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jueves, 23 de noviembre de 2023
MAS MATERIAL ARGENTINO
Sigo con la misión imposible de ponerme al día antes de fin de año con todo el material que se publicó durante 2023 en Argentina, que por suerte es un montón.
Desde la ciudad de Rosario llega el nº1 de Avalancha, una antología que reúne distintas historietas todas escritas por Gastón Flores, algunas de las cuales ya se habían publicado en la revista Términus (otra antología gestada en Rosario). La verdad, no me emocionó el contenido de este primer número. La portada me parece directamente fea, y ninguno de los guiones de las distintas historias autoconclusivas me partió la cabeza ni me sorprendió demasiado. Hay varios que están bien, que cumplen, pero ninguno de esos que te hacen levantar las cejas y decir "no puedo creer lo que estoy leyendo".
El desempeño de los dibujantes en general es muy bueno, la única historia que no me gusta cómo está dibujada es "El Dios Serpiente", a cargo de un Gonzalo Martínez que no es el prócer chileno. Despues hay otro trabajo mejor logrado por el propio Martínez, aportes muy dignos de Pablo De Bonis y Sergio Tarquini, seis páginas de Juan Manuel Frigeri a un muy buen nivel, y apenas cinco del mejor dibujante que alguna vez trabajó con Flores: el monstruo entrerriano Lisandro Estherren, hoy consagrado en EEUU. Desde lo visual, más allá de la portada, Avalancha es un producto bastante convincente. Pero es una antología creada y curada por un guionista, entonces lo que define son los guiones y -repito- ninguno me movió el amperímetro. Hay buenas intenciones, buenas ideas, pero sospecho que Flores es de los guionistas a los que el formato de historia corta (las más largas tienen ocho páginas) no les resulta demasiado cómodo. Veremos con qué nos encontramos cuando se publique el nº2 (supongo que en Enero, porque el nº1 salió en Julio y dice "publicación semestral").
Otra editorial con sede en Rosario y bastante actividad en esta última década es Rabdomantes, que ahora nos ofrece Ceferino Namuncurá y el Valle Perdido, una novela gráfica de 68 páginas escritas por Roberto Barreiro (amigo de hace mil años y colaborador de Comiqueando) y dibujadas por Javier Oliver, a quien ya me había cruzado en alguna antología. Vamos a decirlo rápido y sin medias tintas: no me gusta el dibujo de Oliver, me parece del montón, poco imaginativo, poco original, no le encuentro mayor atractivo. La narrativa está muy bien, el color me pareció muy correcto, pero el dibujo en sí, el trazo, la forma de plasmar la acción, las expresiones faciales, los fondos, la composición de la viñeta y hasta la ubicación de algunos globos de diálogo me parece que no están a la altura, ni del guion de Barreiro ni de la calidad de la edición.
Una pena, porque el guion me pareció ingenioso y entretenido. Barreiro imagina una ucronía en la que la nación mapuche se independizó de Argentina y de Chile y superó su origen de tribu aborigen de la Patagonia para convertirse en una potencia continental con vastos recursos naturales. La historia se sitúa a principios del Siglo XX y reserva roles importantes a figuras del mundo real como Julio Argentino Roca o el Coronel Enrique Mosconi (y el propio Ceferino, obviamente), y un rol menor a Hipólito Yrigoyen. No sé si por sugerencia de Barreiro o por decisión de Oliver, varios de los mapuches tienen rasgos que al toque remiten a los de Patoruzú, Upa y la Chacha, un guiño que realmente no sé cuántos lectores llegarán a captar, porque no creo que esto esté pensado para los fans de los clásicos personajes de Dante Quinterno.
La trama incluye acción, espionaje, sutiles pinceladas de comedia y una puntita romántica atractiva que no se llega a desarrollar, todo en un clima de aventura e intriga, con un buen equilibrio entre tensión dramática y clima de entretenimiento y diversión. Por momentos me pareció estar leyendo un guion de Maurice Tillieux para Gil Jourdan, aunque claro, Tillieux no debe haber tenido ni la menor idea de qué era un mapuche. No quiero spoilear lo que sucede, pero sí señalar que está todo bien planteado y bien resuelto, con textos ágiles y personajes con los que uno se quiere reencontrar.
Ceferino Namuncurá y el Valle Perdido nos lleva a una realidad paralela (un What If...) muy interesante, para vivir una aventura que te engancha a fuerza de sorpresas, roscas y acción. Con la faz gráfica a cargo de un dibujante mejor calificado, podría ser uno de los grandes títulos del 2023. Así como está, divierte y cumple, pero renguea un poco porque, por lo menos para mi gusto, no hay un correlato de calidad entre la labor de Oliver y la de Barreiro.
Esto es todo por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 13 de junio de 2022
LIBROS DE LUNES
Como suele suceder, llego a la tarde del lunes con un par de libros leídos, como para reseñar en este espacio.
Empiezo en Francia, año 1999, cuando Lewis Trondheim escribe y dibuja un álbum de Lapinot titulado "Pour de Vrai", como siempre con su esposa Brigitte Findakly como colorista. Este es un álbum totalmente basado en los diálogos, donde probablemente estén los one-liners y los retruques más graciosos de toda la bibliografía de Trondheim (que espero algún día tener o leer completa). Son 46 páginas en las que prácticamente no pasa nada, y en las que el atractivo reside en las cosas que dicen Lapinot, Nadia y el resto de los personajes. Hay un intento de trama mínimamente aventurera, cuando Nadia, en pleno fin de semana de descanso en un castillo cerca de la playa, empieza a hurgar en una posible historia para una nota periodística. Esto nunca cobrará un verdadero espesor dramático, sino que dará pie a nuevos diálogos entre profundos y desopilantes entre Lapinot y su novia. Un encuentro fortuito con una ex del protagonista con cabeza de conejo activará una posible trama de celos y romances frustrados, pero también se resolverá todo hablando, en pocas páginas y de modo muy entretenido. Y para que haya algo de acción, tendremos accidentes, tropiezos, y algunas pantomimas absurdas a cargo de Richard, el amigo de Lapinot con cabeza de gato, que acá está más inmaduro que nunca, al borde de volverse insufrible.
Sin la mochila de tener que hilvanar un relato con misterios, aventura y el ritmo que estas temáticas imponen, Trondheim se siente a sus anchas. Lapinot y Nadia afianzan su vínculo romántico a través de estos paseos y estas largas charlas repletas de chistes brillantes, en las que ambos se revelan como maestros de la esgrima verbal y uno no puede sacarse la sonrisa del rostro, como si le hubieran lanzado el gas del Joker. De paso, Trondheim nos hace pensar de manera muy sutil y solapada acerca del rol del periodismo, sobre el tiempo que le dedicamos normalmente al ocio, y no mucho más, porque el resto es eso: gente normal haciendo cosas de gente normal. Algunos de estos humanos con cabeza de animales son más agudos, están más afilados, otros están medio estupidizados por los videojuegos, a otros el tema del castillo antiguo les da un toque de miedo, y otros se adaptan con total normalidad a la idea de distender y no hacer nada, simplemente compartir charlas, vinos, comidas y paseos.
Pour de Vrai es un álbum que prescinde de la pasión para apasionar al lector, una timba loca de las tantas que nos propuso Trondheim en estos últimos 30 años, en la que si te arriesgás, ganás fortunas. Te divertís con los diálogos, te deslumbrás con el dibujo, te enganchás a pleno con la forma en que narra el francés, y cerrás el álbum convencido de que sos un integrante más de ese grupete de amigos, tan reales y tan humanos a pesar de su fisonomía híbrida entre humanos y animales.
Ah, me fijé si existe en castellano y sí: Planeta-DeAgostini lo publicó como "De Veras", en un tomo doble que incluye otro álbum de Lapinot. Si alguno lo tiene, por favor cuénteme si la traducción está buena, porque traducir historietas basadas en diálogos tan cargados de chistes es más difícil que ser pobre y salir beneficiado por políticas neoliberales.
Allá por el 04/07/18 me tocó reseñar en este espacio un comic de Keith Giffen titulado "Common Foe", una aventura ambientada en la Segunda Guerra Mundial en la que soldados nazis y soldados aliados se ven obligados a unir fuerzas para combatir a una peligrosísima amenaza sobrenatural, unas criaturas horrendas y antropófagas que tenían bajo su control un pueblito de Francia deshabitado, que ambos ejércitos se disputaban. Exactamente LO MISMO sucede en la primera de las dos historias que componen el libro Tierra de Nadie, obra de Roberto Barreiro y Edu Molina. La única diferencia es que en el guion de Barreiro, la guerra es la primera y el pueblito pareciera estar en Bélgica. La segunda historia del tomo también ofrece un argumento que leímos varias veces: asediados por los nazis (ahora sí, estamos en la Segunda Guerra Mundial), los judíos recurren a su ancestral tradición mística y activan una tropa de golems que hacen pomada a los muchachos del Tercer Reich con su fuerza y resistencia sobrehumanas.
¿Son malas historias? No, simplemente no son originales. Los diálogos están bien, los bloques de texto no aportan información redundante sino relevante, y Barreiro tiene clarísimo cuándo "callarse la boca" y dejar que sea el dibujo de Molina el que lleve adelante la narración. O sea que si nunca leíste Common Foe, o alguna de las muchas historias cortas de golems vs. nazis, seguramente en Tierra de Nadie vas a encontrar tramas que te van a sorprender, te van a enganchar y hasta te van a poner nervioso, porque Barreiro y Molina trabajan con mucho énfasis en el ritmo del relato para generar tensión en el lector.
Por el lado del dibujo, nunca me imaginé que el género bélico le sentara tan bien a Edu Molina, un dibujante que ya había dado cátedra en el misterio sobrenatural, pero en ambientaciones urbanas, más actuales y enroladas en una onda de policial negro. Para cuando aparecen en escena los elementos fantásticos, Molina ya te metió a fondo en estas guerras espantosas y ya estás respirando esos climas, chupando frío y oliendo cadáveres con esos soldados europeos del siglo pasado. En el trazo adusto y sintético de Molina, que por momentos parece un grabado más que un comic, aparece la influencia inmortal de Alberto Breccia, sobre todo en esos rostros desfigurados por el horror. Pero además Molina pone su claroscuro atroz al servicio de escenas de acción de una potencia demoledora, y ahí te olvidás de Breccia y flasheás cine de Hollywood estridente y kilombero. Las tramas mecánicas y el uso de las tonalidades de marrón en una historia y de gris en la otra engalanan una faz gráfica absolutamente impactante, en la que Molina hace gala de una solvencia a prueba de balas. Evidentemente el argentino radicado en México (Edu) y el argentino radicado en Chile (Roberto) se entienden a la perfección y logran una simbiosis que en Tierra de Nadie se disfruta a pleno. Quiero más trabajos de esta dupla.
Y hasta acá llegamos. Estoy leyendo un Essential de esos de chotocientas páginas y no lo estoy disfrutando, por eso voy lento. Ni bien lo liquide, se viene reseña acá en el blog. Será hasta entonces.
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lunes, 30 de mayo de 2022
OTRO LUNES CON RESEÑAS
Vamos con un repaso de los últimos libros que leí.
Allá por el 09/03/17 hablamos en este espacio de Los Hermanos Segelín, una muy buena historieta creada por Roberto Barreiro y Lucas Varela en la época en la que ambos militaban en el under. Una especia de clásico del indie noventoso, que felizmente se recopilaba en libro, pero... no tenía final. En 2021, la editorial Rabdomantes consiguió que otro dibujante, Nacho Yunis, tomara la posta y dibujara las 12 páginas que faltaban para que la historia de Alejandro y Ernesto Segelín, Laura Croft, el Kapop y demás personajes tuviera un final redondo y coherente con lo narrado hasta el momento en que la serie quedó trunca, hace más de 20 años. O sea que mi reseña va a estar centrada en esas 12 páginas. Del resto, ya hablamos en su momento.
Las 12 páginas se me hicieron cortas. Como si Barreiro y Yunis se hubiesen esforzado por cerrar todo en la menor cantidad posible de espacio. Y está todo un poco apretado, para mi gusto. El dibujo de Yunis es muy bueno, muy expresivo, muy idóneo para una historieta que combine aventura y comedia como Los Hermanos Segelín. Lástima que no haya respetado más los diseños de los personajes que Varela había desarrollado a lo largo de las páginas anteriores. No digo que esto solo tenía sentido si lo dibujaba Varela (alcanza con ver la portada para notar lo mucho que cambió el trazo del ídolo desde sus años en Los Hermanos Segelín hasta hoy), pero me hubiese gustado que el dibujante que llegó "del banco de suplentes" se calentara más por mantener cierta homogeneidad gráfica en el aspecto de los protagonistas, aunque más no sea. Nada, detalles menores. Lo importante es que ahora esta historia tiene final y está bueno. Ojalá la dupla Barreiro-Yunis se afiance para encarar nuevos proyectos, con o sin Ernesto y Alejandro Segelín.
En 1998, año en el que debutaron Los Hermanos Segelín, apareció en EEUU el one-shot Hundreds of Feet Below Daylight, con el que el maestro James Sturm inició su trilogía "America", basada en momentos de la historia de Estados Unidos. En estas bellísimas 48 páginas, Sturm nos lleva a un pueblito de Idaho en el que la única actividad económica pasa por una mina de oro donde el oro no aparece, y por la venta de escabio a los mineros. Sturm hace hincapié en la precariedad de las condiciones de trabajo y en la venalidad de los dueños de la mina, personajes de una mala leche y una crueldad digna de una historieta de Sánchez Abulí. Acá hay asesinatos, traiciones, timba, insinuaciones sexuales que involucran a menores, enfermedades horribles y decadencia moral a niveles más bajos que los que llegan a excavar los mineros en busca de oro.
Hundreds of Feet Below Daylight ofrece además un dibujo magnífico, adusto, salvaje. Sturm dibuja como si toda la vida hubiese estudiado a Chester Gould y de pronto hubiese descubierto a Charles Burns y Chris Ware. Y le imprime a la trama un ritmo tremendo, que también me hizo acordar al mejor Sánchez Abulí. Nunca vi el libro con la trilogía completa, pero cualquier cosa firmada por Sturm vale la pena. Si lo descubriste con Fantastic Four: Unstable Molecules (la reseñamos acá el 07/10/12), dale una posibilidad a sus obras de más compromiso autoral como esta, que es un infierno.
Vamos a Francia, año 2020, cuando el siempre imprescindible Frederik Peeters lanza Oleg, una novela gráfica existencialista, protagonizada por una versión apenas maquillada de sí mismo. Al igual que Frederik, Oleg es un historietista de casi 50, casado, con una hija adolescente, que hace casi 20 años rompió todo con una obra de la que todo el mundo le habla aún hoy (Píldoras Azules, que en la ficción viene a ser "El Reparto del Mundo"). Oleg busca ideas para su nueva novela gráfica, pero se encuentra con pocos resquicios para la creación: la realidad cotidiana se lo come casi por completo a tal punto que decide (como Peeters) nutrirse de ella para la realización de su nueva obra. Entonces tenemos una novela gráfica de Peeters en la que el suizo se disfraza de Oleg para narrarnos un montón de escenas de su vida real, al estilo del clásico comic autobiográfico, pero con algunos resquicios por donde se cuelan ideas más locas que tiene el autor, y que va descartando cuando se decide a dejar de lado la fantasía y la ciencia-ficción y concentrarse en su realidad, que en buena medida es también la nuestra.
Peeters juega todo el tiempo a buscar la identificación y la complicidad del lector, sobre todo de aquellos que ya peinamos una cantidad de canas suficiente como para no aceptar de modo acrítico la forma en la que cambió la sociedad en los últimos años. La dependencia de los celulares, la pose permanente para construir identidades poco genuinas en las redes sociales, la adicción a las plataformas de streaming, la creciente desigualdad entre ricos y pobres en el mundo capitalista, el desastre ecológico, las pavadas que hacen y consumen los adolescentes y -ya en el terreno de la profesión de Peeters y su alter ego- la vorágine pasada de rosca del festival de Angouleme, la liturgia de las firmas de libros en comiquerías y eventos, la dinámica entre las editoriales y los historietistas y cómo estos logran organizar su tiempo y su vida para trabajar sin jefes ni horarios. La historia por momentos es más reflexiva, por momentos más de comedia costumbrista, por momentos más dramática, o más romántica, y por momentos ni siquiera es una historia, porque Peeters prefiere describir las cosas que Oleg sueña, se imagina, o hace en forma desconectada del hilo narrativo, como si fueran esas transiciones non-sequitur de las que hablaba Scott McCloud en Understanding Comics. Pero siempre hay una mirada cálida, de buen tipo preocupado por los motivos correctos, y aun así optimista, vital, para nada cínica. Y siempre está el amor, que acá también es más fuerte.
El dibujo... la puta madre, qué injusto debe ser para los otros dibujantes que haya tipos como Peeters que pueden dibujar más de 150 páginas por año a este nivel... Sublime es poco. Lo que hace el suizo con el blanco y negro está más allá de toda exégesis, es una locura. Cómo pasa de los detalles imposibles a la síntesis, cómo juega con los ángulos para ponerle onda a las escenas de cabecitas que hablan, ese poder de observación fascinante, el equilibrio entre masas negras y espacios blancos... No sé, no puedo ni armar una frase... Cuanto más miro estás páginas más me cuesta escribir. Así de fuerte me pega la magia que tira Peeters en estas páginas, rayanas en la más absoluta perfección.
Probablemente no vayamos a recordar a Oleg como la mejor de sus obras, por esto de que a nivel narrativo es tan difusa como la vida real de los historietistas. Pero no escasean las escenas memorables y sobre todo las imágenes demoledoras, que nos recuerdan una vez más que estamos frente a uno de los mejores dibujantes de la Vía Láctea.
Y hasta acá llegamos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto.
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Roberto Barreiro
viernes, 11 de octubre de 2019
DOS Y A ROSARIO
Esta noche no salgo a
boludear porque a las 8 AM de mañana tengo que estar en Retiro para tomar el
micro a Rosario. Aprovecho, entonces, para reseñar un par de libritos que tengo
leídos.
Le Demon de Midi es una
obra de 1996 de la gloriosa Florence Cestac, inmensa autora francesa,
injustamente poco difundida en nuestro idioma. A lo largo de 58 páginas (todas
divididas en tres tiras de dos o tres viñetas cada una), Cestac nos ofrece una
historieta que además de narrar, analiza un fenómeno, lo explora en sus
distintas facetas, nos muestra varias consecuencias posibles para varias de las
cosas que suceden y sobre todo se cuida mucho de no simplificar la situación
para no acotarla a “el garca” y “la víctima”. Le Demon de Midi es como le dicen
los franceses a esa “crisis de la mediana edad” en la que el hombre cuarentón
se aburre de su esposa y abandona a su familia para correr atrás de una pendeja
de veintipico que lo hace sentir un titán. Seguramente si viviste la separación
de tus viejos, o una ruptura con tu pareja, pasaste por momentos muy, muuuuy
parecidos a los que les hace vivir Cestac a los anónimos protagonistas de esta
novela.
Lo mejor que hace la
autora es no enfatizar demasiado el aspecto dramático de la ruptura entre los
protagonistas. No lo suaviza, no lo soslaya, pero tampoco se regodea en la
desgracia de la mujer abandonada por su marido. Rápidamente llegan los
elementos propios de la comedia costumbrista y un cierto clima no sé si de
jolgorio, pero por lo menos de distensión, hace todo mucho más llevadero. Al
final, la separación de una pareja es solo eso. No es la muerte, ni el fin del
mundo. Y en las formas en que cada uno reacomoda su vida (cuerpo, mente,
sentimientos) tras la crisis, es donde Cestac encuentra material para hacernos
pasar un muy buen rato y dejarnos pensando, claro.
El dibujo de Florence es
casi perfecto. Imaginate una mezcla entre los dibujantes humorísticos más
grossos. Caloi, Angeli, Frank Margerin… caviar con champagne para todas y
todos. Pero no es perfecto, es CASI perfecto, y la imperfección llega en la
etapa del entintado, como si a esos dibujantes mágicos los entintara otro más
rústico, tipo… Cels Piñol, ponele. De todos modos es un dibujo absolutamente
plástico, expresivo, que te resulta cercano, casi real a pesar de su alto grado
de abstracción. Y para reforzar la gracia del humor costumbrista, Cestac te
masacra con unos detalles tremendos en ropa, peinados, muebles, calles… Acá hay
un poder de observación infrecuente, tanto en los vínculos entre los personajes
como en el mundo por el que se desplazan. Ojalá algún día alguien se ponga las
pilas para que haya muchas obras de Florence Cestac editadas en castellano.
Me vengo a Argentina, año
2019, cuando se edita Kintari, el Retorno del Lobo, una novela gráfica
relativamente breve, escrita por Roberto Barreiro y dibujada por Hernán González.
Se trata de una historia de aventura, violencia y misticismo, narrada por
Barreiro con gran inteligencia, sobre todo para dosificar la información acerca
de este mundo fantástico dominado por unos entes extradimensionales malignos,
que tienen los mejores diálogos de la historieta. El título y la portada nos
llevan a creer que Kintari es el protagonista pero, si bien su rol en la trama
es importante, no es para nada el personaje que más le interesa desarrollar a
Barreiro, que parece disfrutar mucho más las escenas en las que pone el foco en
Dicom, Kevlar y el poderosísimo Ube, el nigromante, al que le alcanzan un par
de escenas para morfarse la novela.
Entre todos estos estallidos
de sangre, tiros, espadazos, conjuros y detonaciones varias, Barreiro baja una
línea muy interesante acerca de la libertad, de la resistencia frente a los
poderes totalitarios, de cómo (alguna vez) los humildes le pueden escupir el
asado a los omnipotentes. Pero no es un comic que se dedique a predicar, sino
que son ideas y valores que discurren casi tras bambalinas, a modo de
condimento finoli para una historia sobrecargada de acción, truculencia y
atrocidades bien sanguinarias.
¿El dibujo de Hernán González
está bueno? Yo diría que MUY bueno, porque a su típica impronta salvaje de
claroscuro visceral se le suma ahora el color, muy bien trabajado por Natalio
Anastasia. No debe ser fácil colorear a González, pero acá realmente se ve una
muy buena amalgama entre dibujo y color. ¿Era González el dibujante ideal para
esta historia? Me parece que no, que a este artista le quedan mejor otro tipo
de guiones, más abstractos, o más introspectivos, o con más margen para limar e
irse a la mierda desde la faceta gráfica. Y a Kintari le venía mejor un
dibujante más careta, más clásico, más apegado a ciertas convenciones del comic
de aventuras a las que –lógicamente- el pincel endemoniado de González se lleva
puestas sin el menor reparo. Este era un guión perfecto para… Richard Corben,
ponele. Aún así, incluso lejos de su zona de confort, González nos regala un
montón de imágenes de alto impacto, como esa jirafa prendida fuego con la que
abre la novela y con la que –casi seguro- voy a soñar esta noche.
Si te gusta la aventura
fantástica con hechiceros, guerreros, sacrificios y traiciones, acá vas a
encontrar un relato dinámico, potente, con buenos diálogos y varios giros
argumentales sorprendentes. Por ahí te hace ruido el dibujo, porque la estética
de González va medio para otro lado. Y por ahí no.
Nos vemos este finde en
Rosario, en la décima edición de Crack Bang Boom, y retomamos las reseñas la
semana que viene, acá en el blog.
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jueves, 21 de marzo de 2019
TARDE DE JUEVES
Hora de bajar un cambio y
escribir unas reseñitas, en este primer (y hermoso) día de otoño.
Arranco en 2000, cuando se
publica en Francia y España este álbum con 45 planchas de Agrippine, de la capa
máxima del humor costumbrista, Claire Bretécher. En historietas de una página
con una cantidad de cuadros que fluctúa entre los 9 y los 12, Bretécher nos
invita a conocer a Agrippine, una chica de escuela secundaria, de unos 15 ó 16
años, ya en edad de tener novios y darle cada vez menos pelota a los padres y a
los profesores. Bretécher satiriza sin piedad a estas chicas huecas a las que
sólo les interesa la música, la ropa, los chongos y la forma de conseguir guita
para comprar ropa, ir a recitales y salir con chongos. Estamos hablando (como
supondrás) de chicas de clase media sin sobresaltos, el target favorito de esta
autora, que obviamente no desaprovecha la oportunidad de clavarle varios tiros
por elevación a los padres de Agrippine, típicos burgueses a los que se les cae
muy a menudo la careta. El que mejor parado sale es Tristán, el hermanito menor
de Agrippine, que podría ser una especie de pre-Titeuf, un Titeuf con un par de
años menos que el célebre personaje de Zep.
Con este elenco y este
contexto, uno supone que las 45 planchas funcionan como un bombardeo de chistes
y carcajadas que te deja las mandúbulas doloridas. Y la verdad que no, que no
son pocas las mini-comedias de Agrippine que no me causaron gracia. En algunos
casos esto es intencional: me queda claro que lo que busca Bretécher es
invitarnos a reflexionar más que a cagarnos de risa. En otros casos, los
chistes se empantanan en la traducción al castellano de España, o en la
referencia a elementos y situaciones de una coyuntura que me queda medio lejos.
Lo cierto es que me reí y me divertí, pero menos que con Les Frustrées o con
Cellulite, que son las otras de esta autora que vimos acá en el blog.
Obviamente lo que no decae
nunca es el nivel del dibujo (que acá es exquisito), el poder de observación de
Bretécher y su inigualable timing para la comedia. Elementos que, lógicamente,
garantizan que uno se quiera quedar con este libro y trate de conseguir otros
de la misma colección.
Me vengo a Argentina donde
a fines de 2018 se recopiló en libro Dr. Oscuro, una serie que Roberto Barreiro
y Lucas Varela realizaron para el fanzine Kapop! entre 1999 y 2000. Esto está
hecho en simultáneo con Los Hermanos Segelín (ver reseña del 09/03/17) y sin
embargo no tiene NADA que ver con esa historieta, ni en el tono de los guiones,
ni en la estructura del relato, ni en el planteo estético del dibujante. Donde
los Segelín funcionaban como parodia a los clásicos aventureros que buscaban
tesoros en parajes exóticos, el Dr. Oscuro le da a Barreiro la posibilidad de
homenajear a los pulps y los seriales de los años ´30 y ´40, con justicieros
enmascarados, sectas orientales, asesinatos, experimentos bizarros y hasta un
zeppelin gigante.
El misterio está bueno,
está bien llevado, y si bien Barreiro mete mucho diálogo, es por un lado para
darle onda y gracia a los personajes y por el otro para explicitar algunas de
las cosas que suceden a lo largo de la obra, que son unas cuantas y bastante
retorcidas. A lo mejor, sin esa información que nos brindan los diálogos, no se
entendía todo lo que pasa en este relato. El personaje del título, el Dr.
Oscuro, no es exactamente el protagonista, ni el personaje que más le interesa
desarrollar a Barreiro. De alguna manera elige dejarlo ahí, bajo un halo de
ambigüedad, enroscado en un enigma que el resto de los personajes no tienen
chances de resolver. Con buen criterio, el guionista elige darle mucha más
carnadura a Jones y Steele, los personajes con los que se supone que se tienen
que identificar los lectores. Lo más raro (y que también funciona
sorprendentemente bien) es que los personajes se tratan de vos y usan todo el
slang argento, aunque queda clarísimo que la historia NO transcurre en Buenos
Aires, ni remotamente cerca.
El dibujo de Varela está
ajustadísimo, más realista, con más manchas, sombras y tramas mecánicas, más
cercano a lo que veríamos años después en Sasha Despierta (ver reseña del 17/06/12).
Cuando faltan 13 ó 14 páginas para el final, a los autores les cae la ficha de
que la única forma de resolver todas las puntas argumentales abiertas es
metiendo más cuadros por página, y Varela reconfigura la planificación para
pasar de una puesta más “de comic yanki” a una bien “de comic europeo”, con páginas
de 9, 10 o inclusive 11 viñetas. Obviamente en estas últimas no se luce tanto,
pero de todos modos el dibujo no pierde fuerza ni belleza ni claridad.
A 20 años de su primera
aparición, Dr. Oscuro todavía se puede recomendar sin ningún prurito a los fans
de la aventura clásica, con buenos, malos, peligros zarpados y combates a todo
o nada.
Esto es todo por hoy.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 9 de marzo de 2017
DOS ANTES DE IRME
Mañana temprano arranca mi gira por todo el país (más algún país limítrofe). Me voy a Tucumán, a participar del 1º Salón Internacional del Comic de esa ciudad, junto a un All-Star Squadron de autores argentinos. Pero antes, dos reseñas.
Los Hermanos Segelín recopila todas las historietas de estos carismáticos personajes realizadas por Roberto Barreiro y Lucas Varela para el fanzine Kapop!, la lujosa publicación que engalanó al under local allá por 1999-2001. En cada número de Kapop! había varias historietas de distinta temática y distinta extensión firmadas por Barreiro y Varela, pero por algún motivo (o por muchos), la más recordada siempre fue esta comedia de enredos, aventuras y misterios bizarros.
De la mano de Alejandro y Ernesto Segelín, los autores nos invitaban a recorrer lugares exóticos, a vivir peripecias caprichosamente atractivas, repletas de homenajes a clásicos del cine y de la historieta de género. Con el correr de las entregas, además, Barreiro y Varela fueron sumando personajes a la serie, que cada vez ocultaba menos su vocación de tributo a Spirou, Tintín, Freddy Lombard y demás series de aventureros nacidos en Francia o Bélgica. Las últimas tres historias abarcan en total 40 páginas y si bien cada una tiene un final, podrían leerse como un álbum franco-belga, fragmentado por una necesidad editorial, pero pensado como una unidad.
El clima de descontrol, bizarreada, frescura y exotismo está plasmado a la perfección por el dibujo de un Varela que mejora muchísimo entre las primeras páginas y las últimas. En muchas ocasiones le juega en contra tener que dibujar tantas viñetas pr página, pero ya en sus primeros trabajos, el autor de Paolo Pinocchio demostraba tener cintura de sobra para este tipo de desafíos narrativos. Si alguna vez llegó a tus oídos la leyenda de aquel mítico fanzine llamado Kapop!, en el que todos (hasta Carlos Trillo) querían publicar una historieta, capturá el librito de Los Hermanos Segelín y vas a empezar a entender por qué esa publicación goza hoy de un status mitológico.
Me vengo al 2013, cuando Mark Millar y Frank Quitely empiezan a publicar muy lentamente Jupiter´s Legacy, la enésima saga deconstructivista firmada por el guionista escocés. Este primer tomo tiene unas cuantas resonancias con Kingdom Come, en tanto se produce un clivaje generacional entre superhéroes viejos, y sus vástagos, que están buscando otro camino, otra forma de hacer las cosas. Más allá de las similitudes, Jupiter´s Legacy ofrece un upgrade muy grosso al clásico planteo de “héroes veteranos vs. nueva generación”. Acá, además, hay borrachos, merqueros, rosca política al mango, embarazos no deseados, golpes de estado… Cualquier comic que hable de política ya suma un montón. Pero si además traza un curso de acción política, nos invita a pensar en el colapso económico, en la crisis de representatividad, en el rol generalmente pasivo de los superhéroes frente a los verdaderos flagelos que afectan al planeta… ahí ya estamos en otro nivel.
En un punto, el conflicto entre Sheldon y Walter es el conflicto entre Superman y The Authority, o Miracleman. Héroes limpios, políticamente ascépticos, que sólo reaccionan frente a la provocación de los villanos, y personas con superpoderes (ya no necesariamente héroes) que creen que tienen la responsabilidad de hacer algo más con sus inmensas facultades. Todo esto muy bien planteado en una trama a la que no le falta acción, ni impacto, ni giros sorprendentes, ni diálogos memorables.
Muchos años pasaron desde aquella saga de The Authority en la que Millar y Quitely trabajaran juntos por primera vez, y la evolución en el dibujante es asombrosa. Acá tenemos a un Quitely más maduro, con más poder de síntesis, capaz de dotar a los personajes de una amplísima gama de expresiones con su trazo finito y puntilloso. Hay mucha viñeta “widescreen”, es cierto, pero Quitely rompe con esa lógica cada vez que el relato se lo sugiere y hace gala de un montón de recursos más (no sólo el widescreen) a la hora de golpear fuerte al lector. La paleta de Peter Doherty, además, aporta elegancia y power en dosis muy acertadas.
Todavía no tengo el Vol.2 de Jupiter´s Legacy, así que no sé cuándo lo reseñaré. Pero tengo la precuela, Jupiter´s Circle, y esa sí, prometo leerla y comentarla a la brevedad en este espacio.
Nos vemos el finde con los amigos tucumanos, y con el resto nos leemos por acá la semana que viene. Gracias y hasta entonces.
Los Hermanos Segelín recopila todas las historietas de estos carismáticos personajes realizadas por Roberto Barreiro y Lucas Varela para el fanzine Kapop!, la lujosa publicación que engalanó al under local allá por 1999-2001. En cada número de Kapop! había varias historietas de distinta temática y distinta extensión firmadas por Barreiro y Varela, pero por algún motivo (o por muchos), la más recordada siempre fue esta comedia de enredos, aventuras y misterios bizarros.
De la mano de Alejandro y Ernesto Segelín, los autores nos invitaban a recorrer lugares exóticos, a vivir peripecias caprichosamente atractivas, repletas de homenajes a clásicos del cine y de la historieta de género. Con el correr de las entregas, además, Barreiro y Varela fueron sumando personajes a la serie, que cada vez ocultaba menos su vocación de tributo a Spirou, Tintín, Freddy Lombard y demás series de aventureros nacidos en Francia o Bélgica. Las últimas tres historias abarcan en total 40 páginas y si bien cada una tiene un final, podrían leerse como un álbum franco-belga, fragmentado por una necesidad editorial, pero pensado como una unidad.
El clima de descontrol, bizarreada, frescura y exotismo está plasmado a la perfección por el dibujo de un Varela que mejora muchísimo entre las primeras páginas y las últimas. En muchas ocasiones le juega en contra tener que dibujar tantas viñetas pr página, pero ya en sus primeros trabajos, el autor de Paolo Pinocchio demostraba tener cintura de sobra para este tipo de desafíos narrativos. Si alguna vez llegó a tus oídos la leyenda de aquel mítico fanzine llamado Kapop!, en el que todos (hasta Carlos Trillo) querían publicar una historieta, capturá el librito de Los Hermanos Segelín y vas a empezar a entender por qué esa publicación goza hoy de un status mitológico.
Me vengo al 2013, cuando Mark Millar y Frank Quitely empiezan a publicar muy lentamente Jupiter´s Legacy, la enésima saga deconstructivista firmada por el guionista escocés. Este primer tomo tiene unas cuantas resonancias con Kingdom Come, en tanto se produce un clivaje generacional entre superhéroes viejos, y sus vástagos, que están buscando otro camino, otra forma de hacer las cosas. Más allá de las similitudes, Jupiter´s Legacy ofrece un upgrade muy grosso al clásico planteo de “héroes veteranos vs. nueva generación”. Acá, además, hay borrachos, merqueros, rosca política al mango, embarazos no deseados, golpes de estado… Cualquier comic que hable de política ya suma un montón. Pero si además traza un curso de acción política, nos invita a pensar en el colapso económico, en la crisis de representatividad, en el rol generalmente pasivo de los superhéroes frente a los verdaderos flagelos que afectan al planeta… ahí ya estamos en otro nivel.
En un punto, el conflicto entre Sheldon y Walter es el conflicto entre Superman y The Authority, o Miracleman. Héroes limpios, políticamente ascépticos, que sólo reaccionan frente a la provocación de los villanos, y personas con superpoderes (ya no necesariamente héroes) que creen que tienen la responsabilidad de hacer algo más con sus inmensas facultades. Todo esto muy bien planteado en una trama a la que no le falta acción, ni impacto, ni giros sorprendentes, ni diálogos memorables.
Muchos años pasaron desde aquella saga de The Authority en la que Millar y Quitely trabajaran juntos por primera vez, y la evolución en el dibujante es asombrosa. Acá tenemos a un Quitely más maduro, con más poder de síntesis, capaz de dotar a los personajes de una amplísima gama de expresiones con su trazo finito y puntilloso. Hay mucha viñeta “widescreen”, es cierto, pero Quitely rompe con esa lógica cada vez que el relato se lo sugiere y hace gala de un montón de recursos más (no sólo el widescreen) a la hora de golpear fuerte al lector. La paleta de Peter Doherty, además, aporta elegancia y power en dosis muy acertadas.
Todavía no tengo el Vol.2 de Jupiter´s Legacy, así que no sé cuándo lo reseñaré. Pero tengo la precuela, Jupiter´s Circle, y esa sí, prometo leerla y comentarla a la brevedad en este espacio.
Nos vemos el finde con los amigos tucumanos, y con el resto nos leemos por acá la semana que viene. Gracias y hasta entonces.
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