Mostrando entradas con la etiqueta Lauri Fernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lauri Fernández. Mostrar todas las entradas
jueves, 1 de diciembre de 2022
JUEVES FEMENINO
Hoy tengo para reseñar dos novelas gráficas publicadas en Argentina en 2022, y firmadas por señoritas.
¿Cuáles son los colores de la mañana? es la opera prima de Beibi Kebab, vecina de Villa Crespo, que en un texto con el que cierra el libro anticipa que su próximo trabajo va a ser un libro de cuentos. Y me parece bárbaro, porque de esta novela gráfica solo rescato los textos. Estuve medio libro tratando de darme cuenta por qué la pasaba tan mal, hasta que me di cuenta que el problema son los dibujos. Si leés ¿Cuáles son los colores de la mañana? como una pieza literaria, sin darle bola a la faz gráfica, te vas a encontrar con una historia interesante, algunas reflexiones copadas y algunos apuntes muy acertados acerca de la vida y el amor en tiempo de confinamiento. No pasa todo por la pandemia, claro, pero es algo que está muy presente, por lo mucho que afecta a la autora/narradora.
El dibujo (y las. letras cuando Kebab las pone a mano) son pesadillescos. Muy, pero muy precarios. La forma en que reparte el texto entre las distintas viñetas es torpe, caprichosa, sin criterio estético ni narrativo. Lo único piola es que deja zanjas entre las viñetas. El resto, muy feo, muy descuidado, con una mezcla de técnicas totalmente innecesaria, a años luz del gran poder de observación y el vuelo cuasi-poético que pelan por momentos los textos.
Nada, me quedo con los textos. Y recomiendo pasar totalmente por alto los dibujos, que no aportan nada.
Me voy con Turba, lo nuevo de Lauri Fernández, otra historieta que prescinde por completo del humor y de los elementos fantásticos. Turba nace de la inquietud de la autora por sacar a la luz ciertos temas vinculados a la Guerra de Malvinas, de los que no se suele hablar. Entre Mendoza, Buenos Aires y distintos lugares de Inglaterra, Lauri entrevista a ex-combatientes de ambos bandos y recoge unos testimonios valiosísimos, por momentos muy conmovedores.
Y acá me pregunto de nuevo: ¿hacía falta que esto fuera una historieta? Podría haber sido tranquilamente un documental en soporte audiovisual, en el que nos muestren a Lauri charlando con los entrevistados, y lo complementen con imágenes de la guerra, o de lo que hoy son las Islas Malvinas. Y pasarlo en la TV Pública, o en Encuentro o cualquier canal de documentales. La columna vertebral de Turba, lo que sostiene toda la obra son estas conversaciones, que se traducen en páginas muy cargadas de texto. Salvo en una hermosa secuencia muda con la que abre el capítulo 4, Fernández pone al dibujo en el rol de acompañante, muy lejos de hacerse cargo de llevar adelante la narración.
Pero, incluso en un rol bastante secundario dentro de la obra, el dibujo y el color de Lauri la descosen. Hay viñetas en las que parece estar poseída por la magia de Jill Thompson y muchas en las que el trazo y la paleta se acomodan para acompañar mejor lo que propone el guion. Del splash page a la página de 13 viñetas, la autora prueba de todo en materia de ritmo narrativo para que -si bien estamos leyendo/ viendo páginas y páginas de gente que habla- en ningún momento nos resulte agobiante o aburrido.
El gran obstáculo para disfrutar o emocionarte con Turba puede ser que no te interese en lo más mínimo el tema de Malvinas, que sí, es 100% hegemónico de punta a punta en estas 130 páginas. Una vez sorteada esa barrera de peaje, Lauri Fernández ofrece un hermoso comic que documenta su búsqueda de respuestas y ofrece una reconstrucción de aquellos dramáticos sucesos muy rigurosa y a la vez muy humana. Lo recomiendo enfáticamente.
Y nada más, por hoy. Nos leemos pronto, acá en el blog.
Etiquetas:
Argentina,
Beibi Kebab,
Lauri Fernández
jueves, 5 de abril de 2018
EL BUEY SOLO
De casualidad, en estos días me tocó leer dos novelas gráficas en las que debutan como autores integrales dos animalitos a los que ya habíamos visto trabajar en equipo, uno como guionista y otra como dibujante.
Como Viaja el Agua es un delirio. A contramano de la tendencia hegemónica (los autores integrales que se convierten en guionistas), el enorme Juan Díaz Canales, consagrado guionista de Blacksad y Corto Maltés, se convierte en autor integral. ¡Y lo peor es que dibuja muy buen! La base de su estilo tanto gráfico como narrativo es claramente Will Eisner, pero después, hilando más finito, vemos en el entintado ciertos rasgos típicos de Jordi Bernet y de Bernie Wrighston. El laburo titánico en los fondos es apenas uno de los elementos que nos permiten calificar a Díaz Canales como un observador agudo y certero del entorno que lo rodea. Obviamente el dibujo no es perfecto, pero arranca a un nivel más que competente y mejora a lo largo de la novela.
No quiero contar nada de la trama porque es una obra bastante reciente (2016), pero sí decir que el guión es –predeciblemente- muy sólido, con una excelente construcción de los protagonistas, buen uso de los secundarios, muy buenos diálogos, muchísimo cuidado por el verosímil y con un trasfondo jodido, profundo, que nos deja bastante sustancia para pensar y analizar. Como Viaja el Agua tiene unos cuantos puntos en común con Presas Fáciles (el trabajo de Miguelanxo Prado que vimos el 18 de Febrero de este año) y son obras publicadas el mismo año, con lo cual uno infiere que el tema que tocan ambas en algún momento fue, es, o debería ser eje de un debate a fondo en el seno de la sociedad española. O no, quizás sea pura coincidencia. Lo cierto es que está bueno leer ambas novelas juntas, o con poco tiempo de diferencia.
Si te hiciste fan de Díaz Canales con Blacksad, bancalo en esta, que es una gran historia. Y además hay una escena en la que juegan al tute (el mejor juego de cartas de la historia de la Humanidad), lo cual le vale varios puntos extra.
El Pozo (editada en libro en 2017) marca el debut como autora integral de Lauri Fernández, a quien ya habíamos visto colaborar con varios guionistas en otros proyectos. Como tantos dibujantes, Lauri se animó a escribir su propio guión, y además se cantó “quiero retruco” a sí misma. No sólo escribió El Pozo como novela gráfica, sino que además escribió una versión en prosa, como una novela corta, o nouvelle 100% literaria. Lamentablemente, el libro trae ambas versiones, en vez de darnos a los fans de la historieta la oportunidad de pagar sólo por lo que nos interesaba leer, que era la historieta.
En El Pozo, casualmente, pasa algo que también pasa en Como Viaja el Agua: buena parte de la trama gira en torno a un pacto de silencio, a personajes que se comprometen a no blanquear jamás algo violento, dramático, sórdido, que no debe salir a la luz. En la obra de Lauri, los protagonistas son muy jóvenes y la historia está situada en un pueblo chico de alguna provincia argentina, lo cual aleja definitivamente a El Pozo de la novela de Díaz Canales.
El Pozo, además, gana en emotividad. Con un timing narrativo extraordinario, Lauri logra que todo lo que sucede en la novela nos impacte, nos angustie o nos agobie, según los momentos. Acá también hay diálogos magníficos, gran cuidado en el tratamiento de los protagonistas y los (numerosísimos) secundarios, secuencias oníricas cautivantes… Realmente es una historia muy fuerte, muy bien contada, que se disfruta muchísimo, en la que resulta imposible no sentirse involucrado.
La calidad del dibujo no me sorprendió en lo más mínimo. Probablemente sea el mejor trabajo de Fernández como dibujante, aunque acá veo la evolución opuesta a la de Como Viaja el Agua: las primeras páginas parecen estar dibujadas con unas pilas, una polenta, un virtuosismo, que El Pozo gradualmente deja atrás, para darnos en sus últimos pasajes un dibujo muy bueno, sumamente funcional a lo que pide el guión, pero más prosaico, con menos vuelo. El color, bellísimo de punta a punta.
Yo sospechaba que Lauri Fernández no necesitaba guionistas para crear grandes historietas. Ahora lo constaté. Y no me imaginaba que Juan Díaz Canales podría pegarla sin recurrir a un dibujante de primera línea, pero la pegó. Recomiendo fuerte ambas obras y prometo volver pronto con nuevas reseñas.
Como Viaja el Agua es un delirio. A contramano de la tendencia hegemónica (los autores integrales que se convierten en guionistas), el enorme Juan Díaz Canales, consagrado guionista de Blacksad y Corto Maltés, se convierte en autor integral. ¡Y lo peor es que dibuja muy buen! La base de su estilo tanto gráfico como narrativo es claramente Will Eisner, pero después, hilando más finito, vemos en el entintado ciertos rasgos típicos de Jordi Bernet y de Bernie Wrighston. El laburo titánico en los fondos es apenas uno de los elementos que nos permiten calificar a Díaz Canales como un observador agudo y certero del entorno que lo rodea. Obviamente el dibujo no es perfecto, pero arranca a un nivel más que competente y mejora a lo largo de la novela.
No quiero contar nada de la trama porque es una obra bastante reciente (2016), pero sí decir que el guión es –predeciblemente- muy sólido, con una excelente construcción de los protagonistas, buen uso de los secundarios, muy buenos diálogos, muchísimo cuidado por el verosímil y con un trasfondo jodido, profundo, que nos deja bastante sustancia para pensar y analizar. Como Viaja el Agua tiene unos cuantos puntos en común con Presas Fáciles (el trabajo de Miguelanxo Prado que vimos el 18 de Febrero de este año) y son obras publicadas el mismo año, con lo cual uno infiere que el tema que tocan ambas en algún momento fue, es, o debería ser eje de un debate a fondo en el seno de la sociedad española. O no, quizás sea pura coincidencia. Lo cierto es que está bueno leer ambas novelas juntas, o con poco tiempo de diferencia.
Si te hiciste fan de Díaz Canales con Blacksad, bancalo en esta, que es una gran historia. Y además hay una escena en la que juegan al tute (el mejor juego de cartas de la historia de la Humanidad), lo cual le vale varios puntos extra.
El Pozo (editada en libro en 2017) marca el debut como autora integral de Lauri Fernández, a quien ya habíamos visto colaborar con varios guionistas en otros proyectos. Como tantos dibujantes, Lauri se animó a escribir su propio guión, y además se cantó “quiero retruco” a sí misma. No sólo escribió El Pozo como novela gráfica, sino que además escribió una versión en prosa, como una novela corta, o nouvelle 100% literaria. Lamentablemente, el libro trae ambas versiones, en vez de darnos a los fans de la historieta la oportunidad de pagar sólo por lo que nos interesaba leer, que era la historieta.
En El Pozo, casualmente, pasa algo que también pasa en Como Viaja el Agua: buena parte de la trama gira en torno a un pacto de silencio, a personajes que se comprometen a no blanquear jamás algo violento, dramático, sórdido, que no debe salir a la luz. En la obra de Lauri, los protagonistas son muy jóvenes y la historia está situada en un pueblo chico de alguna provincia argentina, lo cual aleja definitivamente a El Pozo de la novela de Díaz Canales.
El Pozo, además, gana en emotividad. Con un timing narrativo extraordinario, Lauri logra que todo lo que sucede en la novela nos impacte, nos angustie o nos agobie, según los momentos. Acá también hay diálogos magníficos, gran cuidado en el tratamiento de los protagonistas y los (numerosísimos) secundarios, secuencias oníricas cautivantes… Realmente es una historia muy fuerte, muy bien contada, que se disfruta muchísimo, en la que resulta imposible no sentirse involucrado.
La calidad del dibujo no me sorprendió en lo más mínimo. Probablemente sea el mejor trabajo de Fernández como dibujante, aunque acá veo la evolución opuesta a la de Como Viaja el Agua: las primeras páginas parecen estar dibujadas con unas pilas, una polenta, un virtuosismo, que El Pozo gradualmente deja atrás, para darnos en sus últimos pasajes un dibujo muy bueno, sumamente funcional a lo que pide el guión, pero más prosaico, con menos vuelo. El color, bellísimo de punta a punta.
Yo sospechaba que Lauri Fernández no necesitaba guionistas para crear grandes historietas. Ahora lo constaté. Y no me imaginaba que Juan Díaz Canales podría pegarla sin recurrir a un dibujante de primera línea, pero la pegó. Recomiendo fuerte ambas obras y prometo volver pronto con nuevas reseñas.
Etiquetas:
Juan Díaz Canales,
Lauri Fernández
martes, 28 de abril de 2015
28/ 04: UNA ULTIMA CARTA
En esta breve novela gráfica, Damián Connelly (uno de los guionistas favoritos de los trolls que solían pulular por este blog) se reencuentra con el noir puro y duro, en una historia ambientada en lo profundo del hampa a la que el prólogo de Leonardo Oyola emparenta muy acertadamente con The Road to Perdition.
El protagonista es Callaghan, un descendiente de irlandeses (como Connelly) cuyo trabajo consiste en matar gente a pedido de un capo de la mafia que controla un montón de negocios sucios en una ciudad yanki de la década del… ´40, diría yo. Pero los ciclos inevitablemente se cumplen y Callaghan decide colgar los guantes, retirarse del negocio, no sin antes realizar un último trabajo… que obviamente se va a complicar. Alrededor de esa consigna ya empleada por muchas otras obras de este género, Connelly teje una atractiva red de relaciones humanas, con romances, traiciones, convicciones, replanteos, sueños, misterio y un par de garches bastante subidos de tono. El tono es trágico, el jazz se hace presente como banda de sonido (y aporta unas resonancias a las mejores obras de Carlos Sampayo), y hay una especie de contrapunto entre un típico clima de violencia y sordidez y ciertos elementos más personales, más ambiguos, menos brutales, que le dan a Una Ultima Carta una lograda pátina de sofisticación. Por supuesto, esa impronta trágica va a ser la que se imponga al final, que es potente, impredecible y sumamente emotivo.
A lo largo de las 60 páginas de la novela, Connelly se esfuerza por prescindir lo más posible de los diálogos, por narrar lo más posible con la imagen. Y cuando no queda más remedio que escuchar hablar a los personajes, queda al descubierto el único punto flojo de Una Ultima Carta. Quizás para ceñirse más firmemente a las convenciones del género, Connelly recurre al castellano neutro para los diálogos, y eso significa que muchas veces los personajes hablen como en una película yanki mal traducida, con frases que suenan raras (o torpes) para el oído argento.
Hablaba recién de ese “algo más”, de esos rasgos más personales, más finolis que diferencian a esta obra de tantas otras del mismo género, y buena parte de ese mérito le corresponde al dibujo de Lauri Fernández. Acá vemos a la mendocina dar cátedra en materia de enfoques, de documentación histórica y sobre todo de equilibrio entre blancos, negros y grises. La puesta en página arriesga mucho y casi siempre acierta (hay un par de pequeñas pifias, pero a nivel de la composición, sin afectar nunca el flujo narrativo), con lo cual tenemos algunas secuencias e incluso algunas splash pages realmente logradísimas. El dibujo de Lauri parte de una base muy realista, que me hizo acordar mucho a Solano López, y a la vez incorpora (en los rasgos faciales y en la forma de manchar con el pincel) rasgos más expresionistas, más para el lado de Igort, o de José Muñoz. Y cuando opta por una línea más clara, especialmente para tomas vistas desde lejos, o para diferenciar a los fondos de los planos principales, pela cositas que me hicieron acordar a Ben Katchor. De hecho, en la página 53 hay un personaje menor, casi idéntico a Julius Knipl. Este es un muy buen trabajo de Lauri Fernández, en el que una vez más demuestra su gran versatilidad tanto técnica como temática.
No te digo que Una Ultima Carta está al nivel de las grandes historias urbanas, jodidas y profundamente reflexivas de Carlos Sampayo (con quien casualmente laburaron tres de los cuatro dibujantes a los que mencioné cuando hablaba de la faz gráfica), pero claramente va para ese lado. Es una muy buena historia, muy bien dibujada, y retoma de alguna manera esa línea que emprendió Connelly en sus obras junto a Berliac (Cien Volando, DGMW), aunque con menos saltos al vacío, cero elementos fantásticos y un vuelo poético más acotado, o en realidad más supeditado a las convenciones de este género en el que tan cómodo se lo ve al guionista. Tengo otro librito de Connelly para leer y reseñar muy pronto, acá en el blog.
El protagonista es Callaghan, un descendiente de irlandeses (como Connelly) cuyo trabajo consiste en matar gente a pedido de un capo de la mafia que controla un montón de negocios sucios en una ciudad yanki de la década del… ´40, diría yo. Pero los ciclos inevitablemente se cumplen y Callaghan decide colgar los guantes, retirarse del negocio, no sin antes realizar un último trabajo… que obviamente se va a complicar. Alrededor de esa consigna ya empleada por muchas otras obras de este género, Connelly teje una atractiva red de relaciones humanas, con romances, traiciones, convicciones, replanteos, sueños, misterio y un par de garches bastante subidos de tono. El tono es trágico, el jazz se hace presente como banda de sonido (y aporta unas resonancias a las mejores obras de Carlos Sampayo), y hay una especie de contrapunto entre un típico clima de violencia y sordidez y ciertos elementos más personales, más ambiguos, menos brutales, que le dan a Una Ultima Carta una lograda pátina de sofisticación. Por supuesto, esa impronta trágica va a ser la que se imponga al final, que es potente, impredecible y sumamente emotivo.
A lo largo de las 60 páginas de la novela, Connelly se esfuerza por prescindir lo más posible de los diálogos, por narrar lo más posible con la imagen. Y cuando no queda más remedio que escuchar hablar a los personajes, queda al descubierto el único punto flojo de Una Ultima Carta. Quizás para ceñirse más firmemente a las convenciones del género, Connelly recurre al castellano neutro para los diálogos, y eso significa que muchas veces los personajes hablen como en una película yanki mal traducida, con frases que suenan raras (o torpes) para el oído argento.
Hablaba recién de ese “algo más”, de esos rasgos más personales, más finolis que diferencian a esta obra de tantas otras del mismo género, y buena parte de ese mérito le corresponde al dibujo de Lauri Fernández. Acá vemos a la mendocina dar cátedra en materia de enfoques, de documentación histórica y sobre todo de equilibrio entre blancos, negros y grises. La puesta en página arriesga mucho y casi siempre acierta (hay un par de pequeñas pifias, pero a nivel de la composición, sin afectar nunca el flujo narrativo), con lo cual tenemos algunas secuencias e incluso algunas splash pages realmente logradísimas. El dibujo de Lauri parte de una base muy realista, que me hizo acordar mucho a Solano López, y a la vez incorpora (en los rasgos faciales y en la forma de manchar con el pincel) rasgos más expresionistas, más para el lado de Igort, o de José Muñoz. Y cuando opta por una línea más clara, especialmente para tomas vistas desde lejos, o para diferenciar a los fondos de los planos principales, pela cositas que me hicieron acordar a Ben Katchor. De hecho, en la página 53 hay un personaje menor, casi idéntico a Julius Knipl. Este es un muy buen trabajo de Lauri Fernández, en el que una vez más demuestra su gran versatilidad tanto técnica como temática.
No te digo que Una Ultima Carta está al nivel de las grandes historias urbanas, jodidas y profundamente reflexivas de Carlos Sampayo (con quien casualmente laburaron tres de los cuatro dibujantes a los que mencioné cuando hablaba de la faz gráfica), pero claramente va para ese lado. Es una muy buena historia, muy bien dibujada, y retoma de alguna manera esa línea que emprendió Connelly en sus obras junto a Berliac (Cien Volando, DGMW), aunque con menos saltos al vacío, cero elementos fantásticos y un vuelo poético más acotado, o en realidad más supeditado a las convenciones de este género en el que tan cómodo se lo ve al guionista. Tengo otro librito de Connelly para leer y reseñar muy pronto, acá en el blog.
Etiquetas:
Argentina,
Damián Connelly,
Lauri Fernández,
Una Ultima Carta
sábado, 3 de enero de 2015
03/ 01: REGULACION 0.75
Hoy me toca reencontrarme con el guionista uruguayo Roy, de quien ya vimos varios trabajos, y que parece estar obsesionado con el tema de la procreación. En su magnífica Vientre (reseñada el 21/03/13), Roy hablaba de una mujer que quería tener hijos y no podía, y de otra que quedaba embarazada sin haberlo buscado. Esta vez, en Regulación 0.75, nos cuenta las terribles consecuencias de tener hijos en una sociedad distópica, en la que el Estado vigila celosamente el incremento de la población y las sanciones para quienes procrean sin permiso son por lo menos drásticas.
Y si bien Roy pasa de la actualidad de nuestras ciudades y nuestra época a un futuro impreciso (no tan lejano), logra mantener el realismo: esa cuota de diálogos, gestos, actitudes que nos hacen sentir a los personajes como cercanos, como amigos o conocidos de siempre, aunque vivan en una época que no es la nuestra y en la que nosotros no querríamos vivir. Como en toda obra de ciencia-ficción, además de contar la historia es menester bajarle data al lector acerca de cómo funciona este mundo imaginado por el autor. En ese rubro, Roy la rompe, porque nos aclara todo acerca de esta distopía sin aburrirnos, sin interrumpir el flujo del relato, con gran habilidad para deslizar la información de forma muy orgánica, sin explicitar demasiado: sólo manejamos la data suficiente como para que el mundo y las aventuras que suceden en él nos parezcan verosímiles.
Regulación 0.75 es una obra cruda, violenta, sin concesiones, con protagonismo coral y con un conflicto no planteado entre buenos y malos, sino más bien entre individuos y sistema. Buena parte del protagonismo recae en los agentes del Departamento de Regulación, los encargados de hacer cumplir estas leyes tan estrictas. Y si bien los vemos cometer atrocidades indecibles, no se puede decir que sean los villanos. Por ahí hay uno medio pasado de sádico, pero Roy se esfuerza por mostrarlos, ante todo, como personas reales, creíbles, y como tales, sujetos también de este sistema inclemente, que al principio los tiene como victimarios pero en cualquier momento los puede convertir en víctimas. Creo que ese es el principal logro del guión: que nos podamos poner del lado de algunos de estos tipos a los que vimos matar y secuestrar bebés. Además, como ya es costumbre en los guiones del uruguayo, tenemos muy buenos diálogos y escenas mudas muy potentes, de alto impacto dramático.
A cargo del dibujo tenemos a la mendocina Lauri Fernández, una de las dos dibujantes que colaboraron con Roy en Vientre. Lauri ya había incursionado en la ciencia-ficción, en unas historietas cortas escritas por Federico Reggiani, que si no me equivoco se publicaron en la revista Clítoris. Acá, sin embargo, el estilo de la mendocina vuelve a mutar. Abandona un poco esa elegancia, ese fino exotismo que mostraba sobre todo en el tratamiento del claroscuro, y agarra para otro lado. En Regulación 0.75, Lauri Fernández ensaya un grafismo más tradicional, más terrenal, también, ¿por qué no?. Acá no hay magia ni lirismo: hay fuerza expresiva al recontra-palo, mucha atención por los detalles, climas espesos y bastante más machaca que en cualquier otro trabajo de la autora. Se mantiene, felizmente, el gran nivel en las expresiones faciales, y vemos una sensible mejora en un rubro que no era la especialidad de Lauri: la elección de los ángulos. El agregado de grises en el photoshop (en realidad, una tonalidad de gris azulado, muy acertada), realza mucho el dibujo, en cuyo trazo se nota un gran dominio del plumín por parte de Lauri.
Si te gusta una ciencia-ficción bajonera, cruda, con mala leche, con un planteo muy original, buenos personajes, buenos diálogos, un clima asfixiante y muy buenos dibujos, dale una posibilidad a Regulación 0.75. No sé si me pegó tan fuerte como Vientre, pero sin dudas me animo a recomendarla ampliamente, porque me pareció una historieta fuerte, osada, de gran calidad tanto en textos como en imágenes. Una frontera que -a medida que se multiplican las colaboraciones entre Roy y Lauri- se va haciendo más difícil de trazar, porque cada vez más se ve la comunión, el entendimiento, la simbiosis entre ambos autores.
Y si bien Roy pasa de la actualidad de nuestras ciudades y nuestra época a un futuro impreciso (no tan lejano), logra mantener el realismo: esa cuota de diálogos, gestos, actitudes que nos hacen sentir a los personajes como cercanos, como amigos o conocidos de siempre, aunque vivan en una época que no es la nuestra y en la que nosotros no querríamos vivir. Como en toda obra de ciencia-ficción, además de contar la historia es menester bajarle data al lector acerca de cómo funciona este mundo imaginado por el autor. En ese rubro, Roy la rompe, porque nos aclara todo acerca de esta distopía sin aburrirnos, sin interrumpir el flujo del relato, con gran habilidad para deslizar la información de forma muy orgánica, sin explicitar demasiado: sólo manejamos la data suficiente como para que el mundo y las aventuras que suceden en él nos parezcan verosímiles.
Regulación 0.75 es una obra cruda, violenta, sin concesiones, con protagonismo coral y con un conflicto no planteado entre buenos y malos, sino más bien entre individuos y sistema. Buena parte del protagonismo recae en los agentes del Departamento de Regulación, los encargados de hacer cumplir estas leyes tan estrictas. Y si bien los vemos cometer atrocidades indecibles, no se puede decir que sean los villanos. Por ahí hay uno medio pasado de sádico, pero Roy se esfuerza por mostrarlos, ante todo, como personas reales, creíbles, y como tales, sujetos también de este sistema inclemente, que al principio los tiene como victimarios pero en cualquier momento los puede convertir en víctimas. Creo que ese es el principal logro del guión: que nos podamos poner del lado de algunos de estos tipos a los que vimos matar y secuestrar bebés. Además, como ya es costumbre en los guiones del uruguayo, tenemos muy buenos diálogos y escenas mudas muy potentes, de alto impacto dramático.
A cargo del dibujo tenemos a la mendocina Lauri Fernández, una de las dos dibujantes que colaboraron con Roy en Vientre. Lauri ya había incursionado en la ciencia-ficción, en unas historietas cortas escritas por Federico Reggiani, que si no me equivoco se publicaron en la revista Clítoris. Acá, sin embargo, el estilo de la mendocina vuelve a mutar. Abandona un poco esa elegancia, ese fino exotismo que mostraba sobre todo en el tratamiento del claroscuro, y agarra para otro lado. En Regulación 0.75, Lauri Fernández ensaya un grafismo más tradicional, más terrenal, también, ¿por qué no?. Acá no hay magia ni lirismo: hay fuerza expresiva al recontra-palo, mucha atención por los detalles, climas espesos y bastante más machaca que en cualquier otro trabajo de la autora. Se mantiene, felizmente, el gran nivel en las expresiones faciales, y vemos una sensible mejora en un rubro que no era la especialidad de Lauri: la elección de los ángulos. El agregado de grises en el photoshop (en realidad, una tonalidad de gris azulado, muy acertada), realza mucho el dibujo, en cuyo trazo se nota un gran dominio del plumín por parte de Lauri.
Si te gusta una ciencia-ficción bajonera, cruda, con mala leche, con un planteo muy original, buenos personajes, buenos diálogos, un clima asfixiante y muy buenos dibujos, dale una posibilidad a Regulación 0.75. No sé si me pegó tan fuerte como Vientre, pero sin dudas me animo a recomendarla ampliamente, porque me pareció una historieta fuerte, osada, de gran calidad tanto en textos como en imágenes. Una frontera que -a medida que se multiplican las colaboraciones entre Roy y Lauri- se va haciendo más difícil de trazar, porque cada vez más se ve la comunión, el entendimiento, la simbiosis entre ambos autores.
Etiquetas:
Lauri Fernández,
Regulación 0.75,
Roy
jueves, 21 de marzo de 2013
21/ 03: VIENTRE
Allá por fines de 2011, mis paseos por la historieta uruguaya me llevaron a descubrir a un guionista y dibujante llamado Roy, que ofrecía en sus historietas un humor ácido y malalechístico, basado en una observación muy aguda, con el que se mofaba por un lado del género de los superhéroes y por el otro de la sociedad montevideana. Ahora me encuentro con que Roy pega un veletazo digno del que pegó Ed Brubaker cuando pasó de escribir y dibujar comics autobiográficos en los que contaba cómo salía a afanar de caño para comprar frula, a ser un respetado guionista del mainstream que escribía comics de Batman y Captain America.
En Vientre, el uruguayo oficia sólo de guionista y le abre el rubro gráfico a dos argentinas, Nacha Vollenweider y Lauri Fernández, quienes se hicieran conocidas al dibujar cada una una novela gráfica escrita por Roberto Von Sprecher y editada por Llanto de Mudo. Desde entonces, Nacha y Lauri, o Lauri y Nacha, o “Los Angeles de Von Sprecher”, formaron una especie de dupla, a pesar de lo distinto de sus estilos. La novela gráfica escrita por Roy está estructurada para aprovechar claramente el contrapunto visual entre los estilos de ambas artistas. Hay cuatro secuencias de 6 páginas dibujadas por Nacha, cuatro secuencias de 6 páginas dibujadas por Lauri, y una secuencia final de tres páginas, con una de Nacha, una de Lauri, y una dibujada a medias por ambos “Angeles de Von Sprecher”.
Las secuencias dibujadas por Vollenweider nos invitan a seguir a Paula, una chica de más de 30 que está en pareja hace tiempo, y quiere tener un hijo. Pero la cosa no le resulta tan fácil y esto le genera angustia, tensión, y finalmente un deterioro irreversible en su relación con Gerardo. Por el otro lado, el protagonismo de las secuencias dibujadas por Fernández recae en Micaela, una chica de veintipocos que se divierte saltando de cama en cama y a la que ni se le cruza por la cabeza ser madre. Hasta que un trágico giro del destino la obliga a plantearse el tema de la maternidad y a tomar una decisión incómoda como tampón de virulana.
Con poco texto, con diálogos muy afilados (escritos en uruguayo) y viñetas mudas muy elocuentes, Roy define en pocas páginas dos conflictos muy intensos y muy reales, y los lleva hacia una especie de resolución que no es la que el lector espera. Las dos historias transitan el camino que va del costumbrismo al drama, sin bajar línea, sin golpes bajos y sin enseñarnos a vivir. La sensación que deja el libro cuando uno lo cierra es heavy, se trata de una historieta bastante más profunda que las habituales y toca temas muy ásperos con mucha altura.
Por el lado del dibujo, a Nacha se la ve muy suelta, como si dibujara directo en tinta, sin bocetos previos, y después levantara y matizara los dibujos con esas texturas, esos grises y esas aguadas alucinantes. Etéreo e ingobernable, el dibujo de Nacha se hace mucho más fuerte cuando juega a los climas que cuando tiene que plasmar las expresiones faciales (muy importantes en la trama), un punto en el que todavía tiene mucho para mejorar. A Lauri se la ve más canchera en las expresiones faciales, con un trazo sugestivo, que combina de modo originalísimo los blancos, negros y grises, muy hábil a la hora de iluminar las escenas. Lo que le falta perfeccionar es la elección de los ángulos, que en esta historieta se repiten mucho. En rasgos generales, toda la novela se ve muy bien, son muchos más los puntos en los que se lucen que las flaquezas que se observan en los trabajos de los Angeles de Von Sprecher.
Vientre es una historieta dura, comprometida, arriesgada, que no condesciende en lo más mínimo con el lector. Sin dudas, un trabajo que pone a Roy en la lista de los guionistas a tener en cuenta, ya no para hacerse el listo satirizando boludeces, sino para escribir material realmente jugado, que en pocas páginas tira muchas secuencias de fuerte impacto dramático. Al tratarse de la maternidad, me imagino que Vientre le pegará mucho más fuerte a las mujeres. Aún así, me animo a recomendársela a todos los fans de la historieta para adultos, más allá de los géneros.
En Vientre, el uruguayo oficia sólo de guionista y le abre el rubro gráfico a dos argentinas, Nacha Vollenweider y Lauri Fernández, quienes se hicieran conocidas al dibujar cada una una novela gráfica escrita por Roberto Von Sprecher y editada por Llanto de Mudo. Desde entonces, Nacha y Lauri, o Lauri y Nacha, o “Los Angeles de Von Sprecher”, formaron una especie de dupla, a pesar de lo distinto de sus estilos. La novela gráfica escrita por Roy está estructurada para aprovechar claramente el contrapunto visual entre los estilos de ambas artistas. Hay cuatro secuencias de 6 páginas dibujadas por Nacha, cuatro secuencias de 6 páginas dibujadas por Lauri, y una secuencia final de tres páginas, con una de Nacha, una de Lauri, y una dibujada a medias por ambos “Angeles de Von Sprecher”.
Las secuencias dibujadas por Vollenweider nos invitan a seguir a Paula, una chica de más de 30 que está en pareja hace tiempo, y quiere tener un hijo. Pero la cosa no le resulta tan fácil y esto le genera angustia, tensión, y finalmente un deterioro irreversible en su relación con Gerardo. Por el otro lado, el protagonismo de las secuencias dibujadas por Fernández recae en Micaela, una chica de veintipocos que se divierte saltando de cama en cama y a la que ni se le cruza por la cabeza ser madre. Hasta que un trágico giro del destino la obliga a plantearse el tema de la maternidad y a tomar una decisión incómoda como tampón de virulana.
Con poco texto, con diálogos muy afilados (escritos en uruguayo) y viñetas mudas muy elocuentes, Roy define en pocas páginas dos conflictos muy intensos y muy reales, y los lleva hacia una especie de resolución que no es la que el lector espera. Las dos historias transitan el camino que va del costumbrismo al drama, sin bajar línea, sin golpes bajos y sin enseñarnos a vivir. La sensación que deja el libro cuando uno lo cierra es heavy, se trata de una historieta bastante más profunda que las habituales y toca temas muy ásperos con mucha altura.
Por el lado del dibujo, a Nacha se la ve muy suelta, como si dibujara directo en tinta, sin bocetos previos, y después levantara y matizara los dibujos con esas texturas, esos grises y esas aguadas alucinantes. Etéreo e ingobernable, el dibujo de Nacha se hace mucho más fuerte cuando juega a los climas que cuando tiene que plasmar las expresiones faciales (muy importantes en la trama), un punto en el que todavía tiene mucho para mejorar. A Lauri se la ve más canchera en las expresiones faciales, con un trazo sugestivo, que combina de modo originalísimo los blancos, negros y grises, muy hábil a la hora de iluminar las escenas. Lo que le falta perfeccionar es la elección de los ángulos, que en esta historieta se repiten mucho. En rasgos generales, toda la novela se ve muy bien, son muchos más los puntos en los que se lucen que las flaquezas que se observan en los trabajos de los Angeles de Von Sprecher.
Vientre es una historieta dura, comprometida, arriesgada, que no condesciende en lo más mínimo con el lector. Sin dudas, un trabajo que pone a Roy en la lista de los guionistas a tener en cuenta, ya no para hacerse el listo satirizando boludeces, sino para escribir material realmente jugado, que en pocas páginas tira muchas secuencias de fuerte impacto dramático. Al tratarse de la maternidad, me imagino que Vientre le pegará mucho más fuerte a las mujeres. Aún así, me animo a recomendársela a todos los fans de la historieta para adultos, más allá de los géneros.
Etiquetas:
Lauri Fernández,
Nacha Vollenweider,
Roy,
Vientre
viernes, 24 de febrero de 2012
24/ 02: ANI
“Las comparaciones son odiosas” es una frase muy trillada y además bastante pelotuda. En general, cuando alguien te dice “esto está bueno”, preguntás (o te preguntás) “¿comparado con qué?”. Para saber si algo nos gusta más o menos que otra cosa, no nos queda otra que comparar. Y en este caso, la comparación inevitable es entre Ani y la anterior novela gráfica de Roberto “el Profe” Von Sprecher publicada por Llanto de Mudo, dibujada por Nacha Vollenweider, titulada Ruta 22 y reseñada en este blog el 31 de Marzo del año pasado.
Esta historia es, en principio, mucho menos pretenciosa. No hay un tinte político, no hay coqueteos con la autobiografía del guionista y la dibujante (“dibujanta”, diría Cristina) banca una misma técnica de dibujo desde que empieza hasta que termina. Pero mirá vos... desde una propuesta más simple a veces se pueden lograr mejores resultados. Ani conserva lo mejor de Ruta 22: el clima introspectivo, el ritmo pachorro, los diálogos creíbles y certeros, las elocuentes (y excelentes) secuencias mudas, los saltos entre distintos momentos en la vida de los personajes, la exploración del tránsito de la infancia a la adultez y hasta la cereza del postre que significa cerrar la novela con un final fuerte, impactante y conmovedor. Y como ofrece menos complicaciones, le plantea al lector menos obstáculos a esquivar para disfrutar de la historia, Ani efectivamente logra que nos conectemos mejor con la trama, que además está mejor construída que en Ruta 22.
Ani narra, básicamente, momentos clave en la adolescencia y la juventud de dos hermanas, Ani y Eva, y se regodea en sus anhelos, en sus frustraciones, en su descubrimiento de la sexualidad (alternativa en el caso de Eva) y en la relación con su padre, que es un personaje secundario tan rico y con tantos matices que bien podría ser el protagonista. Todo esto ambientado en campos, pueblos y ciudades de Córdoba, en la época actual, con poco texto y mucho espacio para que se luzca el dibujo. Si en Ruta 22 el guión le salvaba las papas a un argumento medio etéreo, acá argumento y guión acuerdan tirar los dos para el mismo lado y en los dos se ve a un Von Sprecher sólido y sin fisuras.
Por el lado del dibujo, el Profe se sacó la lotería, el Loto y el Quini 6. De su lámpara de Aladino salió Lauri Fernández, artista mendocina a quien no le conocía otras obras previas y que en las páginas de Ani se revela como un talento sorprendente, a seguir muy de cerca. Fernández opta por una narrativa clásica, sin estridencias: la página dividida en tres tiras y las tiras en una, dos y muy de vez cuando tres viñetas. Mucho más que florearse con la puesta en página, a Fernández le interesa que su dibujo apoye al relato de Von Sprecher, y para eso es imprescindible que estas transiciones (de época, de lugar, de climas) sean prolijas, diáfanas. La técnica que elige la mendocina es rara y a la vez bellísima, de gran potencial expresivo. Las formas y volúmenes parecen estar definidas por pinceladas de témpera blanca, aplicadas sobre hojas negras, y luego complementadas con unos esfumados que parecen hechos con esponjas. No se me ocurre con qué referenciarlo, porque es un estilo muy, muy original. Por ahí en algunos trabajos del español Andrés Leiva (monstruo sacrosanto si los hay) se puede ver algo más o menos en esta onda. Pero Leiva es más salvaje, más extremo, y se le nota más cuando trata de afanar a Alberto Breccia. Lo de Lauri Fernández, en cambio, va más para el lado de la sutileza que de la salvajada y no por eso resulta menos atractivo o menos vistoso. Realmente no es frecuente ver una ópera prima con este nivel.
Estamos ante una novela gráfica muy bien escrita y maravillosamente dibujada, de esas que si se publicaran en Francia o EEUU armarían un revuelo espectacular y ganarían muchos premios. Lo peor que te puede pasar es que no te interese el slice of life. Si el género no te provoca rechazo (o aburrimiento), Ani te va a enganchar, de una.
Esta historia es, en principio, mucho menos pretenciosa. No hay un tinte político, no hay coqueteos con la autobiografía del guionista y la dibujante (“dibujanta”, diría Cristina) banca una misma técnica de dibujo desde que empieza hasta que termina. Pero mirá vos... desde una propuesta más simple a veces se pueden lograr mejores resultados. Ani conserva lo mejor de Ruta 22: el clima introspectivo, el ritmo pachorro, los diálogos creíbles y certeros, las elocuentes (y excelentes) secuencias mudas, los saltos entre distintos momentos en la vida de los personajes, la exploración del tránsito de la infancia a la adultez y hasta la cereza del postre que significa cerrar la novela con un final fuerte, impactante y conmovedor. Y como ofrece menos complicaciones, le plantea al lector menos obstáculos a esquivar para disfrutar de la historia, Ani efectivamente logra que nos conectemos mejor con la trama, que además está mejor construída que en Ruta 22.
Ani narra, básicamente, momentos clave en la adolescencia y la juventud de dos hermanas, Ani y Eva, y se regodea en sus anhelos, en sus frustraciones, en su descubrimiento de la sexualidad (alternativa en el caso de Eva) y en la relación con su padre, que es un personaje secundario tan rico y con tantos matices que bien podría ser el protagonista. Todo esto ambientado en campos, pueblos y ciudades de Córdoba, en la época actual, con poco texto y mucho espacio para que se luzca el dibujo. Si en Ruta 22 el guión le salvaba las papas a un argumento medio etéreo, acá argumento y guión acuerdan tirar los dos para el mismo lado y en los dos se ve a un Von Sprecher sólido y sin fisuras.
Por el lado del dibujo, el Profe se sacó la lotería, el Loto y el Quini 6. De su lámpara de Aladino salió Lauri Fernández, artista mendocina a quien no le conocía otras obras previas y que en las páginas de Ani se revela como un talento sorprendente, a seguir muy de cerca. Fernández opta por una narrativa clásica, sin estridencias: la página dividida en tres tiras y las tiras en una, dos y muy de vez cuando tres viñetas. Mucho más que florearse con la puesta en página, a Fernández le interesa que su dibujo apoye al relato de Von Sprecher, y para eso es imprescindible que estas transiciones (de época, de lugar, de climas) sean prolijas, diáfanas. La técnica que elige la mendocina es rara y a la vez bellísima, de gran potencial expresivo. Las formas y volúmenes parecen estar definidas por pinceladas de témpera blanca, aplicadas sobre hojas negras, y luego complementadas con unos esfumados que parecen hechos con esponjas. No se me ocurre con qué referenciarlo, porque es un estilo muy, muy original. Por ahí en algunos trabajos del español Andrés Leiva (monstruo sacrosanto si los hay) se puede ver algo más o menos en esta onda. Pero Leiva es más salvaje, más extremo, y se le nota más cuando trata de afanar a Alberto Breccia. Lo de Lauri Fernández, en cambio, va más para el lado de la sutileza que de la salvajada y no por eso resulta menos atractivo o menos vistoso. Realmente no es frecuente ver una ópera prima con este nivel.
Estamos ante una novela gráfica muy bien escrita y maravillosamente dibujada, de esas que si se publicaran en Francia o EEUU armarían un revuelo espectacular y ganarían muchos premios. Lo peor que te puede pasar es que no te interese el slice of life. Si el género no te provoca rechazo (o aburrimiento), Ani te va a enganchar, de una.
Etiquetas:
Ani,
Argentina,
Lauri Fernández,
Roberto Von Sprecher
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)







