Sigo avanzando con las reseñas, a ver hasta dónde llegamos este mes, en el que le estoy poniendo bastantes pilas al blog.
Arranco con el Vol.10 de The Unwritten, ya a un pasito del final de la saga creada por Mike Carey y Peter Gross. El próximo tomo es el último, pero no lo tengo, así que andá a saber cuando lo consigo, cuándo lo leo o cuándo lo reseño.
A tan poquitos episodios del final, Carey opta por una movida con la que no termino de coincidir: de alguna manera bastante coherente y para nada traída de los pelos, la trama se simplifica mucho. Desde el regreso de Wilson Taylor, los misterios que nos mantuvieron en vilo durante cientos de páginas ya no importan tanto y todo se va centrando cada vez más en la machaca final de los buenos contra los malos, en la que está en juego nada menos que la ficción, así, como concepto abstracto. No va a ser la típica machaca, obviamente, pero hacia ahí va la cosa. A esta altura de la saga, Carey se da el lujo de empezar a estirar un poco la resolución y hay largos tramos en los que lo más atractivo son los diálogos y la dinámica entre Tom, Wilson, Lizzie, Richie y los nenes que hablan en francés. Y por supuesto la presencia de Pauly Bruckner, sin dudas el personaje más raro, el as de espadas que Carey todavía no jugó y que tiene todo para precipitar el final de The Unwritten hacia las profundidades de lo inesperado.
El dibujo de Peter Gross está muy bien, hábilmente acomodado a la tonalidad más oscura que va cobrando este último tramo de la serie. Y en el último episodio del libro está como invitado Al Davison, uno de los monstruos injustamente desconocidos de la historieta británica, que aporta versatilidad, sofisticación y cuando hace falta, oscuridad y visceralidad. Un grosso.
Me voy a Chile, donde me espera Isla de los Muertos, un extraño trabajo de Cristóbal Florín y Rodolfo Aedo, que pretende echar luz acerca de un episodio transcurrido en la patagonia chilena en 1906. Dice la historia que en este lugar murieron 120 hombres, empleados de una gran empresa abocada a la explotación forestal, pero aparentemente hay dos versiones contradictorias que explican la tragedia: según la primera, nunca llegó el barco con las provisiones y los trabajadores murieron de hambre. Según la segunda, las provisiones y los medicamentos llegaron, pero contaminados con arsénico, lo cual envenenó a los trabajadores.
A lo largo de las primeras 50 páginas, los autores exploran la primera versión, tomando como base un cuento de Félix Elías Pérez. Es un relato desgarrador, más triste que este año de neoliberalismo y ajuste, excesivamente jugado a los textos literarios, que el guionista toma directamente del cuento. Mucho vuelo, mucha metáfora, mucha prosa florida, pero se nota que el argumento no daba para 50 páginas. En las siguientes 50 páginas, se explora la segunda versión… pero ya sabés TODO lo que va a pasar. El accidente del arsénico sucede en la página 15 y de ahí en más, se repite la muerte lenta y dolorosa de los 120 laburantes (que ya vimos) sólo que ahora la causa es otra. No me quedó claro si esta segunda parte también está tomada de un texto literario, pero de todos modos el guión mantiene esa tónica, repleto de bloques de texto cargados, frondosos, de un logrado vuelo lírico… que no logra ocultar lo poco que nos están narrando.
Me parece que la clave pasa porque Florín y Aedo eligieron una historia que está buenísima para una investigación periodística, pero no para una historieta. No logran (como diría el maestro Sasturain) hacer “aventurable” la tragedia de los trabajadores muertos en la isla. Lo que está realmente buenísimo es la línea que bajan, los palos que pegan y sobre todo el dibujo, que es excelente. Los climas, el trazo, la expresividad, los momentos en los que se rompe la grilla tradicional para experimentar con la puesta en página, las texturas, los sutiles toques de color… Un trabajo realmente notable de Rodolfo Aedo (a quien nunca había oído nombrar) al frente de la faz gráfica del libro.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Estoy muy cebado leyendo una novela larguísima, por eso esta semana leí muy poca historieta. Pero la que viene seguro habrá nuevas reseñas. Y hoy subí un nuevo video a YouTube, para los que siempre piden más.
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jueves, 24 de noviembre de 2016
domingo, 23 de octubre de 2016
TRIPLETE DOMINGUERO
Después de un largo tiempo de cuelgue, retomé The Unwritten, la gran serie de Mike Carey y Peter Gross. Me tocaba leer el tomo que a priori parecía más raro, más bizarro: el crossover con Fables. O en realidad, una saga de The Unwritten en la que los personajes de esta serie pasan al mundo de Fables e interactúan con los personajes creados por Bill Willingham y Mark Buckingham. La verdad que no funcionó. La historia no me aportó prácticamente nada al desarrollo de Tom Taylor y sus personajes secundarios, y hasta el villano está metido a presión. No terminé de entender en qué momento de la saga de Fables empalma el crossover (por ahí porque hace mucho que no leo Fables y estoy más atrasado con esa serie que con The Unwritten) y todo me pareció superficial, prescindible, un mero engaña-pichanga para tratar de que algunos lectores de Fables le dieran una posibilidad a The Unwritten, que (lógicamente) vendía menos. Si eso lo hace DC con –ponele- Batman y The Question, o Green Lantern y Omega Men, me lo fumo mansito. ¿Pero en Vertigo, te parece? ¿Da para ensuciar así la cancha? Me parece que no.
Rescato los dibujos: hay muchas secuencias muy bien dibujadas, por Peter Gross, por Buckingham y por el nunca bien ponderado Dean Ormston. Y buenos diálogos, porque si bien la trama está urdida por Carey, Willingham mete mano en los diálogos para asegurarse de que sus personajes hablen como tienen que hablar, como lo hacen normalmente en Fables. En fin, un experimento que salió mal. No te digo que si venís coleccionando The Unwritten saltes del Vol.8 al Vol.10, pero sí te digo que si sos fan de Fables y estás mirando con un cierto cariño este crossover porque creés que le va a sumar algo a esa saga, mejor seguí de largo.
Como suele suceder, cada vez que Pablo De Santis incursiona en la historieta nos deja una obra maestra. Justicia Poética (originalmente serializada en Fierro) es un comic fascinante, complejo, con elementos bien “de género” presentados de un modo original, atrapante, con un personaje central perfectamente construído y con una estructura similar a la de El Hipnotizador: arranca como una serie de episodios autoconclusivos, apenas hilvanados por un plot secundario, y cuando te querés dar cuenta, estás enredado en una novela gráfica ambiciosa y cautivante, que va para adelante como una locomotora, y que no podés soltar hasta llegar al final. Diálogos, bloques de texto y silencios se combinan de manera magistral para crear climas, indagar en las motivaciones de los personajes y hasta para tirar pinceladas del virtuosismo literario (o lírico, incluso) del que De Santis hace gala en sus novelas.
Justicia Poética, además, es de esas historietas que le podés dar a alguien que no lee historietas y casi seguro la va a disfrutar. Tiene esa sutileza y esa profundidad que no tiene la mayoría de los thrillers y una forma muy atractiva de tomar distancia de los tópicos del género en el que incursiona. El dibujo está a cargo del maestro Frank Arbelo, notable narrador gráfico que combina ese toque fino, ese expresionismo que uno asocia a autores como José Muñoz, Oscar Zárate o Igort, con una impronta más simple, más accesible al lector poco curtido en estas lides, que por momentos lo acerca a autores de la línea clara, o a los trabajos que publicaba Sanyú en la Fierro a principios de los ´90. Gran labor del cubano radicado en Bolivia. Si todavía no te compraste este libro, hacé justicia con vos mismo y sumalo a tu biblioteca. No te vas a arrepentir.
Y cierro con el Vol.15 de Bakuman, la joya en la corona de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, grossos entre los grossos. Este tomo trae la resolución del arco argumental iniciado en el Vol.14 (con Nanamine como protagonista), una especie de coda a ese arco en el que el protagonismo se lo roba Nakai (el gordo pajero, pero virtuoso dibujante, que viene apareciendo intermitentemente casi desde el principio) y un segundo arco más breve, que Ohba y Obata resuelven con jerarquía, en la cantidad de páginas justas y que devuelve a los Muto Ashirogi al centro de la escena.
Entre el final del plot de Nakai y el inicio del segundo arco, hay un unitario brillante, en el que los autores paran la bocha para pensar en algo que hasta ahora se había soslayado: hasta dónde la vida de un pibe de 20 años que es mangaka desde los 15 deja de parecerse a la de los típicos pibes de 20 años. Es un episodio de reflexión, de introspección, de acomodar ideas en la cabeza de los personajes y que además termina funcionando como un perfecto recordatorio de cuál es el tema central de Bakuman: nada menos que el amor al manga. Maravilloso es poco.
Volvemos pronto con más reseñas.
Rescato los dibujos: hay muchas secuencias muy bien dibujadas, por Peter Gross, por Buckingham y por el nunca bien ponderado Dean Ormston. Y buenos diálogos, porque si bien la trama está urdida por Carey, Willingham mete mano en los diálogos para asegurarse de que sus personajes hablen como tienen que hablar, como lo hacen normalmente en Fables. En fin, un experimento que salió mal. No te digo que si venís coleccionando The Unwritten saltes del Vol.8 al Vol.10, pero sí te digo que si sos fan de Fables y estás mirando con un cierto cariño este crossover porque creés que le va a sumar algo a esa saga, mejor seguí de largo.
Como suele suceder, cada vez que Pablo De Santis incursiona en la historieta nos deja una obra maestra. Justicia Poética (originalmente serializada en Fierro) es un comic fascinante, complejo, con elementos bien “de género” presentados de un modo original, atrapante, con un personaje central perfectamente construído y con una estructura similar a la de El Hipnotizador: arranca como una serie de episodios autoconclusivos, apenas hilvanados por un plot secundario, y cuando te querés dar cuenta, estás enredado en una novela gráfica ambiciosa y cautivante, que va para adelante como una locomotora, y que no podés soltar hasta llegar al final. Diálogos, bloques de texto y silencios se combinan de manera magistral para crear climas, indagar en las motivaciones de los personajes y hasta para tirar pinceladas del virtuosismo literario (o lírico, incluso) del que De Santis hace gala en sus novelas.
Justicia Poética, además, es de esas historietas que le podés dar a alguien que no lee historietas y casi seguro la va a disfrutar. Tiene esa sutileza y esa profundidad que no tiene la mayoría de los thrillers y una forma muy atractiva de tomar distancia de los tópicos del género en el que incursiona. El dibujo está a cargo del maestro Frank Arbelo, notable narrador gráfico que combina ese toque fino, ese expresionismo que uno asocia a autores como José Muñoz, Oscar Zárate o Igort, con una impronta más simple, más accesible al lector poco curtido en estas lides, que por momentos lo acerca a autores de la línea clara, o a los trabajos que publicaba Sanyú en la Fierro a principios de los ´90. Gran labor del cubano radicado en Bolivia. Si todavía no te compraste este libro, hacé justicia con vos mismo y sumalo a tu biblioteca. No te vas a arrepentir.
Y cierro con el Vol.15 de Bakuman, la joya en la corona de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, grossos entre los grossos. Este tomo trae la resolución del arco argumental iniciado en el Vol.14 (con Nanamine como protagonista), una especie de coda a ese arco en el que el protagonismo se lo roba Nakai (el gordo pajero, pero virtuoso dibujante, que viene apareciendo intermitentemente casi desde el principio) y un segundo arco más breve, que Ohba y Obata resuelven con jerarquía, en la cantidad de páginas justas y que devuelve a los Muto Ashirogi al centro de la escena.
Entre el final del plot de Nakai y el inicio del segundo arco, hay un unitario brillante, en el que los autores paran la bocha para pensar en algo que hasta ahora se había soslayado: hasta dónde la vida de un pibe de 20 años que es mangaka desde los 15 deja de parecerse a la de los típicos pibes de 20 años. Es un episodio de reflexión, de introspección, de acomodar ideas en la cabeza de los personajes y que además termina funcionando como un perfecto recordatorio de cuál es el tema central de Bakuman: nada menos que el amor al manga. Maravilloso es poco.
Volvemos pronto con más reseñas.
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martes, 18 de agosto de 2015
18/ 08: THE UNWRITTEN Vol.8
Uh, cuánto hacía que no me clavaba un TPB de esta serie… Desde el 05/03/14. Decí que en el medio me leí la graphic novel, si no estaría en hiper-bolas, casi para empezar de cero…
Bueno, este tomo no tiene nada que ver con la graphic novel. Es la continuación directa del Vol.7 y va para donde aquel tomo proponía ir. La acción centrada en Australia, Danny Armitage y la oficial de policía Didge Patterson en roles muy destacados, historias protagonizadas por Richie Savoy que transcurren al margen, en paralelo a la saga principal, y ahora sí, mucho desarrollo para Tom Taylor, porque se empieza a avizorar el final y hay muchísimas cosas para explicar. Madame Rausch vuelve al banco de suplentes y Lizzie Hexam tiene un papel tirando a chiquito. Mike Carey necesita empezar a cerrar puntas de las que vienen colgadas desde los primeros tomos de la serie y eso requiere espacio. Imposible repartir el que hay entre más de cinco o seis personajes.
Acá nos enteramos finalmente dónde estaba Wilson Taylor, el papá de Tom (y Tommy), y se termina de explicar y de cerrar el longevo subplot de Pauly Bruckner, a quien Carey le da un enorme protagonismo en estas páginas. Si hasta ahora Pauly era un personaje interesante, acá se hace tan grosso que querés que le den su propia serie mensual. También tenemos la muerte de un personaje que venía ganando impulso, y el regreso (muy cambiado) de uno de los que ya dábamos por muerto y re-muerto.
No quiero extenderme en el chamuyo porque no tengo tiempo. Esto está buenísimo. Carey encontró la forma de que, ya con muchos episodios encima, la serie sea difícil de predecir y esté siempre en un status quo inquietante, raro, donde los volantazos más bizarros (como el del final de este tomo) parezcan totalmente coherentes.
Y el dibujo… bueno, el dibujo sigue lejos de la genialidad. Peter Gross pone huevo, se esfuerza, pero sigue mostrando claramente sus limitaciones, que no son pocas. Por suerte, en el arquito argumental protagonizado por Savoy, llega un viejo conocido de Carey y Gross, el gran Dean Ormston y –como en tantos unitarios de Lucifer- caza los bocetos de Gross y los eleva a un nivel de oscuridad, de expresionismo y de belleza que lo ponen muy por encima de la media de lo que se ve normalmente en los comics de Vertigo.
Todavía no tengo comprado el Vol.9, así que no sé cuando retomo The Unwritten. Pero seguro banco hasta el infinito y más allá este viaje hipnótico hacia el interior del relato.
Bueno, este tomo no tiene nada que ver con la graphic novel. Es la continuación directa del Vol.7 y va para donde aquel tomo proponía ir. La acción centrada en Australia, Danny Armitage y la oficial de policía Didge Patterson en roles muy destacados, historias protagonizadas por Richie Savoy que transcurren al margen, en paralelo a la saga principal, y ahora sí, mucho desarrollo para Tom Taylor, porque se empieza a avizorar el final y hay muchísimas cosas para explicar. Madame Rausch vuelve al banco de suplentes y Lizzie Hexam tiene un papel tirando a chiquito. Mike Carey necesita empezar a cerrar puntas de las que vienen colgadas desde los primeros tomos de la serie y eso requiere espacio. Imposible repartir el que hay entre más de cinco o seis personajes.
Acá nos enteramos finalmente dónde estaba Wilson Taylor, el papá de Tom (y Tommy), y se termina de explicar y de cerrar el longevo subplot de Pauly Bruckner, a quien Carey le da un enorme protagonismo en estas páginas. Si hasta ahora Pauly era un personaje interesante, acá se hace tan grosso que querés que le den su propia serie mensual. También tenemos la muerte de un personaje que venía ganando impulso, y el regreso (muy cambiado) de uno de los que ya dábamos por muerto y re-muerto.
No quiero extenderme en el chamuyo porque no tengo tiempo. Esto está buenísimo. Carey encontró la forma de que, ya con muchos episodios encima, la serie sea difícil de predecir y esté siempre en un status quo inquietante, raro, donde los volantazos más bizarros (como el del final de este tomo) parezcan totalmente coherentes.
Y el dibujo… bueno, el dibujo sigue lejos de la genialidad. Peter Gross pone huevo, se esfuerza, pero sigue mostrando claramente sus limitaciones, que no son pocas. Por suerte, en el arquito argumental protagonizado por Savoy, llega un viejo conocido de Carey y Gross, el gran Dean Ormston y –como en tantos unitarios de Lucifer- caza los bocetos de Gross y los eleva a un nivel de oscuridad, de expresionismo y de belleza que lo ponen muy por encima de la media de lo que se ve normalmente en los comics de Vertigo.
Todavía no tengo comprado el Vol.9, así que no sé cuando retomo The Unwritten. Pero seguro banco hasta el infinito y más allá este viaje hipnótico hacia el interior del relato.
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miércoles, 26 de noviembre de 2014
26/11: THE UNWRITTEN: TOMMY TAYLOR AND THE SHIP THAT SANK TWICE
Tercer libro de Mike Carey que me clavo en lo que va del mes y me parece que este es el mejor de los tres. Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice es una novela gráfica pensada para que el lector que nunca había accedido a The Unwritten pueda hacerlo de modo fácil, rápido, y quedar inmediatamente fascinado por este concepto que Carey y su viejo compañero de aventuras Peter Gross vienen desarrollando hace ya cinco años largos, en una de las mejores series de la historia de Vertigo.
The Unwritten, por si nunca leiste las siete u ocho reseñas que le dediqué acá en el blog, es un comic que juega con los límites entre la literatura y la realidad, con la palabra como eje central las reglas que separan lo posible de lo imposible. Fiel a ese concepto, la novela gráfica también nos ofrece dos lecturas paralelas: por un lado, la primera aventura de Tommy Taylor, la que lo consagró como el personaje de ficción más exitoso y querido por los lectores de todo el mundo y todas las edades (en esta serie, obvio, no en nuestra realidad). El secret origin de Tommy, si se quiere, contado en un tono bien de Harry Potter, repleto de elementos fantásticos, chicos que aprenden, maestros que enseñan unas cosas y ocultan otras, secretos antiguos que se revelan, y por sobre todas las cosas, la explicación de por qué Tommy es, con sólo 10 años, el mago más portentoso de su generación.
Si leés sólo este tramo de la novela, te vas a cebar mal, te vas a divertir, a asustar, a enternecer, a vivir un montón de emociones. La idea de contarnos en historieta una novela completa de Tommy Taylor (en The Unwritten siempre aparecían breves fragmentos) y encima la primera, la que abre puntas para todos lados, fue un acierto inmenso por parte de Carey, porque ahora sí, uno quiere al personaje de ficción tanto como al “real”.
Porque además, en medio de la aventura de Tommy y sus amigos en la academia de Tulkinghorn, Carey mecha unas secuencias breves pero terriblemente intensas, que transcurren en el otro nivel de realidad: el de Wilson Taylor, el escritor que crea a Tommy Taylor como personaje de ficción. Y a su vez, estas secuencias narran el origen de Tom Taylor, el hijo de carne y hueso que Wilson decide tener para presentarlo al mundo junto a su hijo de papel y tinta. El plan maestro de Wilson para que Tom y Tommy sean prácticamente la misma pesrona, para borronear los límites entre literatura y realidad (repito, el elemento central de The Unwritten) es brillante. El escritor narra en primera persona, en extensos bloques de texto, todo este proceso, fascinante y perverso a la vez: sus fuentes de inspiración para crear a Tommy, su relación con la que será la madre de Tom, el embarazo, el nacimiento, las repercusiones en el “mundo real” de esta novela que sale y rompe todo, su visión de la faceta comercial de la producción literaria, todo eso está descripto desde la óptica de Wilson, quizás el personaje central de esta obra, mucho más allá de roles como el de “el héroe” o “el villano”.
El despliegue de recursos de Carey es enorme, sobre todo porque en las secuencias de Wilson, tiene que lograr que el personaje escriba como un escritor. Y si bien todos los textos están buenos y muchos de los personajes secundarios que rodean a Tommy tienen diálogos magníficos, es en estos bloques de texto extraídos del diario de Wilson donde la prosa de Carey realmente levanta un vuelo cercano a la genialidad.
Como estas 150 páginas fueron realizadas en simultáneo con la publicación mensual de The Unwritten, Peter Gross no tuvo tiempo de dibujarlas. Lo que hizo fue plantar las páginas, ubicar las viñetas en las páginas y luego repartirlas entre él mismo y otros seis dibujantes (entre ellos, grossos como Dean Ormston, Shawn McManus, Al Davison y Gary Erskine) para que les dieran el acabado final. Y sí, se nota un poco el cambio de dibujantes de secuencia a secuencia, sobre todo en detalles del entintado. Pero esto no distrae, ni obstaculiza el disfrute ni el flujo del relato. También hay cinco coloristas distintos, cada uno con sus yeites, pero a pesar de su heterogeneidad, toda la faz gráfica de la novela es más que satisfactoria. Y haber realizado estas 150 páginas sin suspender el ritmo mensual de publicación de la serie debe haber sido una proeza, sobre todo para los coordinadores, que tuvieron que lidiar con un veradero ejército de artistas y lograr que todos entregaran a tiempo un trabajo de notable calidad.
Resumiendo, Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice cierra por todos lados: porque es una excelente historia y porque seguro que le trajo más lectores a una serie gloriosa como es The Unwritten. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Mike Carey.
The Unwritten, por si nunca leiste las siete u ocho reseñas que le dediqué acá en el blog, es un comic que juega con los límites entre la literatura y la realidad, con la palabra como eje central las reglas que separan lo posible de lo imposible. Fiel a ese concepto, la novela gráfica también nos ofrece dos lecturas paralelas: por un lado, la primera aventura de Tommy Taylor, la que lo consagró como el personaje de ficción más exitoso y querido por los lectores de todo el mundo y todas las edades (en esta serie, obvio, no en nuestra realidad). El secret origin de Tommy, si se quiere, contado en un tono bien de Harry Potter, repleto de elementos fantásticos, chicos que aprenden, maestros que enseñan unas cosas y ocultan otras, secretos antiguos que se revelan, y por sobre todas las cosas, la explicación de por qué Tommy es, con sólo 10 años, el mago más portentoso de su generación.
Si leés sólo este tramo de la novela, te vas a cebar mal, te vas a divertir, a asustar, a enternecer, a vivir un montón de emociones. La idea de contarnos en historieta una novela completa de Tommy Taylor (en The Unwritten siempre aparecían breves fragmentos) y encima la primera, la que abre puntas para todos lados, fue un acierto inmenso por parte de Carey, porque ahora sí, uno quiere al personaje de ficción tanto como al “real”.
Porque además, en medio de la aventura de Tommy y sus amigos en la academia de Tulkinghorn, Carey mecha unas secuencias breves pero terriblemente intensas, que transcurren en el otro nivel de realidad: el de Wilson Taylor, el escritor que crea a Tommy Taylor como personaje de ficción. Y a su vez, estas secuencias narran el origen de Tom Taylor, el hijo de carne y hueso que Wilson decide tener para presentarlo al mundo junto a su hijo de papel y tinta. El plan maestro de Wilson para que Tom y Tommy sean prácticamente la misma pesrona, para borronear los límites entre literatura y realidad (repito, el elemento central de The Unwritten) es brillante. El escritor narra en primera persona, en extensos bloques de texto, todo este proceso, fascinante y perverso a la vez: sus fuentes de inspiración para crear a Tommy, su relación con la que será la madre de Tom, el embarazo, el nacimiento, las repercusiones en el “mundo real” de esta novela que sale y rompe todo, su visión de la faceta comercial de la producción literaria, todo eso está descripto desde la óptica de Wilson, quizás el personaje central de esta obra, mucho más allá de roles como el de “el héroe” o “el villano”.
El despliegue de recursos de Carey es enorme, sobre todo porque en las secuencias de Wilson, tiene que lograr que el personaje escriba como un escritor. Y si bien todos los textos están buenos y muchos de los personajes secundarios que rodean a Tommy tienen diálogos magníficos, es en estos bloques de texto extraídos del diario de Wilson donde la prosa de Carey realmente levanta un vuelo cercano a la genialidad.
Como estas 150 páginas fueron realizadas en simultáneo con la publicación mensual de The Unwritten, Peter Gross no tuvo tiempo de dibujarlas. Lo que hizo fue plantar las páginas, ubicar las viñetas en las páginas y luego repartirlas entre él mismo y otros seis dibujantes (entre ellos, grossos como Dean Ormston, Shawn McManus, Al Davison y Gary Erskine) para que les dieran el acabado final. Y sí, se nota un poco el cambio de dibujantes de secuencia a secuencia, sobre todo en detalles del entintado. Pero esto no distrae, ni obstaculiza el disfrute ni el flujo del relato. También hay cinco coloristas distintos, cada uno con sus yeites, pero a pesar de su heterogeneidad, toda la faz gráfica de la novela es más que satisfactoria. Y haber realizado estas 150 páginas sin suspender el ritmo mensual de publicación de la serie debe haber sido una proeza, sobre todo para los coordinadores, que tuvieron que lidiar con un veradero ejército de artistas y lograr que todos entregaran a tiempo un trabajo de notable calidad.
Resumiendo, Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice cierra por todos lados: porque es una excelente historia y porque seguro que le trajo más lectores a una serie gloriosa como es The Unwritten. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Mike Carey.
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miércoles, 5 de marzo de 2014
05/ 03: THE UNWRITTEN Vol.7
Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Después de la apocalíptica magnitud de los sucesos que vimos en el Vol.7, la serie se ve obligada prácticamente a empezar de cero. Hay un epílogo muy interesante, que explora a fondo las consecuencias del mega-final del Vol.6, e inteligentemente Mike Carey lo pone al final de este tomo, es decir, cuando ya nos bajamos un unitario mayoritariamente desconectado de la saga central y un nuevo arco argumental muy ganchero, donde el foco parece desplazarse de Tom Taylor y sus amigos hacia nuevos personajes.
El unitario no está del todo descolgado: acá Carey retoma puntas del Vol.5 (las que tenían que ver con ese proto-superhéroe de fines de los años ´30) y al querido Pauly Bruckner, el conejo mal llevado y puteador, al que hacía mucho que no veíamos. En un pase de magia, los misterios sobrenaturales que envuelven a Wilson Taylor y sus creaciones literarias pasan a englobar también a Pauly y todo ese plot cobra muchísimo sentido. Tanto que podría desactivarse y no tocarse nunca más.
El arco central de este tomo (The Wound) tiene a Tom Taylor como protagonista... en las últimas 16 páginas. En el resto de las 80 páginas, el que hasta ahora era el personaje central no aparece. Hay un subplot atractivo para Richie Savoy y avanza mucho el personaje de Rausch, la titiritera. Pero Tom come banco de suplentes casi hasta el final. La acción se desplaza a Australia y el foco está puesto en Danny Armitage (quien tuviera un rol chiquito en el final del tomo anterior) y la inspectora de policía Didge Patterson, dos personajes a los que Carey labura a fondo. El mismo tratamiento preferencial le da a Lucas Filby, quien vendría a ocupar el rol del villano, incluso con un objeto que supo ser del jodido Pullman, muerto en el tomo anterior. Filby también tiene un pasado en común con Wilson Taylor y Didge es disléxica, lo cual la posiciona en un lugar muy raro respecto de esta especie de guerra que tiene tanto que ver con la palabra escrita. Calculo que al villano no lo vamos a volver a ver, pero Didge y Danny tienen todo para convertirse en miembros estables del renovado elenco de la serie.
En el último episodio del tomo, Carey nos manda en un flashback a sucesos ocurridos un año atrás, donde explica cómo zafó Tom del hiper-bolonki del tomo anterior y de paso redefine la relación entre el hijo de Wilson y Savoy, que ahora pasa a jugar más de comodín, de “wild card”, de elemento impredecible dentro de esta cautivante saga.
En la faz gráfica, lamentablemente ya no tenemos a M.K. Perker como entintador, lo cual deja mucho más expuestas las limitaciones de Peter Gross, que de nuevo cumple muy con lo justo. Esta vez el truco para que el dibujo no se desplome es un laburo impresionante del colorista Chris Chuckry, que tira magia con el photoshop como si fuera José Villarrubia. De hecho, le afana varios yeites al español radicado en EEUU. En el unitario con el que abre el tomo, Gross entrega un boceto muy básico a Rufus Dayglo, encargado del arte final, y el resultado son 20 páginas muy sólidas, con momentos dignos de un Rick Veitch con muchas pilas.
The Unwritten sigue su curso y la historia de las historias ya no volverá a ser la misma. Realidad y ficción, poesía y machaca, misterios sobrenaturales y miserias terrenales se conjugan en esta serie demasiado bien escrita para salir todos los meses hace ya casi cinco años. Como siempre, le falta un toque al dibujo, pero el trabajo de Mike Carey al frente del guión es absolutamente consagratorio.
Después de la apocalíptica magnitud de los sucesos que vimos en el Vol.7, la serie se ve obligada prácticamente a empezar de cero. Hay un epílogo muy interesante, que explora a fondo las consecuencias del mega-final del Vol.6, e inteligentemente Mike Carey lo pone al final de este tomo, es decir, cuando ya nos bajamos un unitario mayoritariamente desconectado de la saga central y un nuevo arco argumental muy ganchero, donde el foco parece desplazarse de Tom Taylor y sus amigos hacia nuevos personajes.
El unitario no está del todo descolgado: acá Carey retoma puntas del Vol.5 (las que tenían que ver con ese proto-superhéroe de fines de los años ´30) y al querido Pauly Bruckner, el conejo mal llevado y puteador, al que hacía mucho que no veíamos. En un pase de magia, los misterios sobrenaturales que envuelven a Wilson Taylor y sus creaciones literarias pasan a englobar también a Pauly y todo ese plot cobra muchísimo sentido. Tanto que podría desactivarse y no tocarse nunca más.
El arco central de este tomo (The Wound) tiene a Tom Taylor como protagonista... en las últimas 16 páginas. En el resto de las 80 páginas, el que hasta ahora era el personaje central no aparece. Hay un subplot atractivo para Richie Savoy y avanza mucho el personaje de Rausch, la titiritera. Pero Tom come banco de suplentes casi hasta el final. La acción se desplaza a Australia y el foco está puesto en Danny Armitage (quien tuviera un rol chiquito en el final del tomo anterior) y la inspectora de policía Didge Patterson, dos personajes a los que Carey labura a fondo. El mismo tratamiento preferencial le da a Lucas Filby, quien vendría a ocupar el rol del villano, incluso con un objeto que supo ser del jodido Pullman, muerto en el tomo anterior. Filby también tiene un pasado en común con Wilson Taylor y Didge es disléxica, lo cual la posiciona en un lugar muy raro respecto de esta especie de guerra que tiene tanto que ver con la palabra escrita. Calculo que al villano no lo vamos a volver a ver, pero Didge y Danny tienen todo para convertirse en miembros estables del renovado elenco de la serie.
En el último episodio del tomo, Carey nos manda en un flashback a sucesos ocurridos un año atrás, donde explica cómo zafó Tom del hiper-bolonki del tomo anterior y de paso redefine la relación entre el hijo de Wilson y Savoy, que ahora pasa a jugar más de comodín, de “wild card”, de elemento impredecible dentro de esta cautivante saga.
En la faz gráfica, lamentablemente ya no tenemos a M.K. Perker como entintador, lo cual deja mucho más expuestas las limitaciones de Peter Gross, que de nuevo cumple muy con lo justo. Esta vez el truco para que el dibujo no se desplome es un laburo impresionante del colorista Chris Chuckry, que tira magia con el photoshop como si fuera José Villarrubia. De hecho, le afana varios yeites al español radicado en EEUU. En el unitario con el que abre el tomo, Gross entrega un boceto muy básico a Rufus Dayglo, encargado del arte final, y el resultado son 20 páginas muy sólidas, con momentos dignos de un Rick Veitch con muchas pilas.
The Unwritten sigue su curso y la historia de las historias ya no volverá a ser la misma. Realidad y ficción, poesía y machaca, misterios sobrenaturales y miserias terrenales se conjugan en esta serie demasiado bien escrita para salir todos los meses hace ya casi cinco años. Como siempre, le falta un toque al dibujo, pero el trabajo de Mike Carey al frente del guión es absolutamente consagratorio.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
18/ 12: THE UNWRITTEN Vol.6
Ufff... Meses y meses sin leer la adictiva serie de Mike Carey y Peter Gross, uno de los pocos éxitos genuinos que tiene hoy el sello Vertigo. Desde el 03/08/12 que no visitaba a Tom Taylor y sus amigos y la verdad es que los extrañaba mucho. Por suerte este es un tomo extra-large, con 10 episodios y mucho para leer.
Cinco de estos episodios integran la saga llamada “Tommy Taylor and the War of Words” y nos muestran la lucha más abierta, más frontal, menos subrepticia entre nuestro joven protagonista y los villanos de la serie, la poderosa secta conocida como “el Cabal”. Acá Tom ya sabe usar los poderes de la ficción y se la pasa tirando los conjuros que Tommy usaba en las novelas escritas por el viejo Wilson Taylor (si no entendiste esta frase, releé las reseñas de los tomos anteriores). Y está bien, pero cansa un poco. Tom actúa como el héroe clásico, los villanos como villanos clásicos, y el único que nos reserva alguna sorpresa es Pullman, el más pesutti de los malos, que durante muchos episodios aburre con su pose de duro y en el último... no te voy a contar lo que hace, pero está muy bien, levanta mucho la puntería.
Si nunca leíste The Unwritten, no se te ocurra empezar por acá. Esta es la batalla a todo o nada entre el héroe y sus némesis, donde se dirimen conflictos que se arrastran desde el Vol.1. También esta lucha crucial, definitiva, tendrá consecuencias grossas en los tomos futuros, porque Carey se anima (con ponderable audacia) a boletear a personajes muy importantes para la saga. Veremos cómo se acomoda todo. El último episodio pide a gritos uno o varios epílogos que pasen en limpio lo que sucedió y cómo se reorganiza el tablero para seguir adelante con la partida, a la que todavía le quedan varios tomos por editarse.
Los cinco episodios que no son parte de esta epopeya son unitarios, casi siempre con dibujantes invitados. El primero ofrece tres secuencias breves de la mano de tres monstruos: Mike Kaluta, Rick Geary y Bryan Talbot nos revelan distintas maniobras del Cabal para lograr, desde tiempos remotos, el control sobre los relatos, que es la verdadera fuente de su poder.
El siguiente unitario lo dibuja Peter Gross, pero casi no se nota, porque lo tapan mucho las excelentes tintas de Dean Ormston, que le imprime su estilo a la historieta. El argumento es una especie de Gilgamesh vs. Caín, pero con muchas puntas que conectan con lo que vimos en el Vol.4.
Gross vuelve para dibujar el tercer unitario, con tintas de Vince Locke, que también pone mucho de su propia cosecha. La historia narra el origen de Rausch, la enigmática titiritera que juega para el equipo de los malos.
El único unitario flojo es el que protagoniza Will Tallis (el verdadero nombre de Wilson Taylor) en la Primera Guerra Mundial, a pesar de los buenos dibujos de Gary Erskine.
Y el último es brillante, porque cuenta algo de lo que ya vimos en la lucha entre Tom y el Cabal, pero desde otra óptica totalmente distinta, y con muy buenos dibujos de Gabriel Hernández Walta. Sólo a un maestro se le ocurre hacer lo que hizo Carey en ese unitario.
Me falta destacar que en los episodios de la saga central el dibujo de Gross se ve mucho mejor que de costumbre porque ahora tiene como entintador a M.K. Perker, el virtuoso dibujante turco al que vimos pelar grandes laburos en Air. La combinación entre Gross y Perker funciona muy bien, y en los mejores momentos me hizo acordar a los números de Shade o de Generation X en los que Mark Buckingham entintaba a Chris Bachalo. Ojalá el turco se quede hasta el final de la serie, porque resolvió el principal problema (quizás el único) de The Unwritten, que era la escasa onda de los dibujos de Gross.
Para el año que viene, tengo ya encanutados un tomo más de esta serie y Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice, la primera OGN de The Unwritten, que tiene muy buena pinta. Si te gusta leer, si te fascina el poder de los grandes relatos, si creés que la palabra define al mundo, si alguna vez soñaste con interactuar en el mundo real con tus héroes de la ficción, Mike Carey y Peter Gross te van a atrapar en una red sumamente compleja de aventuras, reflexiones, conjuras y emociones. Ya recomendé mil veces la lectura de esta serie, pero la recomiendo una vez más, porque –como dice Mirtha- el público se renueva.
Cinco de estos episodios integran la saga llamada “Tommy Taylor and the War of Words” y nos muestran la lucha más abierta, más frontal, menos subrepticia entre nuestro joven protagonista y los villanos de la serie, la poderosa secta conocida como “el Cabal”. Acá Tom ya sabe usar los poderes de la ficción y se la pasa tirando los conjuros que Tommy usaba en las novelas escritas por el viejo Wilson Taylor (si no entendiste esta frase, releé las reseñas de los tomos anteriores). Y está bien, pero cansa un poco. Tom actúa como el héroe clásico, los villanos como villanos clásicos, y el único que nos reserva alguna sorpresa es Pullman, el más pesutti de los malos, que durante muchos episodios aburre con su pose de duro y en el último... no te voy a contar lo que hace, pero está muy bien, levanta mucho la puntería.
Si nunca leíste The Unwritten, no se te ocurra empezar por acá. Esta es la batalla a todo o nada entre el héroe y sus némesis, donde se dirimen conflictos que se arrastran desde el Vol.1. También esta lucha crucial, definitiva, tendrá consecuencias grossas en los tomos futuros, porque Carey se anima (con ponderable audacia) a boletear a personajes muy importantes para la saga. Veremos cómo se acomoda todo. El último episodio pide a gritos uno o varios epílogos que pasen en limpio lo que sucedió y cómo se reorganiza el tablero para seguir adelante con la partida, a la que todavía le quedan varios tomos por editarse.
Los cinco episodios que no son parte de esta epopeya son unitarios, casi siempre con dibujantes invitados. El primero ofrece tres secuencias breves de la mano de tres monstruos: Mike Kaluta, Rick Geary y Bryan Talbot nos revelan distintas maniobras del Cabal para lograr, desde tiempos remotos, el control sobre los relatos, que es la verdadera fuente de su poder.
El siguiente unitario lo dibuja Peter Gross, pero casi no se nota, porque lo tapan mucho las excelentes tintas de Dean Ormston, que le imprime su estilo a la historieta. El argumento es una especie de Gilgamesh vs. Caín, pero con muchas puntas que conectan con lo que vimos en el Vol.4.
Gross vuelve para dibujar el tercer unitario, con tintas de Vince Locke, que también pone mucho de su propia cosecha. La historia narra el origen de Rausch, la enigmática titiritera que juega para el equipo de los malos.
El único unitario flojo es el que protagoniza Will Tallis (el verdadero nombre de Wilson Taylor) en la Primera Guerra Mundial, a pesar de los buenos dibujos de Gary Erskine.
Y el último es brillante, porque cuenta algo de lo que ya vimos en la lucha entre Tom y el Cabal, pero desde otra óptica totalmente distinta, y con muy buenos dibujos de Gabriel Hernández Walta. Sólo a un maestro se le ocurre hacer lo que hizo Carey en ese unitario.
Me falta destacar que en los episodios de la saga central el dibujo de Gross se ve mucho mejor que de costumbre porque ahora tiene como entintador a M.K. Perker, el virtuoso dibujante turco al que vimos pelar grandes laburos en Air. La combinación entre Gross y Perker funciona muy bien, y en los mejores momentos me hizo acordar a los números de Shade o de Generation X en los que Mark Buckingham entintaba a Chris Bachalo. Ojalá el turco se quede hasta el final de la serie, porque resolvió el principal problema (quizás el único) de The Unwritten, que era la escasa onda de los dibujos de Gross.
Para el año que viene, tengo ya encanutados un tomo más de esta serie y Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice, la primera OGN de The Unwritten, que tiene muy buena pinta. Si te gusta leer, si te fascina el poder de los grandes relatos, si creés que la palabra define al mundo, si alguna vez soñaste con interactuar en el mundo real con tus héroes de la ficción, Mike Carey y Peter Gross te van a atrapar en una red sumamente compleja de aventuras, reflexiones, conjuras y emociones. Ya recomendé mil veces la lectura de esta serie, pero la recomiendo una vez más, porque –como dice Mirtha- el público se renueva.
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viernes, 3 de agosto de 2012
03/ 08: THE UNWRITTEN Vol.5
Ufff... pasan dos semanas sin leer un comic de Vertigo y ya se me anquilosa el cerebro. Necesitaba esta dosis de historieta inteligente, compleja, punzante, incómoda y a la vez maravillosa y desbordante de fascinación. El tomo anterior por ahí fue más raro que bueno. Este es definitivamente brillante.
Tengo una sóla cosa desfavorable para decir: el recopilatorio trae seis episodios y todos están integrados al tronco de la serie. No hay un unitario descolguetti, como esos del conejo que estaban tan buenos. La verdad, me hubiese gustado que Mike Carey retomara esa punta, porque me intriga muchísimo saber cómo se va a integrar eso a la trama principal de The Unwritten. Además, en esos unitarios la serie pela dibujantes invitados muy interesantes, con mucha más onda que el dibujante titular, Peter Gross, que a mí me resulta apenas tolerable. Acá me tuve que fumar todo un tomo de Gross, o sea, todo un tomo sin un mínimo intento de lucimiento por parte de un tipo que tiene un techo muy bajito, que se limita a cumplir con lo justo. Por suerte hay muchos flashbacks a la década del ´30 y en esos pasajes aparece Vince Locke (quien ya metiera mano en varias secuencias del tomo anterior), a terminar con su estilo los bocetos de Gross. Obviamente, Locke levanta mucho los dibujos, le gana por goleada a la chatura del dibujante y logra páginas que desentonan menos con la altísima calidad de los guiones de Carey. Y por suerte están esas portadas zarpadas de Yuko Shimizu, demasiado buenas para ser reales.
Pero vamos a la historia. En el primer tramo, Tommy y sus amigos deben frenar una de las movidas más osadas del Cabal: una subasta de todas las pertenencias de Wilson Taylor, el papá de Tommy. Es un arquito corto, con algo de acción y bastante runfla, pero sobre todo muy jugado a la caracterización y a explicar o pasar en limpio algunas cosas de las que pasaron en los tomos anteriores.
Acto seguido se desencadena una saguita más extensa (cuatro episodios), que se llama On To Genesis, igual que el TPB. Esto arranca casi como un delirio: Wilson Taylor viaja de algún modo misterioso a una fecha anterior a la de su nacimiento, a mediados de los años ´30, adopta una identidad falsa y entabla una relación muy intensa (y muy bien orquestada) con una minita quien resulta ser la guionista y dibujante de The Tinker, un personaje de comics que preanuncia por algunos meses a Superman. Lo más raro de todo esto es que Wilson hace todo esto... confabulado con el Sr. Pullman, la cara más visible (y más violenta) del cónclave de villanos al que se viene enfrentando Tommy desde el inicio de la serie. ¿Qué está pasando acá?
De todo. Posta, son cuatro episodios complejísimos, en los que pasa de todo. En el presente, sin ir más lejos, el Cabal hace boleta a toda la gente que alguna vez conoció a Wilson o a Tommy: agente literario, novias, servidumbre, la amante de Wilson... no quedó ni el loro. En el pasado, vemos la génesis de un “hermano mayor” de Tommy (hoy ya anciano) que también se parece demasiado a un personaje de ficción. Por supuesto, todo el tramo de los años ´30 recupera el tono de las novelas hard boiled de la época, y a la vez se mete (dialoga, diría mi amigo Federico Reggiani) con The Adventures of Cavalier and Clay, la gran novela de Michael Chabon ambientada en los albores de la industria del comic de superhéroes.
Y claro, Carey no se pierde la oportunidad de bajar línea acerca de lo que yo llamo “El Pecado Original” (ver post del 4 de Febrero). Los malos se quedan con los derechos sobre este primer proto-superhéroe y declaman “Ya no se trata de los escritores. Ahora el medio es el mensaje. Ahora el plan es olvidarse de los autores y controlar el producto. Estas historias son como bombas. Bueno, si el copyright es nuestro bien pueden ser Nestum. Alcanza con chuparles la esencia a los peligrosos y mantener todo prolijito y seguro. Y si el guionista se queja, rajarlo y conseguir a algún otro pelandrún para que siga adelante”. Creo que nunca vi un comic acerca de los orígenes de la (mal llamada) Golden Age tan lúcido, tan agudo y además con tantas agallas, porque esto lo editó DC, la pionera en el arte de estafar a los pobres giles que allá por los años ´30 y ´40 crearon a la gallina de los huevos de oro.
En fin, una saga de The Unwritten absolutamente memorable y repleta de puntas que seguramente Carey seguirá explorando en los tomos futuros. Lo dije mil veces y lo repito: esta es una serie de lectura imprescindible para cualquier fan de la literatura y del comic de alto vuelo. Que no se corte. Nunca.
Tengo una sóla cosa desfavorable para decir: el recopilatorio trae seis episodios y todos están integrados al tronco de la serie. No hay un unitario descolguetti, como esos del conejo que estaban tan buenos. La verdad, me hubiese gustado que Mike Carey retomara esa punta, porque me intriga muchísimo saber cómo se va a integrar eso a la trama principal de The Unwritten. Además, en esos unitarios la serie pela dibujantes invitados muy interesantes, con mucha más onda que el dibujante titular, Peter Gross, que a mí me resulta apenas tolerable. Acá me tuve que fumar todo un tomo de Gross, o sea, todo un tomo sin un mínimo intento de lucimiento por parte de un tipo que tiene un techo muy bajito, que se limita a cumplir con lo justo. Por suerte hay muchos flashbacks a la década del ´30 y en esos pasajes aparece Vince Locke (quien ya metiera mano en varias secuencias del tomo anterior), a terminar con su estilo los bocetos de Gross. Obviamente, Locke levanta mucho los dibujos, le gana por goleada a la chatura del dibujante y logra páginas que desentonan menos con la altísima calidad de los guiones de Carey. Y por suerte están esas portadas zarpadas de Yuko Shimizu, demasiado buenas para ser reales.
Pero vamos a la historia. En el primer tramo, Tommy y sus amigos deben frenar una de las movidas más osadas del Cabal: una subasta de todas las pertenencias de Wilson Taylor, el papá de Tommy. Es un arquito corto, con algo de acción y bastante runfla, pero sobre todo muy jugado a la caracterización y a explicar o pasar en limpio algunas cosas de las que pasaron en los tomos anteriores.
Acto seguido se desencadena una saguita más extensa (cuatro episodios), que se llama On To Genesis, igual que el TPB. Esto arranca casi como un delirio: Wilson Taylor viaja de algún modo misterioso a una fecha anterior a la de su nacimiento, a mediados de los años ´30, adopta una identidad falsa y entabla una relación muy intensa (y muy bien orquestada) con una minita quien resulta ser la guionista y dibujante de The Tinker, un personaje de comics que preanuncia por algunos meses a Superman. Lo más raro de todo esto es que Wilson hace todo esto... confabulado con el Sr. Pullman, la cara más visible (y más violenta) del cónclave de villanos al que se viene enfrentando Tommy desde el inicio de la serie. ¿Qué está pasando acá?
De todo. Posta, son cuatro episodios complejísimos, en los que pasa de todo. En el presente, sin ir más lejos, el Cabal hace boleta a toda la gente que alguna vez conoció a Wilson o a Tommy: agente literario, novias, servidumbre, la amante de Wilson... no quedó ni el loro. En el pasado, vemos la génesis de un “hermano mayor” de Tommy (hoy ya anciano) que también se parece demasiado a un personaje de ficción. Por supuesto, todo el tramo de los años ´30 recupera el tono de las novelas hard boiled de la época, y a la vez se mete (dialoga, diría mi amigo Federico Reggiani) con The Adventures of Cavalier and Clay, la gran novela de Michael Chabon ambientada en los albores de la industria del comic de superhéroes.
Y claro, Carey no se pierde la oportunidad de bajar línea acerca de lo que yo llamo “El Pecado Original” (ver post del 4 de Febrero). Los malos se quedan con los derechos sobre este primer proto-superhéroe y declaman “Ya no se trata de los escritores. Ahora el medio es el mensaje. Ahora el plan es olvidarse de los autores y controlar el producto. Estas historias son como bombas. Bueno, si el copyright es nuestro bien pueden ser Nestum. Alcanza con chuparles la esencia a los peligrosos y mantener todo prolijito y seguro. Y si el guionista se queja, rajarlo y conseguir a algún otro pelandrún para que siga adelante”. Creo que nunca vi un comic acerca de los orígenes de la (mal llamada) Golden Age tan lúcido, tan agudo y además con tantas agallas, porque esto lo editó DC, la pionera en el arte de estafar a los pobres giles que allá por los años ´30 y ´40 crearon a la gallina de los huevos de oro.
En fin, una saga de The Unwritten absolutamente memorable y repleta de puntas que seguramente Carey seguirá explorando en los tomos futuros. Lo dije mil veces y lo repito: esta es una serie de lectura imprescindible para cualquier fan de la literatura y del comic de alto vuelo. Que no se corte. Nunca.
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domingo, 6 de mayo de 2012
06/ 05: THE UNWRITTEN Vol.4
Evidentemente, el final del tomo anterior fue demasiado heavy. Tanto que el arranque de este me mareó con su avalancha de referencias a lo que pasó en el anterior, hechos que yo –para variar- recordaba muy vagamente. Las consecuencias de lo sucedido en el Vol.3 que ameritaban una exploración por parte de Mike Carey eran tantas, que Leviathan (la saga central del Vol.4) tarda bastante en arrancar. Hay que armar un nuevo status quo, afianzarlo mínimamente, definir un nuevo rumbo para Tom Taylor y sus amigos y recién ahí, poner en marcha la siguiente epopeya.
La verdad es que –sin ser chota- Leviathan está muy estirada. La idea es excelente. Lo que Tom aprende al final del arco es fundamental y va a abrir muchísimas puertas a futuro. El tema es cuántas páginas necesita Carey para llegar a ese punto. Para mi gusto, son muchas. ¿Y con qué las rellena? Con una idea casi ramplona, casi un choreo barato a The League of Extraordinary Gentlemen: un bizarro team-up entre todos los personajes literarios en cuyas historias aparece una ballena: el bíblico Jonás, Simbad el Marino, Pinocho, el Barón de Münchhausen... y por supuesto, la ballena es Moby Dick. Ese truquito sirve para que la historia en sí (que conecta al clásico de Herman Mellville con la teoría política de Thomas Hobbes) dure 28 páginas más de las que debería. No está mal, es divertido y está bien escrito. Pero no hacía falta, es casi una canchereada por parte del guionista.
Lo más notable es cómo entra en la rosca el Leviatán de Hobbes. A ver: se suponía que The Unwritten era una historieta sobre literatura, un juego entre realidad y ficción, entre el mundo y la palabra. Ahora irrumpe el pensamiento y la ecuación se altera para siempre. Okey, la teoría política es pensamiento escrito. O sea, tiene por dónde entrar a la rosca. Pero yo (que estudié Ciencia Política) no me imaginé que Carey se iba a meter en ese terreno y menos que le iba a ir tan bien a la hora de hilar conceptos teóricos con ficciones literarias.
Por el lado de los personajes secundarios, la apuesta de este tomo es el desarrollo de Richie Savoy, mientras que Lizzie Hexam (muy protagonista en el tomo anterior) avanza muy poquito. El monstruo de Frankenstein otra vez aparece cuando menos te lo esperás y está cada vez más claro que es un actor importantísimo en esta saga. Por el lado de los villanos, Rauch, la titiritera, es el personaje mejor desarrollado del tomo. Y Carey se las ingenia para que Wilson Taylor, el papá (o en realidad, el creador) de Tom siga apareciendo bastante y no sólo en los flashbacks al pasado del protagonista.
Y si el arranque del arco central requería un ejercicio de memoria para no quedar pagando con las referencias al Vol.3, imaginate lo que pasa cuando llegás al episodio final del tomo: un unitario que retoma la historia iniciada en el último episodio del Vol.2! Obviamente, no me acordaba un carajo, excepto que había un conejo pasado de rosca que puteaba más que Cazador. ¿De dónde venía y por qué? Tuve que repasar el Vol.2 para tener una mínima noción. Esta segunda entrega en la saga de Pauly Bruckner (que así se llama el conejo zarpado) es mucho mejor que la primera y hasta tiras más pistas de qué carajo está pasando y cómo puede llegar a empalmar este plot con la saga central, la de Tom Taylor.
A cargo de los dibujos de todo el tomo está Peter Gross, que sigue sin convencerme. No lo considero un muerto de frío, pero bueno, no me llega, no me dice nada. Y no me olvido de otros trabajos suyos mejores que este. Por suerte en todas las secuencias que tienen que ver con Moby Dick, Gross entrega apenas unos bocetos y el dibujo final (no sólo la tinta) está a cargo de Vince Locke, que pone mucho de su propia cosecha. El combo Gross-Locke (qué loco que llamen a Locke para una saga en la que tiene tanto peso Hobbes) es muy satisfactorio y en sus mejores viñetas (que son esos primeros plano llenos de rayitas) me hizo acordar a Guy Davis. En la historia de Pauly Bruckner también, Gross entrega bocetos muy básicos y el responsable del look definitivo de las páginas es el grossísimo Al Davison, un dibujante británico oscuro, casi maldito, con menos fans que la leucemia pero de excelente calidad. La dupla Gross-Davison pela las imágenes más fuertes del tomo, muy bien coloreadas por Chris Chuckry, que acá cambia totalmente su paleta para adaptarse a un relato que –por ahora- no se toca para nada con la trama central.
Estamos ante un tomo de transición, de pre-temporada, de esos en los que un equipo que peleó la punta el torneo pasado hace ajustes y se prepara para salir a disputar el torneo siguiente con todas las pilas, a jugar todos los partidos como si fueran finales. El cierre del Vol.4 me hace tenerle muchísima fe al Vol.5. Y si todavía no te enganchaste con The Unwritten, por enésima vez te recomiendo que lo hagas. Este es un comic atrapante, inteligente, original, filoso y con miles de referencias al maravilloso universo de la literatura. “Agarrá los libros, que no muerden”, dice el dicho popular. “Bueno, casi ninguno...”, agregaría Carey.
La verdad es que –sin ser chota- Leviathan está muy estirada. La idea es excelente. Lo que Tom aprende al final del arco es fundamental y va a abrir muchísimas puertas a futuro. El tema es cuántas páginas necesita Carey para llegar a ese punto. Para mi gusto, son muchas. ¿Y con qué las rellena? Con una idea casi ramplona, casi un choreo barato a The League of Extraordinary Gentlemen: un bizarro team-up entre todos los personajes literarios en cuyas historias aparece una ballena: el bíblico Jonás, Simbad el Marino, Pinocho, el Barón de Münchhausen... y por supuesto, la ballena es Moby Dick. Ese truquito sirve para que la historia en sí (que conecta al clásico de Herman Mellville con la teoría política de Thomas Hobbes) dure 28 páginas más de las que debería. No está mal, es divertido y está bien escrito. Pero no hacía falta, es casi una canchereada por parte del guionista.
Lo más notable es cómo entra en la rosca el Leviatán de Hobbes. A ver: se suponía que The Unwritten era una historieta sobre literatura, un juego entre realidad y ficción, entre el mundo y la palabra. Ahora irrumpe el pensamiento y la ecuación se altera para siempre. Okey, la teoría política es pensamiento escrito. O sea, tiene por dónde entrar a la rosca. Pero yo (que estudié Ciencia Política) no me imaginé que Carey se iba a meter en ese terreno y menos que le iba a ir tan bien a la hora de hilar conceptos teóricos con ficciones literarias.
Por el lado de los personajes secundarios, la apuesta de este tomo es el desarrollo de Richie Savoy, mientras que Lizzie Hexam (muy protagonista en el tomo anterior) avanza muy poquito. El monstruo de Frankenstein otra vez aparece cuando menos te lo esperás y está cada vez más claro que es un actor importantísimo en esta saga. Por el lado de los villanos, Rauch, la titiritera, es el personaje mejor desarrollado del tomo. Y Carey se las ingenia para que Wilson Taylor, el papá (o en realidad, el creador) de Tom siga apareciendo bastante y no sólo en los flashbacks al pasado del protagonista.
Y si el arranque del arco central requería un ejercicio de memoria para no quedar pagando con las referencias al Vol.3, imaginate lo que pasa cuando llegás al episodio final del tomo: un unitario que retoma la historia iniciada en el último episodio del Vol.2! Obviamente, no me acordaba un carajo, excepto que había un conejo pasado de rosca que puteaba más que Cazador. ¿De dónde venía y por qué? Tuve que repasar el Vol.2 para tener una mínima noción. Esta segunda entrega en la saga de Pauly Bruckner (que así se llama el conejo zarpado) es mucho mejor que la primera y hasta tiras más pistas de qué carajo está pasando y cómo puede llegar a empalmar este plot con la saga central, la de Tom Taylor.
A cargo de los dibujos de todo el tomo está Peter Gross, que sigue sin convencerme. No lo considero un muerto de frío, pero bueno, no me llega, no me dice nada. Y no me olvido de otros trabajos suyos mejores que este. Por suerte en todas las secuencias que tienen que ver con Moby Dick, Gross entrega apenas unos bocetos y el dibujo final (no sólo la tinta) está a cargo de Vince Locke, que pone mucho de su propia cosecha. El combo Gross-Locke (qué loco que llamen a Locke para una saga en la que tiene tanto peso Hobbes) es muy satisfactorio y en sus mejores viñetas (que son esos primeros plano llenos de rayitas) me hizo acordar a Guy Davis. En la historia de Pauly Bruckner también, Gross entrega bocetos muy básicos y el responsable del look definitivo de las páginas es el grossísimo Al Davison, un dibujante británico oscuro, casi maldito, con menos fans que la leucemia pero de excelente calidad. La dupla Gross-Davison pela las imágenes más fuertes del tomo, muy bien coloreadas por Chris Chuckry, que acá cambia totalmente su paleta para adaptarse a un relato que –por ahora- no se toca para nada con la trama central.
Estamos ante un tomo de transición, de pre-temporada, de esos en los que un equipo que peleó la punta el torneo pasado hace ajustes y se prepara para salir a disputar el torneo siguiente con todas las pilas, a jugar todos los partidos como si fueran finales. El cierre del Vol.4 me hace tenerle muchísima fe al Vol.5. Y si todavía no te enganchaste con The Unwritten, por enésima vez te recomiendo que lo hagas. Este es un comic atrapante, inteligente, original, filoso y con miles de referencias al maravilloso universo de la literatura. “Agarrá los libros, que no muerden”, dice el dicho popular. “Bueno, casi ninguno...”, agregaría Carey.
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sábado, 25 de junio de 2011
25/ 06: THE UNWRITTEN Vol.3

Después de casi dos meses aguantando, me entregué con mansedumbre bovina a la lectura del tercer tomo de esta serie fundamental de Mike Carey y Peter Gross, uno de los mejores títulos que tiene hoy la línea Vertigo y seguramente una de las mejores series que hoy se editan regularmente en EEUU. El tercer tomo fue record de ventas en el mes de su lanzamiento, lo cual constituye un irrefutable acto de justicia y una demostración del potencial impacto por afuera del ghetto que tienen las historietas para adultos bien pensadas y bien ejecutadas. No quiero explicar de nuevo de qué trata The Unwritten, así que –cualquier cosa- clickeás en la etiqueta y repasás los dos artículos anteriores.
Este recopilatorio tiene un único problema: resuelve demasiados misterios. De todas las preguntas que nos hicimos al final del primero, o al final del segundo, Carey no deja prácticamente ninguna sin responder. O sea que, de ahora en más, las tramas van a tener que ser verdaderos tanques a prueba de balas. Ya no está ese gancho de “quedate aunque no te cebe mucho, a ver si se resuelve alguno de los misterios pendientes”. Por supuesto, el riesgo de que se bajen los lectores que acompañaron a Tom Taylor en estos 18 episodios es mínimo, simplemente por lo bien escrito que está el comic. Y además (y sobre todo) porque, a la hora de resolver todas esas incógnitas, Carey cumplió con creces con las expectativas que había generado en los tomos anteriores.
Ahora ya sabemos quién es Tom, quiénes son sus padres, cuál es su relación con Tommy Taylor, dónde estaba Wilson, qué planeaba, qué trataban de hacer los villanos, quiénes eran, de dónde salió Lizzie Hexam y hasta pudimos leer tramos no de uno sino de dos libros inéditos de las mágicas aventuras de Tommy Taylor. Todas las respuestas son sólidas y sorprendentes. Seguro, Carey recurre a elementos absolutamente fantásticos, cuando al principio el tono de la serie tiraba a realista. Pero primero, esto es Vertigo, y ese truco acá es más que válido; y segundo, el epílogo de este tomo no es otra cosa que eso: recordarnos que, si bien irrumpieron en la historia un montón de elementos mágicos o fantásticos, la base sigue siendo el realismo. Veremos cómo evoluciona ese item.
Y por supuesto, hay que dedicarle unas líneas al episodio más impactante del tomo, el que nos revela el origen de Lizzie a través de un mecanismo de Elige Tu Propia Aventura. Sí, en serio. Carey y Gross laburaron horas extras para convertir 32 páginas de historieta en un libro de 60 páginas al estilo Elige Tu Propia Aventura, que te lleva por distintas opciones para que vos mismo decidas qué explicación te gusta para uno de los personajes más importantes de la saga. Obviamente se han escrito ríos de tinta (o gigas enteros) acerca de este episodio y no hay mucho para agregar, excepto ovacionar a los autores por el inmenso laburo que requiere una movida así, y además porque primero se te tiene que ocurrir.
El dibujo de Peter Gross es bastante mezquino, se dedica casi todo el tiempo a cumplir con lo justo. Pero por lo menos dibuja los fondos y no mete fotos por todas partes como la mayoría de los dibujantes que hoy producen 20 o más páginas por mes. Cuando se tiene que esmerar, Gross se esmera: las escenas que acompañan los fragmentos de las novelas de Tommy están mucho mejor trabajadas, los flashbacks al pasado de Lizzie están realizados en otro estilo, más cercano al del grabado, con unos cross-hatchings demenciales tipo Joe Sacco, y por supuesto el número que nos propone jugar al Elige Tu Propia Aventura tiene tanto, pero tanto esfuerzo puesto, que se lo puede perdonar si verdulea un poco en el episodio anterior o posterior. Algún día, el comic yanki va a romper esa imposición pelotuda de que las series tengan periodicidad mensual y ese día estaría bueno darle estos mismos guiones a otro dibujante más virtuoso que Gross, a ver qué hace. Gross hace lo que puede para entregar todas esas páginas todos los meses y bueno, no es maravilloso pero tampoco es un atentado contra tus retinas.
De acá en más, sospecho que The Unwritten (incluso conservando a la gran mayoría del elenco inicial) va a tomar rumbos bastante distintos de lo visto hasta ahora. Pero le tengo muchísima fe y no me canso de recomendarlo a los fans de la lectura inteligente, ya sea que vengan del palo del comic o del de la literatura. Gracias por la magia!
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jueves, 28 de abril de 2011
28/ 04: THE UNWRITTEN Vol.2

Ufff… Casi un mes sin tocar un comic de Vertigo… Ya me estaba volviendo loco. Y once meses sin leer The Unwritten, eso ya es directamente imperdonable.
Esta serie de Mike Carey y Peter Gross es –por si alguno todavía no se enteró- absolutamente fundamental. Es un comic sobre literatura, o sobre cómo se desdibujan los límites entre literatura y ficción. La trama básica la expliqué cuando reseñé el Vol.1, así que se puede hacer click en la etiqueta y leerla (o re-leerla) en un toque. O buscarla en el libro, también. Está en la página 155.
El segundo tomo es incluso más ganchero que el primero, principalmente porque empiezan a pasar más cosas. Hay menos chamuyo y bastante más acción, como para que el interés por el extraño predicamento de Tom Taylor no decaiga, y además como lógica consecuencia del tremendo final del tomo anterior. La acción, por suerte, no es pochoclo barato, sino que está encauzada, puesta al servicio del avance de las tramas que se esbozaron en el primer tomo, y que acá no paran de hacerse más complejas y más atractivas. Para el final de este arco, la conspiración siniestra ya tiene un rostro “humano”, la relación entre Tom Taylor y Tommy Taylor (el hiper-taquillero aprendiz de brujo creado por Wilson Taylor en la lucrativa tradición de Harry Potter) se explicita mucho más y, por si faltara algo, el choque entre ficción y realidad (o en rigor de verdad, entre dos niveles de realidad, porque The Unwritten es un comic) se hace mucho más brutal.
El rol de Lizzie Hexam por ahora es pequeño, y el resto de los secundarios del primer arco ni aparecen. Acá tenemos un nuevo secundario con mucha onda, Richard Savoy, y también hay roles destacados para el alcaide del presidio francés donde “se alojan” Tom y Savoy, y para sus hijos, fans a muerte de la creación del viejo Wilson, que sigue desaparecido y sin dar ninguna señal de vida. La historia “descolgada” con la que cierra el tomo es una breve joya de la mala leche y bien leída, aporta bastante data acerca de esta bizarra danza entre autores y personajes, creadores y creaciones, que parece ser lo que subyace en el núcleo de esta increíble serie.
No suelo hacer mención a los prólogos en las reseñas, pero esta vez da, por dos motivos. El autor es Paul Cornell, famoso y galardonado guionista de TV y de historietas, que entre sus comics tiene el recordado Fantastic Four: True Story, que trata casi de lo mismo que The Unwritten (aunque por supuesto, encarado de otra manera). Y además Cornell tira –entre muchos conceptos piolas- la idea de que The Unwritten no se refiere a “lo no escrito”, sino más bien a “lo des-escrito”. Coincido mucho con esta apreciación, me parece que Carey va a agarrar para ese lado. Y por supuesto, comparto los elogios y la recomendación para que ningún fan del comic y/o la literatura se quede afuera de este fenómeno que no para de crecer.
Lo único que tira un poco para abajo es el dibujo de Peter Gross. Me acuerdo que cuando reseñé el primer tomo, medio le perdoné la vida. Ahora ya no, ya me molesta un poco la falta de onda y de inspiración de un tipo que –claramente- no está a la altura del grossísimo planteo y el alucinante desarrollo que creó Carey para esta serie. Por suerte esta vez son tres los episodios en los que Gross apenas planta las páginas y deja el acabado del dibujo en manos más idóneas: Jimmy Broxton (en la magistral saguita de Goebbels) y Kurt Huggins y Zelda Devon, en el unitario que cierra el tomo y que es –lejos- lo mejor dibujado y donde menos se nota la mano de Gross. Urgente un arco de Fables para estos muchachos.
The Unwritten arrancó bien y se puso mejor. Ya tengo el Vol.3 pidiendo pista, así que seguro que faltan menos de 11 meses para reseñarlo. Si con esto Mike Carey no se consagra definitivamente, yo que él largo el comic y me dedico al hockey sobre patines…
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sábado, 29 de mayo de 2010
29/ 05: THE UNWRITTEN Vol.1

Volvió Mike Carey a consumar su venganza. Carey es uno de los pocos guionistas que le siguió eternamente fiel a Vertigo. Cuando terminó Lucifer, tomó las riendas de Hellblazer y la descosió junto a los argentinos Marcelo Frusín y Leonardo Manco. Después probó suerte son Crossing Midnight y le fue muy mal, aunque le importó poco, porque ya estaba también en Marvel, donde la levanta en pala con su trabajo en los títulos de X-Men. Y después de un breve paréntesis, volvió al sello que lo vio nacer con una nueva propuesta que enseguida se convirtió en furor entre los fans y que ya está sumando nuevos, por afuera del palo del comic.
The Unwriten es una historieta acerca de la literatura, un comic para gente a la que le gusta leer libros. La historia es más o menos así: Wilson Taylor es un escritor que ya de grande creó a Tommy Taylor, un personaje MUY en la línea de Tim Hunter y Harry Potter, cuya serie de novelas lo hizo multimillonario. Ahora Wilson Taylor desapareció y nadie sabe si está vivo o muerto. El principal interesado en averiguarlo es su hijo, Tom Taylor, supuestamente la persona real en la que Wilson se basó para crear a Tommy. Tom será quien herede la cuantiosa fortuna de su padre, por eso el mundo le presta más atención que de costumbre, sobre todo cuando aparece una denuncia que lo señala como un huérfano rumano o croata, comprado (o apropiado en circustancias poco regulares) por el escritor. ¿Quién es en realidad Tom Taylor? ¿Y dónde está Wilson? Esos son los ejes del primer arco argumental.
Pero a la vez, Carey nos empieza a mostrar que hay una mano sobrenatural detrás de todo esto. Siniestros personajes que vigilan a Tom y asesinan a sus circunstanciales aliados nos hablan de una conspiración jodida, y el hecho de que los muertos se disuelvan en un charco de letras (!) es una pista bastante inquietante. De a poquito, con mucha sutileza, Carey empieza a desdibujar las fronteras entre realidad y ficción. Tom se ve obligado a aclarar todo el tiempo que él no es Tommy, el joven mago, sino un tipo común, de carne y hueso. Pero a medida que se pone en crisis su origen y su filiación, la identidad “ficticia” empieza a parecer un buen refugio. O por lo menos eso cree Lizzie Hexam, la enigmática chica que parece tener bastante claro qué corno está sucediendo, y quien seguramente se convertirá en el interés romántico de Tom.
Todo esto, rociado con una catarata de detalles relacionados con el mundo literario: citas a obras célebres, escritores, agentes, editores, libreros, convenciones tipo Feria del Libro, datos sobre la vida de grandes literatos, y hasta tramos de las novelas de Tommy Taylor convertidos en historieta, pero con los textos tal como los imaginó Wilson Taylor. O sea que al misterio le sobran elementos atractivos como para que, incluso con poquísma acción (no hay ni un garche, cosa que Vertigo úlimamente se cuida de que no falte casi nunca), el tomo se haga atrapante y ganchero hasta el final. Obviamente, estamos ante una serie a la que conviene seguir muy de cerca, porque tiene todo para convertirse en un comic de los grossos, de los importantes, de esos de los que se va a hablar mucho y durante mucho tiempo.
A cargo de la faz gráfica tenemos a otro dibujante de larga tradición vertiguesca, Peter Gross, acá en un trabajo sobrio, correcto. No esperes al Peter Gross de Chosen (su mejor trabajo, lejos), porque acá le piden más de 20 páginas por mes, y con tal de cumplir, el tipo baja un poquito el listón. Pero aún así tiene muy buenos momentos y es en buena parte responsable de que un comic tan poblado de “talking heads” no resulte un plomo, ni a la hora de leerlo ni a la hora de mirarlo. El último episodio, que es un flashback a la vida de Rudyard Kipling, nos muestra que Gross también se esforzó por documentarse y laburar sobre ambientaciones que no son las habituales.
Atenti con The Unwritten, entonces. Si te gusta una ficción que hable de la ficción, que se juegue a desentrañar con onda la relación entre autor y personaje (eso que hizo magistralmente Rodrigo Fresán en su novela Jardines de Kensington, que seguramente tuvo a Mike Carey entre sus lectores), o entre realidad y literatura (la Gran Borges), o si extrañás esa pátina de “chapa cultural” con la que Neil Gaiman barnizaba las sagas (a veces muy truculentas) de Sandman, The Unwritten tiene grandes posibilidades de convertirse en una de tus series favoritas de todos los tiempos.
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