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martes, 12 de marzo de 2013

12/ 03: VITAMINA POTENCIA

Allá por el año ´97, las voleteretas de la vida hicieron que me pasara varias tardes en el microestadio de Ferro, más precisamente en el backstage (en los camarines, o vestuarios, no sé muy bien qué eran) de un show de Titanes en el Ring. Habían pasado 20 años de la etapa más gloriosa de los Titanes y hacía... casi 10 años que no estaban en la tele. Pero en el ´97 se vino un revival producido por Jorge Rial, con la dirección de Paulina Karadagián, la hija del mítico líder de los Titanes. En esas tardes, en ese backstage, y por primera vez en mi vida, les vi las caras a los luchadores que peleaban enmascarados, me enteré cuáles eran sus verdaderos nombres, a qué se dedicaban cuando no entrenaban o brindaban su show, quiénes eran amigos de quiénes en la vida real, quiénes se habían alejado de la troupe por kilombos de guita, minas o vanidades, quiénes habían muerto o abandonado el catch... en una palabra, dejé de verlos como íconos y los empecé a ver como seres humanos.
Y juro solemnemente que Federico Reggiani NO estaba ahí, y que jamás comenté con él (a quien en el ´97 conocía sólo por carta, creo) esta experiencia. ¿Cómo hizo el guionista platense para entender a la perfección qué pasaba con los luchadores cuando se bajaban del ring, cuando se hacía más espaciado el aplauso, cuando las luces de la fama los dejaban de encandilar? No tengo idea. Vitamina Potencia trata exactamente de eso. Astutamente, Reggiani cambia el sedentarismo de un backstage por la emoción (tranqui, lo-fi, pero emoción al fin) de la ruta, para hablar de lo mismo: de la vida de los luchadores de catch en los tiempos en los que a nadie parece interesarle los épicos combates entre los colosos del cuadrilátero. Las aventuras de Milton Kovadonga y el Lagartija Gómez, ambientadas en un 1994 en el que el furor de Vitamina Potencia es apenas un tenue recuerdo, son tan humanas, tan divertidas y tan impredecibles como las mejores anécdotas que narraban los veteranos Titanes en aquel vestuario de Ferro.
Reggiani acierta también al acotar el elenco: esta misma historia, con seis o siete protagonistas en vez de dos, se empantanaba rápido. Al trabajar sobre dos protagonistas, puede darle a cada uno de ellos una carnadura mucho más power, más creíble, y además darle más aire a las peripecias, acumular más secuencias en las que “no pasa nada”, a las que el titán de Tolosa les saca un jugo inmenso. Por momentos, el tema del catch pasa a un segundo plano y Reggiani se dedica a contar breves historias de la vida cotidiana en los pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires, en las que Kovadonga y Gómez apenas cumplen roles secundarios. Son historias chiquitas, pero que, a fuerza de excelentes diálogos y situaciones originales, no pierden en lo más mínimo el interés. Y por si faltara algo, mecha secuencias del pasado, flashbacks a la época en la que Vitamina Potencia era un éxito arrollador, con millones de fans en toda Latinoamérica. Con humor, sensibilidad y un afiladísimo sentido de la observación, Reggiani logra que, a lo largo de casi 100 páginas, estos dos cincuentones baqueteados vuelvan a brillar como auténticos campeones en historias que te hacen la Doble Nelson y no te sueltan hasta que no llega el final.
Como en tantos otros combates, a Reggiani lo acompañan los dibujos de Angel Mosquito, uno de los pocos tipos que eran tan buenos cuando empezaron en el under, que cuanto menos evolucionan más me gustan. La estética de Mosquito es inmediatamente reconocible e increíblemente idónea para retratar la berretada, el medio pelo, el “lo atamo´con alambre”. A su impecable manejo del blanco y negro, suma (a partir del segundo tercio de la obra) un trabajo notable con las tramas mecánicas, que le suman profundidad al dibujo y le permiten aflojar un poquito con las rayitas finitas del plumín, que en el primer episodio casi se morfan a las figuras. Mosquito le da muchísima bola a los fondos, no deja afuera ningún detalle de esos que contribuyen a situarnos ya sea en los ´70 o en los ´90, y acá dibuja con mucha solvencia algo que no abunda en sus otros trabajos: los cuerpos en movimiento, los combates físicos. Y como siempre, se luce en las expresiones faciales que son, definitivamente, su punto más fuerte.
La lectura de Vitamina Potencia en libro es una experiencia alucinante, lo disfruté mucho más que cuando la seguía capítulo a capítulo en la Fierro. Se nota más la riqueza de los protagonistas, el desarrollo de los secundarios, la variedad de recursos que despliegan Reggiani y Mosquito para sorprendernos... La verdad, un librazo. Y lo más lindo está al final, en la última viñeta de la última historieta, donde dice “Fin del Libro 1”, lo cual deja la puerta abierta para que Kovadonga, el Lagartija, Lucía y el resto regresen con nuevas aventuras, para beneplácito de la hinchada. Si nunca vuelve Vitamina Potencia, o si este libro no vende fortunas, estaremos ante una injusticia más terrible que cuando William Boo hacía tonga para que ganaran los malos.