Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Calatayud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Calatayud. Mostrar todas las entradas
jueves, 8 de febrero de 2024
LECTURAS ACUMULADAS
Estoy leyendo poco y tengo poquísimo tiempo para redactar las reseñas de lo que leo, pero desde la última vez que subí un texto al blog (creo que fue el viernes 2) hasta hoy, se me juntaron algunas lecturas sobre las que quería hablar un poquito.
Peter Petrake fue una historieta (probablemente la primera) del maestro valenciano Miguel Calatayud, que debutó en 1970 en las páginas de la revista española Trinca. Irónica, transgresora, posmoderna antes de que se inventara el término, Peter Petrake jugaba con los tropos de los clásicos relatos de super-espías que desarticulaban los funestos planes de científicos malignos que amenazaban a la frágil paz mundial durante la Guerra Fría. Los guiones están al filo de la sátira (aunque no sé si el público infanto-juvenil que leía Trinca entendía que eran en joda) y son una colección de clichés y lugares comunes a los que Calatayud revisita -como ya dije- en clave irónica.
Y el dibujo es fastuoso. Es la entrada de la historieta española en la era moderna, el primer contacto con las vanguardias graficas que habían surgido en los ´60 en Europa y Estados Unidos. Mucho de la estética de Peter Petrake nos remite a la del largometraje animado de Yellow Submarine, pero también acá hay miles de cosas que inventa el valenciano y que otros autores (incluso otros genios que no tienen nada que ver con la línea clara valenciana, como Alberto Breccia) incorporarían diez años más tarde. En su segundo intento por contar una historia más larga (la inconclusa Pop Carrusel), el propio Calatayud suma recursos a su impronta visual (las texturas logradas con plumín) y el resultado es un comic un poquito menos alienígena que los primeros episodios, aunque sea desde lo visual.
Amo incondicionalmente a Calatayud, creo que con este libro ya tengo toda la obra del ídolo que se publicó en este formato, y me animo a recomendarle Peter Petrake a cualquiera que quiera descubrir la magia infinita de este genio vanguardista... siempre y cuando esté dispuesto a entender que los guiones son medio pavotes a propósito. En su momento había salido una recopilación parcial de Peter Petrake en la editorial Doncel (la que publicaba Trinca), pero la pulenta es esta de 2009, a cargo de la ignota editorial El Patito, mucho más completa y con el atractivo extra de incluir dos excelentes textos: uno a cargo del propio Calatayud y otro escrito por el maestro Pedro Porcel, el especialista español que más sabe sobre el fascinante mundo de la historieta valenciana.
En 2022, se publicó Arsenal: Historietas Santiagueñas, una antología gestada en Santiago del Estero (provincia donde no hay editoriales, ni comiquerías, ni eventos de historieta) y financiada por el gobierno provincial. Se trata de un álbum de 138 páginas, con gran cantidad de fallas técnicas y resultados artísticos bastante decepcionantes. No quiero ahondar en la enumeración de las historietas que no me gustaron (que son casi todas), sino simplemente rescatar lo poco que me satisfizo. Por un lado, dos dibujantes con bastante trayectoria a sus espaldas: Pablo "el Dogo" Álvarez y el catamarqueño Pablo Martinena, jerarquizan con sus dibujos tres de las historietas del álbum. En proporciones muy distintas, porque el Dogo dibuja solo una de cuatro páginas y Martinena se pone al hombro una de cuatro páginas y una de 18 (la más larga del tomo). En los tres casos, los guiones son cualquier cosa.
El único combo entre buen dibujo y buen guion lo encontré en las 10 páginas de "¿Brujas?", del santiagueño Roberto Eberlé. Gran historieta, con buen ritmo, buenos diálogos (pésima rotulación, eso sí), un tema heavy, una ambientación histórica muy lograda y un grafismo notable, que por momentos me remitió a monstruos del dibujo como Quique Alcatena o Eleuteri Serpieri. El resto, todo material muy precario firmado por chicos y chicas a los que les falta mucho por aprender... y ojalá lo hagan. Este libro tuvo tan poca difusión que ni siquiera encontré la portada digitalizada: le tuve que sacar una foto para que aparezca una imagen encabezando el texto.
También en 2022, pero en Japón, se publicó Mimi y sus Historias de Ultratrumba, del maestro Junji Ito, un libro que en 2023 llegó por estos lares de la mano de Ivrea. Como vimos en Indigno de Ser Humano, acá también Ito toma como punto de partida una obra literaria pre-existente, en este caso la novela "Shin Mimibukuro", de Hirokatsu Kihara e Ichiro Nakayama. Y una vez más logra añadirle su propia impronta, para crear una obra visualmente muy atractiva, y con historias de misterio sobrenatural ido al carajo, pero no tanto. Las historias de ultratumba que protagoniza Mimi me hicieron acordar mucho a los cuentos de Mariana Enríquez que incluyen apariciones espectrales en un contexto de realismo cotidiano. La onda es muy parecida, el punto que los autores japoneses deciden terminar los relatos también... Lo único distinto es que acá la misma chica es testigo de nueve o diez manifestaciones sobrenaturales, lo cual estira demasiado el verosímil. Si (como en los cuentos de Enríquez) cada experiencia estuviera narrada por un personaje distinto, todo tendría más impacto y más veracidad. Si la idea de que todo esto le pasara a a Mimi era construirla como una protagonista fuerte, compleja, a la que veamos evolucionar o cambiar su actitud frente a estas situaciones, la verdad que no se logró: Mimi es la típica chica joven y linda de tantas historietas de Ito, y nunca sale de ese estereotipo, por poco que le crean los demás o por mal que la pase en algunos episodios.
¿Por qué esto es más flashero que sentarse a releer Cuando hablábamos con los muertos o Las cosas que perdimos en el fuego? Porque acá brilla (en realidad, encandila) el trazo de un Junji Ito prendido fuego. El dibujo y la puesta en página son magníficos, las dos paginitas a todo color son exquisitas, los climas que conjura el autor (con su manejo sobrenatural del blanco y negro, más la aplicación infalible de los grises) te sumergen en las tramas y te las hacen vivir con una intensidad estremecedora. Si sos fan de Ito, o de los cuentos macabros de Mariana Enríquez, entrale a Mimi y sus historias de ultratumba, que seguro te van a poner muy nervioso y la vas a pasar muy bien.
Y tengo leídos un par de libritos más, pero se pueden dejar para mañana, no? Sí, mejor, así no aburro hablando giladas. Nos reencontramos muy pronto, posta. Gracias por el aguante.
sábado, 23 de diciembre de 2017
PAPONGAS DE SABADO
Llego tranquilísimo a la meta de clavar 100 posts en el blog a lo largo de 2017. Es más, creo que la voy a superar. Vamos con las reseñas de dos libritos que me bajé en estos días.
La Diosa Sumergida es una historieta perfecta. El maestro Miguel Calatayud entendió TODO y en 46 páginas logró lo imposible: presentar personajes con los que uno enseguida pega onda, plantear un conflicto, desarrollarlo y darle una resolución absolutamente satisfactoria. Por momentos, el argumento se parece tanto al de La Carta Esférica (la gran novela de Arturo Pérez-Reverte) que por un momento temí que terminara igual. Pero no. Más allá de las similitudes en el argumento, Calatayud le da a su historia un ritmo y una impronta propias, con las que logra transmitirnos una sensación maravillosa: la de que todo es una especie de joda, que si bien hay peligros, villanos y esas cosas que tienen las buenas aventuras, La Diosa Sumergida es –ante todo- un divertimento. Lo mejor de todo es que Calatayud no recurre a esa pátina de ironía para cubrir falencias en el guión. El guión es un mecanismo de relojería infalible, inapelable. Y ese dejo irónico pasa a ser un plus, un guiño al que se sabe de memoria las convenciones del género con las que el maestro valenciano condimenta el relato.
El dibujo y el color están en un nivel tan fuera de escala que no se me ocurre cómo hablar de ellos. Podría balbucear, en una de esas, pero no sería justo. Los amigos de Dib-buks tiuvieron además el acierto de publicar esto en un tamaño grande, o sea que el lucimiento de cada viñeta está garantizado. Creo que lo más notable de la faz gráfica de La Diosa Sumergida es cómo Calatayud estiliza todo, impregna todo (hasta el rotulado) de una impronta visual muy personal, muy fuerte, muy idiosincrática, sin que esto empantane en lo más mínimo el fluir del relato. Obvio que te colgás a admirar el virtuosismo extremo en el dibujo y el color… pero de algún modo la historia te mantiene enganchado. La composición de las viñetas, la ubicación de los globos, el armado de las secuencias, todo está controlado por el autor para que en ningún momento te desconectes de la narración. Y una vez que llegás al final, sí, se complica resistir el impulso de recorrer de nuevo las páginas del libro, esta vez concentrados en apreciar a pleno la magia visual de Calatayud. Genialidad pura de la mano de un prócer del Noveno Arte del que injustamente se habla poco en nuestro país.
Hablando de nuestro país, este año el sello cordobés Buen Gusto publicó Hellhound on My Trail, nuevo trabajo del imparable Hernán González, esta vez en equipo con el guionista Juan Bertazzi. Sí, tal como lo sospechás, Hellhound on My Trail narra por enésima vez la fascinante historia de Robert Johnson, el músico de blues que pactó con el Diablo en aquella encrucijada en un intento por torcer su destino. De nuevo esa historia que ya leímos chotocientas veces… pero ahora contada de un modo distinto.
En apenas 52 páginas, Bertazzi y González logran dotar a la trama de un intersante trasfondo histórico y social, le dan bastante bola a una historia de amor (teñida de trampa y condenada al fracaso) y hasta se permiten dedicarle algunas páginas a reproducir fragmentos de las letras de Johnson, acompañadas de magníficos dibujos de González. Lo mejor que hace el guión quizás sea animarse a darle profundidad al protagonista, mostrarnos a Johnson como una persona 100% real, tridimensional. Más allá de cualquier rigor documental que pueda tener Hellhound on My Trail, queda muy claro que lo que estamos viendo son apenas un puñado de anécdotas en la vida de una persona posta, con una complejidad genuina, que excede los momentos dramáticos que todo guión debe ofrecernos para que nos enganchemos con el relato, e incluso al elemento fantástico (el pacto con el Diablo) que funciona como punto de inflexión de la trama.
Y lo que realmente hace única e irrepetible a Hellhound on My Trail es el dibujo de González, su manejo alucinado y virtuoso del blanco y negro extremo, con ese nivel de expresionismo al que nos acostumbró José Muñoz, combinado con esa puesta en página ágil, versátil, con gran variedad de planos y ángulos, ese trazo denso, oscuro, ideal para generar climas espesos y agobiantes como los que propone Bertazzi en varios pasajes del guión. La verdad es que la conjunción entre tema y autores funciona muy bien y convierte a este librito en una obra realmente recomendable, de especial interés para los fans del blues y para los seguidores de este autor de asombroso talento llamado Hernán González.
Vuelvo pronto con más reseñas. A los que festejan Navidad y esas cosas, les deseo Felices Fiestas. Al resto, aprovechen el finde largo para leer comics. Tante grazie.
La Diosa Sumergida es una historieta perfecta. El maestro Miguel Calatayud entendió TODO y en 46 páginas logró lo imposible: presentar personajes con los que uno enseguida pega onda, plantear un conflicto, desarrollarlo y darle una resolución absolutamente satisfactoria. Por momentos, el argumento se parece tanto al de La Carta Esférica (la gran novela de Arturo Pérez-Reverte) que por un momento temí que terminara igual. Pero no. Más allá de las similitudes en el argumento, Calatayud le da a su historia un ritmo y una impronta propias, con las que logra transmitirnos una sensación maravillosa: la de que todo es una especie de joda, que si bien hay peligros, villanos y esas cosas que tienen las buenas aventuras, La Diosa Sumergida es –ante todo- un divertimento. Lo mejor de todo es que Calatayud no recurre a esa pátina de ironía para cubrir falencias en el guión. El guión es un mecanismo de relojería infalible, inapelable. Y ese dejo irónico pasa a ser un plus, un guiño al que se sabe de memoria las convenciones del género con las que el maestro valenciano condimenta el relato.
El dibujo y el color están en un nivel tan fuera de escala que no se me ocurre cómo hablar de ellos. Podría balbucear, en una de esas, pero no sería justo. Los amigos de Dib-buks tiuvieron además el acierto de publicar esto en un tamaño grande, o sea que el lucimiento de cada viñeta está garantizado. Creo que lo más notable de la faz gráfica de La Diosa Sumergida es cómo Calatayud estiliza todo, impregna todo (hasta el rotulado) de una impronta visual muy personal, muy fuerte, muy idiosincrática, sin que esto empantane en lo más mínimo el fluir del relato. Obvio que te colgás a admirar el virtuosismo extremo en el dibujo y el color… pero de algún modo la historia te mantiene enganchado. La composición de las viñetas, la ubicación de los globos, el armado de las secuencias, todo está controlado por el autor para que en ningún momento te desconectes de la narración. Y una vez que llegás al final, sí, se complica resistir el impulso de recorrer de nuevo las páginas del libro, esta vez concentrados en apreciar a pleno la magia visual de Calatayud. Genialidad pura de la mano de un prócer del Noveno Arte del que injustamente se habla poco en nuestro país.
Hablando de nuestro país, este año el sello cordobés Buen Gusto publicó Hellhound on My Trail, nuevo trabajo del imparable Hernán González, esta vez en equipo con el guionista Juan Bertazzi. Sí, tal como lo sospechás, Hellhound on My Trail narra por enésima vez la fascinante historia de Robert Johnson, el músico de blues que pactó con el Diablo en aquella encrucijada en un intento por torcer su destino. De nuevo esa historia que ya leímos chotocientas veces… pero ahora contada de un modo distinto.
En apenas 52 páginas, Bertazzi y González logran dotar a la trama de un intersante trasfondo histórico y social, le dan bastante bola a una historia de amor (teñida de trampa y condenada al fracaso) y hasta se permiten dedicarle algunas páginas a reproducir fragmentos de las letras de Johnson, acompañadas de magníficos dibujos de González. Lo mejor que hace el guión quizás sea animarse a darle profundidad al protagonista, mostrarnos a Johnson como una persona 100% real, tridimensional. Más allá de cualquier rigor documental que pueda tener Hellhound on My Trail, queda muy claro que lo que estamos viendo son apenas un puñado de anécdotas en la vida de una persona posta, con una complejidad genuina, que excede los momentos dramáticos que todo guión debe ofrecernos para que nos enganchemos con el relato, e incluso al elemento fantástico (el pacto con el Diablo) que funciona como punto de inflexión de la trama.
Y lo que realmente hace única e irrepetible a Hellhound on My Trail es el dibujo de González, su manejo alucinado y virtuoso del blanco y negro extremo, con ese nivel de expresionismo al que nos acostumbró José Muñoz, combinado con esa puesta en página ágil, versátil, con gran variedad de planos y ángulos, ese trazo denso, oscuro, ideal para generar climas espesos y agobiantes como los que propone Bertazzi en varios pasajes del guión. La verdad es que la conjunción entre tema y autores funciona muy bien y convierte a este librito en una obra realmente recomendable, de especial interés para los fans del blues y para los seguidores de este autor de asombroso talento llamado Hernán González.
Vuelvo pronto con más reseñas. A los que festejan Navidad y esas cosas, les deseo Felices Fiestas. Al resto, aprovechen el finde largo para leer comics. Tante grazie.
Etiquetas:
Hernán González,
Juan Bertazzi,
Miguel Calatayud
domingo, 6 de enero de 2013
06/ 01: LA DESAPARICION DE GONZALO GUERRERO
En general, cuando en una historieta nos encontramos con un autor que marca mucho su estilo visual, que busca redefinir todo mediante su trazo, que dibuja las olas del mar o las plumas de los pájaros como a nadie antes se le había ocurrido dibujarlas, terminamos más interesados (o incluso más preocupados) en decodificar este nuevo universo gráfico, como si estuviésemos frente a un jeroglífico de una civilización desconocida, que en la historia que nos están tratando de contar.
En este libro (editado en 1992 como parte de la colección Relatos del Nuevo Mundo con la que Planeta-DeAgostini celebró el Quinto Centenario del Descubrimiento de América), Miguel Calatayud no se priva de nada a la hora de darle un protagonismo desmedido a su singular interpretación gráfica del universo. El precursor de la línea clara valenciana (maestro, entre otros, de Daniel Torres) dibuja “raro” hasta las letras, a las que al principio cuesta un huevo identificar. Lo suyo es, desde siempre, la estilización extrema, a todo o nada. Figuras angulosas, casi geométricas, una línea que nunca cambia de grosor, fondos trabajadísimos que a veces le disputan nuestra atención a las figuras humanas, perfiles imposibles que parecen dibujados por un egipcio, composiciones de asombrosa complejidad y extraña belleza, y un manejo del color totalmente impredecible hacen que el estilo, la impronta visual de Calatayud sea lo que primero nos impacta a la hora de adentrarnos en esta historieta.
Y sí, está el riesgo de que sea lo único que nos impacte, porque el argumento no nos llama la atención, o no nos convence, o porque tanto artificio gráfico impide que la narrativa fluya con la naturalidad que uno espera. Si me tengo que jugar por una respuesta... no sé, creo que es un combo. Seguro: tanta pirotecnia visual, tanto prodigio, tanto virtuosismo a la hora de conjurar las imágenes, hace que uno se cuelgue mal en cada viñeta de Calatayud (hay varias morrrtales, las suficientes para poner a este entre los dos o tres mejores trabajos del maestro) y no le dé mucha pelota a la trama. Pero también hay un super-clásico entre Argumento y Guión, en el que el primero gana por goleada.
El argumento de esta historia no sólo es real, sino que no puede ser más ganchero: Gonzalo Guerrero, militar español especialista en táctica y estrategia del combate, es parte de las tropas que invaden la península de Yucatán a las órdenes del adelantado Francisco de Montejo allá por el año 1511. Tras un naufragio es capturado por los mayas y en vez de escaparse, o de morir sacrificado, Guerrero se casa con una nativa y se hace un maya más. De hecho, pone sus enormes conocimientos de estrategia militar al servicio de las tribus aborígenes, que ahora tienen un as bajo la manga a la hora de enfrentar a los españoles. Con el know-how de Guerrero, los mayas vuelven locos a los europeos en toda la península de Yucatán, en la que durante casi 20 años fracasa sistemáticamente todo intento de fundar ciudades, esclavizar a los nativos o llevarse el oro (que pareciera ser lo que más les interesaba a los españoles). Recién en 1536, tras largos años de lucha, Guerrero muere en combate (obviamente peleando del lado de los indios contra sus compatriotas) y los conquistadores logran “pacificar” la región. Tras una cruenta batalla, nadie encuentra el cadáver de Guerrero, porque los españoles buscan a uno de ellos y Guerrero ya era un maya más, íntegramente tatuado y pintado como solían hacerlo los aborígenes. No me digas que no es una historia copada.
Sin embargo, el guión se traba mucho. Sobran los datos (fechas, personas, lugares), no siempre está claro cuándo arranca un flashback, y está bastante de sobra toda la secuencia de 1536 en la que Andrés de Cereceda, el gobernador de Honduras-Higueras, encarga a un anónimo agente que averigüe cuál fue la verdadera historia de Gonzalo Guerrero. Este personaje, que debería ser algo así como un protagonista, jamás levanta vuelo. El paso del tiempo tampoco está plasmado de modo claro. Sólo cuando uno lee los textos históricos que complementan a la historieta se entera de que, entre que Guerrero es adoptado por los mayas y el primer combate contra los españoles en los que este los lidera, transcurren seis años. En la historieta, ambas secuencias están separadas por 11 páginas en las que Calatayud nos narra hechos que bien podrían haber sucedido en cuatro o cinco meses. El desplazamiento de españoles y mayas por el territorio de Yucatán tampoco está bien explicado en el comic. Esto requería mucha más presencia de mapitas, o de algún otro recurso narrativo que, lamentablemente, no está.
O sea que La Desaparición de Gonzalo Guerrero es una historieta difícil de leer, con un guión al que se le notan muchas fallas. Sin embargo, al estar basada en una historia sumamente atrapante y al contar con un atractivo irresisitible como son los majestuosos dibujos de Miguel Calatayud (repito: acá vas a ver genialidades gráficas que nunca antes viste y es poco probable que vuelvas a ver), se termina por justificar ampliamente su compra, sobre todo si –como yo- la conseguís a buen precio.
En este libro (editado en 1992 como parte de la colección Relatos del Nuevo Mundo con la que Planeta-DeAgostini celebró el Quinto Centenario del Descubrimiento de América), Miguel Calatayud no se priva de nada a la hora de darle un protagonismo desmedido a su singular interpretación gráfica del universo. El precursor de la línea clara valenciana (maestro, entre otros, de Daniel Torres) dibuja “raro” hasta las letras, a las que al principio cuesta un huevo identificar. Lo suyo es, desde siempre, la estilización extrema, a todo o nada. Figuras angulosas, casi geométricas, una línea que nunca cambia de grosor, fondos trabajadísimos que a veces le disputan nuestra atención a las figuras humanas, perfiles imposibles que parecen dibujados por un egipcio, composiciones de asombrosa complejidad y extraña belleza, y un manejo del color totalmente impredecible hacen que el estilo, la impronta visual de Calatayud sea lo que primero nos impacta a la hora de adentrarnos en esta historieta.
Y sí, está el riesgo de que sea lo único que nos impacte, porque el argumento no nos llama la atención, o no nos convence, o porque tanto artificio gráfico impide que la narrativa fluya con la naturalidad que uno espera. Si me tengo que jugar por una respuesta... no sé, creo que es un combo. Seguro: tanta pirotecnia visual, tanto prodigio, tanto virtuosismo a la hora de conjurar las imágenes, hace que uno se cuelgue mal en cada viñeta de Calatayud (hay varias morrrtales, las suficientes para poner a este entre los dos o tres mejores trabajos del maestro) y no le dé mucha pelota a la trama. Pero también hay un super-clásico entre Argumento y Guión, en el que el primero gana por goleada.
El argumento de esta historia no sólo es real, sino que no puede ser más ganchero: Gonzalo Guerrero, militar español especialista en táctica y estrategia del combate, es parte de las tropas que invaden la península de Yucatán a las órdenes del adelantado Francisco de Montejo allá por el año 1511. Tras un naufragio es capturado por los mayas y en vez de escaparse, o de morir sacrificado, Guerrero se casa con una nativa y se hace un maya más. De hecho, pone sus enormes conocimientos de estrategia militar al servicio de las tribus aborígenes, que ahora tienen un as bajo la manga a la hora de enfrentar a los españoles. Con el know-how de Guerrero, los mayas vuelven locos a los europeos en toda la península de Yucatán, en la que durante casi 20 años fracasa sistemáticamente todo intento de fundar ciudades, esclavizar a los nativos o llevarse el oro (que pareciera ser lo que más les interesaba a los españoles). Recién en 1536, tras largos años de lucha, Guerrero muere en combate (obviamente peleando del lado de los indios contra sus compatriotas) y los conquistadores logran “pacificar” la región. Tras una cruenta batalla, nadie encuentra el cadáver de Guerrero, porque los españoles buscan a uno de ellos y Guerrero ya era un maya más, íntegramente tatuado y pintado como solían hacerlo los aborígenes. No me digas que no es una historia copada.
Sin embargo, el guión se traba mucho. Sobran los datos (fechas, personas, lugares), no siempre está claro cuándo arranca un flashback, y está bastante de sobra toda la secuencia de 1536 en la que Andrés de Cereceda, el gobernador de Honduras-Higueras, encarga a un anónimo agente que averigüe cuál fue la verdadera historia de Gonzalo Guerrero. Este personaje, que debería ser algo así como un protagonista, jamás levanta vuelo. El paso del tiempo tampoco está plasmado de modo claro. Sólo cuando uno lee los textos históricos que complementan a la historieta se entera de que, entre que Guerrero es adoptado por los mayas y el primer combate contra los españoles en los que este los lidera, transcurren seis años. En la historieta, ambas secuencias están separadas por 11 páginas en las que Calatayud nos narra hechos que bien podrían haber sucedido en cuatro o cinco meses. El desplazamiento de españoles y mayas por el territorio de Yucatán tampoco está bien explicado en el comic. Esto requería mucha más presencia de mapitas, o de algún otro recurso narrativo que, lamentablemente, no está.
O sea que La Desaparición de Gonzalo Guerrero es una historieta difícil de leer, con un guión al que se le notan muchas fallas. Sin embargo, al estar basada en una historia sumamente atrapante y al contar con un atractivo irresisitible como son los majestuosos dibujos de Miguel Calatayud (repito: acá vas a ver genialidades gráficas que nunca antes viste y es poco probable que vuelvas a ver), se termina por justificar ampliamente su compra, sobre todo si –como yo- la conseguís a buen precio.
Etiquetas:
La Desaparición de Gonzalo Guerrero,
Miguel Calatayud
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)





