Se vienen muchos feriados seguidos, por lo menos acá en Argentina, y en general son días en los que leo poco. Por suerte tengo un par de libritos leídos, como para clavar hoy un posteo y cumplir con la meta de los diez por mes. Quizás haya uno más antes de que empiece Abril, pero no quiero prometer nada.
Arranco en 2007, cuando Dark Horse recopila en TPB la miniserie Outer Orbit, realizada por el virtuoso del lápiz, el titán de la tinta, el capo de la vida Zack Howard, junto a dos amigos suyos. El guionista de cine Reed Buccholz le dio una mano con los diálogos y un pibe que hoy tiene una chapa infinita, nada menos que Sean Murphy, se repartió el dibujo con el gran Zack.
Outer Orbit es aventura en estado puro, un comic de acción al palo, con explosiones, piñas, persecuciones, tiros, algún garchecito en medio de la confusión y cientos de chistes subidos de tono. En ningún momento asoma ninguna intención que vaya más allá de entretener un rato al lector y eso hace de Outer Orbit un producto absolutamente genuino. Los diálogos son realmente desopilantes, pero no es el único indicio de que los autores se cagaron de risa mientras trabajaban en esta historieta. Creo que no hay una sóla página donde no se sienta ese clima festivo, de sano descontrol, de “dale, rompamos todo, que vuele todo a la mierda”.
Imaginate una buddy movie ambientada en el futuro, con una pareja despareja que se mete en toda clase de kilombos y sale como puede. Claro, con esa consigna se complica crear una historieta que trascienda, que te deje pensando, o que te eleve como ser humano. Outer Orbit no busca ser eso, obviamente. Pero si te divierten la machaca, los chistes de pijas y pedos, los personajes bizarros, la acción palo-y-palo, y además querés que dos bestias del dibujo como Zack Howard y Sean Murphy te hagan mimos en los ojos, sin dudas Outer Orbit es un comic que tenés que buscar.
Salto a Argentina, año 2017, cuando se publica Norton Gutiérrez y el Collar de Emma Tzampak, una novela gráfica que Juan Sáenz Valiente había realizado unos años antes para el mercado europeo. Acá tenemos otra aventura redondita, atrapante de principio a fin, y por supuesto otro dibujante prodigioso. El planteo de Sáenz Valiente es más clásico, con una estética tributaria de la línea clara franco-belga, una paleta de colores acotada, muy sobria, quizás demasiado sobria, al punto de contrastar un poco con los momentos más estridentes del relato, repleto de acción y de peripecias imposibles, en las que los buenos salen ilesos de una trampa atrás de otra de los modos más inverosímiles que te puedas imaginar.
Esa decisión de bajarle varios cambios al color me hizo un poquito de ruido, pero no la critico. Lo que sí critico son esos momentos en los que algunos personajes (principalmente el villano y el profesor Brizio) se mandan largos soliloquios, a veces en viñetas muy pequeñas, y empantanan un poco ese ritmo totalmente cinematográfico, que hace que durante largos pasajes del libro nos parezca que estamos viendo un dibujo animado. Una vez, dos veces, el chiste causa gracia. Quince veces, no tanto.
Como tan bien lo hacía Hergé, Sáenz Valiente ofrece un trazo sintético, de engañosa simplicidad. Bien mirado, el dibujo nos regala una plétora de detalles y –lo más difícil- sin que las viñetas se vean sobrecargadas de información. Los personajes tienen ese plus de plasticidad y de histrionismo que los distancian definitivamente de los fondos y los paisajes, que (como en toda buena aventura de línea clara) tienen bastante peso en la trama.
Y acá sí, me encuentro con un autor que, además de entretener a sus lectores, quiere decir algo más, dotar a la aventura de un mensaje un poco más profundo. Entre la acción y la comedia, Sáenz Valiente hace evolucionar a casi todos sus personajes, mete revelaciones impactantes, reflexiones, cuestionamientos y esas cosas que hacen un poco más impredecible el accionar tanto de los buenos como de los malos.
Norton Gutiérrez y el Collar de Emma Tzampak es un comic de aventuras para todo público, pero detrás de su redondez oculta un cierto filo, una mirada un poco más ácida, o más escéptica, que le agrega una capa más de complejidad a la obra, y obviamente la enriquece. Sumamente recomendable.
Y hasta acá llegamos. Ni bien tenga un par de libros leídos, reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias por el aguante de siempre.
Mostrando entradas con la etiqueta Sean Murphy. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 28 de marzo de 2018
martes, 18 de julio de 2017
TRASNOCHE CONGELADA
Me está costando mucho sentarme a escribir las reseñas. No tanto leer, pero sí encontrar el momento para redactar las reseñas y subirlas al blog… Hasta acá veníamos muy bien, con 53 entradas contra las 67 del 2016, pero me parece que de acá a fin de año vamos a tener, con suerte, una entrada por semana. Una pena.
Arranco con un fuerte aplauso para Chrononauts, de Mark Millar y Sean Murphy. Una historieta sin mayores pretensiones, divertidísima, ágil, canchera, como una buena peli de superhéroes, pero sin superhéroes. Millar concentra sus energías en hacernos reir con los diálogos, siempre frescos e ingeniosos, y en impactarnos con lo grosso, lo alucinante, lo increíblemente zarpado que es poder dominar de taquito los viajes en el tiempo. Algo parecido a lo que vimos en The Time-Travelling Tourist, pero más llevado hacia la aventura. Olvidate de esos comics sesudos en los que se indaga a fondo en los bolonquis en el continuum que producen uno o varios boludos al viajar para atrás en el tiempo. Acá se distorsiona todo, Corbin Quinn y Danny Reilly van y vienen por toda la historia de la humanidad, cambiando de lugar y de época prácticamente en cada viñeta y llevándose cosas de un período histórico a otro… y no pasa nada, es todo un gran festival de la diversión.
Y eso es lo más lindo que tiene Chrononauts: se nota que Millar se divirtió un montón mientras la escribía. Seguramente se relamía pensando en los dólares que le van a dar por llevarla al cine, pero eso no lo condiciona en lo más mínimo. Chrononauts no es un comic careta, ni frío, ni especulador, sino una especie de salvajada, donde los autores laburan con total libertad en una historia que andá a saber cuánto hay que modificar para convertirla en película. No tiene la profundidad de MPH, ni la complejidad de Jupiter´s Legacy, pero para vibrar un rato con una aventura de palo y palo, está genial.
El dibujo de Sean Murphy es super-expresivo y contribuye mucho a esa sensación de salvajada que me transmitió la obra. Murphy se debe haber vuleto loco buscando locaciones para las distintas escenas, y logra llevarnos de la prehistoria a los años ´60, del imperio mongol a la New York de la década del ´20, pasando por ocho mil épocas y lugares más, todas dibujadas de modo convincente. El color de Matt Hollingsworth está bueno, pero no hay con qué darle: Murphy SIEMPRE garpa más en blanco y negro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando El Waibe publica Super Malo, un librito de pocas páginas muy loco, protagonizado por un personaje que creó cuando tenía 5 años. Esto está dibujado así nomás, sin darle bola al dibujo. Acá lo que menos le calienta al Waibe es mostrar lo bien que dibuja. La consigna parece ser contar en poquitas viñetas (generalmente seis) estas mini-historias de este monstruo limado y otros villanos deformes, cuya humanidad aflora siempre, por más que quieran parecer crueles y despiadados.
Con el correr de las (poquitas) páginas, El Waibe va deslizando la intención de que estas mini-historias no queden ahí, en ese remate tempranero, sino que sugiere una cierta cohesión, como si se tratara de una novela, más que de páginas autoconclusivas. Pero para que esa idea llegara a buen puerto, Super Malo necesitaba una extensión mucho mayor. Y de hecho, eso es lo que menos me gustó del librito: para cuando me encariñé con Super Malo, se terminó.
El propio Waibe se suma en algún momento al elenco de la historieta, como una especie de némesis heroico de Super Malo, pero este clivaje entre bueno/malo, o personaje/autor tampoco se llega a desarrollar en profundidad. Otra creación del autor, el chico con cara de culo, aparece en una página que además es la mejor dibujada de todo el libro, pero la interacción con Super Malo no pasa de esas seis viñetas. Me queda la sensación de haber visto cómo El Waibe encontró un personaje ideal para armar algo así como un universo, en torno al cual hacer girar y evolucionar a un montón de otros personajes copados, pero le dio paja llevarlo más a fondo, construirle una base más sólida y bancarlo a lo largo de más páginas hasta que cobrara una verdadera coherencia interna, una identidad narrativa que exceda el capricho o el firulete narrativo del autor.
De todos modos en estas mini-historias de seis viñetas hay no sólo buenas ideas, sino también momentos cómicos, machaca, ternura y hasta reflexiones jugadas, profundas. Si no te la baja demasiado esa estética sucia y desprolija, mezcla de un Brian Chippendale esmerado y un Sergio Langer tirado a chanta, dale una chance a Super Malo, que a nivel argumental te va a sorprender con algunas resoluciones realmente notables.
Y hasta acá llegamos. No creo que logre postear de nuevo antes del miércoles que viene, así que será hasta entonces. A los amigos de Viedma, Carmen de Patagones y otras ciudades cercanas, los invito muy especialmente a acercarse este sábado y domingo a Comarca Fest, donde voy a estar junto a un All-Star Squadron de guionistas y dibujantes argentinos, más algún doblajista mexicano de esos que no saben qué carajo es ganarse la vida laburando honestamente.
Arranco con un fuerte aplauso para Chrononauts, de Mark Millar y Sean Murphy. Una historieta sin mayores pretensiones, divertidísima, ágil, canchera, como una buena peli de superhéroes, pero sin superhéroes. Millar concentra sus energías en hacernos reir con los diálogos, siempre frescos e ingeniosos, y en impactarnos con lo grosso, lo alucinante, lo increíblemente zarpado que es poder dominar de taquito los viajes en el tiempo. Algo parecido a lo que vimos en The Time-Travelling Tourist, pero más llevado hacia la aventura. Olvidate de esos comics sesudos en los que se indaga a fondo en los bolonquis en el continuum que producen uno o varios boludos al viajar para atrás en el tiempo. Acá se distorsiona todo, Corbin Quinn y Danny Reilly van y vienen por toda la historia de la humanidad, cambiando de lugar y de época prácticamente en cada viñeta y llevándose cosas de un período histórico a otro… y no pasa nada, es todo un gran festival de la diversión.
Y eso es lo más lindo que tiene Chrononauts: se nota que Millar se divirtió un montón mientras la escribía. Seguramente se relamía pensando en los dólares que le van a dar por llevarla al cine, pero eso no lo condiciona en lo más mínimo. Chrononauts no es un comic careta, ni frío, ni especulador, sino una especie de salvajada, donde los autores laburan con total libertad en una historia que andá a saber cuánto hay que modificar para convertirla en película. No tiene la profundidad de MPH, ni la complejidad de Jupiter´s Legacy, pero para vibrar un rato con una aventura de palo y palo, está genial.
El dibujo de Sean Murphy es super-expresivo y contribuye mucho a esa sensación de salvajada que me transmitió la obra. Murphy se debe haber vuleto loco buscando locaciones para las distintas escenas, y logra llevarnos de la prehistoria a los años ´60, del imperio mongol a la New York de la década del ´20, pasando por ocho mil épocas y lugares más, todas dibujadas de modo convincente. El color de Matt Hollingsworth está bueno, pero no hay con qué darle: Murphy SIEMPRE garpa más en blanco y negro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando El Waibe publica Super Malo, un librito de pocas páginas muy loco, protagonizado por un personaje que creó cuando tenía 5 años. Esto está dibujado así nomás, sin darle bola al dibujo. Acá lo que menos le calienta al Waibe es mostrar lo bien que dibuja. La consigna parece ser contar en poquitas viñetas (generalmente seis) estas mini-historias de este monstruo limado y otros villanos deformes, cuya humanidad aflora siempre, por más que quieran parecer crueles y despiadados.
Con el correr de las (poquitas) páginas, El Waibe va deslizando la intención de que estas mini-historias no queden ahí, en ese remate tempranero, sino que sugiere una cierta cohesión, como si se tratara de una novela, más que de páginas autoconclusivas. Pero para que esa idea llegara a buen puerto, Super Malo necesitaba una extensión mucho mayor. Y de hecho, eso es lo que menos me gustó del librito: para cuando me encariñé con Super Malo, se terminó.
El propio Waibe se suma en algún momento al elenco de la historieta, como una especie de némesis heroico de Super Malo, pero este clivaje entre bueno/malo, o personaje/autor tampoco se llega a desarrollar en profundidad. Otra creación del autor, el chico con cara de culo, aparece en una página que además es la mejor dibujada de todo el libro, pero la interacción con Super Malo no pasa de esas seis viñetas. Me queda la sensación de haber visto cómo El Waibe encontró un personaje ideal para armar algo así como un universo, en torno al cual hacer girar y evolucionar a un montón de otros personajes copados, pero le dio paja llevarlo más a fondo, construirle una base más sólida y bancarlo a lo largo de más páginas hasta que cobrara una verdadera coherencia interna, una identidad narrativa que exceda el capricho o el firulete narrativo del autor.
De todos modos en estas mini-historias de seis viñetas hay no sólo buenas ideas, sino también momentos cómicos, machaca, ternura y hasta reflexiones jugadas, profundas. Si no te la baja demasiado esa estética sucia y desprolija, mezcla de un Brian Chippendale esmerado y un Sergio Langer tirado a chanta, dale una chance a Super Malo, que a nivel argumental te va a sorprender con algunas resoluciones realmente notables.
Y hasta acá llegamos. No creo que logre postear de nuevo antes del miércoles que viene, así que será hasta entonces. A los amigos de Viedma, Carmen de Patagones y otras ciudades cercanas, los invito muy especialmente a acercarse este sábado y domingo a Comarca Fest, donde voy a estar junto a un All-Star Squadron de guionistas y dibujantes argentinos, más algún doblajista mexicano de esos que no saben qué carajo es ganarse la vida laburando honestamente.
lunes, 6 de febrero de 2017
DEME DOS
Vamos con otra tandita de dos reseñas…
Arranco en EEUU, en 2014, cuando Vertigo publica The Wake, la saga escrita por Scott Snyder y dibujada por Sean Murphy, una delantera poderosísima (una onda Licha López-Gustavo Bou) que garantizaba un nivel de ventas que hace mucho que no se veía en los títulos del sello adulto de DC.
La primera mitad de The Wake es una especie de Aliens bajo el agua. Un grupito de humanos trata de sobrevivir a un embate de unos bichos con cola de pez, pero brazos parecidos a los nuestros, con pulgares reversibles y con un orden táctico y un instinto predatorio bastane superior al nuestro. La presencia de estos primos acuáticos de los xenomorfos genera una buena dosis de tensión y garantiza un estallido sangriento de violencia. Y Snyder le agregar espesor a este clima ominoso mediante el recurso más interesante que tiene The Wake, que es el magnífico trabajo de construcción de personajes. ¿Quién es tu personaje preferido de la saga de Aliens? ¿Ripley? ¿Newt? No importa. Todos son cuatro de copas, muñequitos de cartón sin ninguna trascendencia al lado de lo que hace Snyder con la Dra. Lee Archer.
Pero a la mitad del libro, la trama pega un giro insospechado y nos vamos 200 años al futuro, a otro mundo, con otra protagonista (también muy bien delineada), a vivir otra aventura, también vinculada a los “mers” (así les dicen a esta raza de peces cuasi-antropomórficos), pero en un contexto totalmente distinto. Acá, en vez de estar viendo una peli de Aliens creí que estaba leyendo un comic de Carlos Trillo. Una especie de remake de Borderland, con machaca, corrupción política, una sociedad materialmente precaria y moralmente decadente al borde del abismo… muy interesante todo. Obviamente el final entrelaza la historia de Lee Archer con la de la chica del futuro… no del modo que cualquier lector medianamente astuto podía intuir.
Entre los giros inesperados y los volantazos limados, Snyder se las ingenia para sorprendernos más que el dibujo de un Sean Murphy prendido fuego (aunque casi toda la obra transcurra en el agua). La verdad que si el guión fuera irrelevante, o incluso choto, igual me hubiese vuelto loco con el laburo de Murphy. Para crear climas potentes, cuenta con un aliado de lujo que es el colorista Matt Hollingsworth. Pero para todo lo demás, pela su propio talento, que es apabullante. Si sos fan de Murphy, no te lo podés perder.
Y me voy a 2009, cuando se edita en la Europa francófona el primer álbum de Spirou a cargo de la dupla integrada por Yann y Olivier Schwartz. Desde ya, pido perdón por dedicarle un par de miles de caracteres a una obra que merece libros enteros para analizarla y ponderarla en la justa medida. Es muy loco, porque El Botones de Verde Caqui no existiría si antes no hubiese existido el Spirou de Emile Bravo (Diario de un Ingenuo, reseñado el 09/10/10). Sin embargo, me animo a decir que esta secuela supera ampliamente a la original.
-Pará, pará, pará… ¿vos me estás diciendo que hay un álbum del Spirou contemporáneo mejor que Diario de un Ingenuo?
Sí. Bueno, capaz que a nivel dibujo prefiero a Bravo antes que a Schwartz, porque este último no inventa nada: se copia todo de Yves Chaland. Obviamente si te copiás todo de uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, te voy a amar, pero quizás lo ponga a Bravo un escaloncito más arriba que este clon impecable de Chaland.
El guión de Yann es glorioso. Tiene acción, tiene humor, tiene momentos trágicos, dilemas morales, escenas de sexo (no explícitas, porque esto es casi apto para todo público), explosiones, piñas, torturas, y villanos nazis sumamente hijos de puta que se relamen capturando judíos para mandarlos a los campos de concentración. Si Bravo acertó al mostrarnos una Bruselas en la que los pibes (Spirou incluído) leían las historietas de Tintin, Yann sube la apuesta y dedica viñetas enteras a un debate acerca del rol de Hergé en aquel entonces, su vínculo con el ejército de ocupación, el efecto de sus historietas en el pueblo… una exquisitez. Pero además hay varias conexiones sutiles con las aventuras de Tintin, aparecen otros personajes de Hergé, hay homenajes a André Franquin, a Blake & Mortimer, a Astérix… Creo que Yann (al mejor estilo Roy Thomas) metió en estas 62 páginas referencias a todas las historietas franco-belgas vinculadas a la Segunda Guerra Mundial, ya sea por ambientación o por la fecha en que fueron creadas. Lo mejor es que lo hace sin entorpecer el ritmo alucinante que logra darle a esta aventura, cautivante por donde se la mire.
Si nunca habías leído Spirou y te enganchaste con Diario de un Ingenuo, te tenés que tirar de cabeza sobre El Botones de Verde Caqui, que se editó en España en 2015 y (lógicamente) ganó en 2016 el Premio al Mejor Album Extranjero en el Saló de Barcelona. Gracias, Dib-Buks, por editar esta gema en nuestro idioma, gracias Yann por la magia, gracias Schwartz por hacernos sentir aunque sea un ratito que Yves no se murió… Yves no se murió… que se muera Rob Liefeld, la puta madre que lo parió.
Arranco en EEUU, en 2014, cuando Vertigo publica The Wake, la saga escrita por Scott Snyder y dibujada por Sean Murphy, una delantera poderosísima (una onda Licha López-Gustavo Bou) que garantizaba un nivel de ventas que hace mucho que no se veía en los títulos del sello adulto de DC.
La primera mitad de The Wake es una especie de Aliens bajo el agua. Un grupito de humanos trata de sobrevivir a un embate de unos bichos con cola de pez, pero brazos parecidos a los nuestros, con pulgares reversibles y con un orden táctico y un instinto predatorio bastane superior al nuestro. La presencia de estos primos acuáticos de los xenomorfos genera una buena dosis de tensión y garantiza un estallido sangriento de violencia. Y Snyder le agregar espesor a este clima ominoso mediante el recurso más interesante que tiene The Wake, que es el magnífico trabajo de construcción de personajes. ¿Quién es tu personaje preferido de la saga de Aliens? ¿Ripley? ¿Newt? No importa. Todos son cuatro de copas, muñequitos de cartón sin ninguna trascendencia al lado de lo que hace Snyder con la Dra. Lee Archer.
Pero a la mitad del libro, la trama pega un giro insospechado y nos vamos 200 años al futuro, a otro mundo, con otra protagonista (también muy bien delineada), a vivir otra aventura, también vinculada a los “mers” (así les dicen a esta raza de peces cuasi-antropomórficos), pero en un contexto totalmente distinto. Acá, en vez de estar viendo una peli de Aliens creí que estaba leyendo un comic de Carlos Trillo. Una especie de remake de Borderland, con machaca, corrupción política, una sociedad materialmente precaria y moralmente decadente al borde del abismo… muy interesante todo. Obviamente el final entrelaza la historia de Lee Archer con la de la chica del futuro… no del modo que cualquier lector medianamente astuto podía intuir.
Entre los giros inesperados y los volantazos limados, Snyder se las ingenia para sorprendernos más que el dibujo de un Sean Murphy prendido fuego (aunque casi toda la obra transcurra en el agua). La verdad que si el guión fuera irrelevante, o incluso choto, igual me hubiese vuelto loco con el laburo de Murphy. Para crear climas potentes, cuenta con un aliado de lujo que es el colorista Matt Hollingsworth. Pero para todo lo demás, pela su propio talento, que es apabullante. Si sos fan de Murphy, no te lo podés perder.
Y me voy a 2009, cuando se edita en la Europa francófona el primer álbum de Spirou a cargo de la dupla integrada por Yann y Olivier Schwartz. Desde ya, pido perdón por dedicarle un par de miles de caracteres a una obra que merece libros enteros para analizarla y ponderarla en la justa medida. Es muy loco, porque El Botones de Verde Caqui no existiría si antes no hubiese existido el Spirou de Emile Bravo (Diario de un Ingenuo, reseñado el 09/10/10). Sin embargo, me animo a decir que esta secuela supera ampliamente a la original.
-Pará, pará, pará… ¿vos me estás diciendo que hay un álbum del Spirou contemporáneo mejor que Diario de un Ingenuo?
Sí. Bueno, capaz que a nivel dibujo prefiero a Bravo antes que a Schwartz, porque este último no inventa nada: se copia todo de Yves Chaland. Obviamente si te copiás todo de uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, te voy a amar, pero quizás lo ponga a Bravo un escaloncito más arriba que este clon impecable de Chaland.
El guión de Yann es glorioso. Tiene acción, tiene humor, tiene momentos trágicos, dilemas morales, escenas de sexo (no explícitas, porque esto es casi apto para todo público), explosiones, piñas, torturas, y villanos nazis sumamente hijos de puta que se relamen capturando judíos para mandarlos a los campos de concentración. Si Bravo acertó al mostrarnos una Bruselas en la que los pibes (Spirou incluído) leían las historietas de Tintin, Yann sube la apuesta y dedica viñetas enteras a un debate acerca del rol de Hergé en aquel entonces, su vínculo con el ejército de ocupación, el efecto de sus historietas en el pueblo… una exquisitez. Pero además hay varias conexiones sutiles con las aventuras de Tintin, aparecen otros personajes de Hergé, hay homenajes a André Franquin, a Blake & Mortimer, a Astérix… Creo que Yann (al mejor estilo Roy Thomas) metió en estas 62 páginas referencias a todas las historietas franco-belgas vinculadas a la Segunda Guerra Mundial, ya sea por ambientación o por la fecha en que fueron creadas. Lo mejor es que lo hace sin entorpecer el ritmo alucinante que logra darle a esta aventura, cautivante por donde se la mire.
Si nunca habías leído Spirou y te enganchaste con Diario de un Ingenuo, te tenés que tirar de cabeza sobre El Botones de Verde Caqui, que se editó en España en 2015 y (lógicamente) ganó en 2016 el Premio al Mejor Album Extranjero en el Saló de Barcelona. Gracias, Dib-Buks, por editar esta gema en nuestro idioma, gracias Yann por la magia, gracias Schwartz por hacernos sentir aunque sea un ratito que Yves no se murió… Yves no se murió… que se muera Rob Liefeld, la puta madre que lo parió.
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domingo, 6 de julio de 2014
06/ 07: PUNK ROCK JESUS
En la primera mitad del año, el material de Vertigo casi brilló por su ausencia en este blog y eso es algo que seguramente se va a revertir en esta segunda mitad. Después de cuatro meses sin tocar un libro del sello adulto de DC, hoy me toca comentar este voluminoso tomo en el que Sean Murphy vuelve a explotar como artista integral, a años luz de su primer laburo “solista” (que vimos el 26/09/12).
Punk Rock Jesus es una historieta jugada, intensa, sostenida en un ritmo muy atrapante y en una premisa terriblemente ganchera: un clon de Jesucristo creado y manipulado por una cadena de televisión para convertirse en la estrella del reality show más impactante de todos los tiempos. Se supone que Cristo fue envuelto en el Sudario de Turín y que parte de su ADN puede encontrarse en ese manto, aún 2000 años después. Con un abultado presupuesto y una Premio Nobel de Genética, ¿qué nos impide tener un nuevo Cristo? Con esa consigna, el magnate mediático Rick Slate pone en marcha J2, el programa de TV que le mostrará al mundo nada menos que el regreso de Cristo, desde que se gesta en el vientre de una chica virgen hasta que… el rating no acompañe.
Resuelto el tema de la gestación, ¿cómo criás a un nene que es un clon de Jesucristo? ¿Qué educación le das? ¿Cómo lo protegés? Todas estas preguntas son las que va a responder Murphy a lo largo del libro, algunas muy en profundidad, otras de modo más superficial. Rápidamente el autor va a ir descorriendo los velos de la mentira mediática y a ubicar a Slate en el rol del villano, de un hijo de puta inescrupuloso y manipulador, que hace lo que se le canta con el experimento científico de la Dra. Epstein, con la pobre Gwen (la chica que da a luz al bebé clonado) y obviamente con Chris, que es como bautizan al supuesto nuevo mesías. En el medio, los fanáticos religiosos, los noticieros, los auspiciantes… un gigantesco kilombo que Slate pilotea con cintura para su propio beneficio, hasta que las cosas se le empiezan a ir de las manos. Para cuando Chris cumple 14, su enfrentamiento con Slate es total, y además se hace punk… y ateo. Imaginate al hijo de Dios, lógicamente convertido en la persona más famosa del mundo, cantando en una banda punk letras que hablan de que la religión es opresiva, falsa y sólo sirve para justificar genocidios.
Quieras o no, cuando explorás en serio estos temas, te metés en un berenjenal. Murphy junta huevos para salir bastante bien parado de la ordalía, pero claro, resuelve de un modo un poquito trivial algunos asuntos. Me encantó este comic, que no se malinterprete. Me tuvo muy intrigado y muy cebado hasta el final. Pero no me termina de cerrar tanto énfasis en la violencia, en los combates de buenos contra malos. Eso le resta verosimilitud y realismo a una historia MUY interesante. El personaje que encarna esa faceta más aventurera, más de blockbuster hollywoodense, es Thomas McKael. Murphy labura A FONDO a este personaje, su background, sus motivaciones, todo está pensado y explicado minuciosamente y a lo largo de la obra vemos evolucionar a McKael casi más que al propio Chris. Re-daba para una novela gráfica independiente de esta, centrada en la historia del enorme y trágico McKael. Y al integrarlo a esta, el afán por darle protagonismo a McKael lleva a Murphy a enfatizar demasiado la arista de la machaca, las persecuciones, tiros, peleas y demás, en detrimento de una mayor profundidad en los debates acerca de la religión, la clonación y la manipulación mediática de la vida de la gente. Lo positivo, repito, es el increíble trabajo de caracterización que hace el autor con este personaje, que desplaza a un muy tercer plano a Tim, otro personaje que al principio pintaba para importante (y tiraba diálogos afiladísimos) y luego se empieza a desdibujar.
Y hablando de dibujar, lo que hace Sean Murphy en esta obra es, una vez más, devastador. Otra vez un trabajo de este artista supera ampliamente a todo lo que le habíamos visto hasta la fecha y sube el listón un poco más. ¿Hasta dónde va a llegar Murphy? No tengo idea, pero esto es glorioso. La gran diferencia, el gran salto cualitativo respecto de lo anterior, pasa por la decisión de presentar toda la obra en blanco, negro y grises aplicados con tramas en el photoshop. El resultado es formidable y nos muestra a un Murphy sin límites, con cosas de los autores más comerciales (Andy Kubert o Chris Bachalo), con expresiones faciales dignas de Kyle Baker y esos rostros adustos, duros, resueltos con pinceladas a la Denys Cowan o Jorge Zaffino. Si comprás comics para alucinar con los dibujos, sumá a Punk Rock Jesus a la lista de los imprescindibles.
Y bueno, si bien no estoy de acuerdo con todas las decisiones que toma el autor a lo largo de la novela, me encanta, me fascina que existan historietas así, que aborden estos temas con este coraje. Punk Rock Jesus está pensada para hacerte pensar y eso sólo alcanza para elevarla por encima de la media. Además tiene fuerza, ritmo, grandes ideas, gran desarrollo de personajes y unos dibujos sublimes, realizados por Sean Murphy con la verdadera mano de Dios. Recemos todas las noches para que Vertigo vuelva a apostar por merca de este nivel.
Punk Rock Jesus es una historieta jugada, intensa, sostenida en un ritmo muy atrapante y en una premisa terriblemente ganchera: un clon de Jesucristo creado y manipulado por una cadena de televisión para convertirse en la estrella del reality show más impactante de todos los tiempos. Se supone que Cristo fue envuelto en el Sudario de Turín y que parte de su ADN puede encontrarse en ese manto, aún 2000 años después. Con un abultado presupuesto y una Premio Nobel de Genética, ¿qué nos impide tener un nuevo Cristo? Con esa consigna, el magnate mediático Rick Slate pone en marcha J2, el programa de TV que le mostrará al mundo nada menos que el regreso de Cristo, desde que se gesta en el vientre de una chica virgen hasta que… el rating no acompañe.
Resuelto el tema de la gestación, ¿cómo criás a un nene que es un clon de Jesucristo? ¿Qué educación le das? ¿Cómo lo protegés? Todas estas preguntas son las que va a responder Murphy a lo largo del libro, algunas muy en profundidad, otras de modo más superficial. Rápidamente el autor va a ir descorriendo los velos de la mentira mediática y a ubicar a Slate en el rol del villano, de un hijo de puta inescrupuloso y manipulador, que hace lo que se le canta con el experimento científico de la Dra. Epstein, con la pobre Gwen (la chica que da a luz al bebé clonado) y obviamente con Chris, que es como bautizan al supuesto nuevo mesías. En el medio, los fanáticos religiosos, los noticieros, los auspiciantes… un gigantesco kilombo que Slate pilotea con cintura para su propio beneficio, hasta que las cosas se le empiezan a ir de las manos. Para cuando Chris cumple 14, su enfrentamiento con Slate es total, y además se hace punk… y ateo. Imaginate al hijo de Dios, lógicamente convertido en la persona más famosa del mundo, cantando en una banda punk letras que hablan de que la religión es opresiva, falsa y sólo sirve para justificar genocidios.
Quieras o no, cuando explorás en serio estos temas, te metés en un berenjenal. Murphy junta huevos para salir bastante bien parado de la ordalía, pero claro, resuelve de un modo un poquito trivial algunos asuntos. Me encantó este comic, que no se malinterprete. Me tuvo muy intrigado y muy cebado hasta el final. Pero no me termina de cerrar tanto énfasis en la violencia, en los combates de buenos contra malos. Eso le resta verosimilitud y realismo a una historia MUY interesante. El personaje que encarna esa faceta más aventurera, más de blockbuster hollywoodense, es Thomas McKael. Murphy labura A FONDO a este personaje, su background, sus motivaciones, todo está pensado y explicado minuciosamente y a lo largo de la obra vemos evolucionar a McKael casi más que al propio Chris. Re-daba para una novela gráfica independiente de esta, centrada en la historia del enorme y trágico McKael. Y al integrarlo a esta, el afán por darle protagonismo a McKael lleva a Murphy a enfatizar demasiado la arista de la machaca, las persecuciones, tiros, peleas y demás, en detrimento de una mayor profundidad en los debates acerca de la religión, la clonación y la manipulación mediática de la vida de la gente. Lo positivo, repito, es el increíble trabajo de caracterización que hace el autor con este personaje, que desplaza a un muy tercer plano a Tim, otro personaje que al principio pintaba para importante (y tiraba diálogos afiladísimos) y luego se empieza a desdibujar.
Y hablando de dibujar, lo que hace Sean Murphy en esta obra es, una vez más, devastador. Otra vez un trabajo de este artista supera ampliamente a todo lo que le habíamos visto hasta la fecha y sube el listón un poco más. ¿Hasta dónde va a llegar Murphy? No tengo idea, pero esto es glorioso. La gran diferencia, el gran salto cualitativo respecto de lo anterior, pasa por la decisión de presentar toda la obra en blanco, negro y grises aplicados con tramas en el photoshop. El resultado es formidable y nos muestra a un Murphy sin límites, con cosas de los autores más comerciales (Andy Kubert o Chris Bachalo), con expresiones faciales dignas de Kyle Baker y esos rostros adustos, duros, resueltos con pinceladas a la Denys Cowan o Jorge Zaffino. Si comprás comics para alucinar con los dibujos, sumá a Punk Rock Jesus a la lista de los imprescindibles.
Y bueno, si bien no estoy de acuerdo con todas las decisiones que toma el autor a lo largo de la novela, me encanta, me fascina que existan historietas así, que aborden estos temas con este coraje. Punk Rock Jesus está pensada para hacerte pensar y eso sólo alcanza para elevarla por encima de la media. Además tiene fuerza, ritmo, grandes ideas, gran desarrollo de personajes y unos dibujos sublimes, realizados por Sean Murphy con la verdadera mano de Dios. Recemos todas las noches para que Vertigo vuelva a apostar por merca de este nivel.
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martes, 25 de febrero de 2014
25/ 02: JOE THE BARBARIAN
Bue, no era para tanto... Me habían inflado este libro hasta convencerme de que estaba por leer una de las joyas definitivas de los últimos años y la verdad es que no está ni lejos de aspirar a esa categoría.
El planteo de Grant Morrison es interesante: un pibe medio loser, medio solitario, que sufre diabetes, se descompensa por falta de glucosa y empieza a alucinar jodido, de modo que lo que en realidad es una recorrida por su casa, él lo vive como una odisea fantástica, en un mundo paralelo donde se convierte en un valiente guerrero. Hasta ahí, todo muy lindo. Ahora, ¿se puede sostener el interés del lector durante casi 200 páginas con esa consigna? Mi respuesta es No.
Como siempre, a Morrison le sobran ideas para que ese mundo alterantivo sea fascinante, con razas, culturas e historias muy atractivas, e incluso con una geografía extraña, que se presta muy bien para convertirse en escenario de peligrosas peripecias que nuestros héroes deberán sortear. También hay un muy buen trabajo en la caracterización de Joe, el chico protagonista, al que uno rápidamente siente que conoce desde siempre, y con el que es casi imposible no encariñarse. Pero nada de esto nos logra distraer de lo más obvio: para que esto dure casi 200 páginas, el guionista estira groseramente con las ya mencionadas peripecias. Así es como la trama se escurre entre un montón de escenas “fuertes” en las que Joe y sus amigos (del mundo ficticio, porque en el real tiene menos amigos que Golgo 13) se enfrentan a villanos terribles, a ejércitos enteros, a piratas, a criaturas abisales, a inundaciones, caídas tremendas, explosiones... y de todo escapan virtualmente ilesos, a pesar de que Joe supuestamente se está muriendo por la falta de glucosa.
Tanto es el énfasis que le pone Morrison a la aventura a todo o nada en el mundo fantástico, que durante largos segmentos se olvida del mundo real, y el paralelismo entre realidad y alucinación (a priori muy rico para trazar un juego de espejos) queda tristemente desaprovechado. La machaca y la acción están buenas, pero se nota demasiado que todo hubiera funcionado mucho mejor en menos páginas, con una trama que fuera más al grano, que no permitiera que el conflicto se diluya tanto como se diluyó en esta obra. No te digo que daba para un unitario de 14 páginas de la Skorpio (aunque me la re-iimagino dibujada por Lito Fernández), ni para 10 paginitas en una antología de Vertigo. Pero ni a palos daba para ocho episodios de 22 páginas.
¿Por qué creo yo que Joe the Barbarian cosechó buenas críticas y hasta nominaciones a premios importantes? Por el dibujo de Sean Murphy. Si tenés un ratito, hacé click en la etiqueta de este autor y fijate qué elogios se llevó las veces anteriores en que me tocó reseñar obras suyas. ¿Ya está? Bueno, todo eso es una miseria, una palmadita en la espalda tenue, sin demasiado énfasis, comparado con lo que merece Murphy por su labor en este comic. Pocas veces vi a un dibujante tan comprometido con una historia, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios del mundo con tal de que esta no naufrague. Acá, como nunca antes, Murphy deja la vida. La narrativa es perfecta, los fondos son fastuosos, los personajes son alucinantes, los efectos de iluminación, la aplicación de las tramas mecánicas, la integración de la referencia fotográfica, las expresiones faciales (incluso en las caras de bichos y criaturas totalmente atípicas), el lenguaje corporal... todo es increíble. Murphy trabaja pensando en blanco y negro (como su ídolo Jorge Zaffino, cuya influencia combina con la del mejor Chris Bachalo, Andy Kubert y –en algunos detallitos- Enrique Breccia) y se manda unas composiciones hipnóticas basadas en un claroscuro intenso, equilibradísimo. No debe ser fácil colorear estas páginas, pero claro, acá tenemos al maestro Dave Stewart, que no falla jamás y se encarga de potenciar aún más la belleza, la complejidad y la espectacularidad del dibujo de Murphy.
Seguramente este es un libro que entra, que fascina, que cautiva, desde lo visual. Cuando lo hojeas, te volvés loco. Y cuando lo leés, no te digo que puteás o que te aburrís, pero se nota demasiado la estirada, el hecho de que casi nada de lo que sucede es determinante para que la trama llegue a buen puerto. Joe the Barbarian tiene buenas ideas, personajes queribles y un dibujo de la hiper-concha de Dios. Aún así, como producto global, como obra integral, no arrima ni por asomo al podio de los trabajos más memorables de Grant Morrison. Sí lo pongo como pico insuperable en la carrera de Sean Murphy, que con este laburo se terminó de recontra-consagrar como un Número Uno indiscutido.
El planteo de Grant Morrison es interesante: un pibe medio loser, medio solitario, que sufre diabetes, se descompensa por falta de glucosa y empieza a alucinar jodido, de modo que lo que en realidad es una recorrida por su casa, él lo vive como una odisea fantástica, en un mundo paralelo donde se convierte en un valiente guerrero. Hasta ahí, todo muy lindo. Ahora, ¿se puede sostener el interés del lector durante casi 200 páginas con esa consigna? Mi respuesta es No.
Como siempre, a Morrison le sobran ideas para que ese mundo alterantivo sea fascinante, con razas, culturas e historias muy atractivas, e incluso con una geografía extraña, que se presta muy bien para convertirse en escenario de peligrosas peripecias que nuestros héroes deberán sortear. También hay un muy buen trabajo en la caracterización de Joe, el chico protagonista, al que uno rápidamente siente que conoce desde siempre, y con el que es casi imposible no encariñarse. Pero nada de esto nos logra distraer de lo más obvio: para que esto dure casi 200 páginas, el guionista estira groseramente con las ya mencionadas peripecias. Así es como la trama se escurre entre un montón de escenas “fuertes” en las que Joe y sus amigos (del mundo ficticio, porque en el real tiene menos amigos que Golgo 13) se enfrentan a villanos terribles, a ejércitos enteros, a piratas, a criaturas abisales, a inundaciones, caídas tremendas, explosiones... y de todo escapan virtualmente ilesos, a pesar de que Joe supuestamente se está muriendo por la falta de glucosa.
Tanto es el énfasis que le pone Morrison a la aventura a todo o nada en el mundo fantástico, que durante largos segmentos se olvida del mundo real, y el paralelismo entre realidad y alucinación (a priori muy rico para trazar un juego de espejos) queda tristemente desaprovechado. La machaca y la acción están buenas, pero se nota demasiado que todo hubiera funcionado mucho mejor en menos páginas, con una trama que fuera más al grano, que no permitiera que el conflicto se diluya tanto como se diluyó en esta obra. No te digo que daba para un unitario de 14 páginas de la Skorpio (aunque me la re-iimagino dibujada por Lito Fernández), ni para 10 paginitas en una antología de Vertigo. Pero ni a palos daba para ocho episodios de 22 páginas.
¿Por qué creo yo que Joe the Barbarian cosechó buenas críticas y hasta nominaciones a premios importantes? Por el dibujo de Sean Murphy. Si tenés un ratito, hacé click en la etiqueta de este autor y fijate qué elogios se llevó las veces anteriores en que me tocó reseñar obras suyas. ¿Ya está? Bueno, todo eso es una miseria, una palmadita en la espalda tenue, sin demasiado énfasis, comparado con lo que merece Murphy por su labor en este comic. Pocas veces vi a un dibujante tan comprometido con una historia, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios del mundo con tal de que esta no naufrague. Acá, como nunca antes, Murphy deja la vida. La narrativa es perfecta, los fondos son fastuosos, los personajes son alucinantes, los efectos de iluminación, la aplicación de las tramas mecánicas, la integración de la referencia fotográfica, las expresiones faciales (incluso en las caras de bichos y criaturas totalmente atípicas), el lenguaje corporal... todo es increíble. Murphy trabaja pensando en blanco y negro (como su ídolo Jorge Zaffino, cuya influencia combina con la del mejor Chris Bachalo, Andy Kubert y –en algunos detallitos- Enrique Breccia) y se manda unas composiciones hipnóticas basadas en un claroscuro intenso, equilibradísimo. No debe ser fácil colorear estas páginas, pero claro, acá tenemos al maestro Dave Stewart, que no falla jamás y se encarga de potenciar aún más la belleza, la complejidad y la espectacularidad del dibujo de Murphy.
Seguramente este es un libro que entra, que fascina, que cautiva, desde lo visual. Cuando lo hojeas, te volvés loco. Y cuando lo leés, no te digo que puteás o que te aburrís, pero se nota demasiado la estirada, el hecho de que casi nada de lo que sucede es determinante para que la trama llegue a buen puerto. Joe the Barbarian tiene buenas ideas, personajes queribles y un dibujo de la hiper-concha de Dios. Aún así, como producto global, como obra integral, no arrima ni por asomo al podio de los trabajos más memorables de Grant Morrison. Sí lo pongo como pico insuperable en la carrera de Sean Murphy, que con este laburo se terminó de recontra-consagrar como un Número Uno indiscutido.
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viernes, 17 de enero de 2014
17/ 01: AMERICAN VAMPIRE Vol.3
Terminado el viaje al misterio, vuelvo a leer comic yanki más o menos actual pero salpicadito, saltando de una cosa a otra con el criterio esquizofrénico que me caracteriza. Esta vez retomo una serie de Vertigo que tenía abandonada desde el 23/01/13, hace prácticamente un año. Me toca un tomo gordito, con muchos episodios, más precisamente un unitario y dos arcos argumentales extensos, todo escrito por Scott Snyder. Veamos cómo me fue.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
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miércoles, 26 de septiembre de 2012
26/ 09: OFF ROAD
En los ratos libres entre sus laburos para Vertigo y DC, el cada vez más grosso Sean Murphy se mandó una novela gráfica íntegramente de su autoría en la que lo vemos, por un lado, dibujar para blanco y negro, y por el otro, debutar como guionista.
A lo largo de 124 páginas, Murphy plantea un único conflicto grosso: tres pibes de veintipocos (tres “jóvenes a la deriva”) salen a andar en jeep por afuera de las rutas oficiales, se quedan varados en un lodazal y tienen que tratar de sacar al jeep de ahí antes que se haga de noche para poder ir a una fiesta que promete rock, birra y minitas ligeras de cascos. A simple vista, no hay mucho más. Ahora, si hilamos fino, hay varios conflictos más en los que Murphy saca a relucir un muy buen manejo de estos tres personajes. Greg, el pibe millonario, se cree muy poronga porque abona todo con Papi Card pero es el que menos claro tiene qué carajo hacer con su vida. Brad, el grandote con cara de patova mal atendido, tiene mil kilombos en su casa con el zarpado de su padre (que caga mal a su madre), al punto a agarrarse a trompadas. Y el personaje más estudiado, con el que claramente más se identifica Murphy, es Trent, el dibujante, el que estudia Bellas Artes y se las da de superado, alternativo y cool, pero sufre como un salame por minitas de las que se enamora y con las que le va muy mal.
Por supuesto, los distintos personajes secundarios (y terciarios y extras) reaccionan de distinta forma ante el pedido de ayuda de los amigos varados en el lodo. Están los que los mandan a la mierda de una, los que se acercan casi a curiosear y los que hacen leña del árbol (y el auto) caído. Finalmente la solución va a llegar, no sin antes poner a estos tres pajeros en la situación de tener que ponerse las pilas no por ellos, sino por alguien que tiene urgencias un poco más jodidas que “no puedo ir a la fiesta con la ropa toda embarrada”.
Como los personajes están muuuchas páginas estancados en una misma locación, los diálogos y los silencios cobran una enorme importancia. Si lo que se dicen Trent, Greg y Brad no nos resulta llamativo, la novela también se empieza a hundir en el lodo. A fuerza de una efectiva mezcla entre introspección, caracterización y chistes muy graciosos, Murphy saca adelante esas extensas secuencias en las que los pibes sólo pueden esperar que aparezca alguien y los ayude. Lo mejor de todo es que al final no hay moraleja, no dicen “bueno, hoy aprendimos algo importante”. Los amigos salen de su peripecia distintos a como llegaron, pero en buena medida dispuestos a volver a mandarse las mismas cagadas. Porque sí, porque les parece divertido.
En semejante cantidad de páginas, Murphy tiene espacio para probar de todo a nivel dibujo. Desde viñetas resueltas con meros palotes (no llegan ni a bocetos) hasta imágenes recontra-elaboradas, llenas de detalles y con grises aplicados mediante aguadas para acentuar efectos de iluminación y apuntalar los climas. En general, el trazo es más suelto, más fresco que lo que le vimos hacer a este animalito en Vertigo. Hay menos Chris Bachalo, menos Denys Cowan y más Humberto Ramos y hasta un poco de Mike Kunkel, o sea, más onda cartoon y menos realismo. Y muchos menos fondos. La narrativa es impecable, también con muchas variantes distintas, las expresiones faciales son impecables y el rotulado está todo hecho a mano. Un gran, gran trabajo de este autor que ya está entre los más completos que tiene hoy el comic yanki.
Off Road no se parece en nada a las novelas gráficas que acumulan premios, prestigio y sesudos análisis por parte de la intelectualidad que revolotea en torno al comic, pero es una obra atractiva, consistente, satisfactoria y sobre todo promisoria, porque es apenas la opera prima de un autor que ya demostró que está decidido a apostar cada vez más fuerte. Y aguante Mr.T!
A lo largo de 124 páginas, Murphy plantea un único conflicto grosso: tres pibes de veintipocos (tres “jóvenes a la deriva”) salen a andar en jeep por afuera de las rutas oficiales, se quedan varados en un lodazal y tienen que tratar de sacar al jeep de ahí antes que se haga de noche para poder ir a una fiesta que promete rock, birra y minitas ligeras de cascos. A simple vista, no hay mucho más. Ahora, si hilamos fino, hay varios conflictos más en los que Murphy saca a relucir un muy buen manejo de estos tres personajes. Greg, el pibe millonario, se cree muy poronga porque abona todo con Papi Card pero es el que menos claro tiene qué carajo hacer con su vida. Brad, el grandote con cara de patova mal atendido, tiene mil kilombos en su casa con el zarpado de su padre (que caga mal a su madre), al punto a agarrarse a trompadas. Y el personaje más estudiado, con el que claramente más se identifica Murphy, es Trent, el dibujante, el que estudia Bellas Artes y se las da de superado, alternativo y cool, pero sufre como un salame por minitas de las que se enamora y con las que le va muy mal.
Por supuesto, los distintos personajes secundarios (y terciarios y extras) reaccionan de distinta forma ante el pedido de ayuda de los amigos varados en el lodo. Están los que los mandan a la mierda de una, los que se acercan casi a curiosear y los que hacen leña del árbol (y el auto) caído. Finalmente la solución va a llegar, no sin antes poner a estos tres pajeros en la situación de tener que ponerse las pilas no por ellos, sino por alguien que tiene urgencias un poco más jodidas que “no puedo ir a la fiesta con la ropa toda embarrada”.
Como los personajes están muuuchas páginas estancados en una misma locación, los diálogos y los silencios cobran una enorme importancia. Si lo que se dicen Trent, Greg y Brad no nos resulta llamativo, la novela también se empieza a hundir en el lodo. A fuerza de una efectiva mezcla entre introspección, caracterización y chistes muy graciosos, Murphy saca adelante esas extensas secuencias en las que los pibes sólo pueden esperar que aparezca alguien y los ayude. Lo mejor de todo es que al final no hay moraleja, no dicen “bueno, hoy aprendimos algo importante”. Los amigos salen de su peripecia distintos a como llegaron, pero en buena medida dispuestos a volver a mandarse las mismas cagadas. Porque sí, porque les parece divertido.
En semejante cantidad de páginas, Murphy tiene espacio para probar de todo a nivel dibujo. Desde viñetas resueltas con meros palotes (no llegan ni a bocetos) hasta imágenes recontra-elaboradas, llenas de detalles y con grises aplicados mediante aguadas para acentuar efectos de iluminación y apuntalar los climas. En general, el trazo es más suelto, más fresco que lo que le vimos hacer a este animalito en Vertigo. Hay menos Chris Bachalo, menos Denys Cowan y más Humberto Ramos y hasta un poco de Mike Kunkel, o sea, más onda cartoon y menos realismo. Y muchos menos fondos. La narrativa es impecable, también con muchas variantes distintas, las expresiones faciales son impecables y el rotulado está todo hecho a mano. Un gran, gran trabajo de este autor que ya está entre los más completos que tiene hoy el comic yanki.
Off Road no se parece en nada a las novelas gráficas que acumulan premios, prestigio y sesudos análisis por parte de la intelectualidad que revolotea en torno al comic, pero es una obra atractiva, consistente, satisfactoria y sobre todo promisoria, porque es apenas la opera prima de un autor que ya demostró que está decidido a apostar cada vez más fuerte. Y aguante Mr.T!
jueves, 13 de octubre de 2011
13/ 10: HELLBLAZER: CITY OF DEMONS

Seguimos con la onda de misterio sobrenatural, pero ahora con el capo máximo de ese rubro, el Guacho Pulenta al lado del cual todos los guachos pulenta son pichis.
Esta es una saguita publicada en cinco episodios por afuera de la serie regular, a la que uno le sospecha la intención primordial de vender algo dibujado por Sean Murphy, un dibujante que había hecho dos numeritos de relleno de Hellblazer para luego pasar a otros proyectos, entre ellos Joe the Barbarian, con guión de Grant Morrison. Pero se ve que Morrison venía atrasado con la entrega de los guiones y, para que Murphy no se aburriera, le tiraron más Hellblazer. Sean Murphy, por si todavía no lo descubriste, es una bestia prendida fuego. Un dibujante completísimo, con narrativa tipo Howard Chaykin y un dibujo que mezcla al mejor Chris Bachalo (el de Shade) con el mejor Denys Cowan (el de The Question). También dibuja minitas lindísimas, en un estilo mitad Bachalo, mitad Terry Dodson. Y lo más atractivo: las texturas, las rayitas, los detalles microscópicos, enfermizos, que le dan coherencia a este dibujo demasiado bueno para Vertigo, y además le permiten amalgamar mejor las referencias fotográficas que –salvo en los seres humanos- brillan por su presencia. Pero bien, a años luz de los Juan Carlos Flicker.
Con este monstruo dibujando, el guión podía ser cualquier pelotudez y un montón de gansos nos lo íbamos a comprar igual. Pero no. Sin ser una obra maestra, el guión de Si Spencer se la re-banca. Lo mejor que tiene es el planteo: John tiene un accidente, está varias semanas hospitalizado y alguien lo estudia hasta deducir que su sangre no es normal, que está mezclada con la sangre de un demonio. ¿Qué pasa cuando otra gente empieza a recibir transfusiones de la sangre extraída a Constantine? Y, se va todo a la reconcha de la lora…
City of Demons sirve para recordarnos que John, Guacho Pulenta y todo, sigue siendo un humano ya maduro, vulnerable a cosas como que te atropelle una 4 x 4; y para indagar a fondo, casi a niveles científicos, en la relación entre el mago callejero y la sangre de Nergal que corre por sus venas. La conclusión a la que nos lleva Si Spencer no hace más que sumarle infinita chapa más al Grosso entre los Grossos. Los villanos y personajes secundarios están muy bien trabajados, no faltan los chistes groseros, hay sexo, sangre, tiros, cuchillazos y magia negra. Así que lo de Spencer (a quien descubrimos en la efímera pero ganchera The Vinyl Underground) es realmente dignísimo.
Como complemento, el TPB ofrece un cuento navideño de Hellblazer, escrito e ilustrado por Dave Gibbons, originalmente publicado en un viejo Winter´s Edge. Las ilustraciones están buenísimas. El texto me aburrió rápido, tanto cuando leí aquel Winter´s Edge como ahora. O sea que sigo sin saber cómo termina esa historia y tampoco me interesa averiguarlo.
Y no puedo boquear mucho más sin revelar detalles impactantes del guión, así que me llamo al silencio. Simplemente recomiendo City of Demons a los que todavía no se cebaron con Sean Murphy (porque supongo que sus fans ya lo tienen) y a los que quieran leer una historia de Hellblazer accesoria, desenganchada del tronco de la serie mensual, pero muy bien planteada y de fácil comprensión para el que no sigue al ídolo hace más de dos décadas y no tiene idea de cómo y por qué esta serie se mantiene con tanto power hace tantos años.
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