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martes, 31 de diciembre de 2024
ULTIMAS DEL AÑO
Y bueno, no pudo ser. Quería llegar a los 100 posteos en 2024 y quedamos ahí, en 99. No está mal, hemos tenido años más flojos.
Empiezo en EEUU, año 2006, cuando Gilbert Hernandez publica en Vertigo una novela gráfica llamada Sloth, totalmente desconectada del universo de Palomar, las novelas/ películas de Fritz, etc.. Son 122 páginas en blanco y negro, dibujadas por Beto en el nivel más alto de su ilustre trayectoria. Gráficamente, Sloth solo se puede comparar con lo mejor de su obra: Speak of the Devil, Chance in Hell... y no mucho más. El trabajo que le puso el ídolo a estas páginas es absolutamente descomunal y consagratorio. Cada cielo nocturno es una sinfonía, cada viñeta está perfectamente organizada, con la información exacta y la dosis adecuada de detalles, como para agregarle verosimilitud a un trazo simple, caricaturesco, como el que caracterizó desde siempre a Beto. La puesta en página es clásica pero muy variada, muy dinámica, con un truco infalible para puntualizar ciertos momentos (heredado de Will Eisner) que es hacer desaparecer los fondos y el marco de la viñeta y dejar a los personajes "flotando" sobre un fondo blanco.
Beto nos atrapa durante unas 70 páginas con un montón de conflictos y proto-conflictos centrados en Miguel, un chico abandonado por su mamá y criado por sus abuelos, quien un día entró en coma sin motivos aparentes y, un año después, despertó. Su papá está preso, su tutora escolar tiene mil problemas, y desde que volvió del coma Miguel se mueve más lento que la gente normal. Esto va a afectar desde la forma en que toca el bajo en su banda de rock (llamada Sloth), hasta la forma en que se vincula en la intimidad con Lita, baterista de la banda y novia de Miguel. Y falta lo más importante: en el pueblo donde viven los protagonistas se cultivan limones y hay un enorme campo todo sembrado con limoneros... que es el foco de más misterios y todo un lore de leyendas urbanas que los tres miembros de la banda de rock (también llamada Sloth) conocen, aman y sueñan con investigar a fondo, para ver si son reales. Gente desaparecida que supuestamente está enterrada bajo los limoneros, espíritus extraños, una especie de hombre-cabra capaz de poseer cuerpos... Obviamente acá Scooby-Doo y sus amigos se harían un festín.
Y cuando pensamos que no le van a alcanzar las 50 páginas que le quedan para cerrar todas las puntas que abrió, Beto pega un volantazo que nos deja pedaleando en el aire. De pronto cambia la realidad, y la que se despierta del coma es Lita. Ahora ella es la que se mueve más lento, mientras que Miguel es un pibe fachero al que le revolotean un montón de pibitas del cole y Romeo es Romeo X, un astro del rock al que todos estos adolescentes veneran y consumen con un fervor inexplicable. ¿Qué pasó acá? Nunca lo sabremos.
La tutora y los abuelos de Miguel desaparecen y ahora la que está en cana es la mamá de Lita. El nuevo conflicto central es que Lita quiere conquistar a Miguel, y quiere conseguir entradas para el concierto que va a brindar Romeo X en el pueblo. Finalmente la chica lenta se va a levantar a los dos: al facherito del cole y al astro del rock. Los limoneros van a seguir ahí, pero apenas se va a mencionar el hecho de que Romeo está obsesionado con ellos. Y en un último giro bizarro, será el propio Romeo (el que faltaba) quien tendrá un accidente y quedará en coma.
Entonces, entre la sobredosis de misterios que se acumulan en la primera parte y esta nueva realidad que se impone en la segunda (en un pase de magia que recuerda a una peli de David Lynch), el argumento termina por no resolverse jamás. Podemos conjeturar que Lita sueña las primeras 70 páginas mientras está en coma, podemos suponer que el espíritu del hombre-cabra posee primero a uno y después a otro (tipo Deadman), podemos buscar simbolismos en esos limoneros que cautivan a los adolescentes... pero nada tiene una explicación real.
Si para disfrutar de un comic necesitás que la historia cierre, y que todo (o casi todo) lo que plantea el autor tenga una lógica, un por qué... bueno, Sloth no tiene chances de quedar entre tus novelas gráficas favoritas. Este es un Beto más suelto, más raro, con más ganas de bucear en el inconsciente de los personajes que de llevar a buen puerto un relato reader-friendly, o convencional. Un Beto que se ceba mandando fruta... en este caso, limones.
Y cierro con una breve reseña de El Canto de Olga, octava aventura de los queridos Roque & Gervasio, pioneros del espacio, la serie creada por Federico Reggiani y Ángel Mosquito que arrancó con todo y ahora se publica muy de vez en cuando (de hecho, leí el Vol.7 el 06/01/24).
Del dibujo ni me gasto en hablar, porque el planteo gráfico y la calidad del trabajo de Mosquito no varían de un libro a otro, y están siempre muy arriba. La trama, en cambio, vuelve a sorprender por su aparente complejidad, y la forma desopilante en la que los autores la llevan adelante. Los diálogos de Reggiani son ágiles, picantes, agudos, fundamentales para que todo este disparate se sienta más o menos cercano, ya que no real. El desfile de personajes secundarios copados es incesante, pero esta vez ninguno (ni siquiera los protagonistas) se acercan siquiera a la chapa de Olga, la suegra de Roque, que queda establecida prácticamente como una figura central para la saga. Si me pongo a enumerar uno por uno los giros bizarros, ingeniosos o sorprendentes del guion, llegamos al Año Nuevo... de 2026. Así que no me quiero extender mucho más.
Ojalá en 2025 esta serie retome la periodicidad que supo tener en los primeros tiempos, cuando salían tres libritos por año, porque la verdad que -si bien se disfrutan enormemente- 80 paginitas por año dejan gusto a poco. Lo bueno de que en los últimos tiempos hayan salido pocos libritos de Roque & Gervasio, es que si te querés enganchar ahora, solo tenés que conseguir ocho, no 14 ni 15. Si todavía no te subiste a la nave espacial de estos carismáticos buscavidas cósmicos, ni lo dudes.
Mañana date una vuelta, que festejamos los 15 años del blog. Y este es el posteo nº2993, así que muy pronto festejamos también los 3000 posteos. Gracias por el aguante y no te olvides de descargar la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/.
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Federico Reggiani,
Gilbert Hernandez
sábado, 14 de enero de 2023
SÁBADO ESPLÉNDIDO
El día no puede estar más lindo y yo acá, escribiendo reseñas de los últimos comics que leí.
En una cueva de saldos de Montevideo me encontré muy barato (aunque un poquito baqueteado) el primer álbum de Yoko Tsuno, del maestro Roger Leloup, en una edición española que nunca había. Tenía una mínima idea de para dónde iba esta serie tan importante para el comic franco-belga, pero esta fue mi primera lectura en serio de un álbum de Yoko Tsuno. Lo primero que me sorprendió es que Leloup no hace el menor intento de presentar al personaje principal, como si todo el mundo la conociera desde siempre. Ahora encuentro en Google el dato de que "Viaje Inesperado" (o Le Trio de l'étrange, como se llama en francés) no es la primera aventura de Yoko, sino la quinta. Las cuatro anteriores son historias cortas que, al igual que esta, aparecieron en el semanario Spirou hace más de 50 años, en los albores de la década del ´70.
La mejor de las sorpresas es la calidad del dibujo de Roger Leloup. Una bestia, realmente. Sobre todo cuando tiene que dibujar tecnología: naves, bases espaciales, laboratorios científicos... no recuerdo otros dibujantes de la Spirou con esa capacidad para dibujar este tipo de locaciones. Leloup propone un estilo más realista que el de los típicos autores de la línea clara de Marcinelle. Uno solo de los personajes secundarios (Vic, el más copado) tiene rasgos que lo emparentan con la estética de André Franquin y sus seguidores, mientras que Yoko, el resto del elenco y todos los fondos están dibujados de manera mucho más realista, en un registro no muy distinto del que exhibía Jean-Claude Mézieres en esos mismos años, en las primeras aventuras de Valérian. Hoy el color se ve un poco anticuado, y el tema de tener muchísimas páginas con 10 o más viñetas hace que el dibujo no se luzca tanto, pero sin dudas es lo que más me atrajo de este álbum.
El guion es raro. Por un lado, está todo el tiempo atrapado en la tensión entre una aventura heavy, con peligros extremos y clima de suspenso asfixiante... a la que Leloup trata de meterle chistes, de vez en cuando, para descomprimir, y porque esto se publicaba en una revista que tiene la costumbre de mezclar aventura y humor. Y por el otro, hay como una dicotomía entre un guion repleto de elementos fantásticos muy fumados, y cierta pretensión de realismo, de darle un cierto verosímil a todos estos conceptos locos. Entonces cada dos por tres nos encontramos con personajes que explican cómo pueden ser posibles todas estas cosas tan limadas en un contexto de "realismo". Eso se hace bastante aburrido, sobre todo en la segunda mitad del álbum. Y tampoco ayuda el muy precario rotulado del que adolesce esta edición española.
No le quiero caer con todo al guion de Leloup, porque es su primer relato extenso, está escrito en 1972 y traducido por una editorial que no me inspira la menor confianza. Pero sí dejar en claro que, a la luz de la calidad del dibujo y de la chapa que tiene Yoko Tsuno entre los especialistas en comic franco-belga, esperaba un toque más. En una de esas, más adelante, le doy otra oportunidad, porque la idea de la serie y la construcción del personaje de Yoko me parecieron copadas.
Me voy a EEUU, año 2014, cuando Dark Horse publica Loverboys, una novelita autoconclusiva escrita y dibujada por Gilbert "Beto" Hernandez, sin referencias a Palomar ni a sus personajes más conocidos. Esta es la clásica historia de "pueblo chico, infierno grande", centrada en los vínculos casi endogámicos que se dan entre los poquísimos pobladores de Lágrimas, una pequeña localidad donde todos se conocen. Beto construye la trama en base a secretos y traiciones, con amores prohibidos, amores cuestionados y -sobre todo- sexo sin amor. Acá no hay ni buenos ni malos, hay gente que vive vidas grises y aburridas y se entretiene como puede. Todo el cariño que me había generado la Sra. Paz a lo largo de las primeras 45 páginas se me fue por el inodoro cuando la vi acostarse con el goma de Seymour, y el resto de los personajes nunca me generó la menor simpatía.
El problema de Beto es que a esta altura de su carrera y de su jerarquía como narrador, solo compite contra el propio Beto. Y ahí es donde Loverboys pierde contra las otras obras del ídolo, porque no tiene personajes tan atractivos, no tiene elementos fantásticos, la trama no pega giros bizarros, Beto no dibuja nada que no haya dibujado ya muchas veces y lo único que realmente se destaca es cómo cuenta la historia. Cómo planifica cada secuencia de la manera más perfecta posible para que el lector se vea sumergido en la historia y la viva como si estuviera mirando por la ventana a seres humanos de carne y hueso. Pero en el contexto de la obra de esta bestia, eso no alcanza para poner a Loverboys en la categoría de Obra Maestra o de clásico fundamental.
Quizás por eso de no verse obligado a dibujar cosas que nunca antes había dibujado, acá Beto resuelve la faz gráfica medio de taquito, de manera un poco displicente, onda "me lo saco de encima rápido". Obvio que los fans de Beto no le pedimos que se rompa el culo en el dibujo, porque sabemos que lo más importante es el flujo del relato, pero acá hay un par de secuencias que, con un poco más de esfuerzo en la etapa del lápiz o la tinta, pegarían más fuerte. Y bueno, no se puede dar la vuelta olímpica en todos los torneos. Acá tenemos 80 páginas de Beto que son gloriosas comparadas con 80 páginas random de la inmensa mayoría de los autores yankis que hoy publican en ese mercado, pero que para los que lo seguimos desde Cemento dejan un sabor agridulce, porque les falta una vuelta de tuerca más asombrosa, o más original.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
miércoles, 9 de enero de 2019
NOCHE DE MIERCOLES
Venía de unos cuantos días
sin reseñar comics, y lógicamente ya tengo un par de lecturas acumuladas como
para empezar a ponerme al día.
Arranco en 2011, en EEUU,
cuando Beto Hernandez lanza una nueva novela gráfica basada en las películas
que no existen en la realidad, pero que en el Universo Beto filmó Fritz
(Rosalba Martínez), quizás la más popular de las hijas de Luba. Si seguís hace
mucho este blog, recordarás otras tres novelas gráficas en esta serie,
reseñadas el 15/09/10, el 03/04/11 y el 13/08/13.
Love From the Shadows nos
muestra a Fritz en el rol de Dolores, la protagonista de esta trama surreal de
sexo y misterio. No es la trama que más me convenció, aclaro desde el vamos.
Esto es muy retorcido incluso para los standards de Beto Hernandez, que no es
en absoluto un autor “fácil” ni complaciente con sus lectores. La lectura es
atrapante, hay muchas escenas de alto impacto, ideas muy originales y
excelentes diálogos. Pero esta vez, para mi gusto a Beto se le va la mano con
eso de no explicar cosas, de dejarlas sugeridas para que el lector se imagine
lo que le parezca. Nunca sabemos qué carajo hay en esa caverna, qué le pasó al
padre de Dolores y Sonny, por qué aparecen tres tipos con la misma cara que
dicen no ser la misma persona, de qué juegan los monitores, y lo más
importante: cómo y por qué las cirugías que se hace Sonny para convertirse en
un doble de Dolores se revierten en tiempo record.
En el medio hay
obsesiones, traiciones, estafas, garches bastante subidos de tono, charlas muy
explícitas acerca de la homosexualidad (antes de convertirse en mujer, Sonny es
varón y gay) y una escena muy truculenta en la que Dolores le atraviesa la
chota a un pibe a flechazos. Todo esto en un clima muy enrarecido, muy de
película de David Lynch, donde cuanta más atención le prestás a los detalles,
más incógnitas te quedan sin resolver. Y por supuesto está el dibujo,
alucinante de punta a punta, ahí sí más cerca del cine de Clase B que de la
estética lyncheana, donde Hernandez demuestra una vez más su talento para el
claroscuro y su demoledor manejo de la narrativa. Si nunca leíste nada de Beto
Hernandez, o si sólo conocés las historias ambientadas en Palomar, no empieces
por acá. Las posibilidades de que te guste Love From the Shadows son directamente
proporcionales a la cantidad de obras “raras” de Beto que ya hayas disfrutado.
Me vengo a Argentina, año
2018, cuando un arco argumental originalmente desarrollado en la tira diaria
Los Canillitas (ver reseña del 04/09/12) se convierte en una novelita gráfica
que se puede leer y entender perfectamente sin tener la más puta idea de lo que
sucedía en la tira de Diego Agrimbau y Fernando Baldó. Con las viñetas de Los
Canillitas, se armó una historieta de 85 páginas llamada Dobles, en la que los
autores introducen un elemento de ciencia-ficción muy zarpado en el medio de
una comedia costumbrista muy real, muy cercana al lector.
De pronto, Roberto,
Lechuga y Camila tienen a su disposición durante unas horas a réplicas de sí
mismos, que comparten su aspecto, sus rasgos de personalidad, sus gustos, sus
memorias, todo. La única diferencia –para nada menor en términos del desarrollo
del argumento- es que estas réplicas no caretean, no especulan, no se preocupan
por el qué dirán, no sopesan mucho las consecuencias de sus actos, porque saben
que al día siguiente no van a estar más. Entonces tratan de vivir como viviría
cualquiera de nosotros si le quedara un sólo día de vida por delante. Las
consecuencias (que las habrá, y serán muchas) las tendrán que afrontar los
“originales”, cuyas vidas continuarán cuando ya no estén los dobles.
El atractivo de Dobles
consiste en ver cómo Agrimbau le mete a una historieta costumbrista un giro
inverosímil, pensado para generar enredos y situaciones graciosas, típicas de
comedia, y logra trascender eso para contarnos una historia más compleja, con
fuertes tintes psicológicos. Hay chistes y están buenos, pero si sacáramos –por
ejemplo- todas las escenas de Lechuga, la trama sería más compacta y más
potente, tendrían más impacto todas las cosas que les pasan a Camila y Roberto
a raíz de la entrada en juego de sus dobles. Agrimbau retrata con agudeza la
relación entre estos “amigos que se tienen ganas”, con diálogos y silencios
dignos de la mejor etapa de El Loco Chávez, el gran clásico del costumbrismo
porteño creado en los ´70 por Carlos Trillo y Horacio Altuna. La dinámica entre
una chica piola y decidida y un varón medio nabo suele funcionar muy bien, y en
ese sentido Dobles no es la excepción.
El dibujo de Baldó, acá publicado
bastante más grande que en el diario donde aparecía la tira, gana muchísimo. Se
lucen más los detalles, se disfruta más el afiladísimo lenguaje gestual de los
personajes y por supuesto está mucho mejor impreso el color. Excelente laburo de
Fernando, en un nivel que parece imposible de alcanzar si pensamos que hacía
tres o cuatro de estas viñetas por día.
Y nada más, por ahora.
Sigo avanzando con las lecturas y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas,
acá en el blog.
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Diego Agrimbau,
Fernando Baldó,
Gilbert Hernandez
viernes, 16 de marzo de 2018
PREVIA CON RESEÑAS
Es viernes, la noche está bárbara para salir a atorrantear, y mientras llega la hora mágica en la que abren los boliches, aprovecho para reseñar un par de libritos que leí en estos días.
Empiezo con The Twilight Children, una obra de Beto Hernández tan, pero tan de Beto Hernández, que todo el tiempo sentís presente la impronta gráfica de Beto Hernández, aunque no la dibuje Beto Hernández. Por algún motivo (supongo que comercial), Beto no dibujó The Twilight Children, si no que le entregó el guión y unos bosquejos muy básicos de los personajes a otro genio del Noveno Arte, el malogrado Darwyn Cooke. Cooke dibujó la obra en su inconfundible estilo (de hecho, fue la última historieta que llegó a concluir antes de su prematura muerte), pero de alguna manera es imposible escaparle al influjo de Beto. Esto es como si fueras a ver a The Cure y en vez de Robert Smith apareciera… Eric Clapton, o Peter Frampton. Son guitarristas de la San Puta, cantan bárbaro… pero las canciones de The Cure están pensadas para ser interpretadas por Robert Smith, y se nota mucho. Por momentos sentís que los personajes en realidad están dibujados por Beto, pero usan una máscara, con los rasgos faciales dibujados por Cooke. Es todo muy raro, es como una impostura, no sé… Obvio que Cooke dibuja como los dioses y es genial tener un libro con las últimas 120 páginas que dibujó en su vida… pero esta historieta es tan Beto que la magia de Cooke casi sobra.
La historia en sí (no la quiero spoilear porque es bastante reciente) es totalmente adictiva. Hay un misterio jodido, un montón de personajes fascinantes, historias que se cruzan en un pueblito donde todos se conocen, un clima como de “nada de esto es demasiado serio”, a pesar de que pasan cosas fuertes, y con consecuencias para nada triviales… Beto te tira todas los elementos fantásticos juntos al principio del relato y después juega a naturalizarlos, a incorporarlos a un ámbito real, propicio para el drama o la comedia costumbristas a las que nos acostumbró a los fans de Palomar. Y si hay algo para criticarle, es que el final no aclara minuciosamente todo lo que había para aclarar. Pero es emotivo, impactante y muy bello, o sea que no jode demasiado esa pátina de ambigüedad. Seas fan de Darwyn Dios o de Beto HernanDios, te recomiendo The Twilight Children.
El Sueño de Icaro es la ópera prima de Brebre (Breno Costa), un autor nacido en Brasil y radicado en Buenos Aires. Es una obra extensa, publicada en un libro de 200 páginas… con muchas páginas en blanco, carátulas y boludeces que podrían no estar.
Pero vamos a la historieta en sí. El Sueño de Icaro es un comic autobiográfico que –como su nombre lo sugiere- deja un margen para introducir elementos oníricos, para contar algunos sucesos de la vida real de Brebre tamizados por un cierto vuelo fantástico. Básicamente, se trata de las memorias de este joven soñador y fanático de los comics, desde que nace en Belém (al norte de Brasil, a orillas del río Amazonas), hasta que –una vez instalado en Buenos Aires- descubre el amor de la mano de una chica argentina. El relato es entretenido, hay muchos datos curiosos y copados acerca de la vida en estos pueblos del norte de Brasil, algún coqueteo con el thriller en la escena en la que unos chorros se meten en su casa… y una secuencia muy extraña, en la que el autor/protagonista se convence de que puede volar, se tira de lo más alto de un árbol y termina hecho mierda contra el piso, para luego ser hospitalizado. Es raro porque, si bien Brebre explora a fondo las consecuencias de este hecho, nunca explicita sus causas. ¿Estaba drogado, borracho, loco? Porque lo que se ve en los dibujos (las alas que le salen en la espalda) es una metáfora, no? Difícilmente haya sucedido en la realidad… No terminé de entender por qué carajo pasó todo ese tramo, que casualmente es el que está mejor narrado, el que más me atrapó a la hora de la lectura.
El dibujo está bien, es correcto, con momentos muy lindos, con varios aciertos en el armado de la página y esa sensación de “ternura freak” que le queda bien a un relato de este tipo. Hay cosas para mejorar, obviamente, pero para ser una ópera prima, visualmente El Sueño de Icaro se la re-banca. Espero atentamente el próximo trabajo de Brebre y (puesto a pedir) me gustaría que fuera una obra más corta, más compacta, en la que se dedique a narrar una historia 100% ficticia, más allá de que el tono sea realista o no.
Mientras tanto, sigo avanzando en las lecturas, para volver pronto con nuevas reseñas.
Empiezo con The Twilight Children, una obra de Beto Hernández tan, pero tan de Beto Hernández, que todo el tiempo sentís presente la impronta gráfica de Beto Hernández, aunque no la dibuje Beto Hernández. Por algún motivo (supongo que comercial), Beto no dibujó The Twilight Children, si no que le entregó el guión y unos bosquejos muy básicos de los personajes a otro genio del Noveno Arte, el malogrado Darwyn Cooke. Cooke dibujó la obra en su inconfundible estilo (de hecho, fue la última historieta que llegó a concluir antes de su prematura muerte), pero de alguna manera es imposible escaparle al influjo de Beto. Esto es como si fueras a ver a The Cure y en vez de Robert Smith apareciera… Eric Clapton, o Peter Frampton. Son guitarristas de la San Puta, cantan bárbaro… pero las canciones de The Cure están pensadas para ser interpretadas por Robert Smith, y se nota mucho. Por momentos sentís que los personajes en realidad están dibujados por Beto, pero usan una máscara, con los rasgos faciales dibujados por Cooke. Es todo muy raro, es como una impostura, no sé… Obvio que Cooke dibuja como los dioses y es genial tener un libro con las últimas 120 páginas que dibujó en su vida… pero esta historieta es tan Beto que la magia de Cooke casi sobra.
La historia en sí (no la quiero spoilear porque es bastante reciente) es totalmente adictiva. Hay un misterio jodido, un montón de personajes fascinantes, historias que se cruzan en un pueblito donde todos se conocen, un clima como de “nada de esto es demasiado serio”, a pesar de que pasan cosas fuertes, y con consecuencias para nada triviales… Beto te tira todas los elementos fantásticos juntos al principio del relato y después juega a naturalizarlos, a incorporarlos a un ámbito real, propicio para el drama o la comedia costumbristas a las que nos acostumbró a los fans de Palomar. Y si hay algo para criticarle, es que el final no aclara minuciosamente todo lo que había para aclarar. Pero es emotivo, impactante y muy bello, o sea que no jode demasiado esa pátina de ambigüedad. Seas fan de Darwyn Dios o de Beto HernanDios, te recomiendo The Twilight Children.
El Sueño de Icaro es la ópera prima de Brebre (Breno Costa), un autor nacido en Brasil y radicado en Buenos Aires. Es una obra extensa, publicada en un libro de 200 páginas… con muchas páginas en blanco, carátulas y boludeces que podrían no estar.
Pero vamos a la historieta en sí. El Sueño de Icaro es un comic autobiográfico que –como su nombre lo sugiere- deja un margen para introducir elementos oníricos, para contar algunos sucesos de la vida real de Brebre tamizados por un cierto vuelo fantástico. Básicamente, se trata de las memorias de este joven soñador y fanático de los comics, desde que nace en Belém (al norte de Brasil, a orillas del río Amazonas), hasta que –una vez instalado en Buenos Aires- descubre el amor de la mano de una chica argentina. El relato es entretenido, hay muchos datos curiosos y copados acerca de la vida en estos pueblos del norte de Brasil, algún coqueteo con el thriller en la escena en la que unos chorros se meten en su casa… y una secuencia muy extraña, en la que el autor/protagonista se convence de que puede volar, se tira de lo más alto de un árbol y termina hecho mierda contra el piso, para luego ser hospitalizado. Es raro porque, si bien Brebre explora a fondo las consecuencias de este hecho, nunca explicita sus causas. ¿Estaba drogado, borracho, loco? Porque lo que se ve en los dibujos (las alas que le salen en la espalda) es una metáfora, no? Difícilmente haya sucedido en la realidad… No terminé de entender por qué carajo pasó todo ese tramo, que casualmente es el que está mejor narrado, el que más me atrapó a la hora de la lectura.
El dibujo está bien, es correcto, con momentos muy lindos, con varios aciertos en el armado de la página y esa sensación de “ternura freak” que le queda bien a un relato de este tipo. Hay cosas para mejorar, obviamente, pero para ser una ópera prima, visualmente El Sueño de Icaro se la re-banca. Espero atentamente el próximo trabajo de Brebre y (puesto a pedir) me gustaría que fuera una obra más corta, más compacta, en la que se dedique a narrar una historia 100% ficticia, más allá de que el tono sea realista o no.
Mientras tanto, sigo avanzando en las lecturas, para volver pronto con nuevas reseñas.
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miércoles, 4 de febrero de 2015
04/ 02: GIRL CRAZY
Esta es una obra que Gilbert “Beto” Hernandez terminó en 1996 y dio a conocer en 1997, cuando la serie original de Love & Rockets ya era cosa del pasado y cuando sus fans no nos imaginábamos ni ahí que unos pocos años después podría regresar. El gesto de Beto fue más que elocuente: se pasaba de Fantagraphics a Dark Horse, del formato magazine al comic-book y del drama familiar a la aventura pochoclera, como si quisiera enfatizar de modo contundente que con Girl Crazy empezaba otra historia.
La verdad es que esto es MUY diferente de las historias que Beto nos había presentado en Love & Rockets. Acá hay aventuras, ciencia-ficción, superpoderes y chistes, y las protagonistas son tres chicas de 15 años que –si bien se hacen cargo de que existe una cosa llamada sexualidad- no garchan ni por accidente. Nada que ver con esos dramas suburbanos de gente pobre, repletos de corrupción, corazones rotos y polvos de alta intensidad. Claro que, si miramos por debajo de la superficie, Girl Crazy ofrece bastante más que pochoclo, diversión y minitas con escasa vestimenta. Sobre todo en el último tercio, en las últimas 24 páginas, la historia cobra un espesor dramático muy interesante, con un giro magnífico que tiene que ver con la psiquis de estas tres amiguitas, y con un evento cataclísmico que impondrá un cambio profundo en el extraño mundo que habitan Kitten, Gaby y Maribel. El ritmo de “palo-y-palo” no decae nunca, pero en este tramo final se apagan un poquito las luces de la fiesta y Beto nos ofrece machaca, explosiones, sangre y muertes, en un contexto más maduro, más reflexivo, en el que las consecuencias de lo que sucede son realmente jodidas.
El guión tiene muchísimos hallazgos, desde chistes boludos a escenas de acción tremendas, revelaciones impactantes, roscas impredecibles… Y además tiene ricos condimentos, boludeces que no son centrales para la trama, pero que la hacen más rara, más idiosincrática, más difícil de olvidar (igual yo, que la había leído en el ´97, no me acordaba una goma). Lo más limado es el mundo en el que transcurre la historia, un mundo en el que la IRS (la AFIP de los yankis) tomó el poder y es el organismo rector de la vida (y la muerte) de la gente. Por otro lado, aparecen cuatro locaciones muy extrañas: una ciudad en la que todo está idéntico a como era en los años ´50; un Hollywood destruído, convertido en una especie de jungla urbana con dinosaurios y bichos raros; una ciudad cyberpunk con androides y punks; y una Tijuana futurista, donde todas las chicas tienen pechos enormes y todos se visten como si fuesen miembros de la Legión de Superhéroes. Se nota que Beto se divirtió a lo pavote a la hora de imaginar esos trajes, esas naves, esas armas, esos robots, esos monstruos, todas esas cosas bizarras que tan bien decoran al argumento.
El dibujo también, destila pasión y talento por donde se lo mire. Además de todo ese plus que le puso Beto al diseño de trajes, objetos y locaciones, tenemos seis o siete personajes importantes, todos con unos diseños brillantes, originales, potentes. En las chicas se ve claramente esa obsesión cuasi-enfermiza de Beto por la belleza femenina y un gran cuidado para darle a cada una rasgos físicos muy distintos, que tienen que ver con la personalidad de cada una de ellas. Beto es un pajero jugando al límite: no se puede ir a la mierda con escenas muy hot porque aclara de entrada que las chicas son menores, y por otro lado alcanza con mirar… cuatro páginas para darse cuenta de que Girl Crazy no es un comic “para todas las edades”, sino que juega con códigos del género superheroico, la ciencia-ficción y el cine bizarro que sólo los grandes pueden interpretar. Y bueno, como siempre, tenemos composiciones perfectas, un claroscuro logradísimo y un festival de texturas y tramas logradas a mano, con una técnica (y una paciencia) que te pone los pelos de punta. La magia del plumín de Gilbert acá brilla en todo su esplendor, sin nada que envidiarle a sus mejores trabajos.
Si sos fan de Beto Hernandez y pasaste por alto Girl Crazy porque no engancha ni por puta con ninguna de sus obras más conocidas, dale una posibilidad, que está buenísima, sobre todo al final. Y al revés, si curtís una onda más superheroica o más aventurera y nunca te acercaste a la obra de este monstruo porque no te atraían las temáticas, acá vas a encontrar un relato muy redondito, muy accesible, con todos los elementos que te pueden atrapar en una historia de ficción bien loca y bien power. Y excelentes personajes. Y excelentes dibujos. Y el sello de calidad siempre altísima de uno de los más grandes narradores del Noveno Arte.
La verdad es que esto es MUY diferente de las historias que Beto nos había presentado en Love & Rockets. Acá hay aventuras, ciencia-ficción, superpoderes y chistes, y las protagonistas son tres chicas de 15 años que –si bien se hacen cargo de que existe una cosa llamada sexualidad- no garchan ni por accidente. Nada que ver con esos dramas suburbanos de gente pobre, repletos de corrupción, corazones rotos y polvos de alta intensidad. Claro que, si miramos por debajo de la superficie, Girl Crazy ofrece bastante más que pochoclo, diversión y minitas con escasa vestimenta. Sobre todo en el último tercio, en las últimas 24 páginas, la historia cobra un espesor dramático muy interesante, con un giro magnífico que tiene que ver con la psiquis de estas tres amiguitas, y con un evento cataclísmico que impondrá un cambio profundo en el extraño mundo que habitan Kitten, Gaby y Maribel. El ritmo de “palo-y-palo” no decae nunca, pero en este tramo final se apagan un poquito las luces de la fiesta y Beto nos ofrece machaca, explosiones, sangre y muertes, en un contexto más maduro, más reflexivo, en el que las consecuencias de lo que sucede son realmente jodidas.
El guión tiene muchísimos hallazgos, desde chistes boludos a escenas de acción tremendas, revelaciones impactantes, roscas impredecibles… Y además tiene ricos condimentos, boludeces que no son centrales para la trama, pero que la hacen más rara, más idiosincrática, más difícil de olvidar (igual yo, que la había leído en el ´97, no me acordaba una goma). Lo más limado es el mundo en el que transcurre la historia, un mundo en el que la IRS (la AFIP de los yankis) tomó el poder y es el organismo rector de la vida (y la muerte) de la gente. Por otro lado, aparecen cuatro locaciones muy extrañas: una ciudad en la que todo está idéntico a como era en los años ´50; un Hollywood destruído, convertido en una especie de jungla urbana con dinosaurios y bichos raros; una ciudad cyberpunk con androides y punks; y una Tijuana futurista, donde todas las chicas tienen pechos enormes y todos se visten como si fuesen miembros de la Legión de Superhéroes. Se nota que Beto se divirtió a lo pavote a la hora de imaginar esos trajes, esas naves, esas armas, esos robots, esos monstruos, todas esas cosas bizarras que tan bien decoran al argumento.
El dibujo también, destila pasión y talento por donde se lo mire. Además de todo ese plus que le puso Beto al diseño de trajes, objetos y locaciones, tenemos seis o siete personajes importantes, todos con unos diseños brillantes, originales, potentes. En las chicas se ve claramente esa obsesión cuasi-enfermiza de Beto por la belleza femenina y un gran cuidado para darle a cada una rasgos físicos muy distintos, que tienen que ver con la personalidad de cada una de ellas. Beto es un pajero jugando al límite: no se puede ir a la mierda con escenas muy hot porque aclara de entrada que las chicas son menores, y por otro lado alcanza con mirar… cuatro páginas para darse cuenta de que Girl Crazy no es un comic “para todas las edades”, sino que juega con códigos del género superheroico, la ciencia-ficción y el cine bizarro que sólo los grandes pueden interpretar. Y bueno, como siempre, tenemos composiciones perfectas, un claroscuro logradísimo y un festival de texturas y tramas logradas a mano, con una técnica (y una paciencia) que te pone los pelos de punta. La magia del plumín de Gilbert acá brilla en todo su esplendor, sin nada que envidiarle a sus mejores trabajos.
Si sos fan de Beto Hernandez y pasaste por alto Girl Crazy porque no engancha ni por puta con ninguna de sus obras más conocidas, dale una posibilidad, que está buenísima, sobre todo al final. Y al revés, si curtís una onda más superheroica o más aventurera y nunca te acercaste a la obra de este monstruo porque no te atraían las temáticas, acá vas a encontrar un relato muy redondito, muy accesible, con todos los elementos que te pueden atrapar en una historia de ficción bien loca y bien power. Y excelentes personajes. Y excelentes dibujos. Y el sello de calidad siempre altísima de uno de los más grandes narradores del Noveno Arte.
martes, 13 de agosto de 2013
13/ 08: CHANCE IN HELL
Hacete un favor: No mires más esa portada horrenda de Rick Altergott. No sólo el dibujo es del montón, a años luz de lo que dibuja adentro Gilbert Hernandez. También manda fruta, no refleja para nada la onda de la novela gráfica, ni lo que sucede en la misma. Tampoco entres en la trampa de “la tengo que tener porque aparece Fritz”. Sí, esta es una de las 23 películas de bajo presupuesto en las que actúa la hermana de Luba. Pero podría no estar y la historia sería exactamente la misma. De hecho, el personaje de Fritz (una prostituta latina) tiene UN SOLO parlamento en toda la novela.
Los méritos de Chance in Hell pasan por otro lado. Estamos ante una obra muy jodida, muy sórdida, con mínimos toques de irrealidad, en un contexto bastante factible. Más que a las otras obras de Beto, Chance in Hell se parece mucho a los gekigas más oscuros y más macabros de Osamu Tezuka, esas joyitas setentosas en las que el Dios del Manga combinaba tramas de thriller con profundas indagaciones en la psiquis de un elenco de personajes en el que se complicaba encontrar al “bueno”. Acá todo gira en torno a Empress, una chica crecida en un entorno de extrema pobreza, un basural habitado por cuasi-salvajes que matan sin reparos por un poco de comida y violan a cualquier cosa que tenga orificios en su cuerpo. Beto nos invita a ver crecer a Empress hasta convertirse en un personaje de infrecuente complejidad, rodeada de un halo de misterio y fatalidad que será clave en el desarrollo de la novela.
Entre escenas mudas y escenas repletas de diálogos brillantes, Chance in Hell amaga con avanzar a ritmo tranqui, con el ritmo típico de las aventuras de Beto ambientadas en Palomar. Sin embargo, tiene varios momentos en los que estalla una violencia repentina, irracional, de tremendas consecuencias para los personajes involucrados. Y en el medio, siempre flota la misma pregunta: “¿Qué le pasa por la cabeza a Empress?”. Ese es el enigma que ningún personaje logra resolver, en parte porque están todos ocupados tratando de sobrevivir, o de sacudir la modorra de sus vidas chatas y patéticas. Para el experto en poesía el escape será el sadomasoquismo, para el abogado será el gesto heroico frente a las arenas movedizas y para los indigentes cuasi-salvajes el escape no llegará nunca. Beto les tiene reservado a todos un final absolutamente shockeante, que nunca te ves venir, y ese es otro de los grandes méritos de esta novela, cuyo guión logra encerrar misterios muy elaborados, sin hacerse críptico ni incomprensible.
El dibujo, por su parte, no presenta mayores sorpresas. Si leíste bastante a Beto Hernández, nada de lo que veas en Chance in Hell te va a asombrar. Por ahí vas a ver viñetas más grandes que en otras obras del ídolo, porque este es su primer trabajo pensado para editarse en formato pequeño (“formato manga”, le dice Beto) y quería sacarle jugo a la posibilidad de dibujar menos cuadros por página. El resto, ofrece el mismo combo perfecto de siempre, con ese dominio alucinante del plumín, el rotring y el pincel, ese manejo inigualable del lenguaje corporal, y la narrativa de Beto, siempre novedosa y siempre cristalina, que acá juega sobre todo con las transiciones en el último tramo de la novela.
Si te bancás una historieta sombría, densa, por momentos agobiante, en Chance in Hell te esperan una protagonista interesantísima, muy buenos personajes secundarios y una trama de corrupción, violencia y perversión, atravesada sobre todo por la incomprensión, por la imposibilidad de cada personaje de ponerse un segundo en el lugar del otro. Esta falta total de empatía, esta alienación, incluso la exclusión social que aparece con virulencia en el primer tramo de la novela, son la materia prima con la que Beto Hernández construye una obra por momentos perturbadora, pero definitivamente satisfactoria. Muy recomendable para todos los fans del gekiga, o de la historieta realmente adulta.
Los méritos de Chance in Hell pasan por otro lado. Estamos ante una obra muy jodida, muy sórdida, con mínimos toques de irrealidad, en un contexto bastante factible. Más que a las otras obras de Beto, Chance in Hell se parece mucho a los gekigas más oscuros y más macabros de Osamu Tezuka, esas joyitas setentosas en las que el Dios del Manga combinaba tramas de thriller con profundas indagaciones en la psiquis de un elenco de personajes en el que se complicaba encontrar al “bueno”. Acá todo gira en torno a Empress, una chica crecida en un entorno de extrema pobreza, un basural habitado por cuasi-salvajes que matan sin reparos por un poco de comida y violan a cualquier cosa que tenga orificios en su cuerpo. Beto nos invita a ver crecer a Empress hasta convertirse en un personaje de infrecuente complejidad, rodeada de un halo de misterio y fatalidad que será clave en el desarrollo de la novela.
Entre escenas mudas y escenas repletas de diálogos brillantes, Chance in Hell amaga con avanzar a ritmo tranqui, con el ritmo típico de las aventuras de Beto ambientadas en Palomar. Sin embargo, tiene varios momentos en los que estalla una violencia repentina, irracional, de tremendas consecuencias para los personajes involucrados. Y en el medio, siempre flota la misma pregunta: “¿Qué le pasa por la cabeza a Empress?”. Ese es el enigma que ningún personaje logra resolver, en parte porque están todos ocupados tratando de sobrevivir, o de sacudir la modorra de sus vidas chatas y patéticas. Para el experto en poesía el escape será el sadomasoquismo, para el abogado será el gesto heroico frente a las arenas movedizas y para los indigentes cuasi-salvajes el escape no llegará nunca. Beto les tiene reservado a todos un final absolutamente shockeante, que nunca te ves venir, y ese es otro de los grandes méritos de esta novela, cuyo guión logra encerrar misterios muy elaborados, sin hacerse críptico ni incomprensible.
El dibujo, por su parte, no presenta mayores sorpresas. Si leíste bastante a Beto Hernández, nada de lo que veas en Chance in Hell te va a asombrar. Por ahí vas a ver viñetas más grandes que en otras obras del ídolo, porque este es su primer trabajo pensado para editarse en formato pequeño (“formato manga”, le dice Beto) y quería sacarle jugo a la posibilidad de dibujar menos cuadros por página. El resto, ofrece el mismo combo perfecto de siempre, con ese dominio alucinante del plumín, el rotring y el pincel, ese manejo inigualable del lenguaje corporal, y la narrativa de Beto, siempre novedosa y siempre cristalina, que acá juega sobre todo con las transiciones en el último tramo de la novela.
Si te bancás una historieta sombría, densa, por momentos agobiante, en Chance in Hell te esperan una protagonista interesantísima, muy buenos personajes secundarios y una trama de corrupción, violencia y perversión, atravesada sobre todo por la incomprensión, por la imposibilidad de cada personaje de ponerse un segundo en el lugar del otro. Esta falta total de empatía, esta alienación, incluso la exclusión social que aparece con virulencia en el primer tramo de la novela, son la materia prima con la que Beto Hernández construye una obra por momentos perturbadora, pero definitivamente satisfactoria. Muy recomendable para todos los fans del gekiga, o de la historieta realmente adulta.
miércoles, 27 de marzo de 2013
27/ 03: THE ADVENTURES OF VENUS
Allá por fines de los ´90, en el paréntesis entre la primera y la segunda etapa de Love & Rockets, al maestro Gilbert “Beto” Hernández se le ocurrió coordinar una antología de historietas aptas para todo público en la que la estrella sería Venus Martínez, la hija pre-adolescente de Petra y- por consiguiente- nieta de Luba y sobrina de Fritz. Las historietas que componen este tomo salieron en esos ocho números de Measles (que así se llamaba la revista) mezcladas con breves historias de Jaime Hernández, Rick Altergott, Peter Bagge, Jim Woodring y Lewis Trondheim, entre otros habituales colaboradores de Fantagraphics. Y como es costumbre en esa editorial, para la reedición en libro Beto agregó una historieta nueva, inédita hasta hace muy poquito. O sea que si hacés guita los numeritos de Measles para comprarte el libro te perdés las historietas de los artistas invitados y si te quedás con las revistas te perdés la historia extra de Venus. Para hacerla más bizarra, la reedición no es en formato comic-book, sino que cada página de este libro (en formato tipo Macanudo de Ediciones de la Flor, con innecesarias tapas duras) equivale a media página de las aparecidas en Measles, ahora publicadas un cachito más grandes.
Disparates editoriales aparte, el libro está bueno para ver a Beto hacer cosas que rara vez hace en sus otras obras, esas llenas de tragedias, sordidez y delirios dignos de David Lynch. Las historias de Venus, además de cortitas, son clarísimas en todos los sentidos. En el de su fácil comprensión (están perfectamente pensadas para nenas de 10 años) y en su grafismo, en el que Beto se controla muchísimo para meter muy pocas masas negras, dosis moderadas de rayitas finitas de pincel, y muchos espacios blancos. Aún así, con menos elementos de los habituales en cada viñeta y con una grilla fija de cuatro cuadros por página, el ídolo se las ingenia para presentar páginas bien equilibradas, composiciones de cuadro hermosas (sobre todo en las viñetas con las que abre cada historieta) y una narrativa sin fisuras, que fluye a la perfección. Sólo la anteúltima historieta, que narra un sueño muy raro de Venus, se pasa un poquito de crípitica y pela imágenes de esas que nos encantan a los que leemos a Beto hace mil años, pero que deben resultarle bastante alienígenas a los lectores ocasionales, sobre todo si son chicos.
El resto, es tranqui, familiar, divertido. A la musculosa Petra y a la tetona Fritz no se las empoma nadie, ningún chico padece enfermedades degenerativas y no hay bajada de línea sobre la explotación de los pobres, la miseria y la injusticia. Los conflictos son chiquitos, pequeñas escenas de celos entre Venus y su amiguita-rival Glinda González, algún coqueteo de ambas con los chicos más lindos de la clase. Lo más intenso, donde aparece un mínimo atisbo de violencia, es un partido de futbol en el que Venus y Glinda juegan para equipos distintos. Y después, todo es mucho más suave, repleto de situaciones de comedia, con secuencias que nos invitan a pasear por los sueños, fantasías y travesuras de una típica nena de 10 años, hasta llegar a un episodio (casi indignante para los fans del Beto Hernández áspero, perverso y malalechístico) en el que Venus aprende que la Navidad tiene un montón de cosas más importantes que la nieve.
O sea que si a vos lo que te gusta de este autor son sus climas más oscuros, ese halo de perversión medio freak, o esa forma cruda y frontal de mostrar el sufrimiento de los que menos tienen, esto no creo que te cause demasiada gracia. Si te hiciste muy adicto a Fritz y Petra, acá las vas a ver en roles que se parecen poco a los que juegan en otros trabajos de Beto. Y si sos incondicional de este genio, lo vas a ver muy enchufado, cebado por la posibilidad de crear una atmósfera distinta, con toques de humor limpito y efectivo, y con un dibujo con poquísimo que envidiarle al de sus mejores obras. Papita rara, fina, y con la que además de divertirte un rato, podés llegar a traer al lado oscuro de la Fuerza a nenes y nenas que no tienen idea de lo infinitamente grosso que es Beto Hernández.
Disparates editoriales aparte, el libro está bueno para ver a Beto hacer cosas que rara vez hace en sus otras obras, esas llenas de tragedias, sordidez y delirios dignos de David Lynch. Las historias de Venus, además de cortitas, son clarísimas en todos los sentidos. En el de su fácil comprensión (están perfectamente pensadas para nenas de 10 años) y en su grafismo, en el que Beto se controla muchísimo para meter muy pocas masas negras, dosis moderadas de rayitas finitas de pincel, y muchos espacios blancos. Aún así, con menos elementos de los habituales en cada viñeta y con una grilla fija de cuatro cuadros por página, el ídolo se las ingenia para presentar páginas bien equilibradas, composiciones de cuadro hermosas (sobre todo en las viñetas con las que abre cada historieta) y una narrativa sin fisuras, que fluye a la perfección. Sólo la anteúltima historieta, que narra un sueño muy raro de Venus, se pasa un poquito de crípitica y pela imágenes de esas que nos encantan a los que leemos a Beto hace mil años, pero que deben resultarle bastante alienígenas a los lectores ocasionales, sobre todo si son chicos.
El resto, es tranqui, familiar, divertido. A la musculosa Petra y a la tetona Fritz no se las empoma nadie, ningún chico padece enfermedades degenerativas y no hay bajada de línea sobre la explotación de los pobres, la miseria y la injusticia. Los conflictos son chiquitos, pequeñas escenas de celos entre Venus y su amiguita-rival Glinda González, algún coqueteo de ambas con los chicos más lindos de la clase. Lo más intenso, donde aparece un mínimo atisbo de violencia, es un partido de futbol en el que Venus y Glinda juegan para equipos distintos. Y después, todo es mucho más suave, repleto de situaciones de comedia, con secuencias que nos invitan a pasear por los sueños, fantasías y travesuras de una típica nena de 10 años, hasta llegar a un episodio (casi indignante para los fans del Beto Hernández áspero, perverso y malalechístico) en el que Venus aprende que la Navidad tiene un montón de cosas más importantes que la nieve.
O sea que si a vos lo que te gusta de este autor son sus climas más oscuros, ese halo de perversión medio freak, o esa forma cruda y frontal de mostrar el sufrimiento de los que menos tienen, esto no creo que te cause demasiada gracia. Si te hiciste muy adicto a Fritz y Petra, acá las vas a ver en roles que se parecen poco a los que juegan en otros trabajos de Beto. Y si sos incondicional de este genio, lo vas a ver muy enchufado, cebado por la posibilidad de crear una atmósfera distinta, con toques de humor limpito y efectivo, y con un dibujo con poquísimo que envidiarle al de sus mejores obras. Papita rara, fina, y con la que además de divertirte un rato, podés llegar a traer al lado oscuro de la Fuerza a nenes y nenas que no tienen idea de lo infinitamente grosso que es Beto Hernández.
domingo, 6 de noviembre de 2011
06/ 11: CITIZEN REX

En general, cuando se habla de “los Hermanos Hernández” se habla de Beto y Jaime, y muchas veces se los menciona así, en un combo, como si la obra de ambos fuera muy similar, o incluso la misma. Lo cual es un error grosero, porque Beto y Jaime crearon una sóla historieta en conjunto (The Return of Mr. X) y estilísticamente no se parecen demasiado. Pero hete aquí que Citizen Rex ES una obra de los Hermanos Hernández, porque acá Beto dibuja un guión de su hermano Mario, el menos conocido de los Hernández, el de menos trayectoria en el mundo del comic.
Este es, lejos, el mejor trabajo de Mario Hernández. El guión de Citizen Rex es complejo, casi rocambolesco, repleto de elementos inquietantes, de personajes bien definidos, de conflictos que emergen a través del velo de la conspiración. Cuando faltan 30 páginas para el final, empezás a suponer que no hay forma de que tantas puntas, tantos personajes y toda la acumulación de hechos y revelaciones impactantes logre converger en algo así como un final satisfactorio. Y Mario te cierra el orto con clase y categoría, como si escribiera una novela gráfica por semana. El final no renuncia al clima de misterio ni de bizarreada, pero explica y abrocha absolutamente todo de modo potente, intachable, hasta con cierto vuelo poético.
En el medio, Mario nos brinda una muy buena dosis de acción, mínimos chispazos de romance, bastante runfla política y la chispa para el debate acerca de qué significa ser humano y qué significa el heroismo. También hay sutiles bajadas de línea acerca de los ricos y poderosos, su frivolidad, su culto a la apariencia y la relación entre el mundo empresarial, el periodístico y el mafioso. Todo eso en un comic de ciencia-ficción, en una ciudad futurista poblada de robots y autos que vuelan. Mario se basa muchísimo en estos elementos futuristas pero también los usa para hablar de nosotros, no sólo para que la historieta sea más flashera o más bizarra. Y por si todo eso fuera poco, mete algunos diálogos realmente grossos, casi siempre en boca del protagonista, Sergio “Bloggo” Bauntin. O sea que estamos frente a un thriller de sci-fi muy intenso, con mucho ritmo, tiros, explosiones y peleas, y a la vez con un montón de toques más finolis, más ricos para el análisis.
Al frente de la faz gráfica se puso Gilberto (Beto, para los amigos), el más prolífico de los Hernández, un verdadero especialista tanto en historias profundas como en historias bizarras, de climas enrarecidos. Cuando reseñamos Speak of the Devil (3/4/2011) decíamos que probablemente fuera la obra de Beto con más acción y más violencia. Bueno, olvidate. Al lado de Citizen Rex, Speak of the Devil es una película de Ingmar Bergman. Y Beto, que nunca se especializó en la machaca, se desafía a sí mismo, con resultados no siempre favorables. A veces, su trazo grueso y su figura humana más pensada para las secuencias estáticas que para la acción se combinan para crear movimientos un poco toscos, un poco precarios. Por supuesto, Beto la rema con su inusual dominio del claroscuro y sus crosshatchings alucinantes, sus cielos, sus paisajes urbanos, sus trajes, todas esas cosas en las que la rompe siempre, más allá de la temática y la ambientación. Los personajes de Beto son recontra-expresivos y su narrativa, a prueba de balas (y rayos laser). O sea que, sin darnos su mejor trabajo, el creador de Luba sale bien parado de una verdadera ordalía.
Y mientras repasaba algunas secuencias de Citizen Rex para escribir la reseña, tuve un nirvana comiquero, o como diría Kick-Ass, un nerdgasmo: me imaginé esta historieta dibujada por Yves Chaland, con la estética que utilizó en su comedia futurista, Adolphus Claar. Ya sé, es imposible porque Chaland murió hace más de 20 años. Pero si leíste Citizen Rex por ahí coincidís conmigo en que sería una gloria absoluta. Si no lo leíste, dale una oportunidad. Está publicado en castellano por La Cúpula, si te da paja leerlo en inglés.
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domingo, 3 de abril de 2011
03/ 04: SPEAK OF THE DEVIL

Si nunca la leíste, buscá ya la reseña de The Troublemakers que publiqué en el blog el 15 de Septiembre de 2010 y leela.
¿Ya está? Bueno, Speak of the Devil es el trabajo de Beto Hernández que apareció justo antes de The Troublemakers, no en Fantagraphics, sino en Dark Horse, con dos consecuencias importantes: 1) en vez de salir directamente como novela gráfica, se serializó primero en seis comic-books. 2) el voltaje sexual de la obra está des-enfatizado. O sea, los garches están, pero no se ve nada demasiado gráfico. Lo cual es medio choto, porque los personajes están muy concientes de su sexualidad, hablan mucho del tema, y cuando la temperatura sube y todo lo que se habla se concreta en los hechos, las imágenes se limitan a sugerir. El cuidado de Beto por no explicitar el contenido “adulto” del material llega incluso al lenguaje: en ningún momento nadie dice la palabra “fuck”, que sí aparece a menudo en los trabajos de Beto para Fantagraphics y Vertigo.
¿A qué viene la referencia obligada a The Troublemakers? A que Speak of the Devil también se trata de una de las películas que filmó Fritz Herrera (una de las protagonistas de la extensa saga de Luba, obra maestra del autor) en su carrera como actriz de cine berreta (un enfermo –en realidad, un capo absoluto- las contó y encontró en los comics de Beto referencias a 22 películas en las que actúa Fritz). Hernández recupera acá el recurso (creado en Chance in Hell, que nunca leí) de contar una historia totalmente autoconclusiva y para nada vinculada a la saga de Luba, pero con el gancho para el lector “de siempre” que significa tener a Fritz en el elenco. Como en las otras “películas” de Beto, Fritz no hace de Fritz y ni siquiera es zezeoza. Acá la tetona hija de Luba aparece en la piel de Linda, la joven y sexy madrastra de Valentina Castillo, que es la verdadera protagonista de la historia.
Y la historia es, sin duda, una de las más logradas en la carrera post-Love & Rockets de Hernández, con una diferencia fundamental respecto de todas las demás: acá no hay ambigüedad que valga. No quedan dudas respecto de nada, no hay saltos davidlyncheanos en la realidad, no hay elementos sobrenaturales, no hay que leerla más de una vez para deducir qué carajo pasa. Speak of the Devil va para adelante, te mete en la historia desde el vamos y te lleva a vibrar en una montaña rusa de emociones y sacudones terriblemente violentos, hasta llegar a un final impredecible, fuerte, y también muy coherente. Acá, en vez de esforzarte por entender qué pasa o por qué, te esforzás por especular con qué va a pasar, cómo se va a resolver esta trama que empieza chiquita, tranqui, como una travesura suburbana, y termina en un macabro festival de asesinatos, secretos, traiciones y sangre, muchísima sangre.
Posta, Speak of the Devil es un comic sumamente perturbador. Hay que tener el cerebro muy podrido para que se te ocurra un guión como este. Y hay que tener un talento inigualable para plasmarlo en el papel como lo hace Hernández. Con su habitual cancha para la narrativa, el hermano de Jaime nos agarra de las narices en las primeras viñetas y no nos suelta hasta el final. Las transiciones entre secuencias están perfectas, los cambios de ritmo, la elección de los ángulos para cada toma (pensados para maximizar el impacto de lo que se nos está mostrando), las secuencias mudas, los cuadros en los que no pasa nada y nos colgamos con imágenes de la luna, las nubes o la sangre… No hay películas así de bien contadas, me parece. Entre la violencia propia de la trama y el detalle no menor de que dos de las protagonistas son gimnastas, acá Beto dibuja mucha más acción, muchos más cuerpos en movimiento que en sus otros trabajos, en los que suele predominar el diálogo y el ritmo más pachorro. Y la verdad es que en ese rubro también descolla: Las acrobacias de Val y Patty están logradísimas y la patada en la cabeza que le encaja Val a… alguien en la página 115 todavía resuena en mi mente.
Esta vez, Hernández se despachó con una novela gráfica difícil, no por la excesiva complejidad o por la proliferación de detalles medio crípticos, sino por lo jodido, lo sórdido y lo escabroso que le toca presenciar (y hacer) a los personajes. Si te la bancás, no lo dudes: Speak of the Devil es un comic malignamente genial.
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miércoles, 15 de septiembre de 2010
15/ 09: THE TROUBLEMAKERS

Como era lógico, en algún punto de su carrera el maestro Gilbert “Beto” Hernández iba a querer contar historias que no tuvieran un carajo que ver con Palomar, ni con Luba, ni con nada de lo que venía desarrollando desde principios de los ´80 en Love & Rockets. Lo primero que hizo en ese sentido fue una saga en la revista L&R, también llamada Love & Rockets, que tuvo una recepción tibia, a pesar de su gran calidad. Su historieta recontra-porno, Birdland, también agarra para otro lado, pero las protagonista son Petra y Fritz, las hijas de Luba. Sus dos novelas gráficas en Vertigo combinaron originalidad y repercusión: Grip, y sobre todo Sloth, son dos joyas en la obra de Beto, sin nada que las vincule a su saga troncal. Pero durante su paso por Dark Horse, se le ocurrió una idea brillante: convirtió a Fritz en estrella de cine y ahora (de vuelta en Fantagraphics) nos cuenta historias que “adaptan al comic” las películas berretas en las que actúa Fritz. Esto le permite zarparse con otras temáticas y a la vez contar con los lectores que siguen a Fritz desde su infancia y a los que no les jode ver a la zezeoza de los senos monumentales en otros roles, totalmente distintos al que tenía en las sagas relacionadas con Luba y su familia.
The Troublemakers es una de esas pelis clase B en las que actúa Fritz, por supuesto sin zezear (se le escapa un sólo “yeth”). Es una historia de múltiples traiciones, al estilo Nueve Reinas, donde todos desconfían de todos y todos rosquean con todos, en busca de ese resquicio por donde meter la mano y cagarlos a todos. Fritz actúa en el rol de Nala, una chica que trabaja de ilusionista en un espectáculo de magia, pero que –en un giro típicamente Beto Hernández- por momentos hace magia de verdad. Vive un triángulo amoroso/ comercial/ tramposo con Wes, un chico mucho más joven que ella que quiere ser cantante de rock y supuestamente tiene contactos con mafiosos grossos, y con Dewey, un tipo mayor, otro malviviente que supuestamente se quedó con 200 lucas de un trabajo sucio. En el medio se mete Vincene, una zorrita astuta y sin escrúpulos, que también anda al acecho de una víctima a la que esquilmar.
Pero lo que podría ser una peli de Quentin Tarantino (de hecho, por momentos se le parece mucho), en algún momento derrapa hacia una peli de David Lynch. Aparecen elementos que no tienen ninguna explicación, obsesiones (como la de Wes por el talismán) y bizarreadas muy traídas de los pelos (como el destino de las siete balas perdidas en un tiroteo/ forcejeo). La impronta autoral de Beto le gana la pulseada a las convenciones del género y The Troublemakers termina siendo (como Grip y Sloth) un comic raro, experimental, donde la trama –que hasta cierto punto es vibrante, intensa, atrapante- sobre el final se desdibuja y nos deja con más dudas que certezas acerca de lo que realmente sucedió. Lo cual no está mal, para nada, porque Beto le saca un jugo alucinante a la ambigüedad e incluso a la incertidumbre que producen esos volantazos en el guión.
Del dibujo de Beto no hace falta hablar demasiado. Como siempre, combina personajes simples, casi icónicos, con fondos y paisajes muy trabajados y sorprende con su increíble equilibrio entre masas negras y espacios blancos. Los cortes, las pausas, el ritmo, eso Beto lo maneja de taquito desde siempre, no hay nada nuevo para descubrir. Lo que sí es nuevo es el efecto cine: como lo que estamos leyendo supuestamente es una película, Beto plantea para toda la novela gráfica una grilla de cuatro viñetas horizontales que se repite en las 120 páginas que dura la historia, un auténtico desafío para un genio de la narrativa visual.
Difícilmente The Troublemakers quede en la historia como uno de los trabajos definitivos de Gilbert Hernández. Pero es una muy buena historia de chamuyeros, cafishios, estafadores, traidores y ladrones, salpicada con violencia, sexo, elementos sobrenaturales, excelentes diálogos y los dibujos de un maestro que subió al Olimpo hace casi 30 años y jamás bajó. Si nunca leíste a Beto, la podés disfrutar como una saga 100% autoconclusiva, sin siquiera notar que la tetona de la piel paliducha no es Nala, sino Fritz Herrera, una de las hijas de Luba, haciendo de Nala.
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