el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 26 de mayo de 2011

26/ 05: DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE


Lo primero que llama la atención cuando uno agarra este libro es la calidad de la edición. Posta, no recuerdo muchas ediciones nacionales con este tamaño, este papel, esta impresión y esta encuadernación. Con sólo tenerlo en las manos, uno se convence de que está ante un lujo, ante algo excepcional.
Y después llega el momento de abrirlo y de dejarse invadir por una enorme cantidad de dibujantes impresionantes, nada menos que 18, que además no son los obvios. No son los de La Murciélaga, hay uno sólo (Diego Greco) de la Comic.Ar, y uno sólo (Dante Ginevra) de los de la Fierro. El resto son un testimonio poderosísimo de la gran riqueza no explorada de la historieta argentina, porque son historietistas argentinos prácticamente desconocidos o inéditos en el país. Hay un par de españoles también, pero se entiende, no? Alguien (supongo que Luciano Saracino, el guionista que adaptó los 18 cuentos de Horacio Quiroga que incluye el tomo) buceó en las profundidades de un verdadero océano de talento y encontró estas perlas, estos diamantes semi-ocultos. Los textos que incluye el libro nos permiten deducir que muchos de ellos se dedican a otras ramas del dibujo, como la ilustración y la animación. Eso habla de otro mérito de Saracino: evidentemente logró convertirlos (al menos por un rato) en eficaces narradores de la imagen, cosa para la que no cualquier dibujante está capacitado.
Lo cierto es que los que seguimos sus trabajos para otros mercados nos dimos el gusto de ver historietas de Max Fiumara o Julián Totino Tedesco publicadas en el país. Los que nos copamos con sus ilustraciones pudimos ver historietas de Fernando Rossia o Poly Bernatene. Los fans del comic español pudimos conocer a Manu Ortega y a Infame & Co. (este volverá pronto por este blog) y los que nos cebamos descubriendo dibujantes nuevos, flasheamos con monstruos hasta ahora ignotos como Franco Spagnolo, Juan Manuel Tumburús, Diego De Rose o Fernando Sawa. Lo único criticable es que muchas de las historietas son demasiado breves: las hay de dos, tres y cuatro páginas. Entonces, para cuando te metés en el clima de la historia, para cuando te acostumbrás a la propuesta estética del dibujante, viene la última viñeta, fin, y a empezar otra vez de cero. Y a quedarse con las ganas de seguir disfrutando de estos maravillosos dibujantes.
Esto no es culpa de los dibujantes, claro, ni tampoco del guionista. Los cuentos son así, cortos. Y pegan más si se los comprime que si se los estira. Después, podemos entrar en el terreno del sacrilegio y debatir qué tan buenos son los cuentos de Horacio Quiroga. Saracino nos lo presenta como el cuentista perfecto, y yo me encuentro con un montón de cosas que no me cierran. Sí, es cierto, hay un puñado de relatos perfectos, redondos, sorprendentes, inapelables: La Gallina Degollada, El Solitario, La Meningitis y su Sombra y Una Estación de Amor, son más que ejemplares. Pero otros cuentos… no sé, les falta algo. Me siento un animal al escribir esto, porque no soy especialista en literatura: la última vez que leí a Quiroga fue hace casi 30 años y no me acuerdo casi nada. Pero la verdad es que hay cuentos que hacen ruido, que no terminan de hilvanar un conflicto ni mucho menos de resolverlo, o a veces sí, pero son demasiado predecibles (onda “el tipo está muy enfermo y al final… se muere”). Lo que no se puede discutir es que están muy buenos los climas y las ambientaciones, y eso contribuye al lucimiento de los dibujantes convocados por Saracino para las adaptaciones.
De todos modos, este es un laburo colosal. Va a acercar a muchos lectores jóvenes al universo de Horacio Quiroga y va a lograr que unos cuantos seguidores del escritor uruguayo lean una muy sólida colección de historietas, lo cual ya es más que loable. Pero también logró que los fans de la historieta descubramos a un montón de dibujantes que hasta entonces estaban por debajo del radar, que disfrutemos a lo bestia del trabajo de varios consagrados (y acá subrayo la labor de Dante Ginevra, que una vez más deja en claro por qué tantos lo ponemos tan arriba) y que comprobemos que la adaptación literaria es un recurso más que Luciano Saracino maneja con solvencia, inteligencia e intuición. Ojalá todos los meses se editaran en Argentina libros de esta envergadura, con este nivel de ambición y este nivel de talento.