quien vemos crecer enormemente a lo largo del tomo. Ya vimos que en sus inicios Jorge era una especie de versión agreste, desangelada, cruda de Ricardo Villagrán. Acá sigue en esa tónica, todavía muy lejos del Zaffino icónico, de ese estilo personal, reconocible, tan imitado por las hordas de dibujantes a las que influenció esta bestia del claroscuro. En estas historias se da una constante rara: las que son a todo color tienen menos viñetas por página que las que son en blanco y negro. La última historia a color (La Serpiente de la Vida y la Muerte) es la que menos cuadros tiene, y donde el trazo de Zaffino más se acerca al de Villagrán, donde mejor le sale la mímesis de la impronta gráfica de su maestro. Y última historia en blanco y negro (La Puerta) tiene una página de 13 cuadros, seguida de una de 16 y seguida de una de ¡17 cuadros! Bah, más estampillas que cuadros. Son viñetas microscópicas, repletas de texto, en las que Zaffino apenas logra meter un mínimo dibujito para rellenar los milímetros que no ocupan las letras. Un disparate absoluto, luego compensado por un par de páginas de acción, con muchos menos cuadros y menos texto, en las que Zaffino hace gala de un dinamismo, una fuerza y un nivel de salvajada que el elegante trazo de Villagrán nunca tuvo. Esas dos páginas de La Puerta son las mejor dibujadas de todo un tomo donde el nivel es alto y asciende mucho entre la primera página y la última.
¿Y qué onda los guiones? El primero es predecible, pero no está mal. Tiene su ingenio. El segundo es un embole, sin el menor atractivo. El tercero es la clásica fórmula de Nippur, respetada a rajatabla: o sea, una aventura correcta, sin sobresaltos, por momentos excedida en cantidad de texto. El cuarto también es bien tradicional, la enésima confrontación entre el errante y un monarca soberbio, despiadado y demasiado confiado en su propia chapa. Y para cerrar el tomo, tenemos tres aventuras en las que entran en juego elementos sobrenaturales. Wood y Ferrari dejan de lado el realismo y el cuidado por la ambientación histórica para meter a Nippur en historias en las que tendría más sentido un personaje de perfil ocultista, tipo Martin Hel. En la primera aparece un guerrero inmortal, que busca infructuosamente la muerte. En la segunda el sumerio se mete en un templo prohibido donde los esqueletos cobran vida y pasan todo tipo de cosas inexplicables. Y finalmente en La Puerta los guionistas narran una especie de thriller psicológico en el que una violencia sobrenatural enloquece a los personajes. O no, es ese episodio de las tres páginas llenas de cuadritos ínfimos que explotan de texto, así que en un punto fui expulsado de la lectura y por ahí hay otra explicación para lo que sucede, en alguna de las viñetas a las que no pude entrar.
A todo esto, en estas siete entregas no se menciona nada de la misión original de Nippur, ni a su Lagash natal, ni a ninguno de los personajes aparecidos en las historias anteriores. Son simplemente aventuras autoconclusivas que aparecieron en este orden como podrían haber aparecido en cualquier otro. No horribles ni infumables, pero sí bastante intrascendentes. Ojalá en el próximo tomo me encuentre con mejores guiones.
Nada más, por hoy. Cerramos otro mes de reseñas y nos reencontramos pronto, acá en el blog.
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martes, 27 de abril de 2010
27/ 04: WINTER WORLD

Este libro es como las películas de Sandrini: te hace reir y llorar. Te reís de alegría porque, después de miles de años, se reedita una historieta que está muy buena y que en su momento pasó bastante desapercibida entre los fans estadounidenses (no entre los autores y editores, que enseguida la elevaron a un status de culto). Y no sólo eso: este libro de IDW recopila además la secuela de Winter World, Winter Sea, que –andá a saber por qué- jamás se había publicado en ningún lado, a pesar de estar hecha hace casi 20 años. O sea que la primera sensación es la de un sueño que se hace realidad para todos los que queríamos tener esta saga en libro, completa y en blanco y negro, ya que el color que le habían puesto a la publicación original (Eclipse, 1988) era medio verdulero.
Y después viene la tristeza que te da saber que Jorge Zaffino, ese monstruo, ese que fue ídolo no sólo de los lectores sino también de decenas de artistas, no está más. Su obra se frenó a mediados de los ´90 y su vida se extinguió durante el frío y amarguísimo invierno de 2002, cuando Jorge tenía apenas 42 años. Los que tuvimos la suerte de conocerlo, de trabajar codo a codo con él (a mí me tocó traducirle al castellano un montón de guiones que le llegaban de Marvel) y de disfrutarlo en calidad de amigo, sufrimos su pérdida aún más que los lectores que lo seguían, porque Zaffino era, además de un talento increíble, un tipo de primera.
Como siempre sucede, los maestros se van, pero sus obras quedan. El trabajo de Zaffino en Winter World se disfruta hoy tanto como en 1988 y eso habla de un autor que, seguramente sin proponérselo, estaba adelantado a su tiempo. La publicación en blanco y negro realza muchísimo la labor del dibujante/ entintador. Se ve perfecto su dominio del pincel, el plumín y las tramas mecánicas, se luce mucho más el gran criterio con el que Jorge balanceaba en cada página las masas blancas y negras, impactan más esas viñetas oscuras, esos primeros planos recontra-laburados, ese salvajismo hipnótico en las escenas de acción. También se nota que algunas páginas de la secuela están dibujadas muy rápido, o por asistentes menos cancheros, pero en esos episodios tampoco faltan los dibujos magistrales ni las secuencias de acción que te ponen los pelos de punta. Una hojeada superficial del libro alcanza para darnos cuenta de que estamos frente a un narrador distinto, con un conocimiento del dibujo y un power poco frecuentes y perfectamente idóneos para el tipo de historias que se propone contar.
El guión de Chuck Dixon –para qué te voy a mentir- no marca un antes y un después, ni mucho menos. Está bueno, te atrapa, tiene bastante lógica, pero tampoco inventa nada demasiado novedoso. En un mundo que sucumbió ante un holocausto, devastado por el frío polar, el hielo y la nieve, un duro comerciante llamado Scully sobrevive como puede a las inclemencias del medio ambiente y del resto de los que quedaron vivos, reducidos a tribus de escasa cultura y terribles necesidades, sobre todo de abrigo, comida y armas. El guacho-recio entablará una relación fortuita con una nena de unos 13 años, y de a poco Ween se irá ganando el corazón de Scully, quien se ablandará y empezará a pensar –por una vez en la vida- en intereses que no sean los suyos. Todo esto mientras se cagan a tiros y trompadas con villanos de inmensa crueldad y abyecta mala leche. Todo el tono de la saga es más bien sórdido, el humor es escaso y poco sutil y el mensaje es bastante pesimista, aunque los buenos ganen, no sin pagar altísimos costos.
La ciencia-ficción está presente, pero sólo porque en los ´80 estaban de moda las ficciones del post-holocausto. Esto podría suceder tranquilamente en los desiertos de Sumeria, o en el neolítico, y estaría todo bien, excepto porque los yankis no consumen aventura histórica. Igual el guión entretiene, no decae casi nunca ni apela a resoluciones abruptas o traídas de los pelos. El manejo de los dos protagonistas (Scully y Ween) es filoso y atractivo, y a la hora de la machaca, sabés que Dixon no defrauda. Winter World es un cuasi-clásico de los ´80 que recontra-vale la pena volver a descubrir.
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