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domingo, 8 de diciembre de 2024
DELIRIOS DE DOMINGO
Bueno, estoy en casa, ya pasé por la CCXP de San Pablo, ya se terminaron las chances de que Racing gane el torneo local, tengo un par de libros leídos y me atrevo a robarle un rato a la Comiqueando Digital para escribir un par de reseñas. Ahí vamos.
Hijos de puta, cómo se nota que cuando tienen ganas y le ponen onda las cosas salen de otra manera. La otra vez vimos la antología con la que DC festejaba los 80 años de Aquaman, y costó encontrar tanto autores de primera línea como historias relevantes. Pero para festejar los 80 de Catwoman, un equipo editorial liderado por Ben Abernathy salió a la cancha con el cuchillo entre los dientes y levantó muchísimo la vara. Veamos.
Ed Brubaker y Cameron Stewart, un dream team, aportan una muy linda historia que encaja perfectamente en la fundamental etapa en la que ambos estaban en la serie mensual de Selina. La de Ram V y Fernando Blanco tiene muy buenos momentos, pero creo que es secuela directa de aquel infausto nº50 de Batman, en el que se suponía que Bruce y Selina se iban a casar y al final nos quedamos sin boda. Will Pfeifer nos acribilla con un meta-comic tan alucinante que en un momento resulta obvio que va a ser un sueño, una pesadilla, o fruto de un plan de un villano que altera las percepciones de Selina. MUY grosso todo, salvo el dibujo de Pia Guerra, que es de la B (y no mejoró nada desde los tiempos de Y the Last Man). La Catwoman de los ´90 vuelve en una breve historieta con un guion poco pretensioso pero digno de Chuck Dixon, y unos dibujos de Kelley Jones que me generan sensaciones encontradas: dibuja todo bien, a Clayface lo hace espectacular, pero se va al carajo con el tamaño de las tetas de Catwoman.
Un placer reencontrarme con Mindy Newell, guionista a la que DC manijeó fuerte a fines de los ´80 y después desapareció. Acá aporta una muy buena historia (ambientada en la época en la que Selina era "escort", como en Year One), con correctos dibujos de Lee Garbett. Lo de Liam Sharp son apenas tres paginitas, con unos dibujos de la San Puta. Jeff Parker nos trae a la Catwoman de la serie de Batman de los ´60 (sin aclarar si es Julie Newmar o Lee Meriweather), en una historia delirante, divertida, también con un dibujo muy notable, a cargo de Jonathan Case, un autor al que no conocía. Una especie de versión más mainstream yanki de Jordi Bernet, realmente talentoso. Tom King y Mikel Janin nos cuentan la historia del embarazo de Selina y el nacimiento de Helena, la hija que tiene con Batman. No sé si esto es canónico, o si es de Tierra-2 o de otra continuidad paralela, pero es una historia emotiva, bien narrada, con buenos diálogos y un gran final. A la gloriosa Ann Nocenti le toca colaborar con el difunto dibujante brazuca Robson Rocha que (no sé por qué) le pone a Catwoman el traje que usaba Michelle Pfeiffer en la peli Batman Returns. El guion es digno, sin saltos al vacío. Y dejé para el final la historieta con la que abre la antología, con un guion espectacular de Paul Dini y muy buenos dibujos de Emanuela Lupacchino. Una joyita escrita por uno de los tipos que mejor entiende a Selina. Y además, hay muy lindos pin-ups de capos como Ty Templeton, Steve Rude, Tula Lotay o Tim Sale. Así que es un librito cuya compra está más que justificada par el fan de DC en general, y que para el fan de Catwoman es poco menos que imprescindible.
Me voy a Perú, año 2024, cuando se publica Marías que se van, otra novela gráfica del talentoso Gino Palomino. Esta vez, se trata de un extenso relato ambientado en París en el año 1924 y tiene como co-protagonista a César Vallejo, poeta peruano que existió en el mundo real y que vivió en la Ciudad Luz en aquellos años apasionantes (no casualmente los mismos que tomó Juan Díaz Canales para la aventura de Corto Maltés que vimos el 05/11/24). Marías que se van está muy bien dibujada, más allá de algunas páginas en las que escasean bastante los fondos. El dibujo tiene ritmo, es expresivo, la puesta en página es ganchera, el color -sin ser maravilloso- hace su aporte y a nivel gráfico el relato fluye muy bien. Los personajes son interesantes y la trama es muy ingeniosa, una investigación detectivesca con algún que otro paso de comedia y algún momento más turbio, más violento, muy al estilo de los mejores álbumes de Gil Jourdan, la obra maestra de Maurice Tillieux.
El problema que le encontré a Marías que se van es la extensión. En los años ´60, un monstruo como Tillieux agarraba este guion y te lo contaba en 50 páginas. Con mucho texto, con 12 viñetas por página, pero te lo liquidaba en lo que dura un albumcito normal del mercado franco-belga. Palomino, en cambio, necesita 200 páginas para contar la historia y no son muchas, pero tiene algunas páginas de 10 viñetas y alguna que otra viñeta muy cargada de texto. Nunca me llegué a aburrir, todo el tiempo pasan cosas atrapantes, jamás me imaginé la vuelta de tuerca que el autor se guardaba para el epílogo... pero me parece que la magnitud de la historia en sí no daba para 200 páginas. Se podría haber sintetizado un poco, depurado un poco, para que entrara en una extensión menor. Así como está, a la aventura y el misterio Palomino le pudo meter comedia, política, data histórica, un elenco vasto y bien trabajado... y también varias peripecias de esas que -cuando mirás el big picture- no le aportan tanto a la trama en sí.
Banco la ambición de Palomino, el trabajo que hay detrás de ese rigor histórico, los giros ingeniosos del guion, la calidad del dibujo (muy superior a lo que vimos en la reseña del 27/08/24), pero me hubiese gustado dedicarle menos horas a la lectura del libro y que, cuando lo acomode en el estante, me ocupe menos lugar. Son boludeces, ya lo sé. Lo importante es que Marías que se van ofrece una muy buena combinación de guion, dibujo y narrativa, sumamente disfrutable. Además me imagino que para el fan de la obra poética de Vallejo debe ser un flash verlo correr por París, repartir piñas y esquivar balazos. A mí, que no sé un choto de poesía, ese aspecto del comic no me llegó, pero me parece muy piola que esté. Ah, y no sé si Gino fue alguna vez a París, pero la dibuja muy bien y te da ganas de ir a recorrerla, o -si ya fuiste alguna vez- de volver. Obviamente no está igual que hace 100 años, pero sigue siendo una ciudad maravillosa, con muchísima importancia en el desarrollo de esta historieta. Estoy atento a los futuros trabajos de Gino Palomino, hoy con un asiento asegurado en la mesa de los autores latinoamericanos a los que vale la pena seguir de cerca.
Y nada más, por hoy. Tengo empezado un libro de casi 600 páginas, que espero terminar pronto. Ni bien lo logre, sale reseña acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
jueves, 20 de octubre de 2022
JUEVES HÚMEDO
Parece que en Buenos Aires se cortó esa seguidilla de días otoñales, casi invernales, con un frío del orto y un viento que te volaba a la mierda. Ahora tocan temperaturas más agradables, pero con muchísima humedad. Es así. Salimos de una y nos metemos en otra. Pero vamos con las reseñas....
En una casa de usados de Uruguay me levanté este álbum por tres motivos: 1) nunca había leído nada del maestro Cosey, 2) nunca había leído nada de Jonathan (una serie de la que el suizo lleva publicados más de 20 álbumes), y 3) y más importante: nunca había oído nombrar a la editorial española R.O., en mil años de coleccionar libros y revistas de comics procedentes de la Madre Patria. ¿Con qué me encontré?
Con un trip a 1975. Este es un Cosey muy primerizo, que debutaba en las páginas del semanario Tintin con un nivel de dibujo muy por debajo de lo que mostraría más tarde. Una especie de clon muy desmejorado de Jean-Claude Mezíeres, con buen pulso para la narrativa y no mucho más. Si en 1975 te decían que este mismo autor se iba a alzar en 2017 con el Gran Premio del festival de Angouleme, te atomizabas de la risa. El argumento me pareció bastante digno, no sentí que Cosey me faltara el respeto o que se cagara en el verosímil que él mismo trata de construir. Es una aventura dinámica, no del todo predecible, bastante jugada si pensamos que apareció en 1975 en una revista infanto-juvenil. El protagonista me cayó bastante bien: no descarto eventualmente leer más álbumes de Jonathan. Y la edición de R.O., un desastre. Creo que desde que Muñones rotulaba los comics de DC/ Perfil que no veía letras tan espantosas adentro de los globitos. Posta, hay que ser mala persona para tirarse a chanta de esa manera. Por suerte existen ediciones más modernas de esta misma serie, a cargo de sellos españoles que cuidan más el material, pero falta traducir a nuestro idioma más de la mitad de los álbumes. Por ahora queda ahí, en una apuesta donde siento que salí ganando, pero no sé si me da para meterme a full en el tema Jonathan. Por ahí sí para buscar obras cortas de Cosey de los ´80, ´90, o más recientes.
Hablando de material reciente, leí el TPB que recopila el primer arco de la serie actual de Catwoman, que tiene como principal atractivo la labor de Joëlle Jones en el rol de autora integral. Más adelante se limitará a escribir los guiones, y alrededor del nº20 o 21 la dejaremos de disfrutar en estas páginas, pero para el tomo inicial la impronta de Jones tiene una presencia categórica, contundente. Lo mejor que tiene la Catwoman de Jones es que retoma de manera lineal a la versión de Ed Brubaker que (como se puede constatar leyendo reseñas publicadas anteriormente en este blog) a mí me gusta mucho. Al principio no se entiende muy bien qué hace Selina en esta ciudad que es Los Angeles pero no se llama Los Angeles, y después sí, esto se revela, tiene sentido y conecta con un momento bravísimo de la etapa de Brubaker.
Lo que menos me gustó es el conflicto en sí: son personajes bastante bien delineados, los diálogos están bien, pero el conflicto, lo que lleva a Catwoman a pararse en la vereda de enfrente de los malos (o de los más malos, porque ella nunca es del todo buena) es una excusa bastante chota. Entiendo que es un primer arco, donde no podés poner a la protagonista en una situación que la cambie para siempre, pero esto suena a aventurita menor. Y por eso no tiene lógica que se extienda a lo largo de seis números. Esto que Jones cuenta en 120 paginas, se podría contar sin ningún drama en 60, a lo sumo 64. Me encontré con un comic con mucho, pero mucho relleno. Páginas y páginas, secuencias enteras que podrían omitirse sin que la trama se debilite en lo más mínimo. Jones dibuja como los dioses, pero se excede con la splash page (y la doble splash page) más que yo con la Levité de pomelo. Por suerte no son muchas las páginas en las que escasean los fondos, y el dibujante que tiene a su cargo algunos flashbacks es Fernando Blanco, que hace un muy buen trabajo.
O sea que tenemos un altísimo nivel de dibujo y una versión muy atractiva de Catwoman, en un contexto de aventura flojita, con un solo giro notable (que obviamente no voy a spoilear) y estirada al límite del grotesco. La verdad, todavía no tengo decidido si sigo adelante con esta serie hasta que la abandona Joëlle Jones, o si la cuelgo acá.
Y vuelvo al mágico mundo de los libritos cuadrados para recomendarles una gema que no sé si tuvo la repercusión que se merece: El Pequeño Timy, de Hor Lang, una historieta publicada acá en Argentina en la bisagra entre 2021 y 2022. Con el confinamiento, la cuarentena y la pandemia como contexto, Hor Lang nos sumerge en una fosa séptica de paranoia y alienación para hacernos reir a un nivel digno de los capítulos más jodidos de South Park. El humor de El Pequeño Timy es desolador, te parte al medio. Acá hay una mala leche exquisita, un nivel de violencia, de enrosque, de falta total de empatía, que no se puede creer. Hor Lang te acribilla con situaciones una más extrema que la otra, en la que el discurso de los medios de comunicación deforma la realidad ya de por sí compleja de la pandemia, y sirve para terminar de hacerle mierda el bocho a un personaje increíble (el papá de Timy). Acá además del COVID hay todo tipo de enfermedades horribles, deformaciones, mutilaciones, sangre a raudales, asesinatos, explosiones, mutaciones, rituales satánicos, aliens, monstruos, un verdadero frenesí bizarro y transgresor como pocas veces vi en una historieta.
El dibujo de Hor Lang es muy eficaz, bastante en la línea de Industrias Lamonicana (miembro de la recordada Liga del Mal), y repleto de referencias visuales que van de Dan Jurgens a Junji Ito, de Quino a Hideshi Hino, de los Cabbage Patch Kids a los comics de la E.C., y de cuadros clásicos del Siglo XVII a videojuegos recontra-pixelados de los ´80 y ´90. Sin romper nunca la grilla de las cuatro viñetas idénticas por página, Hor Lang impone un pulso narrativo que resulta más que idóneo para contar estas pequeñas escenas de un hogar aparentemente normal convertido en un infierno por el encierro y el miedo al contagio. Comparado con el dibujo y el color, el rotulado se ve un poquito precario, pero la verdad que no molesta para nada.
El Pequeño Timy es un cago de risa, mal. Una verdadera atrocidad, pero brillante en todo sentido. Espero nuevos trabajos de Hor Lang, a quien conocía por sus colaboraciones en el sitio Alegría. Si mantiene esta calidad en sus próximos trabajos, estamos hablando de un nuevo capo de la historieta argentina, con todo para ser un nº1 y cosechar hordas de fans.
Y nada más, por hoy. En una de esas me animo a ver la peli de Black Adam, y en una de esas escribo pronto una reseña para publicar pronto acá en el blog. Gracias por el aguante de siempre.
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lunes, 24 de abril de 2017
TARDE DE LUNES
Tengo varios libritos leídos como para reseñar. Veamos hasta donde llegamos…
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!
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Paul Gulacy
viernes, 8 de mayo de 2015
08/ 05: CATWOMAN Vol.4
Después de la epopeya devenida en tragedia del tomo anterior, era lógico que Ed Brubaker quisiera pegarle un volantazo grosso a la serie, y eligió uno muy inteligente: sacar a Selina de Gotham, a ver qué pasa. El libro arranca con una historia cortita de Slam Bradley, rescatada de aquel generoso Secret Files & Origins, que no suma gran cosa pero está muy bien dibujada y narrada con bloques de texto muy bien escritos.
Y después sí, arranca el road trip de Selina y Holly, cuya primera parada será en una granja. Allí vive Ted Grant (cuando no está en misiones junto a la JSA), quien accederá a entrenar a Holly, como lo hizo hace tantos años con su felina amiga. Como están cerca de Nueva York, ambos enmascarados gatunos se darán una vuelta por los tejados de la Gran Manzana y se machacarán con unos extraños adversarios, pero lo realmente interesante es la interacción entre ellos, los diálogos filosos, los pases de facturas viejas, los flirteos. Después, el guionista se las ingeniará para que esa pelea no haya sido meramente decorativa, pero en el contexto de esta historia básicamente autoconclusiva, daba esa sensación.
La siguiente etapa del viaje lleva a Catwoman a Keystone City, donde vivirá una trepidante aventura junto a Captain Cold, básicamente un choreo audaz y peligrosísimo, del que Selina saldrá bien parada y Lenny Snart… no tanto. Le sigue el mejor episodio del tomo, una verdadera gema: Selina y Holly, solas en un comedero típico de las rutas de EEUU, contra tres malvivientes armados. Es una historia chiquita, intensa, con un dilema moral muy bien pensado, que Brubaker resuelve con jerarquía (y violencia) en apenas 10 páginas. El resto del episodio lo rellena con una secuencia en Gotham, en la que Batman lo aprieta a Slam para saber dónde está Catwoman, y lo que debería haber sido una charla apacible entre caballeros se pone espesa y termina con un festival de piñas un poco excesivo. Hay muy buenos diálogos, buenos bloques de texto narrados por el veterano detective y la acción está bien llevada. Lo que no sé es si hacía falta tanta machaca.
Nueva parada de Selina y Holly, esta vez en Opal City, y ahora sí, más allá de los guiños a los lectores de Starman, lo que le interesa a Brubaker es empezar a encauzar la historia en torno a los extraños cultistas de vestimenta arábiga con los que se cruzaron Catwoman y Wildcat en New York. El subplot principal (la búsqueda de alguien que no sabemos quién es) también empieza a ganar peso en la trama, aunque falta para que se resuelva.
Y para el final, la visita a St. Roch, donde reaparecerá Wildcat, también jugando de visitante en la ciudad de Hawkman y Hawkgirl. El erudito en culturas antiguas Carter Hall será de gran ayuda para deducir de qué juegan los zarpaditos del turbante, pero no llegarán a machacarse: el combate contra este culto quedará para más adelante, para cuando Selina regrese a Gotham. El plot que sí se cierra en St.Roch es el de la búsqueda de ese muchacho perdido, que resulta ser… nah, mejor no te lo cuento.
Los dos episodios y el breve unitario que dibuja íntegramente Cameron Stewart son una belleza. La evolución gráfica del británico desde el tomo anterior a este es espectacular. Sin embargo, en los tres episodios restantes, pareciera que Cameron sólo entinta, o le da el toque final, a páginas que dibujan otros artistas: Nick Derrington (al que vimos suplir a Mike Allred en algún tomo de X-Force) y el maestro Guy Davis. Ninguno de los dos logra reproducir la magia de Stewart y la historieta se resiente un poco, sobre todo en las expresiones faciales, que es donde más se nota la incompatibilidad gráfica entre Stewart y sus colaboradores. No tengo dudas de que si lo dejaban a Davis dibujar y entintar todo en su estilo, tendríamos un mejor resutado, y a la vez entiendo que se haya decidido priorizar una cierta coherencia estética, disimulando de algún modo los cambios de estilo con un entintado que los trata de uniformar. La jugada no salió diez puntos, pero tampoco es una abominación.
Y bueno, no me quedan más TPBs de Catwoman. Me falta ese mega-broli de 312 páginas donde se recopilan todos los episodios que me faltan para tener completa la inolvidable etapa de Ed Brubaker al frente de esta serie en la que, incluso cuando jugó a integrarla a full al Universo DC, dio cátedra de “comic de autor adentro del mainstream”.
Y después sí, arranca el road trip de Selina y Holly, cuya primera parada será en una granja. Allí vive Ted Grant (cuando no está en misiones junto a la JSA), quien accederá a entrenar a Holly, como lo hizo hace tantos años con su felina amiga. Como están cerca de Nueva York, ambos enmascarados gatunos se darán una vuelta por los tejados de la Gran Manzana y se machacarán con unos extraños adversarios, pero lo realmente interesante es la interacción entre ellos, los diálogos filosos, los pases de facturas viejas, los flirteos. Después, el guionista se las ingeniará para que esa pelea no haya sido meramente decorativa, pero en el contexto de esta historia básicamente autoconclusiva, daba esa sensación.
La siguiente etapa del viaje lleva a Catwoman a Keystone City, donde vivirá una trepidante aventura junto a Captain Cold, básicamente un choreo audaz y peligrosísimo, del que Selina saldrá bien parada y Lenny Snart… no tanto. Le sigue el mejor episodio del tomo, una verdadera gema: Selina y Holly, solas en un comedero típico de las rutas de EEUU, contra tres malvivientes armados. Es una historia chiquita, intensa, con un dilema moral muy bien pensado, que Brubaker resuelve con jerarquía (y violencia) en apenas 10 páginas. El resto del episodio lo rellena con una secuencia en Gotham, en la que Batman lo aprieta a Slam para saber dónde está Catwoman, y lo que debería haber sido una charla apacible entre caballeros se pone espesa y termina con un festival de piñas un poco excesivo. Hay muy buenos diálogos, buenos bloques de texto narrados por el veterano detective y la acción está bien llevada. Lo que no sé es si hacía falta tanta machaca.
Nueva parada de Selina y Holly, esta vez en Opal City, y ahora sí, más allá de los guiños a los lectores de Starman, lo que le interesa a Brubaker es empezar a encauzar la historia en torno a los extraños cultistas de vestimenta arábiga con los que se cruzaron Catwoman y Wildcat en New York. El subplot principal (la búsqueda de alguien que no sabemos quién es) también empieza a ganar peso en la trama, aunque falta para que se resuelva.
Y para el final, la visita a St. Roch, donde reaparecerá Wildcat, también jugando de visitante en la ciudad de Hawkman y Hawkgirl. El erudito en culturas antiguas Carter Hall será de gran ayuda para deducir de qué juegan los zarpaditos del turbante, pero no llegarán a machacarse: el combate contra este culto quedará para más adelante, para cuando Selina regrese a Gotham. El plot que sí se cierra en St.Roch es el de la búsqueda de ese muchacho perdido, que resulta ser… nah, mejor no te lo cuento.
Los dos episodios y el breve unitario que dibuja íntegramente Cameron Stewart son una belleza. La evolución gráfica del británico desde el tomo anterior a este es espectacular. Sin embargo, en los tres episodios restantes, pareciera que Cameron sólo entinta, o le da el toque final, a páginas que dibujan otros artistas: Nick Derrington (al que vimos suplir a Mike Allred en algún tomo de X-Force) y el maestro Guy Davis. Ninguno de los dos logra reproducir la magia de Stewart y la historieta se resiente un poco, sobre todo en las expresiones faciales, que es donde más se nota la incompatibilidad gráfica entre Stewart y sus colaboradores. No tengo dudas de que si lo dejaban a Davis dibujar y entintar todo en su estilo, tendríamos un mejor resutado, y a la vez entiendo que se haya decidido priorizar una cierta coherencia estética, disimulando de algún modo los cambios de estilo con un entintado que los trata de uniformar. La jugada no salió diez puntos, pero tampoco es una abominación.
Y bueno, no me quedan más TPBs de Catwoman. Me falta ese mega-broli de 312 páginas donde se recopilan todos los episodios que me faltan para tener completa la inolvidable etapa de Ed Brubaker al frente de esta serie en la que, incluso cuando jugó a integrarla a full al Universo DC, dio cátedra de “comic de autor adentro del mainstream”.
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viernes, 24 de abril de 2015
24/ 04: CATWOMAN Vol.3
Sigo adelante con mi tardío descubrimiento de esta serie que es –ya no tengo ninguna duda- lo mejor que le pasó a Catwoman en sus más de 70 años de historia. Como dije hace casi un año, cuando me tocó reseñar el Vol.2, “esto está muy por encima de lo que hizo Ed Brubaker en Batman y casi al nivel de lo mejor de Gotham Central”. Incluso me parece que este tercer tomo es bastante mejor que los dos anteriores.
El arco argumental más extenso lleva a Selina al conflicto directo con Black Mask, principal perjudicado por la magnífica manganeta que armaron la gata y Slam Bradley en el tomo anterior. El villano le va a cobrar carísimo su trapisonda a la protagonista y todos los personajes que componen el elenco de la serie la van a psara muy mal. A la hora de matar a alguno, Brubaker se va un poquito al mazo y liquida a un personaje que aparece por primera vez en este arco, y con el que los lectores ni nos habíamos empezado a encariñar. Así, esa muerte escabrosa sirve simplemente para mostrar lo tremendamente hijo de puta que es Black Mask, pero no impacta emocionalmente por lo menos de este lado de la página. Finalmente, contra viento y marea, gastando hasta su último centavo de aguante, ingenio y culo para zafar de los balazos, puñaladas y explosiones, Catwoman va a derrotar al villano y a su impensada secuaz, por supuesto a un costo altísimo.
Lo que pasa en estos episodios es tan heavy que Brubaker dedica los tres siguientes a pasarlo un poco en limpio, a mostrarnos cómo los protagonistas tratan de asimilar los golpes, de cicatrizar algunas heridas. Y felizmente para este extenso epílogo Brubaker vuelve a darle buena parte del protagonismo a Slam Bradley y a retomar la senda del hard boiled, por ahí con menos acción, con conflictos menos físicos, pero con unos textos espectaculares narrados en primera persona por el veterano detective. Como hay menos piñas y menos persecuciones, hay más espacio para indagar en las relaciones entre los personajes e incluso en sus sueños, a los que el guionista les saca un jugo alucinante. Y así, entre confesiones, arrepentimientos, abandonos, idas, vueltas, cuestionamientos y garches, salen más de 60 páginas tan ricas, tan intensas, y con un giro tan brillante en el final, que podría haber sido un cierre perfecto para la serie.
Pero la serie siguió, y Brubaker se quedó varios números más (hasta el 37, si no me equivoco). De hecho tengo ahí esperándome el Vol.4 (que voy a leer a más tardar el mes que viene, porque ni en pedo banco casi un año más para entrarle) en el que no creo que tengamos un cierre definitivo, precisamente porque el guionista sigue adelante. Recién este mes salió en EEUU un TPB que reedita el último año de Brubaker al frente de esta serie, y por supuesto me propongo capturarlo, a ver cómo termina este vailosísimo ejemplo de comic de autor dentro del mainstream.
En materia de dibujantes, en el arco más extenso lo tenemos al maestro británico Cameron Stewart, que se ajusta muy bien a esa onda “cartoon noir” que se había impuesto desde que Darwyn Cooke tocara a esta serie con la varita mágica. Acá hay escenas muy truculentas, muy oscuras, y el dibujo de Stewart no las ablanda ni las suaviza para nada. Lo más notable son los recursos narrativos del británico, que se manda páginas de 14, 15 y hasta 16 cuadros (obviamente muy chiquitos), que le permiten plasmar la acción de un modo muy compacto, muy controlado, como un mecanismo de relojería, aceitado e infalible. Un gran trabajo de Stewart, a quien complementan Mike Manley en algunas tintas y el gran Matt Hollingsworth en el color.
Para el arco más breve, en cambio, tenemos al español Javier Pulido, en un estilo muy distinto al que le vimos (por ejemplo) en Human Target. Esta vez, Pulido apuesta por el minimalismo, por un trazo limpísimo, casi sin mancha negra, una línea despojada, lograda con un pincel muy libre, muy suelto, que se parece más a las historietas de la revista Cairo que a los comics de DC. Hay cosas de Dupuy y Berberian, de Montesol y hasta de Bartolomé Seguí. Me imagino que los lectores yankis deben haber dicho “¿qué carajo es esto?!?” y el coordinador habrá dicho “Muy lindo, pero no lo hagas más”. De hecho, en el tercer y último episodio, que es cuando el guión se pone más sombrío y más noir, Pulido mantiene la línea clara en algunas escenas y en otras se tira con todo al claroscuro, con la misma soltura en el pincel, pero bien cargado de tinta, sin mezquinar manchas negras. El resultado es raro para un comic “de superhéroes”, pero visualmente exquisito.
Vamos pronto con el Vol.4, y a buscar el tercer tomo de la nueva edición, la que llega hasta el final de la inolvidable Era Brubaker.
El arco argumental más extenso lleva a Selina al conflicto directo con Black Mask, principal perjudicado por la magnífica manganeta que armaron la gata y Slam Bradley en el tomo anterior. El villano le va a cobrar carísimo su trapisonda a la protagonista y todos los personajes que componen el elenco de la serie la van a psara muy mal. A la hora de matar a alguno, Brubaker se va un poquito al mazo y liquida a un personaje que aparece por primera vez en este arco, y con el que los lectores ni nos habíamos empezado a encariñar. Así, esa muerte escabrosa sirve simplemente para mostrar lo tremendamente hijo de puta que es Black Mask, pero no impacta emocionalmente por lo menos de este lado de la página. Finalmente, contra viento y marea, gastando hasta su último centavo de aguante, ingenio y culo para zafar de los balazos, puñaladas y explosiones, Catwoman va a derrotar al villano y a su impensada secuaz, por supuesto a un costo altísimo.
Lo que pasa en estos episodios es tan heavy que Brubaker dedica los tres siguientes a pasarlo un poco en limpio, a mostrarnos cómo los protagonistas tratan de asimilar los golpes, de cicatrizar algunas heridas. Y felizmente para este extenso epílogo Brubaker vuelve a darle buena parte del protagonismo a Slam Bradley y a retomar la senda del hard boiled, por ahí con menos acción, con conflictos menos físicos, pero con unos textos espectaculares narrados en primera persona por el veterano detective. Como hay menos piñas y menos persecuciones, hay más espacio para indagar en las relaciones entre los personajes e incluso en sus sueños, a los que el guionista les saca un jugo alucinante. Y así, entre confesiones, arrepentimientos, abandonos, idas, vueltas, cuestionamientos y garches, salen más de 60 páginas tan ricas, tan intensas, y con un giro tan brillante en el final, que podría haber sido un cierre perfecto para la serie.
Pero la serie siguió, y Brubaker se quedó varios números más (hasta el 37, si no me equivoco). De hecho tengo ahí esperándome el Vol.4 (que voy a leer a más tardar el mes que viene, porque ni en pedo banco casi un año más para entrarle) en el que no creo que tengamos un cierre definitivo, precisamente porque el guionista sigue adelante. Recién este mes salió en EEUU un TPB que reedita el último año de Brubaker al frente de esta serie, y por supuesto me propongo capturarlo, a ver cómo termina este vailosísimo ejemplo de comic de autor dentro del mainstream.
En materia de dibujantes, en el arco más extenso lo tenemos al maestro británico Cameron Stewart, que se ajusta muy bien a esa onda “cartoon noir” que se había impuesto desde que Darwyn Cooke tocara a esta serie con la varita mágica. Acá hay escenas muy truculentas, muy oscuras, y el dibujo de Stewart no las ablanda ni las suaviza para nada. Lo más notable son los recursos narrativos del británico, que se manda páginas de 14, 15 y hasta 16 cuadros (obviamente muy chiquitos), que le permiten plasmar la acción de un modo muy compacto, muy controlado, como un mecanismo de relojería, aceitado e infalible. Un gran trabajo de Stewart, a quien complementan Mike Manley en algunas tintas y el gran Matt Hollingsworth en el color.
Para el arco más breve, en cambio, tenemos al español Javier Pulido, en un estilo muy distinto al que le vimos (por ejemplo) en Human Target. Esta vez, Pulido apuesta por el minimalismo, por un trazo limpísimo, casi sin mancha negra, una línea despojada, lograda con un pincel muy libre, muy suelto, que se parece más a las historietas de la revista Cairo que a los comics de DC. Hay cosas de Dupuy y Berberian, de Montesol y hasta de Bartolomé Seguí. Me imagino que los lectores yankis deben haber dicho “¿qué carajo es esto?!?” y el coordinador habrá dicho “Muy lindo, pero no lo hagas más”. De hecho, en el tercer y último episodio, que es cuando el guión se pone más sombrío y más noir, Pulido mantiene la línea clara en algunas escenas y en otras se tira con todo al claroscuro, con la misma soltura en el pincel, pero bien cargado de tinta, sin mezquinar manchas negras. El resultado es raro para un comic “de superhéroes”, pero visualmente exquisito.
Vamos pronto con el Vol.4, y a buscar el tercer tomo de la nueva edición, la que llega hasta el final de la inolvidable Era Brubaker.
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viernes, 16 de mayo de 2014
16/ 05: CATWOMAN Vol.2
Retomo esta serie que empecé a leer el 02/03/13 y finalmente decidí bancar la edición original, la que reúne buena parte de la etapa de Ed Brubaker en cuatro tomos. No son fáciles de conseguir, pero por suerte ya tengo los dos últimos ahí acovachados, esperando su turno para ser leídos, en una de esas antes de fin de año.
En este tomo se nos fue la magia: no está más el maestro Darwyn Cooke para dar cátedra en los lápices. El reemplazante es Brad Rader, un dibujante muy solvente, al que yo recordaba por sus aportes a los comics de Batman que seguían la línea de la Animated Series. Lo de Rader no está nada mal, es un dibujante muy completo, aunque lejos del virtuosismo de un Darwyn Cooke. A partir del segundo episodio de este tomo le ponen de entintador al gran Rick Burchett, lo cual acentúa muchísimo el look “animated” de esta serie. Cuando Burchett dibuja, le sale –no sin esfuerzo- un estilo más realista, o más oscuro. Cuando entinta, resulta inevitable “sospechar” debajo de esas pinceladas los lápices de Mike Parobeck, Ty Templeton o alguno de los otros grandes dibujantes que pasaron por los comics de la línea “animated”.
Los guiones del maestro Brubaker están bastante por encima de lo que vimos en el tomo anterior. Casi como si hubiese escuchado mi pedido, el guionista trae de vuelta a Slam Bradley, el personaje más antiguo del DCU, que debutara en 1937 en el n°1 de Detective Comics. Con él vuelve la onda hard-boiled y ese romance a contramano, baqueteado y melancólico, porque es obvio que el veterano detective está enamorado de Selina y ella lo considera un gran amigo. Notable trabajo de Brubaker en la elaboración de este personaje. Y también de Holly, la otra integrante importante del elenco de la serie, detonadora además del bolonki que Catwoman y Slam deberán desactivar a lo largo de casi todo el tomo. Otro personaje muy bien utilizado por Brubaker es el inspector Crispus Allen, a quien poco después (y con la complicidad de Greg Rucka) convertirá en miembro fundamental del elenco de la gloriosa Gotham Central. Batman aparece apenas unas pocas viñetas en el unitario con el que cierra el tomo, y se mantiene la política (a mi juicio acertada) de no cruzar a Catwoman con los otros villanos de Gotham. Sobre el final del arco principal hay un indicio bastante claro de que en algún punto chocarán la gata y Black Mask, pero andá a saber si eso sucede en el próximo tomo, o si Brubaker se lo guardaba para mucho más adelante.
La trama de la saga más extensa está muy bien armada y se mete nada menos que con una red de tráfico de drogas en la que están involucrados unos cuantos canas, incluso tipos con cargos importantes en la jerarquía policial. El plan de los malos es buenísimo y la opereta que arman Selina y Bradley para cagarlos es brillante. El unitario final está bien, muy jugado a la emotividad, pero un poquito predecible. Y complementan unas historias muy breves extraídas del Secret Files & Origins (una de ellas dibujada por Michael Avon Oeming!) que dejan en claro algo que uno ya intuía: a Brubaker no le interesaba demasiado pasar en limpio la historia previa de Catwoman. De hecho, si podía contar sus historias sin hacerse cargo de nada de lo escrito por los guionistas anteriores, mejor. Esto era casi un reboot, casi un volver a empezar de cero. Y banco esa decisión aunque, como ya dije la vez pasada, Catwoman me gusta más cuando está más claramente alineada al bando de los malos.
La verdad que me encantó ver a Ed Brubaker subir la apuesta y sumergir a Catwoman en una historia sórdida, de crimen urbano jodido, sin concesiones, sin personajes con superpoderes, y con un ritmo muy intenso, que no desvirtúa en lo más mínimo el clima espeso, ominoso y noir que el guionista le impuso a la serie. Esto está muy por encima de lo que hizo Brubaker en Batman y casi al nivel de lo mejor de Gotham Central.
En este tomo se nos fue la magia: no está más el maestro Darwyn Cooke para dar cátedra en los lápices. El reemplazante es Brad Rader, un dibujante muy solvente, al que yo recordaba por sus aportes a los comics de Batman que seguían la línea de la Animated Series. Lo de Rader no está nada mal, es un dibujante muy completo, aunque lejos del virtuosismo de un Darwyn Cooke. A partir del segundo episodio de este tomo le ponen de entintador al gran Rick Burchett, lo cual acentúa muchísimo el look “animated” de esta serie. Cuando Burchett dibuja, le sale –no sin esfuerzo- un estilo más realista, o más oscuro. Cuando entinta, resulta inevitable “sospechar” debajo de esas pinceladas los lápices de Mike Parobeck, Ty Templeton o alguno de los otros grandes dibujantes que pasaron por los comics de la línea “animated”.
Los guiones del maestro Brubaker están bastante por encima de lo que vimos en el tomo anterior. Casi como si hubiese escuchado mi pedido, el guionista trae de vuelta a Slam Bradley, el personaje más antiguo del DCU, que debutara en 1937 en el n°1 de Detective Comics. Con él vuelve la onda hard-boiled y ese romance a contramano, baqueteado y melancólico, porque es obvio que el veterano detective está enamorado de Selina y ella lo considera un gran amigo. Notable trabajo de Brubaker en la elaboración de este personaje. Y también de Holly, la otra integrante importante del elenco de la serie, detonadora además del bolonki que Catwoman y Slam deberán desactivar a lo largo de casi todo el tomo. Otro personaje muy bien utilizado por Brubaker es el inspector Crispus Allen, a quien poco después (y con la complicidad de Greg Rucka) convertirá en miembro fundamental del elenco de la gloriosa Gotham Central. Batman aparece apenas unas pocas viñetas en el unitario con el que cierra el tomo, y se mantiene la política (a mi juicio acertada) de no cruzar a Catwoman con los otros villanos de Gotham. Sobre el final del arco principal hay un indicio bastante claro de que en algún punto chocarán la gata y Black Mask, pero andá a saber si eso sucede en el próximo tomo, o si Brubaker se lo guardaba para mucho más adelante.
La trama de la saga más extensa está muy bien armada y se mete nada menos que con una red de tráfico de drogas en la que están involucrados unos cuantos canas, incluso tipos con cargos importantes en la jerarquía policial. El plan de los malos es buenísimo y la opereta que arman Selina y Bradley para cagarlos es brillante. El unitario final está bien, muy jugado a la emotividad, pero un poquito predecible. Y complementan unas historias muy breves extraídas del Secret Files & Origins (una de ellas dibujada por Michael Avon Oeming!) que dejan en claro algo que uno ya intuía: a Brubaker no le interesaba demasiado pasar en limpio la historia previa de Catwoman. De hecho, si podía contar sus historias sin hacerse cargo de nada de lo escrito por los guionistas anteriores, mejor. Esto era casi un reboot, casi un volver a empezar de cero. Y banco esa decisión aunque, como ya dije la vez pasada, Catwoman me gusta más cuando está más claramente alineada al bando de los malos.
La verdad que me encantó ver a Ed Brubaker subir la apuesta y sumergir a Catwoman en una historia sórdida, de crimen urbano jodido, sin concesiones, sin personajes con superpoderes, y con un ritmo muy intenso, que no desvirtúa en lo más mínimo el clima espeso, ominoso y noir que el guionista le impuso a la serie. Esto está muy por encima de lo que hizo Brubaker en Batman y casi al nivel de lo mejor de Gotham Central.
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sábado, 2 de marzo de 2013
02/ 03: CATWOMAN Vol.1
La verdad que Catwoman como personaje me interesa poco. Sobre todo cuando alguien decidió que no sea una villana clásica, sino una cuasi-heroína, una mina ambigua, intrépida, pero a la que seduce irrestistiblemente la posibilidad de redimirse y demostrar (o en una de esas, demostrarle a Batman) que a pesar de todo lo que hizo y vivió puede ser una buena persona. Cuanto menos mala es Catwoman, menos me atrae. Pero bueno, con el combo devastador Ed Brubaker en guiones + Darwyn Cooke en dibujos + Mike Allred en tintas, entré como un caballo a esta serie de 2001, en la que el guionista busca redefinir el rol de Catwoman y darle sentido a su impronta de “justiciera que juega por afuera del sistema y no tiene drama en cagarse en las reglas que imponen Batman y la cana de Gotham”.
La saga arranca con Catwoman y Selina Kyle supuestamente muertas y será el veterano Slam Bradley (personaje de cuando los detectives compartían antologías con los encapuchados, allá por fines de los ´30) quien descubra la conexión entre ellas y el paradero de la famosa chorra felina. Son 32 páginas (originalmente serializadas en varios números de Detective Comics) en los que Brubaker está a sus anchas, jugando de local en el hard boiled que tanto ama, con unos bloques de texto y unos diálogos afiladíismos. Y el maestro Cooke acompaña con los mejores dibujos del tomo, bien en la línea que más tarde veremos en sus comics del Spirit. El zarpado dibuja a Batman (que felizmente aparece poco) en el estilo de la serie animada de los ´90 y solo por eso, merece una ovación de pie. Pero realmente no hay una viñeta por abajo de la perfección.
Después viene el primer arco de la serie regular y Cooke ya no es 100% Cooke, sino que lo entinta Allred. Y sigue sin bajar de los 10 puntos, aunque ahora es un poquito menos personal. Ya se nota que tanto la narrativa como el dibujo están pensados para traccionar a la mayor cantidad posible de lectores hacia la revista. De todos modos hay momentos que te quitan el aliento, como la secuencia con la que abre el segundo episodio, esa en la que Selina corre por los techos de Gotham y termina por infiltrarse en los archivos de la policía. Cooke resuelve la machaca con elegancia, se luce en los flashbacks y las secuencias oníricas y pela un traje para Catwoman muy original y muy atractivo, a tal punto que post-reboot sigue usando uno muy similar.
Los guiones de Brubaker se encuentran con un escollo: sin Slam Bradley no hay hard boiled. Se puede poner gangsters, se pueden usar bloques de texto narrados en primera persona por la protagonista, todo bien. Pero no es hard boiled. Y además ese sub-género tiende a una cantidad de escenas de acción muy por debajo de la del comic de superhéroes y acá es imperativo que haya peleas y/o tiroteos en todos los episodios. Y se nota demasiado que lo que más le interesa a Brubaker es lo que le pasa por la cabeza a Catwoman, su vuelta al barrio, sus replanteos, su reencuentro con Holly, su relación con Leslie Thompkins, su telenovela con Batman... El misterio del asesino serial que descuartiza prostitutas está porque no puede no estar y se resuelve de modo... apenas aceptable. Tanto la necesidad de contar una aventura como la de tener machaca en todos los episodios parecen incomodar un poco al guionista, que por suerte tiene la cancha suficiente para no empantarse, ni que se le desplome el relato cada vez que Catwoman tiene que entrar a rebolear patadas.
Claramente estamos ante un intento de hacer comic de autor dentro del mainstream. Algo parecido a lo que vimos con la Batgirl de Kelley Puckett, pero con autores que me ceban más y un personaje que me ceba menos, aunque Brubaker y Cooke se esfuercen por hacerla más humana, más creíble y –sobre todo- menos calientapijas. Así que cuando pueda voy a seguir con esta serie, aunque en los próximos tomos no esté Darwyn Cooke. DC está reeditando toda la etapa de Brubaker en mega-TPBs de muchos números a un precio más que razonable, y hasta metieron en los libros el Secret Files & Origins y la majestuosa novela gráfica Selina´s Big Score, íntegramente a cargo de Cooke (y con Slam Bradley de co-protagonista!). Veremos si banco la colección original de TPBs o si me paso a la nueva edición, aunque me quede repetida la graphic novel.
La saga arranca con Catwoman y Selina Kyle supuestamente muertas y será el veterano Slam Bradley (personaje de cuando los detectives compartían antologías con los encapuchados, allá por fines de los ´30) quien descubra la conexión entre ellas y el paradero de la famosa chorra felina. Son 32 páginas (originalmente serializadas en varios números de Detective Comics) en los que Brubaker está a sus anchas, jugando de local en el hard boiled que tanto ama, con unos bloques de texto y unos diálogos afiladíismos. Y el maestro Cooke acompaña con los mejores dibujos del tomo, bien en la línea que más tarde veremos en sus comics del Spirit. El zarpado dibuja a Batman (que felizmente aparece poco) en el estilo de la serie animada de los ´90 y solo por eso, merece una ovación de pie. Pero realmente no hay una viñeta por abajo de la perfección.
Después viene el primer arco de la serie regular y Cooke ya no es 100% Cooke, sino que lo entinta Allred. Y sigue sin bajar de los 10 puntos, aunque ahora es un poquito menos personal. Ya se nota que tanto la narrativa como el dibujo están pensados para traccionar a la mayor cantidad posible de lectores hacia la revista. De todos modos hay momentos que te quitan el aliento, como la secuencia con la que abre el segundo episodio, esa en la que Selina corre por los techos de Gotham y termina por infiltrarse en los archivos de la policía. Cooke resuelve la machaca con elegancia, se luce en los flashbacks y las secuencias oníricas y pela un traje para Catwoman muy original y muy atractivo, a tal punto que post-reboot sigue usando uno muy similar.
Los guiones de Brubaker se encuentran con un escollo: sin Slam Bradley no hay hard boiled. Se puede poner gangsters, se pueden usar bloques de texto narrados en primera persona por la protagonista, todo bien. Pero no es hard boiled. Y además ese sub-género tiende a una cantidad de escenas de acción muy por debajo de la del comic de superhéroes y acá es imperativo que haya peleas y/o tiroteos en todos los episodios. Y se nota demasiado que lo que más le interesa a Brubaker es lo que le pasa por la cabeza a Catwoman, su vuelta al barrio, sus replanteos, su reencuentro con Holly, su relación con Leslie Thompkins, su telenovela con Batman... El misterio del asesino serial que descuartiza prostitutas está porque no puede no estar y se resuelve de modo... apenas aceptable. Tanto la necesidad de contar una aventura como la de tener machaca en todos los episodios parecen incomodar un poco al guionista, que por suerte tiene la cancha suficiente para no empantarse, ni que se le desplome el relato cada vez que Catwoman tiene que entrar a rebolear patadas.
Claramente estamos ante un intento de hacer comic de autor dentro del mainstream. Algo parecido a lo que vimos con la Batgirl de Kelley Puckett, pero con autores que me ceban más y un personaje que me ceba menos, aunque Brubaker y Cooke se esfuercen por hacerla más humana, más creíble y –sobre todo- menos calientapijas. Así que cuando pueda voy a seguir con esta serie, aunque en los próximos tomos no esté Darwyn Cooke. DC está reeditando toda la etapa de Brubaker en mega-TPBs de muchos números a un precio más que razonable, y hasta metieron en los libros el Secret Files & Origins y la majestuosa novela gráfica Selina´s Big Score, íntegramente a cargo de Cooke (y con Slam Bradley de co-protagonista!). Veremos si banco la colección original de TPBs o si me paso a la nueva edición, aunque me quede repetida la graphic novel.
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martes, 18 de enero de 2011
18/ 01: DC COMICS PRESENTS BATMAN/ CATWOMAN

Uno de los debates eternos en la sociedad yanki es el que gira en torno a la tenencia de armas. Los progres llevan años en su cruzada por restringir y controlar la venta de armas y los fachos defienden su derecho a que todo el mundo ande calzado, aunque eso facilite el mal uso de las armas y sus trágicas consecuencias. Cada tanto, ese debate recrudece y también cada tanto, el comic se hace cargo. De hecho, si releés Civil War cambiando “gente con superpoderes” por “armas de fuego”, toda la saga puede reinterpretarse a la luz de este conflicto; con un twist bizarro, porque el Capi América y los rebeldes defienden la posición tradicionalmente bancada por los fachos, mientras que Iron Man y el gobierno tratan de imponer las leyes de control que tradicionalmente piden los progres. Pero volvamos a DC, donde en 1992 John Ostrander escribió Seduction of the Gun, un comic de Batman fuerte, estremecedor, que tenía por objeto principal bajar línea y concientizar acerca del peligro que significa la proliferación de las armas, sobre todo en los entornos en los que hay chicos. Catorce años más tarde, Batman/ Catwoman: Trail of the Gun (originalmente editada en dos prestige y ahora convertida en un hermoso TPB para pobres) vuelve a machacar sobre el tema, con un atractivo extra: ahora la guionista es Ann Nocenti, y nadie en la industria del comic yanki baja línea progre mejor que la querida co-creadora de Longshot.
Como nos pasó hace un año cuando comentamos Batman/ Huntress, acá sobra el logo del murciélago en la portada. Este es claramente un comic de Catwoman, en el que Batman y Bruce Wayne juegan roles menores. No sé me ocurre dónde encaja en la continuidad, porque esta parece la Catwoman pre-relanzamiento de 2001, pero bue, es DC, no nos podemos poner en estrechas con esos detalles. Selina, entonces, va a ser la encargada de llevar adelante esta aventura intensa, vibrante y ganchera, que pasa por un mega-chumbo, una pistola de avanzada que no falla jamás y deja en ridículo a las armas tradicionales. El ladrón que logre apoderarse de ella se llevará mucha guita e infinita chapa, y nuestro gatienzo favorito se enfrentará o se aliará con una fauna nefasta, compuesta por chorros de guante blanco, fabricantes de armas y descerebrados fanáticos de los chumbos. Por supuesto, cuando hay alianzas entre avechuchos las cosas terminan en traición, y cuando Batman se le planta a Catwoman, aflora esa mínima decencia que caracteriza a la mejor chorra de Gotham y las cosas se terminan por inclinar para el lado de los buenos.
La acción al palo, la violencia y los duelos verbales entre ases del cinismo están muy buenos, pero en cualquier comic de Nocenti el conflicto central pasa por la ética, y este no es la excepción. Acá el dilema se plantea con datos, y la verdad que los datos acerca del uso indebido de armas en los EEUU son más escalofriantes que dormir una noche en el Arkham Asylum. Si tenías alguna duda de por qué los progres tienen razón en exigir lo que exigen, Nocenti te la saca en poquísimas páginas.
Pero lo que hizo exitoso a este comic no es el clivaje entre libertades cercenadas y vidas tiradas a la basura, sino el dibujo de Ethan Van Sciver, dibujante idolatrado por la hinchada, si los hay. Van Sciver es abanderado de una corriente que a mí particularmente no me gusta, que es la de los tipos que sobredibujan, que meten en cada viñeta muchísimo más detalle y muchísima más información de la que hace falta para entender la historia. Aún así, me saco el sombrero ante un laburo impresionante, no original porque sigue los lineamientos de Brian Bolland o Phil Jiménez, pero sumamente generoso a la hora de darle credibilidad y fuerza a la historia que propone Nocenti.
Y bueno, el tema de controlar o no la venta y el uso de armas va a seguir vigente mucho tiempo más. Esta saga demuestra que, bien utilizado, puede dar pie a historietas jugadas, inquietantes y polémicas, incluso si la protagonista es un yiro escultural que envuelve su escultural figura en un disfraz de gato. Miau!
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