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jueves, 27 de marzo de 2025
JUEVES DE JODA
Para reseñar hoy me tocaron dos libritos en joda: uno decididamente humorístico y uno de aventuras, pero con mucho margen para el delirio y el absurdo. Veamos.
Empiezo en Brasil, año 1991, cuando se recopilan en un librito bastante croto (pero muy accesible) las tiras de Fagundes, un personaje creado por el entonces maestro (y hoy maestra) Laerte. Hay también unas poquitas tiras de O Grafiteiro, protagonizadas por un adolescente alzado que habla de sexo, y algunas más de O Síndico da Catástrofe, centradas en el administrador de un edificio con pésima leche.
Pero el plato fuerte son las casi 100 tiras de Fagundes, un tipo bajito que se caracteriza por ser un chupamedias nivel Dios. En el contexto de una empresa que no sabemos bien a qué se dedica, Fagundes está ahí para alabar, consentir, defender y hasta acosar a sus jefes con elogios y reverencias. Básicamente, el humor de la tira pasa por ahí, por ir corriendo los límites de la obsecuencia y la genuflexión del protagonista más allá de lo imaginable, e incluso más allá de lo absurdo. En Brasil, a los lameculos les dicen "puxa saco", y esa expresión aparece una y otra vez en los chistes de Laerte, porque es, sin duda, la definición perfecta de Fagundes.
En las tiras en que no están ambientadas en la oficina, o donde no aparece el jefe, Fagundes le chupa las medias a curas, milicos, policías y hasta a un chorro que lo asalta a mano armada. De alguna manera, Laerte se las ingenia para que a este personaje nunca le falte una figura de autoridad a la cual adular y rendirle pleitesía.
El dibujo es sintético, dinámico, muy expresivo. Una mezcla muy atractiva entre Manuel Vázquez, Tabaré y Alberto Bróccoli, con mucha personalidad y un manejo apabullante del timing para la comedia. Obviamente hay chistes más graciosos que otros, pero en general, acá estamos frente a un gran trabajo de Laerte, que podemos encuadrar en la etapa posterior a la de su militancia en el underground más salvaje y más rupturista. Este es un Laerte más civilizado, no tan tranqui ni tan reflexivo como el que vimos el 12/01/24, pero menos ido a la mierda que el de la revista Circo, por ejemplo.
Lamentable y predeciblemente, estas tiras solo existen en portugués aún hoy, cuando la figura de Laerte goza de un vasto reconocimiento fuera de Brasil. Y realmente no sé si en Brasil este material tuvo reediciones más actuales (y más cuidadas) o si para leer las tiras de Fagundes la única opción es conseguir de milagro este librito publicado hace casi 35 años. Yo, por suerte, lo encontré muy barato (y medio baqueteado) en una librería de usados de San Pablo.
Me voy a Estados Unidos, año 2017, para leer Circuit Breaker, una comedia de aventuras publicada por Image, a la que entré como un caballo porque está dibujada por Kyle Baker, ídolo absoluto. Después me encuentro con que el guion le pertenece a Kevin McCarthy, aquel al que vimos escribir bien, regular y mal en las antologías de The Escapist que publicara Dark Horse. No quiero decir con esto que si hubiese sabido que el guion era de McCarthy no lo compraba, eh? Además lo encontré en oferta, a un precio por el cual no le puedo decir que no ni a la peor de las bazofias que lleve la firma de Kyle Baker.
Esta vez, a McCarthy se le ocurre jugar con los tópicos del manga: las peleas, los robots y las colegialas. Y ya que estamos, mete kaijus, ninjas, lo que venga. Circuir Breaker es un gigantesco homenaje al manga, en el que los autores meten cameos a lo pavote de Mazinger, Astroboy, Pokemon, Voltron, los Power Rangers, Tetsujin 28, el gatito Doraemon, Godzilla, Crayon Shin-Chan... y ya que estamos aparece un personaje igual a Richie Rich y robots con el diseño de los cylons, los villanos de Battlestar: Galactica. Hay cientos de guiños y referencias visuales, que incluyen -por ejemplo- a una decena de personajes de los que integraban el "elenco estable" de Osamu Tezuka y aparecían en muchas de sus obras en roles secundarios. No sé cuánto de esto estaba marcado en los guiones de McCarthy y cuánto viene del aporte de Baker, pero se nota que al autor de Why I Hate Saturn le causa mucha gracia impostar su trazo para dibujar como un mangaka y meter por todos lados esas referencias a mangas, animés y bizarreadas varias de la cultura ponja.
Excepto cuando es imprescindible prodigarse en detalles, Baker dibuja a mano alzada, a los santos pedos, con una línea cuyo grosor va variando, pero que nos remite al toque al Tezuka más sintético, más despojado. Hay viñetas en las que se juega un poco más con sombras, texturas, masas negras, y hasta hay páginas en las que dibuja fondos, y no los resuelve simplemente con un salpicado o un esfumado de colores estridentes hecho en Photoshop. Y en la última página, dibuja... ¡al propio Tezuka! O más bien reutiliza la caricatura que el manga no kamisama solía hacer de sí mismo para darle rasgos al supuesto autor de un comic que tiene cierto peso en la trama de Circuit Breaker. En las portadas y en algunas splash-pages, Baker deja la vida y nos detona las retinas con una paleta de colores mucho más sutil y unas composiciones realmente preciosas. Pero la gran mayoría de estas páginas nos muestran al ídolo subido al carro de homenajear al manga, dibujar a velocidades supersónicas y esforzarse por que la acción y la propia expresividad de los personajes lleven adelante el relato.
Y el guion es, como ya dije, una aventura con muchos momentos cómicos, rayanos en el disparate. Con elementos de ciencia ficción, de policial, de magia, de machaca superheroica... lo que haga falta para enganchar al lector, seguro está (probablemente muy simplificado) en alguna secuencia de Circuit Breaker. Sin ser una lectura que te cambia la vida, sin pretensiones de nada más que de cagarse de risa un rato, se trata de una lectura convincente, a la que se suma la rareza de ver a un monstruo como Kyle Baker jugar en un mundo que parece creado por Tezuka y que los fans del Dios del manga no asociamos ni a palos con este brillante creador estadounidense. Pero está la aventura, está la ternura, está el humor, está la mala leche, está el mensaje contra la discriminación del distinto... hay muchos conceptos típicos de los mangas de Tezuka que se nota que McCarthy y Baker aprendieron a la perfección y lograron trasladar a una obra que -más allá de cazar o no todas las referencias- cualquiera puede disfrutar.
Y nada más, por hoy. Por ahí meto una entrada más antes de fin de mes, y si no, nos reencontramos en Abril con nuevas reseñas, acá en el blog.
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miércoles, 19 de abril de 2023
PERDÓN POR LA DEMORA...
Pero los cambios de clima me tienen muy congestionado, y cuando no puedo respirar por la nariz no puedo dormir, y cuando no puedo dormir no puedo pensar y mucho menos escribir. Así es como tengo pendientes de reseña dos libritos que terminé hace varios días... y bueno, ahora que estoy un poquito mejor vamos a tratar de sacarlas adelante.
En general, cuando uno piensa en adaptaciones al comic de Los Tres Mosqueteros, piensa en la versión de José Luis Salinas de los años ´40, no? Pero hay otra: a principios de los ´60, el maestro Arturo del Castillo (nacido en 1925 en Chile y radicado en Argentina desde 1948 hasta su muerte, en 1992) hizo la misma que hacían todos los grandes dibujantes que se habían consagrado trabajando con H.G. Oesterheld en las revistas de la editorial Frontera: empieza a colaborar con editoriales del Reino Unido, donde la paga era mucho mejor. Entre otras obras, Del Castillo realiza entre 1961 y 1964 la adaptación del famoso folletín de Alexandre Dumas, en entregas de dos páginas semanales, sobre guiones de Leonard Matthews y Ted Holmes. Esto arranca en la revista Film Fun y luego continúa en otras cabeceras de la editorial Fleetway, de esas que en los ´60 gozaban de una enorme popularidad.
Matthews y Holmes se inscriben en la tendencia del máximo respeto a la obra literaria que adaptan, y así es como, en el intento por volcar en la página la mayor cantidad posible del texto original, pueblan las páginas del comic con una cantidad ingente de palabras, al punto de llenar cuadros enteros solo con texto. Recién en el tramo final (cuando adaptan El Hombre de la Máscara de Hierro) aparece una que otra secuencia en la que el dibujo se encarga de llevar adelante la acción. En casi todo el libro, el dibujo ilustra apenas un cachito de lo que explicita el texto, lo cual lo hace redundante. Si tratás de leer solo los textos, sin mirar los dibujos, se entiende todo perfectamente. Y si optás por lo contrario, vas a ver que dibujos y diálogos no alcanzan para comprender la historia... si no la conocías. La verdad que no soy el más indicado para hacer el experimento porque leí estas aventuras varias veces en la infancia y todo el tiempo sabía lo que estaba por pasar, porque -misteriosamente- me las acordaba.
O sea que estamos ante un libro duro de leer pero muy hermoso de mirar. Acá vemos a un Del Castillo que aprovecha a full el formato de página vertical, casi siempre de seis viñetas o menos, para desplegar una cantidad de recursos gráficos que obviamente no podía mostrar en las revistas chiquitas de Frontera. El resultado no tiene punto de comparación. Solo sería justo comparar esto con los primeros trabajos de Arturo en la Skorpio, cuando estaba muy bien pago y colaboraba con guionistas del carajo en su género favorito, que siempre fue el western. Todo el resto de la obra del chileno-argento queda muy, muy atrás de la magia que tira en Los Tres Mosqueteros. Acá está realmente en estado de gracia, en la cresta de la ola del estilo académico realista, con casi nada que envidiarle a Harold Foster. El rigor histórico, la plasticidad de los personajes, los caballos, los fondos, el festival de texturas, esos grises aplicados con tramas mecánicas que aparecen en el segundo tramo, esos detalles, esa cosa barroca que más tarde perfeccionaría Gary Gianni, esa sensación de épica que asociamos con Antonio Hernández Palacios... Lo mejor de ese estilo hiper-clásico está acá, en la pluma de Arturo Del Castillo y alcanza y sobra para recomendar la adquisición y estudio meticuloso de este álbum, muy bien editado en Chile por Acción Comics.
Me voy a Estados Unidos, año 2003, cuando se publica una miniserie tremenda, que originalmente se pensó para estar fuera de la continuidad oficial y luego alguien tuvo la lucidez de incorporarla al canon de la editorial. Captain America: Truth narra básicamente el via crucis de Isaiah Bradley (muy bien sintetizado en la miniserie televisiva de Falcon/ Winter Soldier), un soldado afroamericano al que le inyectan un prototipo del suero del Super-Soldado y se convierte en un Captain America paralelo, que también peleará en la Segunda Guerra Mundial.
El guion de Robert Morales es de una crudeza difícil de digerir en un comic mainstream. La mala leche, la oscuridad, la crueldad, las atrocidades a las que las propias fuerzas armadas yankis someten a Isaiah y sus compañeros, casi hacen que Adolf Hitler funcione como una amenaza menor. La mentira, el engaño, la manipulación que padecen estos soldados y sus familiares, el mal trato justificado solo en el color de su piel, son cosas que te desgarran el alma mientras leés el comic... que además es totalmente adictivo. Es casi imposible soltar el libro una vez que lo empezás a leer.
Truth es un comic adulto, profundo, jugado, muy violento, con momentos estremecedores, revelaciones shockeantes y emociones fuertes. Un Lado B del Year One del Capi America que, a menos que seas racista, te va a resultar desolador en más de un pasaje. Y si conocías de oído la historia de "el Capitán América negro al que lo cagaron como de arriba de un puente" por la serie de TV, o por menciones que se hacen en otras historietas (pienso por ejemplo en Young Avengers, donde uno de los protagonistas es el nieto de Isaiah) acá vas a encontrar esa idea totalmente zarpada y revolucionaria explicada y desarrollada en detalle en un guion muy ágil y muy conmovedor.
El dibujo... la verdad que me descolocó la decisión de ponerlo en manos de Kyle Baker. Okey, era lógico que lo dibujara un autor afroamericano, pero ¿Baker? ¿Con ese trazo exagerado, caricaturesco, que por momentos dibuja a los personajes como en un corto de Ren & Stimpy? Lógicamente ahí se produce un choque entre lo oscuro del guion y lo alegre, lo desprejuiciado del dibujo, que por momentos va a 160 km/h, pero para el otro lado. Baker abusa un poco de los primeros planos, propone un laburo con el color que lo exime de dibujar fondos en la gran mayoría de las viñetas, y cuando los dibuja generalmente los simplifica a una línea casi minimalista. Pero tiene dos grandes ventajas: es un crack a la hora de retratar la machaca y sus personajes son tremendamente expresivos. En un comic donde parte de la gracia es transmitirle al lector las emociones que viven los personajes, esa habilidad sobrehumana de Baker resulta fundamental. Igual es raro, eh? Todo el tiempo te preguntás cómo se vería Truth dibujado en un estilo más tradicional, ponele el de Denys Cowan, a quien ya lo vimos romper todo en una historia del Capi ambientada en la Segunda Guerra. Como fan incondicional de Kyle Baker le aplaudo hasta las tiradas a chanta, y por haber charlado bastante con él me doy cuenta lo que le habrá costado dibujar esas secuencias más realistas, con soldados, vehículos y armas que se tienen que ver verosímiles y respetuosos de la anatomía, la perspectiva, la iluminación y la documentación. Cosas que para cualquier dibujante del mainstream son el pan nuestro de cada día, pero para este genio no, porque lo suyo es lo otro. La desmesura, la comedia, la locura.
Banco mucho a Truth como un gran retoque de continuidad, una idea que detona un montón de ideas más, y se anima a mostrar lo garca que puede ser el bando que pasó a la historia como el de "los buenos", en una historia sin concesiones. Es un relato tan potente que hasta se banca que Morales y Baker por momentos quieran plasmarlo de maneras totalmente divergentes.
Y hasta acá llegamos. Si estás en La Plata, venite este jueves a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, que voy a estar dando una charla sobre traducción de historietas, por supuesto con entrada gratuita. Si no, nos reencontraremos en unos días acá en el blog.
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jueves, 3 de noviembre de 2016
DOS GENIALIDADES
Finalmente, y no sin esfuerzo, conseguí el Vol.1 de Plastic Man, el TPB con tapas de plástico que recopila los primeros seis episodios de la serie que escribía y dibujaba Kyle Baker allá por 2004. No necesitaba leerlo para saber que me iba a parecer glorioso, y sí, me pareció glorioso. Sobre todo la forma en la que Baker toma un concepto bizarro de los años `40, y sin cambiarle ni una coma, lo convierte en algo absolutamente fresco y viable en el Siglo XXI. Todo lo que era gracioso o asombroso en el Plastic Man de Jack Cole, acá es igual de gracioso y asombroso, con la diferencia de que el dibujo, el color, la puesta en página y los diálogos están mucho más acorde con cómo se narran los comics hoy en día. Incluso el personaje de Woozy Winks, que en la etapa de Cole era medio inexplicable, bajo la pluma de Baker cobra mucho más sentido y hasta más relevancia en la trama.
Lo único que no me terminó de convencer es que cerca del final de la saga aparece un grupito de personajes que aparentan ser una sátira a los X-Men, casi un detalle gracioso más de los cientos que despilfarra Baker, y para mi sorpresa resultan ser un elemento clave en la resolución de la trama. La verdad que esos personajes me cerraban más como chiste casi al margen que como un factor decisivo para la historia. Pero bueno, eso sucede cuando ya van más de 100 páginas geniales, con situaciones y diálogos desopilantes, enmarcadas en una trama de misterio policial que tiene su complejidad y su arista dramática. No es todo un gigantesco sketch de Cha-cha-cha. El dibujo del ídolo, demoledor como siempre, con colores planos, con los contornos definidos con línea marrón y casi sin sombras, excepto cuando juega a reproducir el estilo de los clásicos dibujantes de superhéroes, en busca de un contraste obviamente humorístico con su estilo más cartoony. Creo que esto está por salir en la colección de novelas gráficas de DC que edita Salvat, como para que lo descubra la gente que no lee en inglés, o los que buscan este broli en su idioma original y no lo encuentran debido a su escasez. El Vol.2 ya lo reseñé el 09/04/15, y los numeritos que podrían formar un tercer TPB nunca fueron recopilados en este formato. DC, compadre…
Me vengo a Argentina, para leer la edición en libro de El Día Más Largo del Futuro, la epopeya sin textos de Lucas Varela que se había serializado previamente en Fierro y… y la reputísima madre que lo parió! ¡Qué injusta es la vida, la concha de la lora! Varela trabajó AÑOS, pero literalmente AÑOS en esta obra, dejó LA VIDA en estas 112 páginas, la empezó en Francia, la siguió en Buenos Aires, la terminó de vuelta en Francia, dejó pasar otros laburos (quizás más rentables) para hacer esto, fueron meses y meses de sacrificio… y vengo yo y me la bajo en menos de 20 minutos. Y le dedico… otros 20 a escribir una reseñita de mierda. No es lógico, no es proporcional, es un disparate. AÑOS de laburo del autor contra 20 minutos de lectura del lector. ¿Por qué pasa eso? Porque El Día Más Largo del Futuro no tiene textos.
Narrar una historia compleja, con acción, rosca empresarial y política, toques de comedia, un cierto vuelo poético y una bajada de línea que nos invita a reflexionar acerca de los pro y los contra de una sociedad capitalista basada en el consumo, es un kilombo. Hacerlo en 112 páginas SIN TEXTO, es una odisea. Varela lo hizo y demostró estar a la altura de las circunstancias, logró una verdadera cátedra de narración gráfica que no se parece a nada (me hizo acordar, apenas por un segundo y sólo a nivel argumental a Viva Pâtamâch!, la novela gráfica de Capron y Patrice Killoffer que vimos un lejanísimo 02/02/11) y que además resulta ideal para su apabullante manejo del dibujo, del color y de la puesta en página. Y ni hablemos de los detalles, del laburo que tienen los fondos, del cuidado en el lenguaje corporal de los personajes… Esto es espectacular en todos los rubros, en todo el sentido de la palabra.
Después de gemas como Paolo Pinocchio, Diagnósticos o (un toque más atrás) El Síndrome Guastavino, no me imaginaba ni en pedo que la mejor obra de Varela iba a venir por el lado de la ciencia-ficción. Pero vino. El futuro llegó hace rato, y los que leemos (o hacemos) la Comiqueando, descubrimos hace 20 años que Lucas Varela iba a estar entre los autores más grossos del futuro.
Volvemos pronto con más reseñas.
Lo único que no me terminó de convencer es que cerca del final de la saga aparece un grupito de personajes que aparentan ser una sátira a los X-Men, casi un detalle gracioso más de los cientos que despilfarra Baker, y para mi sorpresa resultan ser un elemento clave en la resolución de la trama. La verdad que esos personajes me cerraban más como chiste casi al margen que como un factor decisivo para la historia. Pero bueno, eso sucede cuando ya van más de 100 páginas geniales, con situaciones y diálogos desopilantes, enmarcadas en una trama de misterio policial que tiene su complejidad y su arista dramática. No es todo un gigantesco sketch de Cha-cha-cha. El dibujo del ídolo, demoledor como siempre, con colores planos, con los contornos definidos con línea marrón y casi sin sombras, excepto cuando juega a reproducir el estilo de los clásicos dibujantes de superhéroes, en busca de un contraste obviamente humorístico con su estilo más cartoony. Creo que esto está por salir en la colección de novelas gráficas de DC que edita Salvat, como para que lo descubra la gente que no lee en inglés, o los que buscan este broli en su idioma original y no lo encuentran debido a su escasez. El Vol.2 ya lo reseñé el 09/04/15, y los numeritos que podrían formar un tercer TPB nunca fueron recopilados en este formato. DC, compadre…
Me vengo a Argentina, para leer la edición en libro de El Día Más Largo del Futuro, la epopeya sin textos de Lucas Varela que se había serializado previamente en Fierro y… y la reputísima madre que lo parió! ¡Qué injusta es la vida, la concha de la lora! Varela trabajó AÑOS, pero literalmente AÑOS en esta obra, dejó LA VIDA en estas 112 páginas, la empezó en Francia, la siguió en Buenos Aires, la terminó de vuelta en Francia, dejó pasar otros laburos (quizás más rentables) para hacer esto, fueron meses y meses de sacrificio… y vengo yo y me la bajo en menos de 20 minutos. Y le dedico… otros 20 a escribir una reseñita de mierda. No es lógico, no es proporcional, es un disparate. AÑOS de laburo del autor contra 20 minutos de lectura del lector. ¿Por qué pasa eso? Porque El Día Más Largo del Futuro no tiene textos.
Narrar una historia compleja, con acción, rosca empresarial y política, toques de comedia, un cierto vuelo poético y una bajada de línea que nos invita a reflexionar acerca de los pro y los contra de una sociedad capitalista basada en el consumo, es un kilombo. Hacerlo en 112 páginas SIN TEXTO, es una odisea. Varela lo hizo y demostró estar a la altura de las circunstancias, logró una verdadera cátedra de narración gráfica que no se parece a nada (me hizo acordar, apenas por un segundo y sólo a nivel argumental a Viva Pâtamâch!, la novela gráfica de Capron y Patrice Killoffer que vimos un lejanísimo 02/02/11) y que además resulta ideal para su apabullante manejo del dibujo, del color y de la puesta en página. Y ni hablemos de los detalles, del laburo que tienen los fondos, del cuidado en el lenguaje corporal de los personajes… Esto es espectacular en todos los rubros, en todo el sentido de la palabra.
Después de gemas como Paolo Pinocchio, Diagnósticos o (un toque más atrás) El Síndrome Guastavino, no me imaginaba ni en pedo que la mejor obra de Varela iba a venir por el lado de la ciencia-ficción. Pero vino. El futuro llegó hace rato, y los que leemos (o hacemos) la Comiqueando, descubrimos hace 20 años que Lucas Varela iba a estar entre los autores más grossos del futuro.
Volvemos pronto con más reseñas.
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Plastic Man
jueves, 9 de abril de 2015
09/ 04: PLASTIC MAN Vol.2
Sí, soy un loser. Arranco con el Vol.2 porque el Vol.1 jamás lo conseguí, es una especie de Santo Grial que escasea más que las ideas progresistas en la plataforma del PRO. Por suerte son historias que pueden leerse en cualquier orden.
Y mejor aún, son unas historietas gloriosas, brillantes, inmejorables. No se me ocuure qué hacer para que sean mejores… No sé, que las dibuje el Niño Rodríguez y me regale los originales… Pero tampoco, porque buena parte de la genialidad de este Plastic Man es que lo escribe y lo dibuja el maestro Kyle Baker, en un ejemplo más de esa infrecuente maravilla que es el comic de autor adentro del mainstream. Baker juega a pleno con las posibilidades que la da el Universo DC: boludea a la Liga de la Justicia, tira referencias irónicas a Identity Crisis, mete al Time Trapper, a Bizarro, a la polémica (y sacrosanta) Laetitia Lerner, y se cuelga de aquella recordada saga de Luthor presidente de los EEUU para hacernos mear de la risa con un episodio desopilante, en el que baja de keruza una línea tremenda sobre los presidentes y los políticos en general.
La primera historia es la única de dos episodios, en la que participan la JLA y el Time Trapper, pero en realidad gira en torno a Abraham Lincoln, su asesino John Wilkes Booth, una mina que dice haber sido esposa de Plastic Man y varios héroes y villanos que se hacen pasar por quienes no son. Es una comedia de enredos fascinante, con un ritmo frenético, repleta de chistes gloriosos. Como en todo el libro, a Plas lo secundan Woozy Winks (personaje que me cae tirando a pésimo, pero lo respeto porque viene heredado de la época clásica de Jack Cole) y Morgan, una aguerrida y sexy agente del FBI, compañera del héroe en todas sus misiones. Esta última es un invento de Baker, muy logrado.
Vamos con los unitarios. El primero es una parodia a la típica historia de mansión embrujada en la que los buenos deben pasar una noche en un lugar tétrico donde serán cena fácil para los vampiros. Por supuesto Baker se mofa de todas las convenciones del género, sorprende con unas pantomimas espectaculares dignas de Sergio Aragonés, y ya que está, suma a un nuevo personaje al elenco de secundarios.
El siguiente unitario es el de Luthor en la Casa Blanca, un delirio brillante, sacadísimo y letal. Después tenemos un clásico thriller en el que los agentes tienen que detener a un supuesto asesino serial. Baker lo convierte en una comedia de enredos salvaje, en el estilo de Mortadelo y Filemón, con slapstick, transformaciones bizarras y un humor que se lleva puesto al argumento. Por si fuera poco, el autor ironiza con certera mala leche acerca del “gravísimo delito” que supone descargar canciones de la web. Y el libro termina con un magnífico homenaje a los clásicos dibujos de Tom & Jerry, en el que la misión de Plas es… eliminar a un ratón que le invadió la casa. Es el capítulo que tiene más secuencias mudas, y es casi imposible leerlo sin imaginarse la música de los viejos cartoons de la Metro Goldwyn Mayer en los que Tom trataba de capturar a Jerry.
Me podría colgar horas en la enumeración de secuencias, gags y diálogos inolvidables pero quiero hablar un toque del dibujo. Baker trabaja con pocos cuadros por página (rara vez hay más de seis), con muchas pantomimas sin diálogos, y con algo que casi ningún dibujante puede hacer: cambiar todo el tiempo de técnicas y de registro. Según lo requiera cada escena de cada guión, Plas puede aparecer dibujado MUY realista, o MUY caricaturesco. Los fondos pueden estar laburadísimos, desaparecer, o ser una foto alevosamente copy-pasteada y mínimamente retocada. La línea negra puede estar, desaparecer, o ser reemplazada por líneas de colores. Acá hay estridencia, colores primarios, maquinolas tipo Kirby, expresionismo pasado de rosca tipo Kricfalusi, texturas y efectos del photoshop, minitas hermosas, personajes muy deformes, tipografías y onomatopeyas que ningún otro autor se animaría a usar. O sea que Baker hace -60 años después- un montón de las cosas zarpadísimas que hacía Jack Cole, con fidelidad a los conceptos, al riesgo, a la onda, pero sin repetir ni copiar los yeites del maestro.
A pesar de haber ganado un montón de premios, la serie duró apenas 20 episodios, varios de los cuales nunca se reeditaron en TPBs. Un garrón, porque ahora los fans de Kyle Baker tendremos que apuñalarnos unos a otros para conseguir esas revistitas de hace 10 años, que en una de esas tuvieron tiradas bajísimas. Yo ya me pongo en campaña para conseguir eso y el primer TPB, con el que sueño hace añares.
Mañana arranca un paréntesis en la subida de material nuevo al blog, que esperemos se termine el lunes, o como máximo el martes. ¡Hasta pronto!
Y mejor aún, son unas historietas gloriosas, brillantes, inmejorables. No se me ocuure qué hacer para que sean mejores… No sé, que las dibuje el Niño Rodríguez y me regale los originales… Pero tampoco, porque buena parte de la genialidad de este Plastic Man es que lo escribe y lo dibuja el maestro Kyle Baker, en un ejemplo más de esa infrecuente maravilla que es el comic de autor adentro del mainstream. Baker juega a pleno con las posibilidades que la da el Universo DC: boludea a la Liga de la Justicia, tira referencias irónicas a Identity Crisis, mete al Time Trapper, a Bizarro, a la polémica (y sacrosanta) Laetitia Lerner, y se cuelga de aquella recordada saga de Luthor presidente de los EEUU para hacernos mear de la risa con un episodio desopilante, en el que baja de keruza una línea tremenda sobre los presidentes y los políticos en general.
La primera historia es la única de dos episodios, en la que participan la JLA y el Time Trapper, pero en realidad gira en torno a Abraham Lincoln, su asesino John Wilkes Booth, una mina que dice haber sido esposa de Plastic Man y varios héroes y villanos que se hacen pasar por quienes no son. Es una comedia de enredos fascinante, con un ritmo frenético, repleta de chistes gloriosos. Como en todo el libro, a Plas lo secundan Woozy Winks (personaje que me cae tirando a pésimo, pero lo respeto porque viene heredado de la época clásica de Jack Cole) y Morgan, una aguerrida y sexy agente del FBI, compañera del héroe en todas sus misiones. Esta última es un invento de Baker, muy logrado.
Vamos con los unitarios. El primero es una parodia a la típica historia de mansión embrujada en la que los buenos deben pasar una noche en un lugar tétrico donde serán cena fácil para los vampiros. Por supuesto Baker se mofa de todas las convenciones del género, sorprende con unas pantomimas espectaculares dignas de Sergio Aragonés, y ya que está, suma a un nuevo personaje al elenco de secundarios.
El siguiente unitario es el de Luthor en la Casa Blanca, un delirio brillante, sacadísimo y letal. Después tenemos un clásico thriller en el que los agentes tienen que detener a un supuesto asesino serial. Baker lo convierte en una comedia de enredos salvaje, en el estilo de Mortadelo y Filemón, con slapstick, transformaciones bizarras y un humor que se lleva puesto al argumento. Por si fuera poco, el autor ironiza con certera mala leche acerca del “gravísimo delito” que supone descargar canciones de la web. Y el libro termina con un magnífico homenaje a los clásicos dibujos de Tom & Jerry, en el que la misión de Plas es… eliminar a un ratón que le invadió la casa. Es el capítulo que tiene más secuencias mudas, y es casi imposible leerlo sin imaginarse la música de los viejos cartoons de la Metro Goldwyn Mayer en los que Tom trataba de capturar a Jerry.
Me podría colgar horas en la enumeración de secuencias, gags y diálogos inolvidables pero quiero hablar un toque del dibujo. Baker trabaja con pocos cuadros por página (rara vez hay más de seis), con muchas pantomimas sin diálogos, y con algo que casi ningún dibujante puede hacer: cambiar todo el tiempo de técnicas y de registro. Según lo requiera cada escena de cada guión, Plas puede aparecer dibujado MUY realista, o MUY caricaturesco. Los fondos pueden estar laburadísimos, desaparecer, o ser una foto alevosamente copy-pasteada y mínimamente retocada. La línea negra puede estar, desaparecer, o ser reemplazada por líneas de colores. Acá hay estridencia, colores primarios, maquinolas tipo Kirby, expresionismo pasado de rosca tipo Kricfalusi, texturas y efectos del photoshop, minitas hermosas, personajes muy deformes, tipografías y onomatopeyas que ningún otro autor se animaría a usar. O sea que Baker hace -60 años después- un montón de las cosas zarpadísimas que hacía Jack Cole, con fidelidad a los conceptos, al riesgo, a la onda, pero sin repetir ni copiar los yeites del maestro.
A pesar de haber ganado un montón de premios, la serie duró apenas 20 episodios, varios de los cuales nunca se reeditaron en TPBs. Un garrón, porque ahora los fans de Kyle Baker tendremos que apuñalarnos unos a otros para conseguir esas revistitas de hace 10 años, que en una de esas tuvieron tiradas bajísimas. Yo ya me pongo en campaña para conseguir eso y el primer TPB, con el que sueño hace añares.
Mañana arranca un paréntesis en la subida de material nuevo al blog, que esperemos se termine el lunes, o como máximo el martes. ¡Hasta pronto!
viernes, 21 de marzo de 2014
21/ 03: DEADPOOL MAX Vol.3
Una de cal y otra de mierda. Me acuerdo que el Vol.2 (reseñado el 23/12/12) me había gustado bastante más que el Vol.1 (reseñado el 05/06/12). Parecía que David Lapham y Kyle Baker lograban encauzar esto hacia un final copado, fuerte, interesante más allá de la onda cazadoresca de sexo, puteadas y violencia en joda (y en dosis para nada habituales en el mainstream yanki). Sin embargo, después de aquel supuesto final, alguien en Marvel decidió continuar esta serie, y así salieron los seis números y el especial de Navidad que recopila este TPB. Claramente, acá está lo peor de la serie.
Los chistes son menos zarpados, menos graciosos, la violencia impacta menos, la comedia picaresca repleta de referencias sexuales se hace bastante reiterativa y hasta en un punto sosa, y cuando de nuevo le dicen a Lapham “inventate un final grosso, que cerramos”, no se le ocurre nada ni remotamente parecido a un final grosso. Hay un intento, un engaña-pichanga, pero al final el guionista termina por respetar a rajatabla un status quo que –uno supone- nadie va a usufructuar jamás, porque Marvel no va a volver a prestar a Deadpool a otros autores para que jueguen por afuera de las reglas del universo “titular”.
Por supuesto, no es todo una garcha. Algunos chistes funcionan bien y algunas situaciones tienen esa alquimia finita entre aventura, parodia, descontrol y guarangada sexópata que cuando logra cuajar, se hace muy entretenida. Y lo que más rescato de los guiones: los huevos para decir con total claridad que el villano posta, el más jodido de todos, es la CIA, no los fundamentalistas islámicos, no HYDRA, no Taskmaster. En ese arco final, en el que todos van contra los servicios de inteligencia yankis, casi no hay situaciones atractivas y el argumento hace agua por todos lados. Pero es el tramo en el que Lapham se dedica a caracterizar a “Blind Al”, la directora de la CIA y a la sazón villana principal de la saga, y en ese personaje puntual se nota un laburo muy acertado, muy filoso por parte del guionista.
El otro gesto loable de David Lapham es que en este tramo final de Deadpool MAX se arremanga y dibuja. Primero unas paginitas del especial de Navidad (choto a niveles intragables) y después el último episodio, con el que cierra la serie. Por supuesto siempre es un placer ver dibujar a un tipo que la tiene tan clara y que narra tan bien, aunque estéticamente no tenga nada, pero nada que ver con la impronta gráfica del principal dibujante de la serie (y principal motivo por el cual uno se compró estos brolis), el insumergible y cada día más grosso Kyle Baker. La verdad, no hay nada que haga Baker en este tomo que no haya hecho ya en los dos primeros, pero sigue siendo infinitamente placentero verlo dibujar en este estilo raro, muy basado en la figura humana y las expresiones faciales, con ese coloreado y esas texturas tan personales. También rompe un poquito las bolas ver cómo los fondos escasean escandalosamente (cuando no son fotos retocadas). Y las páginas que no dibujan ni Baker ni Lapham caen (como en el Vol.2) en manos de Shawn Crystal, un dibujante triste, sin onda ni imaginación, que hace lo que puede, que suele ser muy poco.
Como hincha de Racing, esta lección me la sabía de memoria: tener dos figuras en el equipo no te hace un gran equipo, ni siquiera te garantiza ganar un partido. En Deadpool MAX eso se ve clarito: dos monstruos que no fallan nunca, que en sus respectivos proyectos solistas son dos bolas de demolición, acá se juntaron y en vez de un hitazo memorable salió una obra menor, que en su mejor momento entretiene y en su peor momento parece un comic hecho por y para subnormales invertebrados, casi bochornoso en su apelación al mínimo denominador común. Si querés le echamos la culpa a Deadpool, personaje patético, copia trucha de Deathstroke pergeñada entre gallos y medianoche por el impresentable Rob Liefeld. ¿Será posible que Deadpool sea tan, tan choto que alcanza con ponerse su camiseta para que dos cracks indiscutidos jueguen mal? Da para pensarlo.
Los chistes son menos zarpados, menos graciosos, la violencia impacta menos, la comedia picaresca repleta de referencias sexuales se hace bastante reiterativa y hasta en un punto sosa, y cuando de nuevo le dicen a Lapham “inventate un final grosso, que cerramos”, no se le ocurre nada ni remotamente parecido a un final grosso. Hay un intento, un engaña-pichanga, pero al final el guionista termina por respetar a rajatabla un status quo que –uno supone- nadie va a usufructuar jamás, porque Marvel no va a volver a prestar a Deadpool a otros autores para que jueguen por afuera de las reglas del universo “titular”.
Por supuesto, no es todo una garcha. Algunos chistes funcionan bien y algunas situaciones tienen esa alquimia finita entre aventura, parodia, descontrol y guarangada sexópata que cuando logra cuajar, se hace muy entretenida. Y lo que más rescato de los guiones: los huevos para decir con total claridad que el villano posta, el más jodido de todos, es la CIA, no los fundamentalistas islámicos, no HYDRA, no Taskmaster. En ese arco final, en el que todos van contra los servicios de inteligencia yankis, casi no hay situaciones atractivas y el argumento hace agua por todos lados. Pero es el tramo en el que Lapham se dedica a caracterizar a “Blind Al”, la directora de la CIA y a la sazón villana principal de la saga, y en ese personaje puntual se nota un laburo muy acertado, muy filoso por parte del guionista.
El otro gesto loable de David Lapham es que en este tramo final de Deadpool MAX se arremanga y dibuja. Primero unas paginitas del especial de Navidad (choto a niveles intragables) y después el último episodio, con el que cierra la serie. Por supuesto siempre es un placer ver dibujar a un tipo que la tiene tan clara y que narra tan bien, aunque estéticamente no tenga nada, pero nada que ver con la impronta gráfica del principal dibujante de la serie (y principal motivo por el cual uno se compró estos brolis), el insumergible y cada día más grosso Kyle Baker. La verdad, no hay nada que haga Baker en este tomo que no haya hecho ya en los dos primeros, pero sigue siendo infinitamente placentero verlo dibujar en este estilo raro, muy basado en la figura humana y las expresiones faciales, con ese coloreado y esas texturas tan personales. También rompe un poquito las bolas ver cómo los fondos escasean escandalosamente (cuando no son fotos retocadas). Y las páginas que no dibujan ni Baker ni Lapham caen (como en el Vol.2) en manos de Shawn Crystal, un dibujante triste, sin onda ni imaginación, que hace lo que puede, que suele ser muy poco.
Como hincha de Racing, esta lección me la sabía de memoria: tener dos figuras en el equipo no te hace un gran equipo, ni siquiera te garantiza ganar un partido. En Deadpool MAX eso se ve clarito: dos monstruos que no fallan nunca, que en sus respectivos proyectos solistas son dos bolas de demolición, acá se juntaron y en vez de un hitazo memorable salió una obra menor, que en su mejor momento entretiene y en su peor momento parece un comic hecho por y para subnormales invertebrados, casi bochornoso en su apelación al mínimo denominador común. Si querés le echamos la culpa a Deadpool, personaje patético, copia trucha de Deathstroke pergeñada entre gallos y medianoche por el impresentable Rob Liefeld. ¿Será posible que Deadpool sea tan, tan choto que alcanza con ponerse su camiseta para que dos cracks indiscutidos jueguen mal? Da para pensarlo.
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domingo, 23 de diciembre de 2012
23/ 12: DEADPOOL MAX Vol.2
En mi reseña del Vol.1 (lo leí allá por Junio) yo le ponía bastantes fichas al Vol.2, a ver si la trama se encaminaba hacia algún punto un poco más sustancioso que los chistes groseros y las escenas de violencia mega-zarpada. Por suerte el maestro David Lapham me dio pelota y –seguramente alentado por el hecho de que el n° 12 iba a ser el último- mueve los hilos para que todo desemboque hacia ese episodio final y se resuelva de manera –dentro de todo- coherente.
El primer episodio de este tomo es delirio puro, una comedia disparatada, en la que Lapham explora los límites de la locura de Deadpool y su enfermiza relación con Domino (que no es la Domino del Universo Marvel posta, cabe aclarar). Acá el argumento casi no importa, está todo basado en situaciones y diálogos limadísimos. Tampoco aparece Bob, el personaje secundario más importante, el que más hace para que la trama central avance.
El tercer episodio, si bien tiene a Bob en un rol destacado, es claramente un número de relleno, con dibujante suplente y todo. Acá todo gira en torno a un proxeneta y sus chicas, o sea que abundan los chistes de temática sexual bastante subidos de tono. Si no fuera porque Shawn Crystal es un dibujante decididamente mediocre, este festival de drogas, armas y putas sería una gema memorable.
Los cuatro episodios restantes respetan, en mayor o menor medida, la consigna de hilvanar un argumento y hacerlo avanzar hasta la confrontación final entre Deadpool y Taskmaster. En ese periplo, Lapham aprovecha para habilitarnos muchísima data sobre el pasado de Bob, para llevar a Wade a visitar el orfanato donde fue criado y para parodiar con sutil mala leche toda esa runfla bochornosa en la que los propios servicios de inteligencia yankis terminan por crear (y armar hasta la chota) a una célula terrorista de Medio Oriente que más tarde cobra proyección internacional. Como a Bob le resulta fácil manipular a Deadpool con el chamuyo de HYDRA y la amenaza global que representa, termina laburando para que HYDRA exista y represente una verdadera pesadilla para la paz mundial y la seguridad de los EEUU. Para cuando Deadpool se entere de cómo viene la mano, será tarde para todo. El final es muy heavy, con el exterminio de cientos de miles de inocentes, y aún así Lapham banca el clima festivo. Claro, estaba convencido de que la serie terminaba ahí. Después hubo luz verde para seis números más, pero eso es otro tema.
¿Y por qué yo había decidido comprar el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 se quedaba en los chistes guarangos y la violencia más cabeza? Por los dibujos de Kyle Baker, genio de los genios, que acá puso –como es su costumbre- toda la carne al asador. Si Deadpool MAX no es un comic de superchabones que se cagan a palos (y tiros y espadazos) con garches, puteadas y drogas es porque Baker se propone lograr algo distinto y –predeciblemente- lo logra. Los fondos no existen: son todas fotos retocadas. Baker no dibuja ni un auto, ni una metra, ni un mísero celular. Captura fotos y las integra a sus dibujos con una cancha asombrosa, metiendo unas texturas loquísimas y haciendo magia con la paleta de colores. Hay algunas páginas un poco tiradas a chanta, pero en general no queda para nada mal la forma en que el ídolo zafa de dibujar lo que no tiene ganas (o tiempo) de dibujar. En la figura humana, en cambio, Baker deja la vida, incluso en escenas difíciles de dibujar. Y en las expresiones faciales se revela (en realidad lo viene haciendo desde Special Forces) como el verdadero continuador del ilustre legado de Angelo Torres y Mort Drucker, los caricaturistas más grossos de MAD. Todo el laburo de Baker es realmente impresionante, como si en vez de un capo con más de 25 años de trayectoria fuera un pibe nuevo con hambre de gloria, en busca de la consagración.
En ese sentido, si Shawn Crystal vino a Deadpool MAX en busca de ese primer hitazo que lo ponga en el listado de los dibujantes a los que seguir de cerca, avísenle que no, que no lo logró. Por suerte, fuera del bajón que significa tener 22 páginas de Crystal en vez de 22 páginas de Baker, este tomo está muy bueno, la aventura funciona, los chistes también y quien lo lea difícilmente se abstenga de comprarse un Vol.3, que creo que ya se anunció.
El primer episodio de este tomo es delirio puro, una comedia disparatada, en la que Lapham explora los límites de la locura de Deadpool y su enfermiza relación con Domino (que no es la Domino del Universo Marvel posta, cabe aclarar). Acá el argumento casi no importa, está todo basado en situaciones y diálogos limadísimos. Tampoco aparece Bob, el personaje secundario más importante, el que más hace para que la trama central avance.
El tercer episodio, si bien tiene a Bob en un rol destacado, es claramente un número de relleno, con dibujante suplente y todo. Acá todo gira en torno a un proxeneta y sus chicas, o sea que abundan los chistes de temática sexual bastante subidos de tono. Si no fuera porque Shawn Crystal es un dibujante decididamente mediocre, este festival de drogas, armas y putas sería una gema memorable.
Los cuatro episodios restantes respetan, en mayor o menor medida, la consigna de hilvanar un argumento y hacerlo avanzar hasta la confrontación final entre Deadpool y Taskmaster. En ese periplo, Lapham aprovecha para habilitarnos muchísima data sobre el pasado de Bob, para llevar a Wade a visitar el orfanato donde fue criado y para parodiar con sutil mala leche toda esa runfla bochornosa en la que los propios servicios de inteligencia yankis terminan por crear (y armar hasta la chota) a una célula terrorista de Medio Oriente que más tarde cobra proyección internacional. Como a Bob le resulta fácil manipular a Deadpool con el chamuyo de HYDRA y la amenaza global que representa, termina laburando para que HYDRA exista y represente una verdadera pesadilla para la paz mundial y la seguridad de los EEUU. Para cuando Deadpool se entere de cómo viene la mano, será tarde para todo. El final es muy heavy, con el exterminio de cientos de miles de inocentes, y aún así Lapham banca el clima festivo. Claro, estaba convencido de que la serie terminaba ahí. Después hubo luz verde para seis números más, pero eso es otro tema.
¿Y por qué yo había decidido comprar el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 se quedaba en los chistes guarangos y la violencia más cabeza? Por los dibujos de Kyle Baker, genio de los genios, que acá puso –como es su costumbre- toda la carne al asador. Si Deadpool MAX no es un comic de superchabones que se cagan a palos (y tiros y espadazos) con garches, puteadas y drogas es porque Baker se propone lograr algo distinto y –predeciblemente- lo logra. Los fondos no existen: son todas fotos retocadas. Baker no dibuja ni un auto, ni una metra, ni un mísero celular. Captura fotos y las integra a sus dibujos con una cancha asombrosa, metiendo unas texturas loquísimas y haciendo magia con la paleta de colores. Hay algunas páginas un poco tiradas a chanta, pero en general no queda para nada mal la forma en que el ídolo zafa de dibujar lo que no tiene ganas (o tiempo) de dibujar. En la figura humana, en cambio, Baker deja la vida, incluso en escenas difíciles de dibujar. Y en las expresiones faciales se revela (en realidad lo viene haciendo desde Special Forces) como el verdadero continuador del ilustre legado de Angelo Torres y Mort Drucker, los caricaturistas más grossos de MAD. Todo el laburo de Baker es realmente impresionante, como si en vez de un capo con más de 25 años de trayectoria fuera un pibe nuevo con hambre de gloria, en busca de la consagración.
En ese sentido, si Shawn Crystal vino a Deadpool MAX en busca de ese primer hitazo que lo ponga en el listado de los dibujantes a los que seguir de cerca, avísenle que no, que no lo logró. Por suerte, fuera del bajón que significa tener 22 páginas de Crystal en vez de 22 páginas de Baker, este tomo está muy bueno, la aventura funciona, los chistes también y quien lo lea difícilmente se abstenga de comprarse un Vol.3, que creo que ya se anunció.
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martes, 5 de junio de 2012
05/ 06: DEADPOOL MAX Vol.1

Hacía mucho que no comentaba nada de Marvel, no? Bueno, esto es de Marvel hasta por ahí nomás. Acá los autores tienen la libertad de no respetar un carajo el canon oficial del Universo Marvel (la Tierra 616 y demás) y la aprovechan, de una. Este Deadpool no es exactamente el Deadpool que todos conocemos y lo mismo se aplica a los otros personajes conocidos que aparecen: Domino, Cable, el Barón Zemo, Hammerhead, Taskmaster... todos tienen cambios que van de lo sutil a lo groseramente radical.
El guionista es un ídolo personal: David Lapham. Que tiene un problema: cuando escribe guiones que dibuja él mismo, es sofisticado, profundo, a veces gracioso, pero siempre inteligente, nunca grotesco ni cabeza. Cuando escribe para otros, se zarpa un poco más de la cuenta y casi todos los guiones que él no dibuja caen en la intrascendencia (me acuerdo lo que hizo en Batman... ¿o era en Detective? No importa) o en una especie de Viva la Pepa muy extrema de kilombo, depravación y sangre que no siempre va a algún lado coherente.
Las historias de Lapham para Deadpool MAX son un festival desopilante de sangre, desmembramientos, tetas y chistes soeces (y con puteadas, porque en el sello MAX vale putear). Muy, muy divertido, pero adolescente, básico, sin ninguna pretensión de nada más que un ratito de entretenimiento. Hay diálogos graciosísimos, escenas totalmente zarpadas, una incorrección política de gran impacto y gran comicidad (el episodio del Barón Zemo está lleno de chistes de negros, judíos, putos, tortas, latinos y chinos), una versión de Deadpool llevada al extremo de la esquizofrenia y un personaje nuevo, Bob, muy bien laburado, al que pobrecito, le pasan todas: se lo empoman, se mete en una cloaca y lo tapa la mierda, se da de jeta contra un cactus, se come balazos... Obviamente la comedia física y el clima de “vale todo” se enriquecen mucho con la figura de Bob, que nunca llega a eclipsar a la de Deadpool, si bien en varias tramas es más importante que el mercenario bocón e inmortal.
O sea que, mientras leés esto, la pasás bien. Hay un subplot bien pensado que de alguna manera hilvana los argumentos de cada capítulo autoconclusivo, y todos los elementos que enumeré antes se ensamblan con mucha onda. El tema es qué te queda cuando cerrás el libro. Y ahí está la contra de Deadpool MAX: así como se zarpa de violento y de jodón, se zarpa de pasatista. Y vos sabés que Lapham, cuando pone lo que hay que poner, es cualquier cosa menos pasatista. Se me dirá “Y bueno, ¿qué querés?, es Deadpool, un personaje de la B creado por Rob Liefeld como afano brutal a Deathstroke”. Pero creo yo que con el talento de Lapham y la libertad que te da laburar en un comic que –por su calificación- se le puede vender al público adulto, daba para jugarse por algo más sustancioso. Veremos si eso sucede en el segundo tomo, aunque lo veo difícil.
¿Me voy a comprar el segundo tomo de algo que no me terminó de cerrar? Y sí, maestro, porque esto lo dibuja Kyle Baker, el genio de los genios. Y cualquier cosa que dibuje Baker –no te lo tengo que explicar, me parece- merece ser comprada aunque el guión sea más inmundo que lamer las baldosas del baño de Requiem un sábado a las 7 AM. Acá el ídolo vuelve al estilo que le vimos hace un par de años en Special Forces (reseña del 19/3/ 2010, o página 84 del primer libro del blog): mucho énfasis en la figura humana, minas esculturales, rostros muy pegados al estilo de Angelo Torres y Mort Drucker (los grandes caricaturistas de MAD), poca línea negra y mucha línea marrón, muchas texturas, fondos choreados a full de fotos bastante bien retocadas y millones de efectos de photoshop, algunos demasiado estridentes para mi gusto. Y todo eso en el marco de una narrativa totalmente clásica y una puesta en página casi conservadora, con muchas páginas de 6 viñetas en la infalible Grilla Kirby (2-2-2).
La verdad, yo no lo pondría nunca a Baker a dibujar superhéroes, pero Deadpool no es un superhéroe y encima esta es una versión libre del personaje en la que –ya lo dije- vale cagarse en miles de cosas. Y como a Baker le gusta llevar la expresividad de rostros y cuerpos al límite del grotesco, las historias recontra-pasadas de rosca que le propone Lapham le vienen como anillo al dedo. Y además, no jodamos, es Kyle Baker! Baker hace que cualquier comic que le den para dibujar, sea con guiones de cualquiera y con personajes de cualquiera, al toque pase a ser un comic de Baker. Es así, el chabón no lo puede evitar. Y lo bien que hace, por otra parte...
Así que sí, vuelvo a comprar Deadpool MAX cuando me caiga el Vol.2. He leído guiones mil veces peores (y con atrocidades menos graciosas) y además no me quiero perder otras 140 páginas dibujadas por este monstruo que hace poquito anunció su decisión de no laburar más para Marvel ni para DC por cuestiones éticas. Baker-Baker-Baker! Huevo-huevo-huevo!
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sábado, 31 de julio de 2010
31/ 07: BIRTH OF A NATION

Además de Special Forces (de la que ya hablamos), en estos últimos años el incombustible Kyle Baker acumuló muchísimas obras interesantes, entre otras Plastic Man, King David y la impactante Nat Turner. Pero, casi irónicamente, su mejor trabajo es el único en el que el guión no le pertenece. Birth of a Nation (de 2004) es un comic absolutamente bakereano, pero escrito por Aaron McGruder (autor de The Boondocks, una popular tira diaria) y Reginald Hudlin (guionista y director de cine, que llegó al comic para escribir Black Panther).
El hecho de que los tres autores sean negros no es ninguna casualidad. De hecho, la nación a la que alude el título no es otra que Blackland, una región de St. Louis con mayoría de población afroamericana, que decide separarse de los EEUU y convertirse en un país independiente. Suena a algo serio (sobre todo a la luz de que hoy EEUU tiene un presidente negro), pero Birth of a Nation es una gran farsa, una joda inteligentísima y con toques de mala leche, que nace de aquella famosa elección presidencial de 2000, la que George W. Bush le birló a Al Gore, legítimo ganador... si todos los votantes hubiesen podido votar, o si los votos se hubiesen contado como corresponde.
La historia parece por momentos uno de esos grandes episodios de South Park en los que una boludez cotidiana empieza a crecer tipo bola de nieve, a hacerse cada vez más grossa, hasta que ya se le va de las manos a los propios protagonistas y puede terminar en cualquier cosa. Y sí, tanto el desarrollo como el desenlace de la historia de Blackland están totalmente fuera de cualquier pronóstico, incluso de los lectores más curtidos. La historia se construye con coherencia, de modo accesible y lineal, pero pega volantazos alucinantes en los momentos clave que hacen que nunca puedas predecir qué va a pasar con esta nueva nación.
Birth of a Nation es un comic raro, primero porque es político, cosa que no suele suceder con frecuencia, y segundo porque es 100% satírico, y tiene hasta gags verbales y físicos, mientras que en general el comic político suele ser demasiado circunspecto. Pero McGruder y Hudlin hablan de política sin pelos en la lengua, se meten a fondo en los mecanismos del poder y sus consecuencias en la vida cotidiana de la gente, y además le ponen la onda de comedia zarpada y disparatada, esa que Kyle Baker pilotea como los dioses.
El trabajo de Baker es definitivamente fundamental para que la novela gráfica prospere. El glorioso creador de Why I Hate Saturn opta por un trazo muy sencillo, con una línea muy austera y un estilo caricaturesco, casi de animación. Y después realza el dibujo a niveles maradonianos con la computadora, para agregar efectos, texturas, brillos volúmenes, y –obviamente- el color y las letras, que a esta altura son rasgos tan propios de Baker como su propia firma. Como en muchas de sus mejores obras, acá Baker trabaja sin globos de diálogo dentro de las viñetas. Los textos se ubican abajo o al costado de los dibujos y siempre se entiende a quién pertenecen. Para que eso suceda, los guionistas recurren a los medios de comunicación como reemplazo del narrador omnisciente, esa figura mediante la cual el autor suele narrarnos en los bloques de texto cosas que los personajes muchas veces desconocen (o deciden no expresar). El resultado es un hermoso contraste entre una presentación de la página limpita, ordenada y más prolija que armario de puto, y unas viñetas en cuyo interior se desatan pandemoniums página por medio, ya sea por pasiones, luchas de poder, intereses económicos, o lógica reacción del perejil oprimido frente al garca opresor.
Las 137 páginas de Birth of a Nation son una lectura recomendadísima para los fans de: 1) la política, 2) los movimientos por los derechos de las minorías raciales, 3) Kyle Baker, 4) el humor malalechístico acerca de temas socio-políticos, 5) las novelas gráficas originales y zarpadas que se cagan por completo en los géneros más masivos y en el siempre poderoso Más de lo Mismo. Pulenta de la buena.
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viernes, 19 de marzo de 2010
19/ 03: SPECIAL FORCES Vol.1

Bueno, alguna vez tenía que pasar… digo, lo de reseñar un comic publicado por Image. Y más de uno dirá “¿Qué carajo hace Kyle Baker en Image? Tiene su propia editorial e inmejorable trato tanto en Marvel como en DC! ¿De qué juega en Image?!”. Es raro, sí, pero acá está. Después de la gloriosa Nat Turner (que financió él mismo, centavo por centavo) le pintó hacer algo para otro público, no el que accede al comic a través de bibliotecas y librerías, no el que compra lo que recomiendan los prestigiosos críticos de medios masivos como el Washington Post, sino para los chicos más jóvenes, que prefieren timbearle sus pesitos a comics con explosiones, mutilaciones y chicas con escasa vestimenta. Que son casualmente los que compran en comiquerías, los que sostienen el formato de comic-book y los que hace casi 20 años le dan de comer a Image, incluso cuando esta editorial les inflige historietas de lesa humanidad como todas esas inmundicias de los ´90 que preferimos no recordar para no enchastrar nuestros monitores con vómito.
Y además son los lógicos receptores de una obra como Special Forces, que habla ni más ni menos de las cagadas y las atrocidades que se mandan las Fuerzas Armadas de los EEUU en su desesperación por reclutar a jóvenes y convertirlos en soldados para ir a pelear a Medio Oriente por la libertad, la democracia y el petróleo. Baker se enteró por los diarios que los milicos mandaron a Irak a un chico autista y a varios chicos imputados en unos cuantos delitos y dijo “Vamo en essssaaaaa..”. Los protagonistas de Special Forces son Zone, un chico con discapacidad mental, y Felony (Delito), una chica con un prontuario peor que el de Patricia Bullrich. Para la página 48 (de 176), ellos son los únicos sobreviventes de una patrulla yanki que avanza por las calles de una ciudad que parece Bagdad. A lo largo del libro, los veremos sobrevivir a toda clase de penurias y ordalías en cumplimiento de su deber de soldados, hasta confrontar con el maligno Desert Wolf en el corazón mismo del kilombo, una refinería de petróleo llena de misiles.
Pero falta un dato, y es que Special Forces es una sátira, escrita en joda, como casi todo lo que escribió Baker en su vida. Todo está exagerado al punto de la ironía más macabra, desde la violencia, hasta las poses imposibles en las que Felony muestra más nerca que cualquier otro soldado en la historia de la Humanidad (con la posible excepción de los espartanos de 300, a los que Miller dibujó casi como strippers), hasta la dedicatoria del final. A los chistes jodidos de discapacitados y de los nenes de ocho años armados hasta los dientes (a los que vemos recibir tiros, piñas y patadas en todo el cuerpo), Baker suma otros más sutiles, que tienen que ver con la forma en que la mega-corporación Halliburton gana las licitaciones para reconstruir las ciudades devastadas y moviliza a “obreros” con una capacitación militar y un armamento infinitamente superior al del propio ejército yanki.
Para ilustrar esta animalada, Baker recurre a su estilo más realista, a años luz de lo que vimos en Plastic Man o Birth of a Nation. Le pone (como buen comic de Image) mucho énfasis a la anatomía humana y en especial femenina, se zarpa con viñetas de gran espectacularidad y violencia explosiva que ocupan una o dos páginas, y a la hora de poner el color, tira toda la carne al asador. Según lo requieran los climas del guión, mete colores planos, pinceladas sutiles de gran belleza plástica, o trucos burdos de photoshop de los que maneja cualquier principiante. Todo vale para maximizar el impacto de lo que el autor nos quiere contar, que además tiene tanto peso como lo que nos ofrece a modo de puntas para pensar y debatir una vez que cerramos el libro, recuperamos el aliento, y vemos qué hacemos con tanta salvajada, tan desmesurada y tan letal. Otro experimento que le sale bárbaro a este monstruo insuperable del comic contemporáneo.
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