el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 26 de enero de 2026

NOCHE DE LUNES

Bueno, acá estamos de nuevo después de un finde movidito. Prometí no espaciar mucho las reseñas de los últimos tomos de East of West, y es hora de entrarle al Vol.7. Probablemente porque tenía muy fresco el Vol.6, lo disfruté bastante más que a los anteriores. Además es un tomo en el que pasan unas cuantas cosas importantes, como si Jonathan Hickman se hubiese dado cuenta de que estaba cerca del número en el que quería terminar la serie, y decidido cambiar de velocidad para llegar con todo lo que tenía para contarnos. El orden global de East of West se empieza a sacudir fuerte en estas páginas, mientras queda cada vez más claro que Archibald Chamberlain no es solamente un político inescrupuloso: es (por lo menos en este tramo) el villano principal de la serie, el personaje cuyas acciones más cuesta reivindicar. Básicamente, el conflicto principal (repito, por lo menos en este tramo) es hasta dónde va a llegar Chamberlain antes de que algún otro de los jugadores que siguen en el tablero le ponga los puntos. Hickman continúa con la limpieza de personajes iniciada en el tomo anterior, porque para entrar en la recta final necesita un elenco más chico, más compacto. Y eso también está bueno, porque la mayoría de las muertes son tan impactantes como impredecibles. El gran problema de East of West es que tiene tantos personajes, tantas locaciones y tantos plots abiertos, que en un TPB de cinco episodios no llegan a aparecer todos. Los que no están en el Vol.7, por ahí reaparecen en el Vol.8, y uno dice "¿y este quién carajo era...?". Olvidate de que Hickman empiece cada TPB con un resumen de lo sucedido, o una mínima recapitulación por si alguien se engancha a mitad de camino y no conoce a los personajes. Nada. A cara de perro. Cada episodio da por sentado que leiste TODOS los anteriores, y que te los acordás a la perfección... y si no es así, mala leche, a llorar a la iglesia. La combinación entre los dibujos de Nick Dragotta y los colores de Frank Martin sigue dando muy buenos resultados, y siempre es gratificante ver a un làpiz tan idóneo para la machaca como el de Dragotta dibujar batallas, decapitaciones, explosiones y tiroteos, y no solo escenas de cabezas que hablan. Me entusiasma ver cómo East of West levanta su propia temperatura, y esto me deja con más ganas de entrarle pronto al Vol.8, cuya lectura (y reseña) seguro se vendrá en los próximos días.
Y como ya es habitual, cierro con una obra de autores argentinos publicada en 2025, en este caso De Elfos, Soldaditos, Sirenas y Otras Historias, un libro que reúne seis relatos de Hans Christian Andersen adaptados al comic por Matías De Vincenzo. Creo que lo mejor que tienen estas adaptaciones es que Matías se queda solo con la idea principal del cuento original, y sobre eso construye otra cosa. Desplaza las historias en el tiempo y el espacio, reemplaza el idioma original de los personajes por el castellano rioplatense y le pone a cada cuento una estética muy personal, que no tiene nada que ver con ninguna otra de las muchas adaptaciones que se han hecho de estos clásicos. De Vincenzo es como esos músicos que cuando hacen un cover le encuentran un montón de aristas nuevas, le agregan o le cambian tantas cosas al punto que el tema pasa a ser prácticamente un tema nuevo, un tema propio. Todas las adaptaciones están resueltas en 24 páginas, excepto la última (El Patito Feo) que ocupa solo 12. La extensión de las historietas le permite a De Vincenzo florearse en viñetas grandes, tirar una que otra splash page y probar todo tipo de variantes en materia de grillas a la hora de pensar la puesta en página. La seis historias avanzan a muy buen ritmo, y no se las siente ni estiradas ni apretadas. Entre los muchos elementos de su propia cosecha con los que Matías enriquece a los cuentos clásicos destaco principalmente los diálogos, que suenan absolutamente naturales y están repletos de aciertos. Y claro, en El nuevo traje del Emperador, donde la gracia reside en ver a un gobernante despótico hacer el ridículo, el autor elige para el personaje (al que vamos a odiar desde la primera viñeta) los rasgos del más patético de los bufones que se creen reyes, el repulsivo Javier Milei. Si Andersen pensó este cuento como una sátira cruel hacia la política, De Vincenzo le sube el volumen para que sea realmente una paliza (merecidísima, por cierto) a este ser abyecto, pedante, inescrupuloso y -en definitiva, cuando el velo se corre y la gente cambia engaños por verdades- débil y vulnerable. Coherente con mi discurso habitual, cuando vi la cantidad de técnicas que emplea De Vincenzo en cada página, encendí todas las alarmas. El autor dispone de blancos, negros y grises, pero los logra de tantas maneras distintas que esa misma búsqueda, en manos de autores menos talentosos, podría terminar en catástrofe. En cambio acá vemos a Matías manejar con mucha cancha una enorme variedad de recursos gráficos para lograr unas imágenes alucinantes, que combinan emoción, impacto y vuelo poético de manera sumamente original. La lógica recomendaba bajar dos cambios y no meter -por ejemplo- las rayitas finitas hechas con la rotring. Pero Matías las puso igual, y le quedaron bien, incluso en viñetas en las que la composición pedía a gritos un claroscuro fuerte, sin texturas ni otros efectos de iluminación. Visualmente, este libro es una maravilla, y se agradece que Black Cat lo haya publicado en un formato más grande que el que vemos habitualmente en la mayoría de los libros de historieta argentina. Hace años que sigo con atención la carrera de Matías De Vincenzo y siempre que publica un nuevo trabajo me encuentro con sorpresas una más grata que la otra. De Elfos... no es para nada la excepción y está sin dudas entre las obras más atractivas que dio el comic nacional en 2025. Nada más, por hoy. Nos vemos el miércoles a las 22:30 en el canal de YouTube de Comiqueando, para compartir una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta. Y ni bien tenga más libros leídos, se vienen más reseñas acá en el blog.

lunes, 6 de enero de 2025

LUNES PROFUNDO

Estamos en el post nº2997, a milímetros del nº3000. Y empezamos en Japón, año 2017, cuando se publica esta segunda parte de la adaptación de Las Montañas de la Locura, realizada por Gou Tanabe sobre el texto original de H.P. Lovecraft que Planeta tuvo la amabilidad de traer a las librerías argentinas en una buena edición a un precio amistoso. Sospecho que lo más interesante, o lo más lindo, cuando uno adapta a la historieta un texto literario debe ser tomar esas descripciones de personajes, criaturas o lugares que escribe el autor y cambiarlas por imágenes que le transmitan más o menos lo mismo al lector. Ahí es como que el historietista se hace casi tan autor como el escritor, porque le da rasgos físicos a cosas o personas que no los tenían. Esto se potencia cuando los personajes, lugares, etc. no son reales, sino fruto de la imaginación del escritor. Y más todavía cuando lo que describe el texto es algo claramente indescriptible. Ahí el desafío para quien dibuja es total. ¿Qué hacés cuando en el texto aparece algo tan bello o tan horrendo que el escritor se niega a describirlo? ¿No lo dibujás? Obviamente sí lo dibujás, y dejás la vida para que el lector no se olvide nunca de la belleza o el horror que le transmitieron tus dibujos. Y eso es lo que hace Gou Tanabe en este manga. El argumento es mínimo, no daba ni a palos para dos libros de más de 300 páginas. Esta segunda parte, con los conflictos y los personajes ya presentados y el elenco reducido a -básicamente- dos protagonistas, menos todavía. Pero entra en juego el morbo: uno quiere ver cómo se las rebusca Tanabe para describir desde el trazo a las criaturas que Lovecraft apenas describe en sus textos, y entonces Las Montañas de la Locura se convierte en un manga más de contemplación que de vértigo aventurero. Más descriptivo que narrativo. Tanabe lo sabe y entra en ese juego como un campeón. Crea un clima cada vez más ominoso, te pone nervioso, te hace gritar "¡No sean boludos, no se metan ahí!" cada vez que Dyer y Danforth exploran un área nueva de las imposibles edificaciones de la ciudad maldita, y te lleva a un ritmo muy lento hacia una única secuencia de acción, que aparece unas 60 páginas antes del final y dura poco. No quiero ahondar más en la trama, en parte porque no hay tanto para puntualizar, y en parte porque si sos fan de Lovecraft ya sabés mucho de lo que Tanabe te va a contar acerca de los Antiguos, la progenie de Cthulhu, los shoggoths y demás. La gracia está, sin dudas, en cómo el mangaka le da vida gráfica a este delirio cósmico. Asistimos a lo largo del libro a varios momentos en los que el virtuosismo de Tanabe estalla como una supernova y te deslumbra no solo con las cosas imposibles que tiene que dibujar, sino con la calidad del trazo, la perfección de las composiciones, la aplicación de las texturas logradas con tramas de grises... No sé si son más zarpadas y más inhumanas las criaturas que dibuja, o el propio mangaka, sinceramente. Y ya está. Creo que después de esto, no tiene mucho sentido seguir leyendo adaptaciones de obras de Lovecraft hechas por Tanabe. Acá alcanzó una cima apoteótica, majestuosa, y todo lo que venga después (aunque esté dibujado como los dioses cósmicos) va a parecer poco frente a esta epopeya. Ojalá el autor se mande a explorar (como en sus primeros trabajos) las obras de otros escritores, o mejor aún: que se le ocurran sus propias historias para dibujarlas con esta "indescriptible" calidad.
En 2024 tuvimos nuevo libro de Rodrigo Canessa y Matías De Vincenzo (el anterior lo vimos el 22/10/19) y esta vez se trata de una ambiciosa historieta de 300 páginas, que originalmente se publicó de manera digital. Efecto Malena es una historia de misterio teñida de costumbrismo, con realidades divergentes que se cruzan y superponen al punto de volver locos a varios de sus protagonistas. Está llena de secuencias memorables, de diálogos muy reales, muy cuidados, y personajes muy atractivos. Y dibujada a un nivel realmente excelente por un De Vincenzo más sólido y más maduro que en sus trabajos anteriores. Hay algo que, para mi gusto, le juega en contra a la historieta, que es su extensión. La trama se disuelve un poco al estirarla a lo largo de tantas páginas y, si bien la tensión y la intriga se mantienen, pierden un poco de fuerza. Me parece que esto mismo, con 60 ó 70 páginas menos, pegaría mucho más fuerte. Y otra cosa que no sé si está bien o mal, pero me llamó mucho la atención, es que a lo largo de 300 páginas de indagar en el misterio de Malena, ninguno de los personajes llega a tener en claro lo que los lectores sabemos desde el principio, porque nos lo explican en la primera frase que aparece en la contratapa: Malena nació un 29 de Febrero y solo en los años bisiestos permanece físicamente y es recordada en nuestro mundo. No es una conclusión a la que se llega fácilmente, porque se trata de algo anómalo, atípico, que no está en los manuales de ningún detective. Pero es raro ver cómo pasan las décadas, cómo personajes muy inteligentes (como Hernán Piro) hacen lo indecible por resolver el enigma, y ninguno llega a obtener este dato que los lectores manejamos desde el primer momento. La historia transcurre en un constante juego entre existir y no existir, y Canessa hace que sus personajes reflexionen sobre esto de manera aguda. No es el típico thriller policial de identidades sustitutas, esto es algo que desafía la lógica del espacio y el tiempo. El paso de los años es muy importante en la trama, por esto de los años bisiestos, y los autores no lo retratan de manera obvia. No te ponen un bloque de texto que dice "ahora estamos en 2004, que es bisiesto". Hay pistas que te permiten deducir en qué año estamos, pero son sutiles y tienen que ver con canciones, programas de TV, afiches en la calle y demás información que andá a saber cuántos lectores captan. Un poco por eso, Efecto Malena es un comic que peca de ser un tanto críptico. En 300 páginas nunca aparece un personaje que para la bocha y pasa en limpio lo que sabe hasta el momento. Canessa se juega más a lo extraño, a lo que no tiene explicación, y a cómo esto genera un tsunami de irracionalidad que termina por arrastrar al abismo a los personajes más involucrados con el misterio de Malena. Lo mejor del guion es cómo mantiene todo el tiempo los pies sobre la tierra y cuida celosamente el verosímil, mientras se acumulan elementos clásicos del thriller y una amplia gama de realidades alternativas que entran y salen de escena a lo largo de muchas décadas. El misterio en sí -repito- se desinfla un poco por la extensión de la obra, por su carácter críptico y porque involucra una cantidad de elementos dramáticos también un poco excesiva. La idea que motoriza la trama es realmente muy buena, pero -de nuevo- funcionaría mejor contada de modo más simple y más breve. Nada más, por hoy. Si necesitás más lectura para llenar los ratos libres de las vacaciones, ya sabés que en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ te podés descargar por muy poquita plata un número demoledor de la Comiqueando Digital, con 15 notas inéditas, un podcast y dos videos exclusivos. Gracias y hasta pronto!

domingo, 14 de abril de 2024

RESEÑAS CON TORMENTA

No es un combo tan choto como parece, sobre todo si tenés a mano algo rico para comer... Arranco con el Vol.3 de Black Science, otra serie de Image que tenía colgada hace mil años (vimos el Vol.2 el 23/01/18). Aquella vez yo decía que el Vol.2 se entendía poco si no tenías muy fresco el Vol.1, y esta vez me pasó lo mismo, pero al cubo. Empecé a leer y no entendía un choto, no me acordaba quiénes eran los personajes, por dónde pasaban los conflictos, cómo habían llegado al punto en el que están, etc.. Y el guacho de Rick Remender no hace el menor esfuerzo por explicártelo. Si no leíste lo anterior, curtite. Por suerte, cuando ya iban unas 25-30 páginas, se me acomodaron los melones en el carro y logré sintonizar la onda de Black Science, y recordar lo básico de esta trama demencial narrada a un ritmo que te pasa por encima. Este es un comic furibundo, trepidante, que no da respiro. Pero no tiene a la machaca ni a las escenas de acción ni a las peripecias imposibles como principal sustento. En esa vorágine narrativa, Remender se las ingenia para meter MUCHAS escenas en las que los personajes interactúan, en las por un lado que desarrolla vínculos muy interesantes, muy retorcidos, y por el otro se luce con unos diálogos muy fuertes, a veces muy afilados, otras veces muy groseros, pero con una gran sensación de realismo, que contrasta a la perfección con el nivel de fantasía casi delirante que propone el argumento. Esto es mucho más jugado que cualquier cosa que haya hecho Remender para Marvel, una especie de versión extrema (y para adultos) de los Fantastic Four, con conceptos de ciencia ficción más atrevidos, menos superpoderes y más mala leche a la hora de construir a los personajes y relacionarlos entre sí. En este tercer TPB parece llegar a su fin una saga, pero seguramente habrá más adelante algún tipo de exploración de las consecuencias de todo lo que pasa en este tramo final del arco inicial. En total son 9 TPBs, que (creo) narran tres sagas largas. Así que tengo para rato. El dibujo de Matteo Scalera es un motivo más que tentador para bancar esta serie hasta el final. El italiano pone toda la carne al asador en estas páginas, esta vez apuntalado por el colorista Moreno Dinisio. El trazo de Scalera transmite una vitalidad increíble, como si de pronto se fusionaran Sean Murphy y Carlos Meglia y apareciera lo mejor de cada uno en cada viñeta. Dinisio sabe cuándo apostar a la espectacularidad del color y cuando relegar la propuesta cromática para que el dibujo de Scalera gane protagonismo, y encuentra lindas variantes para aplicar el color en los flashbacks. Visualmente, esto es un kilombo hermoso, y acá también, Black Science te pasa por encima sin piedad. Esto es aventura para adultos a un nivel muy notable, sin concesiones y con un equipo creativo donde se nota una simbiosis absoluta, como si fuera todo obra de una única persona que está muy mal de la cabeza y es muy genial. Ojalá consiga pronto los tomos siguientes, para que no se me haga otro bache de más de cinco años en la lectura.
Hace poquito conseguí en papel una obra que había leído a principios de año en digital y que me había parecido excelente: Retrato de un Trompetista, de Matías De Vincenzo, uno de los grandes comics de autores argentinos publicados en 2023. Ya vimos en el blog varios trabajos de este autor (de cuando firmaba "Matías Chenzo", o simplemente "Chenzo"), tanto con guionistas como en solitario. Esta vez tenemos una historieta sin acción, que salta para adelante y para atrás en la vida Rubén, un pibe (y un adulto cincuentón) que ama al jazz y se convierte no sin esfuerzo en un trompetista más que aceptable. Pero además le copa el tema de los OVNIs y además arrastra desde chico "problemitas" con su cuerpo y una amistad medio rara con Valeria. Matías presenta las secuencias en desorden, le mete un elemento fantástico a la escena que sería demasiado heavy dibujar de manera realista... y cuando armás el rompecabezas, y te das cuenta lo que realmente pasó y en qué orden sucedieron las cosas que el libro muestra desordenadas... Retrato de un Trompetista se convierte en una obra perturbadora, tremendamente impactante y al límite de la genialidad. No quiero spoilear nada del argumento: la historieta dura apenas 62 páginas, con poco texto, así que cualquier dato que tire puede ser demasiado revelador y cagarle las sorpresas a quienes se animen a leer la obra. Pero tiene que ver con el jazz, los alienígenas y una historia de amor prohibidísima. Acá vemos a De Vincenzo cambiar su estilo gráfico respecto de sus obras anteriores, e incluso de Efecto Malena, el comic digital que realizó para Deriva hasta hace muy poco (y que pronto va a tener su edición en papel). Esta vez la línea negra pierde protagonismo frente a la mancha. Entra en juego un pincel muy suelto, muy libre, tanto para darle vida a las masas negras como para aplicar distintas tonalidades de gris logradas con aguadas. El resultado no está mal, y supongo que le permitió a Matías completar la obra en menos tiempo que las anteriores, pero a mí me gustaba más el otro estilo, menos etéreo y con más atención por los detalles. Lo bueno que tiene este estilo es que sirve para acentuar el clima de misterio y de mezcla rara entre realidad y delirio, que son elementos importantes en la trama. Si te bancás una historia poco convencional, con un giro final jodido como enema de chimichurri, incómodo como tampón de virulana, te recomiendo mucho Retrato de un Trompetista. Y espero con ansias nuevos trabajos de Matías De Vincenzo en esta faceta de autor integral que se canta "quiero retruco" a sí mismo y en vez de quedarse en el molde arriesga cada vez más. Gracias y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog. Quienes quieran leer más, se pueden descargar cualquier número de la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y ser infinitamente felices por poquísimo dinero.

martes, 22 de octubre de 2019

MARTES PRIMAVERAL

Ya no falta nada para las elecciones… y vos sabés lo que tenés que hacer el domingo. No te lo tengo que explicar yo.
Lo mío hoy es avanzar con las reseñas del material que voy leyendo, y para eso empiezo con el Vol.1 de Black Panther de Ta-Nehisi Coates y Brian Stelfreeze, un recopilatorio bastante ladri, porque (en parte debido al gran éxito que tuvo esta serie cuando se empezó a publicar en revistitas) incluye sólo cuatro episodios. El resto del TPB tiene bocetos, infinitas portadas alternativas, una cronología con las historias más relevantes del personaje y la enésima reedición de la clásica Fantastic Four nº52, aquella aventura de 1966 en la que Stan Lee y Jack Kirby nos narraban el primer encuentro entre T´Challa y el cuarteto liderado por Reed Richards.
Pero vamos a lo importante, que son esas 82 páginas de historieta con las que empieza la saga titulada A Nation Under Our Feet. La idea de Coates me pareció atractiva: más política, más intriga palaciega, mucho énfasis en la faceta más africana de Wakanda, la sana intención de meter menos machaca, menos ciencia-ficción y más profundidad filosófica en los conflictos, junto a un desarrollo en serio de personajes hasta ahora apenas explorados por los guionistas que lo precedieron. El problema es cómo está presentado todo esto: Coates pone a cocinar una trama a fuego lento, muy lento, de modo que en cada episodio no pasa prácticamente nada. La aventura es mínima, marginal, y el núcleo de la historia se ve sepultada bajo toneladas de diálogos muy protocolares, mezcladas con escenas de corte místico, donde Coates también apunta a subrayar el clima ominoso, el “se va todo a la mierda”, pero de modo bastante aburrido. T´Challa casi no entra en acción, Shuri está en una especie de limbo entre la muerte y la resurrección, la identidad del villano se nos revela dos páginas antes del final y sinceramente ninguno de los personajes a los que Coates trata de potenciar me impactó o me conmovió como aquel Everett K. Ross que nos regaló Christopher Priest cuando se hizo cargo de las aventuras del monarca de Wakanda.
Supongo que si alguna vez veo barato el Vol.2 me lo voy a comprar, para ver cómo sigue la historia. Como dije, la impronta política me llamó mucho la atención y (si bien por ahora no está bien integrada al ritmo que uno espera cuando compra un comic de chabones musculosos enmascarados) es un condimento muy notable que distingue bastante a esta serie del grueso de los títulos del mainstream. Además el dibujo de Stelfreeze está buenísimo, bien afilado, vigoroso, dinámico, potenciado al mango por la magia cromática de Laura Martin. Y lo más importante: soy fan hace mil años de Black Panther, mucho antes de que una peli de Hollywood lo elevara al status icónico del que goza hoy. Así que a Wakanda también, en algún momento vamos a volver.
Salto a Argentina, 2019, para leer Hank Folder, la primera colaboración entre el guionista Rodrigo Canessa y el dibujante Matías Chenzo, a quien ya nos cruzamos un par de veces en reseñas anteriores. Me encontré con un thriller bastante violento, enroscado, complejo, y a la vez lineal y de fácil comprensión. A lo largo de 64 páginas, Canessa urde una trama de misterio, apoyada en varios personajes bastante extraños que no se calienta mucho por explicar ni desarrollar. La acción se lleva puesta a la introspección, y la verdad es que no importa mucho que no sepamos casi nada acerca de los protagonistas a la hora de engancharnos con la aventura.
A fuerza de revelaciones shockeantes y momentos de alto impacto, el guión avanza hacia un final bastante distinto al que yo imaginaba, que además está muy bien. Los diálogos están muy cuidados, el relato no está ni apretado ni estirado y quizás la única falencia sea la que ya mencioné: el poco desarrollo para este pobre tipo al que le pasa de todo, pero del que no sabemos casi nada. No quiero explicitar mucho el argumento, porque es una edición bastante reciente y prefiero que los interesados descubran la historia de Hank Folder de la mano de Rodrigo Canessa, no de un gil que reseña historietas en un blog.
El dibujo de Chenzo es muy bueno, muy versátil, muy expresivo, muy bien acoplado al guión, muy puesto al servicio de la narración. Para mi gusto, le sobran un par de técnicas de entintado. Yo le hubiese jugado todo al claroscuro, o todo a los grises aplicados con aguadas, incluso a riesgo de parecer un clon de Marcos Vergara. Las dos cosas al mismo tiempo (y además esos crosshatchings y rayones con el plumín que aparecen cada tanto y embarran un poco la cancha) por ahí no me copa tanto. Pero a grandes rasgos el apartado gráfico es muy competente, con momentos realmente muy logrados. La portada, sin ir más lejos, es espectacular.
Tengo entendido que el librito fue editado por los propios autores con una tirada muy baja. Atenti, entonces los responsables de las otras editoriales, que ni bien se agote esa primera tirada estaría muy piola rescatar a Hank Folder y volverla a editar en alguno de los sellos que ya están apostando por los autores jóvenes que están renovando la historieta argentina a fuerza de imaginación, huevos y calidad.

Hasta acá llegamos hoy, y como siempre, nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 7 de junio de 2017

TARDE DE MIERCOLES

En unas horas me voy para Córdoba a participar una vez más de Docta Comics, pero no me quiero ir sin postear un par de reseñas en el blog.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.