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lunes, 18 de noviembre de 2013

18/ 11: IL CAVALIER DI GOMMASGONFIA

Como te darás cuenta con sólo ver la portada, esto no es otra cosa que la edición italiana de El Caballero del Piñón Fijo, cuasi-clásico ochentoso de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina. ¿Para qué quiero una obra de Trillo y Mandrafina en edición italiana? Y, para no lanzar. La verdad es que la edición argentina (publicada hace unos años por Página/12) es tan horripilante, está tan mal impresa, en un papel tan choto, que da vergüenza ajena. Prefiero tirarla a la mierda o regalarla (a alguien que no se sienta ofendido) y quedarme con esta hermosa edición que está en el idioma de mis bisabuelos, pero tiene un tamaño excelente, un papel zarpado , una encuadernación y una impresión de lujo y una portada alucinante creada especialmente para este álbum. La edición argenta traía también las historias mudas que Cacho y Carlos hicieron para SuperHum®, pero tampoco estaban todas. Así que, al Averno.
La historieta en sí está muy bien. No araña la gloria simplemente porque es una obra de Trillo y Mandrafina, que tienen –para sus obras en conjunto- un listón altísimo, colocado allá arriba por joyas insuperables como Cosecha Verde o Peter Kampf lo Sabía. En ese contexto, el Caballero del Piñón Fijo, aún con todas sus virtudes, se convierte en una obra menor, no al nivel de Dragger (que quizás sea la más floja de las colaboraciones de la dupla) sino más bien al nivel de El Husmeante. Un nivel al que –claramente- no cualquier equipo creativo puede aspirar.
El Caballero del Piñón Fijo se basa en un contraste profundo, definitivo: el protagonista es una especie de deshollinador alienado, que cree ser el heroico protagonista de una epopeya repleta de nobleza e hidalguía, al mejor estilo de Don Quijote de la Mancha. El resto de los personajes, sin embargo, habitan un mundo muy real, muy sórdido, con los pies sobre la tierra de 1985-86, que fue cuando se realizó la historieta. Las doncellas a las que intentará rescatar el Caballero serán, en realidad, cabareteras; y los artefactos míticos de poder ancestral serán generalmente drogas. Por ese extraño reino de mafiosos y corruptos, el Caballero vivirá su alucinación montado en su fiel bicicleta Silver, y se esforzará por cumplir su misión bajo la mirada burlona del resto, que se da cuenta de que se trata de un pobre infeliz con serios trastornos para percibir la realidad.
Las breves aventuras se suceden unas a otras hilvanadas por una trama mayor, y están contadas por Trillo con una distancia irónica, a veces excesiva, como quien se pasa de listo. Para subrayar el factor satírico o paródico, una pequeña orquesta de tres personas interrumpe cada tanto el relato para cantar estribillos graciosos, que básicamente dicen lo mismo que ya sabemos, y además agregan una cuota de humor y de extrañeza a una historia que ya de por sí tiene un clima raro, por esto de estar protagonizada por un tipo sensiblemente desfasado de la realidad. Como estamos en los ´80, hay tetas, drogas, bastante violencia (casi siempre mostrada de forma caricaturesca) y hasta un viaje por una caverna que se ve exactamente como una gigantesca cavidad vaginal. Esta obra pertenece sin dudas a la vertiente malalechística del inolvidable Carlos Trillo y como tantas obras del autor, no deja demasiado margen para la esperanza, o para los finales felices. La sordidez, las miserias, las traiciones y la abyección moral de los personajes serán las que se queden con la porción más grande de la torta, mientras que el ideal heroico que corporiza el Caballero será cruelmente denostado.
El dibujo de Mandrafina está muy emparentado con el de las historias mudas: pocos fondos, muchos espacios blancos, expresividad exacerbada en los primeros planos y un especial cuidado en el lenguaje corporal, exagerado al borde de la pantomima para lograr un efecto entre cómico e inquietante. Por supuesto, Mandrafina brilla en la ejecución del claroscuro (su especialidad), logra un excelente equilibrio entre todos esos espacios blancos y sus siempre certeras manchas negras, y logra un ritmo narrativo de enorme fluidez, similar al de una película antigua, en blanco y negro y casi sin diálogos, a pesar de que los diálogos son muchos y Trillo rara vez le pide menos de ocho viñetas por página. Si no tuviera guión, esta historieta también sería un lujo para nuestras bibliotecas sólo por la inspiración y la magia que pela Cacho a la hora de dibujarla.
Algún día se hará justicia, y El Caballero del Piñón Fijo tendrá en nuestro país la edición que se merece. Mientras llega ese día, no está mal deleitarse con la edición italiana, que conserva perfectamente los chistes, adapta con criterio los juegos de palabras y transmite a la hora de la lectura la misma sensación de diversión, delirio y originalidad que cuando la leímos en castellano en la Fierro, hace casi 30 años.