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viernes, 13 de octubre de 2023
NOCHE DE VIERNES
Hoy aproveché un par de viajes largos (a lo de uno de los dealers que me provee comics) para avanzar con las lecturas, así que tengo un par de libritos más para reseñar.
Del Mismo Barro es un recopilatorio de algunas de las historietas que escribió Osvaldo Lamborghini a principios de los ´70, antes de convertirse (de manera efímera, porque murió joven) en un referente de la literatura argentina. Como consecuencia casi lógica de la gran fama de Lamborghini entre los fans de la literatura, la edición de esta antología corrió por cuenta de un sello que suele editar literatura, no historieta, y por ahí pasa lo peor que tengo para decir del libro.
Esto está muy mal editado. Salvo el excelente prólogo de Federico Reggiani, el resto es una sucesión de malas decisiones. El tamaño, el espacio en blanco alrededor de las planchas de historieta, los escaneados, la tipografía de Columba que nadie se calentó en reemplazar, ese texto frutihortícola de Fabián González y Agustina Pérez que no dice nada, imágenes a las que no les tocaron ni siquiera los niveles en el Photoshop... Son todos errores que sólo puede cometer alguien que no tiene la menor idea de cómo se trabajan los materiales cuando se rescatan historietas de hace 50 años. Que la portada sea una foto y no un dibujo... vaya y pase. Pero todo lo demás es cualquiera, posta.
Vamos a las historietas en sí: la primera es la mejor, por los dibujazos de Gustavo Trigo (el historietista que más trabajó en dupla con Lamborghini) y porque los diálogos están repletos de expresiones y palabras 100% argentas, aunque la historia transcurre claramente en Estados Unidos. Evidentemente, Lamborghini tenía un manejo impecable del habla informal rioplatense de principios de los ´70 y eso se disfruta a pleno. La segunda historieta (la que da título al libro) no está mal: dibuja Rubén Sosa a un nivel aceptable, y si bien la historia termina medio en cualquier parte, el desarrollo de la situación y de los personajes la hace muy llevadera.
Estas dos historietas salieron originalmente en la revista Top. Nos quedan cinco que salieron en la D´Artagnan, y acá agarrate fuerte. Las tramas son todas parecidas: ambientación urbana, personaje o grupito de personajes vinculados al crimen urbano, traiciones, tiros, piñas, y algún giro interesante muy de vez en cuando. Los bloques de texto están bien (a veces sobran) y los problemas son varios. Primero, la cantidad de texto. Segundo, el rotulado de Columba, funesto hoy y siempre. Tercero, la cantidad de viñetas por página. Casi nunca vemos menos de 12 cuadros, y hay muchas páginas de 14, 15 y 16. Y cuarto, la pésima suerte de Lamborghini en la ruleta de los dibujantes. Acá lo vemos dibujado por Ascanio (muy mediocre), por Enio (también sin onda, y con el peor guion del libro), por un tal Cristóbal (flojito) y por Aníbal Rodríguez Uzal (otro del montón). Las mejores páginas de este tramo son las cuatro primeras de la historieta que dibuja Martha Barnes. Ahí vemos un despliegue de onda, de creatividad, un intento por darle al clásico "policial urbano" un estilo más atractivo, más personal. Pero en un punto Martha se da cuenta de que para hacer eso necesita contar la historia en más de 20 páginas, entonces para liquidarla en 10 páginas entra a meter 16 cuadritos por página en las seis que le quedan y ahí se esfuma cualquier intento por dibujar por fuera del molde de estas revistas, donde (por lo menos en los unitarios que salían en D´Artagnan entre 1971 y 1973) la calidad estética del dibujo realmente no importaba un carajo.
Nada, esto es para fans termo de Osvaldo Lamborghini, no para fans de las historietas. Nosotros lo podemos consumir como curiosidad, o bizarreada, pero no es mucho lo que nos aporta, más allá de esas páginas de Martha Barnes o las 16 primeras, en las que da catedra el Negro Trigo. El resto, no es menos olvidable que la gran masa de la historieta industrial "por kilo" que llenaba los kioscos de nuestro país hace 50 años. Y encima la edición tiene más problemas que Medio Oriente.
Le metí una pausa de cinco años a la relectura en TPB del glorioso Suicide Squad de John Ostrander (el Vol.4 fue reseñado el 24/08/18), pero acá estoy de vuelta con un Vol.5 brillante, que recopila los nºs 31 al 39 de aquella inolvidable serie de DC. En la bisagra entre los años ´80 y ´90, el Squad era una aplanadora. Y en este tramo puntual, Ostrander y sus colaboradores se dedican a cosechar a lo bestia un montón de puntas argumentales que venían sembrando desde los primeros episodios. De hecho, este tomo cierra tan bien, que si nunca más leés un comic del Squad, no pasa nada. Claro, hay tanto esfuerzo por desarrollar a algunos personajes, que sería un desperdicio dejarlos ahí y no tocarlos más. Pero está claro que la etapa clásica del título termina acá, en el nº39, y lo que viene después es otra cosa.
Estas son historietas que leí muchas veces, llenas de situaciones y diálogos que me acordaba de memoria, y aún así las disfruté enormemente. Sin meterme una por una en las historias, esto es mainstream yanki del mejor nivel imaginable. Ostrander te mechaba sagas largas con unitarios contundentes, y números en los que sólo había desarrollo de personajes (como el 31, centrado en Richard Craemer, el mejor cura católico de la historia del comic). Y en este rubro era sumamente plural y horizontal: sí, obvio, el personaje al que más bola le da es Amanda Waller. Pero también trabaja muchísimo a segundones, tercerones y hasta a personajes que aparecen muy de vez en cuando, allá al fondo, y no aspiran siquiera a un rol protagónico. Por todos lados (hasta en plena machaca) asomaban puntitas argumentales que luego cobraban preponderancia y se exploraban hasta las últimas consecuencias, excepto que alguna decisión argumental "de arriba" forzara a Ostrander a deshacerse de algún personaje al que DC necesitaba para otra cosa. El resultado es una serie de una intensidad devastadora, que se animó a mostrar al Universo DC desde una óptica distinta, más jodida, más política, más cínica, más sucia, pero sin ser solemne ni mucho menos aburrida.
En cuanto a los dibujos, este tomo tiene altibajos, pero me quedo con dos momentos: el nº31, donde lo dejan al zarpadísimo John K. Snyder entintar sus propios lápices, y los dos números finales, donde se termina de ensamblar el combo entre los lápices de Luke McDonnell y las tintas de Geoff Isherwood, con resultados sumamente potentes. Lástima que a mitad del nº38, McDonnell decide que no quiere dibujar más las zanjas entre las viñetas, algo que a mí me parece antinatural y medio choto. Pero por suerte el tipo sabe narrar y la desaparición de las zanjas no redunda en puestas confusas donde no se entiende qué pasa en una viñeta y qué en la de al lado.
Me queda clarísimo que de acá hasta el final vienen tres tomos (27 números, creo) donde no vamos a volver a los niveles de magia que tiran John Ostrander y su tropa en estos episodios, pero igual los quiero, aunque sea para que no me quede parte de la colección en libros y parte en esas revistitas pindongas con papel choto y decenas de páginas de publicidad.
Uh, me fui a la mierda con la extensión de las reseñas. Hasta acá llegamos. Gracias y nos reencontramos ni bien tenga más material leído, que ojalá sea pronto.
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viernes, 24 de agosto de 2018
VIERNES COMPLICADO
Otra vez tengo problemas con mi computadora y estoy trabajando en una prestada. Esta noche no tengo joda nocturna, porque mañana muy temprano viajo a Pergamino, a participar de la Pergamino Comicon, que tiene una pinta espectacular.
Me voy a 2015, cuando se edita Caza Mayor, una “novela gráfica” que combina textos de Javier Chiabrando y dibujos de Nicolás Brondo. Las comillas vienen a cuento de que no es una verdadera novela gráfica, sino un cuento, una obra literaria de Chiabrando, re-armada para ocupar alrededor de 100 páginas, mezclada con dibujos, viñetas y unas poquitas páginas dibujadas por Nico Brondo. El cuento es bueno, atractivo, bien escrito, pero uno quiere ver a Brondo contar la historia con sus dibujos y eso sucede poco y de vez en cuando. Lamentablemente, no es mucho lo que Brondo logra transformar en narrativa secuencial, con lo cual en buena medida se limita a acompañar con sus dibujos las ideas del cuento original. Las secuencias más largas son dos, que ocupan cuatro páginas cada una, y obviamente es lo más disfrutable que tiene el libro. Después tenemos viñetas sueltas, o dibujos sin formato de viñeta, que aparecen en distintos tamaños, a veces más próximos a los de la ilustración. Algunos dibujos incluso se repiten varias veces, lo cual es medio una garcha. Y en general están muy bien, excepto cuando Brondo se zarpa copiando a Cacho Mandrafina y convierte al protagonista, Pierino Baldacci, en un clon del protagonista de Cosecha Verde. Eso también es bastante lamentable.
Cierro con un concepto reiterado: el relato que propone Chiabrando está muy bien, pero esto NO es una novela gráfica. Sólo se lo puedo recomendar a los fans extremos de Nico Brondo que tengan ganas de verlo afrontar un trabajo distinto, más calmo, menos experimental, sin elementos fantásticos y hasta con referencia fotográfica muy visible, otro rasgo atípico en la obra del cordobés.
Y también me bajé el Vol.4 de las recopilaciones del Suicide Squad de John Ostrander (el último que me quedaba sin leer), que trae apenas cinco episodios de esa gloriosa serie, mezclados en un crossover no demasiado atractivo con otras cuatro colecciones de DC de esa época: cuatro episodios de Checkmate (una serie menor escrita por Paul Kuppeberg), uno de Manhunter, uno de Firestorm (las otras dos series que escribía Ostrander, a las que les venía bien una inyección de nuevos lectores) y un epílogo de Captain Atom, casi un choreo, que tiene mínima conexión con la saga troncal.
La saga se llamó The Janus Directive, y lo mejor que tiene es la reflexión solapada acerca de los vicios, pecados y miserias de las agencias de inteligencia y demás operarios encubiertos al servicio del gobierno yanki. El resto -en el contexto de esta inolvidable etapa del Squad- es bastante olvidable. El plan de Kobra es medio estúpido, no hay una relación lógica entre lo que quiere hacer y toda esa runfla intrincada para hacer que los metahumanos y demás espías al servicio del gobierno se den machaca entre ellos. Por supuesto, Ostrander no baja nunca la calidad de los diálogos y siempre mete esos magníficos toques de caracterización en héroes, villanos y personajes secundarios. Comparado con lo que tenía para ofrecer Kuppeberg en Checkmate, Ostrander sale obscenamente bien parado, incluso en esas extensas secuencias donde lo único que hay son batallas entre tipos y minas con poderes.
Para este TPB, ya no tenemos a Luke McDonnell como dibujante del Squad. El reemplazante es el genial John K. Snyder III, que acá todavía estaba un poquito crudo. Eran sus primeros trabajos para una editorial mainstream, y desentonaba un poquito, sobre todo cuando lo entinta Pablo Marcos. Al principio cuesta acostumbrarse a esos cuerpos más masivos, esos rostros más deformes y esas angulaciones más extremas. Después vuelve a entintar Karl Kesel, y le da una pátina más clásica, menos transgresora al dibujo de Snyder. Pero lo mejor de este dibujante va a venir más adelante, cuando lo dejen entintarse a sí mismo. El libro también ofrece trabajos de un par de obreros del lápiz bastante correctos (Grant Miehm, Steve Erwin, Rick Hoberg), un capo como Tom Mandrake y un dibujante a veces muy bueno y a veces choto, como Rafael Kayanan (acá lo vemos en su faceta chota).
A pesar de fumarnos un crossover extenso, no demasiado trascendental y con muchos episodios de una serie medio pete como era Checkmate, los fans del Squad nos vamos contentos de este Vol.4, porque The Janus Directive no sólo no traiciona el espíritu del Squad, sino que Ostrander va a saber utilizar lo que sucede en esta saga para seguir construyendo para adelante, o por lo menos hasta el número 40, que es donde vendrá un sacudón bastante más zarpado que lo que se vio hasta ahora.
Me llevo unos libritos para leer en el micro rumbo a Pergamino, así para lunes o martes seguro tengo material para volver a postear acá en el blog. Gracias y hasta pronto.
Me voy a 2015, cuando se edita Caza Mayor, una “novela gráfica” que combina textos de Javier Chiabrando y dibujos de Nicolás Brondo. Las comillas vienen a cuento de que no es una verdadera novela gráfica, sino un cuento, una obra literaria de Chiabrando, re-armada para ocupar alrededor de 100 páginas, mezclada con dibujos, viñetas y unas poquitas páginas dibujadas por Nico Brondo. El cuento es bueno, atractivo, bien escrito, pero uno quiere ver a Brondo contar la historia con sus dibujos y eso sucede poco y de vez en cuando. Lamentablemente, no es mucho lo que Brondo logra transformar en narrativa secuencial, con lo cual en buena medida se limita a acompañar con sus dibujos las ideas del cuento original. Las secuencias más largas son dos, que ocupan cuatro páginas cada una, y obviamente es lo más disfrutable que tiene el libro. Después tenemos viñetas sueltas, o dibujos sin formato de viñeta, que aparecen en distintos tamaños, a veces más próximos a los de la ilustración. Algunos dibujos incluso se repiten varias veces, lo cual es medio una garcha. Y en general están muy bien, excepto cuando Brondo se zarpa copiando a Cacho Mandrafina y convierte al protagonista, Pierino Baldacci, en un clon del protagonista de Cosecha Verde. Eso también es bastante lamentable.
Cierro con un concepto reiterado: el relato que propone Chiabrando está muy bien, pero esto NO es una novela gráfica. Sólo se lo puedo recomendar a los fans extremos de Nico Brondo que tengan ganas de verlo afrontar un trabajo distinto, más calmo, menos experimental, sin elementos fantásticos y hasta con referencia fotográfica muy visible, otro rasgo atípico en la obra del cordobés.
Y también me bajé el Vol.4 de las recopilaciones del Suicide Squad de John Ostrander (el último que me quedaba sin leer), que trae apenas cinco episodios de esa gloriosa serie, mezclados en un crossover no demasiado atractivo con otras cuatro colecciones de DC de esa época: cuatro episodios de Checkmate (una serie menor escrita por Paul Kuppeberg), uno de Manhunter, uno de Firestorm (las otras dos series que escribía Ostrander, a las que les venía bien una inyección de nuevos lectores) y un epílogo de Captain Atom, casi un choreo, que tiene mínima conexión con la saga troncal.
La saga se llamó The Janus Directive, y lo mejor que tiene es la reflexión solapada acerca de los vicios, pecados y miserias de las agencias de inteligencia y demás operarios encubiertos al servicio del gobierno yanki. El resto -en el contexto de esta inolvidable etapa del Squad- es bastante olvidable. El plan de Kobra es medio estúpido, no hay una relación lógica entre lo que quiere hacer y toda esa runfla intrincada para hacer que los metahumanos y demás espías al servicio del gobierno se den machaca entre ellos. Por supuesto, Ostrander no baja nunca la calidad de los diálogos y siempre mete esos magníficos toques de caracterización en héroes, villanos y personajes secundarios. Comparado con lo que tenía para ofrecer Kuppeberg en Checkmate, Ostrander sale obscenamente bien parado, incluso en esas extensas secuencias donde lo único que hay son batallas entre tipos y minas con poderes.
Para este TPB, ya no tenemos a Luke McDonnell como dibujante del Squad. El reemplazante es el genial John K. Snyder III, que acá todavía estaba un poquito crudo. Eran sus primeros trabajos para una editorial mainstream, y desentonaba un poquito, sobre todo cuando lo entinta Pablo Marcos. Al principio cuesta acostumbrarse a esos cuerpos más masivos, esos rostros más deformes y esas angulaciones más extremas. Después vuelve a entintar Karl Kesel, y le da una pátina más clásica, menos transgresora al dibujo de Snyder. Pero lo mejor de este dibujante va a venir más adelante, cuando lo dejen entintarse a sí mismo. El libro también ofrece trabajos de un par de obreros del lápiz bastante correctos (Grant Miehm, Steve Erwin, Rick Hoberg), un capo como Tom Mandrake y un dibujante a veces muy bueno y a veces choto, como Rafael Kayanan (acá lo vemos en su faceta chota).
A pesar de fumarnos un crossover extenso, no demasiado trascendental y con muchos episodios de una serie medio pete como era Checkmate, los fans del Squad nos vamos contentos de este Vol.4, porque The Janus Directive no sólo no traiciona el espíritu del Squad, sino que Ostrander va a saber utilizar lo que sucede en esta saga para seguir construyendo para adelante, o por lo menos hasta el número 40, que es donde vendrá un sacudón bastante más zarpado que lo que se vio hasta ahora.
Me llevo unos libritos para leer en el micro rumbo a Pergamino, así para lunes o martes seguro tengo material para volver a postear acá en el blog. Gracias y hasta pronto.
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lunes, 13 de agosto de 2018
LUNES CON ONDA
Otro día con lindo clima, a pesar de que –por distintos motivos- no me moví de mi casa. Y sí, anoche estaba desvelado y me terminé dos libros que tenía empezados.
El Vol.3 de los tomos que recopilan el glorioso Suicide Squad de John Ostrander es una fuckin´ aplanadora. 280 páginas de mala leche, runfla política, acción y un desarrollo de personajes impensable en el comic de hoy en día. Creo que ya mencioné esto en la reseña de alguno de los tomos anteriores, pero creo que pocas series hacen mejor uso de esa posibilidad que daba el comic-book mensual de planificar a largo plazo. Digo “daba” porque hoy rara vez un mismo guionista se queda en una serie más de 18-20 episodios, y casi ninguno se calienta por crear y desarrollar personajes secundarios. Ostrander es tan generoso en ese rubro, que se podría haber lanzado un segundo títulos SIN el Suicide Squad, sólo con Amanda Waller y el personal civil de Belle Reve. Todo el tiempo aparecen nuevos tipos y minas sin poderes, subalternos o sub-subalternos de Amanda y Ostrander hace que todos tengan una voz propia, o algo copado para aportarle a la serie.
Y después están las misiones, jodidas como enema de chimichurri, en las que vemos a este rejunte de villanos, héroes y anti-héroes de la B Metropolitana ir y venir de acá para allá según los caprichos de Waller, y hasta parársele de manos a esta abanderada de la amoralidad para tratar de torcer el rumbo del Squad, que más de una vez está a milímetros de hacerse mierda contra el piso. Pero los miembros del Squad van y vienen y lo que mantiene a esta serie allá arriba es el tono, esa ambigüedad turbia, en la que vemos a los malos hacer lo correcto, a los buenos sentir que se están enchastrando por causas más o menos justas, a los políticos cagarse en todo con tal de acumular poder y a Waller explotar las inseguridades y vulnerabilidades de todos en su propio beneficio. De nuevo me encontré con decenas de diálogos que me acordaba minuciosamente, pero aún así el libro me hizo muy feliz.
En este tramo de la serie, reaparece Karl Kesel y la conjunción entre sus tintas y el dibujo de Luke McDonnell levanta muchísimo la faceta gráfica. La comparación con la labor del otro entintador (Bob Lewis) es inimitable… y la verdad que es como comparar al Maradona del ´86 con el de ahora, a Quino con Nik o a Bob Marley con Marley. Entre los invitados están también el correcto Grant Miehm, un primerizo (y muy flojito) Graham Nolan y apenas ocho paginitas de un Keith Giffen exquisito. Pero lo más power, lejos, es el reencuentro entre McDonnell y Kesel. Tengo para leer el Vol.4, aunque me parece que antes le voy a entrar a la miniserie de Deadshot, que va en paralelo con los primeros episodios de este TPB. Gloria eterna al Suicide Squad de Ostrander y sus secuaces.
En 2014, con el maestro Caloi ya fallecido, la editorial Planeta publicó varios tomos de humor gráfico bajo el rótulo de “Universo Caloi”. Uno de ellos apareció muy barato en una librería y no me pude resistir.
El Absurdo de Caloi ofrece 120 páginas de chistes de distintas épocas firmados por el creador de Clemente, algunos resueltos en una única viñeta y otros en forma de historieta, con una narrativa secuencial siempre impecable. A veces a color, a veces en blanco y negro, a veces con textos y otras veces sólo con imágenes, Caloi tira ideas a la marchanta y las remata de modo sorprendente, en este caso jugando siempre a lo absurdo, a lo ilógico, a lo imprevisto. No tiene mucho sentido ponerse a explicar los chistes, y menos cuando la gracia para por el absurdo, por el capricho, por lo inexplicable. Pero sí es menester señalar lo bien que se movía Caloi en este registro, mucho menos prosaico que el de las tiras de Clemente.
Los chistes abarcan temáticas muy distintas, desde náufragos y astronautas hasta reflexiones muy agudas y profundas acerca de los vínculos entre las personas, o entre las personas y lo divino, o entre las personas y la realidad. Y al estar seleccionados de distintas épocas de la vasta carrera de Caloi, los chistes componen también una especie de montaña rusa visual, con sacudones violentos, cambios de estilo muy marcados, técnicas que aparecen y desaparecen, el rotulado que va mutando… Muy interesante para los que nos copamos siguiendo la huella gráfica de este prócer del humor. Y si bien no vi muchas páginas que me produjeran el orgasmo visual que viví con Humoris Causa (quizás el mejor recopilatorio de chistes de Caloi) el nivel pictórico de este material es increíble. Parece mentira que un dibujante le pusiera tanta dedicación y tanta sapiencia a una página humorística en la revista dominical de un diario de mierda.
¿Algo para criticar? Nah, que varios chistes de una sóla viñeta que en su momento aparecieron compartiendo página con otros, acá ocupan una página ellos solos, con infinito espacio blanco alrededor. Pero está bien, no es grave, no sentí que me estuvieran mezquinando el material. Y lo más importante cuando uno aborda un libro de humor gráfico: me reí varias veces. Si ves a buen precio El Absurdo de Caloi, no cometas el sinsentido de dejarlo pasar.
Gracias a todos los que se acercaron a saludar el sábado en el evento de la Escuela Da Vinci, y prometo volver a postear pronto, acá en el blog.
El Vol.3 de los tomos que recopilan el glorioso Suicide Squad de John Ostrander es una fuckin´ aplanadora. 280 páginas de mala leche, runfla política, acción y un desarrollo de personajes impensable en el comic de hoy en día. Creo que ya mencioné esto en la reseña de alguno de los tomos anteriores, pero creo que pocas series hacen mejor uso de esa posibilidad que daba el comic-book mensual de planificar a largo plazo. Digo “daba” porque hoy rara vez un mismo guionista se queda en una serie más de 18-20 episodios, y casi ninguno se calienta por crear y desarrollar personajes secundarios. Ostrander es tan generoso en ese rubro, que se podría haber lanzado un segundo títulos SIN el Suicide Squad, sólo con Amanda Waller y el personal civil de Belle Reve. Todo el tiempo aparecen nuevos tipos y minas sin poderes, subalternos o sub-subalternos de Amanda y Ostrander hace que todos tengan una voz propia, o algo copado para aportarle a la serie.
Y después están las misiones, jodidas como enema de chimichurri, en las que vemos a este rejunte de villanos, héroes y anti-héroes de la B Metropolitana ir y venir de acá para allá según los caprichos de Waller, y hasta parársele de manos a esta abanderada de la amoralidad para tratar de torcer el rumbo del Squad, que más de una vez está a milímetros de hacerse mierda contra el piso. Pero los miembros del Squad van y vienen y lo que mantiene a esta serie allá arriba es el tono, esa ambigüedad turbia, en la que vemos a los malos hacer lo correcto, a los buenos sentir que se están enchastrando por causas más o menos justas, a los políticos cagarse en todo con tal de acumular poder y a Waller explotar las inseguridades y vulnerabilidades de todos en su propio beneficio. De nuevo me encontré con decenas de diálogos que me acordaba minuciosamente, pero aún así el libro me hizo muy feliz.
En este tramo de la serie, reaparece Karl Kesel y la conjunción entre sus tintas y el dibujo de Luke McDonnell levanta muchísimo la faceta gráfica. La comparación con la labor del otro entintador (Bob Lewis) es inimitable… y la verdad que es como comparar al Maradona del ´86 con el de ahora, a Quino con Nik o a Bob Marley con Marley. Entre los invitados están también el correcto Grant Miehm, un primerizo (y muy flojito) Graham Nolan y apenas ocho paginitas de un Keith Giffen exquisito. Pero lo más power, lejos, es el reencuentro entre McDonnell y Kesel. Tengo para leer el Vol.4, aunque me parece que antes le voy a entrar a la miniserie de Deadshot, que va en paralelo con los primeros episodios de este TPB. Gloria eterna al Suicide Squad de Ostrander y sus secuaces.
En 2014, con el maestro Caloi ya fallecido, la editorial Planeta publicó varios tomos de humor gráfico bajo el rótulo de “Universo Caloi”. Uno de ellos apareció muy barato en una librería y no me pude resistir.
El Absurdo de Caloi ofrece 120 páginas de chistes de distintas épocas firmados por el creador de Clemente, algunos resueltos en una única viñeta y otros en forma de historieta, con una narrativa secuencial siempre impecable. A veces a color, a veces en blanco y negro, a veces con textos y otras veces sólo con imágenes, Caloi tira ideas a la marchanta y las remata de modo sorprendente, en este caso jugando siempre a lo absurdo, a lo ilógico, a lo imprevisto. No tiene mucho sentido ponerse a explicar los chistes, y menos cuando la gracia para por el absurdo, por el capricho, por lo inexplicable. Pero sí es menester señalar lo bien que se movía Caloi en este registro, mucho menos prosaico que el de las tiras de Clemente.
Los chistes abarcan temáticas muy distintas, desde náufragos y astronautas hasta reflexiones muy agudas y profundas acerca de los vínculos entre las personas, o entre las personas y lo divino, o entre las personas y la realidad. Y al estar seleccionados de distintas épocas de la vasta carrera de Caloi, los chistes componen también una especie de montaña rusa visual, con sacudones violentos, cambios de estilo muy marcados, técnicas que aparecen y desaparecen, el rotulado que va mutando… Muy interesante para los que nos copamos siguiendo la huella gráfica de este prócer del humor. Y si bien no vi muchas páginas que me produjeran el orgasmo visual que viví con Humoris Causa (quizás el mejor recopilatorio de chistes de Caloi) el nivel pictórico de este material es increíble. Parece mentira que un dibujante le pusiera tanta dedicación y tanta sapiencia a una página humorística en la revista dominical de un diario de mierda.
¿Algo para criticar? Nah, que varios chistes de una sóla viñeta que en su momento aparecieron compartiendo página con otros, acá ocupan una página ellos solos, con infinito espacio blanco alrededor. Pero está bien, no es grave, no sentí que me estuvieran mezquinando el material. Y lo más importante cuando uno aborda un libro de humor gráfico: me reí varias veces. Si ves a buen precio El Absurdo de Caloi, no cometas el sinsentido de dejarlo pasar.
Gracias a todos los que se acercaron a saludar el sábado en el evento de la Escuela Da Vinci, y prometo volver a postear pronto, acá en el blog.
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Suicide Squad
miércoles, 1 de agosto de 2018
SE LARGA AGOSTO
Este mes no estoy tan jugado con el tema de los viajes, así que voy a poder reseñar libros más seguido.
Arranco con Mis Supermachos, una recopilación de 1991 que reúne varias de las historietas realizadas por el maestro mexicano Rius entre 1965 y 1967… ¡a razón de 24 páginas por semana! Todo en esta obra es increíble: que fuera la primera historieta de Rius (quien hasta entonces sólo hacía chistes sueltos y caricaturas), que el maestro produjera ese volumen de material a ese ritmo, que la censura no se le viniera encima, y por supuesto la calidad.
Por si nunca la escuchaste nombrar, Los Supermachos era una historieta de sátira socio-política ambientada en un pueblito agreste del interior de México, con un elenco compuesto por siete u ocho personajes recurrentes y otros que aparecían de vez en cuando. Rius creaba cada semana comedias de 24 páginas repletas de situaciones y diálogos de enorme impacto humorístico, y –lo más importante- las usaba para bajar línea a ocho manos. Rius era un militante de sólida formación comunista al que le tocó crecer en la Latinoamérica post-Segunda Guerra Mundial. Sus historietas abordan, bajo la mascarada del humor, todos los tópicos clásicos de la militancia bolche latinoamericana: las condiciones leoninas de cualquier acuerdo comercial con Estados Unidos, el manto de oscurantismo de la iglesia católica, el atraso, la corrupción, la ignorancia de los pueblos, la desigualdad, el triste destino de los pueblos originarios reducidos y condenados a ser mano de obra barata en latifundios y ciudades, la farsa de los populismos que prometen revoluciones y terminan siempre entongados con los poderosos, el machismo, la explotación… Si vivís hace unas cuantas décadas en Latinoamérica no hace falta que siga enumerando.
Lo importante es que todos estos conceptos aparecen con una crudeza asombrosa (aún hoy, más de 50 años después) en el marco de unas historietas muy graciosas, pletóricas de ingenio y mala leche. El dibujo de Rius, además, es excelente. Tributario en algunos aspectos de Sergio Aragonés y ancestro directo (aunque no sé si lo leyeron) de bestias como Claire Bretécher y Angeli. Conocía a Rius por sus chistes de una página y lo conocí personalmente a él hace varios años, pero la verdad es que nunca me imaginé que Los Supermachos fuera tan zarpada, tan aguda, tan descarnada en su forma de encarar la sátira política. Esto (que, repito, es de 1965-67) está a años luz de cualquier otro intento de reirse desde la historieta de las tragedias del capitalismo y demás tumores malignos que tienen enferma hace siglos a nuestra sociedad. Lo amé fuerte.
Salto a 1988, cuando DC publica casi todas las historietas incluídas en este Vol.2 de la colección que recopila el glorioso Suicide Squad de John Ostrander (el Vol.1 lo vimos un lejano 10/05/11). Acá, además de muchísimas páginas en las que el dibujo de Luke McDonnell pierde impacto y belleza a manos de las tintas del poco idóneo Bob Lewis, tenemos un magnífico episodio en el que McDonnell se entinta a sí mismo, uno muy extenso dibujado al palo por Erik Larsen (con la Doom Patrol), uno dibujado como los dioses por Keith Giffen (con la Justice League) y el origen de Nightshade dibujado por un temprano Rob Liefeld, también con tintas de Lewis y resultados… casi presentables.
Como ya comenté en la reseña del Vol.1, este material lo leí muchas, muchísimas veces en los 30 años transcurridos desde que me compré una a una las revistitas. Aún así, Ostrander no deja de sorprenderme con su manejo de los personajes y con la forma en que no para nunca de sembrar plots a futuro. Sin dudas, estamos hablando de uno de los guionistas que más rico jugo le saca a esa posibilidad que te da la publicación mensual de ir construyendo a largo plazo. Ostrander no se priva de nada: boletea personajes sin piedad, rescata del olvido a otros, crea nuevos, inventa para todos conflictos y vueltas de tuerca increíbles, los hace cuestionarse a sí mismos, los deconstruye, los caga a palos y hace los interactuar de maneras absolutamente originales. A lo largo y a lo ancho del Universo DC (de aquella fructífera etapa entre Crisis y Zero Hour), Ostrander mezcla personajes tan disímiles como Speedy, Shade, Robotman, Vixen o Mark Shaw con héroes, villanos, temibles operarios del recontra-espionaje y gente común y corriente que simplemente trabaja para el Estado en una penitenciaría de Louisiana.
El resultado es realmente notable y leído así, en un masacote de más de 260 páginas (en buen papel, sin avisos y con el color muy mejorado), cobra una consistencia mayor, cercana a la de Obra Maestra. Si creías que el Suicide Squad era ese título pedorro con Harley Quinn y un grupito de villanos donde nunca muere nadie, entrale urgente al verdadero Squad, el de la Amanda Waller original (e insuperable), el de la runfla política, la acción al palo y las misiones más mugrientas.
Volvemos pronto con más reseñas… y mil gracias a todos los que se acercaron a saludarme en Comarca Comics, allá en Viedma.
Arranco con Mis Supermachos, una recopilación de 1991 que reúne varias de las historietas realizadas por el maestro mexicano Rius entre 1965 y 1967… ¡a razón de 24 páginas por semana! Todo en esta obra es increíble: que fuera la primera historieta de Rius (quien hasta entonces sólo hacía chistes sueltos y caricaturas), que el maestro produjera ese volumen de material a ese ritmo, que la censura no se le viniera encima, y por supuesto la calidad.
Por si nunca la escuchaste nombrar, Los Supermachos era una historieta de sátira socio-política ambientada en un pueblito agreste del interior de México, con un elenco compuesto por siete u ocho personajes recurrentes y otros que aparecían de vez en cuando. Rius creaba cada semana comedias de 24 páginas repletas de situaciones y diálogos de enorme impacto humorístico, y –lo más importante- las usaba para bajar línea a ocho manos. Rius era un militante de sólida formación comunista al que le tocó crecer en la Latinoamérica post-Segunda Guerra Mundial. Sus historietas abordan, bajo la mascarada del humor, todos los tópicos clásicos de la militancia bolche latinoamericana: las condiciones leoninas de cualquier acuerdo comercial con Estados Unidos, el manto de oscurantismo de la iglesia católica, el atraso, la corrupción, la ignorancia de los pueblos, la desigualdad, el triste destino de los pueblos originarios reducidos y condenados a ser mano de obra barata en latifundios y ciudades, la farsa de los populismos que prometen revoluciones y terminan siempre entongados con los poderosos, el machismo, la explotación… Si vivís hace unas cuantas décadas en Latinoamérica no hace falta que siga enumerando.
Lo importante es que todos estos conceptos aparecen con una crudeza asombrosa (aún hoy, más de 50 años después) en el marco de unas historietas muy graciosas, pletóricas de ingenio y mala leche. El dibujo de Rius, además, es excelente. Tributario en algunos aspectos de Sergio Aragonés y ancestro directo (aunque no sé si lo leyeron) de bestias como Claire Bretécher y Angeli. Conocía a Rius por sus chistes de una página y lo conocí personalmente a él hace varios años, pero la verdad es que nunca me imaginé que Los Supermachos fuera tan zarpada, tan aguda, tan descarnada en su forma de encarar la sátira política. Esto (que, repito, es de 1965-67) está a años luz de cualquier otro intento de reirse desde la historieta de las tragedias del capitalismo y demás tumores malignos que tienen enferma hace siglos a nuestra sociedad. Lo amé fuerte.
Salto a 1988, cuando DC publica casi todas las historietas incluídas en este Vol.2 de la colección que recopila el glorioso Suicide Squad de John Ostrander (el Vol.1 lo vimos un lejano 10/05/11). Acá, además de muchísimas páginas en las que el dibujo de Luke McDonnell pierde impacto y belleza a manos de las tintas del poco idóneo Bob Lewis, tenemos un magnífico episodio en el que McDonnell se entinta a sí mismo, uno muy extenso dibujado al palo por Erik Larsen (con la Doom Patrol), uno dibujado como los dioses por Keith Giffen (con la Justice League) y el origen de Nightshade dibujado por un temprano Rob Liefeld, también con tintas de Lewis y resultados… casi presentables.
Como ya comenté en la reseña del Vol.1, este material lo leí muchas, muchísimas veces en los 30 años transcurridos desde que me compré una a una las revistitas. Aún así, Ostrander no deja de sorprenderme con su manejo de los personajes y con la forma en que no para nunca de sembrar plots a futuro. Sin dudas, estamos hablando de uno de los guionistas que más rico jugo le saca a esa posibilidad que te da la publicación mensual de ir construyendo a largo plazo. Ostrander no se priva de nada: boletea personajes sin piedad, rescata del olvido a otros, crea nuevos, inventa para todos conflictos y vueltas de tuerca increíbles, los hace cuestionarse a sí mismos, los deconstruye, los caga a palos y hace los interactuar de maneras absolutamente originales. A lo largo y a lo ancho del Universo DC (de aquella fructífera etapa entre Crisis y Zero Hour), Ostrander mezcla personajes tan disímiles como Speedy, Shade, Robotman, Vixen o Mark Shaw con héroes, villanos, temibles operarios del recontra-espionaje y gente común y corriente que simplemente trabaja para el Estado en una penitenciaría de Louisiana.
El resultado es realmente notable y leído así, en un masacote de más de 260 páginas (en buen papel, sin avisos y con el color muy mejorado), cobra una consistencia mayor, cercana a la de Obra Maestra. Si creías que el Suicide Squad era ese título pedorro con Harley Quinn y un grupito de villanos donde nunca muere nadie, entrale urgente al verdadero Squad, el de la Amanda Waller original (e insuperable), el de la runfla política, la acción al palo y las misiones más mugrientas.
Volvemos pronto con más reseñas… y mil gracias a todos los que se acercaron a saludarme en Comarca Comics, allá en Viedma.
miércoles, 17 de agosto de 2016
SUICIDE SQUAD
Esta vez no pude ir a la función de prensa, y terminé viendo la peli en un cine cualquiera, como cualquier mortal. Eso no me jode en lo más mínimo (bueno, sí, esos mega-baldes de pochoclo me resultan repulsivos) pero los días que pasaron entre el estreno en EEUU y mi visita al cine me expusieron (incluso contra mi voluntad) a varias críticas, todas bastante lapidarias. O sea que fui esperando una garcha insostenible. Incluso fui con sueño, convencido de que si la peli no me recontra-atrapaba, iba a terminar apolillando durante los 123 minutos que dura el largometraje.
Bueno, nada de eso pasó. Ni me dormí, ni la peli me pareció una basura inmunda. Me pareció un típico blockbuster cabeza de Hollywood, una Rápido y Furioso en la que en vez de autos hay tipos y minas con superpoderes. Obvia, ramplona, con un guión prendido con alfileres que ni se calienta por explicar un montón de cosas, un claro intento de apelar al mínimo denominador común. Dentro de esos parámetros, me parece que la labor de David Ayer (guionista y director) es aceptable. El tipo se propuso brindarnos dos horas de machaca y chistes y eso no escasea para nada en Suicide Squad.
Pero claro, es Suicide Squad, y los viejos asociamos ese nombre no con la versión para subnormales que se impuso desde el New 52 en adelante, sino con un comic que entre 1987 y 1992 supo sacudirnos con unas historias y un desarrollo de personajes muy difíciles de igualar en los comics, y probablemente imposibles de reproducir en otros medios. De toda esa magia que desplegó el maestro John Ostrander en los comics, el film de Ayer rescata algunas pocas cosas. Una versión bien hija de puta de Amanda Waller interpretada por una demoledora Viola Davis (no sé qué les costaba hacerle usar anteojos para leer, pero bueno…), un Captain Boomerang que oscilaba entre el comic relief y la mala leche más cruel, y un Rick Flag con el que el espectador nunca termina de empatizar, pero que cuando tiene que pelar chapa, la pela.
Para mi sorpresa, Deadshot se bancó bien el protagonismo extra que le otorga el hecho de estar interpretado por Will Smith, aunque claro, el personaje está muy reversionado respecto de aquel al que Ostrander hizo brillar en el Squad. También me sorprendió que el guión le diera tanto peso al Joker (bien interpretado por Jared Leto). Yo creía que iba a aparecer 15 segundos, y que era más un engaña-pichanga para llevar gente al cine que un jugador importante en este partido. Y si bien varias de las intervenciones del Joker podrían omitirse sin que la peli cambie mucho de rumbo, es mucho más que un personaje secundario, su rol va mucho más allá de explicar quién carajo es Harley Quinn. Y la gran incógnita, que era El Diablo, me pareció bien resuelta, uno de los pocos personajes que se desarrolla durante los 123 minutos sin traicionar nunca su motivación original.
El resto me pareció inconsistente, grandilocuente al pedo, apenas entretenido. Me impactó Margot Robbie, la chica que hace de Harley Quinn (jamás la había visto), pero no sé si el personaje está bien logrado, porque hace mil años que no leo comics de Harley Quinn. Me quedo con su figura y su sonrisa, cautivante 100%. En general, me quedo con todo el aspecto visual de la peli, por sobre items como el desarrollo de personajes, o los peligros que deben enfrentar, que son bastante menores o no están tan bien trabajados. Está bien la integración con las otras pelis del Universo DC (grosso Ben Affleck) y valoro el intento de meterle toques de humor a un film que, si lo encaraban para el lado solemne y pasado de oscuridad, podría haber sido un monumento al embole.
En síntesis, no vayas esperando una gran película, porque no la vas a encontrar. Si lo que le pedís es que te entretenga un rato con la estridencia pochoclera que tan bien sabe darnos Hollywood, ahí sí, Suicide Squad cumple con creces la misión.
Bueno, nada de eso pasó. Ni me dormí, ni la peli me pareció una basura inmunda. Me pareció un típico blockbuster cabeza de Hollywood, una Rápido y Furioso en la que en vez de autos hay tipos y minas con superpoderes. Obvia, ramplona, con un guión prendido con alfileres que ni se calienta por explicar un montón de cosas, un claro intento de apelar al mínimo denominador común. Dentro de esos parámetros, me parece que la labor de David Ayer (guionista y director) es aceptable. El tipo se propuso brindarnos dos horas de machaca y chistes y eso no escasea para nada en Suicide Squad.
Pero claro, es Suicide Squad, y los viejos asociamos ese nombre no con la versión para subnormales que se impuso desde el New 52 en adelante, sino con un comic que entre 1987 y 1992 supo sacudirnos con unas historias y un desarrollo de personajes muy difíciles de igualar en los comics, y probablemente imposibles de reproducir en otros medios. De toda esa magia que desplegó el maestro John Ostrander en los comics, el film de Ayer rescata algunas pocas cosas. Una versión bien hija de puta de Amanda Waller interpretada por una demoledora Viola Davis (no sé qué les costaba hacerle usar anteojos para leer, pero bueno…), un Captain Boomerang que oscilaba entre el comic relief y la mala leche más cruel, y un Rick Flag con el que el espectador nunca termina de empatizar, pero que cuando tiene que pelar chapa, la pela.
Para mi sorpresa, Deadshot se bancó bien el protagonismo extra que le otorga el hecho de estar interpretado por Will Smith, aunque claro, el personaje está muy reversionado respecto de aquel al que Ostrander hizo brillar en el Squad. También me sorprendió que el guión le diera tanto peso al Joker (bien interpretado por Jared Leto). Yo creía que iba a aparecer 15 segundos, y que era más un engaña-pichanga para llevar gente al cine que un jugador importante en este partido. Y si bien varias de las intervenciones del Joker podrían omitirse sin que la peli cambie mucho de rumbo, es mucho más que un personaje secundario, su rol va mucho más allá de explicar quién carajo es Harley Quinn. Y la gran incógnita, que era El Diablo, me pareció bien resuelta, uno de los pocos personajes que se desarrolla durante los 123 minutos sin traicionar nunca su motivación original.
El resto me pareció inconsistente, grandilocuente al pedo, apenas entretenido. Me impactó Margot Robbie, la chica que hace de Harley Quinn (jamás la había visto), pero no sé si el personaje está bien logrado, porque hace mil años que no leo comics de Harley Quinn. Me quedo con su figura y su sonrisa, cautivante 100%. En general, me quedo con todo el aspecto visual de la peli, por sobre items como el desarrollo de personajes, o los peligros que deben enfrentar, que son bastante menores o no están tan bien trabajados. Está bien la integración con las otras pelis del Universo DC (grosso Ben Affleck) y valoro el intento de meterle toques de humor a un film que, si lo encaraban para el lado solemne y pasado de oscuridad, podría haber sido un monumento al embole.
En síntesis, no vayas esperando una gran película, porque no la vas a encontrar. Si lo que le pedís es que te entretenga un rato con la estridencia pochoclera que tan bien sabe darnos Hollywood, ahí sí, Suicide Squad cumple con creces la misión.
martes, 10 de mayo de 2011
10/ 05: SUICIDE SQUAD Vol.1

Esto es militancia pura. Me compré en libro comics que tengo hace mil años, que leí cientos de veces y que hasta recuerdo de memoria, diálogo a diálogo. Pero lo que hicieron John Ostrander y Luke McDonnell en esta serie es tan grosso que se merecen, 25 años después, volver a llevarse mi dinero.
El Squad salió en el momento justo, el momento mágico en que DC peló una especie de ametralladora que disparaba una atrás de otra un montón de series alucinantes. En ese panorama de innovación y calidad, el Squad se destacó, de una. Era uno de esos comics que uno compraba no sólo para disfrutarlo: también para comentarlo con los amigos “del palo”. Es que la serie de Ostrander y McDonnell tenía mucha más sustancia que el comic promedio. Para empezar, tenía muchos personajes y hasta los secundarios por momentos cobraban chapa de protagonistas. Y se la bancaban, porque estaban muy bien armados. Además, como el Squad se nutría de los villanos a los que los héroes capturaban, estaba lleno de referencias a esos otros comics, que por ahí uno no leía y los amigos sí, o viceversa. Después la cosa creció tanto que se dio la inversa: leíamos las otras series que escribía Ostrander (Firestorm, o Manhunter) para ver qué villanos aparecían, porque –casi seguro- iban a terminar enrolados en alguna misión futura del Squad. Y lo más importante: la cantidad de ideas que pela la serie en estos primeros ocho números. Uno, que ya la leyó hasta el final, ya sabe quién va a morir, quién va a zafar, quién va a traicionar, etc. Pero lo más sorprendente de leer el principio sabiendo el final es descubrir la cantidad de tramas copadas cuyas semillas ya están sembradas en estos primeros episodios.
Pero al que nunca leyó nada del Squad, al alienígena que se acaba de bajar de su plato volador, le tengo que contar algo que lo cebe, no lo puedo dejar en banda. Esta es la historia de una agencia de operaciones encubiertas al servicio del gobierno de los EEUU. Un escuadrón que realiza misiones sucias, que ningún ejército o comando oficial se animaría a realizar, con altísimo riesgo y sin red. Si algo sale mal, nadie los respalda ni los protege. El detalle no menor es que el escuadrón está integrado en su mayoría por villanos conocidos, que están en cana, y a los que el gobierno les ofrece participar de estas misiones a cambio de una reducción de sus penas. O sea que, además de que la consigna es tramposa y mugrienta, los convocados para llevarla a cabo suelen ser una manga de garcas sin el menor código ético. Para que la cosa no se desmadre, el escuadrón tiene entre sus miembros a varios héroes y heroínas, todos de la B Metropolitana y todos con varios conflictos jodidos, al límite. Para que la mezcla cuaje, hacía falta un personaje nuevo, creado por Ostrander a la medida (áspera y ambigua) de esta serie, que terminó por convertirse en un personaje central del Universo DC, tanto en el comic como en las series animadas: Amanda Waller, tal vez el personaje más rico e interesante al que jamás vimos ponerse calzas, máscaras o capas.
Además de un increíble semillero de plots a futuro, estos primeros números son grandes aventuras por sus propios méritos, repletos de giros impredecibles, escenas impactantes y diálogos memorables. Lo único que tira un poco para atrás es el dibujo de Luke McDonnell, por momentos muy duro en la anatomía, aunque bien en las expresiones faciales y notable en la narrativa y la creación de climas. Después del tercer episodio, las falencias de McDonnell se notan un poco más, porque cambian a un gran entintador como Karl Kesel por uno mediocrón tirando a choto como Bob Lewis. Igual, nada es peor que el Secret Origins, en el que los lápices de McDonnell son masacrados por las tintas de Dave Hunt, anticuadas y sin onda por donde se las mire. McDonnell, con el tiempo, va a mejorar. Creeme, yo ya leí todo el Suicide Squad varias veces. Incluso va a volver Kesel, y van a aparecer un par de episodios (y una miniserie de Deadshot) en los que McDonnell se va a entintar a sí mismo y la va a descoser. O sea que los padeceres gráficos son temporarios, son unos 15 numeritos, nomás.
Y bueno, ahora a esperar que DC se digne a publicar más tomos recopilatorios del Squad. Ya me engolosiné y quiero toda la serie reeditada en este formato y con esta calidad. La seguí fielmente de principio a fin, mes a mes, hace 25 años y esta relectura me cebó lo suficiente para bancarla a muerte una vez más. Pasa el tiempo y no hay con qué darle a este cóctel explosivo de acción al palo, runflas malignas y pésima leche que puso a John Ostrander en la lista de los guionistas imprescindibles de los ´80 y ´90.
Etiquetas:
DC,
John Ostrander,
Luke McDonnell,
Suicide Squad
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