¿Qué es esto? ¿Un flashback al 01/07/12? No, tranqui. Aquella vez yo me había cebado con la primera novela gráfica de Lords of Misrule y me proponía conseguir la secuela. Pero hete aquí que la editorial Radical reeditó en un sólo tomo TODO Lords of Misrule: la secuela, la novela gráfica y tres historias cortas, perdidas andá a saber en qué antología. Es un libro majestuoso, un hardcover de 264 páginas editado como los dioses, así que cuando lo vi a buen precio, me tiré de cabeza, aunque me quedara “repe” la primera parte.
No voy a reiterar los conceptos de la reseña que le dediqué hace unos años, pero sí subrayar dos cosas: 1) En el contexto global de la saga, es decir, a raíz de lo que sucede después, esa primera historia es bastante menor, tiene un peso… chiquito. 2) Aquellos horrores indecibles, aquellos vejámenes que sufrieron los dibujos de Gary Erskine bajo la inclemente e incompetente paleta de una colorista abyecta, fueron subsanados. Ahora la historia de Kieron Wallace aparece recoloreada por JM Ringuet, un dibujante, ilustrador y colorista francés que vive en China, conocido sobre todo por Transhuman, una serie que hizo en Image junto a Jonathan Hickman. Y ahora sí, la faz gráfica se ve sólida en todos sus rubros.
Pero vamos a la secuela, a esa saga de seis episodios en la que John Tomlinson comparte los guiones con Dan Abnett y se suma como dibujante nada menos que Peter Snejberg. Acá el argumento se hace más ambicioso, más complejo, se empieza a entender mejor qué carajo tienen que ver esas secuencias ambientadas en un mundo de fantasía épica onda Tolkien, y el foco se desplaza hacia Jack Goodfellow, un personaje al que los guionistas trabajarán a fondo. Pero se rompe un poquito el equilibrio entre thriller psicológico, misterio freak onda X-Files y terror puro y duro, con mucho gore, sangre y mutilaciones. Sin irse muy al carajo, y sin perder interés, la cosa derrapa para el lado del terror y por momentos este se hace muy gráfico, muy cabeza. Quizás, si la saga tuviera dos episodios menos, se podrían haber obviado algunas peripecias truculentas que en su momento impactan, pero que en el global de la historia no aportan demasiado.
Para cuando empezás a vislumbrar el final, cómo puede llegar a cerrar todo, son cuatro o cinco los personajes que cobraron peso en la trama. Y la resolución, sin ser hiper-original, está muy bien lograda. Pero claro, para esta instancia ya estamos inmersos claramente en “una de terror”, con criaturas abisales, machaca y ríos de sangre, muy lejos de ese tono gaimanesco que yo señalaba cuando leí la primera parte. Las historias cortas también van para ese lado, el de un terror que amaga con ser fino, psicológico, pero en un punto enfila hacia un tono más gráfico, más chocante, más cerca de la E.C. que del Vertigo de los ´90. Lo cual no significa que estén mal. Por el contrario, se disfrutan bastante incluso sin saber una chota acerca de Jack Goodfellow, su linaje y su conexión con el extraño pueblito de Callow.
Pero estoy dejando de lado lo más notable, que es el trabajo de Peter Snejberg en el dibujo. El gran danés produjo todas estas páginas a fines de los ´90, en blanco y negro, que es como las publicó Dark Horse en su momento. Es un laburo monumental de Snejberg, consagratorio por su manejo de las expresiones faciales, de los fondos, de la puesta en página, del jueguito (que ya había hecho Erskine) de dibujar en otro estilo las páginas en las que la narración coquetea con la fantasía épica… Y sospecho que Snejberg la habrá roto también con los climas y con el manejo del claroscuro, que es su técnica favorita. Sin embargo eso no se ve en esta edición, porque por encima del dibujo del gran danés tenemos el color de JM Ringuet, que hace un trabajo absolutamente genial, que casi eclipsa al del dibujante. Ringuet le pone al dibujo de Snejberg texturas, profundidad, volúmenes… tonalidades que no se ven habitualmente en el comic yanki, y que hacen que algunas páginas parezcan coloreadas por Enki Bilal o Miguelanxo Prado. Milagrosamente, el claroscuro de Snejberg se potencia muchísimo y se acerca todavía más a los mejores trabajos de Richard Corben, con quien –insisto- hay que emparentar cada vez más al capo de Copenhague.
Si sos fan de Peter Snejberg y lo querés ver rozar la gloria, no lo dudes. En Lords of Misrule, además de una buena historia de misterio, terror y mitos ancestrales, te espera la conjunción entre los excelentes dibujos del danés y una paleta de colores que lo reinventó y lo elevó a la estratósfera.
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martes, 14 de octubre de 2014
domingo, 1 de julio de 2012
01/ 07: THE LORDS OF MISRULE
Cuando uno está muy, muy hecho crosta por culpa de los comics, hay veces que no sólo compra un libro por el personaje, por el tema, por el guionista o por el dibujante. En los casos más extremos de la adicción, vale incluso comprar por la editorial. Alguna vez te podrás clavar, no lo dudo, pero algunos sellos editoriales tienen esa chapa, esa mística, ese “no sé qué” que te hace mirar con cariño cualquier cosa que hayan publicado. Así es como, boludeando por Lima Comics, me tiré de cabeza sobre este librito del que no sabía absolutamente nada, excepto que estaba a buen precio, la portada de Simon Bisley era irresistible y lo editaba Atomeka, aquel sello británico que durante los primeros años ´90 nos deleitó con unas cuantas de las mejores historietas jamás publicadas en el imperio de Su Conchuda Majestad.
Ya adentro del tomo, me encuentro con una mezcla entre thriller psicológico, misterio freak al estilo X-Files y una especie de historia paralela, bien enrolada en el género clásico de fantasía épica al estilo Tolkien. Todo esto sale de la mente de John Tomlinson, guionista inglés del que no recuerdo haber leído otras obras, quien acá emprende la dura labor de subirse a esa onda que Neil Gaiman le daba a los primeros arcos de Sandman, aquellos en los que la inolvidable epopeya de Morpheus coqueteaba bastante con el terror y no tenía mayor drama en sumergirse en las fosas del gore, la sangre y las mutilaciones. No sería justo decir que Tomlinson busca clonar a Gaiman, pero sí encontrar un tono parecido. Y la verdad es que, sin ser Sandman, The Lords of Misrule logra ese equilibrio entre lo impactante, lo intrigante y cierto aire de sofisticación, de “no en cualquier comic te cuentan estas cosas de esta manera”.
El personaje central, el ilustrador Kieron Wallace, está trabajado a full, con un grado de complejidad encomiable. La trama está bien llevada, no está estirada en lo más mínimo, los flashbacks calzan en los momentos justos, las secuencias de la “historia paralela” también, el final resuelve prácticamente todo (todo no, porque habrá una secuela) y el gore salpica, pero sin estropear las cualidades de la historia. No quiero contar mucho del argumento para no spoilear. Es difícil explicar de qué va la historia sin revelar lo que Tomlinson no quiere que sepas hasta que él mismo te lo cuenta. Pero creeme que está muy buena.
A cargo del dibujo tenemos a Gary Erskine, con quien ya nos encontramos varias veces, esta vez con un trabajo impresionante, de enorme calidad. Lo de Erskine es muy, muy bueno: sus secuencias de fantasía épica parecen una mezcla entre lo mejor de P. Craig Russell y Charles Vess, sus secuencias más dark son tremendas, tiene primeros planos laburados casi con tanto detalle como los de Brian Bolland y un repertorio de expresiones faciales variadísimas y llenas de detalles, que por momentos me recordaron a Richard Piers Rayner, el de The Road to Perdition. La narrativa está perfecta, siempre a tono con las sorpresas truculentas, bizarras o retorcidas que propone el guión y con el espacio suficiente para que Erskine descontrole en un puñado de viñetas enormes, de increíble potencia visual. La única cagada es que el color, a cargo de Sophie Heath, es cuasi-catastrófico. Decí que esto se editó en 1993, porque hoy, a una colorista que entrega un laburo así, le meten una patada en el orto que la dejan en órbita geoestacionaria junto al Intelsat V.
Y bueno, ahora a buscar la secuela, que según me bate Wikipedia salió en Dark Horse, con Dan Abnett como co-guionista, el gran Peter Snejberg como dibujante y en blanco y negro, como para zafar de los horrores perpetrados en este primer tomo por esa colorista que –en un mundo más justo- debería estar en cana. Me juego el izquierdo a que el Vol.2 se consigue en oferta por muy poquitos dólares...
Ya adentro del tomo, me encuentro con una mezcla entre thriller psicológico, misterio freak al estilo X-Files y una especie de historia paralela, bien enrolada en el género clásico de fantasía épica al estilo Tolkien. Todo esto sale de la mente de John Tomlinson, guionista inglés del que no recuerdo haber leído otras obras, quien acá emprende la dura labor de subirse a esa onda que Neil Gaiman le daba a los primeros arcos de Sandman, aquellos en los que la inolvidable epopeya de Morpheus coqueteaba bastante con el terror y no tenía mayor drama en sumergirse en las fosas del gore, la sangre y las mutilaciones. No sería justo decir que Tomlinson busca clonar a Gaiman, pero sí encontrar un tono parecido. Y la verdad es que, sin ser Sandman, The Lords of Misrule logra ese equilibrio entre lo impactante, lo intrigante y cierto aire de sofisticación, de “no en cualquier comic te cuentan estas cosas de esta manera”.
El personaje central, el ilustrador Kieron Wallace, está trabajado a full, con un grado de complejidad encomiable. La trama está bien llevada, no está estirada en lo más mínimo, los flashbacks calzan en los momentos justos, las secuencias de la “historia paralela” también, el final resuelve prácticamente todo (todo no, porque habrá una secuela) y el gore salpica, pero sin estropear las cualidades de la historia. No quiero contar mucho del argumento para no spoilear. Es difícil explicar de qué va la historia sin revelar lo que Tomlinson no quiere que sepas hasta que él mismo te lo cuenta. Pero creeme que está muy buena.
A cargo del dibujo tenemos a Gary Erskine, con quien ya nos encontramos varias veces, esta vez con un trabajo impresionante, de enorme calidad. Lo de Erskine es muy, muy bueno: sus secuencias de fantasía épica parecen una mezcla entre lo mejor de P. Craig Russell y Charles Vess, sus secuencias más dark son tremendas, tiene primeros planos laburados casi con tanto detalle como los de Brian Bolland y un repertorio de expresiones faciales variadísimas y llenas de detalles, que por momentos me recordaron a Richard Piers Rayner, el de The Road to Perdition. La narrativa está perfecta, siempre a tono con las sorpresas truculentas, bizarras o retorcidas que propone el guión y con el espacio suficiente para que Erskine descontrole en un puñado de viñetas enormes, de increíble potencia visual. La única cagada es que el color, a cargo de Sophie Heath, es cuasi-catastrófico. Decí que esto se editó en 1993, porque hoy, a una colorista que entrega un laburo así, le meten una patada en el orto que la dejan en órbita geoestacionaria junto al Intelsat V.
Y bueno, ahora a buscar la secuela, que según me bate Wikipedia salió en Dark Horse, con Dan Abnett como co-guionista, el gran Peter Snejberg como dibujante y en blanco y negro, como para zafar de los horrores perpetrados en este primer tomo por esa colorista que –en un mundo más justo- debería estar en cana. Me juego el izquierdo a que el Vol.2 se consigue en oferta por muy poquitos dólares...
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domingo, 16 de enero de 2011
16/ 01: DC COMICS PRESENTS JACK CROSS

Otro de los primeros lanzamientos en esta línea de “TPBs para pobres” fue Jack Cross, una serie de Warren Ellis que debutó en 2005 y duró apenas un arco argumental de cuatro episodios, porque después el guionista se peleó con la editorial y se fue. Nunca se explicó bien cuál fue el problema (“se pudrió todo muy rápido”, dijo Ellis), pero lo menos explicable de todo es cómo mierda se les ocurrió ponerle a esta serie el logo de DC, y no el de Vertigo o WildStorm. Jack Cross no tiene nada que ver con el Universo DC, y lo más importante: el tipo de historias que nos cuenta Ellis en esta saga, tampoco.
Jack Cross es un comic de espionaje, ambientado en un mundo real, en el que todavía estaba fresca la debacle que significó para los servicios de inteligencia el 11 de Septiembre (de 2001, obvio). En ese clima de paranoia, mezclada con el más abyecto “sálvese quien pueda”, se desarrolla esta historia de ideales y traiciones. Es una historia sólida, redonda, impactante, perfecta para un largometraje que bien podría ser un hitazo de Hollywood. Si fue hitazo Red, basado en un comic PEDORRISIMO de Warren Ellis, Jack Cross la puede llegar a romper, mal. Tiene acción, buenos diálogos, hay una muy linda bajada de línea anti-Bush, el plan de “los malos” es excelente... Todo muy interesante y bien resuelto.
Por ahí el protagonista está un poquito verde. Para 88 páginas, recontra-compro. Lo que se ve, cierra por todos lados. Pero se supone que esto iba a ser una serie regular, de largo aliento; y ahí me empiezo a preguntar qué se guardaba Ellis abajo de la manga para convertir a Cross en un personaje grosso, que se bancara realmente el peso de llevar adelante una ongoing, porque acá se lo ve como un personaje que cumple con su rol en la trama, pero que no deja ver la complejidad, la tridimensionalidad que suelen tener los personajes de Ellis. Lo comparás con Desolation Jones (protagonista de otra serie del inglés que pintaba super-power y terminó prematuramente abortada, más o menos en la misma época que esta) y Jack Cross es un personaje definitivamente menor.
Parte del atractivo de la saga, para mi gusto, reside en el factor ideológico: como Mark Millar en Civil War, acá viene un inglés a reirse en la cara de los yankis, a enrostrarles cómo –con el terrorismo como excusa- le dieron la espalda a la libertad que siempre tuvieron como bandera. Se nota (y se disfruta) el asco que le da a Ellis ese EEUU paranoico, dispuesto a censurar, a manipular, a encarcelar, a matar a su propio pueblo si hiciera falta, para reestablecer el orden interno y reconstruir la imagen externa. Jack Cross se trata en buena medida de eso: de las reacciones toscas y tardías de un emperador medio imbécil al que le tocaron el culo y necesita volver a ser temido y respetado.
A cargo del dibujo tenemos a Gary Erskine, a quien ya vimos cuando dibujó Dan Dare. Acá, en vez de cinco pa´l peso le faltan 30 centavos. A su habitual falta de onda, hay que sumarle varios errores de anatomía, algunas caras mal terminadas y poses demasiado estáticas. Como siempre, la narrativa de Erskine es correctísima y el trabajo de fondos, armas y vehículos, absolutamente intachable y ejemplar. Si todo el comic estuviera dibujado con la calidad de las portadas, esto sería una fiesta. Pero no, la diferencia es mucha y muy notoria. Aún así, no es un desastre, ni mucho menos.
La CIA, el FBI, el NSC, el DHS y más siglas de las que llegaré a memorizar se carroñan, se extorsionan, se traicionan y se venden entre sí secretos y armas muy jodidas, mientras el mundo se pregunta quiénes son los victimarios y quiénes las víctimas. Pero la guerra contra el terrorismo está en marcha y, como suele suceder en cada una de las guerras, la primer víctima es la verdad. Por suerte Warren Ellis lo tiene claro y lo supo transmitir en un comic que funciona bárbaro como entretenimiento, pero que fue mucho más allá. Si algún día decide continuarlo, acá tiene un lector asegurado.
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viernes, 3 de septiembre de 2010
03/09: DAN DARE

Cada tanto sucede que un autor con onda se auto-impone la tarea de intentar un revival de un personaje sin onda. Dan Dare, clásico de clásicos del comic de aventuras británico, tuvo en su momento el irresistible atractivo de los dibujos del maestro Frank Hampson, pero la verdad es que los guiones eran apenas tragables, demasiado clásicos, demasiado pensados para chicos de 12 años de hace 60 años. Con algunas buenas ideas, pero con desarrollos chatos, poco atractivos para el lector de hoy. Incluso para el lector de los ´70, y ni hablar el de los ´80. Pero bueno, hace unos cuantos años Grant Morrison se mandó una miniserie espectacular, deconstructivista, jodida y brillante por donde se la mire (con los dibujazos de Rian Hughes, el Daniel Torres inglés) y Garth Ennis no quería ser menos.
El Dan Dare de Ennis no se lee como ningún otro comic de Ennis. Sí, hay extensos pasajes que se leen como un comic bélico, género en el que Ennis se destaca cómodo. Pero el resto, nada que ver. Para empezar, los personajes no son lúmpenes, ni gente de mierda que no conserva ni cinco centavos de esperanza, ni freaks, ni guarros pasados de rosca. El piloto de las cejas raras acá es tan formal, tan probo y tan correcto como en los comics de Hampson, y el resto del elenco va para el mismo lado. No hay sexo, ni groserías, casi ni hay puteadas, no hay chistes subidos de tono, no hay gore… ¿qué es esto? Esto es un comic de militares y políticos, protocolar, solemne, de saco y corbata. La historia (como tantas de Ennis) está un poco estirada y esta vez los diálogos no funcionan como engaña-pichanga para mantenerte entretenido mientras la trama no avanza, porque son diálogos formales y serios como los ingleses de los años ´50. O sea, no sólo no tienen la típica onda de Ennis. No tienen onda, punto. Y si encima la historia se pone pulenta en la segunda mitad, tenemos por delante cuatro capítulos iniciales de difícil digestión.
Los personajes –todo lo contrario a lo que hizo Morrison- son chatos, como en los ´50. Dan Dare es bueno porque ama a su patria y el Mekon es malo porque sí, porque odia a Dan Dare, porque Dare ya le frustró varios conatos de genocidios cósmicos. Hay luchas impactantes entre milicos y alienígenas, y entre flotas enteras de naves espaciales, pero a los personajes les falta sustancia. Lo más jugoso por ahí es el panorama político que plantea la historia, que le permite a Ennis replantearse (jamás en boca de Dan) los valores que Gran Bretaña debería encarnar y con los que durante siglos se limpió el orto. Las frases más punzantes en este sentido las tira la ex de Dan, Jocelyn, ahora convertida en Ministra del Interior. Pero ni siquiera hay runfla política. Hay bajada de línea muy sutil, y hasta ahí llegamos, porque todo el mundo respeta la cadena de mandos de modo prolijo y vertical. Al lado de Dan Dare, el Capitán Kirk es el Che Guevara, posta.
El dibujante elegido para la saga es Gary Erskine, que no es malo, pero es de la B. Lo vimos entintar muy bien a Chris Weston y a Rick Veitch, pero cuando le toca dibujar a él, siempre faltan cinco pal peso. Acá se esfuerza, hay que reconocerlo. Se mata en las naves y en las batallas entre naves, en los uniformes y las armas, y le tocan escenas realmente difíciles de dibujar. La narrativa no tiene fisuras, aunque tampoco sorpresas que compensen lo parsimonioso del guión (sobre todo en la primera mitad). Las expresiones faciales están des-enfatizadas, como si a propósito quisiera que los personajes nos resulten fríos o distantes.
No puedo sentenciar a Dan Dare como un mal comic, porque sería injusto. Pero es un comic pecho frío, sin emotividad, sin sorpresas, con momentos de gran despliegue visual, pero donde sabés que los personajes no van a crecer, ni a evolucionar, ni a despeinarse, siquiera. No está mal escrito, pero no es lo que querés leer cuando comprás un comic de Garth Ennis. En Battlefields y War Story contó un montón de historias casi clásicas, buenas historias bélicas sin mayores pretensiones y sin sobresaltos por el lado de las atrocidades que son su marca registrada, pero además de talento les puso corazón. Yo le creo que ama a Dan Dare y que no escribió este comic para chorear. Pero la verdad es que en el resultado se nota poco.
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