el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 6 de marzo de 2026

POR FIN VIERNES

No sé por qué, pero esta semana se me hizo larga. No veía la hora de que llegara el viernes... Y bueno, no solo llegó, sino que tengo un par de libros para reseñar. A veces en estas travesías críticas a través del mundo de las historietas, en el intento de analizarlas desde un lugar intelectual, pierdo de vista lo que hizo que la historieta me resultara atractiva y me enamorara de ella a primera vista. Originalmente me enganché con las historietas y las adopté como algo importante en mi vida porque me daban algo que yo deseaba: diversión. Entiendo que el comic no tiene por qué ser simplemente diversión, y que hay autores que eligen explorar niveles más profundos de la condición humana en lugar de proponernos el imbatible "caguémonos de risa un rato". Sería miope y hasta idiota negarle a los comics algo que se les permite a los otros medios. Pero la realidad es que aún hoy, más del 90% de las historietas se produce para entretener, para brindarnos un rato de diversión. Y la mayoría de los lectores entra al comic en busca de eso. Todo esto para decir que la pasé bárbaro con SandLand, un manga de Akira Toriyama originalmente publicado en 2000, rescatado por Ivrea en una excelente edición nacional. Las pretensiones de SandLand son bajísimas. Apenas se propone contarnos una aventura con mucho ritmo, machaca y situaciones en las que pueda colarse el humor, sobre todo basado en los diálogos y en los cruces entre personajes con personalidades muy bien definidas. Hay un cierto subtexto que nos habla de honor, de respeto a la verdad por encima de los mandatos de los poderosos, porque los protagonistas desarticulan un gigantesco engaño perpetrado por un rey, su cúpula militar y los medios de comunicación. Y el resto son sacudones y peripecias típicos de los relatos de aventuras más desenfrenados, todo narrado de manera muy fluida y muy clara por un historietista prodigioso como fue Toriyama. Con personajes carismáticos, una trama lineal y ese dibujo tan perfecto, tan lleno de vida y de carisma que caracteriza al creador de Dragon Ball y Dr. Slump, SandLand me cautivó en las primeras páginas y me llevó hasta el final por el sendero de las emociones, la diversión y el disparate. Beelzebub, el príncipe diablo, es como un perfecto punto medio entre el Goku pendejito más ingenuo y caprichoso y el Goku adulto más pulenta y más orientado a la machaca. Tal vez por eso el equilibrio entre comedia y acción violenta está tan logrado en estas páginas. La traducción de Agustín Dobal está muy lograda y los extras que complementan a la historieta también tienen su atractivo, no son un simple relleno. La verdad que si todos los shonen tuvieran esta extensión, transmitieran esta sensación de juego descontrolado, y estuvieran dibujados a este nivel, yo pasaría rápidamente de no consumir shonen a armarme una biblioteca zarpada de mangas de este estilo. Con SandLand, Toriyama me invitó a viajar a un ritmo vertiginoso por las tierras de la imaginación, y fue una experiencia muy, muy entretenida.
En cambio, la pasé bastante mal con Snakeman, la aventura de Tex publicada en formato de álbum francés (48 páginas a todo color y en tapa dura) en 2021. Acá me encontré con un guion de Mauro Boselli muy precario, parecido en su estructura a los guiones que escribía Jim Shooter para la Legion of Super-Heroes en 1967, cuando tenía 16 años. Sí, acá los villanos son más hijos de puta, hay sacrificios humanos, torturas y decapitaciones, y en un momento los indios "malos" raptan a las jóvenes de la aldea de los indios "buenos" no precisamente para enseñarles pilates o nuevas técnicas de maquillaje. Pero es un guion ramplón, predecible, con un deus ex machina que requiere un "después te explico" medio grosero, y un elenco protagónico con tan escasa onda que el principal villano, con poquito, con una ínfima exploración de sus motivaciones, se convierte en el personaje más interesante del álbum. Lo de Boselli solo se explica en el contexto de una serie como Tex, en la que el personaje sin onda y las historias demasiado clásicas como para sorprender al lector curtido son el pan nuestro de cada día hace ya muchas décadas. Y lo peor es que no importa, porque nadie compró este álbum por el guion. Snakeman se gana el lugar en la biblioteca de cualquier lector de comics, sea o no fan de Tex, sepa o no leer en italiano, porque lo dibuja Enrique Breccia prendido fuego. De nuevo, venimos de dos años en los que se habla un montón de la obra de Enrique, porque de pronto dos o tres editoriales publicaron en Argentina muchos de sus trabajos que nunca habíamos visto recopilados en libro. Sin embargo, de Snakeman el único que habló fue Gregorio Guerrero en un episodio de EuroZona, en el canal de YouTube de Comiqueando. El resto de los supuestos especialistas, que se llenaron la boca hablando de otras obras de Enrique realizadas para Italia (pero con guiones propios, o de guionistas argentinos), fingen demencia y no se hacen cargo de que esto existe. Más allá de este misterio insondable, Snakeman nos invita a disfrutar de unas páginas gloriosas dibujadas y pintadas por el maestro. La técnica y la magia de Breccia le ponen a la historia la onda y el atractivo que el guion no tiene, y hacen llevadera (y por momentos maravillosa) la lectura del álbum. El manejo sutil del color ya lo pone a Enrique a años luz del dibujante promedio de Tex, pero además acá tenemos algo muy infrecuente en la obra del ídolo: escenas de acción en las que vemos a los personajes de cuerpo entero. No una mano con un hacha, no un pie, no una cara gritando, no un puño: cuerpos enteros en movimiento, hombres, mujeres, caballos. En esas secuencias, la página vibra y transmite unas sensaciones indescriptibles. Casi lo escuchás al maestro decir "¿la querés toda?, te la doy toda". Una pena que semejante nivel de talento y de entrega por parte de Enrique estén puestos al servicio de un guion tan mediocre, tan anodino. Pero bueno, Tex rara vez promete otra cosa. Y no, no pude evitar comprarme el Tex dibujado por Horacio Altuna, y en algún momento lo voy a leer. Por lo menos el guion es de Tito Faraci, no de Boselli. Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias a todos los que vieron el primer Opiniones Meméticas en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

viernes, 31 de octubre de 2025

ACÁ ESTOY DE NUEVO

Bueno, ayer volví de las vacaciones y hoy, antes de que se termine el mes de Octubre, clavamos un posteo más en el que repaso los libritos que llegué a leer, pero no a reseñar, antes del viaje. El Tesoro de El Olonés es una aventura de piratas realizada por Enrique Breccia a principios de los años ´80, cuando no era tan frecuente que el maestro trabajara como autor integral. Por motivos que desconozco, este material permaneció inédito en castellano hasta este año, y recién ahora muchos fans de Enrique nos enteramos de que existía. En general, las obras "solistas" de Enrique son más personales, más salvajes incluso. El Tesoro de El Olonés, en cambio, es una obra más de género, donde la impronta del autor no está tan presente. Obviamente te das cuenta de que el dibujo es 100% Breccia, y de la época gloriosa que coincide con Alvar Mayor, porque está ese trazo inconfundible, esas texturas, esos sombreados, esos enfoques, esa forma tan particular de resolver las escenas de acción siempre con planos detalles de manos o pies, nunca con figuras de cuerpo entero. Todo el tiempo se nota (y se disfruta) lo mucho que le gusta a Enrique dibujar los barcos a vela, las selvas, las ciudades europeas del Siglo XVII... De alguna manera, El Tesoro de El Olonés encaja perfecto "en la continuidad" de muchas de las obras más notables del maestro. Tal vez por eso, en materia de dibujo, acá te vas a deleitar sin sobresaltos de un excelente trabajo de Enrique, que para este entonces ya había alcanzado un nivel inmejorable, años antes de soplar las 40 velitas. El guion tiene dos puntos altos, para mi gusto. Uno es la evolución del personaje principal, que llega al final de la obra muy distinto a como lo vimos empezar. Y el otro es un desenlace inesperado, poco predecible, que se niega a respetar a rajatabla las convenciones del género de piratas. Me gustó mucho el final, y no solo porque no lo vi venir. Después, el desarrollo de la serie se me hizo un poquito arduo. Breccia tomó unos cuanto elementos de la historia real y los combinó para armar esta trama aventurera, y la idea no está mal, pero por momentos se le va un poco la mano con la cantidad de texto. Ante la necesidad de contarnos todo lo que investigó sobre esos hombres, esos barcos, esas islas, Breccia cae en algunos excesos, y así hay páginas muy lastradas con bloques de texto farragosos, que muchas veces explican detalles del pasado de los personajes no siempre necesarios para entender la trama. Incluso hay momentos en los que los textos ocupan tanto espacio en la página que le quitan lucimiento a los dibujos. Si la prosa fuera de una jerarquía maravillosa (un Oesterheld, un Wood, un Mazzitelli), en una de esas se justificaría, pero la verdad es que, sin evidenciar torpezas ni limitaciones, es una prosa normal, que no se eleva por sobre el típico relato de piratas y tesoros perdidos, derivado de las novelas de Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari. El Tesoro de El Olonés es una curiosidad interesante para los hardcore fans de Enrique Breccia, porque es una creación integral del ídolo, de una época en la que dejaba la vida en cada viñeta. Si no entrás por el lado de la manija que genera el rescate de una obra cuasi-perdida de este monstruo, me parece que tenés que ser muy fan de los piratas para que la obra te conmueva. Y si no sos fan de los piratas ni talibán de Enrique, probablemente te deje un poquito frío.
En 1990, cuando ya había iniciado su recorrida cuesta abajo por el tobogán que iba a terminar en la quiebra, la editorial First ensayó algo muy loco: consiguió los derechos para generar una historieta nueva, 100% inédita, protagonizada por Betty Boop, un ícono de los dibujos animados de los años ´20. Betty había tenido su propia tira para diarios entre 1934 y 1937, y entre 1984 y 1988 había compartido con Felix the Cat una segunda tira, a la que le había ido bastante mal. Pero de alguna manera su status icónico estaba intacto y la gente la recordaba con cariño. Incluso su cameo en Who Framed Roger Rabbit? marcó un punto muy alto en aquel inolvidable film de Robert Zemeckis. En ese contexto apareció este librito prestige, con 40 páginas de historieta y un relleno bastante atractivo (textos, dibujos y fotos acerca de la historia del personaje y sus creadores) que los giles como yo leímos apenas 35 años tarde. El guion le pertenece a Joshua Quagmire, el dibujo corrió por cuenta de Milton Knight y Leslie Cabarga tuvo a su cargo las tintas y el rotulado. En "Big Break", como en tantos cortos animados en blanco y negro, Betty comparte protagonismo con el perrito Bimbo, y también tiene su participación el payaso Koko, otra estrella de la era pre-Popeye de los estudios Fleischer. La aventura es simple, y está motorizada (como los buenos cartoons) por un tsunami de situaciones absurdas, exageradas hasta lo imposible y presentadas con muchísimo ritmo, de modo que la acción no dé tregua. Betty y Bimbo, siempre en busca de algún laburito fácil y lucrativo, trabajan en una película en la que nada parece salir según los planes del director. Pero como el productor no tiene un mango, filman todo, incluso los accidentes, desastres y equivocaciones. Los cambios de escena y de decorados le dan a Betty la posibilidad de lucir su escultural figura bajo una amplia gama de disfraces, y a pesar de las cagadas que se manda, y de su compulsión por cantar cuando el guion así no lo requiere, el carisma de Betty va a llevar adelante la cuasi inexistente trama del film y los múltiples percances que se van a vivir durante el rodaje. El dibujo de Knight y Cabarga es muy idóneo para este tipo de relato. Tiene la cuota necesaria de delirio, tiene ese toque retro que uno asocia con estos personajes clásicos, y hasta tiene esa pizca de pimienta, como para que no olvidemos que (aunque parezca estar de novia con un perrito) Betty es una piba que raja la tierra de lo buena que está. En solo 40 páginas, marcadas por el humor y el ritmo frenético, no se puede profundizar mucho más ni en la trama ni en el desarrollo de los personajes. Por eso "Big Break" no trasciende mucho más allá de la anécdota de que, un día, autores de 1990 revivieron un ratito el mito de Betty Boop. Pero el resultado (sin ser una joya imprescindible) es convincente, entretenido y válido en tanto homenaje a los cartoons clásicos de Betty, y también como intento de actualizar el concepto y mostrárselo a un público que no lo había consumido en su momento. Nada más, por hoy. La seguimos pronto. Gracias por el aguante.

domingo, 15 de junio de 2025

MIRÁ QUIÉN APARECIÓ...

Había una vez un goma que posteaba reseñas en su blog todos los días, después dos o tres veces por semana, y después vino la Comiqueando Digital y se lo comió. Posta, no tengo tiempo para leer comics ni cerca del ritmo normal que habíamos agarrado en los últimos tiempos. A veces, hasta tengo pocas ganas. Pero bueno, hoy, con sueño y con una congestión espeluznante, le robo un ratito a la revista digital (que sale a fin de mes) para reseñar un par de magias que tengo leídas. Founding Fathers Funnies es una recopilación de historias cortas que realizó el maestro Peter Bagge a comienzos de este milenio, todas centradas en anécdotas graciosas de los primeros próceres de la historia de los EEUU, aquellos que dejaron su huella en el último tercio del Siglo XVIII, cuando esa enorme colonia británica sueña con ser un país independiente y copado, a años luz del imperio decadente que conocemos hoy (y que tan felices nos hace cuando lo visitamos en plan turismo). Obviamente hay muchos chistes que solo tienen gracia si conocés quiénes son estos tipos, qué roles cumplieron en los primeros años de EEUU como país independiente y para qué lado tiraba cada uno, en la época en la que las pujas ideológicas estaban más presentes que ahora. Por trazar una analogía, es como si le dieras a un yanki un comic con chistes de French y Beruti, o de Mariano Moreno y Cornelio Saavedra. Se van a quedar arafue de un montón de cosas... y algo de eso me pasó con algunos de los próceres que eligió Bagge para estas historietas, a los que jamás había oído nombrar. Pero están también los que todos conocemos (los que ponen la caripela en los billetes verdes que seguro tenés guardados en el colchón) y está buenísimo que un talento como Bagge nos exponga su Lado B, con detalles bizarros o escabrosos acerca de sus vidas privadas, sus rencillas internas, sus agendas secretas, etc.. El dibujo es invariablemente glorioso, tanto en las historietas en blanco y negro como las que sin a color. A esta altura, cualquier cosa que dibuje Bagge es tan superior a la media, que alcanza para engancharse con cualquier temática que quiera abordar. Ni en pedo lo pongo en el podio de las mejores obras de este genio del Noveno Arte, pero sin dudas lo disfruté muchísimo y aprendí bocha de cosas que no sabía acerca de esta etapa de la historia yanki.
Me vengo a Argentina, donde el año pasado se publicó Viaje a Venecia, un libro que reúne trabajos de distintas épocas del maestro Enrique Breccia, realizados para medios muy diversos, a veces solo y a veces con guionistas. Calificar a los dibujos de Enrique como "muy superiores a la media" sería faltarle el respeto. Estas páginas desbordan de motivos por los cuales cualquiera que entienda algo de dibujo te firma con total convicción que estamos ante un genio, una bestia inconmensurable a años luz de los que vienen atrás. El libro empieza con dos paginitas menores, un chiste autorreferencial. Y enseguida nos ofrece la posibilidad de revivir esa maravilla ochentosa que fuera El Cazador del Tiempo, donde Enrique escribe y dibuja una aventura fascinante, de esas que no querés que se terminen nunca. Después tenemos una breve adaptación de un relato de Julio Cortázar, también dibujado a un nivel demencial. Y al toque una historieta con guion de Eugenio Mandrini, tensa y emotiva, ambientada en la Pampa argentina que tanto ama Breccia. Después viene Blas Milmuertes, una historia con guion de Carlos Trillo, graciosa, original, donde Breccia se permite combinar dibujos más realistas con otros más grotescos y caricaturescos. Las dos historietas con guiones de Bruna Porá son las más flojas del libro, pero por suerte son también las más cortitas. Lo que más me emocionó fue un unitario escrito por Guillermo Saccomanno: "Un viejo, un tiburón, un amor". Esto es una gema del alma, un relato brillante, conmovedor, original... y encima dibujado por Enrique a un nivel superlativo. Es muy loco que esto se haya publicado en Skorpio, porque el laburo que tiene cada viñeta es mucho más detallado, más generoso, más inspirado que los trabajos que Breccia aportaba mes a mes a la recordada antología de Record. En general, uno asocia a la Skopio con un Breccia cumplidor, pero acá apareció un Breccia descollante, tremendo, que no se guarda ni un ápice de su monstruoso talento. Sobre el final tenemos tres historias breves, ya del Siglo XXI, basadas en textos de Bárbara Pilon, la actual esposa de Enrique. En las tres vamos a ver al ídolo en un nivel devastador, no muy distinto de lo que brinda cuando ilustra novelas para Zorro Rojo, por ejemplo. Unas técnicas imposibles, unas texturas, unos climas... nada, esto hay que verlo para creerlo. Y de los guiones, el único que me enganchó fue el último, "Moeche", que es una especie de cuento de hadas para adultos, muy hermoso. No sé si solo mi ejemplar o toda la tirada, pero la encuadernación del libro hace "ruidos raros" y no se abre ni se dobla como debería. Pero (como dijo Jack el Destripador) lo importante es lo de adentro, y acá me encontré con un material de una belleza gráfica descomunal, un gran agregado a esta "Biblioteca Enrique Breccia" que vienen armando hace un tiempito entre varias editoriales. Acá hay papa MUY fina, absolutamente recomendada si sos fan del maestro, o de la buena historieta en general. Nada más, por hoy. Vuelvo a la Comiqueando Digital, que está tremenda. Gracias por el aguante y hasta pronto.

lunes, 26 de mayo de 2025

TARDE PERO DE A TRES

Después de muchos días sin postear, en los que leí toneladas de comics, pero investigando para artículos de la Comiqueando Digital, vuelvo a la carga con tres reseñas. Empiezo con el libro que recopila Oro Blanco y otros trabajos de la inmensa dupla integrada por Carlos Trillo y Enrique Breccia que, por motivos que desconozco, nunca se habían reeditado. Hay dos historias unitarias de las cuales una es correcta y la otra (Ejército de Locos) es casi sobresaliente, y tres episodios de una serie que nunca prosperó, llamada El Buen Dios. Los dos primeros son magníficos, tanto en el guion de Carlos como en la propuesta gráfica de Enrique, que tiene más que ver con aquellos unitarios de los ´70 en los que mostraba un estilo más duro, más adusto, más cercano al grabado que a la ilustración. Y el tercero, si bien el dibujo zafa, se nota que está hecho muchos años después, y sin las ganas del arranque. El guion es genérico y el dibujo se queda a medio camino, no va al límite como en los primeros episodios. No es un espanto ni mucho menos, pero es un pasito atrás respecto de un inicio tremendo, para una serie que no despegó. Y por supuesto tenemos los siete episodios de Oro Blanco, todos de apenas ocho páginas, realizados por la dupla en 1980, cuando eran verdaderas máquinas de imaginar y producir obras maestras, perfectamente ensambladas. Oro Blanco es una historieta triste, desesperada, ambientada en la América profunda. La historia de Diego y su búsqueda frenética de María es desgarradora, teñida por una trama funesta de injusticias, tragedias y la clásica mala leche de Trillo. Todo lo que puede salir mal, saldrá mal y amplificará el volumen de la ordalía de este personaje que nos da una pena enorme. Imposible no conmoverse, no indignarse, no apasionarse con esta aventura más allá de la locura. Y el dibujo de Breccia acá es demoledor. En las secuencias del "presente" dibuja en un estilo similar al de Alvar Mayor, pero con más preponderancia de la mancha negra. Y en el racconto, en la narración que hace Diego de los sucesos pasados, por el contrario: la mancha negra casi desaparece para dejar su lugar a unas texturas imposibles, exuberantes como las selvas que recorren los personajes. Los efectos de iluminación se reducen al mínimo y la línea precisa y filosa de Enrique gana un protagonismo alucinante. Esto hay que verlo para creerlo, porque es realmente fascinante. Había leído Oro Negro en la Skorpio, hace mil años, y me la acordaba más breve y menos emocionante. Me encantó redescubrirla, y me encanta ahora atesorarla en la biblioteca.
La aventura desquiciada del protagonista de Oro Blanco, que lo lleva a atravesar pesares e infiernos imposibles por amor, se hizo carne en mí (como la indómita luz) cuando le entré a Cromwell Stone, por el hecho de ser fan de Andreas. Ay, Andreas, lo caro que me lo cobraste... Lo que hace el alemán en estas páginas no tiene explicación. Por el lado del dibujo, esto es una maravilla que te quita el aliento en la primera página y no te lo devuelve nunca más. Es el preciosismo más extremo, más perfecto, una combinación mágica de todos los recursos que te puede ofrecer el blanco y negro, donde se nota en cada viñeta el mismo tiempo de trabajo que cualquier otro autor le pone a una página completa... o más. Cromwell Stone ofrece 46 páginas repletas de imágenes shockeantes, vibrantes, pregnantes, una sucesión bestial de viñetas que te atraviesan los ojos y se te clavan en la mente con una fuerza expresiva y una belleza gráfica indescriptibles. El tema es lo que Andreas tiene para contar, y cómo lo cuenta. La trama es la nada misma: quiere evocar el misterio perturbador de un relato de H.P. Lovecraft pero apenas logra confundir al lector. No hay un énfasis en los momentos más dramáticos, pasan cosas que no se entienden, de las que (a veces) te enterás por los diálogos, entran y salen de escena personajes que no se llegan a explicar... Un despelote, mal organizado y mal resuelto, en el que la intriga en vez de generar tensión genera hastío, porque está mal planteada. Y para complicarla más, Andreas nos bombardea a lo largo de toda la obra con una variedad interminable de grillas atípicas, muy arriesgadas, algunas de las cuales potencian ciertos momentos de la narración y otras simplemente le añaden caos y confusión a una trama que de por sí no tiene sentido. Visualmente quedan muy lindas esas puestas locas con viñetas de formas y tamaños raros, pero muchas veces esto le patea en contra al flujo de una narración que ya de por sí viene enroscada en las bizarras contorsiones de un argumento entre críptico y trasnochado. Cromwell Stone es un álbum para volverse loco con los dibujos, para ponerlo a Andreas muy arriba en el Olimpo de los maestros del plumín, pero como lectura es muy frustrante, porque casi nada de todo ese majestuoso despliegue visual contribuye a contar una historia sólida, o por lo menos eficaz. Una pena.
Sigo sumando especiales de 100 páginas que festejan los 80 años de los personajes más icónicos de DC Comics, y así llego a esta antología con nueve historias cortas protagonizadas por Wonder Woman, en sus distintas iteraciones. A la hora de este festejo, valen todas las versiones de Diana, más allá de los (no pocos) reboots que sufrió la historia "canónica" de la mítica superheroína. Veamos quiénes se sumaron a la celebración. La primera historieta está bien, es un guion de Michael Conrad y Becky Cloonan situado en un momento en el que Diana estaba muerta, y Steve y Etta se juntaban para recordarla. Tiene momentos emotivos, buenos diálogos y dibujos correctos de Jim Cheung. La segunda es medio un delito: un breve prólogo a una novela gráfica para lectores infanto-juveniles, de esas que se venden en librerías, a cargo de Jordie Bellaire (la consagrada colorista) y Paulina Ganuchau, que dibuja en un estilo más cercano al de Steven Universe y otros dibujos animados contemporáneos. La tercera está escrita y dibujada por la gran Amy Reeder, que aprovecha estas ocho páginas para regalarnos los mejores dibujos de toda su carrera. El guion es livianito, tranqui, pero las pilas de Reeder están puestas en esa narración fluida, hiper-dinámica, ganchera, graciosa, hipnótica. Una delicia. Después tenemos a los maestros Mark Waid y José Luis García López, con una no-aventura centrada en la interacción entre Diana y sus compañer@s de la Justice League of America, donde el esfuerzo está puesto en mostrarnos la chapa que tiene la amazona y cómo todos los demás superhéroes la toman como una referencia total en los distintos aspectos de sus vidas. Linda idea, hermosos dibujos, no mucho más. La quinta historia es mi favorita: Tom King y Evan "Doc" Shaner nos llevan a la era "Mod" en la que Diana no tenía poderes, para una comedia co-protagonizada junto a Superman y Lois Lane que no tiene desperdicio. Es una historia originalísima, afilada, con diálogos muy cómicos, situaciones brillantes y un dibujo realmente extraordinario. Y de las cuatro historietas restantes, apenas puedo rescatar los dibujos. Isaac Goodhart me pareció bastante digno; Laura Braga también, aunque más dependiente del trabajo del colorista; lo mismo para Meghan Hetrick, también con páginas muy lindas y muy pensadas para que se luzca el color, más que el trazo; y un poquito más sólido lo vi a mi amigo brazuca (hincha de Racing) Marcio Takara. La verdad que con los cuatro últimos guiones no hacés uno mínimamente atractivo, pero estos cuatro laburantes del lápiz mal que mal los sacan a flote. Hay otra antología de Wonder Woman, que celebra el nº 750, y creo que es anterior a esta. La tengo en la pila de los pendientes, así que eventualmente la vamos a ver por acá. Este especial, si bien no es todo grosso, tiene un nivel bastante aceptable y se le puede recomendar sin miedo a cualquier fan de la octogenaria princesa. Vuelvo a internarme en la Comiqueando Digital, así que no sé cuándo voy a volver a postear por acá. Gracias por el aguante y si quieren venir, están invitad@s a sumarse este miércoles a las 22:30 a la transmisión en vivo de Agenda Abierta (como cada último miércoles del mes), en el canal de YouTube de Comiqueando. Nos vemos por ahí.

viernes, 18 de abril de 2025

TRES GENIOS DEL DIBUJO

Creo que estas magias te pasan solo en Estados Unidos: entro a una tienda enorme de discos y DVDs usados buscando un CD de Joy Division y me encuentro con la adaptación al comic de Alien, en la excelente edición de Titan de 2012, un poquito baqueteada pero a un precio irrisorio. Nunca la había leído, así que adentro. Esta es una historieta de 1979, en la que los maestros Archie Goodwin y Walt Simonson adaptan la famosísima película de Ridley Scott para un álbum de 64 páginas que originalmente publica Heavy Metal. Y esta es la edición remasterizada, mucho más respetuosa del coloreado original, que está lleno de sutilezas que las imprentas de 1979 rara vez lograban reproducir. Dos cosas me sorprendieron: primero, la calidad del dibujo de Simonson, que todavía no está al nivel glorioso de su etapa en Thor, pero que acá hace algo mucho más complejo que en aquellos comic books de Marvel. Varias de estas páginas le exigen al ídolo meter 10 u 11 viñetas chiquitas, como si fuera un álbum europeo. Y el barba se arremanga y te mete 10 u 11 viñetas preciosas, en páginas de diseño clásico, pero muy eficaz, muy dinámico. Alien es todo clima, todo suspenso y tensión, y Goodwin y Simonson lo entienden a la perfección y arman las secuencias y eligen las viñetas a enfatizar dentro de la página con ese criterio: el de poner cada vez más nervioso al lector, para que sufra junto a los personajes. Y lo otro que me sorprendió es que la narración me atrapó por completo... incluso cuando uno sabe de memoria lo que va a pasar, en qué orden van a morir los tripulantes de la nave, cómo va a zafar Ripley en el final, etc.. Y eso pasa porque Goodwin y Simonson manejan con una precisión apabullante el ritmo del relato. Entre las falencias, también quiero subrayar dos. Primero, esa manía de que los personajes se nombren unos a otros viñetas por medio. Una pena, porque en general los diálogos están muy bien (hasta hay un par de "fuck" y "fuckin´"... en un comic de 1979). Y segundo y más importante: no me acuerdo si en la peli pasaba lo mismo, pero el comic termina con una última página de siete viñetas, en las que pasa DE TODO. El final definitivo del bicho que quiere boletear a Ripley se ve UN CUADRITO antes del final. No queda espacio para una pausita, un descansito, un alivio a toda la tensión que generó la trama. UN CUADRITO después de liquidar a la amenaza, la historieta se termina... lo cual me da la sensación de que los autores se quedaron cortos con el espacio y tuvieron que comprimir un poco (o mucho) las secuencias finales del film en muy pocas páginas, porque en la primera mitad -si bien hay muchas páginas de 10 viñetas- la narración no se nota apurada ni precipitada. Hechas esas salvedades, esta es una adaptación logradísima de una película brillante. En 1979 Archie Goodwin y Walt Simonson se conocían de memoria y esa complicidad se ve en cada página. Como también se ve que la película les pareció zarpada e inspiradora. Dentro de un subgénero tan bastardeado como es la adaptación al comic de blockbusters de Hollywood, esta versión de Alien tiene un vuelo y una potencia artística muy poco frecuente, y probablemente eso sea lo que le confiere ese status de clásico del que goza tantos años después. Hoy que Marvel está generando una vez más comics protagonizados por los xenomorfos, acá hay una clase magistral a la que conviene apuntarse y prestarle mucha atención.
Todavía no terminé de leer las historietas argentinas publicadas en 2024, pero hoy me tiré de cabeza sobre una de este año: El Libro de las Almas Perdidas y El Faro de los Condenados, un tomo en el que Deux reúne dos obras cortas dibujadas por Enrique Breccia para Ediciones Record en los ´90 que -andá a saber por qué- nunca salieron en la Skorpio argentina y solo se conocían en Italia. La primera (El Libro...) tiene guiones de Eduardo Mazzitelli y se nota a varias leguas que fue pensada como una serie mucho más extensa, que quedó trunca tras el cuarto episodio. El planteo es muy atractivo, parece de una serie de Vertigo, el personaje central es interesante, los invitados (Drácula, Atila y el pirata Barbanegra) se revelan como figuras complejas, tridimensionales, los textos de Mazzitelli son una belleza... No sé qué será lo que no les cerró a los italianos como para no querer continuarla. La segunda (El Faro...) está escrita por Walter Slavich en un formato más de miniserie. Son cuatro episodios y parece estar pensada para esa duración. Esta es una aventura un poco más clásica, con la fórmula episódica típica de la Skorpio, pero con mucha imaginación, mucho vuelo y la dosis justa de mala leche por parte del guionista. Me acuerdo que cuando Walter trajo la idea a Record, me cebé tanto que terminé viajando a Uruguay a conocer Punta del Diablo, el pueblito que inspiró la historia y que le sirve de ambientación a la misma. En ambos trabajos, el dibujo de Breccia es descomunal. Incluso cuando uno tiene en claro que en sus historietas para Record el maestro nunca puso el 100% de su talento, estas páginas te quitan el aliento. Sobre todo las páginas en las que Enrique se logra deshacer de la grilla clásica de seis o siete cuadros y prueba con puestas distintas, menos pobladas de esos primeros planos que están buenísimos, pero que se repiten un poco. Me da la sensación de que "El Faro..." no está reproducida de los originales de Enrique (que era los que leía yo cuando él venía a entregar las páginas, de tan manija que estaba con la serie) sino de las publicaciones italianas. La comparación con "El Libro..." (que sí parece reproducido de los originales) la desfavorece mucho, porque el dibujo de esta segunda saga se ve empastado, con líneas que se entrecortan, como si hubiera sido escaneado sin demasiada pericia ni demasiado cuidado de revistas de hace más de 30 años, cuando las imprentas no eran ni en pedo lo que son hoy, ni siquiera en Europa. Un bajón, pero bueno... es Deux, que siempre alguna cagada se manda, y es Record, una editorial que cada vez que pudo vendió los originales de sus historietas a coleccionistas en vez de devolverlos a los autores. De todos modos, la magia de leer a los inolvidables Mazzitelli y Slavich dibujados con tanta categoría por una leyenda del lápiz como Enrique Breccia nos permite soslayar estas imperfecciones de la edición local.
Y cierro con una breve glosa del Vol.8 de Dead Dead Demon´s Dededede Destruction, el manga de Inio Asano cuyo último tomito publicó Ivrea la semana pasada. Esta vez, la trama principal no avanza poquito. No avanza NADA. Al limado de Asano se le ocurre una idea bastante ingeniosa para volver para atrás y narrarnos (en un flashback tan extenso que seguramente se extiende también al próximo tomo) un montón de cosas que pasaron ANTES del Vol.1 de la serie, principalmente el origen secreto de la amistad entre las dos protagonistas, Ouran y Kadode. Todo el tomo se centra en los primeros encuentros entre ellas y entre ellas y un alienígena, al que van a "adoptar". Es entretenido, obvio, y está dibujado como la hiper-concha de Dios, pero es algo que daba para 30 páginas, no para un tomo entero. Y entonces, Asano rellena con situaciones de comedia, slice of life pre-adolescente, travesuras de colegialas y demás pelotudeces... hasta el tramo final que, si bien tiene bastante de eso, incorpora esa secuencia en la que las protagonistas salen a volar por primera vez por la ciudad, que es pura magia, alegría y emoción. Nada, ojalá el flashback no abarque TODO el Vol.9, porque quiero saber cómo sigue el bolonki de los aliens en Japón y toda la trama política y de espionaje que armó Asano alrededor de eso, que me tiene muy enganchado. Nada más, por hoy. Como siempre, espero volver a postear pronto nuevas reseñas, pero para eso me tengo que poner a leer. Gracias por estar ahí.

viernes, 28 de febrero de 2025

FINAL PARA FEBRERO

Cerramos un Febrero record, con 12 posteos en 28 días. Una locura... pero bueno, fui a ver dos películas basadas en comics y eso abultó la cantidad de reseñas. Veamos qué fue lo último que leí este mes. Qué necesario era un libro como Los Enigmas del PAMI (y otras historietas en esa línea), que reuniera en un único tomo todo el material de Enrique Breccia dibujado en su estilo más humorístico. Resultó que se podía meter TODO en un libro de 136 páginas (cifra inflada por carátulas innecesarias, páginas en blanco y demás relleno del que suele encarecer los libros sin aportarle absolutamente nada al lector), lo cual hace menos verosímil que hayamos tenido que esperar hasta 2024 para que exista una cosa así. La tarea de reunir todo el material de Enrique en esta línea (breves trabajos con y sin guiones de Carlos Trillo) fue encarada por Mariano Buscaglia (sobrino de Enrique, nieto de Alberto, hijo de Cristina, etc.) con un criterio amplio y exhaustivo, y así es como el libro incluye historietas que la mayoría de los fans del maestro no conocíamos. Hay algunas que ya teníamos en otros libros, de otras editoriales, pero la posibilidad de reunir TODO en un solo tomo es irresistible. Ya solo que se incluya El Reino Azul (a mi juicio, la mejor historia corta que escribió Trillo en toda su carrera) justifica comprar el libro, aunque todo el resto sea una garcha. Nunca me voy a poder olvidar de ese día en que tuve en mis manos los ocho originales de El Reino Azul, fue uno de los mayores nerdgasmos de mi vida como fan de los comics... y ahora la tengo en un libro cheto, la puedo releer sin ir a buscarla a la pila de números viejos de Fierro que se te hacen mierda cada vez que los abrís... Nada, es muy difícil opinar objetivamente sobre este material, porque es parte de mi educación sentimental, de mi formación como lector de comics. Por fuera de El Reino Azul, no hay otros guiones demasiado geniales. Casi todo lo que ofrece el libro es producto del capricho, de las ganas de joder y de divertirse que tenían Enrique y Carlos. Las adaptaciones de Enrique son exquisitas, no solo porque se te tiene que ocurrir la idea de ponerle dibujos al tango Fea, o a La Leyenda del Mojón, sino por cómo resuelve el dibujo y la puesta en página. Es todo juego, es todo disfrute, pero también es todo originalidad y vuelo. Breccia juega entre lo grotesco y lo poético y hasta el rotulado es parte de ese juego, hipnótico y genial. Probablemente la historieta que menos me gustó haya sido la última del libro, Espanto, un trabajo a color en el que el estilo de Enrique no se luce... al punto que parece una historieta de Alberto, su papá. La narrativa está bárbara, pero es básicamente un chiste largo. Más allá de ese experimento, el promedio del libro es increíble, el trabajo que tiene cada página es increíble, el nivel de libertad y de desparpajo que tienen las historias es increíble... Seguramente cuando se habla del trabajo en conjunto entre Breccia y Trillo llama más la atención la larguísima epopeya de Alvar Mayor o la aventura fantástica de El Peregrino de las Estrellas, pero acá hay gemas tan raras como fundamentales en la carrera de ambos maestros, todas realizadas en esos primeros años ´80, en los que la dupla era una máquina de producir hitazos. 93 páginas de historieta en un libro de 136 para mi gusto es poco, aún cuando se las disfruta a pleno. Y esa es la única crítica que tengo para hacerle a una edición preciosa, muy cuidada, que le hace justicia al talento descomunal de dos genios como Enrique y Carlos.
Me voy a España, fines de los ´80, a leer un recopilatorio de historias muy cortitas (dos páginas cada una) de Johnny Roqueta, una serie que Rafael Vaquer y TP Bigart (pseudónimo de Joan Tharrats) realizaron durante unos cuantos años para el semanario El Jueves. Son historietas cortas (o chistes largos) de 10 ó 12 viñetas, que tienen como principal atractivo los majestuosos dibujos de TP Bigart, en los que predominan los personajes por sobre los (casi inexistentes) fondos. El foco está puesto en la expresividad de rostros y cuerpos, y en darle vértigo e intensidad incluso a las historias donde lo único que vemos son personajes que hablan entre ellos. Las composiciones de Bigart son tremendas, con un equilibrio perfecto entre espacios blancos, manchas negras y grises aplicados con tramas mecánicas. Imaginate una mezcla muy zarpada entre Frank Margerin, Oswal y Pasqual Ferry, y más o menos te vas a acercar a lo que hace Bigart en estas páginas. Vaquer incursiona en el subgénero "jóvenes a la deriva", y cierra aún más el espectro para concentrarse en un grupete de varones de veintipocos, fans del rockabilly y las motos, que sobreviven como pueden en una gran ciudad de España de la segunda mitad de los ´80. La mirada del guionista es ambigua: a veces los muestra como unos piolas bárbaros, y otras (la mayoría) como una manga de inútiles, pajeros, borrachines, desubicados o ridículos que desperdician su vida tocando (para el orto) la guitarra y cuya única motivación es conseguir guita para los puchos y la birra. Dentro de este esquema, hay guiones mejores y peores, pero ninguno que te haga decir "Ah, esto es genial"... aunque me imagino que para aquellos lectores de El Jueves que en esa época tenían la misma edad de Johnny y sus amigos, esto debe haber funcionado como un espejo (deforme pero divertido) en el que verse reflejados. Creo que a mí lo que más gracia me causó fue ver a Vaquer fracasar estrepitosamente en su intento de tener un personaje argentino que hable con nuestros modismos e informalismos. En vez de citar a Ronald Reagan, Héctor habla de Jorge Videla y hace chistes de golpes de estado... pero usa palabras que ningún argentino usaría jamás, como decirle "la primitiva" a la lotería, "cojones" a los huevos, "el carro" al auto, "trempera" a la erección, o "ahorita nomás". Todo esto potenciado por el abuso sistemático de "macanudo", "che", "pìbe" y "boludo"... en unas frases que por ahí a los españoles les causaban gracia, pero a nosotros nos hacen un ruido horrible porque el guionista muy rara vez acierta una. Johnny Roqueta es una comedia light, muy anclada en su época, apoyada en el carisma de los protagonistas, que se deja leer pero no te cambia la vida. Si alguna vez encontrás los libritos a buen precio, dale una oportunidad, sobre todo por los dibujos de esa bestia llamada TP Bigart. Y nada más. Nos reencontramos el mes que viene, con nuevas reseñas (no sé si tantas como en Febrero) acá en el blog. Gracias y hasta pronto.

martes, 4 de junio de 2024

LA SOLDADERA

Tremendo. Desolador. Un mazazo al estómago, otro a la cabeza, uno a cada rodilla, para asegurarnos de que termines en el piso, hecho mierda. Un librazo con 280 páginas de historieta, imposible de leer en una sola sentada. Hacen falta varios días para terminar La Soldadera, y me imagino que varias semanas para terminar de procesarlo. Esta es una historieta de 1995-96, que Walter Slavich y Enrique Breccia realizaron para la revista italiana Lancio Story, y que nunca se había publicado en Argentina, porque justo coincidió con el momento en que cerró la edición local de Skorpio. Ahora la tenemos en nuestro idioma, toda junta, los 20 episodios uno atrás de otro, y si bien la calidad de la impresión no es óptima, uno sabe que a una editorial como Deux no le puede pedir más que esto. Fuera de alguna página que se ve un poco empastada, no hay problemas notorios en la realización técnica del libro, y eso lo hace atípico dentro de la producción de una editorial (probablemente la única en el mundo) que lanza unos 40 títulos al año pero no tiene empleados. Estoy tratando de hacer memoria, a ver si recuerdo alguna otra serie de Slavich que me haya gustado más que La Soldadera. Me parece que no, que acá está más afilado que nunca en la construcción de esta ambiciosa novela episódica, compuesta de historias que, leídas de a una, fuera del contexto de la serie, también son -en su mayoria- brillantes. Todos los episodios tienen acción, en todos progresa el desarrollo de los personajes principales, en todos hay agudas pinceladas de crítica a un sistema injusto y violento, en todos hay unos bloques de texto hermosos, en todos pasa algo que no te imaginabas que podía pasar, en todos avanza (aunque sea un poquito) la trama principal... que además pega un volantazo totalmente sorpresivo a la altura del 11º episodio. En los últimos cinco capítulos, la estructura de los relatos cambia bastante, porque Slavich desplaza el foco hacia el principal villano de la serie, que adquiere una profundidad y una tridimensionalidad increíbles, mientras que pasa a ser prácticamente el protagonista del último tramo. El contexto histórico de la Revolución Mexicana le permite a Slavich hablar de pobreza, explotación, atraso, gente de mierda enquistada en el poder, y sobre todo de violencia y muerte. Cada capítulo de La Soldadera te impacta con su dosis descomunal de sangre, crueldad y desprecio absoluto por la vida humana. Es casi inverosímil cómo los autores logran dotar de un vuelo poético maravilloso a una historia tan cruda, tan manchada de mala leche y horror. Todo el tiempo ves gente que mata gente, ni siquiera los "buenos" tienen reparos en matar, porque hay una guerra de por medio, y acá el que no mata, es boleta seguro. Por momentos, en algunas situaciones, sobre todo las más irónicas, me pareció estar leyendo un guion de Carlos Trillo al que -no tengo ninguna duda- le hubiese encantado escribir La Soldadera. Hay muchos elementos que a Carlos le atraían, desde una mujer en el rol principal, hasta ese grupito que se arma a su alrededor, la historia de amor/ odio que se teje por atrás de un matrimonio por conveniencia, la posibilidad de que los oligarcas y (sus súbditos de siempre) los militares sean los malos, el personaje que busca por todos los medios un postergado encuentro con la muerte... Definitivamente, el fan de Trillo se va a sentir muy a gusto en el mundo atroz y despiadado que desarrolla Slavich en La Soldadera. En cuanto al dibujo de Enrique... esto está muy bien, en el contexto de la producción "por kilo" que hacía en aquella época para las antologías de la Eura. No está al nivel de los clásicos de los ´70 (Alvar Mayor, El Peregrino de las Estrellas), tampoco se lo ve tan suelto como en El Sueñero, ni deja la vida como en sus trabajos para Francia (Les Sentinelles) o para el álbum a color de Tex que realizó para Bonelli, ni mucho menos como en su Lope de Aguirre o en su libro para la colección del Quinto Centenario. Este es el Breccia que resuelve casi todo con primeros planos de rostros (¡pero qué rostros!), algún plano detalle y muy de vez en cuando alguna toma panorámica, donde le pone todo a los paisajes. La ambientación cuasi-desértica y los pueblitos pequeños que recorren Martina y sus compañeros le permiten a Enrique dibujar pocos fondos, pero cuando tiene que dibujarlos, la rompe con unas texturas y unas iluminaciones que te ponen los pelos de punta. Lo que casi no hay (como a lo largo de toda esta década de producción para Eura) son cuerpos en movimiento. Rara vez se ve a los personajes de cuerpo entero, ni siquiera en las escenas de acción donde se supone que tienen que correr o saltar. Y lo mejor de todo: Slavich mete unos cuantos cuadros por página y bastante texto en las primeras 12 páginas de cada episodio, pero cada uno tiene 14. En general, la anteúltima página tiene apenas dos cuadros y la última uno solo, y son secuencias casi siempre mudas, pensadas para el lucimiento del dibujo. Acá es donde Breccia manda a dormir al obrero del lápiz y despierta al poeta, al genio, a la bestia desmesurada que genera en esas viñetas finales estallidos de belleza, imágenes potentes, majestuosas, que a veces funcionan como alegorías de lo que sucede en las historias y a veces (como la poesía) no tienen más intención que transmitir sensaciones que nos conmuevan desde lo estético, no necesariamente desde lo narrativo. Ahí hay páginas que funcionan tranquilamente como cuadros que se podrían enmarcar y exhibir en cualquier museo. A casi 30 años de su creación, poder disfrutar finalmente de La Soldadera en nuestro idioma y en una edición que no te falta el respeto con la calidad ni te decapita con el precio, es un verdadero privilegio. Es un laburo de una intensidad arrolladora, ideal para comprobar que Breccia es un dibujante genial hasta cuando va a menos y sobre todo para sacar a relucir uno de los grandes trabajos de Slavich, un guionista extraordinario, nunca valorado en toda su dimensión, por lo menos en Argentina. Nos reencontramos ni bien tenga más libros leídos, acá en el blog.

domingo, 4 de diciembre de 2022

TRIPLETE DOMINGUERO

Incluso con los partidos del Mundial, estos días que no pude salir por un temita de salud, encontré tiempo para devorarme otras tres publicaciones de autores argentinos aparecidas en 2022. Le sigo comprando libros a Muñones, la puta que me parió, pero bueno... Eduardo Mazzitelli y Enrique Breccia, obra completa, material que salió en la última etapa de Skorpio y del que no me acordaba un carajo... difícil resistirse. Después ves esas páginas todas empastadas, con el dibujo de Enrique reproducido para el infra-ojete y te arrepentís, pero ya es tarde. El Extranjero es una saga de seis episodios que podría definirse como de "ciencia ficción conceptual". La aventura y la acción no están muy enfatizadas, el conflicto grosso entre el Bueno Pulenta y el Malo Pulenta cobra dimensión recién en el tercio final de la obra, y el resto son casi fábulas, cuentos de hadas en los que el hada en realidad es un extraterrestre (de ahí el nombre de la historieta) que baja línea y guía a seres humanos en un camino que, en una de esas, impida que la Humanidad se aniquile a sí misma. En el medio, Mazzitelli habla de violencia, de corrupción, de falsas utopías diseñadas para engañar a la gilada y de cómo ni el caos absoluto ni el orden asfixiante sirven para que una especie como la nuestra prospere y se desarrolle en un contexto más o menos armónico. Sin esos bloques de texto magníficos, repletos de poesía y de sentencias apabullantes que solemos ver en sus obras con Quique Alcatena, Eduardo narra de modo escueto, cortito y al pie, desarrolla muy bien a un par de secundarios y saca a relucir su chapa de capo de los guionistas en un último episodio electrizante, memorable, por momentos perturbador por lo descarnado del mensaje. No estamos frente al mejor comic de la extensa trayectoria de este monstruo, pero sí frente a una obra que vale la pena rescatar (en lo posible del pilón de los números viejos de Skorpio) y volver a leer unas cuantas veces. La labor de Enrique también es muy notable porque creo que es la única vez que abordó un guion de Mazzitelli (en Skorpio solía formar dupla con Walter Slavich, Robertino Ferro y algún otro que ahora no recuerdo) y se nota que -como el eximio profesional que es- enseguida le sintonizó la onda. No se siente que Eduardo se haya esforzado para "amoldar" su guion a Enrique, sino que Enrique se bancó como un duque jugar de visitante en un mundo creado por un guionista con el que nunca había trabajado. Y sí, está ese último e inolvidable episodio, en el que ya se puede sospechar un diálogo entre la dupla y una sabia decisión por parte de Mazzitelli de meter en juego a simios, que es algo que Breccia dibuja magistralmente desde siempre. La onda de los tres primeros episodios, esos que son más tipo fábulas socio-políticas, simples (en cuanto a que intervienen pocos personajes), sin mucha conexión entre sí, recuperan algo de los climas que imaginaba Carlos Trillo en sus historias cortas de fines de los ´70, y Breccia ahí reconoce un terreno en el que se mueve feliz y letal, como un tigre en plena selva. Los episodios 1, 3 y 6 están dibujados a un nivel casi inexplicable. Y sin dudas toda la faz gráfica (repito, reproducida de modo deficitario en el libro de Deux) le suma puntos a El Extranjero. Necesitamos editoriales más serias, comprometidas con el rescate de las muchas gemas aparecidas en Skorpio que nunca se recopilaron en libros.
Breve glosa para Flores Secas Manchadas de Sangre, un albumcito que compila dos historias cortas autoconclusivas escritas y dibujadas por Damián Connelly. La primera, Helena, es un clásico thriller sobrenatural, de horror muy al límite. El guion está muy bien llevado, los diálogos y los bloques de texto están muy bien escritos y -como gran lector de Vertigo- Connelly logra imbricar perfectamente una historia 100% fantástica y sobrenatural con un contexto costumbrista cuyo verosímil no tambalea nunca. La segunda historieta, Una Noche, no tiene una trama, ni un conflicto, ni un intento por desarrollar personajes. Es como un poema, o una letra de una canción, graficada en forma de comic, con viñetas y bloques de texto (también muy bien escritos), con la idea de transmitir sensaciones o emociones que no tienen que ver con la narración. Un experimento breve, de 10 páginas, que no me sedujo pero tampoco me desagradó. A nivel gráfico, Connelly sigue explorando los límites del dibujo basado en fotos, a los que recontra-satura con unas texturas hipnóticas para lograr efectos que (vistos así, en blanco, negro y grises) quedan espectaculares. También agrega de a poco trazos propios, sucios y potentes, y acá se enamora también de los triangulitos que inventara Dave McKean y luego heredara David Mack. En estas páginas hay triangulitos por todas partes, y algo me dice que, si fueran a color, tendrían una estética MUY a lo David Mack.
Cerramos con Yilé, obra de Matías Muzzillo, un autor al que no conocía, y que me sorprendió con un guion excelente, complejo, dinámico, muy bien narrado, con gran oído para el diálogo argento, buenos personajes, un conflicto zarpado, un mundo real distorsionado para darle cabida a todo un lado oculto sumamente atractivo, y un final redondo, que a la vez te deja con ganas de leer más aventuras de Josefina Ferrán, más conocida como Yilé. Una gran saga crepuscular, en una Buenos Aires alternativa infestada de criaturas sobrenaturales, brujería y crimen, en la que los protagonistas deberán combinar intelecto, violencia y algo de ojete para desarticular una conspiración macabra y atroz. Lo único que me hizo un poco de ruido del guion es que arranca tarde, como en la página 30. Lo anterior parecen secuencias pensadas como historias cortitas, como para presentar a Yilé y al mundo en el que vive, y luego ensambladas para sumarlas a la trama central del libro. La primera de esas secuencias "preliminares" tiene 14 páginas y está dibujada a un nivel descomunal. Es realmente impresionante, como si Muzzillio reprodujera una estética tipo David B., o Blutch, la combinara con un toque más salvaje, de expresionismo onda Alberto Breccia y la usara para narrar en modo acelerado, con un ritmo más de mainstream yanki, orientado a la acción de palo-y-palo. Una bola de demolición que te quita el aliento y te hace decir ¿en serio tengo que aguantar 80 páginas más a este ritmo?". Pero no. Me imagino que por una cuestión de tiempos de producción, Muzzillio simplifica un poco el estilo, apuesta fuerte a la acción solo cuando hace falta, y nos lleva al terreno de una trama basada en la investigación cuasi-detectivesca, en la que se habla y se piensa más de lo que se pelea. Sobre el final se nota cierto apuro en algunas páginas, aunque no se ven pifias ni deficiencias notables en el dibujo en sí. Lo que no me terminó de convencer nunca, ni siquiera en las páginas de mayor despliegue de virtuosismo por parte de Matías, es la paleta de colores, muy acotada, muy opaca, coherente en un punto con el clima opresivo que plantea la obra, pero estéticamente poco atractiva. Esas páginas finales en la reserva ecológica, resueltas con un rojo furibundo, un verde apagado y un violeta estridente la verdad que no me gustaron para nada. Hubiese preferido mil veces leer Yilé en blanco y negro. De hecho, al principio del libro hay dos páginas en blanco y negro, de una secuencia onírica, en la que Muzzillio parece una amalgama perfecta entre el Viejo Breccia y Frederick Peeters, dos de los mejores dibujantes de la historia del Noveno Arte. Son cinco viñetas, nomás, pero la próxima la quiero toda así. Nada, más allá del tema del color, está claro que Yilé es una historieta potentísima y que Matías Muzzillo es un narrador gráfico de la hostia, un excelente guionista y un nombre al que de acá en más hay que seguir de cerca. Nada más por hoy. Gracias y hasta pronto.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LUNES FINOLI

Bueno, no sólo tuve un rato para leer un par de libros y reseñarlos, sino que además me tocaron dos obras muy logradas. Vamos a repasarlas.
Pixu es una novela gráfica de terror, realizada a ocho manos por los gemelos fantásticos Gabriel Bá y Fábio Moon, junto al griego Vasilis Lolos y a la italiana Becky Cloonan. Con el correr de las páginas, logré deducir qué secuencias dibujó cada uno, pero hay un guión, y sospecho que fue escrito entre los cuatro. Tampoco es lo más importante. La historia está totalmente basada en el clima ominoso, en la forma en que la tensión sube viñeta a viñeta. No son tan relevantes los diálogos, los personajes están definidos con pocas pinceladas y nadie se calienta por darle una explicación detallada a los fenómenos paranormales que presenciamos. Lo realmente relevante es el suspenso, es ese in crescendo cada vez más retorcido, más descontrolado, que sabés que va a terminar muy mal pero igual te cautiva.
Hay una casa con varios departamentos, una especie de entidad sobrenatural oscura que crece, y los cuatro autores se dedican a entrelazar sutilmente las historias de los distintos vecinos, a la sombra de esta amenaza que crece y corrompe todo. Pixu avanza hacia un festival de imágenes truculentas, en las que las sombras y el fuego se devoran a los personajes que llegan vivos hasta el final. Te imaginarás que eso le da a los autores mucho margen para lucirse con el dibujo, siempre jugados a un blanco y negro muy potente, muy expresivo. En general, los mejores dibujos aparecen en las secuencias a cargo de los gemelos brazucas, pero Cloonan también ofrece momentos de alto impacto, con un gran trabajo en los grises y con una notable evolución respecto de aquella Cloonan de American Virgin.
Si te gustan las historias de terror inquietantes, jodidas, donde la atmósfera se enrarece hasta asfixiarte, sin dudas Pixu se va a convertir en una de tus favoritas. Y si seguís a muerte a Bá y Moon, acá los vas a ver tirar magia con la elegancia y la calidad de siempre.
Desde aquel lejano 27/02/13 tenía abandonada a Los Centinelas, la magnífica serie de Xavier Dorison y Enrique Breccia. Hoy me toca abordar el Vol.4, publicado en Francia en 2014 y en España en 2016. Al igual que en el tomo anterior, acá Dorison hace los deberes en materia de rigor histórico: a pesar de los elementos fantásticos, la Primera Guerra Mundial de Los Centinelas no se despega demasiado de la real. Otro punto que destacamos en la reseña del Vol.3 y hay que volver a destacar es el desarrollo de los villanos por parte del guionista. De hecho, el personaje menos desarrollado es el héroe, Cortahierro, porque los otros “buenos” (Djibouti y Pegaso) también tienen sus momentos para brillar y para ganar carnadura y profundidad.
La aventura en sí también es atípica, porque en esta misión los Centinelas fracasan, y si bien venden cara la derrota, se van con una patada en el orto y con un tendal de muertos en ambos bandos. Dorison no escatima en crueldades y atrocidades para con los personajes ni para con los soldados y civiles que los rodean: en Los Dardanelos hay hambre, sed, dengue, sangre y muerte para todos. Y también hay en ambos bandos coraje y dignidad. Los alemanes de la Primera Guerra Mundial todavía no eran nazis, y Dorison aprovecha para mostrarlos como seres humanos con luces y sombras, no 100% irredimibles. Y los turcos, que juegan de locales, aparecen como personajes más turbios (con el genocidio armenio como trasfondo) pero tampoco definitivamente malos.
El dibujo de Enrique es (obviamente) extraordinario, aunque con un manejo del color un poco fluctuante, con momentos gloriosos y otros que parecen más… acelerados. Pero la base está: composición, lápiz, tinta, los fondos, los uniformes, el armamento, hasta el clima asesino del estrecho de los Dardanelos cobra vida de la mano de Enrique. Al igual que en el Vol.3, me sorprende muy gratamente ver a Breccia dar cátedra en esa materia a la que siempre le escapó, que es la de los cuerpos en acción. Acá abunda la violencia física, y el hijo de Dios pone todo para que nunca falten el dinamismo, el impacto e incluso el gore de las grandes batallas. Belleza y brutalidad van de la mano, en otro trabajo memorable de Enrique Breccia.
Y ahora sí, no más reseñas hasta la semana que viene. Si estás en Santiago de Chile, no dejes de darte una vuelta por el FIC entre el viernes 7 y el domingo 9, que la vas a pasar genial. Gracias por el aguante y hasta pronto.

lunes, 6 de junio de 2016

ALGUNAS LECTURAS MAS

¿Y, cómo va todo? ¿Cómo los trata la Revolución de la Alegría? Yo acá, resistiendo con aguante y leyendo poco, porque como el bondi está muy caro, trato de ir a todos lados caminando.
Arranco con el Vol.2 de Fairy Quest, de los maestros Paul Jenkins y Humberto Ramos, con los majestuosos colores de Leonardo Olea (la reseña del Vol.1 apareció el 22/08/14). La verdad es que, una vez presentados los personajes y el universo en el que se van a mover, Fairy Quest empieza a avanzar a un ritmo más sostenido que en el primer tomo. Jenkins convierte a la aventura en una road trip, la historia de un viaje, lo cual le permite presentar una atractiva sucesión de personajes y peligros para que enfrenten Red y Mr. Woof. Este segundo tramo ofrece una linda combinación entre acción, desarrollo de personajes y exploración de universo (el universo de los cuentos de hadas, Wonderland, Oz, su ruta) y el único problema que tiene es que es mucho menos autoconclusivo que el Vol.1. Es un tramo de la historia claramente puesto en función de un plan más grande, más ambicioso, que por sí solo no me satisfizo demasiado. Para peor, salió en 2015 y desde entonces no se han publicado ni anunciado nuevas entregas de Fairy Quest, o sea que, si la saga queda trunca, este segundo álbum perderá el poco sentido que tiene. Ojalá eso no suceda porque es una gran idea para una serie creator-owned. Y además, aunque se vaya todo a la mierda, siempre nos quedarán los dibujos de Ramos y los colores de Olea, que son una belleza. Olvidate de los dibujos y los colores que vemos en los típicos comic-books mensuales. Esto tiene el vuelo, la complejidad, la belleza, el cuidado por los climas y hasta me animo a decir la poesía de los buenos álbumes europeos, de esos que tienen 56 páginas pero requieren un año de laburo. Si sos fan de Humberto, esto lo tenés que tener SI O SI.
Pour en finir avec le cinéma, el muy galardonado libro de Blutch, se editó en EEUU con el nombre de “So Long, Silver Screen” y como lo vi muy barato, me lo compré. Nada, un embole. Los dibujos son increíbles, como no podía ser de otra manera. Y hay secuencias grandiosas, donde Blutch da cátedra de narrativa, de armado de las secuencias y creación de los climas. Pero las historias en sí rara vez me atraparon. En general son como mini-ensayos de Blutch acerca de películas, cineastas o actores que le gustan, le llaman la atención o lo obsesionan. Y en el medio, la historia de una pareja en la que el tipo es un cinéfilo pasado de rosca y la mina no está demasiado bien definida. Hay muchas proezas gráficas, hay data que seguro no sabías acerca de películas clásicas (tanto de Hollywood como francesas e italianas), pero el conjunto no me terminó de cerrar. Disfrazámela como quieras, pero sigue siendo un francés hablando de cine, o sea… un moplo pretencioso, que te manda a dormir temprano. Si sos hiper-fan de Blutch, y estás decidido a comprarte TODAS sus obras aunque más no sea para gozar a lo bestia con sus dibujos, entrale. Si no, seguí de largo.
Una serie que en su momento se publicó en Skorpio y pasó bastante desapercibida fue Nuevo Mundo, de los inmensos Ricardo Barreiro y Enrique Breccia. Ahora conseguí la edición española y aproveché para releer esta saga protagonizada por la diezmada tripulación de una carabela que sigue a las de Colón y termina en tragedia. Como en Avrack (reseñada el 06/04/12), los sobrevivientes se ven perdidos en una tierra extraña, llena de razas y criaturas fantásticas, pero a diferencia de esa otra saga, esta no tiene final, ni ninguna explicación para ninguna de las bizarras peripecias que vive el capitán Vallejos, que es el único que llega vivo al último episodio. O por lo menos al último episodio publicado, porque dudo que los autores hayan planeado terminar la serie ahí. Acá (además de las dosis de violencia y sexo tan típicas de la producción de Barreiro de la segunda mitad de los ´80), hay bastante poesía, y -como siempre- el dibujo del Churrique asombra, emociona, cumple y dignifica. Si te quieren vender Nuevo Mundo como la gema fundamental de la historieta argentina, obviamente te están tomando por boludo. Pero –si bien es menor en el contexto de la obra global de sus dos autores- no es una mala historieta, en absoluto.
Tengo leído un broli más, pero lo guardo para la próxima. Nos vemos pronto.


lunes, 3 de agosto de 2015

03/ 08: DYLAN DOG: LA GRAN NEVADA

Este libro es fruto de dos decisiones desacertadas: la primera es publicar un librito, con lomo y portadas de cartulina, que adentro trae 36 páginas. Sí, en serio. 36 páginas, de las cuales sólo 32 son de historieta. ¿Vos creías que las historietas de 32 páginas no se podían publicar en libro? Bueno, se puede.
La Gran Nevada es una historieta corta (repito, 32 páginas) que apareció en una antología junto a varias más, impresa a todo color. En la edición original italiana. Para esta edición se decidió pasarla a grises y publicarla en blanco y negro, con resultados no calamitosos, pero que dejan muchísimo que desear.
¿Cuál es el atractivo de La Gran Nevada? ¿Con qué espejitos de colores logró obnubilar la razón del sello chileno Acción Comics como para que se lanzara a tomar estas decisiones tan discutibles? Y, la verdad es que atractivos no le faltan: se trata de una aventura de Dylan Dog que está pensada como un homenaje a El Eternauta, y encima dibujada con muchísimas pilas por Enrique Breccia.
El guión de Luiggi Mignacco está muy bien, es una reformulación de la primera aventura de El Eternauta, pero ambientada en Londres en 2012 y obviamente contada en muchas menos páginas. Claro, como uno ya sabe lo que va a pasar, hay poca sorpresa. Sin embargo, en las dos páginas finales, Mignacco ensaya un final para el asombro y le sale muy bien. Ahí, cuando tiene que revelar qué fue exactamente lo que sucedió, a quién y cuándo, es donde va más allá del mero homenaje al clásico de Héctor Oesterheld y Solano López y pone los huevos que hay que poner.
Lo más flojo son los diálogos. Yo, que nunca fui fan de Dylan Dog, recuerdo haber leído algunos episodios en castellano e italiano pero no recuerdo haberme aburrido tanto, ni haber estado tan cerca de llamar a Lagomarsino para que me trajera un chumbo la vigésimoquinta vez que el protagonista exclamaba “¡Judas Bailarín!”. No quiero tirarle todo el fardo al traductor chileno, pero ma-mita, qué denso se hace leer diálogos tan sosos, tan acartonados.
El trabajo de Enrique Breccia está muy, muy logrado. Se nota el esfuerzo, las ganas. Los fondos están cuidadísimos, no hay tiradas a chanta a la hora de mostrar la acción y la machaca, los bichos y monstruos están alucinantes, la chica que coprotagoniza la historia muestra un amplio registro de expresiones faciales… No puedo hablar de climas, porque el paso a blanco, negro y grises se llevó cualquier intento de Breccia por contar o transmitir algo desde el color. De todos modos me encanta ver a Enrique a este nivel, muy cercano a las maravillas que le brindó a los franceses que siguieron las aventuras de Les Sentinelles.
En el tomo de Dylan Dog donde apareció originalmente esta historieta (el Color Fest de 2012) había también colaboraciones de los maestros Lito Fernández, Alfonso Font y José Ortiz. Si tenés la posibilidad de conseguirlo, tirate de cabeza. Es en italiano, pero los cuatro son dibujantes del mega-carajo y las historietas están a todo color. Y no te comés el garrón de comprarte un libro para leer 32 páginas de historieta, que es un disparate por más que veneremos a Enrique como el monstruo sacrosanto que es, labure para el mercado para el que labure.

miércoles, 27 de febrero de 2013

27/ 02: LES SENTINELLES Vol.3

Tercer tomo de esta serie con guionista francés y dibujante argentino, y la verdad es que hay muchos cambios respecto del tomo anterior.
Cuando reseñé el Vol.2 (03/09/12) me llamaba la atención que al guionista Xavier Dorison le permitieran muchísima flexibilidad en cuanto al rigor histórico. Estaba claro que la serie está ambientada en la Primera Guerra Mundial, pero dentro de ese contexto, Dorison fruteaba tranquilo. Esta vez no: hay muchas más menciones a acontecimientos históricos reales y más cuidado en representar de modo muy realista esas oscuras jornadas que sacudieron a Europa allá por 1915.
También señalábamos que los villanos, alemanes pero todavía no nazis, funcionaban como mero obstáculo, no tenían desarrollo, no había por parte de Dorison una intención de convertir ni siquiera a uno de ellos en un personaje posta. De nuevo, esta vez eso se da vuelta y dos de los mejores personajes de este tomo vienen del bando enemigo: son el Übermensch (la respuesta germana al Cortahierro de los franceses) y el Oberleutnant, un comandante de las tropas alemanas que demuestra (como en más de una historieta de Oesterheld) que se puede pelear en el bando contrario al de los protagonistas y aún así tener códigos, preservar el honor y –también en una situación en la que manda la muerte- honrar la vida.
En cuanto al guión, no hay muchas más innovaciones respecto del tomo anterior. De nuevo tenemos a los Centinelas encargados de una misión jodida, en un arco argumental que va para adelante, que no esquiva el grim ´n gritty onda Suicide Squad ni los dilemas morales, perfectamente planteados por Dorison en escenas muy tensas, de gran carga emotiva. Además del Cortahierro y Djibouti, el equipo de “los buenos” suma ahora a Pegaso, un oficial propulsado por un jet-pack que le permite volar, pero que viene de la aristocracia y con un agrande que al principio lo hará chocar con sus camaradas. Con el correr de las páginas, Pegaso se integrará mejor al equipo y los lectores (y los otros Centinelas) aprenderemos a quererlo y a valorar su coraje y su dignidad.
Y en cuanto al dibujo, también hay novedades: en los primeros tomos llamaba la atención que Enrique Breccia dibujara tan pocos cuadros por página, a tal punto que en cada álbum de Los Centinelas pasaba bastante menos que en el álbum francés promedio. Ahora eso se revirtió: hay un par de splash-pages majestuosas y un par de páginas de menos de 5 viñetas. El resto, siempre ofrece 6 o más viñetas, hasta llegar al extremo de las 11 viñetas, algo que –me parece- no habíamos visto nunca, en ninguna otra historieta en los 45 años de profesión que lleva el Churrique. Por supuesto, el monstruo se la re-banca y su dibujo brilla con fulgor incandescente en absolutamente todas las páginas del libro, las de mil viñetas y las de una sóla.
En parte esto tiene que ver con que lo dejan colorearse a sí mismo: ahí Breccia saca una diferencia escalofriante y sorprende incluso a los que lo seguimos desde siempre con esa combinación perfecta entre climas en los que manda la sutileza cuasi-poética y exabruptos viscerales, de altísimo impacto visual, puestos en los momentos justos. Destaquemos también su magnífico trabajo a la hora de dibujar pueblos, ciudades, aviones y armas de la Europa de hace 100 años y ese otro plus, eso que Breccia dibuja (como los dioses) en Los Centinelas y –andá a saber por qué- se resistió a dibujar en todas sus otras historietas: los cuerpos en acción, las peleas físicas, los combates cuerpo a cuerpo, ya no resueltos con el primer plano de un puño, sino desplegados con generosidad y contundencia por este genio de nuestro Noveno Arte, hoy radicado en Italia.
Hasta ahora Dorison y Breccia vienen entregando un tomo de Los Centinelas (de 62 páginas, que para Francia no es poco) cada dos años. Este tomo se editó en 2011 (creo que en castellano todavía no salió), así que con un poco de orto, este año tenemos el Vol.4 de esta extraña mezcla entre historieta bélica, aventura histórica y machaca superheroica en la que guionista francés y dibujante argentino nos llevan a vivir una Primera Guerra Mundial distinta. No tan distinta como la que vimos el otro día en Arrowsmith, pero no menos cautivante.

lunes, 3 de septiembre de 2012

03/ 09: LOS CENTINELAS Vol.2

Hoy tenemos una obra de un autor argentino, pero que no se puede considerar historieta argentina, porque está hecha para Francia con guionista francés. Se trata de un libro de 2009 realizado por el maestro Enrique Breccia junto al enorme Xavier Dorison, guionista de El Tercer Testamento, entre muchos otros hitazos del comic francófono.
El primer tomo lo leí poco antes de empezar con este blog y lo único que me acordaba era que había un soldado con una armadura pulenta, onda Iron Man, pero de la Primera Guerra Mundial. Menos mal que este tomo arranca con una breve síntesis de lo sucedido en el Vol.1, si no, tenía que releerlo sí o sí. La referencia a Iron Man tampoco es aleatoria: cuenta la leyenda que el origen de este proyecto estuvo en Marvel, donde se iba a publicar como una versión alternativa del Vengador Dorado, hasta que algún coordinador (o alguien de más arriba, no sé) mandó todo al freezer. Ahí fue que Dorison reformuló la historia para desvincularla del Universo Marvel y –de paso- convertir a su héroe en una especie de símbolo patrio francés, más al estilo del Captain America.
El resultado es un comic que no se lee como el típico álbum francés. De hecho, pasan muchas menos cosas que en el típico álbum francés de 64 páginas. Los Centinelas tiene pocas viñetas por página, Breccia mete primeros planos y planos detalle a lo pavote, y las escenas de acción tienen la estridencia y el impacto de los buenos comics de superhéroes. Pero guarda, que tampoco se podría enrolar fácilmente en este género. Primero, porque hay todo un trasfondo bélico, bastante enchastrado de runflas espúreas, al estilo del Suicide Squad. La estructura del relato tiene mucho más que ver con el comic bélico que con el superheroico. Y además, la aparición de ese tipo con habilidades sobrehumanas genera un upgrade en los niveles de violencia, que Breccia no se abstiene de representar de un modo muy gráfico. O sea que para los standards del típico comic de superhéroes, a Los Centinelas le sobra un poco de gore.
El guión de Dorison va para adelante, no da vueltas. Los protagonistas son los buenos y tienen que cumplir una misión. Punto. Los malos (alemanes, pero todavía no nazis) no tienen ningún desarrollo: son un mero obstáculo. Y los buenos sí, tienen un trabajo muy logrado de caracterización, especialmente para Gabriel Féraud (el Cortahierro) y el grandote Djibouti, un wild card sumamente humano, tal vez el personaje más tridimensional, con el que más fácilmente se puede llegar a identificar el lector.
Quizás lo más interesante sea cómo Dorison saca provecho de una situación real, la Primera Guerra Mundial, pero no deja que eso lo encorsete ni lo condicione. El guionista se caga en el rigor documental (generalmente incuestionable entre los guionistas galos) y usa al momento histórico como un marco para un relato fantástico; nunca quiere brindarnos una crónica, siempre prioriza la aventura, lo fantástico y esa sensación de epopeya a pesar de todo, de epopeya medio mugrienta, medio zaparrastrosa, del triunfo logrado con un gol con la mano en el minuto 97 y festejado como si hubiese sido una goleada monumental.
El dibujo de Enrique está espectacular. Acá alguien le habrá puesto un chumbo en la cabeza (o mucha plata) para que dibuje lo que menos le gusta dibujar, que es la figura humana en movimiento. Este tomo está lleno de gente que corre, que lucha, que vuela a la mierda producto de una bomba que explota. Por supuesto, el Churrique está más a gusto cuando puede dibujar primeros planos, repletos de expresividad y gestos copados, o esas escenas tranqui de la campiña francesa, en las que todo se ve (se contempla) bien de lejos. Y aún así, en las muchas escenas de acción despliega todo el poderío de su dibujo. Como si eso fuera poco, acá Breccia se colorea a sí mismo, lo cual es como jugar con cuatro anchos de espada en el mazo. No esperes las genialidades del insuperable De Mar a Mar, pero sí preparate para un color que, si bien es “muy francés”, muy finoli, muy cuidado, tiene unos exabruptos electrizantes. Cuando la cosa se pone heavy, Breccia pasa de unos tonos sutiles, casi cautelosos, a un estallido cromático de gran intensidad y obviamente de gran belleza plástica. Pero siempre con la línea como protagonista, excepto cuando los hombres se convierten en manchones de sangre bajo las balas de uno u otro bando.
No sé si se hizo un tercer tomo de Los Centinelas. Creo que no. Los dos que hay, son un híbrido raro entre comic francés, argentino y yanki muy entretenido de leer, con tramas lineales, subtramas interesantes, buenos personajes, un conflicto simple y bien definido y unos dibujos del mega-carajo, a cargo de uno de los historietistas definitivos, uno de esos monstruos sagrados que tienen tinta en vez de sangre. Lo recomiendo a full.

viernes, 6 de abril de 2012

06/ 04: AVRACK, EL SEÑOR DE LOS HALCONES

A veces, uno quiere ser bueno, perdonar, olvidar... pasar por alto el dato de que este libro está editado por Wallsen, una empresa dirigida por gente que en un país más justo estaría en cana, que en 2003 publicó cuatro libros sin pagarle a los autores, a tal punto que se comieron varios juicios y la intervención de la justicia española impidió que circularan por ese territorio... Uno trata, pero cuando abre este libro, lo priimero que se encuentra, antes de la primera página, es una solapa con un texto dedicado a repasar la trayectoria de Ricardo Barreiro, el guionista de Avrack. Está a cargo de un escriba anónimo, que se ceba tanto con la obra de Barreiro, que le adjudica la autoría de Borderline, una creación de Carlos Trillo. Increíble pero real. Una bestia capaz de escribir semejante burrada (que es como si dijéramos que Robin Wood escribió Alvar Mayor, más o menos), y una editorial donde nadie sabe de historietas lo suficiente como para detectar y corregir un moco de esa magnitud, hacen que uno no olvide, no perdone y siga bregando para exterminar a estos impresentables de la faz de la tierra.
Pero vamos a la historieta en sí. Avrack, el Señor de los Halcones es una saga extensa (144 páginas) realizada por “el Loco” Barreiro y Enrique Breccia entre 1983 y 1984 y publicada varios años después en Skorpio. El argumento gira en torno a Jorge Pinedo, un profesor argentino, mediocre y fracasado, que –justo cuando decide suicidarse-es misteriosamente extrapolado a otra realidad. Allí asume el rol del legendario guerrero Avrack, y se ve obligado a adaptarse a un mundo de fantasía y aventura sin tregua, lleno de portentosos ejércitos, bestias monstruosas, tecnologías extrañas y minones infernales. Allí vivirá las peripecias que requiere el formato episódico que usaba Skorpio para sus series: cada capítulo de 16 páginas tiene su obligatorio combate y su obligatorio escarceo soft-porno con uno de estos minones infernales.
Hay un sub-plot que recorre la saga, que es el de los personajes responsables de la extrapolación de Pinedo, dos voces cuyos rostros conoceremos recién en el noveno y último episodio. Pero el Loco no siempre le presta atención a esta sub-trama: hay capítulos enteros en los que la desactiva, para concentrarse en las andanzas de este guerrero con mucha más reputación que experiencia. En los últimos tres episodios, el rol de “los observadores” es más notorio y finalmente, en el último, Barreiro renuncia a la aventura y la machaca para brindarnos las respuestas y explicaciones a todos los misterios de la saga. Lo cual está bueno, pero al ser tantas páginas tan sobrecargadas de diálogo, con tanta data tan comprimida y tan cerca del final, le quita algo de fuerza dramática a lo grosso que pasa en las últimas dos o tres viñetas.
Breccia encara este trabajo justo cuando “se corta” Alvar Mayor, y nos ofrece un dibujo glorioso (al nivel de sus mejores trabajos para Fierro), en el que cada viñeta se disfruta a full. La referencia a Alvar Mayor es ineludible porque además, físicamente, los personajes se parecen muchísimo. De hecho, el principal problema que tiene esta obra de Enrique es el mismo que veíamos en su obra más extensa para Skorpio: el brete narrativo en el que se mete para no dibujar los combates físicos, de los que siempre vemos -con suerte- una mano con una espada, una boca con medio puño que la impacta, o a veces incluso un pie. De todos modos, está todo tan bien dibujado, que esto resulta un detalle menor. Así como mezquina cuerpos en combate, Breccia se brinda con generosidad a la hora de dibujar paisajes, criaturas, castillos, naves y –como siempre- te parte la cabeza de un hachazo en los flashbacks, cuando cambia su característico (y poderosísimo) claroscuro por esa estética en la que predomina el blanco, acompañado por un plumín de exquisita sutileza.
En síntesis, la de Avrack es una epopeya no muy original, con un desarrollo un poco estirado y un final un poco apretado, pero entretenida, con algunos momentos fuertes y un dibujante prendido fuego que deja la vida en cada página. Y textos a cargo de un “especialista” que cree que Borderline la escribió Barreiro...