Viernes 11 de la noche, horario en el que generalmente duermo para juntar las pilas que después detono en la trasnoche. Pero mañana muy temprano viajo a la Pergamino ComiCon, así que hoy no hay joda nocturna. Gran momento para redactar las reseñas del material que leí en estos días.
Arranco con una breve glosa del Vol.7 de Escuela de Monstruos, donde El Bruno recurre una vez más a un argumento ya muy remanido: dos personajes se ven transportados por accidente al mundo de los videojuegos, donde corren graves peligros. Si tenés más de… 15 años, esto ya lo leíste varias veces. Pero claro, Escuela de Monstruos apunta a un público sub-12, que seguramente experimentará estas emociones por primera vez y flasheará grosso con las peripecias que viven Tomás y Kuco. Porque además, El Bruno complementa este argumento remanido con buenos chistes, diálogos ingeniosos y algunos avances importantes en el desarrollo de personajes (de pronto, Berta tiene TODA la chapa!). Y por supuesto, el atractivo del dibujo, que sigue a un nivel altísimo. Así que sigo recomendando Escuela de Monstruos a los fans de la historieta infantil de calidad o a los que quieran convertir en adictos a las viñetas a hijos, ahijados, sobrinos o mascotas bípedas.
Salto espacio-temporal a España, año 1983, cuando se publica Dogon, una de las gemas difíciles de encontrar del siempre sorprendente (y lamentablemente ya fallecido) Micharmut. Micharmut fue el más radical, el más salvaje, de los exponentes de la línea clara posmoderna. El tipo tomó toda la impronta de Yves Chaland, Serge Clerc, Daniel Torres, Sento, Michael Cherkas, etc., y le pegó una vuelta de tuerca más, más extrema, más zarpada y más jugada al blanco y negro.
En general, lo más conocido de Micharmut son las historias cortas, breves coqueteos con el delirio, a veces un toque crípticas, pero siempre fascinantes. En Dogon, en cambio, Micharmut ensaya una historia más larga, más respetuosa de un género muy en boga en ese entonces (aventura con espionaje, Guerra Fría, persecuciones, paisajes exóticos, etc.) y construye la trama de manera clara, lineal, con elementos perfectamente presentados y desarrollados. Pero la falta de experiencia en relatos extensos le juega una mala pasada y en la página 28, cuando la historia tiene que terminar por una cuestión de formato, a Micharmut todavía le faltan resolver un montón de puntas. Por eso Dogon se precipita a un no-final abrupto y bastante decepcionante, que no le hace justicia a lo que venía construyendo el autor, ni mucho menos al dibujo, que es sublime de punta a punta del librito.
Y cierro con el Vol.2 de Winter World, la serie regular que produjo hace unos años IDW, cuando reeditó el material clásico (realizado en los ´80 por Chuck Dixon y Jorge Zaffino) y se encontró con un éxito imprevisto. No tengo ni vi nunca el primer TPB de la serie regular, pero leyendo el segundo me puedo imaginar qué les pasó a Scully y Wynn en esos numeritos que no leí.
Acá tenemos tres episodios que componen un arco llamado “The Stranded” y un episodio autoconclusivo que indaga en el pasado de Wynn. La verdad que hay que ser MUY fan de Chuck Dixon para bancarlo en esta. Los argumentos son trillados, la única forma que tiene de darle dinamismo a la historia es sumar personajes (bien presentados, es cierto), la única forma de impactar al lector es a través de la violencia, no se explora nunca cómo el mundo llegó a la situación en la que está… Es pochoclo grim n´gritty disfrazado de aventura para adultos. La historia de Wynn casi no tiene violencia (cuatro o cinco escopetazos, nomás) pero claro, tampoco tiene un conflicto interesante, ni genera ningún tipo de tensión.
Lo bueno que tiene este tomo de Winter World son los dibujantes. En el unitario de Wynn, descolla la bestia asesina de Tommy Lee Edwards, que tiene entre sus fetiches no sólo a Zaffino, sino a varios dibujantes argentinos más (algunas páginas, vistas de lejos, parecen de Horacio Altuna). Y los tres episodios de “The Stranded” los dibuja el virtuoso Tomás Giorello, un distinto, un dotado, un tipo capaz de darle elegancia a la machaca más básica, más ramplona. Giorello tira sombreados y texturas “zaffinescas”, a modo de fan service para los que extrañamos el trazo del ídolo, pero estilísticamente está más cerca de un García López que de Zaffino. Y tiene mucho más presente que después va a meter mano un colorista, en este caso el dignísimo Diego Rodríguez. Hasta ahora no tuvo demasiada suerte con los guionistas, pero para los fans de la aventura realista hoy Giorello está allá arriba, en un nivel impresionante.
No hay más. Me llevo comics para leer en el viaje a Pergamino, así la semana que viene tengo material para reseñar. Hasta entonces.
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viernes, 25 de agosto de 2017
martes, 27 de abril de 2010
27/ 04: WINTER WORLD

Este libro es como las películas de Sandrini: te hace reir y llorar. Te reís de alegría porque, después de miles de años, se reedita una historieta que está muy buena y que en su momento pasó bastante desapercibida entre los fans estadounidenses (no entre los autores y editores, que enseguida la elevaron a un status de culto). Y no sólo eso: este libro de IDW recopila además la secuela de Winter World, Winter Sea, que –andá a saber por qué- jamás se había publicado en ningún lado, a pesar de estar hecha hace casi 20 años. O sea que la primera sensación es la de un sueño que se hace realidad para todos los que queríamos tener esta saga en libro, completa y en blanco y negro, ya que el color que le habían puesto a la publicación original (Eclipse, 1988) era medio verdulero.
Y después viene la tristeza que te da saber que Jorge Zaffino, ese monstruo, ese que fue ídolo no sólo de los lectores sino también de decenas de artistas, no está más. Su obra se frenó a mediados de los ´90 y su vida se extinguió durante el frío y amarguísimo invierno de 2002, cuando Jorge tenía apenas 42 años. Los que tuvimos la suerte de conocerlo, de trabajar codo a codo con él (a mí me tocó traducirle al castellano un montón de guiones que le llegaban de Marvel) y de disfrutarlo en calidad de amigo, sufrimos su pérdida aún más que los lectores que lo seguían, porque Zaffino era, además de un talento increíble, un tipo de primera.
Como siempre sucede, los maestros se van, pero sus obras quedan. El trabajo de Zaffino en Winter World se disfruta hoy tanto como en 1988 y eso habla de un autor que, seguramente sin proponérselo, estaba adelantado a su tiempo. La publicación en blanco y negro realza muchísimo la labor del dibujante/ entintador. Se ve perfecto su dominio del pincel, el plumín y las tramas mecánicas, se luce mucho más el gran criterio con el que Jorge balanceaba en cada página las masas blancas y negras, impactan más esas viñetas oscuras, esos primeros planos recontra-laburados, ese salvajismo hipnótico en las escenas de acción. También se nota que algunas páginas de la secuela están dibujadas muy rápido, o por asistentes menos cancheros, pero en esos episodios tampoco faltan los dibujos magistrales ni las secuencias de acción que te ponen los pelos de punta. Una hojeada superficial del libro alcanza para darnos cuenta de que estamos frente a un narrador distinto, con un conocimiento del dibujo y un power poco frecuentes y perfectamente idóneos para el tipo de historias que se propone contar.
El guión de Chuck Dixon –para qué te voy a mentir- no marca un antes y un después, ni mucho menos. Está bueno, te atrapa, tiene bastante lógica, pero tampoco inventa nada demasiado novedoso. En un mundo que sucumbió ante un holocausto, devastado por el frío polar, el hielo y la nieve, un duro comerciante llamado Scully sobrevive como puede a las inclemencias del medio ambiente y del resto de los que quedaron vivos, reducidos a tribus de escasa cultura y terribles necesidades, sobre todo de abrigo, comida y armas. El guacho-recio entablará una relación fortuita con una nena de unos 13 años, y de a poco Ween se irá ganando el corazón de Scully, quien se ablandará y empezará a pensar –por una vez en la vida- en intereses que no sean los suyos. Todo esto mientras se cagan a tiros y trompadas con villanos de inmensa crueldad y abyecta mala leche. Todo el tono de la saga es más bien sórdido, el humor es escaso y poco sutil y el mensaje es bastante pesimista, aunque los buenos ganen, no sin pagar altísimos costos.
La ciencia-ficción está presente, pero sólo porque en los ´80 estaban de moda las ficciones del post-holocausto. Esto podría suceder tranquilamente en los desiertos de Sumeria, o en el neolítico, y estaría todo bien, excepto porque los yankis no consumen aventura histórica. Igual el guión entretiene, no decae casi nunca ni apela a resoluciones abruptas o traídas de los pelos. El manejo de los dos protagonistas (Scully y Ween) es filoso y atractivo, y a la hora de la machaca, sabés que Dixon no defrauda. Winter World es un cuasi-clásico de los ´80 que recontra-vale la pena volver a descubrir.
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Chuck Dixon,
Jorge Zaffino,
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