el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 6 de diciembre de 2025

SÁBADO CALUROSO

Dos reseñas (supongo que cortitas) para esta calurosa tarde de sábado. En 1982 salió el Vol.14 de los álbumes que recopilaban las historietas de Gaston Lagaffe, el famoso personaje creado por André Franquin, que solía aparecer todas las semanas en la revista Spirou. Casi siempre ocupaba una página completa, de vez en cuando dos, y de vez en cuando media. Pero Gaston siempre estaba. Este álbum rescata más de 40 planchas de aquella época y son muchas. Quiero decir: el humor de Gaston Lagaffe se disfruta mucho más en dosis más pequeñas. Una historieta por semana, dos a lo sumo. Leer cuarenta y pico de un saque les quita un poco de gracia y se hace inverosímil que ninguna de sus víctimas tome la decisión de echarlo a patadas en el orto de esa oficina (que, en un hábil juego meta, es la redacción de la revista Spirou) en la que no para de mandarse cagadas, causar desastres y apolillar en horario laboral. En esta etapa, Franquin había desarrollado un segundo escenario para las tropelías de Gaston: la calle, donde quien sufre las calamidades causadas por este energúmeno es un policía llamado Longtarin. Nunca llegamos a ponernos del lado del policía, porque Franquin nos deja en claro que no tiene buenas intenciones: su objetivo es encajarle multas a los autos (o a sus dueños) a como dé lugar, incumplan o no las normas. Y obviamente su enfrentamiento con la creatividad destructiva de Gaston va a terminar en derrota para el agente... una y otra, y otra vez. En este tramo de la serie hay un elemento recurrente, que se vuelve fundamental en el eterno combate entre Gaston y Longtarin: los parquímetros. Supongo que habrá coincidido con la época en la que, en la Bruselas del mundo real, a alguien se le ocurrió llenar las calles de parquímetros. El maestro Franquin imagina una cantidad infinita de variaciones sobre el tema "chistes con parquímetros" y unos cuantos son brillantes. Ni hace falta decir que, muy por encima de la gracia (mucha o poca) que nos causen los chistes, resalta el dibujo de Franquin y su descomunal talento para la narrativa. Imitado hasta el hartazgo por decenas de dibujantes, a principios de los ´80 Franquin estaba en un nivel formidable, afianzadísimo en su estilo hiperkinético, muy canchero para trabajar con la mancha negra (línea clara, las pelotas) y para sobrecargar la viñeta con líneas y detalles de todo tipo sin obstaculizar para nada la fluidez y el vértigo de las historias. Nunca es suficiente la cantidad de historietas de Franquin que uno quiere leer y atesorar. En el caso de Gaston Lagaffe (conocido en España como Tomás Elgafe) no recomiendo bajarse todo el álbum de un saque, sino dosificarlo para el impacto humorístico sea mayor. Si nunca leiste nada del glorioso André Franquin, cualquier álbum de Gaston es un buen punto para empezar.
Encontré en la pila de los pendientes otro libro publicado en Argentina en 2024, pero este es un manga: Ciudad de Tumbas, un masacote de 408 páginas con 11 historietas autoconclusivas de Junji Ito, sin ninguna relación entre sí, más allá de la temática de misterio sobrenatural con terror y asquerosidades. Nada, más de lo mismo. Dibujos espectaculares, imágenes escalofriantes, un nivel de detalle inhumano en paisajes, escenografías y criaturas fantásticas, con guiones MUY desparejos, muchos de los cuales hacen "la Gran Mariana Enríquez" (es decir, plantean un conflicto, pero no lo resuelven). Hay historias mejores y peores, algunas que te enganchan desde la primera página y se desinflan en el final, otras que arrancan tranqui y explotan en el final, algunas muy atrapantes de punta a punta (como "Las estatuas de bronce") y otras chotísimas de punta a punta (como las 50 páginas de "Materia flotante"). Y rarezas como "El Misterio del túnel", en la que Ito te mete... cuatro plots distintos, que transcurren en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero no resuelve ninguno de manera satisfactoria. Un desperdicio de ideas, que podría haber dosificado (y desarrollado mejor) a lo largo de distintas historietas. Como suele suceder en las historias "cortas" del ídolo, los personajes se parecen bastante entre sí, no hay grandes hallazgos en materia de caracterización, ni siquiera en los relatos de 50 páginas. Aún así los diálogos son entretenidos (bien ahí la traducción de Martín Parle) y -salvo algún que otro clavo- las historias son llevaderas, en parte gracias al formato corto (varias historias tienen 32 páginas o menos). Obviamente para el que compra manga por los dibujos, Ciudad de Tumbas es imprescindible. Para los fans del buen comic de terror y misterio, se me ocurren opciones mejores. Nada más, por hoy. Vuelvo a la Comiqueando Digital, que está quedando un kilo y dos pancitos. Gracias y hasta pronto.

sábado, 12 de octubre de 2024

EL CAMINO DE VUELTA

Bueno, creo que batí mi propio record. Estuve más de tres semanas, en una de esas 25 días, sin leer ni una sola historieta. Fueron días en los que leí solo literatura y textos sobre historieta, pero cero narrativa secuencial. En contrapartida, compré un montón de material, que andá a saber cuándo podré leer. Y no fue fácil retomar la lectura, costó (de nuevo) encontrar el tiempo. Volví con un libro de muy fácil comprensión, un álbum de apenas 48 páginas, compuesto por chistes de una página o historietas cortas, de no más de cinco páginas. Se trata de un libro que la petrolera Shell editó en el verano boreal de 1994, como parte de una colección promocional que se regalaba a quienes cargaban nafta en las estaciones de servicio... de Francia. La mayor parte del libro tiene como protagonistas a Le Petit Noël y el robot Élaoin, personajes creados en 1957 por el maestro André Franquin para una famosa historia navideña, muy recordada por los fans de la revista Spirou. Lamentablemente, en este regreso, Noël y su robot no cuentan con el talento de su creador, sino que están a cargo de Stibane y Serdu, autores que -sin ser catastróficos- nos hacen extrañar muchísimo la magia y el desparpajo del creador del Marsupilami. Son historias cortitas, o chistes largos, claramente apuntadas al público infantil, con varios puntos de contacto con Torni Yo, aquella serie que crearan para la revista Genios los queridos Carlos Trillo, Eduardo Maicas y Gustavo Sala. Y lo más lindo, lejos, son las 10 páginas de aventuras del Marsupilami que sí están escritas y dibujadas por Franquin. Acá aparecen una breve aventura de cuatro páginas y varias planchas autoconclusivas, donde el maestro despliega su impresionante timing para el humor, la pantomima y la narración dinámica, ágil, de gran impacto cómico, tanto cuando recurre a los diálogos como cuando prescinde de ellos y carga en el las imágenes todo el peso del relato. Supongo que este material también proviene de las páginas de la revista Spirou, pero el libro no lo especifica. Nada, un libro cortito, sencillo, sin muchas pretensiones, que solo le puedo recomendar a los que (como yo) quieren tener cualquier cosa que lleve la firma de ese monstruo indescriptible de la historieta franco-belga que fuera André Franquin. Tengo otro libro de esta misma colección en el pilón de los pendientes, pero queda para el año que viene, me parece...
Y también me encontré con historietas cortas, muy accesibles y con una narrativa muy ágil en La Rebelión, el libro de Ian Debiase publicado este año por Hotel de las Ideas. Ambientados en los álgidos días de lo que se conoció como "el Cordobazo", los relatos de Debiase parten de una exhaustiva investigación histórica, que incluyó entrevistas a gente que estuvo ahí, y se enriquecen con pinceladas de ficción que agrega el autor. Diálogos, vínculos, pequeños pasos de comedia, momentos más reflexivos, otros más intensos, con el peligro, la violencia y la muerte como protagonistas. Debiase toma fragmentos de lo que fue el levantamiento popular más importante de la segunda mitad del Siglo XX y con ellos nos invita a armar un tapiz, un rompecabezas, que nos permite entender el Cordobazo desde distintas ópticas, poner el foco en distintas aristas de lo que pasó, de lo que significó ese estallido. A veces el resultado es más épico, a veces más terrenal, o más vinculado al costumbrismo, y a veces definitivamente poético. Lo único que no hace La Rebelión es invitarte a sacar tus propias conclusiones. Las conclusiones ya están tomadas, y Debiase te las da masticadas: los jóvenes y los obreros que salen a copar las calles son los buenos y las fuerzas represivas que responden a la dictadura encabezada por Juan Carlos Onganía son los malos. No hay mucha sutileza en ese aspecto. Pero en tiempos de negacionismo y reivindicación de los genocidas, nunca está mal poner en claro de qué lado estaban los asesinos armados hasta los dientes con tanques u ametralladoras, y de qué lado los pibes y pibas que tiraban piedras y alguna que otra bomba molotov. Debiase lleva esta distinción diáfana entre buenos y malos incluso al plano estético. A los milicos y policías les dibuja rostros duros, adustos, hasta les agrega una sonrisa sádica en las viñetas en las que golpean a los manifestantes. Son personajes planos, con poca profundidad, que en algunas viñetas meten miedo y en otras, cuando se ven burlados por el ingenio de los jóvenes, transmiten un patetismo desolador. Por el otro lado, los chicos y chicas que se movilizan y llegan a confrontar cuerpo a cuerpo con los represores, están dibujados con muchísima onda. Transmiten alegría, simpatía, sueños por los que vale la pena pelear, valentía. Y tanto en un bando como en otro, llama la atención el cuidado que le pone el autor a la reconstrucción de la época: los uniformes, vehículos, ropa y peinados nos remiten en el acto a 1969 y hablan de un notable trabajo de documentación. No sé si La Rebelión se propone ser el comic definitivo acerca del Cordobazo, pero lo presenta de un modo muy accesible, con mucha onda, con excelentes dibujos, con historias breves que nunca se hacen densas ni agobiantes, con rigor histórico y con la intención (creo yo) de poner en valor esa explosión de rebeldía que se le plantó a un régimen totalitario y lo debilitó como nunca antes. Y si bien por momentos la historieta puede ser "liviana", no se esconden ni se desenfatizan las trágicas consecuencias que tuvo para muchos de estos jóvenes la decisión de salir a las calles de Córdoba a confrontar con las fuerzas represivas de la dictadura. Gran trabajo de Ian Debiase, que lo afianza como uno de los autores actuales que, además de dibujar cada vez mejor, tiene cosas interesantes para decir y ganas de jugársela. Nada más, por hoy. Ojalá hayan aprovechado el parate del blog para leer muchos comics, y nos reencontramos pronto, ni bien tenga más libros leídos para reseñar.

lunes, 6 de mayo de 2019

LINDO LUNES

Prometí más Spirou de André Franquin y hoy cumplo, con la reseña de El Viajero del Mesozoico, una historieta que data de 1960 y que tiene una particularidad muy rara: Spirou podría tranquilamente no estar y la historia se desarrollaría exactamente igual. Fantasio también, está totalmente de adorno, aunque protagoniza (en la primera mitad del álbum) varios de los mejores pasos de comedia. Esta es una aventura del Conde de Champignac y el Marsupilami. Uno genera el kilombo, el otro lo resuelve. De las 47 páginas que dura la historieta, Franquin dedica 27 a mostrarnos cómo fracasan uno tras otro los intentos por contener al dinosaurio que nació en el “presente” y que por su propio tamaño y su inexistente destreza, causa estragos en la apacible localidad de Champignac.
El núcleo de la trama es ese: ¿cómo carajo paramos a este mamotreto que a cada paso rompe o se morfa algo que va a costar muchísimo recuperar o reconstruir?. Ni Spirou, ni Fantasio, ni el Conde, ni las autoridades municipales ni nacionales le encuentran la vuelta… y la situación se estira tanto que la comicidad se diluye. La cuarta vez que el dinosaurio destruye o aplasta casas y autos (y tanques) ya no es gracioso. La batalla la va a ganar el Marsupilami, cuya cruzada quijotesca está hábilmente presentada por Franquin como un gag recurrente. Nunca te imaginás que de ahí va a salir la resolución de la trama… en parte porque nunca te imaginás que ni Spirou ni Fantasio van a estar pintados al óleo hasta el final del álbum.
El dibujo está a un nivel sublime, imposible de superar excepto por el propio Franquin. Las escenas en las que el pueblo se ve subvertido por el caos son brillantes, ahí se ve el mejor Franquin, el especialista en dibujar hermosos desórdenes, bolonkis cacofónicos repletos de detalles alucinantes. La secuencia inicial, donde solo vemos cuerpos moviéndose lentamente en plena Antártida, también está logradísima y muestra lo canchero que estaba el maestro en el manejo del lenguaje corporal de los personajes. La verdad que, si no te molesta ver a Spirou y Fantasio relegados a un rol muy menor en la trama, El Viajero del Mesozoico es un álbum divertido, raro, con un nudo un poco estirado, pero con una introducción y un desenlace alucinantes e impredecibles.   
Salto 57 años para adelante hasta 2017, cuando se publica el primer álbum de Torpedo 1972, la nueva serie protagonizada por un Luca Torelli ya veterano, ahora con el maestro Eduardo Risso al frente de los dibujos. La verdad que me costó un poco entrar en la amalgama entre estos legendarios personajes y el universo gráfico del León de Leones. El tema del color, la puesta en página, obviamente el trazo, el aspecto de Torpedo y Rascal con varias décadas más encima… muchos fueron los elementos que indicaron con mucha fuerza que este no era un álbum más de la gloriosa serie de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
El guión, en cambio, conserva el ritmo de los álbumes de Torpedo 1936 en los que los autores contaban una sóla historia extensa. Abulí puso al personaje en el freezer casi 20 años, pero en el medio no perdió en absoluto el pulso para los diálogos zarpados, con juegos de palabras constantes y punzantes, ni para las situaciones violentas, escabrosas, al límite de lo publicable. Ojo, los hallazgos los encontré en el guión, no tanto en el argumento, que me pareció bastante precario. Me divertí más viendo cómo cambiaron en estos años Torpedo y Rascal que con el discurrir de la trama. Y me parece que (todavía) Abulí no le empezó a sacar el jugo a la nueva ambientación (principios de los ´70), más allá de algunas referencias bastante obvias a hechos y personajes reales.
En cuanto al dibujo, el propio Risso reconoce haber despachado el trabajo “de taquito”, escatimándole esa pasión autoral que le pone a todos sus trabajos, incluso los que realiza por encargo de grandes editoriales. En general, yo veo un muy buen trabajo de Risso, que retoma esa línea de grotesco y mala leche de obras como Bolita y Chicanos (o ¡Ay, Jalisco!), e intuyo varias decisiones suyas a la hora de armar varias secuencias que no creo que se le hayan ocurrido a Abulí. Donde noto cierta “mezquindad” por parte del dibujante es en los fondos. Creo que en todas las páginas hay una o dos viñetas en las que me hubiese gustado ver fondos, que no están. En su lugar hay grandes masas de negro, o simplemente un color pleno, sin texturas ni degradés de ningún tipo. Pero bueno, cuando tenés el oficio que tiene Eduardo Risso para narrar con el dibujo, podés no dar el 100% y que aún así los lectores la pasemos bárbaro durante la lectura.
Y me imagino que para las secuelas (que encargó una editorial francesa, que seguro paga mejor que Panini) tanto Sánchez Abulí como Risso redoblarán esfuerzos para que este Torpedo viejo y choto vuelva a brillar como en los míticos álbumes de los ´80 y ´90, cuando fue por mérito propio uno de los personajes más taquilleros y más queridos del comic europeo.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas y si vivís en Montevideo (o cerca) nos vemos este sábado y domingo en Montevideo Comics. Excelsior!

sábado, 20 de abril de 2019

SABADO TRANQUI

Sábado pachorro y con un clima espectacular, ideal para sentarse a escribir unas reseñitas.
Tengo una hermosa tanda de álbumes de Spirou que conseguí en 2017 y que recién ahora empiezo a leer. Cronológicamente, el más antiguo es La Mina y el Gorila (en la edición original es el Vol.11 de la serie y se titula Le Gorllle a Bonne Mine), una historieta que el maestro André Franquin serializó en las páginas del semanario Spirou allá por 1956. Se trata de una aventura breve, apenas 40 páginas, por eso en la edición francófona la complementaron con una segunda aventura. Esta edición española, lamentablemente, ofrece sólo las 40 planchas de “Le Gorille…”. Cuanto más escucho hablar a los que saben, más me convenzo de que Grijalbo se mandó todas las cagadas habidas y por haber y que, si me alcanzan los años de vida, tendría que esforzarme por cambiar todos esos álbumes españoles de Spirou, Astérix, Lucky Luke, Valérian y Blueberry por las ediciones en francés. Es un planteo medio utópico, pero estoy seguro de que si alguna vez lo concreto, voy a descubrir miles de genialidades que en aquellas ediciones gallegas no están.
En cuanto a la aventura en cuestión, La Mina y el Gorila ofrece una trama muy simple, muy lineal, muy jugada a una revelación supuestamente impactante, que llega en la página 36 pero era bastante predecible 30 páginas antes. Es una aventura sólida, con peligros reales y jodidos (por suerte Franquin tiene a mano al Marsupilami para resolver todo con clase y categoría, como el Number One que es), con Fantasio y Spip prácticamente al pedo y con el detalle de no retratar a los nativos africanos como bestias bípedas infantiloides y supersticiosas. En el dibujo, Franquin no se guarda ningún estereotipo a la hora de dibujar a los guerreros de la tribu Wagundu, pero en el guión los trata (dentro de todo) bastante bien.
Y ya que mencioné el dibujo, no puedo cerrar la reseña sin subrayar que acá, en 1956, André Franquin alcanza la perfección. Después la va a llevar más allá, le va a dar una vueltita más para que su trazo sea un poquito menos “careta” y más personal. Pero el nivel al que llega en este álbum alcanza y sobra para ponerlo entre los grandes maestros de la historieta del Siglo XX. Acá se ve el Franquin seminal, al que estudiaron exhaustivamente todos sus seguidores, desde los más serviles hasta tipos como Yves Chaland que se atrevieron a modernizar, o a reformular la siempre vigente estética de la línea clara de Marcinelle. Gloria eterna para Franquin, a quien prometo volver a visitar pronto.
Salto brutal a Argentina, año 2018, cuando se edita Übertraven, un álbum con dos historias escritas por Daniel Basilio y dibujadas por Ramiro Pasch, a quienes jamás había oído nombrar. Me encontré con dos historietas (una de 19 páginas y una de 20) muy extrañas, muy distintas a todo lo que leí hasta ahora.
Los textos y las ideas de Daniel Basilio me parecieron alucinantes. El tipo escribe nivel Alan Moore, con un vuelo, unas imágenes, una sofisticación, una elaboración en la prosa que prácticamente no existe en la historieta actual. Posta, cada bloque de texto me dejó más atónito que el anterior. Lo que no logro entender es por qué decidió convertir esas ideas en historietas, porque no tienen mucha estructura de relato. Por supuesto les sobra lirismo para inspirar unas imágenes fastuosas, pero les falta esa intención más narrativa (más prosaica también, si se quiere), que las haría mucho más “historietables”. No pretendo que una bestia que escribe como Basilio se baje los lienzos para contarme la enésima batalla de Buenos contra Malos, pero podría aparecer una veta más narrativa, como en algún tramo de la segunda historia, en la que por momentos la estructura se asemeja a la de un cuento de H.P. Lovecraft. Obviamente quiero ver más trabajos de esta prodigiosa pluma rosarina.
El dibujo de Ramiro Pasch lucha contra dos gigantes de seis metros, con tubos del grosor de un subte y llenos de pinches tipo Doomsday: uno es el texto, que (como ya dije) no es muy “historietable”. Cuando te tiran un texto como el de Basilio lo mejor que podés hacer es dejar que tu dibujo vuele, que se vaya al carajo y más allá, ni intentar ponerlo al servicio de “contar la historia”. Pasch incursiona con bastante buen tino en ese camino, pero además arma secuencias y trata de encauzar en cierto modo las ideas de Basilio hacia un relato. Muy a mi pesar, se copa mal con la grilla menos narrativa de todas, la de dos cuadros uno arriba y uno abajo, pero bueno, necesita espacio para que el dibujo se luzca.
¿Por qué? Porque (acá está el otro gigante contra el que Pasch pierde por goleada) mete demasiado en cada imagen. Demasiados elementos, demasiadas texturas, demasiadas rayitas y puntitos. Ni hace falta aclarar que sólo los virtuosos pueden alcanzar ese dominio de la técnica. Pero en función de estas historietas, sobra carga gráfica. En la segunda historieta lo veo mejor a Pasch, en un sendero entre autores locos de El Víbora y el maestro Richard Sala. De hecho hay un par de personajes que parecen haberse fugado de un comic de Sala. Por ese lado creo que Pasch puede encontrar una estética muy interesante y con muchas posibilidades narrativas.

Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 3 de junio de 2014

03/ 06: SPIROU ET FANTASIO Vol.26

Aclaremos algo importante: en realidad, Tembo Tabou es el Vol.24 de Spirou et Fantasio. Lo que pasa es que esta colección no es la original, sino una que editó el sello Cobra en 2013, para festejar los 75 años de Spirou. Esta editorial relanzó TODOS los álbumes en una colección de 54 libros, cuyos contenidos no coinciden con los de la colección original. De hecho, en la edición de 1974, Tembo Tabou traía como complemento una historia corta del Marsupilami (La Cage) y esta edición trae esa historieta y varias más, obviamente dibujadas en los ´90, también con el bicho amarillo como protagonista.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.

martes, 17 de diciembre de 2013

17/ 12: MARSUPILAMI Vol.3

Este es el último tomo que tengo para leer del Marsupilami, y además el más raro. Primero, porque con sólo dos álbumes co-escritos con el maestro André Franquin, Greg abandona la serie y la deja en manos de otro guionista increíblemente prolífico. Y segundo porque el nuevo guionista (que no es otro que Yann) se las ingenia para proponer una historia vibrante, divertida, sólida... en la que el Marsupilami tiene un rol absolutamente secundario y podría tranquilamente no estar.
¿En qué estaba pensando Yann cuando Franquin lo llamó para integrarse al equipo? Ni idea, lo cierto es que Mars le Noir es un álbum muy bien escrito, con mucha acción, una aventura compleja, entretenida, muy bien matizada con una fuerte bajada de línea en favor de la ecología. Mars, el personaje que le roba groseramente el protagonismo al titular de la serie, le permite a los autores armar un atractivo juego de opuestos con nuestro bicho favorito, porque si bien es oriundo de Palombia, vivió casi toda su vida en cautiverio, como una atracción más del circo Zabaglione. Y cuando el payaso Noé lo suelte en su jungla natal, Mars descubrirá que tantos años de comodidades, de recibir la comida en la boca, lo convirtieron en un bicho poco apto para sobrevivir en un hábitat salvaje. Ahí está lo más jugoso del guión, cuando Yann y Franquin usan a Mars para responder la pregunta “¿cómo sería un marsupilami si creciera en cautiverio, alimentado y entrenado por los humanos?”. La respuesta es “bastante pelotudo”, pero sin embargo se esfuerzan para darle a Mars una buena cuota de carisma y de ingenio, como para que nos caiga bien a los lectores, aunque no sé si va a reaparecer en los tomos posteriores.
El peligro más grosso, el de la multinacional yanki que quiere construir una autopista que corte al medio la selva de Palombia, será desactivado gracias al accionar de Noé, mientras los dos marsupilamis (Mars y el clásico) quedan relegados a meros testigos de los cataclísmicos sucesos. Los villanos corporativos y sus sicarios, los que toman cartas en el asunto y se internan en la jungla para devastarla, son personajes chatos, unidimensionales, sin pliegues y sin sorpresas. Burdas caricaturas, bah. Por suerte hay pesonajes secundarios ricos y bien pensados, como el propio Noé (que de secundario tiene poco), Zabaglione y Bip y Sarah, los chicos humanos que viven ocultos en la selva.
El dibujo está una vez más a cargo de Batem, que banca perfectamente los trapos en el estilo clásico del maestro Franquin, sin copiarlo, pero sin despegarse de esa estética tan personal, perfectamente idónea para este tipo de aventuras, en las que tiene tanto peso el humor descontrolado. Con la restricción del estilo heredado de Franquin, más el condicionamiento que suponen las numerosas páginas con más de 10 viñetas, Batem podría tirarse a chanta, a cumplir con lo justo, y no le podríamos decir ni mu. Por suerte, el tipo se arremanga y deja todo en estas páginas difíciles de dibujar y también difíciles de colorear, con lo cual las loas se hacen extensibles al colorista Vittorio Leonardo, que hace un excelente trabajo.
Por ahora, me bajo en esta. Quizás más adelante vuelva a visitar a este ícono del comic franco-belga que tanta chapa cosechó a partir de sus apariciones en las aventuras de Spirou. Y hablando de Spirou, no me olvido que prometí reseñar antes de fin de año el último álbum de la etapa de Tome y Janry. La semana que viene, sin falta.

lunes, 9 de diciembre de 2013

09/ 12: MARSUPILAMI Vol.2

Ahora sí, con los personajes y las locaciones ya presentadas, esta vez André Franquin y Greg se juegan con un argumento mucho más elaborado para este segundo álbum solista del Marsupilami. La consigna básica es muy sencilla: un cachorrito de oso panda cae por accidente en la selva de Palombia y el marsupilami y los suyos deberán ocuparse de que no se muera de hambre… lo cual es bastante complejo porque el osito sólo come bambú.
Felizmente, Greg y Franquin se dan cuenta al toque de que con eso no llenan ni por accidente 46 páginas de historieta (franco-belga clásica, de la que tiene pocas páginas con menos de 10 viñetas) y entonces estiran para atrás y para los costados. El osito panda cae en la selva en la página 10, cuando ya pasaron un montón de cosas graciosísimas, en secuencias en las que no aparecen ni el marsupilami ni ningún otro personaje conocido. Ahí los autores presentan en clave satírica a la ciudad capital de Palombia, un pandemónium político y social en el que anidan toda clase de corruptos e inescrupulosos. Y de ahí sale el avión hacia la jungla, tripulado por dos chinos (que jamás explican de dónde sacaron al panda bebé) y piloteado por un alemán que funciona como un estereotipo tan cruel y tan políticamente incorrecto como el yanqui y el sudamericano que vimos en el tomo anterior. Entre estos tres personajes se logra una química muy efectiva, que dura poco, pero que hace que para cuando realmente empieza la aventura, uno esté totalmente enganchado con el álbum.
El alemán mentiroso y codicioso se verá enroscado en una tramoya con el hechicero de una tribu aborigen, casualmente la misma a la que los marsupilamis le robarán el bambú para alimentar al osito. Y ahí ya termina de cuajar la mezcla, ahí los autores encuentran la materia prima para combinar la comedia de enredos con la acción “dramática”, con los peligros que deberán afrontar nuestros héroes. Sobra un personaje muy raro, poco explicado (el pajarito orejón) y no queda espacio para explicar cómo sobreviven los chinos al estallido del avión. Tampoco importa demasiado. Por suerte, el avechuchesco Helmut queda vivo y no estaría mal verlo volver en otras aventuras. No sé qué tan probable sea eso, porque esta es la última entrega de la serie en la que mete mano Greg, quien a partir del próximo tomo será reemplazado, creo que por Yann. Pero ojalá veamos los regresos de varios de los personajes presentados en los dos primeros libros.
Por el lado del dibujo, Batem está más afianzado que en el primer tomo. Su línea imita cada vez mejor a la del maestro Franquin y ya hasta las caras de los personajes humanos le salen casi idénticas. Las páginas que transcurren en la ciudad muestran, además, la gran versatilidad del dibujante y su talento para llevar esa sensación de caos y descontrol tan típica de Franquin a otro tipo de ambientaciones, no sólo a la jungla amazónica. Un laburo hermoso de Batem, de nuevo muy bien complementado por un colorista de gran sutileza y gran eficacia.
Me queda por leer el Vol.3, que es el único que tengo en francés. La semana que viene casi seguro lo reseño por acá.

sábado, 30 de noviembre de 2013

30/ 11: MARSUPILAMI Vol.1

A mediados de los ´80, el maestro André Franquin llegó a un acuerdo con la editorial Dupuis para recuperar los derechos sobre el Marsupilami, el carismático bicho mitad mono mitad leopardo que creara allá por los ´50 para una aventura de Spirou y Fantasio. Así, el legendario historietista se puso al frente de Marsu Productions, un sello editor independiente que, desde 1987, lleva publicados 26 álbumes protagonizados por este extraño animal y su familia.
Para este primer tomo, Franquin co-escribió el guión con Greg (el mismo Greg que trabajó junto a Hermann en los álbumes de Comanche) y puso los dibujos a cargo de Luc Collin, más conocido como Batem, un notable dibujante nacido en el Congo Belga, quien se quedaría muchos años a cargo de la serie.
La Cola del Marsupilami (título del álbum que inició la colección) tiene un sólo problema: es MUY introductorio. Es un álbum claramente apuntado a los lectores que nunca habían leído las historietas de Spirou en las que aparecía el Marsupilami y no estaban para nada familiarizados con el bicho, sus habilidades, su familia y su habitat, la increíble selva de Palombia, que es casi un personaje más en esta saga. Entonces, todo lo que sucede en este álbum es eso: una forma elegante de presentarnos a los personajes, de mostrarnos cómo funciona el mundo en el que se desenvuelve el Marsupilami, mediante una aventura muy menor, sin consecuencias, sin profundidad y sin mayor tensión dramática.
Para que el artificio funcione, Franquin y Greg le ponen muchas pilas a la construcción de dos personajes que van a volver en los álbumes posteriores: el experto cazador Bring M. Backalive (un yanki que vendría a ocupar el rol del villano) y el Capitán Bombonera, un trucho encantador al que los traductores de Norma hacen hablar (más o menos) como un argentino. Lo cual no es muy loco, porque desde el primer momento Franquin dejó en claro que Palombia quedaba en algún lugar de Sudamérica... aunque yo sinceramente nunca me imaginé que fuera en Argentina. O capaz que los autores belgas le pusieron otro acento y el traductor español (Narciso Fradera) dijo “si es sudamericano, pongámosle acento argentino”, andá a saber. Lo cierto es que la mímica del habla argenta tiene aciertos y errores. Me encantaría leer este libro en francés, a ver cómo habla el Capitán Bombonera (que dudo que se llame así en la versión original).
El guión no va a pasar de ahí: de un intento frustrado por parte de Bring M. Backalive por capturar a un marsupilami. Es una aventura entretenida, con diálogos muy graciosos, excelentes secuencias mudas, mucha acción y no mucho más. El dibujo de Batem hace esfuerzos sobrehumanos para reproducir la magia gráfica del maestro Franquin, y la verdad es que cuando dibuja al Marsupilami, lo logra con jerarquía. La diferencia entre un genio (como era Franquin) y un muy buen dibujante (como es Batem) se nota en otros aspectos, como por ejemplo el lenguaje corporal y las expresiones faciales de los personajes humanos, que no tienen ni en pedo la gracia de los que dibujaba Franquin. Ahí, el trabajo de Batem está al nivel de un buen autor franco-belga de historieta infanto-juvenil, pero lejos de las glorias que pelaba Franquin en sus álbumes de Spirou, o en sus series más personales, como Gaston Lagaffe o Ideas Negras. El color de Vittorio Leonardo es excelente, más sutil, más moderno y más versátil que los coloristas que trabajaban con Franquin en su etapa al frente de Spirou.
Tengo un par de álbumes más para leer y reseñar el mes que viene, a ver para dónde agarra la serie “solista” del Marsupilami, una vez que el nuevo equipo creativo ya presentó al elenco y al contexto elegido para estas nuevas aventuras de la alucinante criatura creada en 1952 por ese genio inconmensurable del Noveno Arte que fue André Franquin.
¿Palombia será argentina? Me quedé tildado con esa boludez...