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miércoles, 9 de agosto de 2023
TARDE DE RESEÑAS
Arranco sin preámbulos con el Vol.2 de A Walk Through Hell, la segunda mitad de esta obra de terror psicológico realizada por el irlandés Garth Ennis y el croata Goran Sudzuka para la editorial yanki AfterShock.
Ante todo, quiero dejar sentado lo grosso que es el dibujo de Sudzuka, lo bien que adapta su trazo a estos climas más densos y más ominosos que le impone el guion, el cuidado por los detalles, el trabajo impecable en las expresiones faciales... Se supone que la gente compra este comic por Garth Ennis, pero el trabajo de Sudzuka es realmente monumental, consagratorio. Cuando el clima de la historia lo pide es sutil, y cuando Ennis se va al carajo con lo que narra, el croata lo acompaña y hasta le sube la apuesta. Sudzuka demuestra en estas páginas que con esa línea elegante tipo Ernesto García Seijas también se puede retratar el horror y la sordidez.
Y Ennis, especialista en buscar el horror y la sordidez por el lado del gore y la violencia más brutal, acá encuentra la forma de causarnos escalofríos de un modo más sutil, incluso más perverso. Por supuesto hay gore y escenas macabras y shockeantes. Pero están dosificadas de tal manera que impactan de un modo más cruel, más maligno que si esto fuera un festival de sangre y decapitaciones. Al guionista le interesa explorar el laberinto de la perversión humana, de la manera más perturbadora posible, y acá logra ese cometido sin necesidad de irse a la mierda con la violencia. Esta vez el camino elegido es el enrosque, la tortura psíquica a la que somete a Shaw, la agente del FBI con problemas de alcoholismo que rápidamente queda en el centro de la "acción"... entre comillas, porque es bastante escasa. Esta no es una historieta de tiros ni de machaca, sino de exploración de las áreas más oscuras y abyectas del alma humana.
Ennis y Sudzuka salen muy bien parados de un experimento difícil, donde el terror es más psicológico que físico, donde el pasado de los personajes juega un rol importantísimo, y donde nada se resuelve como el lector espera. A Walk Through Hell es un comic 100% adulto, por momentos muy perturbador, que no cualquier editorial se anima a publicar. Entre la vida y la muerte, entre la lealtad y la traición, entre la integridad y la corrupción, entre el horror físico y el enrosque mental, los autores nos proponen una historieta espesa, jodida, un viaje por los rincones más oscuros de la psiquis no sólo del villano, sino incluso de los supuestos héroes que lo enfrentan.
No quiero contar nada del argumento para no spoilear, porque leer el Vol.2 de A Walk Through Hell sabiendo cómo se explica todo lo que en el Vol.1 era misterio y ambigüedad puede ser un garrón. Alcanza con contarte que tanto el villano como un personaje secundario del Vol.1, en este segundo tomo cobran una dimensión tremenda, y que hay que acercarse a esta obra preparados para sufrir en carne propia una tensión que por momentos resulta asfixiante. Nada más, porque no le quiero cagar a nadie la experiencia de internarse en esta cátedra de maldad del maestro Ennis.
Me vengo a Argentina, año 2023, cuando Comic.ar publica un trabajo de dos autores a los que yo nunca había oído nombrar: el guionista Javier Del Romero y el dibujante Juan Manuel Terradas. De la labor conjunta entre ellos surge Niño Guapo, una novela gráfica de casi 80 páginas ambientada en Buenos Aires, en 1930, sobre el final de la presidencia de Hipólito Yrigoyen que quedará trunca a causa del primer golpe militar de nuestra historia. El contexto político no es para nada imprescindible para entender lo que sucede en Niño Guapo, pero sobre el final del libro un texto profundiza en este momento histórico, por lo que supongo que para los autores fue determinante a la hora de plantear la trama.
Básicamente, Niño Guapo cuenta una historia de amor prohibido entre un jockey que corre carreras en el hipódromo de Palermo y el joven hijo de un potentado miembro de la alta sociedad porteña, propietario (entre otras cosas) de los caballos que monta el jockey. Entre los perfumados palacetes de la oligarquía y las hediondas caballerizas del hipódromo, Del Romero urde una cautivante trama de romance clandestino entre Faustino y Lisandro, en la que brillan los diálogos (perfectamente en sintonía con cómo se hablaba en Buenos Aires en aquella época) y que funciona como un retrato muy logrado de lo que era la clase alta argentina en los tiempos de Yrigoyen. Una muy grata sorpresa, porque -repito- jamás había leído nada de este guionista y, si este es su primer trabajo, estamos hablando de una opera prima realmente consagratoria.
El dibujo de Terradas me gustó bastante menos, no lo veo al nivel que exigía el guion de Del Romero. Sin dudas hay un trabajo muy logrado en el color, pero no alcanza para ocultar ciertas falencias en la anatomía, en la gestualidad de los personajes y hasta en algunas perspectivas. No está mal, no es un desastre ni mucho menos, pero me parece que el guion ameritaba la entrada en escena de un nombre con más trayectoria, o por lo menos más solidez en el dibujo de la figura humana. Esto mismo dibujado por -por irme a un extremo- Gabriel Ippóliti, sería una obra maestra. Así como está, rescato el tratamiento del color que ofrece Terradas, con momentos de gran belleza y una sutileza digna de Miguelanxo Prado, pero me parece que no le hace justicia a un guion muy notable.
Muy loco cómo, en un contexto de crisis editorial, Comic.ar vuelve a apostar por autores nuevos y obras nuevas, en vez de ir por lo seguro. No sé cómo le habrá ido en ventas a Niño Guapo, pero a mí me sirvió para poner a Javier Del Romero en el mapa de los guionistas a los que me interesa seguir en futuros trabajos, que ojalá se publiquen pronto.
No mucho más, por hoy. Voy lento con las lecturas, es cierto, pero es lo que hay. Nos reencontramos ni bien tenga un par de libritos más para reseñar, acá en el blog.
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sábado, 22 de julio de 2023
RESEÑAS DE SÁBADO POR LA NOCHE
Por fin tengo un ratito para escribir las reseñas de un par de libros que leí durante la semana.
Incidenti (incidentes) es la primera obra larga de Lorenzo Mattotti en solitario, es decir, como autor integral. Son 64 páginas que el genio de Milán produjo en 1981, cuando su estilo todavía no estaba consolidado. Y en blanco y negro, lo cual es bastante loco. El dibujo es increíble. Por momentos se ve un esbozo de lo que va a ser el Mattotti definitivo, pero aparecen cosas raras. Un feísmo extraño, típico del under europeo de los ´70, una narrativa bastante similar a la de Didier Comés, momentos en los que la línea quiere parecerse a la de José Muñoz (hay un par de homenajes a Alack Sinner en el álbum, como para despejar dudas acerca de qué autores influenciaron a Mattotti en esta etapa) y de ratos aparecen esas texturas demencialmente sobrecargadas que asociamos con el primer Enki Bilal y la etapa más barroca de Moebius. Todo el tiempo se nota que el autor sabe lo que está haciendo, y cómo esas decisiones estéticas tienen que ver con cosas que nos quiere transmitir desde el dibujo. Incluso cuando quiere transmitir tantas cosas, que se mezclan mucho las técnicas y se produce cierta confusión, o indecisión en el aspecto visual de la obra. Pero si nos abstraemos de los tropiezos narrativos en los que puede incurrir un autor primerizo, hay que reconocer que Incidenti mantiene un nivel visual realmente notable, de punta a punta, y en un in crescendo que hace que el álbum llegue al final con el dibujo realmente prendido fuego.
El guion es claramente un primer intento de un autor que no tenía mucha experiencia en el rubro: para ser un thriller tradicional tiene momentos demasiado crípticos, y para ser una historieta de vanguardia, o transgresora, está demasiado atada a una estructura de aventura convencional. Pero no es un guion choto. Tiene buenos diálogos, buenas secuencias mudas, la trama genera una cierta tensión, hay un espacio para meter toques de comedia, de romance, de slice of life... hay una intención de retratar (aunque quizás no en primer plano) esa Italia violenta y convulsionada de la bisagra entre los ´70 y lo ´80, hay un par de personajes (Lucio, Igor y Cicilia) que se desarrollan bastante a lo largo del álbum... No se puede decir que esté mal, aunque estemos lejos de lo ideal.
Recomiendo la lectura de Incidenti a los fans de Mattotti, sobre todo para ver desde dónde arranca el ídolo la década de los ´80, que va a ser la de su consagración. ¿Por qué esto no está editado en castellano? La verdad que no encuentro respuestas. Pero es así: nunca salió ni en álbum, ni serializado "en fetas" en ninguna antología de historieta para adultos. Por suerte conseguí una muy buena edición italiana de los ´90 que abre con un prólogo alucinante del ya mencionado José MunDios.
Vamos a Estados Unidos, año 2018, cuando se forma un equipo increíble: el irlandés Garth Ennis y el croata Goran Sudzuka producen para la editorial AfterShock diez episodios de una serie llamada A Walk Through Hell, luego recopilada en dos TPBs. Este Vol.1 nos sumerge en las profundidades de un thriller psicológico espeso y sórdido, con algún tinte probablemente sobrenatural, y termina con un cliffhanger maligno, jodido como enema de chimichurri, así que prometo entrarle MUY pronto al Vol.2.
El dibujo de Sudzuka es magnífico. Ese entintado un poquito más filoso, menos redondito, le queda muy bien, y el manejo de las masas negras es asombroso. Por momentos parece que vino Eduardo Risso a ponerle los negros a las páginas, porque se arman unos claroscuros impresionantes, y muy a tono con la impronta hiper-dark del guion. La verdad que no hacía falta colorear esta historieta, pero aún así el trabajo de Ive Svorcina (otro talento croata) está muy bien, no opaca al trazo de Sudzuka, ni intenta competir con él. Por momentos pareciera que Sudzuka buscara alejarse un poco de la senda de Eduardo Barreto y Ernesto García Seijas (los principales referentes siempre presentes en su grafismo) y lo logra de manera muy satisfactoria. Se lo ve más suelto que en otros trabajos y muy solvente a la hora de mantener la atención del lector a lo largo de prolongadas secuencias en las que solo vemos a gente hablando. Diez puntos, lo de Sudzuka, más allá de ese vicio de autor que trabaja hace mucho para las editoriales de EEUU que consiste en dibujar muy pocas tomas panorámicas, o con los personajes de cuerpo entero, y abusar del enfoque más de cerca, más pendiente de las cabezas de los personajes que del resto de la escena.
El guion de Ennis me sorprendió muy gratamente. Primero porque nunca lo había visto escribir una historia de misterio sobrenatural ambientada en el presente (en este caso, en Los Angeles)... y sobre todo porque, si efectivamente A Walk Through Hell llegara a ser un thriller sobrenatural, no está presentado como Ennis presentaba las peripecias de John Constantine, sino como un relato de procedimiento policial. Más allá de sufrir con lo que les pasa a los agentes Shaw y McGregor en ese galpón gigantesco que parece estar habitado por algún tipo de entidad pesadillesca, el comic dedica muchas páginas a contar la previa: la vida de Shaw y McGregor en el cuartel del FBI donde trabajan, y su accidentada investigación para encontrar y meter preso a un sorete que dirige una red de pedófilos que secuestran, violan y matan pendejitos a lo largo de toda la Costa Oeste de EEUU.
Por ahora, lo más importante, e incluso lo más shockeante, está ahí: en el procedimiento policial de los protagonistas. ¿Qué es lo que realmente pasa en ese galpón? Todavía es un misterio, que supongo que Ennis develará en la segunda mitad de la obra. Pero ya estoy muy enganchado, ya siento que conozco a fondo a los protagonistas, sobre todo a Shaw, un personaje con mucha más profundidad de la que le daba Ennis a las mujeres que escribía en los ´90. Incluso el villano me parece fascinante, un personaje totalmente tridimensional, humano, lo que lo hace mucho más aterrador. Nunca había oído hablar de esta obra, me enteré que existía cuando vi los dos TPBs en el stand de AfterShock en la última convención a la que asistí en EEUU. Pero por ahora, está realmente MUY bien, me parece un trabajo excelente de dos autores a los que admiro mucho, hace muchos años.
Nada más, por hoy. Ya tengo otras lecturas avanzadas, así que en cualquier momento se vienen nuevas reseñas, acá en el blog. Y el miércoles a las 22:30, nuevo episodio de Agenda Abierta, en vivo para toda el habla hispana en el canal de YouTube de Comiqueando. Nos vemos ahí.
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lunes, 22 de mayo de 2023
LUNES FRESCO
Me costó leer comics estos días, porque estoy bastante a full con otras cosas, principalmente vinculadas a la Comiqueando Digital que se viene en Julio. Pero ya tengo un par de libritos más para reseñar.
Empezamos en EEUU, año 2016, cuando se publica Dreaming Eagles, una saga de seis episodios en las que el maestro Garth Ennis retoma la temática que más le gusta y en la que mejor se desempeña: se trata de un comic bélico ambientado en la Segunda Guerra Mundial, que narra las hazañas de los primeros soldados afroamericanos que lograron completar el durísimo entrenamiento para pilotear aviones de guerra.
Ennis nos mete en el día a día de estos cinco muchachos, tan yankis como cualquier otro, pero que -por ser negros- tienen miles de dificultades para desenvolverse y ser reconocidos en unas fuerzas armadas todavía segregadas, donde los blancos los miraban con cara de culo, hicieran lo que hicieran. Y lo mejor es que el planteo del guionista no se puede simplificar en términos de "los negros son los buenos, los blancos son los malos". Sí, el protagonista central, Reggie Atkinson, es negro y es un héroe en todo el sentido de la palabra. Pero también Ennis nos permite intuir el éxito y la efectividad de los pilotos negros en las misiones tiene que ver con la posibilidad de cumplir el sueño de muchos de ellos: matar blancos (en este caso, alemanes). La narración avanza entre escenas bélicas electrizantes y momentos más tranquilos, siempre con el tema del racismo latente, hasta el final de la Guerra. Y ofrece como plus una extensa escena ambientada 20 años después, a mediados de los ´60, cuando Reggie ya es un señor mayor y su hijo Lee empieza a militar en el movimiento de derechos civiles para los afroamericanos, inspirado por el Dr. Martin Luther King. O sea que es un comic variadito, no son sólo combates entre aviones. Y tiene unos diálogos realmente magníficos, que no redundan con lo que muestra el dibujo, ni sobre-explican las situaciones que viven los personajes.
Quizás lo más flojo sea el dibujo, a cargo de Simon Coleby. Se trata de un dibujante británico con una vasta trayectoria a ambos lados del Atlántico, pero la verdad que no me movió un pelo. Sus aviones son perfectos, evidentemente maneja muy bien la documentación histórica, pero a la hora de dibujar la figura humana me parece que hace agua. Sus rostros no transmiten ni a palos las emociones que propone Ennis desde el guion y algunos de sus negros parecen blancos pintados de marrón. Encima, pobre pibe, cada episodio abre con una portada fastuosa de Francesco Francavilla, que te revolea las expectativas a la estratósfera. Comparadas con esas imágenes, las de las páginas interiores quedan medio pobretonas.
La fuerza de la temática, me parece, es más que suficiente para darle una oportunidad a Dreaming Eagles. Más si te gusta la temática bélica y más si sos fan del Garth Ennis grosso, que es el que aparece cuando el irlandés se pone el casco, caza el fusil y se embarra hasta la cintura en historias de guerra, sin chistes ni gente con superpoderes, pero con mucha verdad.
De las 176.643 obras que se publicaron en Argentina durante 2022 con la firma de Quique Alcatena, me quedó última en la pila Las Aventuras de Mambrú. El libro compila 13 relatos escritos y dibujados por Quique, cuya extensión fluctúa entre las 8 y las 15 páginas, todas ambientadas en mundos de la más absoluta fantasía. Este material fue realizado originalmente para el suplemento de historietas de Télam, y más tarde modificado por el propio Alcatena, que le cambió el formato a las tiras para convertirlas en páginas. El detalle de que esto originalmente se publicó en forma de tiras no es menor, porque acá no nos vamos a encontrar con el despliegue que habitualmente nos ofrece Quique en la puesta en página. Claro, esto no se pensó en términos de página. Sin embargo, el tema de ampliar algunas viñetas, dibujar fondos por detrás de las mismas y reacomodarlas en formato vertical está muy bien logrado, casi nunca hace ruido ni te descoloca como para alterar el flujo de los relatos. Se extraña un poco esa espectacularidad que suele ofrecer Quique cuando tiene que "establecer" una escena, y te tira esos palacios majestuosos, o esas criaturas inconmensurables, pero el dibujo y el color están muy bien, son muy funcionales a lo que el autor quiere contar en estas breves historias.
Y bueno, después están los guiones, que -como suele suceder en estas obras en las que Alcatena trabaja como autor integral pensando en un público no exclusivamente compuesto por adultos- me resultaron algo desparejos. Algunos (como el de la Farolera o el de Pierrot) me parecieron medio pavotes, ese en el que Mambrú interactúa con el dibujante repite los chistes que vimos mil veces en los cortos de Chuck Jones con Bugs Bunny o Duffy Duck, y otros, en cambio, me sorprendieron con giros poéticos, o con moralejas muy atractivas, muy bien calzadas en el esquema de la historieta de aventuras. Creo que lo que más me gustó fue verlo a Quique saldar una vieja deuda: a lo largo de su ilustre trayectoria, lo habíamos visto llevar al papel la mitología de las más variadas civilizaciones, algunas incluso inventadas por él mismo. Pero nunca había ambientado una historieta en la ciudad que lo vio nacer. Por eso enloquecí con "¡Botelleroo!", la exploración alcateniana de los mitos porteños. El guapo, el farolito, el tango, la calesita, los corsos... toda una vida esperé que Quique (con o sin Mazzitelli) interpretara en su peculiar estilo el lado fantástico de Buenos Aires, y bueno, por fin llegó. Al guion no lo pongo entre los mejores del libro, pero tampoco está mal.
Probablemente, en el contexto global de la inmensa obra de Alcatena, Las Aventuras de Mambrú no arrime a la cumbre, pero me parece genial que se publique, simplemente porque el suplemento de historietas de Télam no existe más hace ya unos cuantos años, y toda esa producción (no sólo la de Quique) está entre perdida y olvidada. Ojalá cunda el ejemplo de Primavera Revólver y se recuperen en buenas ediciones en papel las otras historietas que ofrecía Télam, que ahí había merca de muy buena calidad de unos cuantos autores de primer nivel.
Nada más, por hoy. Ni bien pueda, vuelvo a postear nuevas reseñas acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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domingo, 13 de febrero de 2022
UN PAR DE LIBRITOS MÁS
Ya me traje a mi nuevo departamento prácticamente todos los libros que tenía sin leer, y la verdad es que son muchos. Probablemente podría no comprar más comics hasta Septiembre u Octubre sin que falte material para las reseñas. Obviamente voy a seguir comprando, así que la única opción para que la pila de los pendientes no se vaya al carajo es meterle pata a las lecturas. Hoy voy con dos obras bastante recientes.
Punisher: The Platoon es una obra de 2017 en la que (al igual que en Born, reseñada un lejano 08/01/11) Garth Ennis toma la figura de Frank Castle como disparador para contarnos una historia 100% bélica, ambientada en 1968, en la guerra de Vietnam. Como además es una publicación con el sello de Marvel Max, no hay problema en blanquear que en el presente Castle tiene casi 75 años. El hecho de que años más tarde ese joven teniente vaya a adoptar la identidad del Punisher tiene un cierto peso en la trama, pero no es en absoluto lo que la conduce.
Además de su habitual rigor para contar historias de guerra, y además de lo grato que me resulta leer a ese Ennis que no trata de hacerse el gracioso a través de personajes payasescos, acá lo que más me sorprendió son dos cosas. Primero, lo poco que el irlandés cuestiona la lógica con la que opera Castle. Nos lo presenta como un tipo íntegro, enfocado, muy capo, de inquebrantable moral y de enorme solidaridad para con sus compañeros y subordinados. Sin dudas lo más parecido a un héroe que nos puede llegar a ofrecer un conflicto tan turbio como la guerra de Vietnam. Y por el otro, me impactó lo bien trabajadas que están las personalidades y los diálogos de los otros personajes, tanto de los ex camaradas de Castle (que recuerdan lo sucedido en Vietnam en una magnífica secuencia ambientada en 2017) como de los propios vietnamitas, sobre todo el coronel Giap.
La acción, lo que efectivamente sucede, es poco para seis episodios y está predeciblemente estirado. Pero Ennis hace un truco interesante: generar la expectativa de que quizás nunca veamos la escena que cualquier lector quiere ver desde la página 18 en adelante: la confrontación entre Frank Castle y un personaje alucinante, al que el guionista desarrolla sobre todo a través del silencio y la contemplación. Antes del final ese choque va a llegar y Ennis va a tener el notable acierto de dejar apenas sugerido lo que pasa, para que vos elijas el grado de impacto que te va a generar.
Todo esto está dibujado como los dioses por un habitual cómplice de Ennis, el glorioso croata Goran Parlov y coloreado por la infalible Jordie Bellaire, así que además de los hallazgos en la trama, la ambientación y la caracteización, The Platoon nos ofrece un tratamiento visual brillante, con un uso ajustado y siempre funcional al relato de la ya famosa viñeta widescreen. No le puedo recomendar esta obra a los fans de Punisher, pero sí a los fans del buen comic bélico, y a los seguidores de Garth Ennis y de Goran Parlov, dos bestias que acá pusieron el alma en cada página.
En 2019 se publicó en Italia la primera colaboración entre dos destacados autores argentinos: el guionista Emilio Balcarce y el dibujante Horacio Lalia. El proyecto se tituló Timeland, y en 2021 se dio a conocer en nuestro idioma a través de una edición argentina. Me llamó la atención ver a Lalia embarcado en una obra que no tenía nada que ver con el género del terror (con el que generalmente se lo identifica) y al leer Timeland, me encontré con una historieta ágil, sin mayores pretensiones que las de entretener un rato al lector.
El argumento que propone Balcarce abre infinitas puertas para generar peripecias gancheras. Así es como en menos de 50 páginas mezcla a William Wallace, Adolf Hitler, Napoleón o Albert Einstein con dinosaurios, alienígenas, zombies, indios, romanos, cavernícolas y transatlánticos que se la ponen contra un iceberg. La consigna habilita que pase de todo y de hecho en 46 páginas pasan un montón de cosas, hasta llegar a una página que ofrece un moñito lindo e impredecible para vincular a los protagonistas de un modo novedoso. ¿Qué le falta al guion? Un poco de profundidad para el personaje principal, que está apenas esbozado. ¿Y qué le sobra? Por un lado, todos esos guiños a las películas de Hollywood, que no le aportan nada a la trama. Por el otro, bajar un poco esa excesiva carga de información. Cada vez que Balcarce mete en el contexto de la aventura un hecho o un personaje histórico, lo explica con abundante data de fechas, nombres y lugares. Eso no está exactamente mal, porque me imagino que puede estimular el interés por la Historia en los lectores más jóvenes. Pero está hecho de tal modo que le resta fluidez al relato y por momentos se siente como una intromisión de los contenidos didácticos en un producto que supuestamente es una epopeya de acción y diversión.
El dibujo de Lalia tiene algunos momentos de zozobra (esa estación orbital parece hecha con alambres, pelotas de ping-pong y cajitas de medicamentos), pero en general es sólido y cumple con las casi desmesuradas exigencias de un guion que le pide una cantidad de referencias históricas a las que pocos dibujantes se animarían. Por suerte alguien (no sé si el propio Horacio) acomodó los diálogos de tal manera que sea fácil darse cuenta en qué orden hay que leer las viñetas, algo que a Lalia a veces se le descontrola cuando opta por romper la grilla más clásica y jugar con los tamaños y la disposición de los cuadros. En general, Timeland es una lectura llevadera, como para divertirse un rato. El concepto que ideó Balcarce (el terremoto cronal) da para seguirlo hasta el infinito, aunque no sé si me coparía leer secuelas de esta obra, sobre todo por lo redondo del final.
Ah, un consejo a las editoriales argentinas que recopilan material del que producen nuestros autores para las antologías italianas: encarguen portadas como la gente, ilustraciones nuevas, gancheras, que representen lo más llamativo del contenido de la obra. No armen más esos cahivaches con pedazos de viñetas sacadas del comic y coloreadas, que no se lucen para nada.
Tengo leído algo más, pero me quedé sin tiempo para escribir. Vuelvo a postear pronto, acá en el blog. Gracias por tanto.
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martes, 4 de agosto de 2020
THOR: VIKINGS
Pleno verano en Agosto, y así, en remera, pantalón corto y ojotas, me siento a redactar un textito acerca de lo último que leí.
Años y años busqué el puto TPB de Vikings con menos éxito que un ministro de salud chileno enfrentando la pandemia. Así que cuando un amigo me ofreció la miniserie en revistitas, me resigné y dije “adentro”. Veamos con qué me encontré al recorrer estos cinco numeritos (llenos de avisos publicitarios uno más horrendo que el otro) escritos por Garth Ennis y dibujados por Glenn Fabry.
El dibujo está bastante bien. No descubro nada si digo que Fabry se luce muchísimo más como portadista que como dibujante de historietas. La portada de Fabry comparada con el dibujo interior de Fabry es más o menos como el opening de los Thundercats comparado con la animación de los episodios. Ni en pedo vas a encontrar adentro del comic la magia que tira el británico en las portadas. Pero tampoco es un mediocre, ni mucho menos. Es un buen dibujante de aventuras violentas, de alto impacto visual, con un despliegue impresionante en fondos y escenas de multitudes, con cientos de cuerpos en movimiento. El trabajo del colorista Paul Mounts le agrega un poco más de clima, que por ahí el trazo de Fabry no tiene, y realza un poco la onda de fantasía oscura y putrefacta que intenta transmitir el guion.
Garth Ennis, por su parte, se da el gusto de contar una aventura de superhéroes con sus propias reglas, con muertes truculentas, alguna grosería y un Thor que no encaja mucho con el Thor que leímos toda la vida. Su Dr. Strange (sin duda el personaje secundario con más peso en la trama) tampoco se ajusta mucho a lo que uno espera en materia de caracterización, pero bueno, no importa. Imaginate que es un comic de la editorial Pindonga o Cuchuflito, y que esos no son los héroes clásicos de Marvel, si no otros inventados por Ennis.
El conflicto está MUY bien planteado, el primer episodio es sumamente atrapante, y realmente te hace sentir que estamos ante una amenaza recontra-heavy y recontra-jodida. El desarrollo se hace un poco largo, se toma muchas páginas para explicarnos cuál es el plan de los buenos para frenar el embate de lo malos, y al final se resuelve todo un poquito fácil, para mi gusto. Esto mismo, narrado en 64 páginas en vez de 110, sería una bomba atómica de un poder destructivo sensacional. Estirado a 110 páginas, se diluye un poco, y se hace llevadero básicamente porque los diálogos son muy buenos y el villano es muy hijo de puta y te termina gustando ver una tras otra las atrocidades que le hace cometer Ennis hasta el momento en que recibe su merecido.
Vikings tiene las dos cosas que más me gustan de las historietas del gran guionista irlandés: escenas 100% bélicas (en este caso, con un aviador alemán que le da baile a los ingleses en la Segunda Guerra Mundial) y momentos de un humor negro espeso, impregnado de exquisita mala leche. ¿En un comic de Thor? Sí, Ennis aprovecha que esto sale en un sello apuntado al público adulto y nos regala un festival de mutilaciones, violaciones (estas no las muestra Fabry), decapitaciones, tripas y hectolitros de sangre, todo en un contexto ambiguo, que combina acertadamente el horror con el humor. Me imagino a Stan Lee o a Jack Kirby leyendo Vikings, con un gesto de estupor y desolación, pensando “qué irresponsables debemos haber sido para que los personajes que inventamos caigan en manos de zarpados como este”. Como si le hubieran dado una ametralladora a un nene de ocho años y le hubieran dicho “andá, nene, andá a jugar a la plaza con el chiche nuevo”.
No te quiero vender el chamuyo de que esto es comic de autor dentro del mainstream, ni que es un enfoque adulto sobre el tema de los superhéroes. Es un comic clásico, lineal, casi obvio, donde la sorpresa pasa por la crueldad, la truculencia y el grado de salvajismo con el que está contada la clásica pelea entre buenos y malos. Hay un mínimo subtexto político, un diálogo desopilante en el que George W. Bush queda como el subnormal que es, y cierto contraste (apenas esbozado) entre el aguante infinito de los vikingos y la comodidad aburguesada y desapasionada de los newyorkinos. No mucho más.
Para divertirse un rato está muy bien, y si sos hardcore fan de Ennis y lo seguís a todas partes, seguro te va a encantar verlo meterse con un superhéroe clásico, noble e incorruptible como es Thor.
Aguante el veranito dentro del invierno y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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miércoles, 7 de agosto de 2019
TARDE APACIBLE
Por supuesto que esta
tarde me gustaría estar en Rosario haciéndole el aguante a los Fernández, pero
bueno, me toca estar tranqui en casa y aprovecho para reseñar algunos libritos
que me devoré en estos últimos días.
Empezamos con el Vol.4 de
Oyasumi Punpun, la serie del maestro Inio Asano que estoy disfrutando muchísimo
gracias a la edición de Ivrea. Felizmente, el autor repite en este tomo la
fórmula del Vol.3: la mitad de las páginas son para la historia de Punpun y la
otra mitad para la historia de su tío Yuichi. Todo el arco argumental de Yoichi
es tremendo, te pone mal de lo bueno que está. Nunca había visto un manga que
se metiera tan a fondo en los sentimientos y los pensamientos de un adulto, que
pudiera poner en textos e imágenes tantas cosas que uno alguna vez pensó o
sintió a la hora de vincularse afectiva o carnalmente con personas del sexo
opuesto. Es increíble como algo tan normal, tan ordinario como la dinámica de
una pareja, las inseguridades, los silencios, los miedos, los celos, el deseo,
se pueden plasmar en un papel de un modo tan espectacular, con semejante
despliegue gráfico, con tantas ideas y tantos recursos para que el lector
sienta en carne propia lo que están viviendo los personajes. Lo que hace Asano
en estas páginas es profundo, es arriesgado, es asombroso por su sinceridad, su
emotividad y su efectividad a la hora de conmovernos.
Y el tramo centrado en
Punpun tampoco está mal, eh? Esta vez todo gira en torno a un torneo de badmington, y Asano se
revela como un mangaka notablemente dotado para contar gestas deportivas. Las
páginas en las que el Senpai Yaguchi juega al badmington tienen ese power
hiper-kinético que le vimos hace no mucho a los partidos de ping-pong del
maestro Taiyo Matsumoto, y en las restantes avanza a ritmo muuuuy pachorro la
telenovela de Punpun y la bella y esquiva Aiko, también contada desde lo más
hondo de los sentimientos del pibe con pinta de pajarito fantasma. En el medio
hay chistes groseros, breves pinceladas de comedia estudiantil, metidas para
romper de modo efímero ese clima raro, denso, siempre más propenso a la
melancolía y la introspección que a la joda pavota típica de los
adolescentes.
Oyasumi Punpun es un manga
de una intensidad infrecuente, con un enfoque totalmente único, potenciado por
el dibujo descomunal de Inio Asano, prendido fuego y secundado por un equipo de
siete asistentes, todos merecedores de una larga y sentida ovación. Voy por más
Punpun, en cualquier momento.
Justo cuando están todos
muy cebados con la serie de TV de The Boys, yo me pongo a leer otra obra de
Garth Ennis que consiste en tomar los clichés del género superheroico y
mezclarlos (en realidad, enchastrarlos) con chistes pasados de rosca que van
para el lado de la violencia extrema, el sexo y la escatología. All-Star
Section Eight salió en 2015 y acá el irlandés vuelve a formar equipo con el
gran John McCrea para traernos 120 páginas de delirio, descontrol y groserías.
Hacía bastante que no leía obras de Ennis 100% en joda con lo cual me reí
bastante con Section Eight.
Las apariciones de los
superhéroes clásicos de DC (Superman, Batman, Wonder Woman, Hal Jordan, Martian
Manhunter y un montón de personajes del palo místico-vertiguesco) están
bastante al pedo, porque la verdad que con Six-Pack y sus impresentables
adláteres alcanza y sobra para que la serie mantenga alto el nivel de humor
chocante y bizarreada al límite. De hecho, lo mejor que tiene la saga es que
Ennis se decide a profundizar un poco en Six-Pack, a contarnos un poco más de
dónde viene y por qué hace lo que hace. Los personajes nuevos no están mal, y
siempre es un gusto (mal gusto, pero gusto al fin) reencontrarse con creaciones
como Baytor, Dogwelder y el inexplicable Bueno Excelente. Creo que cualquier
comic donde aparezcan esos tres personajes merece ser comprado.
All-Star Section Eight
forma parte de una sub-continuidad de DC de la que sólo Garth Ennis se hace
cargo. Es parte de ese “pliegue en la realidad” que incluye la etapa de Ennis y
McCrea en Demon, todo Hitman y aquel irrepetible (por lo extremo) one-shot de
Hitman y Lobo, una guarrada que hoy no se publicaría ni en pedo en ninguna
editorial. Ennis ambienta todas estas historias en Gotham… pero es obvio que
ningún guionista de Batman ni de ningún otro personaje de Gotham puede incluir
a Six-Pack y Section Eight en sus historias. Y por otro lado, los héroes que
visitan el bar de Noonan lucen sus trajes perfectamente tomados de la época del
New 52, con los cuellitos mao, Superman sin calzones rojos, Diana con la vincha
plateada, etc.
El dibujo de McCrea está
buenísimo, mucho mejor que en sus trabajos para DC de los ´90. Más elegante,
más para el lado de Cam Kennedy, y a la vez más suelto, más versátil, siempre
generoso en las expresiones faciales, cuanto más grotescas mejor. El colorista
John Kalisz suma un montón a esta estética crota, barriobajera, que consigue hacernos
sentir el olor a birra barata, a chivo, a meo, a vómito. Si no te gustan los
chistes asquerosos ni la machaca descerebrada, igual podés disfrutar de Section
Eight por los dibujos.
Nada más, por hoy. Nos
reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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viernes, 19 de agosto de 2016
SEMANA DE BASTANTES LECTURAS
Entre la peli del Squad y las lecturas que se me acumularon en estos días, venimos con un gran ritmo de posteos en el blog. Este año ya van 35 posts y es bastante probable que de acá al 31 de Diciembre logremos subir 30 más.
Hoy arranco con Judge Dredd: Judgement Day, una saga originalmente serializada entre 1992 y 1993 en el semanario 2000 A.D. y la revista Judge Dredd Megazine. Se trata de una aventura extensa, de casi 160 páginas, escrita nada menos que por Garth Ennis, y con varios dibujantes a los que mencionaré en un toque. La trama es sencilla y quizás demasiado lineal: un hechicero resucita a miles de millones de muertos y genera una plaga zombie que asola al mundo entero. Dredd y otros jueces deberán hacerle frente a la amenaza y ganarán, no sin antes sacrificar las vidas de millones de personas en un genocidio que cualquier héroe posta hubiese dado la vida por evitar. Pero esto es Judge Dredd y acá la vida humana vale menos que la de una cucaracha. Ennis ni siquiera hace demasiado hincapié en la envergadura de la hecatombe que provocan los propios “buenos” y mucho menos en las consecuencias. La meta es derrotar al villano y, con la ayuda del protagonista de Strontium Dogs, lo van a lograr. Los diálogos son irónicos o directamente cómicos, la acción no decae y es todo tan grandilocuente, tan pasado de rosca, que no hace falta ser un genio para detectar que se trata (en cierto modo) de una gigantesca farsa. Entre los dibujantes están el siempre cumplidor Carlos Ezquerra, un flojísimo Peter Doherty (que cuando dibuja sin ganas es infumable), unas páginas alucinantes del maestro Dean Ormston (con efectos expresionistas que más tarde veríamos en Ben Templesmith o Renzo Podestá) y un clon de Simon Bisley de asombrosa similitud, llamado Chris Halls. Un promedio bastante alto para el dibujo, mejor que el del guión, que a pesar de algunos aciertos no pasa de ser “otra de zombies”.
Mara es una historieta de 2013, escrita por el prolífico Brian Wood y dibujada por la hoy consagrada Ming Doyle. Te resumo el argumento: En un mundo sin superhéroes, una persona pela públicamente unos superpoderes zarpadísimos. El gobierno la trata de cooptar, controlar e investigar y para eso le hace tantas guachadas que esta persona se pudre y dice “¿Yo no les hice nada y ustedes me consideran una amenaza? Ahora les voy a dar motivos”. Esto ya lo leímos chotocientas mil veces, y en todo caso lo interesante es ver cómo Wood nos cuenta la historia, porque buena parte de lo que sucede es lo que ya te imaginarás. El ídolo te decora bien la torta, con una buena construcción de personajes, una ambientación futurista bastante interesante y –fiel a su estilo- mete poco diálogo y deja que sea la imagen la que cuente el cuento. Cuando el diálogo aparece, es invariablemente acertado, escueto y nunca es imprescindible. Es la acción y no la palabra lo que hace avanzar a la trama. Al dibujo de Ming Doyle le falta algo, quizás originalidad, o riesgos, pero resulta agradable, es muy funcional al relato y se complementa armónicamente con los hermosos colores de la infalible Jordie Bellaire. Con todo eso tenido en cuenta, Mara es un comic interesante, pero lejos de ocupar un sitial privilegiado o fundamental dentro de la bibliografía de Wood. Si conocés a alguna minita que juegue al voley, no dejes de regalárselo. Vas a quedar como un archiduque.
El año pasado, el 22 de Junio, un goma decía en su reseña de Waibero: “descubrí a un dibujante formidable, con un estilo único, muy atractivo, y ahora me falta leer historietas de El Waibe que me cierren, que me dejen algo, que encuentren lugar para desarrollarse más allá de la idea, que me permitan conectar mejor con ese universo gráfico tan intenso y tan logrado”. Bueno, acá está. Defecaciones Humanas es una novelita gráfica de 48 páginas a todo color, escrita y dibujada por El Waibe, en la que el joven autor saca chapa de grosso. Acá sí, hay un argumento fuerte, un personaje ganchero, una bajada de línea notable, chistes, guarangadas y elementos escatológicos puestos en función de un relato sólido, atrapante, con acción, pasos de comedia, bizarreadas que no tienen (ni requieren) mucha explicación, algo de romance e incluso la posibilidad de dejarnos pensando en temas importantes. El propio autor se convirtió en editor para este proyecto, con lo cual me imagino que habrá hecho una tirada pequeña y que (si bien salió a fines de 2015) es probable que Defecaciones Humanas hoy sea difícil de conseguir. Pero te aseguro que recontra-vale la pena. Esto se podría haber publicado tranquilamente en Fantagraphics, o en la mejor época de El Víbora. Y encima te deja convencido de que la próxima obra que pele El Waibe va a ser aún mejor.
Gracias por todo (especialmente a los que se acercaron a saludar durante Crack Bang Boom) y la seguimos pronto.
Hoy arranco con Judge Dredd: Judgement Day, una saga originalmente serializada entre 1992 y 1993 en el semanario 2000 A.D. y la revista Judge Dredd Megazine. Se trata de una aventura extensa, de casi 160 páginas, escrita nada menos que por Garth Ennis, y con varios dibujantes a los que mencionaré en un toque. La trama es sencilla y quizás demasiado lineal: un hechicero resucita a miles de millones de muertos y genera una plaga zombie que asola al mundo entero. Dredd y otros jueces deberán hacerle frente a la amenaza y ganarán, no sin antes sacrificar las vidas de millones de personas en un genocidio que cualquier héroe posta hubiese dado la vida por evitar. Pero esto es Judge Dredd y acá la vida humana vale menos que la de una cucaracha. Ennis ni siquiera hace demasiado hincapié en la envergadura de la hecatombe que provocan los propios “buenos” y mucho menos en las consecuencias. La meta es derrotar al villano y, con la ayuda del protagonista de Strontium Dogs, lo van a lograr. Los diálogos son irónicos o directamente cómicos, la acción no decae y es todo tan grandilocuente, tan pasado de rosca, que no hace falta ser un genio para detectar que se trata (en cierto modo) de una gigantesca farsa. Entre los dibujantes están el siempre cumplidor Carlos Ezquerra, un flojísimo Peter Doherty (que cuando dibuja sin ganas es infumable), unas páginas alucinantes del maestro Dean Ormston (con efectos expresionistas que más tarde veríamos en Ben Templesmith o Renzo Podestá) y un clon de Simon Bisley de asombrosa similitud, llamado Chris Halls. Un promedio bastante alto para el dibujo, mejor que el del guión, que a pesar de algunos aciertos no pasa de ser “otra de zombies”.
Mara es una historieta de 2013, escrita por el prolífico Brian Wood y dibujada por la hoy consagrada Ming Doyle. Te resumo el argumento: En un mundo sin superhéroes, una persona pela públicamente unos superpoderes zarpadísimos. El gobierno la trata de cooptar, controlar e investigar y para eso le hace tantas guachadas que esta persona se pudre y dice “¿Yo no les hice nada y ustedes me consideran una amenaza? Ahora les voy a dar motivos”. Esto ya lo leímos chotocientas mil veces, y en todo caso lo interesante es ver cómo Wood nos cuenta la historia, porque buena parte de lo que sucede es lo que ya te imaginarás. El ídolo te decora bien la torta, con una buena construcción de personajes, una ambientación futurista bastante interesante y –fiel a su estilo- mete poco diálogo y deja que sea la imagen la que cuente el cuento. Cuando el diálogo aparece, es invariablemente acertado, escueto y nunca es imprescindible. Es la acción y no la palabra lo que hace avanzar a la trama. Al dibujo de Ming Doyle le falta algo, quizás originalidad, o riesgos, pero resulta agradable, es muy funcional al relato y se complementa armónicamente con los hermosos colores de la infalible Jordie Bellaire. Con todo eso tenido en cuenta, Mara es un comic interesante, pero lejos de ocupar un sitial privilegiado o fundamental dentro de la bibliografía de Wood. Si conocés a alguna minita que juegue al voley, no dejes de regalárselo. Vas a quedar como un archiduque.
El año pasado, el 22 de Junio, un goma decía en su reseña de Waibero: “descubrí a un dibujante formidable, con un estilo único, muy atractivo, y ahora me falta leer historietas de El Waibe que me cierren, que me dejen algo, que encuentren lugar para desarrollarse más allá de la idea, que me permitan conectar mejor con ese universo gráfico tan intenso y tan logrado”. Bueno, acá está. Defecaciones Humanas es una novelita gráfica de 48 páginas a todo color, escrita y dibujada por El Waibe, en la que el joven autor saca chapa de grosso. Acá sí, hay un argumento fuerte, un personaje ganchero, una bajada de línea notable, chistes, guarangadas y elementos escatológicos puestos en función de un relato sólido, atrapante, con acción, pasos de comedia, bizarreadas que no tienen (ni requieren) mucha explicación, algo de romance e incluso la posibilidad de dejarnos pensando en temas importantes. El propio autor se convirtió en editor para este proyecto, con lo cual me imagino que habrá hecho una tirada pequeña y que (si bien salió a fines de 2015) es probable que Defecaciones Humanas hoy sea difícil de conseguir. Pero te aseguro que recontra-vale la pena. Esto se podría haber publicado tranquilamente en Fantagraphics, o en la mejor época de El Víbora. Y encima te deja convencido de que la próxima obra que pele El Waibe va a ser aún mejor.
Gracias por todo (especialmente a los que se acercaron a saludar durante Crack Bang Boom) y la seguimos pronto.
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sábado, 14 de febrero de 2015
14/ 02: BATTLEFIELDS: THE FALL AND RISE OF ANNA KHARKOVA
Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Esto es un disparate editorial de Dynamite: un librito con sólo 66 páginas de historieta, a u$ 16.99. Trae el guión del tercer episodio y el papel es buenísimo. Pero igual es un delirio, sólo se puede comprar si (como yo) lo ves en oferta.
Estoy casi seguro de que esta es la última miniserie de la colección Battlefields, y acá el guionista Garth Ennis retoma a un personaje que ya había aparecido en la primera de todas. Si no la leíste, esto se entiende igual. Como su nombre lo indica, The Fall and Rise of Anna Kharkova se centra en la vida de esta chica, piloto militar de la Unión Soviética, y nos narra tres historias chiquitas pero intensas ambientadas en tres épocas distintas: la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la Guerra Fría, la época de la carrera espacial entre rusos y yankis.
En cada una de estas épocas, a Anna le pasan cosas muy jodidas, injustas como el arbitraje de Pitana anoche en Racing-Rosario Central, simplemente por ser mujer y tener muchos huevos. Ennis nos presenta a un personaje que es pura vitalidad, pasión, ganas de vivir y de servir a su patria, atrapada en un conflicto irresoluble con un sistema de mierda, opresivo, retrógrado, anquilosado en el machismo más cabeza y la burocracia más obsoleta. Herida, ninguneada, humillada, Anna nunca va a agachar la cabeza sino que va a subir la apuesta, a cantarle un desafiante “quiero retruco” a sus victimarios. En la caracterización de Anna (y un par de secundarios) y en el contrapunto con el nefasto Merkulov están los hallazgos más notables del prócer irlandés.
El dibujo está a cargo de Russell Braun, a quien ya vimos meter mano en un TPB de Fables. Con pocos cuadros por página (nunca más de seis), Braun tiene muchas oportunidades de lucimiento y las aprovecha para realizar su mejor trabajo, por lo menos de los que yo recuerdo. La reconstrucción histórica está muy cuidada, los fondos, tanques y aviones no parecen fotos retocadas y lo más importante, que acá son los sentimientos de los personajes, está perfectamente plasmado en muy buenas expresiones faciales. Lo de Braun es un punto medio entre un José Luis García López un toque menos elegante, y una versión lavadita, menos intensa y menos dark de Steve Pugh. ¿Funciona? Sí, y muy bien.
Si sos fan de las historias bélicas de Garth Ennis, si querés descubrir a un muy buen dibujante de estilo realista, si te interesa el tema de las mujeres militares en la ex-Unión Soviética, o si sencillamente te querés dejar llevar por una historia redonda, fuerte y emotiva, fijate si encontrás este librito a buen precio y levantá vuelo junto a la carismática Anna Kharkova.
Esto es un disparate editorial de Dynamite: un librito con sólo 66 páginas de historieta, a u$ 16.99. Trae el guión del tercer episodio y el papel es buenísimo. Pero igual es un delirio, sólo se puede comprar si (como yo) lo ves en oferta.
Estoy casi seguro de que esta es la última miniserie de la colección Battlefields, y acá el guionista Garth Ennis retoma a un personaje que ya había aparecido en la primera de todas. Si no la leíste, esto se entiende igual. Como su nombre lo indica, The Fall and Rise of Anna Kharkova se centra en la vida de esta chica, piloto militar de la Unión Soviética, y nos narra tres historias chiquitas pero intensas ambientadas en tres épocas distintas: la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la Guerra Fría, la época de la carrera espacial entre rusos y yankis.
En cada una de estas épocas, a Anna le pasan cosas muy jodidas, injustas como el arbitraje de Pitana anoche en Racing-Rosario Central, simplemente por ser mujer y tener muchos huevos. Ennis nos presenta a un personaje que es pura vitalidad, pasión, ganas de vivir y de servir a su patria, atrapada en un conflicto irresoluble con un sistema de mierda, opresivo, retrógrado, anquilosado en el machismo más cabeza y la burocracia más obsoleta. Herida, ninguneada, humillada, Anna nunca va a agachar la cabeza sino que va a subir la apuesta, a cantarle un desafiante “quiero retruco” a sus victimarios. En la caracterización de Anna (y un par de secundarios) y en el contrapunto con el nefasto Merkulov están los hallazgos más notables del prócer irlandés.
El dibujo está a cargo de Russell Braun, a quien ya vimos meter mano en un TPB de Fables. Con pocos cuadros por página (nunca más de seis), Braun tiene muchas oportunidades de lucimiento y las aprovecha para realizar su mejor trabajo, por lo menos de los que yo recuerdo. La reconstrucción histórica está muy cuidada, los fondos, tanques y aviones no parecen fotos retocadas y lo más importante, que acá son los sentimientos de los personajes, está perfectamente plasmado en muy buenas expresiones faciales. Lo de Braun es un punto medio entre un José Luis García López un toque menos elegante, y una versión lavadita, menos intensa y menos dark de Steve Pugh. ¿Funciona? Sí, y muy bien.
Si sos fan de las historias bélicas de Garth Ennis, si querés descubrir a un muy buen dibujante de estilo realista, si te interesa el tema de las mujeres militares en la ex-Unión Soviética, o si sencillamente te querés dejar llevar por una historia redonda, fuerte y emotiva, fijate si encontrás este librito a buen precio y levantá vuelo junto a la carismática Anna Kharkova.
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viernes, 4 de julio de 2014
04/ 05: FURY MAX Vol.2
Al final fueron 13, no 12, los episodios que duró esta estremecedora serie del sello MAX, cuyo primero tomo reseñamos el 15/09/13. Recomiendo repasar esa reseña, porque esta vez no pienso agregar una sola palabra acerca del trabajo del dibujante, Goran Parlov. Todo lo que opino sobre el desempeño del croata en esta serie está expresado en la reseña del Vol.1.
Este tomo está compuesto por dos arcos argumentales de tres episodios (como el Vol.1), al que se le suma un epílogo. El primer arco nos lleva a Vietnam, en 1970, para una misión en la que Nick Fury formará equipo con un joven pero ya curtidísimo Frank Castle. Como en las dos saguitas del tomo anterior, lo que más le interesa a Garth Ennis a la hora de escribir estas historias es mostrar el lado oscuro, sórdido, revulsivo de estas heroicas epopeyas de los EEUU en el Tercer Mundo. Son las Fuerzas Armadas, sí, pero el telón de fondo lo pone la CIA, y eso significa que detrás de la guerra hay gigantescos negocios que tienen que ver básicamente con el narcotráfico. Muy en sintonía con el memorable aporte de Alan Moore a Brought to Light (lo vimos el 12/01/12), Ennis se compromete con la denuncia, le pone todas las fichas a explorar mediante estas historias las atrocidades que la CIA hizo y bancó no por la libertad y la democracia, sino por la guita y el poder que implica la guita en una sociedad capitalista como la yanki.
La segunda historia va para el mismo lado, pero esta vez el escenario es Nicaragua y el año es 1984. Fury va a ser testigo de los escabrosos crímenes de lesa humanidad y los gigantescos negocios vinculados a la droga que se esconden detrás del entrenamiento de los contras por parte de la CIA. Con la excusa de no dejar crecer a los comunistas en el patio trasero de los EEUU, esta guerra de guerrillas cobrará miles de vidas, costará miles de millones y terminará con las roscas más espurias finalmente expuestas ante la opinión pública.
Como en los arcos del Vol.1, uno ya sabe cómo va a terminar la participación de los yankis en cada uno de estos conflictos y Ennis acierta al respetar los resultados del mundo real. Sin embargo, encuentra la forma de que el rol de Fury no sea irrelevante, sino que sirva para algo. O que por lo menos se preste para aventuras al límite, tensas, de las que sabemos que va a salir con vida, pero que nos mantengan entretenidos mientras Ennis baja línea. Para esto es muy importante el tratamiento que le da el irlandés al elenco de secundarios (ya lo desarrollé en la reseña del Vol.1), a los que hace avanzar con mucho huevo hacia un final inesperado, de altísimo impacto, que vemos en el epílogo. A lo largo de todo el tomo hay diálogos brillantes, afiladísimos, que plantean en términos incontrastables el espesor y la urgencia de los conflictos que nos muestra Ennis, y sin embargo, los diálogos más tremendos, los más categóricos, están en el epílogo ambientado en 1999, cuando los personajes ya son viejos y hace tiempo que no se meten en ninguna guerra sucia. Ahí el guionista le saca jugo a otros combates, igual de cruentos, pero librados en el fuero íntimo de Nick, Shirley, George y el senador McCuskey.
Un final a todo trapo para un comic muy jodido, muy jugado, que debería usarse para enseñar historia en las escuelas de los EEUU, si no fuera por la sobredosis de puteadas, los garches, los destripamientos y las masacres de las que no se salvan ni mujeres, ni ancianos ni bebés. Si el festival de la mala leche y las atrocidades no te ahuyentan, si te bancás a un Nick Fury tremendamente cínico envuelto en runflas siniestras con gente mucho más hija de puta que él, acá vas a encontrar una obra excelente, con inmensos hallazgos en la caracterización, en el andamiaje dramático que sostiene a las aventuras y sobre todo en la revisión de hechos clave en la historia del Siglo XX, en los que invariablemente Garth Ennis detecta la mano negra de los servicios de inteligencia de los EEUU, soretes jodidos si los hay.
Este tomo está compuesto por dos arcos argumentales de tres episodios (como el Vol.1), al que se le suma un epílogo. El primer arco nos lleva a Vietnam, en 1970, para una misión en la que Nick Fury formará equipo con un joven pero ya curtidísimo Frank Castle. Como en las dos saguitas del tomo anterior, lo que más le interesa a Garth Ennis a la hora de escribir estas historias es mostrar el lado oscuro, sórdido, revulsivo de estas heroicas epopeyas de los EEUU en el Tercer Mundo. Son las Fuerzas Armadas, sí, pero el telón de fondo lo pone la CIA, y eso significa que detrás de la guerra hay gigantescos negocios que tienen que ver básicamente con el narcotráfico. Muy en sintonía con el memorable aporte de Alan Moore a Brought to Light (lo vimos el 12/01/12), Ennis se compromete con la denuncia, le pone todas las fichas a explorar mediante estas historias las atrocidades que la CIA hizo y bancó no por la libertad y la democracia, sino por la guita y el poder que implica la guita en una sociedad capitalista como la yanki.
La segunda historia va para el mismo lado, pero esta vez el escenario es Nicaragua y el año es 1984. Fury va a ser testigo de los escabrosos crímenes de lesa humanidad y los gigantescos negocios vinculados a la droga que se esconden detrás del entrenamiento de los contras por parte de la CIA. Con la excusa de no dejar crecer a los comunistas en el patio trasero de los EEUU, esta guerra de guerrillas cobrará miles de vidas, costará miles de millones y terminará con las roscas más espurias finalmente expuestas ante la opinión pública.
Como en los arcos del Vol.1, uno ya sabe cómo va a terminar la participación de los yankis en cada uno de estos conflictos y Ennis acierta al respetar los resultados del mundo real. Sin embargo, encuentra la forma de que el rol de Fury no sea irrelevante, sino que sirva para algo. O que por lo menos se preste para aventuras al límite, tensas, de las que sabemos que va a salir con vida, pero que nos mantengan entretenidos mientras Ennis baja línea. Para esto es muy importante el tratamiento que le da el irlandés al elenco de secundarios (ya lo desarrollé en la reseña del Vol.1), a los que hace avanzar con mucho huevo hacia un final inesperado, de altísimo impacto, que vemos en el epílogo. A lo largo de todo el tomo hay diálogos brillantes, afiladísimos, que plantean en términos incontrastables el espesor y la urgencia de los conflictos que nos muestra Ennis, y sin embargo, los diálogos más tremendos, los más categóricos, están en el epílogo ambientado en 1999, cuando los personajes ya son viejos y hace tiempo que no se meten en ninguna guerra sucia. Ahí el guionista le saca jugo a otros combates, igual de cruentos, pero librados en el fuero íntimo de Nick, Shirley, George y el senador McCuskey.
Un final a todo trapo para un comic muy jodido, muy jugado, que debería usarse para enseñar historia en las escuelas de los EEUU, si no fuera por la sobredosis de puteadas, los garches, los destripamientos y las masacres de las que no se salvan ni mujeres, ni ancianos ni bebés. Si el festival de la mala leche y las atrocidades no te ahuyentan, si te bancás a un Nick Fury tremendamente cínico envuelto en runflas siniestras con gente mucho más hija de puta que él, acá vas a encontrar una obra excelente, con inmensos hallazgos en la caracterización, en el andamiaje dramático que sostiene a las aventuras y sobre todo en la revisión de hechos clave en la historia del Siglo XX, en los que invariablemente Garth Ennis detecta la mano negra de los servicios de inteligencia de los EEUU, soretes jodidos si los hay.
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domingo, 15 de septiembre de 2013
15/ 09: FURY MAX Vol.1
Era hora de que Garth Ennis volviera a escribir comics de Nick Fury y en 2012 se nos dio. Felizmente le dieron luz verde para incursionar una vez más en el sello MAX, que es el que permite subir la apuesta en materia de gore, sexo y puteadas, como para darle un tono más jodido a las aventuras de este milico que se enamoró de la guerra y no la puede abandonar.
La idea de Ennis para estos 12 episodios (de los cuales el primer tomo recoopila seis) es contarnos varias guerras sucias, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en las que mojó EEUU casi siempre con penosos resultados. El primer arco nos lleva a Indochina, en 1954, una época y un lugar donde también nos metimos a fondo en la reseña de By the Numbers, el comic que vimos el 7 de Mayo de este año. Y el segundo, a la invasión en Bahía de Cochinos, la que nos narrara hace poco Spain Rodriguez como parte de su biografía del Che Guevara. Es una idea bastante rara, porque uno ya sabe todo lo que va a pasar. Ennis respeta los resultados que se dieron en el mundo real, con lo cual uno ya sabe que Dien Bien Phu va a caer y que Fidel Castro no va a morir y sus revolucionarios le van a patear el culo a los yankis. No está el suspenso, la emoción de enterarse cómo le va a ir a Nick Fury en las misiones: sabemos de antemano que va a perder.
La gracia pasa por otros dos lados. Por un lado, siempre es un placer ver a Ennis bajar línea contra la CIA y contra las operaciones de EEUU en el Tercer Mundo, en general. En la saguita en Indochina también aprovecha para pegarle a los franceses y su tibio intento de preservar sus prerrogativas colonialistas, y a los nazis, porque en 1954 todavía quedaban sueltos un par de muchachos que masacraron a “las razas inferiores” en nombre del Tercer Reich. En la saga de Cuba se caga de risa de lo mal planificada y ejecutada que estuvo la invasión y cuestiona seriamente el rol que jugó John F. Kennedy, pero no se pone la camiseta de Fidel. La escena de torturas más aberrante del libro está protagonizada por un revolucionario cubano, que no tiene reparos en convertirse en verdugo de los invasores yankis, algo que –si le creemos a Spain Rodriguez- Fidel y el Che no habrían permitido nunca.
Por el otro lado, Ennis arma un muy lindo elenco para estas aventuras, obviamente con Nick Fury al frente. Amante de los cigarros, el whisky y las putas, mal hablado y cínico, Fury sigue por el camino trazado por Ennis hace más de 10 años, en su primera miniserie para el sello MAX. No sé si desde entonces ha habido un retrato más acertado de este viejo héroe de los comics bélicos de Marvel. Entre los secundarios se destacan George Hatherly (lo más parecido a un “bueno” que tiene la serie), el advenedizo diputado Pug McCuskey y la infartante Shirley DeFabio, un minón infernal que a la hora de las trompadas mete miedo y a la hora de las caricias, mucho más. Y como en todos los comics de guerra, aparecen más milicos que –tras amagar un par de páginas con convertirse en personajes relevantes- caerán en combate cuando la cosa se pase de castaño oscuro.
A cargo del dibujo tenemos al croata Goran Parlov, en un gran nivel. Parlov es una mezcla de Walt Simonson, el mejor Ron Garney, Oswal, el mejor Cliff Chiang, Giancarlo Alessandrini y algunas cositas de Jordi Bernet. Un dibujante completísimo, con un trazo muy versátil, al que claramente le gusta más laburar que chorear fotos. Para mi gusto, abusa un poco de la grilla widescreen (la “apilada” de viñetas horizontales), pero por suerte esto no resiente demasiado a la narrativa, que resulta sumamente fluída y entretenida, incluso cuando nos topamos con extensas secuencias de diálogos. Muy buen trabajo de este dibujante nunca valorado en toda su dimensión.
Me queda un segundo tomo de Fury MAX, seguramente para el año que viene, en el que el viejo Nick se enchastrará peleando para los yankis en otras guerras mugrientas, en otras misiones encubiertas que probablemente salgan mal. Si te gustan los diálogos groseros, directos y punzantes del mejor Garth Ennis, o si te divierte ver al irlandés en su género favorito (el bélico), o compartís su visión tremendamente crítica del rol de los EEUU durante la Guerra Fría, esto te va a encantar. Y si te bancás al Nick Fury menos heroico y más hijo de puta, no te quedes afuera de este festival de la runfla, las masacres, las torturas, las mutilaciones y los garches, escrito con muchas pilas y mucha mala leche por un guionista que –en obras como esta- justifica la desmesurada devoción que le profesan sus fans.
La idea de Ennis para estos 12 episodios (de los cuales el primer tomo recoopila seis) es contarnos varias guerras sucias, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en las que mojó EEUU casi siempre con penosos resultados. El primer arco nos lleva a Indochina, en 1954, una época y un lugar donde también nos metimos a fondo en la reseña de By the Numbers, el comic que vimos el 7 de Mayo de este año. Y el segundo, a la invasión en Bahía de Cochinos, la que nos narrara hace poco Spain Rodriguez como parte de su biografía del Che Guevara. Es una idea bastante rara, porque uno ya sabe todo lo que va a pasar. Ennis respeta los resultados que se dieron en el mundo real, con lo cual uno ya sabe que Dien Bien Phu va a caer y que Fidel Castro no va a morir y sus revolucionarios le van a patear el culo a los yankis. No está el suspenso, la emoción de enterarse cómo le va a ir a Nick Fury en las misiones: sabemos de antemano que va a perder.
La gracia pasa por otros dos lados. Por un lado, siempre es un placer ver a Ennis bajar línea contra la CIA y contra las operaciones de EEUU en el Tercer Mundo, en general. En la saguita en Indochina también aprovecha para pegarle a los franceses y su tibio intento de preservar sus prerrogativas colonialistas, y a los nazis, porque en 1954 todavía quedaban sueltos un par de muchachos que masacraron a “las razas inferiores” en nombre del Tercer Reich. En la saga de Cuba se caga de risa de lo mal planificada y ejecutada que estuvo la invasión y cuestiona seriamente el rol que jugó John F. Kennedy, pero no se pone la camiseta de Fidel. La escena de torturas más aberrante del libro está protagonizada por un revolucionario cubano, que no tiene reparos en convertirse en verdugo de los invasores yankis, algo que –si le creemos a Spain Rodriguez- Fidel y el Che no habrían permitido nunca.
Por el otro lado, Ennis arma un muy lindo elenco para estas aventuras, obviamente con Nick Fury al frente. Amante de los cigarros, el whisky y las putas, mal hablado y cínico, Fury sigue por el camino trazado por Ennis hace más de 10 años, en su primera miniserie para el sello MAX. No sé si desde entonces ha habido un retrato más acertado de este viejo héroe de los comics bélicos de Marvel. Entre los secundarios se destacan George Hatherly (lo más parecido a un “bueno” que tiene la serie), el advenedizo diputado Pug McCuskey y la infartante Shirley DeFabio, un minón infernal que a la hora de las trompadas mete miedo y a la hora de las caricias, mucho más. Y como en todos los comics de guerra, aparecen más milicos que –tras amagar un par de páginas con convertirse en personajes relevantes- caerán en combate cuando la cosa se pase de castaño oscuro.
A cargo del dibujo tenemos al croata Goran Parlov, en un gran nivel. Parlov es una mezcla de Walt Simonson, el mejor Ron Garney, Oswal, el mejor Cliff Chiang, Giancarlo Alessandrini y algunas cositas de Jordi Bernet. Un dibujante completísimo, con un trazo muy versátil, al que claramente le gusta más laburar que chorear fotos. Para mi gusto, abusa un poco de la grilla widescreen (la “apilada” de viñetas horizontales), pero por suerte esto no resiente demasiado a la narrativa, que resulta sumamente fluída y entretenida, incluso cuando nos topamos con extensas secuencias de diálogos. Muy buen trabajo de este dibujante nunca valorado en toda su dimensión.
Me queda un segundo tomo de Fury MAX, seguramente para el año que viene, en el que el viejo Nick se enchastrará peleando para los yankis en otras guerras mugrientas, en otras misiones encubiertas que probablemente salgan mal. Si te gustan los diálogos groseros, directos y punzantes del mejor Garth Ennis, o si te divierte ver al irlandés en su género favorito (el bélico), o compartís su visión tremendamente crítica del rol de los EEUU durante la Guerra Fría, esto te va a encantar. Y si te bancás al Nick Fury menos heroico y más hijo de puta, no te quedes afuera de este festival de la runfla, las masacres, las torturas, las mutilaciones y los garches, escrito con muchas pilas y mucha mala leche por un guionista que –en obras como esta- justifica la desmesurada devoción que le profesan sus fans.
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lunes, 4 de febrero de 2013
04/ 02: BATTLER BRITTON
Allá por Septiembre de 2010, me tocó reseñar una historieta en la que Garth Ennis reversionaba a un recontra-clásico del comic británico, con resultados bastante mediocrones. Tanto que, si hubiese sabido que Battler Britton era un revival de un personaje de los años ´50 y ´60, por ahí no me lo compraba. Finalmente me enteré de ese dato gracias a un texto del propio Ennis con el que abre el tomo. De hecho, en ese texto el guionista recuerda que allá por los primeros años ´60 pasaron por Battler Britton próceres como Solano López, Víctor Hugo Arias y Hugo Pratt, lo cual me sumó bastante expectativa para la lectura.
Por suerte, esta vez a Ennis le salió todo bien. Se embarcó en una de sus especialidades, el comic bélico, y se aferró al género con vehemencia. Casi no hay chistes, las puteadas están pero son muy light (no hay un sólo “fuck”), la aventura es clásica y lineal, los villanos son los nazis y no se indaga en lo más mínimo en quiénes son y por qué hacen lo que hacen (de hecho, no llegamos a percibirlos como seres humanos), y para que la cosa no suene ramplona o predecible, hay un conflicto paralelo al de la guerra que es la rivalidad entre los pilotos británicos y los yankis, que deben trabajar en equipo en el frente africano.
En este contexto de sobriedad, en el que está muy medido incluso el grado de truculencia de los combates (acá, por ejemplo, hay cero gore, cero torturas, cero balazos a la cabeza), lo más picante, lo más atractivo son las personalidades de los personajes y el contrapunto que se genera entre ellos. “Battler” Britton es el héroe, el tipo experimentado, lúcido, intachable, un grosso entre los grossos. Pero a la primera de cambio, le salta la térmica y le baja los dientes de un trompazo al jefe de los aviadores yankis, lo cual genera una división, un recelo, una mala onda que por momentos parece una amenaza más jodida que los nazis. Los yankis son todos bastante soberbios, algo rústicos y más zarpados a la hora de combatir. Pero tampoco comen vidrio: enseguida van a reconocer los méritos de los británicos, que vienen de varios años de guerra contra los soldaditos del führer y la tienen un poquito clara a la hora de enfrentar a los stukas.
Obviamente no todos los pilotos que Ennis nos presenta en el primer episodio van a llegar vivos al final. La ventaja es que acá el único intocable, el único que seguro llega entero a la última viñeta es “Battler”. El resto, no sabés. No es como en los comics del Sgt. Rock, donde los intocables son cinco o seis. Y también, a diferencia de los comics del capo de la Easy Co., acá están cuidadísimos los diálogos. No son ni millones ni tres o cuatro, no cuentan lo mismo que muestran las imágenes y Ennis no los usa (como en otras obras suyas) para explicar en las últimas siete u ocho páginas lo que no explicó en todo el resto de la saga.
Al frente de la faz gráfica tenemos al maestro neozelandés Colin Wilson, bestia sacrosanta del comic, al que no le asusta ningún género vinculado a la aventura. La ambientación desértica le permite a Wilson dibujar pocos fondos, entonces se mata cada vez que tiene que dibujar aviones, tanques y camiones. Y por supuesto en las caras, ya que las expresiones faciales tienen mucho peso en una trama donde entre los propios “buenos” se vive todo el tiempo la tensión, el “mirarse feo”. Así como en sus álbumes de Blueberry el maestro metía muchas rayitas “a lo Giraud”, acá prueba efectos de iluminación con rayitas a lo Joe Kubert, a veces rayas más brutales a lo John K. Snyder y a veces manchas bien fuertes, a la Tony Harris de la época de Starman. Es obvio que en las peleas entre aviones Wilson no va a poder superar a Kubert, pero igual se esfuerza, no se guarda nada, pela todo su arsenal de recursos narrativos y logra escenas de altísimo impacto. Por si faltara algo, los colores de Jeromy Cox lo acompañan con mucha elegancia. Ah! Y las portadas de Garry Leach! Fastuosas es poco...
Si te gustan las historias de la Segunda Guerra Mundial, no dudes en conseguir Battler Britton. Si sos fan de Colin Wilson, o del Garth Ennis bélico, tampoco. Creo que a los únicos que no les recomiendo esta saga es a los fans del Battler Britton clásico porque –me parece, sin haberlo leído- que no tiene nada que ver con esta versión, más allá del protagonista y la ambientación. El resto, a combatir por su ejemplar, que recontra vale la pena.
Por suerte, esta vez a Ennis le salió todo bien. Se embarcó en una de sus especialidades, el comic bélico, y se aferró al género con vehemencia. Casi no hay chistes, las puteadas están pero son muy light (no hay un sólo “fuck”), la aventura es clásica y lineal, los villanos son los nazis y no se indaga en lo más mínimo en quiénes son y por qué hacen lo que hacen (de hecho, no llegamos a percibirlos como seres humanos), y para que la cosa no suene ramplona o predecible, hay un conflicto paralelo al de la guerra que es la rivalidad entre los pilotos británicos y los yankis, que deben trabajar en equipo en el frente africano.
En este contexto de sobriedad, en el que está muy medido incluso el grado de truculencia de los combates (acá, por ejemplo, hay cero gore, cero torturas, cero balazos a la cabeza), lo más picante, lo más atractivo son las personalidades de los personajes y el contrapunto que se genera entre ellos. “Battler” Britton es el héroe, el tipo experimentado, lúcido, intachable, un grosso entre los grossos. Pero a la primera de cambio, le salta la térmica y le baja los dientes de un trompazo al jefe de los aviadores yankis, lo cual genera una división, un recelo, una mala onda que por momentos parece una amenaza más jodida que los nazis. Los yankis son todos bastante soberbios, algo rústicos y más zarpados a la hora de combatir. Pero tampoco comen vidrio: enseguida van a reconocer los méritos de los británicos, que vienen de varios años de guerra contra los soldaditos del führer y la tienen un poquito clara a la hora de enfrentar a los stukas.
Obviamente no todos los pilotos que Ennis nos presenta en el primer episodio van a llegar vivos al final. La ventaja es que acá el único intocable, el único que seguro llega entero a la última viñeta es “Battler”. El resto, no sabés. No es como en los comics del Sgt. Rock, donde los intocables son cinco o seis. Y también, a diferencia de los comics del capo de la Easy Co., acá están cuidadísimos los diálogos. No son ni millones ni tres o cuatro, no cuentan lo mismo que muestran las imágenes y Ennis no los usa (como en otras obras suyas) para explicar en las últimas siete u ocho páginas lo que no explicó en todo el resto de la saga.
Al frente de la faz gráfica tenemos al maestro neozelandés Colin Wilson, bestia sacrosanta del comic, al que no le asusta ningún género vinculado a la aventura. La ambientación desértica le permite a Wilson dibujar pocos fondos, entonces se mata cada vez que tiene que dibujar aviones, tanques y camiones. Y por supuesto en las caras, ya que las expresiones faciales tienen mucho peso en una trama donde entre los propios “buenos” se vive todo el tiempo la tensión, el “mirarse feo”. Así como en sus álbumes de Blueberry el maestro metía muchas rayitas “a lo Giraud”, acá prueba efectos de iluminación con rayitas a lo Joe Kubert, a veces rayas más brutales a lo John K. Snyder y a veces manchas bien fuertes, a la Tony Harris de la época de Starman. Es obvio que en las peleas entre aviones Wilson no va a poder superar a Kubert, pero igual se esfuerza, no se guarda nada, pela todo su arsenal de recursos narrativos y logra escenas de altísimo impacto. Por si faltara algo, los colores de Jeromy Cox lo acompañan con mucha elegancia. Ah! Y las portadas de Garry Leach! Fastuosas es poco...
Si te gustan las historias de la Segunda Guerra Mundial, no dudes en conseguir Battler Britton. Si sos fan de Colin Wilson, o del Garth Ennis bélico, tampoco. Creo que a los únicos que no les recomiendo esta saga es a los fans del Battler Britton clásico porque –me parece, sin haberlo leído- que no tiene nada que ver con esta versión, más allá del protagonista y la ambientación. El resto, a combatir por su ejemplar, que recontra vale la pena.
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sábado, 28 de enero de 2012
28/ 01: FURY: PEACEMAKER
Otra saguita de Nick Fury a cargo de Garth Ennis y Darick Robertson no era algo que uno fuera a dejar pasar fácilmente, y menos después de aquella que salió en 2001 en los albores del sello Marvel MAX (la reseñamos en Febrero de 2011).
Esta segunda saga, sin embargo, es bastante diferente a la anterior, por muchos motivos, principalmente 1) no es Marvel MAX, o sea que no hay puteadas, hay menos gore y la única escena de sexo está mucho más sugerida y 2) no transcurre en la actualidad, sino en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Fury no era el capo de SHIELD, sino un valiente sargento de las tropas aliadas que le hacían el aguante a Hitler. También hay diferencias más sutiles. La que más suma es que acá Ennis no se plantea en ningún momento el mestizaje de géneros. Este es un comic 100% bélico, sin espionaje, sin elementos sobrenaturales, sin superhéroes y –lo más importante- sin un sólo chiste.
Ah... te empezó a gustar, no? Es que hasta los más férreos detractores de Ennis tienen que reconocer que, cuando se mete a fondo con la temática bélica y deja afuera los chistes, el irlandés es un acorazado insumergible. Peacemaker es una historia dura, áspera, y mucho más creíble que casi cualquier otra ambientada en el Universo Marvel. Ese detalle no es menor: esta saga está tan en continuidad que hasta revela cómo el viejo Nick perdió el ojo que le falta. Y aún así es un detalle. No es lo importante, porque este es un comic de Garth Ennis, no de Roy Thomas, y la intención no es encarar un retcon minucioso del pasado de Fury. De hecho, a los Howling Commandos apenas si se los menciona al pasar.
Acá, Fury comparte el protagonismo con un grupito de soldados británicos con una misión: eliminar como sea al Mariscal de Campo Stephen Barkhorn, el más brillante estratega de la jerarquía militar de la Alemania nazi. Y ahí se disparan –a falta de uno- tres dilemas éticos complejos e incómodos, a los que Ennis les saca un enorme provecho. Primero, Barkhorn le perdonó la vida a Fury tras una estrepitosa derrota de los yankis en Túnez. ¿Da para matarlo? Segundo, a Barkhorn le tocó presenciar atroces crímenes de lesa humanidad perpetrados por los nazis en Rusia y se indignó tanto que –dicen- planea matar al mismísimo fuhrer. ¿No es mejor dejarlo vivo y que cumpla con su propósito? Y tercero, ponele que Barkhorn o las tropas de Fury matan a Hitler y se termina la guerra: ¿qué hacemos? ¿Qué hace un tipo como Fury cuando no hay guerra? Este último dilema estaba bastante presente en la miniserie anterior, y acá vuelve con todo. Claramente, Ennis concibe a Nick como un enamorado de la guerra.
La trama está un poquito estirada (el primer episodio, sin ir más lejos, no aporta absolutamente nada) pero estos tres dilemas la hacen espesa, inquietante, tensa. Por supuesto, cada tanto irrumpe la acción y los combates entre los panzers alemanes y los bravos soldados aliados le prenden fuego a la página con una violencia zarpada y realista a la vez. Pero (como en la recordada Unknown Soldier), todo se resuelve con diálogos y en el último episodio. Ahí, recién ahí, aparece la mala leche característica de Ennis, y es sumamente bienvenida.
El dibujo de Robertson está muy por debajo de otros trabajos suyos. Tenía dos entintadores que eran garantía: Jimmy Palmiotti (que lo acompañó en la saga anterior de Fury) y Rodney Ramos (que lo entintaba en Transmetropolitan). Aún así, el dibujo (no la narrativa, que es óptima) derrapa miles de veces. Hay viñetas lindas, que parecen de Robertson inspirado, o de Joe Kubert, o de Tim Truman, o de John Severin, y después hay unos abortos infumables que parecen de esos verduleros de Image de principios de los ´90. No sé por qué, pero acá Robertson no logra ni en pedo mantener un nivel sólido y parejo a lo largo de las 144 páginas de la obra.
Lo cual no es óbice para recomendarla a full, porque el guión es excelente. Si sos fan de Ennis, del comic bélico o de Nick Fury, internate entre las líneas enemigas para capturar esta historieta que vale la pena, y mucho.
Esta segunda saga, sin embargo, es bastante diferente a la anterior, por muchos motivos, principalmente 1) no es Marvel MAX, o sea que no hay puteadas, hay menos gore y la única escena de sexo está mucho más sugerida y 2) no transcurre en la actualidad, sino en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Fury no era el capo de SHIELD, sino un valiente sargento de las tropas aliadas que le hacían el aguante a Hitler. También hay diferencias más sutiles. La que más suma es que acá Ennis no se plantea en ningún momento el mestizaje de géneros. Este es un comic 100% bélico, sin espionaje, sin elementos sobrenaturales, sin superhéroes y –lo más importante- sin un sólo chiste.
Ah... te empezó a gustar, no? Es que hasta los más férreos detractores de Ennis tienen que reconocer que, cuando se mete a fondo con la temática bélica y deja afuera los chistes, el irlandés es un acorazado insumergible. Peacemaker es una historia dura, áspera, y mucho más creíble que casi cualquier otra ambientada en el Universo Marvel. Ese detalle no es menor: esta saga está tan en continuidad que hasta revela cómo el viejo Nick perdió el ojo que le falta. Y aún así es un detalle. No es lo importante, porque este es un comic de Garth Ennis, no de Roy Thomas, y la intención no es encarar un retcon minucioso del pasado de Fury. De hecho, a los Howling Commandos apenas si se los menciona al pasar.
Acá, Fury comparte el protagonismo con un grupito de soldados británicos con una misión: eliminar como sea al Mariscal de Campo Stephen Barkhorn, el más brillante estratega de la jerarquía militar de la Alemania nazi. Y ahí se disparan –a falta de uno- tres dilemas éticos complejos e incómodos, a los que Ennis les saca un enorme provecho. Primero, Barkhorn le perdonó la vida a Fury tras una estrepitosa derrota de los yankis en Túnez. ¿Da para matarlo? Segundo, a Barkhorn le tocó presenciar atroces crímenes de lesa humanidad perpetrados por los nazis en Rusia y se indignó tanto que –dicen- planea matar al mismísimo fuhrer. ¿No es mejor dejarlo vivo y que cumpla con su propósito? Y tercero, ponele que Barkhorn o las tropas de Fury matan a Hitler y se termina la guerra: ¿qué hacemos? ¿Qué hace un tipo como Fury cuando no hay guerra? Este último dilema estaba bastante presente en la miniserie anterior, y acá vuelve con todo. Claramente, Ennis concibe a Nick como un enamorado de la guerra.
La trama está un poquito estirada (el primer episodio, sin ir más lejos, no aporta absolutamente nada) pero estos tres dilemas la hacen espesa, inquietante, tensa. Por supuesto, cada tanto irrumpe la acción y los combates entre los panzers alemanes y los bravos soldados aliados le prenden fuego a la página con una violencia zarpada y realista a la vez. Pero (como en la recordada Unknown Soldier), todo se resuelve con diálogos y en el último episodio. Ahí, recién ahí, aparece la mala leche característica de Ennis, y es sumamente bienvenida.
El dibujo de Robertson está muy por debajo de otros trabajos suyos. Tenía dos entintadores que eran garantía: Jimmy Palmiotti (que lo acompañó en la saga anterior de Fury) y Rodney Ramos (que lo entintaba en Transmetropolitan). Aún así, el dibujo (no la narrativa, que es óptima) derrapa miles de veces. Hay viñetas lindas, que parecen de Robertson inspirado, o de Joe Kubert, o de Tim Truman, o de John Severin, y después hay unos abortos infumables que parecen de esos verduleros de Image de principios de los ´90. No sé por qué, pero acá Robertson no logra ni en pedo mantener un nivel sólido y parejo a lo largo de las 144 páginas de la obra.
Lo cual no es óbice para recomendarla a full, porque el guión es excelente. Si sos fan de Ennis, del comic bélico o de Nick Fury, internate entre las líneas enemigas para capturar esta historieta que vale la pena, y mucho.
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martes, 22 de febrero de 2011
22/ 02: FURY

Estamos en 2001 y empieza a tomar forma la Tercera Era Dorada de Marvel, de la mano de Joe Quesada y Bill Jemas. Uno de los hallazgos de ese momento es el sello MAX, un espacio para jugar con los personajes de siempre, pero apuntados al público adulto. Y no, el resultado no fueron comics de superhéroes con tetas y puteadas, sino unas cuantas historietas muy notables.
La que hoy nos ocupa tiene un sólo problema: la extensión. No era una historia para seis comic-books. En una novela gráfica de 96 se podría haber contado lo mismo, de modo más efectivo. Pero el guión es de Garth Ennis y la especialidad de Ennis es estirar. Estira lindo, con buenos diálogos, con escenas de desarrollo de personajes que están muy bien, y por supuesto, con su habitual culto a la violencia, los chumbos y la mala leche. En realidad, Fury es un comic contra la violencia, un alegato, una advertencia. Ennis se mete en la psiquis de Nick Fury y nos muestra un lado siniestro del longevo capo de SHIELD: terminada la Guerra Fría (y cuando todavía los fundamentalistas islámicos no eran el Nuevo Enemigo), el tipo se siente vacío y llega al punto de añorar los años de operaciones encubiertas, guerras sucias y aprietes a los espías contrarios para que revelen data top secret. ¿Puede un tipo que evitó miles de guerras enamorarse de la guerra? Eso es lo que se propone responder Ennis.
También, ya que está, baja una línea muy interesante acerca de la geopolítica del Siglo XX, explica las relaciones entre la O.N.U. y los gobiernos de los países centrales y las relaciones entre estos y sus respectivos servicios de inteligencia. Por supuesto, todo salpicado con una orgía de sangre, gore, torturas y atrocidades varias, en su mayoría cometidas por el villano (el ruso Rudi Gagarin), pero también algunas perpetradas por Fury y “los buenos”. Ennis le saca un enorme provecho al sello MAX: nada de lo que pasa acá podría pasar en un típico comic de superhéroes. No sólo porque estos intervendrían y desactivarían en segundos (y sin derramar una gota de sangre) el conflicto que intentar detonar Gagarin. El nivel de salvajada que se muestra en esta obra es sólo para el lector muy curtido, con mucho estómago. No son nada más los chistes groseros, la temática política o el abuso de la palabra “fuck”. Acá el héroe estrangula al villano con los intestinos de este último, expuestos gracias a un certero cuchillazo en el vientre.
Y por ahí lo más flojo es el intento de insertar un tercer género en la historia: Espionaje y bélico juntos se llevan bastante bien, pero cuando Ennis quiere meter comedia, cae o bien en un grotesco muy revulsivo (Fuckface, un guiño a Arseface) o en una boludez que casi no causa gracia (el personaje de Wendell). En Punisher, el chiste de meter elementos cómicos le salió bastante mejor que acá.
Para dibujar esta animalada, Ennis contó con un grosso al que no le cuesta para nada derrapar hacia el grotesco: Darrick Robertson tiene momentos de mucho realismo (con caras de Fury copiadas de fotos de Clint Eastwood), momentos mucho más caricaturescos y momentos (miles) totalmente desaforados, en los que potencia el impacto y el asco que nos tiene que generar todo este carnaval de los chumbos, las bombas, las torturas y las trompadas. Acá nace la dupla que luego se reunirá en Born y en The Boys y la verdad es que estos dos salvajes se entienden a la perfección. Sin ser un genio ni mucho menos (de hecho, tiene varios errores de anatomía), Robertson sabe acompañar al guionista: le pone onda a las escenas repletas de diálogos en las que nadie mueve un dedo y se zarpa más allá de lo descriptible en las escenas en las que estalla la violencia y vuela gente (y cachos de gente) por el aire. Bien Jimmy Palmiotti, también, que refuerza este laburo desde el entintado.
Fury no es una joya, ni un comic fundamental. Pero es un comic sólido, arriesgado, que se jugó a darle una vuelta de tuerca heavy y a la vez verosímil a un personaje de larguísima trayectoria, y que cumple con su cometido: arrancarte alguna sonrisa macabra y shockearte con un despliegue despiadado y visceral de muerte y violencia, cortesía de unos pocos hijos de puta para los cuales la guerra no significa tragedia, sino poder.
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sábado, 8 de enero de 2011
08/ 01: THE PUNISHER: BORN

Este libro tenía todo para que yo cayera sobre él: Garth Ennis al frente de un comic bélico y encima relacionado con su versión de Punisher para el sello Max de Marvel, en el que –como ya vimos- escribió tres o cuatro sagas realmente impresionantes. Y ahí fui, sin saber muy bien de qué se trataba la historia.
Lo primero que me impactó fue el dibujo de Darick Roberston, en un nivel altísimo, muy por encima de su standard habitual. ¿Qué pasó? ¿Le agarró un ataque de virtuosismo? No, le pusieron un entintador mejor que todos los anteriores, nada menos que el maestro Tom Palmer, veterano de mil combates gloriosos junto a monstruos como Neal Adams, John Buscema y Gene Colan, entre muchos otros. Palmer le da a Robertson el equilibrio justo entre power y sutileza, lo hace más elegante, menos grotesco, pero sin que el dibujo pierda fuerza, algo fundamental si tenemos en cuenta las atrocidades que Ennis le hace dibujar al co-creador de Transmetropolitan. La combinación es realmente exquisita, y los colores de Paul Mounts se ajustan perfectamente a lo que propone el dibujo, además de reforzar acertadamente los distintos climas por los que nos lleva el guión.
Y el guión… ma-mita! Acá el irlandés sale con los tapones de punta, con el cuchillo entre los dientes, desde la primera secuencia. Hay un par de chistes zarpados, sí, pero esta vez eso no importa. Esta vez gana la tragedia, la reflexión amarga acerca de cómo el salvajismo le gana a la humanidad. Todo el comic se balancea entre dos ejes: el primero (encarnado en el soldado Stevie Goodwin) habla de lo absurdo de esta guerra, del error grosero que comete EEUU al mandar a sus chicos a morir a esa jungla despiadada llamada Vietnam. Y por supuesto, Ennis no ahorra escenas tremendas y escabrosas a la hora de llevar agua para su molino y graficar esta idea. En ese sentido, esto está casi al nivel de The Other Side (la joya de Jason Aaron), que es el comic sobre Vietnam más atroz que yo recuerde. Y además hay frases geniales, realmente memorables y conmovedoras.
El segundo eje gira en torno de Frank Castle, un capitán de sólo 22 años, curtido como si tuviera 45. Castle le agarró el gustito a la guerra, se copó con esto de matar impunemente a quien le parece que merece morir. El Punisher –nos sugiere Ennis- ya vive dentro suyo, años antes de que muera su familia y se ponga el buzo con la calavera. Con el correr de los episodios vemos hasta dónde está dispuesto a llegar Castle para que la guerra no se termine y para que enemigos, traidores, violadores, dealers de heroína y corruptos varios paguen con sangre sus afrentas. La guerra le pudrió el bocho a más de un combatiente y Castle no es para nada la excepción. La diferencia es que, si venías leyendo el Punisher de Ennis, ya sabés para dónde se le van a escapar los jugadores que le faltan: Al final, resulta que todo lo que le vamos a ver hacer a Frank en la jungla de cemento es poco comparado con lo que hizo en la jungla posta.
Born no es el típico injerto de retro-continuidad, ni la típica historia pensada para echar luz sobre eventos poco conocidos del pasado de un personaje conocido. O sí, pero el énfasis no está puesto ahí, sino en crear un comic bélico estremecedor, perturbador, donde además de las vidas de centenares de soldados está en juego la psiquis de Frank Castle. Por supuesto, ya sabés que esa pobre psiquis se va a comer una goleada histórica, pero Ennis aprovecha ese elemento para darle a Born una pátina de thriller psicológico complejo, bravo, incómodo como tampón de virulana. Y por si faltaba algo, este animal desbocado que parece gozar como un salvaje cada vez que le toca escribir historias de guerra (o cantos a la ultra-violencia en general), se juega a bajar línea CONTRA la guerra, y lo hace con una potencia y una inteligencia a prueba de balas. Como además el Punisher no aparece ni un cuadrito, si no te copa el personaje la podés leer igual, como si fuera un comic de guerra cualquiera. O en realidad, muy por encima de la mayoría.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
01/ 11: PREACHER Vol.4

En su momento, hace como 15 años, cuando todos los meses me compraba la revistita de Preacher, me pareció medio ladri que Garth Ennis empezara a sacar mes por medio un spin-off de la serie, en parte porque al mismo tiempo el irlandés escribía no menos de cuatro series regulares y uno quería que se pusiera las pilas en Preacher (y después en Hitman) y se dejara de joder. O sea que dejé pasar muchos de los comics que interesectan con la saga de Preacher. Años después, cuando me deshice de las revistas y empecé a armar la colección en TPBs, me encuentro con que algunos de esos especiales aparecen en los libros integrados a los episodios de la saga central y otros no. Los que no, están todos juntos en este libro, considerado (a partir de no sé qué reedición) el Vol.4 de Preacher, y cuando me lo compré para completar la colección de 9 TPBs, me encontré con varias historietas que no había leído nunca.
Cuando salió (repito, hace mil años) había leído el especial de Arseface y me había gustado mucho. Ahora me gustó bastante más. The Story of You-Know-Who es un slice of life ido muy, pero muy al carajo, casi sin sexo, bastante droga y un poco de rockanroll. Y unos diálogos fastuosos y un personaje (el sheriff Root) que se devora la trama cada vez que aparece. El dibujo corrió por cuenta de Richard Case, dibujante tan eficiente como sub-valorado y está muy bueno.
Y ahora descubrí por primera vez el especial de Jody y T.C., The Good Old Boys, un canto a la grosería, la violencia más extrema y la mala leche más corrosiva. Esto es apenas para divertirse un rato, no esperes que te deje mucho más. Pero en ese contexto, garpa. Jody (la máquina de matar) y T.C. (la máquina de empomarse animales) se suman a la vasta galería de personajes desagradables y chocantes que pueblan los comics de Ennis en una historia menor, pero impactante. Y Ennis la hace bien, porque nunca muestra lo que el lector todo el tiempo quiere ver: a Tommi, la periodista sexy, garchada por alguno de los tipos a los que les revoluciona las hormonas. Un manifiesto más de Ennis contra la historieta convencional, de malos y buenos, de damiselas en peligro y finales con moraleja. O más que un manifiesto, un “fuck you” bien vulgar. Dibuja otro maestro poco valorado en EEUU (pero ídolo en el Reino Unido), el español Carlos Ezquerra.
Tampoco había leído nunca la mini del Saint of Killers, en la que Ennis forma equipo con Steve Pugh (también miembro de la Legión de Super-Dibujantes Sub-Valorados) y Ezquerra (que cubre a Pugh en uno de los episodios) para sacudirnos con un western escalofriante, extremo y visceral. Toda la faceta sobrenatural del Saint, todo lo que hace a su origen y demás está muy bueno, pero todo es mucho más grosso si lo leés como una de cowboys. Ahí te pone los pelos de punta. Y además te deja en claro de dónde sale la versión actual de Jonah Hex. Los puntos de contacto son tantos, que el Saint no es Hex sólo porque Preacher era una serie propiedad de sus autores y Hex es propiedad de DC. Si tenés estómago para la violencia, la sangre y la crueldad en dosis aberrantes, esta saga te va a cambiar la forma de pensar el género del Oeste. Si no, salí corriendo, porque esto te perfora el alma a tiros.
Y bueno, este tomo no es trascendental y si te lo salteás no importa. Por supuesto, si lo leés vas a entender y disfrutar mejor algunas de las cosas que pasan en Preacher, pero si no, no pasa nada. Igual sería injusto considerarlo “de relleno”. Es accesorio, sí, pero no es más relleno que varias de las sagas que escribió Ennis en la serie mensual, que está obscenamente estirada. Acá en vez de agarrar una idea boluda y hacerla durar seis números a como dé lugar, tuvo tres ideas distintas (algo insólito en un TPB de Preacher) y desarrolló cada una en la cantidad justa de páginas. La consigna de The Good Old Boys se pasa un poco de cabeza, pero las otras dos están buenas y el sólo hecho de no durar el triple de lo que deberían (como Dixie Fried o Salvation, por ejemplo) las hace brillar con luz propia en la mitología preacheriana. Historia antigua, sí, pero muy copada.
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viernes, 3 de septiembre de 2010
03/09: DAN DARE

Cada tanto sucede que un autor con onda se auto-impone la tarea de intentar un revival de un personaje sin onda. Dan Dare, clásico de clásicos del comic de aventuras británico, tuvo en su momento el irresistible atractivo de los dibujos del maestro Frank Hampson, pero la verdad es que los guiones eran apenas tragables, demasiado clásicos, demasiado pensados para chicos de 12 años de hace 60 años. Con algunas buenas ideas, pero con desarrollos chatos, poco atractivos para el lector de hoy. Incluso para el lector de los ´70, y ni hablar el de los ´80. Pero bueno, hace unos cuantos años Grant Morrison se mandó una miniserie espectacular, deconstructivista, jodida y brillante por donde se la mire (con los dibujazos de Rian Hughes, el Daniel Torres inglés) y Garth Ennis no quería ser menos.
El Dan Dare de Ennis no se lee como ningún otro comic de Ennis. Sí, hay extensos pasajes que se leen como un comic bélico, género en el que Ennis se destaca cómodo. Pero el resto, nada que ver. Para empezar, los personajes no son lúmpenes, ni gente de mierda que no conserva ni cinco centavos de esperanza, ni freaks, ni guarros pasados de rosca. El piloto de las cejas raras acá es tan formal, tan probo y tan correcto como en los comics de Hampson, y el resto del elenco va para el mismo lado. No hay sexo, ni groserías, casi ni hay puteadas, no hay chistes subidos de tono, no hay gore… ¿qué es esto? Esto es un comic de militares y políticos, protocolar, solemne, de saco y corbata. La historia (como tantas de Ennis) está un poco estirada y esta vez los diálogos no funcionan como engaña-pichanga para mantenerte entretenido mientras la trama no avanza, porque son diálogos formales y serios como los ingleses de los años ´50. O sea, no sólo no tienen la típica onda de Ennis. No tienen onda, punto. Y si encima la historia se pone pulenta en la segunda mitad, tenemos por delante cuatro capítulos iniciales de difícil digestión.
Los personajes –todo lo contrario a lo que hizo Morrison- son chatos, como en los ´50. Dan Dare es bueno porque ama a su patria y el Mekon es malo porque sí, porque odia a Dan Dare, porque Dare ya le frustró varios conatos de genocidios cósmicos. Hay luchas impactantes entre milicos y alienígenas, y entre flotas enteras de naves espaciales, pero a los personajes les falta sustancia. Lo más jugoso por ahí es el panorama político que plantea la historia, que le permite a Ennis replantearse (jamás en boca de Dan) los valores que Gran Bretaña debería encarnar y con los que durante siglos se limpió el orto. Las frases más punzantes en este sentido las tira la ex de Dan, Jocelyn, ahora convertida en Ministra del Interior. Pero ni siquiera hay runfla política. Hay bajada de línea muy sutil, y hasta ahí llegamos, porque todo el mundo respeta la cadena de mandos de modo prolijo y vertical. Al lado de Dan Dare, el Capitán Kirk es el Che Guevara, posta.
El dibujante elegido para la saga es Gary Erskine, que no es malo, pero es de la B. Lo vimos entintar muy bien a Chris Weston y a Rick Veitch, pero cuando le toca dibujar a él, siempre faltan cinco pal peso. Acá se esfuerza, hay que reconocerlo. Se mata en las naves y en las batallas entre naves, en los uniformes y las armas, y le tocan escenas realmente difíciles de dibujar. La narrativa no tiene fisuras, aunque tampoco sorpresas que compensen lo parsimonioso del guión (sobre todo en la primera mitad). Las expresiones faciales están des-enfatizadas, como si a propósito quisiera que los personajes nos resulten fríos o distantes.
No puedo sentenciar a Dan Dare como un mal comic, porque sería injusto. Pero es un comic pecho frío, sin emotividad, sin sorpresas, con momentos de gran despliegue visual, pero donde sabés que los personajes no van a crecer, ni a evolucionar, ni a despeinarse, siquiera. No está mal escrito, pero no es lo que querés leer cuando comprás un comic de Garth Ennis. En Battlefields y War Story contó un montón de historias casi clásicas, buenas historias bélicas sin mayores pretensiones y sin sobresaltos por el lado de las atrocidades que son su marca registrada, pero además de talento les puso corazón. Yo le creo que ama a Dan Dare y que no escribió este comic para chorear. Pero la verdad es que en el resultado se nota poco.
viernes, 30 de julio de 2010
30/ 07: THE PUNISHER: FROM FIRST TO LAST

No soy fan de Punisher. Nunca lo fui y no creo que nunca lo vaya a ser. No sé por qué, pero es un personaje que casi no me genera ningún interés. De todos modos, y gracias a las recomendaciones de amigos y colegas, cada tanto algún especial fuera de las series regulares me llama la atención y entro como un caballo. Este libro reúne tres one-shots escritos por Garth Ennis, dos de los cuales me habían cebado cuando escuché de qué se trataban, quénes eran los dibujantes y qué opinaban de ellos algunos críticos cuyos gustos suelen coincidir con los míos. Así fue como me decidí a comprarlo, y la verdad es que no me arrepiento para nada.
Me saco de encima rapidito el que menos me gustó: The Cell. Nada, es la fácil. Punisher se hace meter preso para boletear a cinco mafiosos hijos de mil putas que viven como reyes en un penal, protegidos por la propia policía. Castle pergeña un plan para hacerlos mierda, y va para adelante, sin mayores contratiempos. El final es 100% gore y truculencia, porque los mata con una crueldad inusitada, acorde con los crímenes de los mafiosos, que encima tuvieron que ver con la muerte de la esposa y los hijos de Castle en aquella famosa masacre en el Central Park. Es un comic duro, áspero, frío y sin sobresaltos más allá de ese final salpicado de vísceras. El dibujante es Lewis Larosa, un muerto de frío sin onda, que chorea fotos a cuatro manos y no tiene nada para aportar.
Pero el tomo abre con una joya: The Tyger es una de las mejores historias de Punisher jamás escritas, si no la mejor. Nos ubica en dos tiempos paralelos: la infancia de Frank y su primera noche como Punisher, pero también tiene un maravilloso (y escalofriante) flashback al paso de Castle por Vietnam. The Tyger alude al famoso poema de William Blake y –aunque parezca una joda- la poesía es un elemento central en esta historia de venganzas, miedos, hipocresías y dilemas morales, de esos que desembocan en decisiones jodidas, de las que no hay marcha atrás. Los dibujos son del maestro John Severin, que obviamente no dibuja como en los ´50 y ´60, pero pone su onda retro al servicio del relato con una cancha descomunal. Hay viñetas de enorme belleza plástica, un trabajo de plumín asombroso y una perfecta reconstrucción de las tres épocas en las que transcurre la historia. El truco de las páginas negras donde sólo “vemos” diálogos es un salto al vacío por parte de Ennis, pero le sale demasiado bien. Posta, esta historia vale el precio que pagues por todo el tomo.
Y para cerrar, The End, dibujado por el gigantesco Richard Corben. Sí, Corben y Ennis juntos. Too much. Esta arranca como una historia rara, un post-holocausto trasnochado, con un Punisher viejo y baqueteado, que con el mundo devastado por la guerra nuclear, igual sigue fanatizado con su misión de boletear criminales. El lector se identifica no con Castle, sino con su ocasional aliado, Paris Peters. Pero para la mitad de la historia, Ennis pega un volantazo totalmente inesperado y todo tiene tanto sentido que lo aplaudís de pie. Sí, flaco, así actuaría Punisher en un futuro post-holocausto. No hay otra. Y el giro del final también, un lujo, una última gota de mala leche para redondear con chapa y hasta con vuelo poético una historia magistral. Lo de Corben es impecable. El tipo algo manya de futuros apocalípticos y acá por ahí no se luce como en sus mejores trabajos, pero no se guarda nada. Espera pacientemente el momento justo para lucirse, se luce, y durante el resto de la historia acompaña al guión con sobriedad, pero con su estilo inconfundible. Otro lujo y van…
Probablemente los fieles seguidores del Puni se hayan perdido From First to Last, porque no sigue la numeración de ninguna de las colecciones habituales. Y los que no son fans del calavera, probablemente lo hayan pasado por alto para darle bola a otro material. Pero a ambos les recomiendo armarse hasta los dientes, salir a buscar este libro y matar a quien haga falta para conseguirlo. Ennis ya mostró muchas veces que puede hacer obras de arte a partir del grim ´n gritty pasado de rosca y acá lo vuelve hacer, incluso sin recurrir a los chistes que tantas veces lo hemos visto reiterar. Grosso, mal.
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