el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 24 de enero de 2015

24/ 01: INFERNAL MAN-THING

Qué lástima no saber una goma de psicología, para poder analizar más a fondo esta obra. Pocas veces me encontré con un comic en el que el autor desnude tan brutalmente su psiquis y explore tan a fondo los conflictos que la atormentan. Esto es casi un manifiesto escrito en la cornisa por un trastornado que se está por tirar del piso 17.
Y además es un cacho de mitología comiquera, porque se trata de una historieta escrita por Steve Gerber alrededor de 1985 y que sufrió todo tipo de complicaciones. Arrancó, se frenó, se cajoneó y se reactivó 150 veces, hasta que finalmente en 2012, con Gerber ya fallecido, el lentísimo Kevin Nowlan entregó estas 54 páginas. De haberse lanzado en los ´80, Man-Thing habría sido una novela gráfica, de las muchas que editaba Marvel en aquel entonces. Ahora, en cambio, se les ocurrió fraccionar la historia en tres “capítulos” de 18 páginas y publicarlos primero como tres comic-books. Para la edición en TPB, 54 páginas eran muy pocas, por eso se incluye –acertadamente, porque el guión de la novela gráfica funciona como secuela de ese episodio- el n°12 de la serie original de Man-Thing, que data de 1974.
Ese clásico unitario, dibujado por John Buscema y Klaus Janson, se veía mucho mejor en el Essential, en blanco y negro. A color por momentos provoca náuseas. Lo cierto es que el guión es una genialidad de Gerber, muy al límite de lo publicable en 1974. Como en tantas aventuras de esa época, todo se centra en un personaje muy humano, muy creíble, cuyos dramas se exploran a fondo. Esta es la historia de Brian Lazarus (cuya vida tiene muchos puntos en común con la del propio Gerber) y Man-Thing tiene un rol poco trascendental, no puede no estar, pero parece un intruso en su propia revista.
En la novela gráfica eso se nota mucho más. Man-Thing está pintado al óleo, nada de lo que hace influye en lo más mínimo en el desarrollo de la trama, en la que todo pasa por la turbulenta psiquis de Brian Lazarus. También es mucho más evidente el vínculo entre este personaje y el autor: cada dato que da Lazarus acerca de su vida y su trabajo coincide milimétricamente con la biografía de Gerber, lo cual te pone muy nervioso, porque Lazarus está mentalmente detonado, en un nivel de esquizofrenia tan avanzado que le permite ser –al mismo tiempo- el héroe y el villano de esta historia.
Como te imaginarás, el guión es raro, pasan un montón de cosas inexplicables, validadas por ese juego de paralelismos entre lo que pasa en “la realidad” y lo que pasa en la mente de Lazarus. Además, como en todo esto es muy importante el hecho de que este tipo es escritor, Gerber le da muchísima importancia al texto y mete diálogos, extractos de los escritos de Lazarus, relato en off y hasta canciones de un nivel literario impresionante. El ritmo de la novela es muy dinámico, con sacudones muy impredecibles y un final un poco precipitado, como si Gerber hubiese advertido de golpe que se la acababan las páginas y tenía que rematar. El mayor mérito, la cuota de incuestionable genialidad, está claramente en la construcción de Brian Lazarus como personaje de ficción y a la vez como catalizador de mucho de lo que Gerber pensaba y sentía en la realidad.
Supongo que esta novela gráfica convertida en miniserie debe haber vendido poquísimo, pero si vendió algo, seguramente hay que atribuírselo a la presencia de Kevin Nowlan al frente de la faz gráfica. Producir poquísimas páginas por año tiene sus ventajas: cuando publicás algo, sea lo que sea, TODOS tus fans te lo compran sin chistar. El trabajo de Nowlan en esta saga es muy, muy notable. Arma una grilla de cuadros muy clásica, que rompe cada tanto para obtener efectos muy puntuales, y esto le permite controlar muy bien el flujo de la narrativa. A pesar de que Gerber no se priva de nada a la hora de meter textos, Nowlan encuentra espacio para que su dibujo se luzca en todo su esplendor. Además colorea todo él mismo, supongo que con técnicas analógicas, y acá saca una diferencia enorme. Nowlan combina su linea finita y elegante con un color lleno de matices muy sutiles, muy logrados, que me hicieron acordar a algunos trabajos de Miguelanxo Prado, especialmente a Quotidianía Delirante. Cuando aparecen los dibujos animados (sí, hay dibujos animados) Nowlan los retrata con colores planos y logra un contraste muy interesante. Y a Man-Thing lo dibuja con más volumen, más masivo, en una onda más Richard Corben. El resultado es exquisito.
Supongo que si sos fan de Gerber, Nowlan o Man-Thing ya tenés este librito, pero si no sos fan de ninguno de los tres y querés leer una historia zarpadísima, en las fronteras de la demencia, con bajada de línea social, con dramas, conflictos y patologías muy reales y muy intensas, excelentes diálogos y un dibujo de la hiper-concha de Dios, también te lo recomiendo.

sábado, 27 de diciembre de 2014

27/12: STEWART THE RAT

Otro trip a los ´70, esta vez a 1979, cuando estalla el conflicto entre Marvel y Steve Gerber por los derechos sobre Howard the Duck. Ahí nomás el guionista se va de la editorial donde se consagró y se pone a trabajar para estudios de animación de la Costa Oeste, donde le va bastante bien. Pero le queda ese sabor amargo, por eso busca revancha.
Stewart the Rat es el primer comic que realiza Gerber por afuera de Marvel y además una de las primeras publicaciones de la editorial Eclipse, que desde el primer día experimentaba con el formato de novelas gráficas y la distribución por fuera del circuito de kioscos, lo cual garantizaba poder gambetear un montón de restricciones gráficas y temáticas. Sin ser la octava maravilla del mundo, Stewart the Rat se beneficia mucho de todo esto: de no tener un coordinador de Marvel supervisando a Gerber, de no tener la restricción del comic-book de 22 páginas a color, y sobre todo de no tener el sellito del Comics Code Authority.
Lo que más me llamó la atención es que, si bien los parecidos con Howard the Duck son notorios, Stewart the Rat no parece tener como único objetivo contar una historia de Howard que Gerber no pudo contar en Marvel. El tono es bastante distinto, el personaje es mucho menos gracioso, la interacción con los humanos es menos estridente, el origen es menos limado… pareciera ser una versión de Howard mucho más pensada para lectores adultos, para gente que en aquella época no habría agarrado un comic de Marvel ni con un chumbo en la cabeza.
El guión, como todo lo que escribía Gerber con total libertad, está lleno de bizarreadas: hay una especie de zombie vestido como John Travolta en Saturday Night Fever, muchos palos a la música disco (tan en boga en el tramo final de los ´70), minas descerebradas en pelotas, un superhéroe que no para de hacer referencias mínimamente veladas a las drogas, un negro vestido como un típico caf¡shio que dispara una sustancia parecida al semen con un arma parecida a una poronga, criaturas raras que se persiguen, se pelean… y otra constante en las obras “adultas”de Gerber: la presencia de personajes que se dedican a lo mismo que él, en este caso a escribir guiones para productoras de Hollywood. Uno se imagina que, con todos esos elementos extraños (sumado al hecho de que los personajes putean casi sin restricciones), el resultado sería una catarata de carcajadas y delirios. Y no. Hay un tono… no reflexivo, pero por lo menos no tan fiestero. El núcleo, lo central, siguen siendo las relaciones, los vínculos que se gestan entre Stewart y los dos personajes secundarios más relevantes, Rose y su hija Sonja.
Parte de lo que ayuda a que todo esto sea más verosímil, menos estridente y en un punto más “para adultos” que los comics de Howard, es que acá se vuelven a reunir los artífices de los mejores episodios del pato, el maestro Gene Colan y su ilustre entintador Tom Palmer, pero ahora pueden trabajar en blanco y negro. Lo dije ya algunas veces y lo repito: Colan en blanco y negro es una exquisitez, un lujo, una maravilla. Y además Palmer agrega tramas mecánicas para realzar con grisados algunas viñetas y sumarle profundidad al dibujo de Colan, que a veces puede parecer muy plano. Además, el entintador pone bastante de su estilo en las caras de las mujeres, pero sin opacar para nada el clásico grafismo de Colan. Fiel a su estilo, el maestro juega con la puesta en página, con la elección de los ángulos y sobre todo con el manejo de los climas y la acción. El resultado es una faceta visual llena de potencia y de belleza, al mejor estilo Colan+Palmer, quizás la mejor dupla de dibujante-entintador que tuvo el comic yanki en los ´70.
Y bueno, si sos fan del indomable, del idiosincrático, del siempre impredecible Steve Gerber, esto lo tenés que tener. Si bien se editó en 1980, no es imposible de conseguir en parte porque vendió por debajo de lo esperado. Además tiene como incentivo un trabajo formidable de Gene Colan y Tom Palmer y todas esas cosas zarpadas y subidas de tono que jamás podrían haber aparecido en una aventura de Howard the Duck (por lo menos en los ´70, porque en la mini de Howard que vimos el 11/05/13 Gerber no deja títere con cabeza). En el peor de los casos, Stewart the Rat se puede leer como un comic de transición entre el mainstream puro y duro y lo que en los ´80 se llamó “las independientes”. Y lo más importante es que –estoy seguro- lo vas a disfrutar.

sábado, 11 de mayo de 2013

11/ 05: HOWARD THE DUCK

Y un día, Steve Gerber volvió a escribir a Howard the Duck. Fue en 2002, más de 20 años después de que Jim Shooter (por entonces jefe de coordinadores de Marvel) lo echara del título que el propio Gerber había lanzado, por una disputa que tenía que ver con los atrasos en los pagos al propio Gerber y a los dibujantes que colaboraban con él en la tira diaria del pato cascarrabias. El guionista cantaría “quiero retruco” y en 1981 iniciaría acciones legales contra Marvel, reclamando la propiedad intelectual sobre el personaje. Por supuesto, nunca le dieron nada, ni siquiera cuando se estrenó aquel infausto largometraje de 1986. El duelo Gerber vs. Marvel fue largo, duro y encarnizado, quizás el primero en poner sobre el tapete un tema que en 1981 casi no se debatía, que es el de los abusos a los que las grandes editoriales someten a sus colaboradores. Pero claro, en 2002 Shooter ya no era ni un mal recuerdo, y Bill Jemas y Joe Quesada (los artífices de la Tercera Era de Oro de Marvel), siempre proclives a negociar con la mejor onda hacia los autores, lograron lo imposible: una nueva saga de Howard the Duck escrita por Gerber, ahora en el sello MAX, que le ofrecía al guionista total libertad para meterse con temas jodidos y salpicar la historia de sexo, puteadas, gore, sátira política pasada de rosca... lo que venga.
Gerber respondió con una obra maestra: maligna y delirante, la mini de 2002 no deja títere con cabeza. Arranca con una deconstrucción impiadosa del fenómeno de las boys bands, sigue con una perversa parodia a Witchblade, destripa a los personajes más importantes de Vertigo (se mete hasta con Nevada, creada por el propio Gerber), reversiona el primer arco de Preacher pero cambiando a Oprah Winfrey (a la que hace mierda) por Jesse Custer y a Sigmund Freud por el Saint of Killers, y remata la saga en el mejor episodio, el sexto y último, en el que nos ofrece un extenso soliloquio a cargo de Dios, que responde a todas las preguntas de Howard de un modo que sólo se le puede ocurrir a un genio.
En el medio hay mínimas peripecias, la infaltable lucha contra el Dr. Bong, bizarras transformaciones de Howard (que se pasa media saga convertido en ratón, quizás para salpicar al otro ícono de Disney) y pequeños amagues de encontrarle a la saga un rumbo más aventurero. Son amagues, nomás. A Gerber no le interesa meter a Howard y Beverly en una epopeya, sino usarlos para hablar de lo que él tiene ganas y repartir palos para donde se le canta. Y reparte con tanta mala leche y tanto humor, que se gana enseguida la complicidad de los lectores. Incluso cuando gasta a John Constantine o a Spider Jerusalem (ídolos indiscutibles por los que me cago a trompadas con quien sea), Gerber te arranca una risa cómplice. De todos modos, lo grosso, lo definitivo, lo que deja chiquito a todo lo demás, lo que trasciende la sátira, la joda y el mero entretenimiento es el episodio final: Si en toda su carrera Gerber hubiese escrito sólo las 18 páginas con las que cierra esta saga, también debería ser considerado un monstruo, un autor fundamental. Posta, creo que el día que encuentre un comic de Marvel con 18 páginas mejor escritas que estas, largo la historieta y me pongo a estudiar oboe o abro una remisería en Rafael Calzada.
Para dibujar esta joya de la transgresión y la desmesura, Gerber contó con el siempre excelente Phil Winslade, quien lo había acompañado en Nevada, ahora con el plus de que el propio Winslade entinta sus lápices. Hay un episodio en el que lo reemplaza Glenn Fabry, que para mi gusto no es tan bueno (haciendo historieta, como portadista es un crack) pero se nota poco. El trabajo de Winslade es magistral de punta a punta y explota cuando cobran más peso en la trama los personajes supraterrenales (ángeles, demonios, dioses, etc.). En los dos últimos episodios están las secuencias más inspiradas, más impactantes de un tomo que a nivel visual es realmente glorioso.
Allá por Septiembre de 2010, yo hablaba maravillas de la mini de Howard the Duck escrita por Ty Templeton. Nada, está muy bien. Pero al lado de la de Gerber es muy menor. Y no sólo porque no tiene sexo ni puteadas. Acá el creador del pato de Cleveland se despedía de su personaje de un modo tan sublime, tan zarpado y tan increíble, que casi ni daba para seguirlo. Nunca leí Hard Time, el siguiente trabajo de Gerber y quizás el último realmente importante antes de su muerte, ocurrida en 2008. Cebado como me dejó este libro, no te sorprendas si capturo y reseño Hard Time en las próximas semanas...

lunes, 29 de noviembre de 2010

29/ 11: ESSENTIAL MAN-THING Vol.2


Otro Essential bastante prescindible, que no aporta demasiado.
Arrancamos con la última etapa de Steve Gerber al frente de Man-Thing, una rara combinación de historias intrascendentes y sagas más filosas, de contenido más social, como la del vikingo que lidera una cruzada fascista y reaccionaria en Citrusville, el pueblito que linda con el pantano donde Man-Thing juega de local. Pero la fórmula se agota, la revista se cancela y, sin mezquinar nunca el vuelo literario de su prosa y algunos diálogos notables, Gerber se despide con una hecatombe multi-dimensional tan caótica como innecesaria.
El personaje reaparece en otras revistas, con otros guionistas, y finalmente, en 1979 vuelve a tener serie propia, ahora escrita por Michael Fleischer. Este guionista dura (por suerte) sólo tres números, y son los tres peores números del Essential: un disparate atrás de otro, en un intento tristísimo por clonar la etapa de Len Wein y Berni Wrightson en Swamp Thing. Pero viene un crossover con Dr.Strange que está bueno, y lo escribe Chris Claremont, que escribía también la serie regular del Tordo. Claremont se copa con Man-Thing y se queda hasta el final de esta (breve) segunda serie. Ni bien llega, corrige el rumbo insostenible trazado por Fleischer, e incluso se deshace del único logro de su antecesor: los bloques de texto narrados en segunda persona, un yeite setentoso que a mí particularmente me encanta y que –dicen- lo inventó Archie Goodwin. La fórmula de Claremont es muy parecida a la de Gerber: historias humanas, de gente común, en las que Man-Thing apenas participa, y –de golpe- volantazo y festival de demonios, piratas místicos, vórtices dimensionales y fumanchereadas varias. Por suerte las historias de gente común están buenas. Algunas ni siquiera tienen acción, por eso, para que “pase algo”, tanto Claremont como Gerber abusan de la secuencia repetida hasta el hartazgo de Man-Thing revoleando a la mierda a algún caimán sublevado que lo ataca a él o a alguna minita de esas que siempre se pierden por los pantanos de Florida. Y antes de cerrar el tema guiones, hay que destacar también un Giant-Size (el 5) que trae tres historias cortas, de las cuales una (la que escribe Wein) es excelente.
Pero si leés comics por los dibujos, con este Essential la vas a pasar peor que si vas a un acto kirchnerista disfrazado de Julio Cobos. Muchos, demasiados episodios están dibujados por Jim Mooney, un dibujante anticuado, sin onda, con menos creatividad que un parabrisas, un bodrio. Y si eso te parece choto, agarrate, porque al lado de lo que viene después, Mooney es Brian Bolland. Justo cuando Claremont queda como guionista titular, los dibujos caen en manos de un verdulero irredento, un muerto de frío que no puede publicar ni en el más croto de los fanzines: Don Perlin. Bancado a muerte por Jim Shooter (que en esta época ya era el capo máximo de Marvel) Perlin rara vez laburó en proyectos que no tuvieran como jefe al gigante de Pittsburgh, y es lógico. Sólo un amigo incondicional, un familiar, o alguien de quien Perlin conocía oscuros secretos sexuales podría darle trabajo a un dibujante tan, tan malo. Igual, si te animás a bucear en ciénagas boñiguescas, acá vas a encontrar un numerito hermoso de Gene Colan (el de Dr. Strange!), una joyita de John Buscema y Tom Palmer, un par de John Byrne con muchas pilas aunque entintado medio para atrás, y 30 páginas magníficas (con las que abre el Essential) íntegramente realizadas por el prócer filipino Alfredo Alcalá en un nivel altísimo. Esto último es finoli de verdad.
Y hasta acá llegamos. No recuerdo ninguna otra historia de Man-Thing digna de ser leída y guardada hasta la breve (y fundamental) serie de fines de los ´90 que escribía J.M. DeMatteis, o sea que no me enganchan ni mamado para un eventual tercer Essential. La próxima vez que necesite una dosis de criaturas del pantano, agarro para el lado de Louisiana, me parece…

domingo, 4 de julio de 2010

04/ 07: ESSENTIAL MAN-THING Vol.1


La otra vez, cuando hablaba de la etapa de Steve Gerber en Daredevil, mencioné a Man-Thing y deslicé un moco del tamaño de dicho personaje: mandé a lo bestia que se trataba de una creación del propio Gerber, cosa que es más falsa que las promesas de Muñones cuando dice que va a editar WildStorm, o a traer autores grossos a sus eventos. La verdad es que a este hermano de Swamp Thing lo crearon Roy Thomas y Gerry Conway, mientras que Gerber fue el primer guionista estable del personaje, tanto en sus apariciones en la revista Fear como cuando Marvel le da al monstruo su propia serie regular.
Estamos en 1971 y la fórmula de Stan Lee se empieza a agotar. Marvel responde con una ampliación de su línea que es a la vez una búsqueda de nuevos géneros que puedan resultarle atractivos al público acostumbrado a los superhéroes: prueban con espada y brujería, ciencia ficción, espionaje, artes marciales… un poquito de todo. Pero los hitazos llegan por el lado del terror. Man-Thing (como Swamp Thing) al principio es un clásico comic de terror, con un monstruo incomprendido y villanos científicos. Por suerte, muy temprano aparece Steve Gerber y potencia increíblemente este concepto, al meterle adentro otro mucho más fértil: ese pantano de la Florida donde habita el monstruo de barro y plantas oculta en su interior al nexo entre todas las realidades. Por ahí pasan o pasaron todos los personajes de todos los géneros y todas las épocas, y por ende, todo puede suceder. Hasta que aparezca un pato que habla y fuma habanos y termine como protagonista de un comic-book, una tira diaria y un largometraje bancado por George Lucas.
Man-Thing, limitadísimo por su nulo manejo del lenguaje, juega a veces el rol de testigo, o de recurso de último momento que le permite a sus escasos aliados humanos zafar de demonios pesadillescos, guerreros de otra dimensión, piratas, conquistadores españoles y alimañas varias. Las historias de Gerber se hacen impredecibles: además de la machaca (que no puede faltar), hay un cuidado por contar otras cosas: están el racismo, el ecologismo, el capitalismo salvaje, el fanatismo religioso… de a poco, entre tanto crossover fumado entre personajes y conceptos de distintas realidades, se cuelan temas realmente importantes, y –por si faltara algo- buenos giros en el desarrollo de los personajes secundarios. Esto puede no ser un clásico indiscutido, pero sí es una serie que leída hoy no resulta anticuada ni estúpida. Sí un poco bizarra, pero creo que la idea de Gerber es que así fuera.
Para plasmar en imágenes las pequeñas tragedias que imagina Gerber hace falta un dibujante muy versátil y muy compenetrado con los climas, que son fundamentales en esta narración. Bueno, no hay. El dibujante de la primera etapa es Val Mayerick, quien sin ser horrible, no llega a resultar idóneo. Trata de parecerse a Neal Adams y no le sale, trata de dibujar como Chaykin y tampoco, quiere ser Michael Golden y no llega ni cerca. Faltaba mucho para que Mayerick llegara a un nivel interesante. Después viene Mike Ploog, y la cosa mejora poco. Ploog se zarpa con un estilo MUY caricaturesco, onda Ramona Fradon, y cuando los entintadores (casi todos muy malos) tratan de darle un tono más dark, lo terminan de arruinar. Sus mejores episodios son los dos en los que se entinta a sí mismo.
Por suerte, mechadas entre esta masa de trabajos fallidos de Mayerick y Ploog, hay algunas páginas magistrales de John Buscema (a veces entintado como los dioses por Klaus Janson), los filipinos Vicente Alcázar y Alfredo Alcalá, y hasta una secuencia de apenas siete páginas dibujada por Neal Adams que te parte la cabeza de un hachazo. Fuera de joda, esas páginas deben estar entre las mejores que dibujó Adams en su vida, lo cual es muchísimo decir. No te digo que valga comprarse el libro por esa secuencia, pero sin duda es un atractivo que no se puede pasar por alto si mínimamente te interesa el personaje o la temática.
En un país repleto de fans de Swamp Thing, no debería ser difícil conseguirle hinchada a Man-Thing, y sin embargo es un personaje al que nadie jamás le dio bola. Aún así, esta primera etapa amerita la lectura, pone a la serie entre los títulos que desde las márgenes del mainstream resistieron al tsunami de bóñiga que nos azotó en los ’70, y hasta ceba para comprar un segundo Essential. No está mal.

martes, 22 de junio de 2010

22/ 06: ESSENTIAL DAREDEVIL Vol.5


Bueno, una de superhéroes se podía llegar a colar…
Decíamos la vez pasada que, después de aquella etapa de Gerry Conway como guionista de Daredevil, mucho más poblada de falencias que de elementos atractivos, Steve Gerber (sucesor de Conway) iba a tener que remar y mucho para levantar el nivel de una serie que ya no tenía demasiada razón de ser. Este tomo reúne prácticamente todos los episodios de Gerber y la verdad es que hay apenas chispazos, mínimas insinuaciones de que el bajón de Conway se puede llegar a superar.
Para empezar, tenemos un problema gravísimo, que son los dibujantes. Después de varios años firme junto al Cuernitos, acá el maestro Gene Colan aporta su magia en apenas cuatro episodios y todo el resto cae en manos de autores menores, principalmente Bob Brown (bien del montón) y Don Heck (decidamente horrendo cuando trataba de dibujar superhéroes). Brown no sólo choca contra sus propias limitaciones: también contra una incesante rotación de entintadores, entre ellos algunos realmente venenosos, como Frank Giacoia o el siempre temible Vince Colletta, que lo hacen duro de digerir. Recién en el último número de este Essential lo vemos bien entintado, cuando lo agarra un inspiradísimo Klaus Janson. El resto es más chato y predecible que el futbol que juegan las selecciones europeas en el Mundial, y sólo se puede aplaudir con ganas esas escasas intervenciones de Colan que, incluso a media máquina o con entintadores chotos, aporta su habitual jerarquía a la serie.
Steve Gerber escribe a Daredevil hasta el n°117. Empieza flojo, con una acumulación ridícula de villanos patéticos, involucrados en un complot del que también es parte el abogado que hace las veces de jefe de Matt Murdock en su estudio de San Francisco. Para rematarla, Gerber enlaza esta saga con la de Thanos y los demás personajes cósmicos de Titan (que aparecián en Iron Man, Avengers y otras series de Marvel) y acá vemos a Moondragon y al Captain Mar-Vell desfilar sin aportar demasiado. La siguiente saga larga, contra Nekra y el Mandrill, es atrapante y ambiciosa, ofrece algo más que la machaca insulsa contra el villano de turno, muestra un buen trabajo en los personajes secundarios (y en la estrella invitada, Shanna), pero no afecta demasiado a Matt y Natasha. O sea, se podría haber publicado en cualquier otra colección.
El siguiente arco de Gerber tiene como villanos al Gladiator y el Death-Stalker, como invitado a Man-Thing (creación del guionista) y como agregado a Candace, la hermana de Foggy Nelson. La siguiente historia (dos numeritos bastante aburridos contra The Owl) será la última de Gerber, quien deja a Daredevil lejos de San Francisco y a un paso de la ruptura con Black Widow. Le sigue una saga a cargo de Tony Isabella, con Foggy y la Viuda como co-protagonistas, con New York como marco y un absurdo combate contra las huestes de HYDRA como eje central. Nick Fury y sus adláteres también aparecen para tirar unos tiros, pero igual la mayoría de los villanos logra escaparse.
Y el Essential termina con los dos primeros números de la etapa de Marv Wolfman (124 y 125), que es donde vamos a ver un repunte más pronunciado. Esta primera historia es un homenaje a The Shadow y los personajes de los pulps, por eso Wolfman se zarpa con los bloques de texto, en un intento por recrear la atmósfera de aquellas novelitas de los años ´30, aunque con menos truculencia. Acá Natasha y Matt se separan para siempre y el abogado ciego se queda definitivamente en la Gran Manzana. La llegada de Klaus Janson, decíamos, también va a ser importante para afianzar esa mejora también en el aspecto visual de la serie, cuyo peor tramo quedó, por fin, atrás. Ahora sí, podemos esperar ansiosos el próximo Essential sin temor a que emita peligrosas radiaciones boñiguísticas, de esas que corroen libros, estanterías y –lo más grave- mentes.