No me siento muy bien y tengo muchas más ganas de irme a dormir que de escribir.
Pero quiero dejar sentado que este libro es una maravilla y que cumplió totalmente con todas las expectativas que había despertado la primera mitad de la obra (reseñada hace casi un año, el 10/03/14).
El argumento es interesantísimo, el tono del relato está muy logrado, el guión está muy bien desarrollado, hay escenas de lucimiento y voleteretas interesantes para los cuatro personajes que protagonizaron el Vol.1 y para dos más que cobraron fuerza en esta segunda parte, y como si esto fuera poco, Enrique Fernández no para de bajar la línea correcta: Los Cuentos de la Era de Cobra habla de sueños, de libertad, de aguante, de pichis que logran pintarle la cara a un grosso que se creía mil, a fuerza de ingenio, de talento, de creatividad, de coraje y de pasión. La tiranía contra la libertad, la destrucción contra el arte, la sumisión contra el amor verdadero, la rosca espuria contra las convicciones genuinas. De eso se trata esta excelente obra, que se disfraza de fábula, de relato fantástico, pero en la que Fernández seguramente habla de cosas muy reales y muy cercanas.
Las loas al dibujo de este genio del comic están ampliamente desarrolladas en las reseñas que anteriormente dediqué a sus otros trabajos, así que se puede hacer clic en la etiqueta con su nombre y repasarlas. Alguno dirá que “genio del comic” es mucho. Yo te juro que miro estas páginas y por momentos me parece poco.
Este trabajo, de 2012, es el último que realizó Fernández para el mercado francés. Luego de esto proclamó su independencia y se puso a trabajar en proyectos personales, financiados por sus propios fans a través de Kickstarter, y editados en asociación con algunos sellos más chicos de distintos países europeos, a los que logró sacarles tratos mucho más equitativos que los que le ofrecían las mega-editoriales francesas. Cuando tus huevos son tan grandes como tu talento, el aplauso se redobla y –por lo menos de este blog- te llevás una ovación estremecedora. Publique donde publique, somos muchos los que nos vamos a querer comprar cualquier historieta que lleve la firma del inmenso Enrique Fernández.
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Fernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Fernández. Mostrar todas las entradas
jueves, 5 de marzo de 2015
lunes, 10 de marzo de 2014
10/ 03: LOS CUENTOS DE LA ERA DE COBRA Vol.1
Prometí volver pronto a encontrarme con el genio español Enrique Fernández y acá estoy. Esta vez, con la primera mitad de una obra muy interesante publicada en dos tomos, en la que el artista, después de dos libros apuntados al público infanto-juvenil (o por lo menos MUY aptos para todo público) vuelve a incursionar en una historieta más pensada para lectores adultos.
Ambientada en un Medio Oriente fantástico, cercano al de Las Mil y Una Noches, Los Cuentos de la Era de Cobra entrelazan a cuatro personajes muy bien trabajados por Fernández. Con matices, con dobleses, sin obviedades, el autor logra darle carnadura a Irvi, Sian, Maluuk y Cobra y enroscarlos en una trama muy ganchera, a la que no le falta nada. Los protagonistas confrontarán con sus destinos y en esa confrontación mostrarán sus pasiones y pulsiones. La codicia, la ambición, la lujuria, en el fondo las ganas de ser querido, impulsarán a Cobra, el villano, a perpetrar toda clase de atrocidades. Irvi, el habilidoso ladrón, peleará para no convertirse en un arma tremenda al servicio de Cobra. Sian, la minita que está más buena que comerse una suprema a la suiza con papas noisette y Levité de pomelo, tratará de zafar del designio de sus padres que quieren convertirla en cortesana (puta de lujo, en criollo) al servicio de un poderoso príncipe. Y el enano Maluuk, que al principio se conformaba con que le aplaudieran sus piruetas, sus chistes y sus canciones, subirá la apuesta para convertirse en el héroe que libere a su pueblo del yugo del despótico Cobra. Todo esto condimentado con majestuosos palacios, tórridos desiertos y ciudades amuralladas, que serán escenario de intrigas, traiciones, garches, torturas, batallas, masacres y transformaciones fantásticas.
No tengo idea de cómo puede terminar la historia, pero por ahora le sobra emoción, giros inesperados y ese atractivo hipnótico que hace que no puedas soltar el libro antes de llegar a la última viñeta.
Y tampoco quiero ahondar más en el argumento para no spoilear. Prefiero babearme un toque hablando maravillas del dibujo (¿qué digo “dibujo”? ¡Recontra-dibujazo!) de Enrique Fernández. La verdad es que en este rubro la labor del español es demasiado perfecta para ser real. Toda la faz gráfica es alucinante, y si tengo que destacar algo, elijo el diseño de los personajes, su enorme expresividad, la plasticidad de sus movimientos, el margen que estos le dan a Fernández para zarparse a la hora de exagerar, de potenciar la “actuación” de estas criaturas a niveles espectaculares. Por supuesto hay unos fondos del mega-carajo, animales, trajes, armas, todo perfectamente dibujado. Y como ya es costumbre en las obras del ídolo, un tratamiento del color de enorme belleza, sutil, originalísimo y lleno de vuelo. La narrativa es sencilla, cristalina, con muy pocas páginas de 11 ó más viñetas, con hermosas secuencias mudas, un gran criterio para elegir dónde mechar los flashbacks o los saltos temporales hacia adelante, y una secuencia de tres páginas cerca del final, protagonizada por Maluuk, en la que Fernández quema las naves, tira a la mierda los puentes y cruza rubicones en una demostración de jerarquía merecedora de una ovación infinita.
Ya sé que los brolis de Norma están carísimos. Pero sinceramente, vale la pena el esfuerzo que tengas que hacer para llevarte a tu casa Los Cuentos de la Era de Cobra. Si comprás historietas por los dibujos, ya sabés que Enrique Fernández es un monstruo, uno de los artistas realmente insuperables que tiene hoy este medio. Y si te copás con las buenas historias, creeme que acá se está armando una de infrecuente grossitud.
Ambientada en un Medio Oriente fantástico, cercano al de Las Mil y Una Noches, Los Cuentos de la Era de Cobra entrelazan a cuatro personajes muy bien trabajados por Fernández. Con matices, con dobleses, sin obviedades, el autor logra darle carnadura a Irvi, Sian, Maluuk y Cobra y enroscarlos en una trama muy ganchera, a la que no le falta nada. Los protagonistas confrontarán con sus destinos y en esa confrontación mostrarán sus pasiones y pulsiones. La codicia, la ambición, la lujuria, en el fondo las ganas de ser querido, impulsarán a Cobra, el villano, a perpetrar toda clase de atrocidades. Irvi, el habilidoso ladrón, peleará para no convertirse en un arma tremenda al servicio de Cobra. Sian, la minita que está más buena que comerse una suprema a la suiza con papas noisette y Levité de pomelo, tratará de zafar del designio de sus padres que quieren convertirla en cortesana (puta de lujo, en criollo) al servicio de un poderoso príncipe. Y el enano Maluuk, que al principio se conformaba con que le aplaudieran sus piruetas, sus chistes y sus canciones, subirá la apuesta para convertirse en el héroe que libere a su pueblo del yugo del despótico Cobra. Todo esto condimentado con majestuosos palacios, tórridos desiertos y ciudades amuralladas, que serán escenario de intrigas, traiciones, garches, torturas, batallas, masacres y transformaciones fantásticas.
No tengo idea de cómo puede terminar la historia, pero por ahora le sobra emoción, giros inesperados y ese atractivo hipnótico que hace que no puedas soltar el libro antes de llegar a la última viñeta.
Y tampoco quiero ahondar más en el argumento para no spoilear. Prefiero babearme un toque hablando maravillas del dibujo (¿qué digo “dibujo”? ¡Recontra-dibujazo!) de Enrique Fernández. La verdad es que en este rubro la labor del español es demasiado perfecta para ser real. Toda la faz gráfica es alucinante, y si tengo que destacar algo, elijo el diseño de los personajes, su enorme expresividad, la plasticidad de sus movimientos, el margen que estos le dan a Fernández para zarparse a la hora de exagerar, de potenciar la “actuación” de estas criaturas a niveles espectaculares. Por supuesto hay unos fondos del mega-carajo, animales, trajes, armas, todo perfectamente dibujado. Y como ya es costumbre en las obras del ídolo, un tratamiento del color de enorme belleza, sutil, originalísimo y lleno de vuelo. La narrativa es sencilla, cristalina, con muy pocas páginas de 11 ó más viñetas, con hermosas secuencias mudas, un gran criterio para elegir dónde mechar los flashbacks o los saltos temporales hacia adelante, y una secuencia de tres páginas cerca del final, protagonizada por Maluuk, en la que Fernández quema las naves, tira a la mierda los puentes y cruza rubicones en una demostración de jerarquía merecedora de una ovación infinita.
Ya sé que los brolis de Norma están carísimos. Pero sinceramente, vale la pena el esfuerzo que tengas que hacer para llevarte a tu casa Los Cuentos de la Era de Cobra. Si comprás historietas por los dibujos, ya sabés que Enrique Fernández es un monstruo, uno de los artistas realmente insuperables que tiene hoy este medio. Y si te copás con las buenas historias, creeme que acá se está armando una de infrecuente grossitud.
Etiquetas:
Enrique Fernández,
Los Cuentos de la Era de Cobra
lunes, 13 de enero de 2014
13/ 01: AURORE
Como habrás visto, últimamente vengo leyendo bastante historieta infanto-juvenil, tanto argentina como extranjera. No se debe exactamente a una regresión mental o emocional a mis ya lejanos años de pre-pubertad, sino a la mera coincidencia, a caprichos del destino que hicieron que justo para esta época se me acumulara mucho material de esa onda y –por poner un ejemplo- ningún manga de esos en los que tipos y minas garchan como conejos ebrios en un viaje de egresados y se destripan unos a otros. Ya vendrán.
Hoy tenemos otro comic para todo público, de esos que padres e hijos pueden leer juntos, con una novedad, que es un upgrade grosero en la calidad. Muchos de los comics recientemente reseñados, que aprobaban con bastante “buena nota”, al lado de Aurore son bazofia en estado de descomposición, inservible hasta para rellenar el cinturón ecológico. Sin entrar a la categoría de “Historieta Perfecta”, este nuevo trabajo del prócer español Enrique Fernández retoma la senda iniciada en su gloriosa La Isla sin Sonrisa (reseñada allá por el 02/09/10). De nuevo estamos ante una historieta pensada para hacerte sentir bien, en la que el autor nos invita a vivir una aventura con visos fantásticos y sobrenaturales, pero sin olvidarse nunca que en realidad el conflicto grosso no pasa por la lucha (o la rosca, que hay bastante) entre buenos y malos, sino por los sentimientos y la forma en que estos se expresan.
Como en La Isla..., Fernández arma un atractivo contrapunto entre una nena y un personaje más viejo y más curtido. Esta vez la nena no es tan buena y tan ingenua. Es la hija, orgullosa y bastante mal llevada, de unos guerreros de una tribu de aborígenes de América del Norte (canadienses, diría si me apuran). Y su compañero en las extrañas peripecias pergeñadas por el autor es una especie de lobo sobrenatural, una semi-deidad que existe en un plano al que los seres humanos no tienen acceso, por lo menos mientras están vivos. Con la estructura de una fábula y con libertad absoluta para irse a la mierda en cuanto a la conservación o no del verosímil, Fernández deja avanzar a Aurore y Vokko por la trama, que se enriquece con los encuentros con distintas criaturas y se tensa cada vez que el autor nos recuerda los graves peligros que se ciernen sobre la tribu de la protagonista.
Al guión le sobran escenas de enorme encanto, momentos ásperos, diálogos logradísimos... y aún así no lo puedo poner al nivel del de La Isla sin Sonrisa, principalmente porque aquella vez Fernández me sorprendió por completo y esta vez fue “Bueno, a ver qué hace este animalito para tratar de superar su hitazo anterior”.
Pero hete aquí que en la faz visual Fernández patea el tablero y se caga no sólo en lo que hizo en La Isla..., sino en todos sus trabajos anteriores. Después de maravillarnos con su increíble manejo del color digital, el hijo del inolvidable Fernando Fernández desconecta la maquinola y colorea las 48 páginas de Aurore con acuarelas, más algún efecto especial logrado con crayones o lápices de colores. Seguramente habrá algún retoque digital, pero lo que se nota (y se disfruta) todo el tiempo es el trabajo con el pincel, sutil, exquisito, de ilimitadas posibilidades expresivas. El dibujo transmite plasticidad, emoción y belleza en cada cuadro, incluso en las páginas en las que Fernández dibuja 12 viñetas microscópicas. Un nuevo despliegue de virtuosismo de este genio del dibujo, ahora en otra técnica muy distinta a la que usara en las obras con las que se consagró.
Y ya está. No quiero contar nada más, simplemente recomendar enfáticamente esta historieta a todos los amantes de la fantasía de alto vuelo, y contar los días que me faltan para leer otra obra de Enrique Fernández que está ahí, esperando su turno en el pilón.
Hoy tenemos otro comic para todo público, de esos que padres e hijos pueden leer juntos, con una novedad, que es un upgrade grosero en la calidad. Muchos de los comics recientemente reseñados, que aprobaban con bastante “buena nota”, al lado de Aurore son bazofia en estado de descomposición, inservible hasta para rellenar el cinturón ecológico. Sin entrar a la categoría de “Historieta Perfecta”, este nuevo trabajo del prócer español Enrique Fernández retoma la senda iniciada en su gloriosa La Isla sin Sonrisa (reseñada allá por el 02/09/10). De nuevo estamos ante una historieta pensada para hacerte sentir bien, en la que el autor nos invita a vivir una aventura con visos fantásticos y sobrenaturales, pero sin olvidarse nunca que en realidad el conflicto grosso no pasa por la lucha (o la rosca, que hay bastante) entre buenos y malos, sino por los sentimientos y la forma en que estos se expresan.
Como en La Isla..., Fernández arma un atractivo contrapunto entre una nena y un personaje más viejo y más curtido. Esta vez la nena no es tan buena y tan ingenua. Es la hija, orgullosa y bastante mal llevada, de unos guerreros de una tribu de aborígenes de América del Norte (canadienses, diría si me apuran). Y su compañero en las extrañas peripecias pergeñadas por el autor es una especie de lobo sobrenatural, una semi-deidad que existe en un plano al que los seres humanos no tienen acceso, por lo menos mientras están vivos. Con la estructura de una fábula y con libertad absoluta para irse a la mierda en cuanto a la conservación o no del verosímil, Fernández deja avanzar a Aurore y Vokko por la trama, que se enriquece con los encuentros con distintas criaturas y se tensa cada vez que el autor nos recuerda los graves peligros que se ciernen sobre la tribu de la protagonista.
Al guión le sobran escenas de enorme encanto, momentos ásperos, diálogos logradísimos... y aún así no lo puedo poner al nivel del de La Isla sin Sonrisa, principalmente porque aquella vez Fernández me sorprendió por completo y esta vez fue “Bueno, a ver qué hace este animalito para tratar de superar su hitazo anterior”.
Pero hete aquí que en la faz visual Fernández patea el tablero y se caga no sólo en lo que hizo en La Isla..., sino en todos sus trabajos anteriores. Después de maravillarnos con su increíble manejo del color digital, el hijo del inolvidable Fernando Fernández desconecta la maquinola y colorea las 48 páginas de Aurore con acuarelas, más algún efecto especial logrado con crayones o lápices de colores. Seguramente habrá algún retoque digital, pero lo que se nota (y se disfruta) todo el tiempo es el trabajo con el pincel, sutil, exquisito, de ilimitadas posibilidades expresivas. El dibujo transmite plasticidad, emoción y belleza en cada cuadro, incluso en las páginas en las que Fernández dibuja 12 viñetas microscópicas. Un nuevo despliegue de virtuosismo de este genio del dibujo, ahora en otra técnica muy distinta a la que usara en las obras con las que se consagró.
Y ya está. No quiero contar nada más, simplemente recomendar enfáticamente esta historieta a todos los amantes de la fantasía de alto vuelo, y contar los días que me faltan para leer otra obra de Enrique Fernández que está ahí, esperando su turno en el pilón.
jueves, 2 de septiembre de 2010
02/ 09: LA ISLA SIN SONRISA

Hace poco leía una entrevista a Enrique Fernández donde el autor decía que quería que este álbum se llamara Yulkukany, como la isla donde transcurre la historia, y los editores le dijeron “Nah, flaco, Yulkukany está bueno como nombre para una isla exótica pero como título de una novela gráfica, va para atrás”. Coincido con los editores (de vez en cuando sucede), nadie en su puta vida va a memorizar ese nombre tan retorcido.
El nombre de Enrique Fernández tampoco es fácil de retener, sobre todo para los lectores de habla hispana, que conocemos a 200.000 Enriques y 200.000 Fernández, pero claro, una vez que lo viste dibujar a este animalito español, te hacés tan fan que te querés memorizar hasta su DNI. Yo tuve la suerte de descubrirlo hace un par de años con su adaptación de El Mago de Oz, realizada junto al guionista francés David Chauvel (si leés en inglés comprate la edición de Image, que es perfecta), y me enganché mal con ese estilo alucinante, mezcla de Juan Bobillo y Carlos Meglia. Nunca lo subí al podio de los dos o tres más grossos, porque la novela gráfica que escribió él mismo (Libertadores), si bien es un deleite visual inolvidable, tiene algunas fallas en el guión. Pero ahora, con La Isla sin Sonrisa, Enrique Fernández me demostró que ya pasó de Genio del Dibujo a Genio del Comic, así, con mayúsculas.
La Isla sin Sonrisa es historieta perfecta. Es una fábula fascinante, universal, atemporal, que combina elementos fantásticos con los personajes más humanos y reales que te puedas imaginar. Es una aventura, con misterio, dramatismo, acción y hasta bastante violencia. Pero –mirá qué notable- es una aventura donde todo gira en torno a los sentimientos: la alegría, la esperanza, el amor, el rencor, la nostalgia, la confianza (en los demás y en uno mismo), el respeto al distinto… Ojo, no es una película del nefasto subgénero “un canto a la vida”, en la que aparece Norma Aleandro y te enseña a vivir. Pero la aventura en sí, el conflicto mismo que le da sentido a la trama, está vertebrado en torno a los sentimientos, a qué pasa cuando los negamos, los rechazamos, los ocultamos.
Como en I Kill Giants, una de las protagonistas es una nena que vive en una nube de pedos y no para de fabular. Pero hasta ahí llegan las coincidencias. En el resto de la trama, si bien también son muy importantes los factores psicológicos, la propuesta de Fernández tiene poco que ver con la de Joe Kelly. Acá, además, la nena fantasiosa es apenas una de las mitades de un contrapunto rico y fascinante, que se complementa con Milander Dean, el geólogo duro, frío, áspero en el trato con sus semejantes. De esta dicotomía Elianor-Dean salen las mejores escenas del libro. Mamá Kindi y la tía de Elianor (los únicos personajes secundarios de peso) también están muy bien desarrollados y tiran algunas frases magníficas, definitivas.
Pero no quiero contar ni media palabra sobre el guión, ni siquiera dejar traslucir quiénes son los malos, quiénes los buenos, quiénes tienen razón en lo que hace, dicen y ven y quiénes no. Prefiero colgarme hablando maravillas de la faceta gráfica, en la que Enrique Fernández da una cátedra tan alucinante que te devasta las retinas. Como tantos capos del comic actual, Fernández viene del campo de la animación. Eso explica su impecable manejo de expresiones faciales y lenguaje corporal, y esos fondos monumentales, riquísimos en detalles y siempre iluminados con inmejorable criterio. Pero también brilla en la narrativa, especialmente en las secuencias mudas, y maneja perfectamente una amplísima variedad de ángulos para cada toma. La línea acá se despega un poquito de Bobillo y Meglia, y va un poco más para el lado de autores del indie americano como Gene Luen Yang o Craig Thompson. Pero lo que lo sigue distinguiendo de cualquier otro historietista del planeta es su trabajo con el color. Las cosas que hace Fernández a la hora de colorear esta historieta no se pueden explicar, están completamente más allá de la comprensión humana y del alcance de cualquier lenguaje conocido. Climas, texturas, efectos, todo lo que le pidas, y más, Fernández te lo pone en su historieta y encima te lo pone en función de la historia, no por encima ni en reemplazo de la misma. Posta, sentate a leer esto con varios juegos de ropa interior de recambio…
La Isla sin Sonrisa es una joya del comic del Siglo XXI. Una historieta pensada para hacerte sentir bien, en el sentido más amplio de la palabra, y además una aventura emotiva y alucinante, que le habría gustado imaginar a Hayao Miyazaki. Yulkukany es un nombre impronunciable e imposible de retener, pero la visita a la isla -de la mano de Enrique Fernández- es una experiencia que no te vas a olvidar nunca más.
Etiquetas:
Enrique Fernández,
La Isla sin Sonrisa
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


