el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 9 de agosto de 2025

NOCHE DE SÁBADO

Ya palpitando la previa del viaje a Rosario para la Crack Bang Boom, tengo un par de libros para reseñar. Quería hacerlo ayer, pero bueno, se dio hoy. Entre fines de 2021 y principios de 2022, resignadísimo a no tener nunca una edición en castellano de Chicanos, me puse a coleccionar una edición italiana, de la que llegué a reseñar varios tomos (creo que el último fue un 13/01/22). Pero claro, no estaba completa, o por lo menos yo nunca la conseguí completa. El sueño de la edición integral en castellano de este clásico de Carlos Trillo y Eduardo Risso nos lo cumplieron Historieteca y Puro Comic a fines de 2024, cuando editaron la serie completa, los 32 episodios de 12 páginas, en un masacote de casi 400 páginas que es una bomba atómica. Los libritos italianos que tuve (todavía los tengo, si alguien los quiere se los regalo) llegaban hasta el episodio 22, así que para completar la lectura me faltaban los diez últimos, que son los que me devoré en estos días. Repito algo que ya dije: de las tres series largas que Trillo y Risso producen para la Eura en los ´90, Chicanos es -lejos- la mejor dibujada de las tres. Acá lo tenemos al León de Leones en un nivel demoledor, por momentos incluso mejor que en 100 Bullets, porque se puede zarpar más en el diseño de los personajes y hacerlos más grotescos, más caricaturescos, no tan realistas como el mangum opus de Brian Azzarello. Esos personajes hiper-expresivos, sumados a una ciudad magistralmente retratada, a unas secuencias demasiado bien planificadas y a un claroscuro extremo, ejecutado con maestría, dan como resultado unas páginas increíbles, que justifican por sí solas la compra del libro. En cuanto a los guiones, en general me gusta más reirme de gente que se cree muy poronga que de gente vulnerable. Acá lo tenemos a Trillo ensayando uno y mil artilugios para que nos riamos de las desgracias de una piba pobre, feucha, con un cuerpo para nada hegemónico, a la que le pasan todas. Alejandrina le pone garra, se esfuerza, se arriesga, pero sus raptos de valentía o de ingenio rara vez dan los frutos que ella espera (y en un punto, merece). No es exactamente una heroína, pero es un personaje con el que el lector empatiza sin ninguna dificultad, básicamente para sufrir con ella, porque las derrotas y las humillaciones que acumula no parecen tener fin. O sea que hay que tener mucha mala leche para que se te ocurran estos guiones y bastante mala leche para disfrutarlos. ¿Es, en realidad, una denuncia muy elaborada y muy elíptica acerca de lo mal que lo pasan los latinos en Estados Unidos? Puede ser. ¿Está todo exagerado para subrayar ese discurso de manera humorística? Ponele. Más allá de pedirle o no rigor testimonial a las desventuras de Alejandrina Jalisco en esa New York inclemente y despiadada, lo más destacable es lo bien que funciona este humor tragicómico de Trillo. En este último tramo, la comedia costumbrista le roba un poquito de protagonismo a los casos más o menos policiales, y Carlos y Eduardo encuentran un nuevo equilibrio entre ambos componentes que le hace muy bien a Chicanos. La serie llega a un final con 32 episodios a cuestas sin decaer nunca. No se termina porque los autores ya no saben qué inventar. La cortan ellos por decisión propia, en un momento en que la serie atravesaba una etapa de verdadera excelencia y claramente podrían haberla seguido durante años. Por suerte está disponible este librazo, para que todos podamos acceder a la obra, leerla, si hace falta discutirla, y sobre todo atesorarla.
Durante mi viaje a Francia en 2023, un amigo me regaló Pistouvi, una novela gráfica infanto-juvenil escrita por Merwan y dibujada por Bertrand Gatignol, quien ilustró uno de los álbumes que me faltan de Donjon: Monsters. Me aburrí bastante durante la lectura, porque en casi 190 páginas pasan muy pocas cosas. La gran mayoría de la obra es más descriptiva que narrativa. Merwan imaginó personajes atractivos, los colocó en un mundo de fantasía muy lindo, medio Hayao Miyazaki, con criaturas raras y demás... y básicamente el libro es presentarnos a Pistouvi, Jeanne, un par de personajes más y el campo fantástico en el que viven. Cuando aparece el conflicto, ya falta muy poco para que termine la obra y la resolución es más metafórica que dramática. Por ahí es todo un gran simbolismo que yo, como un pelotudo, no entendí... pero no creo, porque se supone que Pistouvi es una historieta para chicos... ¿O no? El hecho de que se publique en blanco y negro me hace dudar. Justo los franceses, que son capos en esto de leer los distintos segmentos del mercado, no se van a mandar la cagada de tratar de venderle a los chicos historietas en blanco y negro, no? La verdad que no lo sé. Me quedo con lo que realmente me encantó, que es el dibujo de Gatignol. Me hizo acordar al de Dolo Okecki (vimos su trabajo el 02/06/19), pero más suelto, con más plasticidad y más expresivo. Muy linda la puesta en página, precioso el trabajo de aplicación de grises, personajes con mucha onda... Visualmente, Pistouvi me pareció una delicia. Y me dejó con más ganas de capturar ese Donjon: Monsters que me falta. No sanateo más. La cortamos acá, y nos reencontramos con nuevas reseñas ni bien tenga más material leído. Si querés leer más, ya sabés: entrás a https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y te bajás los números que te falten de la Comiqueando Digital. Valen chauchas y están llenos de artículos bien a fondo, a cargo de enormes especialistas de toda el habla hispana. Gracias y hasta pronto.

viernes, 7 de febrero de 2025

VIERNES EN BLANCO Y NEGRO

Muchos años, varias décadas, tardó Daniel Galliano (editor de Puro Comic) en convencer a Eduardo Risso, su amigo y socio, para que le diera luz verde a una recopilación de Julio César, la obra más relevante de las que produjo el León de Leones para Columba, allá por 1986-1987. Y finalmente en 2024 pudimos acceder al libro que reúne la saga completa, escrita por Ricardo Ferrari y dibujada por Risso, sin los colores abominables que supo lucir en la Nippur Magnum y con un rotulado que le hace justicia a los textos. A lo largo de casi 190 páginas, se nota una evolución muy favorable por parte de Risso. Los últimos episodios están mucho mejor dibujados que los primeros, con momentos realmente grandiosos, que preanuncian a ese dibujante virtuoso y vistoso que vamos a disfrutar en Parque Chas, a ese coloso del claroscuro que va a estallar entre Caín y Fulú e incluso a ese maestro del armado de la secuencia que se va a florear sobre todo en sus trabajos para el mercado de EEUU. Guarda: en 1987, cuando termina Julio César, faltaban 10 años para que Risso llegara al mercado yanki y terminara de consagrarse a nivel global. Este es un Risso muy, muy sólido, pero que todavía arrastra ciertos vicios "columbescos", como resolver viñetas complejas con el primer plano de un rostro o de una mano. Y también hay un trabajo en la documentación y en los fondos que el dibujante promedio de Columba no hacía ni a palos en esa época, y hasta momentos en los que la planificación de las secuencias tiene más que ver con El Corazón Delator de Alberto Breccia o Master Race de Bernie Krigstein que con cualquier otra historieta de la Nippur Magnum. Evidentemente, e incluso en un contexto que no estimulaba para nada la creatividad, Risso proponía otro vuelo y demostraba otra ambición artística, y eso se percibe con mucha claridad en las páginas de Julio César. El guion de Ferrari conserva un punto de contacto con la tradición columbera, y es el uso exhaustivo de los bloques de texto, donde se luce una prosa con esa impronta poética, elevada, típica de Robin Wood. Pero en las tramas en sí, queda claro que a Ferrari le interesa más demostrar que se leyó todo sobre Julio César y su época que reproducir (por enésima vez) los mecanismos de la aventura tradicional. Acá el rigor histórico le gana la pulseada a la aventura. De hecho, tenemos como protagonista a un personaje que no es un héroe, sino que actúa siempre según sus propios intereses, algo atípico en las historietas de Columba. Incluso queda muy claro que los personajes... ¡cogen! No se muestra los garches, lógicamente, pero el guion explicita que el sexo existe y que tiene su peso en algunos momentos de las tramas. Más motivos para que Julio César llamara la atención o desentonara con el resto de la revista en la que serializó. Los comics de Astérix nos enseñaron a considerar a Julio César un villano abyecto, y a maldecir el día en que Vercingetorix se rindió ante él en Alesia. La prosa de Ferrari logra lo contrario: el cacique galo es tratado con respeto, pero acá uno hincha todo el tiempo por César y quiere verlo sojuzgar a todos esos galos zaparrastrozos que -sin poción mágica- tienen poquísimas chances de resistir el embate de las legiones del más poderoso de los romanos. Para cuando César muere traicionado por una conjura de la que es parte su propio hijo, uno ya es fan incondicional de este personaje ambiguo, complejo y sin dudas fascinante. La restauración del material original es más que aceptable; no perfecta, pero bueno... son historietas de Columba de las que Risso no puedo conservar los originales. Y la recopilación incluye también buenos textos sobre Julio César y su época y sobre la historieta en sí. Recomiendo este libro a los fans de la historieta histórica, y obviamente a los fans de Ricardo Ferrari y Eduardo Risso, dos bestias que a mediados de los ´80 ya eran un poquito más que "jóvenes promesas" y que después de esta obra protagonizaron (cada uno por su lado) muchas gestas comiqueras más.
Allá por 2008, en una editorial que me parece que no existe más, Warren Ellis se sacó las ganas de hacer su propia League of Extraordinary Gentlemen en apenas 44 páginas. La breve novelita, titulada Aetheric Mechanics, está situada en 1907 en una Londres ucrónica en la que existe tecnología capaz de hacer volar a los autos, lanchas y hasta enormes embarcaciones de guerra. Y los protagonistas son clones apenas disimulados de Sherlock Holmes y Watson. No voy a contar acá de qué va el guion, porque es muy breve y muy sencillo. Simplemente dejar constancia de que el final me resultó un poco precipitado y anticlimático. El punto más alto de la obra, que sostuvo mi interés hasta el final, es la perfecta caracterización de Sherlock y Watson, una demostración magistral del conocimiento y el cariño que tiene Ellis por la obra de Sir Arthur Conan Doyle. Los diálogos son brillantes (y muy extensos), las deducciones de Sax Raker son tan impactantes como las del personaje en el que está basado y en general, cuando Ellis ambienta sus historias en Londres, aparece una capa más de profundidad, que también tiene que ver con el vínculo profundo entre el autor y su ciudad. Las ideas que Ellis pone sobre la mesa en Aetheric Mechanics (y que la conectan con la ciencia ficción) son sumamente atractivas, pero por la breve extensión del comic, no llegan a desarrollar todo su potencial. Por momentos sentí que estaba leyendo una obra prima, o hermana, de 1899, la novela gráfica de Francisco Ortega y Nelson Daniel que vimos en este espacio allá por el 19/12/12. Y el dibujo... ma-mita, qué difícil... Gianluca Pagliarani es un dibujante chato, sin alma ni talento, que cree que si llena con líneas cada milímetro de la viñeta alguien lo va a confundir con un buen dibujante. Hay una sobrecarga bestial de información visual (encima en páginas donde el texto abunda y mucho), un despliegue agobiante de detalles y texturas que no contribuyen en nada a la narración. Pagliarani no entiende que hay algunas viñetas en las que es mejor NO dibujar los fondos, para acentuar las expresiones de cuerpos o rostros... pero es bastante lógico, porque sus cuerpos y sus rostros no tienen expresiones. El entintador Chris Dreier no ayuda para nada, porque mantiene el mismo grosor de línea para entintar prácticamente TODO lo que Pagliarani pone en la viñeta, y eso hace que más de una vez se complique distinguir las figuras de los fondos. En fin, a pesar de que la faz gráfica del librito está por debajo de la línea de pobreza, Aetheric Mechanics tiene su encanto y su impacto. Es un canto de amor de Warren Ellis a Sherlock Holmes muy entretenido, con buenas ideas y diálogos magníficos, y si bien se trata de una obra muy menor en la bibliografía del creador de Transmetropolitan y Planetary, amerita por lo menos una lectura. Hasta acá llegamos, por hoy. El miércoles que viene tengo función de prensa de la nueva peli de Captain America, pero espero meter un posteo con reseñas de comic ANTES de comentar la película. ¡Será hasta pronto!

miércoles, 27 de julio de 2022

MIERCOLES GRIS

Mediodía gris y lluvioso en Buenos Aires, pero no tan frío, por suerte. No está mal para sentarse a reseñar unos libritos. Empiezo con la esperada edición argentina de Cuentos de Terror, un tomo que recopila las 11 historias cortas de este género creadas por Carlos Trillo y Eduardo Risso para la editorial italiana Eura en la década del ´90. Inexplicablemente, no todas estaban publicadas en castellano hasta que Historieteca y Puro Comic lanzaron este libro. Ahora, por suerte, lo único que queda inédito de la brutal producción de la dupla para la Eura es Chicanos, de la que solo se publicó un pedacito en Argentina. Este tomo arranca con dos historias magníficas, sin elementos fantásticos. Los protagonistas son monstruos reales, posibles, tan reales y tan posibles que duele. Son cátedras de mala leche, escritas por un Trillo despiadado, que busca la revulsión y el asco en el lector, y lo logra con unos textos perfectos (felizmente escritos en argentino) y con un manejo del suspenso que hace que las historias se resuelvan en la última viñeta con giros magistrales e impredecibles. La tercera historia (ya con un fantasma involucrado) me interesó menos, la cuarta es buenísima pero sería mejor si fuera más corta, y la quinta también: su único atractivo está en el remate, lo que torna tedioso el desarrollo. La sexta es brillante y la séptima es una idea que está tan buena que no dudo que Trillo debe haber barajado la posibilidad de convertirla en un álbum de 46 páginas... o incluso en una serie de varios álbumes. La octava es una de mis favoritas (por eso la publicamos en un número de Comiqueando, allá por 2005), una obra maestra de la crueldad. La novena es un chiste gracioso, pero estirado para que dure 14 páginas. Los bloques de texto son hermosos, pero la trama daba para mucho menos. La décima propone revisitar la historia clásica de Frankenstein y traerla al presente, con muy buen resultado. Y la última también, es una clásica historia de personajes abyectos, amorales y con pésima leche de las que tanto le gustaba escribir a Carlos. El dibujo de Risso es glorioso en las 11 historias, no hay una sola tirada a chanta, nada que sugiera que esto fue dibujado a los santos pedos, o derivado a asistentes menos diestros que el león de Leones. Hay riesgo en la puesta en página, hay un claroscuro de alto impacto, fondos laburadísimos, personajes de enorme expresividad... Esto es un lujo, de verdad. Y como siempre, cuando un guionista juega al misterio, a esconder revelaciones para sorprender al final de la historia, necesita que el dibujante "mueva la cámara" con inteligencia y sutileza para no darle al lector información que le cague la sorpresa. Risso hace eso en todas las historias que requieren ocultar datos hasta el final, con verdadera maestría. Un libro realmente muy recomendable, con el que la vas a pasar muy bien, aunque no te interese demasiado el tema de las momias, fantasmas, vampiros y monstruos varios.
Por fin, después de muchos años, logré leer Empire en su totalidad. Esta saga creada por Mark Waid y Barry Kitson a fines de los ´90 había quedado trunca cuando la lanzó Image, y años más tarde fue publicada como corresponde (en TPB) por DC. Es muy loco que un comic de DC, sin el logo de Vertigo ni ningún otro, incluya garches, puteadas y violencia hiper-explícita, pero bueno, se dio así. Por supuesto esto es creator-owned, no está integrado a ningún tipo de continuidad... aunque no estará mal que pasara algo así en alguno de los universos tradicionales poblados de superhéroes y supervillanos... El planteo de Empire es muy atractivo: hace 10 años, un supervillano con alto poderío intelectual y tecnológico (y ningún escrúpulo) llamado Golgoth emprendió la conquista del mundo, y ahora lo tiene bajo su yugo. Sometió a los gobiernos, eliminó al superhéroe que osó confrontarlo, se quedó con todo lo que quería poseer y más. ¿Y ahora? ¿Qué onda? ¿Es feliz? ¿Se puede relajar, o tomarse vacaciones? No. Ahora es un gobernante, y tiene que estar más alerta que nunca a las intrigas palaciegas y los intentos de desestabilización que cada tanto aparecen en algún país medio perdido en el mapamundi. El guion está muy bien llevado. Lo que yo pensé que iba a ser el talón de Aquiles de Golgoth, lo que lo iba a empujar al abismo, no lo fue. El que creí que lo iba a traicionar no lo traicionó. Mezcla de Luthor y Dr. Doom, Golgoth es un personaje complejo, trágico, que sufre pérdidas enormes en su derrotero hacia una gloria que no parece disfrutar, sino más bien padecer. Waid lo rodea de un elenco de secundarios muy atractivo, con personajes atrevidos, astutos, y sobre todo corruptos, como debería ser cualquier villano que aspire a quedarse con el poder absoluto. Acá no hay dudas, nadie busca la redención, todos saben que el imperio de Golgoth se sostiene en su poderío militar, su manipulación de los medios masivos y su accionar implacable y despiadado contra cualquiera que se le subleve. Maquiavelo puro y duro, en un mundo donde alguna vez hubo superhéroes (y esperanza) y hoy hay solo desolación, autoritarismo y sordidez. La trama de Empire se parece poco a las otras obras de Waid que conozco, y amplía mi percepción de lo que el hábil guionista oriundo de Alabama puede hacer y crear en este medio. Con eso solo alcanzaría para recomendarlo, pero además es una muy buena historia, orquestada con clase, y obviamente con mala leche. El dibujo de Barry Kitson acompaña muy bien al guion. Sus diseños de ciudades, vehículos, armas y trajes son excelentes, una especie de modernización de la estética que inventó Jack Kirby cuando tuvo que vestir y equipar a los New Gods. Los dos coloristas lo complementan muy bien y en la narrativa sabemos que Kitson no tambalea nunca, es un relojito. Y nada más. La verdad que me voy contento, porque me tocaron dos librazos. Nos reencontramos pronto (espero) con nuevas reseñas, acá en el blog.

sábado, 29 de enero de 2022

LECTURAS ACUMULADAS

De a poco se va calmando el mega-bolonki de la mudanza y también de a poco, estoy trayendo de mi antiguo domicilio el material que tenía sin leer, ya sin miedo a que se pierda o se mezcle con todo lo demás. Así que estoy retomando un ritmo bastante saludable de lecturas y creo que voy a poder postear reseñas una vez por semana. No sé qué días, porque en Febrero retomo la gira de presentación de ¿Quién quiere ser superhéroe? Y habrá muchos findes en los que estaré lejos de mi casa y de mi computadora. Pero vamos a tratar de tener unas cuantas reseñas publicadas durante los próximos meses. Me liquidé en poco minutos el cuarto y último librito de Ryuko, el manga de Eldo Yoshimizu publicado por el sello cordobés Buen Gusto. Una vez más, me impactó lo desparejo del dibujo: acá hay imágenes gloriosas, que te detonan las retinas, y viñetas que parecen dibujadas en tres minutos por un perro catatónico, expulsado del más croto de los talleres de dibujo de historieta. Este registro gráfico tan, tan amplio que propone Yoshimizu, hace que la narrativa a veces se complique un poco. Y no es el único lastre que tiene en ese rubro. El abuso grotesco de las páginas de una sola viñeta también da la sensación de ¿estoy leyendo un manga o mirando un artbook?, incluso cuando en general los dibujos que ocupan toda una página son fastuosos. En cuanto al guion, en estas últimas páginas se resuelve todo, y se resuelve de manera bastante simple. El cierre que elige Yoshimizu para Ryuko le da infinita chapa a un personaje que en los tres primeros tomos no parecía aspirar a un rol protagónico, mientras desluce y reduce casi al mínimo los roles de otros personajes, a los que les había dado mucha más bola y más desarrollo en los tomos anteriores. Lo mejor que tiene este final es que se entiende el 95% de la trama sin haber leído nada de lo anterior. Es casi una mini-novela gráfica en sí misma. De todos modps, recomiendo NO leer Ryuko en este extraño formato de cuatro fetas de 110 páginas, sino todo de un saque. Vas a encontrar algunas inconsistencias menores en los diálogos (idas y vueltas entre el usted, el tú y el vos), pero lo vas a sentir más poderoso, más intenso, más parecido (creo yo) a lo que quiso transmitir el autor cuando ideó este thriller de violencia, rosca política, crimen y venganza.
Voy con otro manga, la antología de historias cortas de Junji Ito titulada Fragmentos del Horror. Acá tenemos otros ocho relatos dibujados como los fuckin´dioses por Ito, y si bien no todos son igual de atrapantes, siempre está esa sensación inquietante, ese escozor que te genera el autor con poquitas viñetas, cuando ya empezás a sentir que te está metiendo en una trama enroscada, en la que puede pasar literalmente cualquier cosa. Hay un par de historias menores, que no van más allá del desarrollo lento y retorcido de una idea escabrosa, hay un par muy interesantes, y hay una que se destaca por sobre el resto y que se merece el rótulo de Gema del Infinito: las 30 páginas de Despedida Lenta son una maravilla que justifican por sí solas la compra del tomo. Una idea original, un desarrollo brillante, un final imprevisible, un montón de emociones, un personaje central que evoluciona muchísimo… Alta magia de la mano de este autor que aún hoy sorprende a los que lo seguimos hace 15 años, o más. La edición de Ivrea, impecable, realmente de lujo.
Y me clavé dos libritos más de la edición italiana de Chicanos, una de las obras menos difundidas de la gran dupla integrada por Carlos Trillo y Eduardo Risso. Lo mejor de esta etapa de la extensa serie (realizada para Italia a mediados de los ´90) lo encontré en los episodios en los que aparece Mel, el interés romántico de Alejandrina Yolanda Jalisco. Los dos primeros conforman una única aventura que está muy bien, y cuando reaparece (en el arco de dos episodios centrados en el caso de James Marisco), Trillo nos ofrece los mejores guiones de lo que va de la serie. Y acá está el que los autores pensaron como final de A.Y. Jalisco (o Chicanos, o Tabasco Blues, o como la quieran llamar): el episodio 20 termina con la protagonista atropellada por un colectivo y los malignos Carlos y Eduardo pensaron en cerrar ahí la serie, con esa ironía brutal de ponerle fin a la vida de Jalisco justo cuando, por una vez, las cosas le salen bien. Por suerte, como la repercusión de la historieta era muy buena, los editores tanos convencieron a los autores argentinos para que continuara la saga, y los últimos dos episodios del Vol.4 son desventuras de Alejandrina en el hospital donde se encuentra postrada, enyesada de pies a cabeza y –de nuevo- cruelmente maltratada por un Trillo que no tiene piedad. El dibujo de Risso no afloja nunca. Ese nivel sublime que vimos en los primeros dos libritos se mantiene intacto en estos dos y nos muestra al León de Leones afianzado a la perfección en esta ambientación urbana 100% realista, combinada con grotesco, violencia y romance. Y gloriosa esa aparición de Marv, el personaje creado por Frank Miller para la primera saga de Sin City. Nada, ojalá algún día una editorial argentina publique esta serie de manera integral, en uno o varios tomos, como para completar el panorama de la abultada e interesantísima producción de Trillo y Risso para las antologías de la editorial Eura. Esto es todo por hoy. Gracias por el aguante, perdón por la extensión de los baches entre entrada y entrada, y nos reencontramos pronto acá, en el blog.

jueves, 13 de enero de 2022

PRIMERAS LECTURAS DEL AÑO

Sigo atrapado en el vórtice espacio-temporal de la mudanza, pero felizmente me pude hacer un rato para escribir acerca de las historietas que (no sin dificultad) pude leer en estos últimos días. Ya resignadísimo a no tener nunca una edición en castellano de Chicanos, me adentré en este clásico noventoso de Carlos Trillo y Eduardo Risso en una edición italiana del 2003, que consta de cinco tomos. No recopila TODA la serie, pero creo que es la edición más completa, la que más episodios llegó a reeditar en formato libro. De las tres series largas que Trillo y Risso producen para la Eura en los ´90, Chicanos es -lejos- la mejor dibujada de las tres, muy por encima de Borderline y Yo, Vampiro. No sé si para esta serie Risso contaba con más tiempo para dibujar cada episodio, o si repartía el trabajo con un equipo de asistentes más afianzado, pero visualmente estos episodios están repletos de imágenes y secuencias maravillosas. La New York de Chicanos tiene ese caos, esa cacofonía, esa pátina de grasada que tenía la New York de Alack Sinner, potenciada por un manejo del claroscuro en el que Risso, además de mostrar su admiración por José Muñoz, anticipa mucho de lo mejor de 100 Bullets. No hace falta llegar a su etapa en Estados Unidos para disfrutar de un Risso perfecto, impecable en la narrativa, impactante en las expresiones faciales, infalible en el retrato de la vida cotidiana de esta ciudad de feroces contrastes y desigualdades. Te pueden no interesar en lo más mínimo los guiones, y aún así pasarla bomba con Chicanos solo por la calidad infernal que tiene el dibujo del león de Leones. Y los guiones no están nada mal. En especial la saga que abarca los cuatro primeros capítulos y el séptimo (recontra-autoconclusivo) son muy, muy notables. Después hay unos cuantos episodios unitarios más (leí hasta el 12, que es lo que viene en los dos primeros tomos de la edición de Coniglio), casi todos muy dignos y alguno muy extremo, con algún exceso por parte de Trillo en su afán de mostrarnos lo poco feliz que resulta la vida de Alejandrina Yolanda Jalisco, la protagonista de la serie. Un poquito de mala leche está bueno, pero cuando el maltrato hacia la protagonista se acerca más a un bullying despiadado, te preguntás si realmente hacía falta. Y la verdad que no, menos cuando esos episodios de “miren lo mal que la pasa Alejandrina” no tienen otro hilo argumental más potente, vinculado a la aventura o a la investigación de casos policiales, o al romance, aunque más no sea. Es como que en algún punto Trillo mezcla desarrollo de personajes con humillación y basureo al límite de la protagonista y la reacción que genera en el lector (por lo menos en este lector) es mucho más repulsiva que cuando Alejandrina resulta discriminada, maltratada o pisoteada en el contexto de una trama más “aventurera”. Veremos con qué me encuentro en los tomos que me quedan por recorrer.
Me voy a Francia, año 2010, cuando Jul Maroh causa sensación con la novela gráfica El Azul es un Color Cálido. Claro, nunca habían aparecido historietas que abordaran en profundidad, en clave dramática, el tema de la homosexualidad femenina. Y la autora lo presenta de manera muy realista, por momentos más cruda, por momentos más poética, pero con una contundencia emocional aplastante. Imposible llegar al final de la obra sin sentir una profunda empatía por Clementine y Emma y sin sufrir por el trágico desenlace de su historia de amor. La historia está muy bien narrada, con todos los recursos puestos al servicio de conmover al lector, de invitarlo a dejar de lado prejuicios y tabúes y vibrar al ritmo de un romance complicado, apasionado, impredecible de principio a fin. En general, cuando aparecen obras que rompen todo al arrojar sobre la mesa temas de los que hasta ese punto no se hablaba, son obras muy jugadas a la idea, al concepto, y a menudo no tan cuidadas en la realización. En ese sentido, El Azul es un Color Cálido me sorprendió muy gratamente. Tanto el dibujo como la narrativa muestran un nivel de solvencia que uno normalmente no asocia a una ópera prima de una autora joven. Por ahí sin deslumbrar, Maroh maneja con muchísimo criterio el ritmo del relato, sabe conjurar climas, asfixiar al lector con silencios, ponerle fuerza a las escenas clave... y además dibuja y colorea muy bien, en un estilo que por momentos me hizo flashear una versión más moderna del maestro Hermann. Aclaro (para que no me masacren) que me gusta más Hermann que Maroh, pero la onda medio que va para ese lado. Nunca leí otros trabajos de esta autora, y trataré de rectificar esa carencia, porque la verdad que este es un muy buen comic, que amerita seguir a su autora por otros caminos. Me imagino que en obras posteriores Maroh habrá tocado temas distintos, no infinitas variaciones de “una chica adolescente se enamora por primera vez y descubre que es lesbiana”, pero la verdad, no lo puedo asegurar. Ya veremos con qué me encuentro la próxima vez que me cruce con una obra de esta autora, cuyo primer trabajo es sumamente recomendable y cuenta con una magnífica edición argentina.
Me quedo en Francia para degustar otra papita fina, pero de autor argentino: Llamarada, del inmenso Jorge González, que también tuvo edición local en 2021. En la primera parte de la novela, González nos cuenta la historia de su abuelo José María, talentoso futbolista que se luciera en el glorioso Racing Club de Avellaneda en aquellos años anteriores a la aparición del futbol profesional, cuando todo era amor por la camiseta. Un testimonio riquísimo y apasionante de esas décadas fundacionales para el deporte más popular y más masivo del planeta. Pero después la trama agarra para el lado de las generaciones y los vínculos entre padres e hijos. José María se convierte en papá de Jorge, Jorge a su vez tiene un hijo al que también llama Jorge (el autor de la historieta), y el nieto del crack de Racing, ya radicado en Europa, amplía la dinastía González con la llegada de Mateo, pelirrojo como su bisabuelo y bastante habilidoso con la redonda. Con elegancia y sutileza, González explora el conflicto entre lo que los padres quieren que sean sus hijos y lo que finalmente estos eligen para sus vidas, y de ahí salen los mejores momentos de Llamarada. Fiel a su estilo, el argentino estira la extensión del libro con secuencias de alto vuelo plástico que parecen no conectar con la trama, pero esta no pierde en ningún momento el interés. No sé si el guion está tan logrado como el de Fueye (ver reseña del 06/07/12), pero seguro que me gustó mucho más que el de Dear Patagonia (reseñado el 09/11/15). Entre diálogos muy reales y silencios cautivantes, se luce (como siempre) el dibujo de Jorge González que, en la primera mitad del libro, alcanza un nivel más cercano a la magia que al arte. En la segunda mitad prueba otras cosas, arriesga un poco más en materia estética, y el resultado puede ser un poco confuso, o no tan fácil de acoplar al devenir de algo que es, ante todo, un relato. Incluso cuando se pasa de experimental, González no se olvida que está contando una historia, y eso hace que Llamarada, si bien cambia mucho con el correr de las páginas, mantenga una unidad y una consistencia a lo largo de 300 inolvidables páginas. Si sos hincha de Racing, esto te va a emocionar, y si no, me parece que también. Nada más, por ahora. Gracias por el aguante y ni bien pueda, vuelvo a postear acá en el blog.

lunes, 8 de julio de 2019

LUNES TRANQUI

Poco frío, poca gente por la calle, día ideal para salir y boludear por ahí. Pero antes, un par de reseñas.
Arranco a mediados de los ´80, cuando Robin Wood desempolva los guiones que se había metido en el ojete cuando Enrique Breccia abandonó la serie Ibáñez (y la editorial Columba) y los convierte en una nueva serie, llamada El Ángel, con una ambientación muy similar pero ahora con Eduardo Risso como dibujante. Este segundo intento por contar una historia ambientada en la América joven tampoco va a llegar a buen puerto, porque El Ángel termina luego de apenas 20 episodios, cuando los protagonistas llevan menos de 30 páginas en “las Indias”. Así es como el núcleo de la serie, el cuerpo, el tronco, termina por ser la previa del viaje que emprenderán el Ángel y el Encorvado en la segunda expedición organizada por el almirante Cristóbal Colón.
Y ahí es donde Robin hinca los colmillos y le saca un jugo maravilloso a esa España plena de desigualdades, donde los ricos son obscenamente ricos y los pobres desgarradoramente pobres. El Ángel juega todo el tiempo al contraste entre dos extremos: lujos y carencias, príncipes y mendigos, opulencia y miseria absoluta. Pero a la hora de resolver las tramas, Wood tiene muy claro que la dignidad y la integridad suelen estar del lado de los que no tienen nada, mientras que los supuestos nobles de nobleza tienen poco y nada. Eso es lo que me atrajo de El Ángel. Después, el trasfondo de “el hijo de un rey criado por los indigentes” es algo que a) no me patreció muy original y b) tiene peso sólo al principio. Más tarde pierde bastante protagonismo en favor de otras peripecias menores, en las que los personajes empiezan a vivir historias no muy distintas de las de cualquier otro justiciero de los muchos que creó el prócer paraguayo hijo de australianos. Sin ser gemas insuperables, las historias tienen fuerza, bajan línea, son crudas, jodidas y sacan buen provecho de su ambientación. Robin no se zarpa con los diálogos, ni agobia con los bloques de texto, que cuando aparecen suman un montón a la hora de crear climas espesos y subirle el volumen al dramatismo de los relatos. Y como siempre, desaprovecha buenos personajes secundarios y villanos a los que liquida en uno o dos episodios, en vez de hacerlos crecer a la par del protagonista.
Esta edición nos permite disfrutar del dibujo de Risso en blanco y negro (aunque está todo un poco quemado o empastado) y obviamente todo se aprecia mucho más que en las revistas de Columba. Este es el Risso pre-Parque Chas, un Risso muy jugado al claroscuro, pero que claramente todavía no había visto a Frank Miller ni a Mike Mignola. El león de Leones acá mezcla un dibujo entre Enrique Breccia, Milo Manara y Hugo Pratt, con tintas más densas, más para el lado de Alberto Breccia y José Muñoz. No es el Risso glorioso de la segunda mitad de los ´80, pero está muy por encima de la mayoría de lo que publicaba Columba en 1985. El trabajo en fondos y vestuarios es magnífico, la narrativa está muy bien piloteada, siempre con siete u ocho viñetas por página, con un fluir muy dinámico.
¿Se puede recomendar El Ángel al lector que habitualmente no se aventura en el material de Columba? Yo creo que sí, que casi todo lo que vas a leer en estas 240 páginas está bastante más allá de la fórmula clásica columbera. Acá hay unas cuantas sorpresas copadas, buenos textos, buen ritmo y un crecimiento del dibujante que no afloja nunca.  
Cayó en mis manos el libro Fearless Comics, de un autor francés conocido como Samplerman. Esto es MUY extraño, casi alienígena. Samplerman es un artista que no dibuja, sino que toma dibujos y pedacitos de dibujos de miles de historietas norteamericanas de los ´40 y ´50, de la época del comic masivo, con cientos de géneros distintos y miles de guionistas y dibujantes cuasi-ignotos sacando el material por kilo, sin demasiada impronta autoral. Con esos pedacitos de viñeta, Samplerman construye otras viñetas, que a su vez construyen otras páginas, pero no construye historias. El material de Fearless Comics no es precisamente narrativo, si bien se nutre de imágenes y hasta globos de diálogo que en su contexto original servían para narrar.
Esto es parecido a lo que hacen los DJs de música electrónica o ambient, que toman pedacitos de temas ya grabados y los manipulan a pleno para crear otros sonidos, otros climas, otras sensaciones. Samplerman nos propone entrar a una dimensión del delirio, del non-sense, de la mano de una estética careta, vintage, a través de imágenes recontra-toqueteadas, entreveradas en una danza que no se parece nada a las historietas donde originalmente vimos esos dibujos.
Visualmente esto es muy atractivo, y debe requerir un laburo monstruoso por parte del autor. Pero bueno, a mí me gusta la historieta narrativa, no tanto esta onda más rara, tan experimental, donde todo está tan jugado a las sensaciones visuales y tan poco al relato. Para mirar y sorprenderse, la verdad que Fearless Comics está buenísimo. Para gastar guita y espacio en la biblioteca, capaz que no.

Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 6 de mayo de 2019

LINDO LUNES

Prometí más Spirou de André Franquin y hoy cumplo, con la reseña de El Viajero del Mesozoico, una historieta que data de 1960 y que tiene una particularidad muy rara: Spirou podría tranquilamente no estar y la historia se desarrollaría exactamente igual. Fantasio también, está totalmente de adorno, aunque protagoniza (en la primera mitad del álbum) varios de los mejores pasos de comedia. Esta es una aventura del Conde de Champignac y el Marsupilami. Uno genera el kilombo, el otro lo resuelve. De las 47 páginas que dura la historieta, Franquin dedica 27 a mostrarnos cómo fracasan uno tras otro los intentos por contener al dinosaurio que nació en el “presente” y que por su propio tamaño y su inexistente destreza, causa estragos en la apacible localidad de Champignac.
El núcleo de la trama es ese: ¿cómo carajo paramos a este mamotreto que a cada paso rompe o se morfa algo que va a costar muchísimo recuperar o reconstruir?. Ni Spirou, ni Fantasio, ni el Conde, ni las autoridades municipales ni nacionales le encuentran la vuelta… y la situación se estira tanto que la comicidad se diluye. La cuarta vez que el dinosaurio destruye o aplasta casas y autos (y tanques) ya no es gracioso. La batalla la va a ganar el Marsupilami, cuya cruzada quijotesca está hábilmente presentada por Franquin como un gag recurrente. Nunca te imaginás que de ahí va a salir la resolución de la trama… en parte porque nunca te imaginás que ni Spirou ni Fantasio van a estar pintados al óleo hasta el final del álbum.
El dibujo está a un nivel sublime, imposible de superar excepto por el propio Franquin. Las escenas en las que el pueblo se ve subvertido por el caos son brillantes, ahí se ve el mejor Franquin, el especialista en dibujar hermosos desórdenes, bolonkis cacofónicos repletos de detalles alucinantes. La secuencia inicial, donde solo vemos cuerpos moviéndose lentamente en plena Antártida, también está logradísima y muestra lo canchero que estaba el maestro en el manejo del lenguaje corporal de los personajes. La verdad que, si no te molesta ver a Spirou y Fantasio relegados a un rol muy menor en la trama, El Viajero del Mesozoico es un álbum divertido, raro, con un nudo un poco estirado, pero con una introducción y un desenlace alucinantes e impredecibles.   
Salto 57 años para adelante hasta 2017, cuando se publica el primer álbum de Torpedo 1972, la nueva serie protagonizada por un Luca Torelli ya veterano, ahora con el maestro Eduardo Risso al frente de los dibujos. La verdad que me costó un poco entrar en la amalgama entre estos legendarios personajes y el universo gráfico del León de Leones. El tema del color, la puesta en página, obviamente el trazo, el aspecto de Torpedo y Rascal con varias décadas más encima… muchos fueron los elementos que indicaron con mucha fuerza que este no era un álbum más de la gloriosa serie de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
El guión, en cambio, conserva el ritmo de los álbumes de Torpedo 1936 en los que los autores contaban una sóla historia extensa. Abulí puso al personaje en el freezer casi 20 años, pero en el medio no perdió en absoluto el pulso para los diálogos zarpados, con juegos de palabras constantes y punzantes, ni para las situaciones violentas, escabrosas, al límite de lo publicable. Ojo, los hallazgos los encontré en el guión, no tanto en el argumento, que me pareció bastante precario. Me divertí más viendo cómo cambiaron en estos años Torpedo y Rascal que con el discurrir de la trama. Y me parece que (todavía) Abulí no le empezó a sacar el jugo a la nueva ambientación (principios de los ´70), más allá de algunas referencias bastante obvias a hechos y personajes reales.
En cuanto al dibujo, el propio Risso reconoce haber despachado el trabajo “de taquito”, escatimándole esa pasión autoral que le pone a todos sus trabajos, incluso los que realiza por encargo de grandes editoriales. En general, yo veo un muy buen trabajo de Risso, que retoma esa línea de grotesco y mala leche de obras como Bolita y Chicanos (o ¡Ay, Jalisco!), e intuyo varias decisiones suyas a la hora de armar varias secuencias que no creo que se le hayan ocurrido a Abulí. Donde noto cierta “mezquindad” por parte del dibujante es en los fondos. Creo que en todas las páginas hay una o dos viñetas en las que me hubiese gustado ver fondos, que no están. En su lugar hay grandes masas de negro, o simplemente un color pleno, sin texturas ni degradés de ningún tipo. Pero bueno, cuando tenés el oficio que tiene Eduardo Risso para narrar con el dibujo, podés no dar el 100% y que aún así los lectores la pasemos bárbaro durante la lectura.
Y me imagino que para las secuelas (que encargó una editorial francesa, que seguro paga mejor que Panini) tanto Sánchez Abulí como Risso redoblarán esfuerzos para que este Torpedo viejo y choto vuelva a brillar como en los míticos álbumes de los ´80 y ´90, cuando fue por mérito propio uno de los personajes más taquilleros y más queridos del comic europeo.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas y si vivís en Montevideo (o cerca) nos vemos este sábado y domingo en Montevideo Comics. Excelsior!

lunes, 2 de noviembre de 2015

02/11: PARQUE CHAS INTEGRAL

Este libro reúne las dos sagas de Parque Chas, el clásico ochentoso de Ricardo Barreiro y Eduardo Risso que apareció primero en Fierro y después en revistas de historietas de todo el mundo.
La primera parte consta de 11 episodios breves, de unas 8 ó 9 páginas, que al principio son muy autoconclusivos. No te digo que se pueden leer en cualquier orden, pero básicamente Barreiro remata cada capítulo como si fuera una historia unitaria y rara vez queda algo pendiente para resolver en el próximo, más allá de que hay un hilo conductor para toda la serie. Sin embargo, cuando faltan tres episodios para el final, los ingeniosos relatos de Barreiro no le pueden seguir esquivando el bulto a ese hilo conductor, y –como en un final de temporada de una serie yanki- llega la hora de meterse a fondo con la trama central, con la madre de todos los pequeños misterios con los que el anónimo protagonista se topó a lo largo de los episodios.
En esta breves historias aparecen ideas muy atractivas, como el auto asesino (un Falcon verde, nada menos) o el subte secreto que comunica a la Casa Rosada con Parque Chas. Y otras menores, claro. Y otras repetidas, como el truco (que Barreiro ya había utilizado en Ciudad) de mezclar no sólo distintas dimensiones espacio-temporales sino incluso distintos niveles de realidad. El gran problema que tiene esta serie (y su continuación, obvio) es que todo está ambientado en una Buenos Aires muy real, muy verídica a pesar de los elementos fantásticos, con calles, personas y hasta diarios reconocibles por cualquier porteño, y sin embargo hay un montón de diálogos en que los personajes se tratan de tú. El único que habla 100% porteño, con modismos lunfardos y expresiones bien argentas es el General Perón, co-protagonista de uno de los relatos.
La segunda parte no estaba en los planes de nadie, pero los editores franceses presionaron para que se hiciera (léase “pusieron un buen billete”) y así fue. Las diferencias con la primera parte son varias. El protagonista ahora tiene nombre (Ricardo, como el guionista), la enigmática Aitana ya no parece tan enigmática (aunque se guarda una sorpresa heavy para el final) y mucho de lo que antes no tenía mucha explicación ahora sí la tiene. Sin embargo, la diferencia más notable es que Barreiro ya no escribe en formato de episodios, sino que se trata de una novela gráfica de 56 páginas que va palo y palo hacia una única y definitiva resolución. Por supuesto cambia mucho el ritmo: Ricardo ya no es más un curioso que escucha relatos en un bar sino un héroe improvisado que debe adaptarse a una increíble vorágine de peligros, y en general, lo que en la primera parte era más sutil, en esta es más explícito. Cerca del final, Barreiro se da el lujo de bajar línea política y de acertar con la precisión de un francotirador: antes de que asumiera la presidencia Carlos Menem, él ya vaticinaba que se iba a limpiar el orto con sus promesas de campaña y a ponerse al servicio de intereses contrarios a los de la mayoría de sus votantes.
En cuanto a la faz gráfica, este es el trabajo que puso en el mapa a Eduardo Risso, que hasta este punto era un promisorio dibujante de aventuras de Columba. Risso se reinventa a sí mismo con un estilo 100% nuevo, pensado para blanco y negro y basado en no sólo en el claroscuro (que ya manejaba como los dioses) sino también en las texturas, logradas con técnicas muy variadas. Esto le insumía mucho tiempo, pero le daba al dibujo una profundidad alucinante y además contribuía al realismo, que Risso cuidaba mucho y que apuntalaba incorporando a los fondos mucha referencia fotográfica. Cualquier historia de bolonki espacio-temporal es difícil de dibujar, porque exige constantes cambios de climas y de ambientaciones. En una página estás dibujando naves espaciales y en la siguiente (de pronto, diría Barreiro) tenés que dibujar guerreros vikingos o mongoles. Bueno, Risso se bancó todo eso con una solvencia demoledora.
Con una primera parte originalísima y una segunda que resigna parte de esa magia para adquirir un perfil más típicamente aventurero, Parque Chas es una excelente historieta, un ícono de nuestro comic para adultos de los ´80 y un hito importantísimo en la carrera de estos dos grandes como son el inolvidable Loco Barreiro y el cada vez más consagrado Eduardo Risso. Animate a recorrerla.

viernes, 7 de agosto de 2015

07/ 08: SPACEMAN

Hoy muy breve, porque tengo poco tiempo…
Me debía a mí mismo esta obra de Brian Azzarello y Eduardo Risso y me generaba mucho interés, porque se apartaba mucho del registro de 100 Bullets. ¿Es una buena historieta? Sí. ¿Es una obra maestra? No.
Lo primero que me enganchó fue el clima, la ambientación post-holocausto bien crota, bien tercermundista. De hecho, es un ambiente en el que Risso ya demostró moverse con gran categoría en Borderline. Acá hay menos tecnología futurista, pero una mala leche similar y un énfasis similar en las grotescas desigualdades entre ricos y pobres. Y después hay dos ideas magníficas: una es el reality en el que chicos huérfanos compiten para ser adoptados por una pareja de famosos de Hollywood onda Brad Pitt + Angelina Jolie. Y la otra es la de esta ciudad en ruinas que parece -además de inundada- bombardeada, y a la que Risso dibuja parecida a Rosario. Este marco geográfico le brinda a la historia un montón de posibilidades, muy bien aprovechadas.
El resto, hasta ahí nomás. Le sobran muchas páginas (el que leyó esto en episodios mensuales se debe haber pegado no uno sino varios corchazos), la secuencia del flashback es demasiado extensa para lo poco que aporta, y al final le falta un poco más de espacio y de claridad. Azzarello una vez más se consagra como el peor enemigo de los traductores: esta vez, en lugar de explorar el slang de todos los gangstas y barriobajeros de todas las urbes de los EEUU, directamente inventa un idioma nuevo, un inglés hiper-deforme, muy atractivo, que le da un filo muy especial a los diálogos… pero que si los tenés que traducir a otro idioma te la cortás en Juliana.
El dibujo de Risso está afiladísimo, como siempre, con unas composiciones exquisitas. Lo más interesante es que, para las escenas del pasado de Orson que trasncurren en Marte, Risso agrega efectos de iluminación con esas tramitas microscópicas dibujadas a mano como las que metían Moebius, Bilal y otros autores de ciencia-ficción de los ´70. Incluso el color de esas secuencias parece querer homenajear a esas historietas setentosas de la Metal Hurlant. Ya en los últimos episodios, cuando todas las escenas en Marte suceden a bordo de una nave, estos efectitos desaparecen. Una lástima, porque quedan buenísimos. Spaceman es un trabajo realmente excelente por parte de Risso, que demuestra que -a pesar de los años transcurridos en el universo tarantinesco y hard boiled que inventó Azzarello- no se quedó anclado a una sola estética, sino que cuando quiere puede volver a pisar fuerte en el cyberpunk bien podrido.
Spaceman no es la obra más memorable de la dupla, pero para entretenerse un rato está muy bien. Y para flashear con los dibujos de un Risso realmente inspiradísimo, ni hablar.

martes, 5 de mayo de 2015

05/ 05: BROTHER LONO

Lo dije cada vez que me tocó reseñar un tomo de 100 Bullets y lo repito: odio a Lono, me parece el peor personaje de la inolvidable saga de Brian Azzarello y Eduardo Risso, el que más ruido hace, el que menos encaja, el que rompe con el verosímil… No se lo puede tildar de unidimensional, porque Azzarello se rompió el culo para darle algunos matices, pero no fueron tantos y llegaron cuando uno ya aborrecía al personaje. Y de todo el vasto elenco de 100 Bullets, ¿a quién eligieron Azzarello y Risso para esta secuela de 2013? Sí, a Lono, la reputa madre que lo parió.
Con esa buena onda, con ese optimismo a prueba de (100) balas, encaré la lectura de este libro. Y sin embargo me conquistó. La ambientación está buenísima, la trama es atrapante y Lono no sólo está muy cambiado, sino que Azzarello lo rodea de un elenco donde sobran los personajes interesantes, creíbles, complejos. Recién en las últimas 15 páginas, Lono hace lo que uno temía verlo hacer, lo que uno está harto de verlo hacer, lo que uno sabe que ningún ser humano puede hacer. Y el libro tiene 160 páginas de historieta, o sea que Azzarello realmente bancó los trapos hasta que no le quedó más remedio que volver al Lono de 100 Bullets, a esa insostenible cruza entre Lobo y Hulk.
Para ese entonces, el guionista acumuló tantos méritos que uno se encariñó hasta con los villanos más hijos de puta. Y ya se sorprendió con unas cuantas revelaciones impactantes, de las cuales una jamás me vi venir y la otra era bastante evidente. Y sí, al igual que 100 Bullets, esta saga está estirada. No hacían falta 160 páginas para contar esta historia. ¿Con qué rellena Azzarello todas esas páginas que podrían tranquilamente no estar? Esta vez no recurre tanto al diálogo (si bien en este rubro siempre se luce), sino que opta por escenas mudas en las que los bloques de texto nos ilustran (a veces de modo muy sutil) lo que pasa en el fuero íntimo de los personajes. Sobran muchos de estos bloques de texto, pero no da para quejarse, porque están muy bien escritos. Y el otro recurso es la crueldad: escena a escena, el guionista hace mucho, muchísimo hincapié en lo jodidos que son los malos, en su total falta de reparos a la hora de golpear, violar, torturar o matar a quien se les ponga adelante. En ese clima macabro, todo el tiempo al límite, ni siquiera hace falta que prolifere la violencia física (que está, y muy bien dosificada), porque todo el tiempo se ejerce una violencia emocional, verbal y hasta social, de estremecedora crudeza.
Como verás, no quiero contar nada del argumento para que te sorprenda como me sorprendió a mí. Que alcance con decir que el status quo cambió muchísimo desde aquel episodio final de 100 Bullets en el que Lono zafaba, una vez más, de una muerte que hubiese sido absolutamente justa. Y también aclarar que todo lo que pasa en estas 160 páginas lo afecta sólo a Lono, no guarda ninguna relación con la trama de 100 Bullets. O sea que es mucho más spin-off que secuela y si tu rechazo hacia Lono es incluso mayor que el mío, podés no acercarte a esta obra en lo más mínimo sin perderte ningún desarrollo importante para ninguno de los otros elementos que hicieron inolvidable a 100 Bullets.
Obviamente entre esos elementos está el dibujo de Eduardo Risso, que acá vuelve a brillar de la mano de los colores de Patricia Mulvihill. Creo que lo único que me animo a criticar es que hay muchas, realmente muchas, páginas sin un puto fondo. Por supuesto, también hay un montón de páginas con unos fondos laburadísimos, con los que me caí de culo. Pero se nota mucho cuando estos deberían estar y no están. El resto, todo maravilloso, sobre todo las sutilezas a las que apela Risso para escaparle al gore y a la estridencia. Eso no suaviza las escenas de sangre, muerte y mutilación, pero las hace menos repulsivas. Y después, el cuidado en los detalles, en los objetos, la ropa, las expresiones faciales, el manejo del claroscuro, los recursos narrativos para las secuencias oníricas… pequeñas y grandes cosas que lo reafirman a Risso como uno de los dibujantes más completos, más afianzados que tiene hoy la historieta realista a nivel global.
Incluso odiando al protagonista, Brother Lono me gustó muchísimo. Si sos fan del personaje, obviamente vas a amar incondicionalmente este libro. Y si venís siguiendo las violentas tropelías de Risso y Azzarello por los pagos de Vertigo, también lo vas a disfrutar enormemente. Me queda para más adelante Spaceman, la otra obra de la dupla para mi sello favorito del comic americano.

lunes, 18 de agosto de 2014

18/08: CAIN

Me estoy por terminar un mega-broli de más de 500 páginas, que supongo que me liquidaré mañana a la tarde, durante el viaje de vuelta a Buenos Aires. Mientras tanto, para zafar hoy, me leí un comic que ya había leído dos veces: cuando se serializó en la Fierro y cuando lo recopiló Ediciones de la Urraca. ¿Por qué Caín, y no otra cosa? Porque lo dibuja Eduardo Risso, el prócer de nuestra historieta gracias al cual existe (y explota) Crack Bang Boom.
La portada es engañosa. Parece un dibujo de Sin City y está hecho por Risso en la época en la que el cordobés devenido rosarino ya dominaba todos los yeites inventados y/o reciclados por Frank Miller. Sin embargo, las casi 90 páginas de Caín están dibujadas por el Risso de los ´80, el que nunca había leído a Miller y sólo compartía con el creador de Sin City una sana admiración por el claroscuro de Alberto Breccia o José Muñoz. Este es el segundo trabajo de Risso junto a Ricardo Barreiro, y visualmente se parece mucho más a Fulú (la primera serie de Risso con guiones de Carlos Trillo) que a Parque Chas, su anterior colaboración con “el Loco”. Para esta serie, Risso elimina los puntitos y las rayitas microscópicas y se juega todo al claroscuro. Tiene páginas con más cuadros que en Parque Chas y en muy pocas la cantidad de texto que manda Barreiro conspira contra el lucimiento del dibujo. Hay fondos muy laburados y un gran despliegue de imaginación a la hora de crear una Buenos Aires del futuro marcada sobre todo por las groseras desigualdades entre ricos y pobres. Y lo mejor: hay muchas secuencias mudas y muchas escenas basadas en los mil y un trucos narrativos que Risso ya dominaba a la perfección hace más de 25 años.
La historia que nos propone Barreiro es sórdida, dolorosa, dura de tragar, como un caño de escape envuelto en papel de lija. Hay lazos de sangre rotos por la crueldad más atroz, hay identidades silenciadas y recuperadas tras años de lucha, pero no esperes un final feliz al estilo Estela de Carlotto y su nieto. Desechado por sus padres biológicos, a Caín lo crían y educan la mugre, la violencia, la mala leche, la falta de cualquier clase de escrúpulos. Al ser una historia ambientada en el futuro, hay también elementos de ciencia-ficción, a los que Barreiro dosifica con gran criterio, para que nunca se pierda el foco de lo más importante: la sangre que debe correr para que Caín logre reestablecer algún tipo de equilibrio, algo que lo deje más o menos en paz con la vida de mierda que le tocó vivir.
El elenco de secundarios está compuesto por una fauna de personajes abyectos, grotescas caricaturas de lo que nos traería (un par de años después de la publicación de Caín) la década de Carlos Menem y sus secuaces. Merca, corrupción, represión, hipocresía, la política entendida como herramienta de los negocios entre mega-corporaciones, gente con poder pero sin lealtades, militantes de la venalidad, la superficialidad y la runfla. En medio de esa fosa séptica, un sólo personaje tendrá la complejidad los matices suficientes para escaparle a la caricatura y a la bidimensionalidad: Cristina, la hermana ciega de Caín, que lamentablemente aparece poco y termina muy mal. Yo la hubiese dejado viva para protagonizar una secuela. ¿Por qué la falta de sustancia, o de complejidad en casi todos los personajes no empaña la labor de Barreiro en esta novela? Porque está todo jugado a la acción y al ritmo, dos rubros en los que la dupla autoral realmente deja la vida. Si Parque Chas era un poquito parsimoniosa, acá pintó la montaña rusa de tiros, kilombo y explosiones, muy bien compensada con escenas de diálogo en las que el Loco Barreiro define a sus personajes y su universo. Y además, si bien Caín no es un personaje tan impredecible ni tan bien redondeado como Cristina, su motivación es muy potente y su evolución a lo largo de la historia es muy notable.
En síntesis, una historia vibrante, con secuencias de alto impacto, que no decae en ningún momento, que no deja cabos sueltos, que nos muestra a Eduardo Risso en un nivel altísimo y a un Ricardo Barreiro prendido fuego, con ganas de armar una vez más ese combo que era una sus especialidades: acción, violencia, mala leche, distopía, un toque de sexo y un trasfondo espeso, contaminado por una crítica socio-política afilada y letal. Tratá de conseguir la edición de La Urraca y si no, casi seguro vas a encontrar a buen precio la de Norma, que me gusta menos por el formato elegido (más tipo comic-book), pero le gana a la original en calidad de papel y encuadernación.

jueves, 17 de abril de 2014

17/ 04: BOLITA

Hoy el clima tampoco estuvo muy playero y aproveché para recorrer la localidad de Torrance, al sur de Los Angeles, una zona industrial, con refinerías, plantas de energía eléctrica y enormes galpones y depósitos. Es una localidad casi sin edificios, donde solo se ven casas bajas y un par de parques espectaculares. En ese contexto (y en un barrio en el que se habla más castellano que en Palermo) encontré una comiquería medio escondida, llamada The Comic Cult. El local era bastante amplio, pero con el espacio mal aprovechado. Mala iluminación, vidriera horrenda, pocas bateas y un amplio sector con mesas para jugar Magic, en las que no había nadie. Acá no sólo escaseaban los coñemus y el merchandising en general. Tambien escaseaban los TPBs, que ocupaban un espacio muy menor en esas bateas ordenadas así nomás, por alguien sin criterio, sin ganas, a quien seguro le da lo mismo si no vende una chota. Las bateas de back issues, sin ser nada del otro mundo, estaban bastante bien, y en el sector de ofertas (que no era muy vasto) se pueden rescatar varios comics dignos y alguna que otra joyita semi-oculta. Obviamente no recomiendo irse hasta Torrance (a la vuelta de la Concha de la Lora) para visitar esta comiquería, a la que -si no pasa nada raro- me parece que le quedan pocos meses de vida.
Lo que sí recomiendo es comprar, leer y atesorar el tomo recopilatorio de Bolita, la última obra de la insumergible dupla integrada por Carlos Trillo y Eduardo Risso, cuya serialización en las páginas de Fierro terminó justo cuando falleció el guionista. Bolita es una especie de remake de Chicanos (también conocida como Ay, Jalisco!), con la misma idea básica, pero transplantada a la Buenos Aires del presente y con una primera aventura que no se parece a ninguna de las que Trillo imaginó para la extensa serie protagonizada en los´90 por Alejandrina Yolanda Jalisco.
Tal vez lo más destacado esté en esa adaptación al argento de la idea original. Trillo se mete a fondo con la vida cotidiana de esta chica boliviana, muy humilde, que vive en una villa y se gana la vida limpiándole la mansión a unos millonarios de Acassusso. En ese marco de marginalidad, Trillo mete ilusiones, afectos, recuerdos, vínculos solidarios y sobre todo inquietudes, porque Rosmery Ajata es un personaje inquieto, repleto de curiosidad y de ganas de hacer más, de saber más, de amar más, de vivir mejor. Los villanos son un poquito estereotipados y Trillo los plantea con pocas pinceladas y brocha bien gruesa. Se centra más en el conflicto, muy atractivo, y en la personalidad de la protagonista.
Lo ínico que no me cerró es que en el libro se nota mucho el formato serial. Cada x páginas, Rosmery repite lo que ya sabemos, a veces de modo muy obvio y a veces de modos más ingeniosos. Claro, la idea de Trillo era no dejar afuera al lector de Fierro que no había leído los episodios anteriores de Bolita. Y es un esfuerzo valioso, aunque cuando te bajás toda la serie al hilo sentís que te estan reiterando información como si fueras un subnormal que no entiende lo que lee.
El dibujo de Risso, excelente. No te digo que son las mejores 64 páginas que dibujo en su vida, pero posta, no tienen desperdicio. Y lo más lindo: el regreso al blanco y negro de un maestro del claroscuro, después de muchos años de laburar con coloristas, o a color directo. Si sos fan del león de Leones, ya sabés con qué clase de bestia te vas a encontrar.
Mañana arranca la WonderCon, así que lo más probable es que no haya post. Veremos qué onda.

viernes, 4 de enero de 2013

04/ 01: YO, VAMPIRO Vol.3/4

Después de un paréntesis sumamente prolongado, la editorial Puro Comic lanzó en 2012 la segunda mitad de esta serie, en un sólo tomo que reúne lo que en Francia (y otros países) se editó como Vol.3 y Vol.4. Está bien, es una buena forma de compensarnos por la eternidad que hubo que esperar para enterarnos cómo corno terminaba la historia.
A mí, estas 180 páginas me hicieron panquequear por completo. Cuando comenté el Vol.2 decía que, si bien Yo, Vampiro me gustaba, me parecía menor comparada con Borderline y Chicanos (las otras obras largas de Carlos Trillo y Eduardo Risso para los semanarios italianos) porque no tenía ni el vuelo poético de una ni la mala leche festiva de la otra. De todas esas deudas, la única que Yo, Vampiro deja impaga es la de lo festivo. En esta segunda mitad levanta mucho la puntería en cuanto al lirismo y sobre todo en cuanto a la mala leche. Por supuesto, sin traicionar su esencia de thriller truculento, sórdido, con machaca, terror y gente con superpoderes muy zarpados. Antes era una excelente historieta para adultos, pero. Ahora es una excelente historieta para adultos, punto.
Y veleteo también en mi apreciación de la villana, la sacerdotisa Ahmasi. Al final del Vol.2, asqueado e indignado por las atrocidades que le vimos cometer en ese tomo, yo deseaba que fuera boleta definitivamente, que Trillo se la sacara de encima de una vez y para siempre. Ahora digo “menos mal que no fue así”. A esta segunda mitad, le sacás la villana y no va a ningún lado. La historia del pibe sin nombre que es faraón-niño-vampiro-inmortal pasa a un segundo plano y Trillo hace girar todo el relato en torno a Ahmasi. El chico protagonista tiene una o dos secuencias importantes. Su protectora, Fever, se recupera rápido y se rodeará de nuevos e interesantes personajes secundarios. Pero ambos serán la presa y a Trillo le interesa más el depredador.
Las primeras 90 páginas de este tomo nos cuentan básicamente cómo hace Ahmasi para volver de la D: la sacerdotisa arranca como un cadáver trozado y termina como una mina viva, entera, con pasaporte, guita y contactos para retomar la cacería de Fever y N.N.. Y sí, de nuevo la vemos comportarse como la más abyecta de las lacras, pero esta vez está todo tan bien narrado y es tan importante para la saga que Ahmasi pueda confrontar con N.N., que ahora sí, uno hincha por la villana. El último tramo es oscuro y vibrante, con mafias, narcos, muchos tiros, mucha sangre... No quiero tirar data de lo que pasa para no spoilear. Digamos que ganan los buenos, aunque nada es tan categórico ni definitivo como uno podría esperar.
Al frente del dibujo vemos a un Risso ya un poquito cansado. Se notan más los dibujos repetidos, la mano de los asistentes, el desgaste que produjo en el león de Leones una serie tan extensa (34 episodios) realizada a un ritmo tan exigente (12 páginas por semana). Aún así, hay composiciones increíbles, un manejo del claroscuro formidable, hermosos trucos narrativos, un equilibrio perfecto entre masas negras y espacios blancos y la típica atención por los detalles que hicieron a Risso el dibujante de thrillers urbanos más completo y uno de los más aplaudidos a nivel mundial.
Los vampiros son un tópico muy gastado y el propio Trillo lo exploró mucho, muchas veces. Esta vez agarró para el lado de la violencia extrema, la crueldad, la desazón, y creó una saga oscura y tremenda, sin margen para su característico humor y su habitual sutileza. Si te bancás sangre, muerte, corrupción y mala leche en dosis pantagruélicas, esto te va a emocionar hasta los colmillos.

jueves, 3 de marzo de 2011

03/ 03: 100 BULLETS Vol.13


Uffff.. Bueno, terminé 100 Bullets. Por fin puedo respirar. La verdad es que el último tomo es, lejos, el mejor de la serie. Atenti si no lo leíste, porque pienso spoilear a ocho manos. Acá no se jode: hay una sóla historia marginal, que no conecta con el tronco central de la obra, y está muy buena. Pero la inmensa mayoría de estos últimos 13 episodios van derecho hacia lo que todos queríamos ver, que es la resolución del sangriento conflicto entre el Trust y los Minutemen. El final está espectacular, pasa todo lo que uno quería que pasara y es todo trágico, épico y humano a la vez (bueno, lo de Lono no es humano; obviamente –y aunque Brian Azzarello lo niegue- el chabón tiene superpoderes).
Lo primera reflexión que me surge es cómo cambia la propuesta de 100 Bullets de los primeros números al final. Al principio es una cosa más episódica, más cercana a las series de TV y al final es casi una de guerra entre maffias, en la que todos los personajes se conocen hace mil años (incluso en el último episodio te enterás que uno de los “buenos” es hijo de uno de los “malos”) y tienen talonarios enteros de facturas para pasarse por las transgresiones y traiciones acumuladas desde la década del ´60. Por supuesto, estas historias y estos personajes están tan bien armados, que el conflicto final te atrapa por completo. El tema es que, si la idea era que todo condujera a esto, mucho de lo que leímos en los 12 tomos anteriores se apartó MUCHISIMO de esa idea. Lo disfrutamos a pleno, obvio, pero ¿era una parte del rompecabezas de 100 Bullets? Y, no, era otra cosa. Era una exploración de la corrupción en sus distintas formas, a lo largo y a lo ancho de los EEUU. Y por ahí alguno te explica que la serie se trata tanto de eso como de la guerra entre el Trust y los Minutemen.
La otra reflexión: el final me hizo acordar a Sandman. Sí, sí, estoy sobrio. ¿Te acordás cuál era el conflicto central en Sandman? Los Endless tenían una regla muy estricta: si uno de ellos derramaba sangre de un familiar, sería ejecutado por las Euménides. A Morpheus lo enroscan para que mate a su propio hijo y lo termina por pagar con su propia vida. O sea, por más poderoso que seas, hay UNA regla que no podías transgredir y si lo hiciste, fuiste. El final de 100 Bullets es eso: un árbitro severo (ningún “siga, siga”) imparte castigos durísimos a los que violaron el reglamento, a cara de perro y sin que le pese el complejo entramado de relaciones humanas que vincula a los distintos protagonistas. De los que merecían salir con vida, muere uno sólo, y de los que merecían la muerte, zafa también uno sólo (el hijo de puta de Lono). Pero claro, al tener personajes tan humanos, tan reales, la línea que separa a buenos y malos es muy finita. ¿Alguno era 100% inocente? No, ni en pedo. Pero algunos pelearon por lo que creían más noble, otros cumplieron órdenes y otros defendieron hasta el final sus propios y mezquinos intereses. O sea que es casi imposible no tomar partido.
¿Quedaron cabos sueltos? Sí, muchísimos. Sin dudas, el final se les vino encima y los autores tuvieron que acelerar, comprimir y dejar para otro momento (tal vez para nunca) una pasada en limpio de cómo quedó la cosa, qué pasó con algunos personajes a los que dejamos de ver en algún punto de este tomo y cómo se resolvieron puntas a las que en su momento Azzarelllo les dedicó mucha atención (sagas enteras!), como la de la pintura robada.
Del trabajo de Eduardo Risso ya hablamos muchísimo, y no me quiero repetir. Simplemente destacar las cátedras de narrativa que da a lo largo de todo el tomo, especialmente en el noveno episodio, que es el que intercala secuencias de seis o siete historias paralelas sin perderte ni marearte en ningún momento. Hay que ser infinitamente grosso para que te salga bien eso. Y la secuencia del final, esas seis páginas mudas que transcurren en algo así como cinco segundos, son imbatibles y lo serán forever.
Al final, 100 Bullets terminó por ser un comic raro, muy arriesgado, muy complejo, muy ambicioso… y aún así ganchero y taquillero como pocos. ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo se generó esa sintonía entre dos autores que en ningún momento se bajaron los lienzos y un público que ama ver cómo los autores se bajan los lienzos? Por ahí tiene que ver con las fechas en las que se publicó, 1999-2009, años en los que el público del comic yanki se renovó casi por completo… Ni idea, pero te recomiendo que lo descubras por vos mismo, porque garpa de verdad.

domingo, 20 de febrero de 2011

20/ 02: 100 BULLETS Vol.12


Aaaggghhh! Más de dos meses aguanté sin abalanzarme sobre este libro para ver cómo corno sigue la historia que me atrapó por completo y me dejó el cerebro en llamas! Una proeza digna de todos los superhéroes de todas las editoriales de la Golden Age para acá. Y cuando lo terminé quedé más caliente que antes, a apenas 12 episodios (un TPB) del final.
Acá la historia ya es una sóla y avanza en una única dirección. Los nuevos Minutemen reunidos por el agente Graves empezaron con la eliminación sistemática de las familias que componen al Trust y todavía no apareció nadie con un plan convincente para frenarlos. ¿Habrá tiempo para evitar una masacre? ¿Hará falta? ¿O lo que Graves nos vende como una cruzada épica y noble terminará por ser un bluff, o un apriete para rosquear en mejores condiciones? Por ahora, nada es negociable y la sangre corre a raudales, por lo menos del lado del Trust.
Una vez más, me impresiona el trabajo de Brian Azzarello. El tipo sigue poniendo TODO en el armado de personajes secundarios, con ínfima injerencia en la trama central. Vos decís “este tipo, tan bien desarrollado, al que en pocas secuencias le dan una onda infernal, seguro va a tener peso más adelante”. Pero enseguida te respondés “Pará, ¿qué más adelante, si esto está a milímetros de terminar?”. Y antes de que te pongas de acuerdo con vos mismo, llega la escena en la que ese personaje que tanto te enganchó recibe unos hermosos comprimidos de plomo que lo liquidan sin piedad, en el acto, y ya está. Con suerte, se lo volverá a nombrar, pero no va a aparecer más. Azzarello se da ese lujo: en la recta final, sigue construyendo personajes tercerones con el empeño que otros autores ponen para presentarte a los protagonistas, y ya que está te los boletea 15 páginas después, cuando ya les tomaste cariño, o te intrigaron como para buscar los tomos anteriores, a ver si es un personaje 100% nuevo, o alguien a quien el guionista está retomando, después de muchos capítulos en el freezer.
Esa crueldad es mínima al lado de otras crueldades que despliega este príncipe de la mala leche, que además sigue dando clase de virtuosismo, de cómo armar y ejecutar secuencias memorables. El mejor episodio del tomo es uno que narra dos historias en paralelo: por un lado una cena muy tensa entre Megan Dietrich, Augustus Medici y su hijo Benito; y por el otro una “aventura” de Lono que, por primera vez, nos lo muestra como un ser humano, como un tipo al que se lo puede vencer. Azzarello logra que estas dos secuencias -a priori inconexas- interactúen entre sí mediante un uso de los bloques de texto absolutamente brillante, digno del mejor Alan Moore. Como un juego de espejos, contrapone a víctimas y victimarios, traidores y traicionados, valientes y cobardes. Hay que ser MUY capo para que te salga bien una cosa así. El último episodio también se destaca, porque avanza bastante el plot del famoso cuadro que Cole Burns está intentando recuperar y termina con la muerte de uno de los personajes secundarios con más peso en la trama.
Todo esto, por supuesto, dibujado como los mega-dioses por Eduardo Risso, asesino serial del lápiz y la tinta que sigue sin mezquinar ni un ápice de su magia en el diseño de los personajes que se suman (estos nuevos, llenos de hallazgos pero con menos futuro que Miguel Del Sel en la política) y está siempre listo para dibujar la violencia de modo tremendo, impactante, jodido pero no revulsivo. Y los fondos… el laburo de Risso en los paisajes y las locaciones (que nos llevan por varias ciudades y pueblos de EEUU) es absolutamente devastador.
Con su ritmo descomprimido y su incesante acumulación de personajes y puntas argumentales, este hito del comic contemporáneo se acerca a su fin. A menos de 300 páginas de que baje el telón, los pocos que quedan vivos se preparan para definir quién será el ganador de esta guerra sucia que le cagó la vida a tanta gente ficticia, y se la alegró a tanta gente real. No creo que aguante más de una semana sin leer el último tomo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

20/ 12: YO, VAMPIRO Vol.2


Ya no me creo nada ni a mí mismo. Hace dos semanas prometí dejarme de joder con Eduardo Risso hasta el año que viene y acá estoy, de nuevo con un libro del león de Leones. Es que, entre la edición local de Simón y Yo, Vampiro, más su reciente debut en Fierro y su rol fundamental (y fundacional) en la increíble Crack Bang Boom, Risso probablemente haya sido EL autor del año que se está por acabar. Y bueno, si tenemos un referente ineludible de este nivel, ¿para qué carajo eludirlo, no?
Con este tomo de Yo, Vampiro nos embarcamos en un trip a la primera mitad de los ´90, época en la que Risso trabajaba junto a Carlos Trillo para Italia, para las revistas de la Eura Editoriale. Era una producción grande, intensa, de muchas páginas por mes, en la que Risso trabajaba casi siempre con asistentes y tenía poco margen para la experimentación. De hecho, de las tres series extensas que realizaron Trillo y Risso en esta etapa (Borderline, esta y Chicanos), Yo, Vampiro es la menos jugada, la más convencional. Lo cual no la hace chota, ni prescindible. Estamos ante una excelente historieta para adultos, con terror, erotismo, thriller urbano, lindos toques de aventura histórica, momentos de gran tensión dramática, arrebatos de machaca a todo nada con superpoderes incluídos… un poquito de todo. Pero le falta el vuelo poético que sí tiene Borderline y el humor sarcástico y jodido de Chicanos.
Básicamente, Yo, Vampiro nos narra el enfrentamiento final entre el chico sin nombre, que vive hace casi 5.000 años atrapado en ese cuerpo, incapaz de morir pero también de crecer, y la sacerdotisa Ahmasi, unos añitos mayor que él, también inmortal y también vampiro, aunque bastante más hija de puta que el protagonista. Las cosas que Trillo le hace hacer a Ahmasi se pasan de aberrantes. Si se conformara con matar al chico sin nombre, estaría todo bien. Creo que hasta hincharía por ella, porque el pendejo no me cae demasiado bien. Pero no, Ahmasi además vende su cuerpo, manipula y después mata sin piedad al pobre boludo de Bernard que está perdidamente enamorado de ella, se garcha a un enano por puro morbo, asesina a todos los amigos y sirvientes de Fever, y a cualquiera que se cruce en su camino sin demasiados motivos, porque sí, porque puede. Como es inmortal, sabés que su supuesta muerte no puede durar. Pero realmente le deseás la boleta definitiva, porque Trillo se esfuerza porque esta turra te dé asco de verdad, un asco visceral y primal que no disminuye ni cuando muestra las tetas y se abre de gambas.
El otro personaje bien laburado también es mujer: Fever gana complejidad y protagonismo con el correr de las páginas y –a la inversa de lo que pasa con Ahmasi- cuando la ves desmayada y chorreando sangre, decís “por favor que no esté muerta, la puta madre!”. No quiero contar más, para no spoilear… Lo cierto es que Trillo y Risso tenían muy claro que esta era una serie de largo aliento (de hecho ronda las 600 páginas) y para eso necesitaban buenos villanos y buenos personajes secundarios, pensados incluso para cargarse –por momentos- todo el peso del relato a sus espaldas. En ese sentido, Ahmasi, Bernard y Fever son hallazgos muy notables.
En la edición argentina, que es chiquita, el dibujo de Risso se luce, pero un poquito menos que en las ediciones más grandes (la yanki y la francesa, por ejemplo). Acá Risso todavía no se había cebado con Sin City, o sea que su dibujo conservaba rasgos más europeos, más prolijos, menos extremos. Pero ya pela muchos de los mejores recursos que va a mostrar más tarde en 100 Bullets, como la elección de los enfoques, el trabajo de fondos, la variedad de rasgos en los personajes circunstanciales, la polenta del claroscuro, sin medias tintas. Este es el Risso que despunta en Fulú, pero más canchero, con más oficio y más experiencia para afrontar una producción más exigente que la que le planteaban los editores franceses. Dicen que cuando los coordinadores de Vertigo le preguntaron “Pero, ¿vos estás seguro de que podés entregar 22 páginas por mes con esta calidad?”, Risso recordó sus épocas de Yo, Vampiro y Borderline y se cagó de risa un rato largo.
Si sos fan del cordobés devenido rosarino, o de Trillo, o de los vampiros, o del comic argentino en general, festejá conmigo que se haya editado este material en nuestro país, sin censura y hasta con páginas que en la edición francesa no están.