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sábado, 8 de junio de 2024
LOS ESCORPIONES DEL DESIERTO Vol.3
Perdón por postear de manera tan espaciada, y con una única reseña por entrada, pero me topé con una obra de una densidad imprevista, que me tuvo varios días remando en el océano de dulce de leche.
El Vol.3 de la edición argentina de Los Escorpiones del Desierto incluye las 145 páginas de "Brisa de Mar", la última historia protagonizada por el Capitán Koinsky que llegó a realizar Hugo Pratt, y que se dio a conocer en 1992. Y esas 145 páginas parecen 500. El argumento en sí es sencillo: Koinsky está en un punto X y debe llegar a un punto Y. El tema es la forma que elige Pratt para narrar ese periplo. A partir de la tercera página, el autor empieza a sumar personajes al elenco de la novela, para poder llevarla al terreno de los diálogos infinitos. A lo largo de las 145 páginas nos encontramos con muchísimos personajes y todos hablan, hablan, hablan... Los diálogos a veces son protocolares (porque son militares de distintos rangos y pertenecen a distintas fuerzas de las que ocupan el África Oriental en 1941, plena Segunda Guerra Mundial), a veces son picantes e ingeniosos y a veces son completamente intrascendentes. Pero los diálogos que más abundan son los especulativos. Pratt -por haber vivido en esa zona en aquellos años- sabe de memoria qué regiones están ocupadas por los alemanes, cuáles por los franceses, cuáles por los ingleses, cuáles por los italianos, dónde hay tribus nativas más cercanas al cristianismo o al islam, y dónde hay árabes, griegos o armenios dedicados a comerciar con las distintas facciones. Y todo el tiempo nos refriega esos conocimientos por la cara, incluso cuando es información que no hace falta para entender lo que sucede. Los personajes, en cambio, manejan esa información de manera incompleta, fragmentada. Así es como buena parte de los diálogos los dedican a contarle a los demás qué les conviene hacer si tal bando desplaza a tal otro de tal posición, si tal facción termina derrotada, o aliada con tal otra, o si tal grupo de soldados decide desertar y ponerle fin a su participación en la guerra. Son tiempos convulsionados, de lealtades volátiles y Pratt vuelca esa confusión en sus personajes, pero no precisamente para sumarle dramatismo o tensión a su relato, sino para llenar páginas y páginas de gente hablando. El personaje de Madame Brezza, por ejemplo, tiene un rol pequeñísimo en la trama, pero Pratt se obsesiona con ella, y la hace aparecer en decenas de secuencias en las que lo único que hace es hablar (de hecho, dice conocer a prácticamente todos los militares con los que se cruzó Koinsky en los tomos anteriores).
Además de la sobreabundancia de personajes y de diálogos, el guion adolece sobre todo de falta de ritmo (por momentos se hace soporífero) y ofrece su mejor momento, su escena de mayor impacto, en la página 87, cuando falta muchísimo para el final. Nada de lo que pase después va a generar la misma tensión ni la misma emoción que el ataque de las guerreras dancalí al destacamento y el barco de los alemanes... y ni siquiera es que Pratt le suba demasiado el voltaje a la acción o la violencia en esa secuencia. De hecho, algo que después va a ser relevante para la trama (el capo de los alemanes resulta gravemente herido pero no muere) sucede fuera de cámara, y Pratt nos lo narra después, por supuesto a través de diálogos.
Dentro de este gigantesco faux pas, de este interminable laberinto del terror, destaco como positivo que hay dos personajes femeninos fuertes, algo infrecuente en los comics de temática bélica. Madame Brezza es prácticamente un adorno, pero el rol de Ghula es realmente crucial. El resto es una avalancha de datos irrelevantes, larguísimas conversaciones que no van a ningún lado y poca acción, como si el Tano te quisiera subrayar todo el tiempo que él hace lo que se le canta, y que no está creando esta historieta para seducirte o conmoverte a vos, sino porque sí, per codere.
La faz gráfica nos presenta al Pratt de los ´90, el que ya encontró una síntesis increíble y desarrolló un dibujo casi caligráfico, resuelto a los santos pedos. Los personajes son tres líneas y dos manchas, los paisajes son dos líneas y tres manchas y todo está contado con los mismos tres o cuatro planos. En ese contexto desentonan brutalmente los vehículos (los autos, el blindado, los barcos) que los asistentes del Tano injertan en las viñetas y que tienen un nivel de detalle y de elaboración muy distinto al del resto del comic. Lo que más se ve en Brisa de Mar, lo que hegemoniza todas estas páginas, son cabezas que hablan, a veces dibujadas muy chiquitas, de manera muy esquemática, porque tienen que compartir viñetas con enormes globos de diálogo, encima escritos con una tipografía bastante chota. El resultado es visualmente muy aburrido, incluso si (como a mí) te gusta el Pratt minimalista que dibuja poco y rápido.
Llegué hasta el final con mucha fe, convencido de que Pratt iba a pegarle un volantazo grosso a la trama, que iba a poner sobre la mesa su chapa de Narrador Quintaesencial y sorprenderme con un giro magistral e imprevisto... Nunca llegó. La novela se desinfla poco a poco y ya para el final no le queda ningún atractivo. Una pena, pero esto no se lo puedo recomendar a nadie que no sea talibán de Koinsky y sus andanzas bélicas. Antes de que el Fondo de Cultura Económica empezara a publicar estos álbumes en Argentina, yo tenía incompleta la colección de álbumes de Los Escorpiones del Desierto. Y ahora también, primero porque no va a salir el tomo realizado por Pierre Wazem, y segundo porque no me da para guardar Brisa de Mar en mi biblioteca. Todavía no llegué a esos niveles absurdos de completismo...
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y espero volver a postear pronto acá en el blog.
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Los Escorpiones del Desierto
sábado, 5 de agosto de 2023
ERA UN SÁBADO A LA NOCHE
Acá estamos otra vez con algunas reseñas de material que leí estos últimos días.
Allá por el 01/06/17 le dediqué un parrafito a Un Fortín en Dancalia, un episodio de Los Escorpiones del Desierto que acababa de leer. Ahora esa misma historieta aparece con el título "Palas dancalí" en el Vol.2 de Los Escorpiones del Desierto publicado por el Fondo de Cultura Económica. Y con cambios muy conspicuos: primero, esta edición en vez de armar la mayoría de las páginas con 12 viñetas, las arma con seis. O sea que la misma historieta ocupa el doble de páginas y cada viñeta se ve mucho más grande. Eso está buenísimo, porque se ve mucho mejor el trabajo de Hugo Pratt, y hasta se nota más la diferencia de trazo en los personajes (dibujados por el Tano) y en los tanques, aviones y jeeps (dibujados por sus asistentes). El otro cambio muy notorio es que acá la traducción está hecha en México, no en España, y lamentablemente en la edición argentina no se les ocurrió reemplazar los modismos mexicanos que aparecen en los diálogos, ni con castellano neutro, ni con modismos de nuestro país. Leer al Teniente Koinsky y el resto de los personajes hablando como si fueran mexicanos es una experiencia bastante frustrante. También, al agrandar mucho las viñetas, cobra mucho peso visual la tipografía que se usó para los diálogos, que no es para nada de mi agrado.
Fuera de eso, "Palas dancalí" es una historieta excelente, fruto de un Pratt inspiradísimo. Me detonó el cerebro la aparición de Tenton, el militar que ya había aparecido en Ana de la Jungla (ver reseña del 22/02/23) y en un episodio de Corto Maltés. Creo que no hay otros personajes que atraviesen tres obras distintas de Pratt y esto le da a Tenton una enorme chapa dentro del universo del glorioso autor veneciano.
El tomo incluye también una segunda aventura más breve (40 páginas) titulada "El salón del martini seco", que es básicamente un epílogo largo a "Palas dancalí", en el que Pratt nos cuenta cómo sigue la historia de Koinsky y De la Motte, dos de los pocos personajes que llegan vivos al final del primer tramo. Esto tiene un único atractivo que es la entrada en escena de un personaje secundario muy copado, el Mayor Fanfulla (nada que ver con la obra de Pratt que reseñamos el 07/06/15). No mucho más, realmente. Es un argumento breve muy estirado, con muchas secuencias que no hacen avanzar la trama en lo más mínimo, a veces con algo de acción, a veces con larguísimos diálogos que no tienen mayor relevancia para la narración, pero que Pratt utiliza para delinear un como mejor a los personajes. Lo grosso de todo esto es que se editó en Argentina y en libro "Palas dancalí", uno de los momentos realmente potentes de Los Escorpiones del Desierto. El resto, todo sanata. Tengo también el Vol.3 (con las últimas aventuras de Los Escorpiones que llegó a escribir y dibujar Pratt) y prometo leerlo lo antes posible.
Me voy a la hermana República Oriental del Uruguay, donde el año pasado los autores agrupados en la AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) iniciaron su segundo arco de cuatro antologías: el primero fue el de las estaciones del año (creo que vimos los cuatro libros, acá en el blog) y ahora vamos con los elementos de la naturaleza, una tetralogía que se inicia con Fuego. Una vez más, convocaron a alguien "de afuera" para que eligiera los trabajos que se incluyen en el álbum, y esta vez la tarea recayó en la autora argentina Paula Andrade. Veamos qué historietas de autores charrúas decidió Paula que tenían que estar en Fuego.
La primera historieta, a cargo de Gabriel Cardozo, está bastante bien, excepto por una viñeta de la página 4 que es un calco literal de otra que ya vi en otra historieta que ahora no logro precisar (el problema de leer muchas). La segunda (una de El Viejo, a cargo de Alceo Thrasyvoulou y Richard Ortiz) es brillante, probablemente lo mejor de la antología. Ocho páginas concisas, punzantes, donde no sobra ni falta nada. La tercera, a cargo de Alejandro Rodríguez Juele, no está mal, pero no tiene mucho que ver con el tema del fuego, conecta apenas con la consigna de la antología.
Lo mismo pasa con la de Fernando Ramos. Es una muy buena historieta documental, con datos valiosos acerca de cómo el reinado de Pablo Escobar Gaviría sobre el narcotráfico colombiano transformó para siempre a ese país, pero no tiene un choto que ver con la temática del resto del libro. El dibujo, muy pendiente del realismo fotográfico, no me emocionó mucho, pero me doy cuenta que la elección de ese estilo refuerza el carácter documental de la historia que cuenta Ramos. En sus páginas, Fiorella Santana hace gala de su trazo elegante y sugestivo, pero la narrativa se me hizo un poquito confusa y el argumento no me llegó a atrapar.
A nivel dibujo, el impacto más fuerte me lo causó Martín Pouso, con su historieta "Lo Chiamano Fuoco", que tiene todo que ver con la consigna del libro. Acá vemos a un autor que maneja las masas negras de una manera increíble, muy original, sin descuidar el equilibrio de la página, a la que le mete también blanco y unos grises alucinantes. Lástima que le falta un poco de claridad en el relato, en el armado de las secuencias. El resto, muy grosso. Otro dibujante técnicamente zarpado pero al que le cuesta la parte de narrar con imágenes es Maan House, quien aparece con una historia escrita por Silvio Galizzi, bien oscura, fuerte, una fantasía dark bien pensada, pero que no se termina de disfrutar por esta falta de fluidez en el relato, que parece estar compuesto por fotos, más que por cuadritos de historieta. Y cierro con una nueva colaboración entre Rodolfo Santullo y Guillermo Hansz (ya vimos varias acá en el blog), quienes se proponen recontar en son de joda el mito de Prometeo, el hombre que le robó el fuego a los dioses del Olimpo. El dibujo de Hansz es siempre muy efectivo y varios chistes (no todos) me causaron gracia, así que está bien.
La edición es muy linda, la portada de Richard Ortiz es excelente, y en general es una antología disfrutable, un buen punto de entrada para el que no sabe un carajo de historieta uruguaya y quiere empezar a explorar qué es lo que se está produciendo hoy en la otra orilla del Río de la Plata.
Nada más, por hoy. Gracias por estar y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
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viernes, 24 de abril de 2020
VIERNES DE CLASICOS
Sigue la cuarentena (a
esta altura ya “cuareterna”), sigue el encierro y sigo leyendo comics, que más
temprano que tarde tendrán su reseña en este espacio.
Hoy empiezo con El Oro de
Cush, el segundo álbum de Los Escorpiones del Desierto, escrito y dibujado por
el inolvidable Hugo Pratt allá por 1975-1976. O sea que va en el medio entre el
que vimos hace tres años, el 24/04/17, y el que vimos poco después, el
01/06/17. Este es un tomo particularmente notable porque uno de los personajes
dice haber sido amigo de Corto Maltés, con lo cual se estructura (de modo
tibio, aclaremos) una continuidad compartida por las dos series que Pratt
llevaba adelante en los ´70 y ´80.
Básicamente, este breve
historia de apenas 39 páginas narra la búsqueda de un tesoro. Sí, otro álbum de
Hugo Pratt en el que los protagonistas buscan un cofre lleno de oro, encanutado
en un lugar recóndito, en medio de una geografía hostil y una situación
extrema, en este caso la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más elementos que
enriquecen muchísimo esta premisa. Quienes van tras el oro son dos militares de
bandos opuestos: un italiano y un polaco que pelea para el bando británico, y
la evolución de esta improbable alianza entre supuestos enemigos es –lejos- lo
más atractivo del relato propuesto por el glorioso Tano. Podría no ser parte de
la serie Los Escorpiones del Desierto, porque el único de los Escorpiones con
un mínimo peso en la trama es el Teniente Koinsky, y además el rol que acá
cumple el polaco lo podría haber cumplido cualquier otro aventurero. Incluso el
propio Corto Maltés.
El guerrero dancalo Cush,
cuyo nombre aparece en el título del álbum, entra en escena pasada la mitad del
tomo, y su aporte va a ser bastante secundario. Recién cinco páginas antes del
final, Pratt va a revelar el juego y a dejar en claro qué sentido tenía que
este africano parco y taciturno (el amigo de Corto) se uniera a Koinsky y a
Stella, el militar italiano… que también podría haber sido cualquier otro
aventurero, aunque su personalidad está mucho mejor trabajada incluso que la de
personajes a los que Pratt pensó para protagonizar en solitario álbumes más
extensos que este.
La trama está muy bien
orquestada, el ritmo es (típico de Pratt) muy pachorro, los diálogos son
buenísimos, y lo único que falta es un buen personaje femenino, un rubro en el
que el Tano siempre se sacó buena nota. Acá hay una mujer importante para la
historia, pero será un personaje ausente, casi un espejismo. Ni hace falta
hablar de la calidad del dibujo, porque ya señalé que esto es de mediados de
los ´70, época mágica y milagrosa de Pratt, en la que todo lo que tocaba se
convertía en oro. Esta edición tiene el color que le agregaron los editores
franceses (más que aceptable) y una calidad de impresión muy chota, muy
precaria, que no le hace justicia a la gran historia de Koinsky, Stella, Crush
y el cofre lleno de oro escondido en pleno desierto africano, justo cuando los
ingleses preparan el embate final contra las posiciones italianas en Etiopía.
Nunca es tarde para encontrarlo y desenterrarlo.
Y volví a leer una novela
gráfica del año 1984, que seguro leí alguna vez en mi juventud, pero de la que
no me acordaba absolutamente NADA. Me refiero a Heartburst, la primera obra
importante del maestro Rick Veitch, aquel aventajado alumno de Joe Kubert que
desde principios de los ´80 empezó a ganar espacio en distintas antologías.
Heartburst es un relato
clásico de rito iniciático, en el que el pibe pelotudo y malcriado se convierte
paso a paso en un héroe, en un tipo muy capo, muy valiente, con enormes
responsabilidades a cuestas. Algo que ya leímos chotocientas mil veces, pero
muy bien matizado con una ambientación futurista, en un planeta que conoce a la
cultura de la Tierra a través de programas de TV de los más chotos, y por
supuesto con acción, aventura, sexo, misticismo y bajada de línea
socio-política para el lado correcto. Muy por encima del gaste irónico a la
ínfima calidad de la programación televisiva, Veitch machaca fuerte sobre el
tema de la intolerancia, la supresión del distinto, la alienación, la represión
de ideas que podrían mejorar notoriamente la vida de los pueblos… todo para
cumplir los caprichos de un gobernante totalitario, apoyado por milicos fachos,
fans de la violencia, la tortura y el exterminio de razas enteras. No estoy
mencionando nada que no fuera moneda corriente en el comic para adultos de los
´80, pero bueno, lo único realmente jugado que tiene Heartburst es que lo
publicó Marvel, una editorial donde los contenidos generalmente van para otro
lado.
Con sus peripecias al
límite, su bajada de línea y el excelente desarrollo del personaje protagónico,
Heartburst te ofrece casi 50 páginas de un entretenimiento intenso, muy digno,
con la capacidad de dejarte pensando cuando la historieta se termina. Veitch
dibuja muy bien, como si quisiera fusionar el estilo de Kubert con el de
Richard Corben, y en ese intento aparece con fuerza el estilo que le vamos a
ver mucho más asentado en sus obras posteriores. El manejo del color es
muchísimo más arriesgado que el del dibujo y quizás para el ojo del lector
actual puede resultar medio bizarro. Pero en el contexto de mediados de los
´80, se la recontra-banca. Y en la puesta en página también, lo vemos a Veitch
ensayar trucos de magia de los que después van a maravillar a los lectores de
sus trabajos más populares, o más rupturistas. Si sos fan de este ídolo (hoy
medio en retirada) no tengo dudas de que Heartburst te va a emocionar, o por lo
menos a impactar.
Nada más por hoy, la
seguimos pronto.
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jueves, 1 de junio de 2017
TRES DE JUEVES
Vamos con algunas reseñitas más.
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!
lunes, 24 de abril de 2017
TARDE DE LUNES
Tengo varios libritos leídos como para reseñar. Veamos hasta donde llegamos…
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
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