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sábado, 26 de julio de 2025
NOCHE DE SÁBADO
Tengo un par de libros leídos y un rato libre antes de que empiece el partido de Racing, así que ahí vamos...
Durante muchos años soñé con conseguir en un idioma legible algún álbum de Franka, el gran clásico del comic de los Países Bajos, escrito y dibujado por Henk Kuijpers. Cuando finalmente vi uno en francés, me tiré de cabeza sin notar que en la portada decía "Tomo 2"... y así me encontré con una aventura que viene empezada, con personajes y situaciones que Kuijpers no se calienta en lo más mínimo en recapitular para los que nos sumamos tarde.
Pero eso sería lo de menos. El verdadero problema es que en estas 44 páginas, Kuijpers mete argumento para otras 64 ó 70 páginas. El resultado es un episodio tremendamente convulsionado, en el que pasan cientos de cosas, con páginas de 13 y hasta 15 viñetas, muchas de ellas repletas de texto. Cuando llega una página con siete cuadros, o una secuencia muda, sentís un alivio absoluto, un nirvana, como si cagaras después de 20 días sin sentarte en el inodoro. La historieta es divertida, la aventura que viven Franka y Ava es ganchera, llena de elementos fantásticos que me recordaron a esas novelas de Tarzan en las que encuentra civilizaciones perdidas con dinosaurios vivos y todo en el fondo de un volcán. El tema es lo apretado que está todo para entrar en apenas 44 páginas.
Y por suerte, está el dibujo, que es formidable. Esta es una obra de 1986, en la que lo encontramos a Kuijpers en perfecta sintonía con lo mejor de la línea clara ochentosa: hay mucho Yves Chaland, hay mucho Mique Beltrán, algo de Daniel Torres, algo de Rubén Pellejero, y por supuesto el trabajo hiper-minucioso en fondos, edificios y paisajes que todos estos autores heredaron de Hergé. Cuando los personajes incursionan en espacios oscuros, donde sí o sí cobra protagonismo la mancha negra, Kuijpers recurre a yeites clásicos de Jean-Claude Mézieres, que domina con mucha solvencia. El dibujo es dinámico, expresivo, y fluye con muchísima naturalidad a pesar de que todo está muy chiquito, para que entren 13 ó 15 viñetas por página. Lo extremo de las peripecias y la ambientación exótica (una selva perdida en el fondo de la Tierra) facilitan las excusas para que las chicas pierdan gradualmente su ropa, hasta quedar prácticamente en bolas, pero Kuijpers no cede a la tentación de sexualizar los cuasi-desnudos de Franka y sus compañeras. Me imagino esto mismo dibujado por alguien tipo J. Scott Campbell, este mismo argumento convertido en un comic de Danger Girl, y no solo ocuparía seis veces más páginas, sino que sería prácticamente una historieta porno, repleta de poses minuciosamente pensadas para exhibir la nerca que queda al aire.
Como primera aproximación a las aventuras de Franka, esta segunda parte de "Les Dents du Dragon" fue un poco mucho. Salí a la ruta y a los 300 metros me pasó por encima un camión. Pero el dibujo me volvió loco, y ni bien consiga otro álbum de esta serie, voy a insistir, a ver si tengo suerte y me encuentro con un guion que entienda cuánto diálogo y cuántas peripecias se pueden meter en 44 páginas sin provocarle un ACV al lector.
Me voy a Brasil, año 2004, cuando se recopilan en libro 10 historias cortas de los gemelos fantásticos, Fábio Moon y Gabriel Bá. En este "10 Paezinhos-Critica" aparece básicamente el mismo material que Dark Horse publicó en el libro De:Tales, que alguna vez vi, pero nunca pude comprar. Hay una sola historieta realizada a cuatro manos por los gemelos, una anécdota autobiográfica ambientada en París, y una con guion de Gabriel y dibujos de Fábio, la poética "El Camino". Y después, en el resto del libro, cada uno va a aportar sus trabajos personales, sin cruzarse con el otro, como Gilbert y Jaime Hernandez en Love & Rockets. La historieta más larga es "El Sapo", 18 páginas con guion y dibujos de Gabriel Ba que, con un girito más ambicioso en el final, podría haber sido una obra maestra del comic existencialista. El dibujo es glorioso, el tempo es totalmente cautivante, los bloques de texto están utilizados de una manera brillante... solo le faltó eso: un rulito más fuerte para rematar la historia y hacerla todavía más conmovedora.
Y por el contrario, entre los aporte de Fábio Moon, la mejor historia es "Feliz Aniversario, Meu Amigo", que es una belleza total, llena de momentos y diálogos preciosos... pero que no maneja ningún tipo de suspenso porque desde el principio uno sabe cómo va a terminar. Algo que pudo ser un thriller, con una revelación shockeante para un final que resignificara todo, es en realidad un slice of life con un elemento sobrenatural. Manejado con elegancia y sobriedad por un autor que la tiene clarísima, pero a costa del impacto que pudo tener y no tiene.
Después hay muy buenos relatos breves, casi todos en esa veta entre costumbrista y poética que los hermanos llevaron a la perfección en Daytripper, la que -al día de hoy- es su obra maestra. Pero acá todo el material está en blanco y negro, con lo cual se disfruta muchísimo el manejo del claroscuro que exhiben cada uno de ellos. Fábio con un trazo más tradicional, más orgánico, con más texturas y volúmenes, y Gabriel con una línea más despojada, que por momentos se acerca a Mike Mignola o a Eduardo Risso por la forma de incorporar las masas negras.
El gran hallazgo del librito es que hay una historia que aparece dos veces: un guion muy simple, que vemos primero dibujado por Fábio y después dibujado por Gabriel, para cotejar ambas versiones y ver cómo cada uno de los hermanos interpretó la misma partitura. Pero si sos fan de los gemelos, todo lo que vas a encontrar acá te va a emocionar, o a sorprender. No rascaron el fondo del tacho para juntar 10 historietas y armar un libro. En todo caso, el relleno para completar 100 páginas son algunas carátulas e ilustraciones sueltas, mientras que la calidad de las historietas es muy pareja y muy alta.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog, y el miércoles a las 22:30 con una nueva emisión de Agenda Abierta, en vivo en el canal de YouTube de Comiqueando. ¡Gracias y hasta entonces!
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Henk Kuijpers
domingo, 1 de septiembre de 2019
DOMINGO ESPLENDIDO
Hermoso clima en Buenos
Aires en las horas previas al Superclásico y posteriores al regreso del cepo
cambiario. Aprovecho para clavar unas reseñitas del material que leí en estos
días.
Después de Avaritia,
Luxuria y Gula, el recorrido por los pecados capitales nos lleva a Acedia
(vendrá a ser “apatía”, o algo así), siempre de la mano de Casanova, la
alucinante serie creada por Matt Fraction y los Gemelos Fantásticos, Gabriel Bá
y Fábio Moon, que este año vuelven a visitarnos en la Crack Bang Boom. Esta vez
el TPB no nos ofrece una historia completa, sino la primera mitad de una
historia: cuatro episodios de 22 páginas de la saga de Acedia (que consta de
ocho episodios), tres dibujados por Fábio y uno por Gabriel. Y como
complemento, breves fetas de una aventura de las Metanauts, una segunda trama
que intersecta con el universo de Casanova Quinn, pero escrita por el maestro
Michael Chabon y también dibujada por Gabriel.
Visualmente, esto es
glorioso. Los dos gemelos dejan la vida en cada página, cada uno con su estilo
cada vez más marcado, y con el excelente color de Cris Peter, que ayuda a que
todo se vea más homogéneo, y además mejor, más lindo, más impactante. Todo está
dibujado a un nivel extraordinario, pero si tengo que destacar algo, me quedo
con las primeras páginas de Metanauts dibujadas por Gabriel Bá, que
directamente me dejaron sin aliento.
El guión de Fraction está
afiladísimo, esta vez con el desafío de ponerle a Casanova Quinn un
co-protagonista, que no sea ni un villano ni una minita a la que se transa. El
ritmo no decae nunca, las revelaciones shockeantes están a la orden del día, y
hay –cómo no- ideas estrambóticas, persecuciones trepidantes, machaca y sexo.
Pero (algún pero tiene que haber), al ser una trama básicamente de misterio, en
la que dos tipos que perdieron sus recuerdos los tratan de recuperar, sobran un
poco las peleas. Se nota bastante que los peligros y los villanos a los que
Casanova y Akim vencen por medio de la violencia irrumpen en escena sin mucho
más sentido que ese: que haya violencia y el relato no se limite a una
investigación donde se piensa, se habla y se lee más de lo que se entra en
acción. Fuera de ese detalle, Acedia es un muy buen cambio de registro para las
aventuras de Casanova, y por supuesto ni bien vea la segunda parte le entraré
como el agua al Titanic.
Me acuerdo que después de
leer los tomitos de Jellykid, me quedó la espina de verlo a Franco Viglino
trabajando en colaboración con otros guionistas, ya que con sus propios guiones
no me terminaba de convencer, más allá de haberme hecho MUY fan de sus dibujos.
Por suerte el comic siempre da revancha y este año OVNI editó la adaptación al
comic de El Principito (el mega-clásico de Antoine de Saint-Exupéry), con
Viglino a cargo del dibujo, esta vez potenciado por el guionista Tomás Wortley
y con la posibilidad de trabajar a todo color. Esto último le agrega al dibujo
de Viglino una nueva dimensión, perfectamente aprovechada por el autor. A todo
color, el dibujo se ve más bonito, más amistoso, y además se nota que Franco lo
sabe usar para reforzar los climas del guión, que son importantes al tratarse
de una historia de perfil emotivo, más que épico o aventurero.
Me resulta inevitable
retrotraerme al lejano 30/09/10, cuando acá en el blog comentábamos la
adaptación de El Principito realizada por el maestro Joann Sfar. Aquella vez me
sorprendía la decisión del autor de bancar a lo largo de 110 páginas una única
grilla, la clásica de seis viñetas iguales. En esta versión, Wortley y Viglino
toman el camino contrario: en 88 páginas, prueban de todo en materia de puesta
en página, un poco para asegurarse de que el lector no se aburra durante esas
extensas secuencias en las que sólo hay diálogos, y en parte porque saben
utilizar el armado de la secuencia y la diagramación de las viñetas como elemento
expresivo, para manipular el ritmo de la historia y acentuar ciertos momentos
por sobre otros. A lo largo de la novela hay secuencias mudas, secuencias muy
habladas, viñetas chiquitas, splash pages, secuencias en las que la cámara se
queda quieta y los personajes se mueven sobre un fondo que se repite, bastantes
viñetas en formato widescreen… un poco de todo. Y por supuesto aplaudo la gran
variedad de recursos narrativos que ponen en juego los autores. Wortley elige
con buen criterio qué diálogos conservar de la novela original, e incluso qué
escenas mostrarnos en un orden distinto al que aparecen en la versión de
Saint-Exupéry. Su trabajo está muy en función del lucimiento de Viglino, pero
también hace gala de una solvencia muy destacable. Espero leer pronto nuevas
obras suyas.
Y nada más. El martes 3 y
miércoles 4 estaremos festejando el Día de la Historieta en la Universidad de
Palermo (en la sede de Jean Jaurés 932), y ni bien terminan esas jornadas viajo
a Córdoba a participar del quinto Docta Comics, donde voy a estar el 5, 6 y 7
con un stand y conduciendo charlas de los maestros Alejandro Farías y Carlos
Gómez, más una trivia en la que los nerds cordobeses competirán por fabulosos
premios. Entre una cosa y otra, mis probabilidades de volver a postear en el
blog antes del lunes 9 son comparables a las que tiene Cambiemos de revertir el
resultado de las PASO. Me despido hasta entonces, y si algun@ viene a los
eventos de la UP o de Córdoba, acérquese a saludar.
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lunes, 3 de septiembre de 2018
LUNES FINOLI
Bueno, no sólo tuve un rato para leer un par de libros y reseñarlos, sino que además me tocaron dos obras muy logradas. Vamos a repasarlas.
Pixu es una novela gráfica de terror, realizada a ocho manos por los gemelos fantásticos Gabriel Bá y Fábio Moon, junto al griego Vasilis Lolos y a la italiana Becky Cloonan. Con el correr de las páginas, logré deducir qué secuencias dibujó cada uno, pero hay un guión, y sospecho que fue escrito entre los cuatro. Tampoco es lo más importante. La historia está totalmente basada en el clima ominoso, en la forma en que la tensión sube viñeta a viñeta. No son tan relevantes los diálogos, los personajes están definidos con pocas pinceladas y nadie se calienta por darle una explicación detallada a los fenómenos paranormales que presenciamos. Lo realmente relevante es el suspenso, es ese in crescendo cada vez más retorcido, más descontrolado, que sabés que va a terminar muy mal pero igual te cautiva.
Hay una casa con varios departamentos, una especie de entidad sobrenatural oscura que crece, y los cuatro autores se dedican a entrelazar sutilmente las historias de los distintos vecinos, a la sombra de esta amenaza que crece y corrompe todo. Pixu avanza hacia un festival de imágenes truculentas, en las que las sombras y el fuego se devoran a los personajes que llegan vivos hasta el final. Te imaginarás que eso le da a los autores mucho margen para lucirse con el dibujo, siempre jugados a un blanco y negro muy potente, muy expresivo. En general, los mejores dibujos aparecen en las secuencias a cargo de los gemelos brazucas, pero Cloonan también ofrece momentos de alto impacto, con un gran trabajo en los grises y con una notable evolución respecto de aquella Cloonan de American Virgin.
Si te gustan las historias de terror inquietantes, jodidas, donde la atmósfera se enrarece hasta asfixiarte, sin dudas Pixu se va a convertir en una de tus favoritas. Y si seguís a muerte a Bá y Moon, acá los vas a ver tirar magia con la elegancia y la calidad de siempre.
Desde aquel lejano 27/02/13 tenía abandonada a Los Centinelas, la magnífica serie de Xavier Dorison y Enrique Breccia. Hoy me toca abordar el Vol.4, publicado en Francia en 2014 y en España en 2016. Al igual que en el tomo anterior, acá Dorison hace los deberes en materia de rigor histórico: a pesar de los elementos fantásticos, la Primera Guerra Mundial de Los Centinelas no se despega demasiado de la real. Otro punto que destacamos en la reseña del Vol.3 y hay que volver a destacar es el desarrollo de los villanos por parte del guionista. De hecho, el personaje menos desarrollado es el héroe, Cortahierro, porque los otros “buenos” (Djibouti y Pegaso) también tienen sus momentos para brillar y para ganar carnadura y profundidad.
La aventura en sí también es atípica, porque en esta misión los Centinelas fracasan, y si bien venden cara la derrota, se van con una patada en el orto y con un tendal de muertos en ambos bandos. Dorison no escatima en crueldades y atrocidades para con los personajes ni para con los soldados y civiles que los rodean: en Los Dardanelos hay hambre, sed, dengue, sangre y muerte para todos. Y también hay en ambos bandos coraje y dignidad. Los alemanes de la Primera Guerra Mundial todavía no eran nazis, y Dorison aprovecha para mostrarlos como seres humanos con luces y sombras, no 100% irredimibles. Y los turcos, que juegan de locales, aparecen como personajes más turbios (con el genocidio armenio como trasfondo) pero tampoco definitivamente malos.
El dibujo de Enrique es (obviamente) extraordinario, aunque con un manejo del color un poco fluctuante, con momentos gloriosos y otros que parecen más… acelerados. Pero la base está: composición, lápiz, tinta, los fondos, los uniformes, el armamento, hasta el clima asesino del estrecho de los Dardanelos cobra vida de la mano de Enrique. Al igual que en el Vol.3, me sorprende muy gratamente ver a Breccia dar cátedra en esa materia a la que siempre le escapó, que es la de los cuerpos en acción. Acá abunda la violencia física, y el hijo de Dios pone todo para que nunca falten el dinamismo, el impacto e incluso el gore de las grandes batallas. Belleza y brutalidad van de la mano, en otro trabajo memorable de Enrique Breccia.
Y ahora sí, no más reseñas hasta la semana que viene. Si estás en Santiago de Chile, no dejes de darte una vuelta por el FIC entre el viernes 7 y el domingo 9, que la vas a pasar genial. Gracias por el aguante y hasta pronto.
Pixu es una novela gráfica de terror, realizada a ocho manos por los gemelos fantásticos Gabriel Bá y Fábio Moon, junto al griego Vasilis Lolos y a la italiana Becky Cloonan. Con el correr de las páginas, logré deducir qué secuencias dibujó cada uno, pero hay un guión, y sospecho que fue escrito entre los cuatro. Tampoco es lo más importante. La historia está totalmente basada en el clima ominoso, en la forma en que la tensión sube viñeta a viñeta. No son tan relevantes los diálogos, los personajes están definidos con pocas pinceladas y nadie se calienta por darle una explicación detallada a los fenómenos paranormales que presenciamos. Lo realmente relevante es el suspenso, es ese in crescendo cada vez más retorcido, más descontrolado, que sabés que va a terminar muy mal pero igual te cautiva.
Hay una casa con varios departamentos, una especie de entidad sobrenatural oscura que crece, y los cuatro autores se dedican a entrelazar sutilmente las historias de los distintos vecinos, a la sombra de esta amenaza que crece y corrompe todo. Pixu avanza hacia un festival de imágenes truculentas, en las que las sombras y el fuego se devoran a los personajes que llegan vivos hasta el final. Te imaginarás que eso le da a los autores mucho margen para lucirse con el dibujo, siempre jugados a un blanco y negro muy potente, muy expresivo. En general, los mejores dibujos aparecen en las secuencias a cargo de los gemelos brazucas, pero Cloonan también ofrece momentos de alto impacto, con un gran trabajo en los grises y con una notable evolución respecto de aquella Cloonan de American Virgin.
Si te gustan las historias de terror inquietantes, jodidas, donde la atmósfera se enrarece hasta asfixiarte, sin dudas Pixu se va a convertir en una de tus favoritas. Y si seguís a muerte a Bá y Moon, acá los vas a ver tirar magia con la elegancia y la calidad de siempre.
Desde aquel lejano 27/02/13 tenía abandonada a Los Centinelas, la magnífica serie de Xavier Dorison y Enrique Breccia. Hoy me toca abordar el Vol.4, publicado en Francia en 2014 y en España en 2016. Al igual que en el tomo anterior, acá Dorison hace los deberes en materia de rigor histórico: a pesar de los elementos fantásticos, la Primera Guerra Mundial de Los Centinelas no se despega demasiado de la real. Otro punto que destacamos en la reseña del Vol.3 y hay que volver a destacar es el desarrollo de los villanos por parte del guionista. De hecho, el personaje menos desarrollado es el héroe, Cortahierro, porque los otros “buenos” (Djibouti y Pegaso) también tienen sus momentos para brillar y para ganar carnadura y profundidad.
La aventura en sí también es atípica, porque en esta misión los Centinelas fracasan, y si bien venden cara la derrota, se van con una patada en el orto y con un tendal de muertos en ambos bandos. Dorison no escatima en crueldades y atrocidades para con los personajes ni para con los soldados y civiles que los rodean: en Los Dardanelos hay hambre, sed, dengue, sangre y muerte para todos. Y también hay en ambos bandos coraje y dignidad. Los alemanes de la Primera Guerra Mundial todavía no eran nazis, y Dorison aprovecha para mostrarlos como seres humanos con luces y sombras, no 100% irredimibles. Y los turcos, que juegan de locales, aparecen como personajes más turbios (con el genocidio armenio como trasfondo) pero tampoco definitivamente malos.
El dibujo de Enrique es (obviamente) extraordinario, aunque con un manejo del color un poco fluctuante, con momentos gloriosos y otros que parecen más… acelerados. Pero la base está: composición, lápiz, tinta, los fondos, los uniformes, el armamento, hasta el clima asesino del estrecho de los Dardanelos cobra vida de la mano de Enrique. Al igual que en el Vol.3, me sorprende muy gratamente ver a Breccia dar cátedra en esa materia a la que siempre le escapó, que es la de los cuerpos en acción. Acá abunda la violencia física, y el hijo de Dios pone todo para que nunca falten el dinamismo, el impacto e incluso el gore de las grandes batallas. Belleza y brutalidad van de la mano, en otro trabajo memorable de Enrique Breccia.
Y ahora sí, no más reseñas hasta la semana que viene. Si estás en Santiago de Chile, no dejes de darte una vuelta por el FIC entre el viernes 7 y el domingo 9, que la vas a pasar genial. Gracias por el aguante y hasta pronto.
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domingo, 22 de diciembre de 2013
22/ 12: CASANOVA: AVARITIA
O en realidad, Casanova Vol.3, como para retomar coherentemente esta serie a la que hace casi dos años que tenía abandonada.
Con Avaritia, el prolífico Matt Fraction propone un regreso a las fuentes, a la saga llamada Luxuria (que también vimos en 2011), y es un regreso por dos lados distintos. En primer lugar, la vuelta de Gabriel Bá como dibujante, tras un Vol.2 en el que se hizo cargo del dibujo su hermano gemelo, Fábio Moon. Y en segundo lugar, volvió la onda más compleja, más intrincada, más exigente para con el lector. Gula (el Vol.2) no te daba exactamente la papilla masticadita en la boca; por el contrario, tenía varios saltos al vacío realmente arriesgados. Avaritia se va al carajo bastante más seguido y por momentos nos obliga a prestar MUCHA atención para seguir esta historia laberíntica, que va para adelante, para atrás y para los costados.
Si leíste mucha ciencia-ficción (especialmente a Michael Moorcock) quizás esto te resulte una nimiedad. Básicamente, si lo reducimos a su mínima expresión, el argumento de Avaritia sería: Casanova Quinn, mezcla entre James Bond y Nick Fury de un mundo hiper-tecno, recorre infinidad de realidades paralelas y en todas tratará de boletear a Luther Desmond Diamond, antes de que este evolucione hasta convertirse en el peligroso villano Newman Xeno. En el medio pasan un montón de cosas más: muchas de estas realidades son obliteradas en escenas cataclísmicas, hay peripecias, escapes imposibles, runflas espúreas, amor heterosexual y del otro, una batalla en la que un robot gigante hace mierda media New York, canciones, peleas, garches y la inminente despedida del papá de Casanova, que tiene cáncer y se está por morir. Ah, y también muy buenos diálogos de los cuales los mejores se los lleva Luther.
Con todo esto, Fraction arma un cóctel explosivo y encima lo condimenta con muchas referencias a lo que sucedió en los tomos anteriores (no se te ocurra empezar a leer Casanova por acá) y con referencias meta-comiqueras, es decir, comentarios en los que los personajes se hacen cargo de estar viviendo dentro de una historieta. Casanova te propone frenesí, descontrol, violencia, sexo y mala leche, en un contexto de espionaje y ciencia-ficción al límite, con conceptos muy arriesgados y generalmente muy originales. Por eso la banco a full.
Ahora, si nada de eso te resulta atractivo (y en ese caso, es momento de serios replanteos en tu vida), Casanova tiene un ancho de espadas guardado en la manga, que es el dibujo de Gabriel Bá. Gabriel es el más filoso de los gemelos, el que opta por esa anatomía medio "blocky" que nos recuerda por momentos a la de Mike Mignola. También es el que simplifica muchísimo los rasgos faciales hasta llegar a un punto donde los personajes son expresión pura, como en Dupuy y Berberian, Frederick Peeters o Pablo Túnica. A la síntesis de su grafismo, Bá le contrapone una prodigiosa capacidad de meter muchos elementos en cada viñeta, muchas viñetas por página, y bancarse sin tropiezos secuencias muy complejas, donde hay que ser muy capo para que la narrativa fluya sin hacer ruido ni marear al lector. Gabriel es fan del claroscuro extremo, pero no se nota: acá está perfectamente complementado por la colorista Cris Peter, que entiende y potencia a niveles cósmicos el trazo atípico del gemelo brazuca.
Si ya estás adicto a Casanova, seguro que te compraste Avaritia ni bien salió. Si todavía no entraste al vicio, arrancá cuanto antes con el Vol.1 y aprovechá para ponerte al día, porque todavía no se sabe cuándo empieza la cuarta saga de esta increíble creación de Matt Fraction y Gabriel Bá, que tanta pasión genera en sus hinchas.
Con Avaritia, el prolífico Matt Fraction propone un regreso a las fuentes, a la saga llamada Luxuria (que también vimos en 2011), y es un regreso por dos lados distintos. En primer lugar, la vuelta de Gabriel Bá como dibujante, tras un Vol.2 en el que se hizo cargo del dibujo su hermano gemelo, Fábio Moon. Y en segundo lugar, volvió la onda más compleja, más intrincada, más exigente para con el lector. Gula (el Vol.2) no te daba exactamente la papilla masticadita en la boca; por el contrario, tenía varios saltos al vacío realmente arriesgados. Avaritia se va al carajo bastante más seguido y por momentos nos obliga a prestar MUCHA atención para seguir esta historia laberíntica, que va para adelante, para atrás y para los costados.
Si leíste mucha ciencia-ficción (especialmente a Michael Moorcock) quizás esto te resulte una nimiedad. Básicamente, si lo reducimos a su mínima expresión, el argumento de Avaritia sería: Casanova Quinn, mezcla entre James Bond y Nick Fury de un mundo hiper-tecno, recorre infinidad de realidades paralelas y en todas tratará de boletear a Luther Desmond Diamond, antes de que este evolucione hasta convertirse en el peligroso villano Newman Xeno. En el medio pasan un montón de cosas más: muchas de estas realidades son obliteradas en escenas cataclísmicas, hay peripecias, escapes imposibles, runflas espúreas, amor heterosexual y del otro, una batalla en la que un robot gigante hace mierda media New York, canciones, peleas, garches y la inminente despedida del papá de Casanova, que tiene cáncer y se está por morir. Ah, y también muy buenos diálogos de los cuales los mejores se los lleva Luther.
Con todo esto, Fraction arma un cóctel explosivo y encima lo condimenta con muchas referencias a lo que sucedió en los tomos anteriores (no se te ocurra empezar a leer Casanova por acá) y con referencias meta-comiqueras, es decir, comentarios en los que los personajes se hacen cargo de estar viviendo dentro de una historieta. Casanova te propone frenesí, descontrol, violencia, sexo y mala leche, en un contexto de espionaje y ciencia-ficción al límite, con conceptos muy arriesgados y generalmente muy originales. Por eso la banco a full.
Ahora, si nada de eso te resulta atractivo (y en ese caso, es momento de serios replanteos en tu vida), Casanova tiene un ancho de espadas guardado en la manga, que es el dibujo de Gabriel Bá. Gabriel es el más filoso de los gemelos, el que opta por esa anatomía medio "blocky" que nos recuerda por momentos a la de Mike Mignola. También es el que simplifica muchísimo los rasgos faciales hasta llegar a un punto donde los personajes son expresión pura, como en Dupuy y Berberian, Frederick Peeters o Pablo Túnica. A la síntesis de su grafismo, Bá le contrapone una prodigiosa capacidad de meter muchos elementos en cada viñeta, muchas viñetas por página, y bancarse sin tropiezos secuencias muy complejas, donde hay que ser muy capo para que la narrativa fluya sin hacer ruido ni marear al lector. Gabriel es fan del claroscuro extremo, pero no se nota: acá está perfectamente complementado por la colorista Cris Peter, que entiende y potencia a niveles cósmicos el trazo atípico del gemelo brazuca.
Si ya estás adicto a Casanova, seguro que te compraste Avaritia ni bien salió. Si todavía no entraste al vicio, arrancá cuanto antes con el Vol.1 y aprovechá para ponerte al día, porque todavía no se sabe cuándo empieza la cuarta saga de esta increíble creación de Matt Fraction y Gabriel Bá, que tanta pasión genera en sus hinchas.
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miércoles, 18 de mayo de 2011
18/ 05: DAYTRIPPER

Qué loco que hayamos leído una de las mejores historietas latinoamericanas de todos los tiempos en una edición de Vertigo. Pero bueno, esto es así, todos los días hay sorpresas.
Daytripper es una obra maestra, seguramente el mejor comic de autores brasileños que leí en mi vida. Es –hasta ahora- el trabajo más importante de los Gemelos Fantásticos, Fábio Moon y Gabriel Bá, y es tan bueno que desafía la capacidad de análisis y de explicación. En cada uno de sus 10 episodios nos encontramos con un mismo protagonista, Bras de Oliva Domingos, en distintas etapas de su vida. Pero no es la biografía de Bras, son fragmentos de la vida de este periodista especializado en escribir obituarios, que sueña con triunfar como novelista. Lo más alucinante es que cada episodio termina con la muerte de Bras. Lo vemos morir a los 76 años, a los 11, y un montón de veces más en medio de esos dos extremos.
Pero las muchas muertes de Bras son apenas un brochecito, el toque final, la guinda en el postre de cada episodio. Lo más grosso, lo que eleva a esta historieta al status de joya es lo que sucede en cada episodio y –sobre todo- cómo nos lo cuentan Moon y Bá. Las historias de Bras son slice of life puro. Tienen algo de comedia, algo de tragedia, romance, humor, poesía, ternura, desazón, algún pequeño misterio… pero siempre dentro de un registro mucho más cercano al de Adrian Tomine que a la historieta de acción y aventuras. Todo transcurre en el Brasil actual, magníficamente retratado. A pesar de estar publicado en EEUU, en Daytripper los tipos y minas tienen nombres brazucas, está clarísimo que los textos que escribe Bras están en portugués y que las ciudades y pueblos por los que deambula la historia son todos de verdad, y todos forman parte del Coloso de Sudamérica. Y como en la realidad, quedan cabos sueltos. Historias de amor que no llegan a concretarse, secretos que no se llegan a revelar, actitudes raras de amigos o parientes que uno nunca llega a entender… porque claro, al final de cada capítulo pasa la muerte, se lleva a Bras de modos inesperados, y todo queda ahí, trunco, a medio madurar o a medio resolverse.
También como la vida real, los conflictos que presentan los Gemelos Fantásticos en estas historias son tirando a light. Nunca está en juego el destino de la Humanidad, ni mucho menos. Son conflictos de bajísima intensidad, como los que vemos en las historias cortas de Jiro Taniguchi, por ejemplo. Lo grosso es cómo nos los muestran, cómo Moon y Bá logran meternos en la piel de Bras, vivir su vida, sufrir y disfrutar con él. A través de diálogos y secuencias magistrales, nos vamos involucrando más y más, hasta sentir que su amigo, su mujer, sus padres, su hijo, no son sólo suyos sino también un poquito nuestros.
El dibujo es alucinante. Los Gemelos dibujan mezclado, y sólo a veces se nota qué viñetas son de Gabriel y cuáles de Fábio. Entre los dos se arma una amalgama muy, muy atractiva, donde vemos cositas de Dupuy y Berberian, de David Lapham, de Joann Sfar, Jeff Lemire y Will Eisner, entre otros. Pero el punto más fuerte es –claramente- la narrativa, donde los Gemelos prueban de todo y aciertan siempre. Cada escena dura lo justo, los flashbacks están perfectamente colocados, las transiciones son brillantes, las secuencias mudas se te impregnan en las retinas, las secuencias oníricas son flasherísimas… Todo está pensado para que te sumerjas a fondo en la historia de Bras y sientas que lo conocés de toda la vida. Y por si faltara algo, el colorista es un favorito de este blog: el insuperable Dave Stewart, que se complementa con los Gemelos de un modo increíble para realzar desde su paleta todos los climas del guión y hacer un aporte fundamental cada vez que los dibujantes nos proponen colgarnos a mirar un paisaje, un pueblo, una puesta de sol.
De la mano de un tipo que vive de las muertes de otros, Moon y Bá le cantaron a la vida. Al amor, la amistad, los sueños, la dignidad. Como esas películas de mierda en las que Meryl Streep, Susan Sarandon o Glenn Close se mueren de cáncer, pero bien, con onda. No sé si en Brasil los fans le darán a Gabriel y Fábio la bola y el reconocimiento que se merecen. Por suerte, en EEUU ya tienen la chapa suficiente como para que les editen trabajos como este, que es –repito- un comic imprescindible para los amantes de la historieta de autor honesta, jugada, profunda, que se anima a soñar y que –además de entretenerte- te seduce, te conmueve y te invita a volar. Daytripper es una joya del comic latinoamericano actual, un clasico instantáneo del que se va a hablar mucho, siempre.
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sábado, 30 de abril de 2011
30/ 04: CASANOVA: LUXURIA

Cuando un guionista produce tanta obra como la que lleva publicada Matt Fraction en los últimos cinco o seis años, es casi inevitable desconfiar: una buena parte de esa producción tiene que ser necesariamente berreta. De hecho, me acuerdo de haber leído su Punisher War Journal (porque lo dibujaba Olivetti) y tenía un número bueno cada cuatro nefastos. O sea que siempre lo tuve en la lista de los sospechosos, de los tipos a los que se puede visitar muy de vez en cuando y en proyectos muy puntuales.
Ahora, el hecho de ser pulpo de Marvel y escribir chotocientas mil series por mes, tiene su lado positivo: si estas series venden bien, no te van a echar flit el día que propongas algo más raro, más jugado. Así es como el sello Icon se convirtió en el hogar de la más personal de las creaciones de Fraction: Casanova, junto a Gabriel Bá, uno de los gemelos fantásticos brazucas. Bajo el paraguas protector de las ventas de Iron Man o X-Men, Marvel se tiró al precipicio con un comic 100% de autor, muy raro, y además muy, pero muy bueno.
Esto es una especie de What If… Acá Nick Fury se llama Cornelius Quinn y tiene un hijo de veintipico, con rasgos parecidos a los de Mick Jagger, entrenado desde chico para ser el perfecto agente secreto. Pero además del espionaje, a Casanova Quinn le gustan la joda, las drogas, las minas y el descontrol. Esta dinámica tipo Isidoro-Coronel Cañones alcanzaría para bancar decorosamente una saguita más que interesante. Pero hay mucho más: las misiones que cumple Casanova no sólo están repletas de sexo, droga y rockanroll. También tienen clones, androides, entradas y salidas del la línea temporal, dimensiones paralelas, tecnología del futuro, civilizaciones prehistóricas, alienígenas y robots gigantes japoneses. O sea que es una especie de Nick Fury de segunda generación pero totalmente tuneado, recubierto por varias capas de crack.
Las aventuras de Casanova son frenéticas. Hay pausas, porque claro, cada genio criminal o capo de agencia de espías necesita unos minutos para tratar de deducir quién lo está “operando”, por dónde se filtra la data y cuáles pueden ser las movidas de sus adversarios, pero el ritmo que predomina en esta extensa saga es aceleradísimo, caótico, una montaña rusa fuera de control en la que todo puede pasar. Hasta que el protagonista (y su hermana melliza) cambie de bando más de una vez. Acá todos traiconan a todos, todos se encaman con todos y nadie tiene piedad de nadie. Como en los buenos comics de Howard Chaykin, pero en un clima mucho más de joda, con casi ninguna pretensión de verosimilitud. De hecho, los autores hacen muchas menciones a que esto es una historieta, no la realidad.
La saga tiene un título genérico, Luxuria, pero Fraction y Bá se esfuerzan porque cada uno de los siete episodios narre una historia más o menos autoconclusiva. Por supuesto, no se entendería nada si se las leyera en otra secuencia, pero varias se pueden leer y disfrutar por sí solas. La sensación fundamental que transmite Casanova es la de libertad: acá vale todo, en tanto y en cuanto todo suma para la diversión desaforada, la aventura llevada al extremo, el festival desenfrenado de tiros, explosiones, garches, sangre y runflas espúreas entre gente muy de mierda. Y encima, los personajes están muy bien trabajados. Sin duda, Fraction puso acá todo lo que tiene y hasta un poco más.
El trabajo de Gabriel Bá es impresionante. Casi todas las páginas están divididas en cuatro tiras, o sea que no son pocas las que tienen más de ocho viñetas. El dibujo se ve chiquito, compacto, apretadito, agazapado para estallar cuando Bá cambia la grilla. El estilo de Bá nos recuerda enseguida al del Paul Grist más sintético, mezclado con el Mike Mignola más suelto, el de los breves unitarios en joda que el ídolo se mandaba cada tanto, ya sea solo o con sus delirantes amigos Steve Purcell o Bill Wray. Pero todo se ve intencionalmente raro, como si estuviera el desafío de demostrar en cada página que esto no lo imaginó el típico dibujante yanki, sino un loco, o un alienígena, alguien que claramente no comulga con los preceptos del mainstream superheroico. De nuevo, la sensación de libertad, de vale todo, además potenciada por una paleta de colores intencionalmente limitada y por un rotulado… manual! En pleno Siglo XXI! Una verdadera bizarreada.
Bueno, cada tanto se puede confiar también en el hiper-prolífico Matt Fraction. Acá se juntó con un monstruo imparable y juntos pelaron un comic delirante, atrapante, adictivo, sensual, violento, original y muy, muy gracioso. Si hay secuelas, cuenten conmigo.
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