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viernes, 19 de julio de 2024
VIERNES AL MEDIODIA
Medio bizarro, pero bueno... es el rato que encontré para sentarme a redactar las reseñas de los dos libritos que terminé en estos días.
Me faltaba un TPB para completar la etapa de Hawkeye que empezó con Matt Fraction, terminó con Jeff Lemire y tuvo tres números 1, en ese furor demencial de Marvel por relanzar las colecciones todo el tiempo. Por suerte la colección de los TPBs va del 1 al 6, sin hacerse cargo de los reinicios en la numeración de los comic books.
Si el tomito anterior me entusiasmó, este directamente me conmovió. Lemire retoma el tema de los tres pibitos medio freaks con hiper-poderes psiónicos y los convierte en el núcleo de dos tramas: una que sucede en el presente y otra que sucede en un futuro posible, 30 años después de lo narrado en el tomo anterior. Ah, y por si fuera poco, después se suma una tercera trama ambientada diez años antes, cuando Kate Bishop era una nenita de ocho o nueve años.
Evidentemente hay que prestar atención para no perderse, pero por suerte Ramón Pérez da (una vez más) cátedra de versatilidad, al presentar cada una de estas ambientaciones temporales en un estilo gráfico distinto. Para el presente elige (como ya vimos) ese trazo adusto, sintético, basado en una línea gruesa que por momentos recuerda a David Ajá y por momentos a David Lapham, para ilustrar el pasado de Kate vuelve a esas acuarelas bellísimas que utilizó para mostrarnos el pasado de Clint y Barney, y finalmente para las secuencias del futuro pela un tercer estilo, más crudo, parecido a un boceto sin entintar, donde está todo más jugado al trabajo de color que incorpora Ian Herring. Acá es donde el trazo de Pérez más se parece al del propio Lemire.
Los guiones están llenos de hallazgos, de diálogos tremendos y momentos ultra-emotivos. Lemire subraya todo el tiempo algo que ya nos había marcado Fraction: Clint se parece muy poco al resto de los superhéroes de la cosmogonía de Marvel. Y está muy bien que lo recalquen lo más posible. Por otro lado, el canadiense se ensaña un poco con el arquero: tal vez para darle chapa a Kate (que está pensada como un personaje perfecto, sin fisuras ni dobleces), son varios los momentos en los que a Clint lo hace quedar como un forro. Un forro querible, con esos defectos que lo acercan un poco más a los lectores, que tampoco nos parecemos demasiado a los típicos superhéroes, pero un forro al fin. La verdad que el contraste entre Clint y Kate funciona tan bien, y enriquece tanto la mitología de Hawkeye dentro del Universo Marvel, que no se lo puede putear a Lemire por "torcer" un poquito la caracterización, ni de Clint ni de Maria Hill, que es otra figura bastante relevante en este tomo, pero que por momentos se siente "fuera de personaje".
Me voy muy contento de esta etapa de Hawkeye. Ya cerré esta serie, cerré la primera de Daredevil de Mark Waid, y ahora es hora de avanzar con otras series segundonas y terceronas de Marvel, de esas que me gustan a mí.
Me vengo más cerca: Diciembre de 2023, República Oriental del Uruguay. La banda conocida como La Tabaré (liderada por Tabaré Rivero) lanza su 15º álbum, llamado Urutopías, y el historietista charrúa Nicolás Peruzzo no solo ilustra afiches, portadas y demás piezas gráficas para el disco, sino que además arma una novela gráfica cuyo argumento surge del concepto del álbum, y en la que la mayoría de los textos son -ni más ni menos- las letras que Tabaré escribió para cada una de las canciones.
Así, Urutopías se convierte en un disco por un lado, y en un comic por el otro: dos experiencias muy distintas entre sí, pero que cuentan la misma historia y bajan la misma línea. Es una aventura fantástica, ambientada en una Montevideo post-desastre ecológico, con elementos futuristas, animales antropomórficos y hasta vacas voladoras. Las letras del disco hablan de resistencia, de un resurgir de la libertad y el arte tras un período de opresión, apatía y resignación, y las historietas de Peruzzo le ponen a ese discurso la fuerza y la dinámica de un comic con mucha acción, persecuciones y situaciones extremas para los personajes. El resultado es realmente bueno, porque podés leer la historieta sin tener la menor idea de lo que sucede en el disco y aún así se entiende todo y se disfruta como (ya lo dije) una buena aventura de acción en la que un grupito resiste y confronta con un régimen represor. ¿Hay muchas de esas historietas? Sí, pero esta tiene animales en los roles de los humanos, está ambientada acá nomás y se nutre de la poesía que Tabaré Rivero le puso a sus letras. Y además el dibujo de Peruzzo (resuelto en blanco, negro y grises) es ágil, expresivo y hasta amistoso a pesar de los niveles de violencia que despliega en algunas escenas.
Lo más difícil, que era tomar las canciones de La Tabaré y darles un sentido narrativo, una curva dramática que permita convertir un disco en un relato, está perfectamente logrado. Un poco porque Urutopías es un álbum conceptual (siguen existiendo, mirá vos...) y un poco porque Peruzzo es un narrador nato, al que le tirás cualquier idea y le encuentra la vuelta para convertirla en una historia ganchera. A veces cómica y a veces (como acá) vibrante, tensa, con momentos épicos.
Si sos fan de La Tabaré, supongo que ya conocerás el disco. Pero por ahí no sabías que había un comic basado en el mismo concepto, y en ese caso, te lo recomiendo. Y si no sos fan de La Tabaré, podés leer Urutopías como una historieta atípica dentro de la vasta y muy diversa) producción de Nicolás Peruzzo. En ambos casos me parece que vas a salir más que satisfecho.
Y nada más, por hoy. Puede ser que mañana también haya reseñas, así que atenti. Mientras tanto, no dejes de descargar la Comiqueando Digital nº9 en https://comiqueandoshop.blogspot.com/, así por muy poca guita te llevás una cantidad brutal de artículos espectaculares y QRs para acceder a contenidos audiovisuales exclusivos. La seguimos pronto.
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viernes, 30 de septiembre de 2022
CERRAME LA NUEVE
Pensé que no llegaba a meter un posteo más este mes, pero acá estamos. Entre el 3 y el 12 de Octubre seguramente no habrá reseñas, porque me toca una seguidilla de varios viajes, así que voy a tratar de meter algo este domingo. Y después del 13/10, que ya voy a estar más tranqui acá en Buenos Aires, prometo un poco más de regularidad.
Arranco en España, año 1994, cuando se publica el segundo recopilatorio de Kafre, la divertidísima serie de Enrique Sánchez Abulí y Das Pastoras (o Julio Martínez Pérez) que salía todas las semanas en El Jueves. Ya expliqué un poco de que va la serie cuando reseñé el Vol.1 (04/06/18), así que recomiendo releer ese textículo. Este segundo tomo no difiere mucho de lo que me tocó descubrir en el primero: son todas historias de dos páginas, con un humor bastante corrosivo, basado en el sufrimiento físico de los personajes (que reciben todo tipo de golpes, mordeduras de animales, garrotazos, flechazos, etc.) y en la mala leche, la vieja y querida incorrección política del maestro Abulí. Como el protagonista es un sacerdote, también hay muchos chistes que involucran temas relacionados con la religión cristiana, e incluso con las creencias de los africanos cuasi-salvajes con los que debe lidiar el Padre Antón.
En algún momento Abulí echa mano al humor absurdo, y alguna vez incluso se le cuela alguna pincelada de ternura. Pero básicamente esto es "cartoon violence" y mala leche no al límite de lo impublicable, pero sí en un punto que no le debe haber causado mucha gracias a los católicos más militantes, de esos que en España abundan bastante. Lo importante es que la serie funciona, la fórmula que desarrolló Abulí no se agota en esta segunda tanda de 30 ó 31 historietas, y la comicidad salvaje de Kafre no pierde su encanto. Si a eso le sumamos unos dibujos alucinantes del prodigioso Das Pastoras, no hay ningún motivo para no entrarle pronto al Vol.3, que conseguí junto con este hace unos meses, en una comiquería de Rosario.
Allá por el 03/09/20 me tocó reseñar el Vol.1 de The Wretch, una libro que recopilaba historietas de ese extrañísimo ¿superhéroe? creado en los ´90 por el gran Phil Hester. Ahora cayó en mis manos el Vol.3 (nunca vi el Vol.2, pero si alguno lo tiene, acepto donaciones), que trae las primeras aventuras del personaje (cuando todavía se llamaba "The Creep") y la aventura final, realizada por Hester especialmente para este libro.
Son historias cortitas, casi anécdotas, algunas improvisadas casi sin un argumento previo, otras pergeñadas por Hester simplemente como vehículo de algún truco narrativo o gráfico con el que tenía ganas de experimentar. Hester aprovechaba la posibilidad de publicar esas historietas breves en una antología (casi todo este material pasó por las páginas de Negative Burn) y usaba a The Wretch como laboratorio, y como terapia, porque acá trabajaba sin guionistas ni coordinadores, a lo sumo con algún dibujante amigo que le daba una mano en el entintado que -según él- no es su fuerte. Y de este combo entre libertad y creatividad salen pequeñas gemas, como Who is the Wretch?, Black Angel y la perturbadora Baby Come Back.
Ya solo por lo bien que dibuja y narra Hester, cualquiera debería querer leer este material, pero además están esas tres historietas que mencione recién, que tienen guiones realmente preciosos. Una pena que no haya seguido con The Wretch, pero tengo otros trabajos de este monstruo en la pila de los pendientes.
Y la tercera reseña de hoy también tiene que ver con una serie de la que ya hablamos en el blog. El 04/12/19 pasó por acá el Vol.4 de Pancho el Pit Bull, y ahora me baje el Vol.5 de esta hermosa historieta de Neal Wooten y Nicolás Peruzzo. También recomiendo repasar lo que ya comentamos en las reseñas anteriores, porque esta entrega va por los mismos carriles que las anteriores.
En este tomo Neil Wooten casi no figura: hay unas cuantas tiras (muy bien castellanizadas por Peruzzo), y después es el uruguayo el que toma las riendas del libro, del que él mismo es editor. Como en los libritos anteriores, tenemos un tutorial en el que Peruzzo (especialista en historietas educativas) nos enseña a hacer fanzines o revistitas de comics. Y para abrir el libro, tenemos una historieta extensa, de 40 páginas, escrita y dibujada por Peruzzo, que rompe el formato de tiras y combina de manera brillante el clásico humor de Pancho el Pit Bull con una especie de "aventura con misterio". Son páginas donde nunca sabés dónde va a aparecer el remate humorístico, y están LLENAS de remates humorísticos, en su mayoría muy efectivos. Además se disfruta mucho el contraste entre estas páginas donde las viñetas se entrelazan de manera más libre y más creativa, y las tiras, que repiten siempre la grilla de tres viñetas de igual tamaño.
Como siempre, el dibujo y el color de Peruzzo están muy bien, muy a tono con una historieta pensada para que los chicos flasheen fuerte y los grandes tengamos un ratito de sana diversión. Como ya mencioné, esto lo edita el propio Nico Peruzzo en Uruguay, a través del sello Ninfa, así que dudo que se consiga fuera de ese país.
Ahora sí, nada más por este mes. Creo que el domingo nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog. Y si no, será el lunes, antes del viaje a Tucumán. Síganme en Instagram para estar al tanto de las ciudades por las que me lleva la gira infinita. Gracias y hasta pronto.
lunes, 6 de enero de 2020
LUNES DE GEMAS
¡A la mierda! Tenía colgada L´Expedition desde 16/05/15!
Casi cinco años de pausa entre el Vol.2 y este Vol.3 (editado en 2017) que me
leí anoche y disfruté a lo pavote.
Este es un tomo rarísimo de la serie de Richard Marazano y
Marcelo Frusín, porque básicamente no hay acción. Fuera de una secuencia de
cuatro páginas en la que pasa lo mismo que en la portada del álbum, acá tenemos
54 páginas de rosca, diálogos, conjuras, silencios, tiempos muertos, en los que
los personajes esperan que pase algo y que Marazano aprovecha para hacerlos
hablar un montón entre ellos y sobre todo para profundizar en las
personalidades de cada uno. Por supuesto el capo, el ídolo, el poronga, es
Marcus Livius. De él depende que la trama de L´Expedition avance o se empantane,
a tal punto que de los dos años que pasa en coma, Marazano nos muestra apenas
un puñadito de momentos, en flashbacks que alguien le narra al propio Marcus
Livius. Así que la clave de este tercer (y anteúltimo) tomo es esa: tener
paciencia, dejarse atrapar por la red que teje Marazano, por el clima que se
enrarece a medida que los hombres que siguen vivos y leales a Marcus se
empiezan a impacientar, a dudar de su líder, a verlo más como un… enajenado que
como un amigo. Veremos cómo resuelve todo esto el guionista en un Vol.4 que
todavía no tiene fecha de salida en Francia.
Mientras tanto, nos espera una fiesta, que son 54 páginas
dibujadas por Marcelo Frusín a un nivel tremendo, arrollador. El rosarino
divide casi todas las páginas en tres tiras, como si estuviera trabajando para
EEUU, y despliega la acción (escasa, pero bueno) en no más de siete viñetas
grandes, en las que el dibujo y el color se lucen enormemente. Hay un trabajo
impresionante en los climas, en las secuencias mudas, en ponerle onda y
dinamismo a las escenas en las que sólo vemos gente hablando, la única
secuencia realmente trepidante (la lucha de Marcus Livius contra el león) te
quita el aliento, la reconstrucción de época es perfecta y –como siempre-
Frusín saca una ventaja irremontable cuando dibuja animales. Ya desde la tapa
te aniquila con ese león y adentro te tira fatalities con serpientes, panteras
y elefantes que no te vas a poder olvidar nunca.
Este es el momento en que la aventura a todo o nada se
toma un respiro para que crezca una trama de ambición, poder y locura que
seguramente va a detonar un final impactante e impredecible para esta maravillosa
serie que –a paso lento- está haciendo historia, por su vuelo, su profundidad y
por lo mucho que se juega a no parecerse a otras 700 sagas de aventuras con
ambientación histórica que pululan por el mercado francés. Quiero ya el Vol.4.
Me vengo a Uruguay, año 2019, cuando sale Diskettes, una
novela gráfica a todo color a cargo de los mismos autores de Rincón de la Bolsa
(ver reseña del 26/12/16). Esto tiene un sólo problema: los sellos Ninfa y Loco
Rabia publican un libro de 128 páginas de las cuales sólo 100 están ocupadas
por la novela de Nicolás Peruzzo y Gabriel Serra. Las otras 28 páginas (por las
que uno paga, y a las que tiene que ”alojar” en su biblioteca) son la nada
misma, la interminable sucesión de carátulas, prólogo, bocetitos, páginas en
blanco… No sé de dónde sale esa pésima costumbre, que se ve poco en los libros
de manga, o de comic europeo, y un poco más en los de mainstream yanki. Pero
aflojen con ese vicio, posta. No suma nada, encarece los libros al pedo, hace
que ocupen más lugar, que pesen más…
Lo bueno es que Diskettes es una gran novela gráfica.
Tiene excelentes diálogos, una excelente construcción de los tres
protagonistas, un gran aprovechamiento de la época en que está ambientada
(principios de los ´80, en las postrimerías de la última dictadura militar que
padecieron los hermanos uruguayos), tiene un elenco de secundarios
laburadísimo, la trama ofrece volantazos impredecibles que no sólo agregan
impacto, sino que le sirven a Peruzzo para hacer crecer el espesor dramático de
lo que narra, varios personajes que parecen estar de relleno cobran relevancia
en algún momento y le aportan muchísimo a la trama, nunca se rompe el verosímil…
La verdad que no son pocos los guionistas que aceptarían torturar a sus hijos
con tal de escribir una obra tan redonda como la que nos ofrece Peruzzo en
Diskettes.
Esta es una historia de afectos, de solidaridad, de ambición,
de intriga, en la que lo más importante es que el lector se sienta partícipe
del sueño, de las frustraciones, de los riesgos, los miedos y la forma en que
Antonio, Diego y Roberto se vinculan entre sí, con el entorno de una empresa (de
nuevo Peruzzo se florea en un viaje al interior de una empresa uruguaya) y con
sus respectivos entornos personales. Y para eso es fundamental que el dibujo
sea claro, creíble, que nos ayude a distinguir de una a todos los personajes que
desfilan por la novela. En esos y en varios rubros más, la labor de Serra es muy,
muy notable. Con un trazo que de a poco se va despegando de Matías Bergara y Rafael
Albuquerque, y con un gran manejo de la mancha negra y del color, acá Serra
avanza varios casilleros respecto de sus trabajos anteriores. Banco a muerte a
esta dupla, obviamente.
Y nada más, por hoy. Si están de vacaciones, aprovechen
para leer muchos comics, o repasen reseñas viejas, hasta que yo vuelva a postear
nuevas, acá en el blog.
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miércoles, 4 de diciembre de 2019
MIERCOLES COPADO
Sí, parece mentira pero es
posta: el miércoles ya vamos a tener un nuevo gobierno y las probabilidades de
que sea peor que el que se va son similares a las de que te atropelle un micro
escolar en la esquina de Lavalle y Florida, un sábado de Enero a las 4 AM. Y
mientras espero ese día de ir a cantar a la Plaza, tengo para reseñar un par de
libritos más.
Tarde pero seguro empecé a
leer Low, una serie iniciada en 2014 por Rick Remender y Greg Tocchini de la
que salieron sólo 19 episodios (ni idea si terminó o quedó inconclusa, pero por
ahí algún lector me desasna). Low es un comic de recontra-ciencia-ficción,
ambientada decenas de miles de años en el futuro, cuando el sol se empezó a
expandir hasta convertir en inhabitable la superficie de la Tierra. Los humanos
que sobrevivieron se fueron a vivir en ciudades-domos bajo el océano, y
mandaron miles de sondas al espacio, en busca de algún planeta menos hostil a
donde mudarse. Pero las noticias que llegaron de estas sondas fueron escasas y
desalentadoras.
El entorno, entonces, de
este primer tomo de Low es el fondo del mar, donde viven Stel, sus hijos y su
marido Johl, que es una especie de sheriff de una de las ciudades subacuáticas.
Pero el status quo va a cambiar rápido y para el segundo episodio la familia de
Stel estará hecha pedazos por una tragedia capaz de eliminar cualquier rastro
de esperanza. Remender va a poner el foco ahí, en qué hacer cuando la esperanza
agoniza, y va a plantear a Stel como una especie de elemental de la esperanza,
como la mina que jamás se rinde, que jamás pierde la ilusión ni la convicción
de que las cosas pueden resolverse, o al menos mejorar. Con unos ovarios
monumentales, se pondrá al hombro el protagonismo de la serie y emprenderá una
búsqueda heroica (algunos dirán suicida) de sus hijas y de una sonda que
regresó con noticias que (en una de esas) son alentadoras. O sea que la machaca
acuática con mega-chiches tecno, naves y trajes exóticos y criaturas
alucinantes tiene también una especie de trasfondo filosófico, una ética, un
mensaje que en general no había visto en otras de Remender, donde la violencia
se explica y se impone por sí sola, sin profundizar demasiado.
Todo esto, sin embargo,
corre el riesgo de pasar absolutamente desapercibido, porque MUY por encima de
cualquier logro de Remender en materia de desarrollo de personajes, diálogos o
contexto espacio-temporal, está el dibujo de Tocchini. Esta bestia oriunda de
San Pablo (Brasil) deslumbra con su trazo hiper-estilizado, realista, muy
detallado y de increíble fluidez. Me cuesta muchísimo describir (y ni hablar de
explicar) lo que hace Tocchini en estas páginas, la elegancia que le pone a las
escenas más bestiales, la majestad que ostentan sus decorados, sus paisajes… Visualmente,
este es un comic realmente mágico, único e irreproducible. Encima Tocchini se
colorea a sí mismo, también a un nivel superlativo. O sea que aunque no te
interese en lo más mínimo el guión, te recomiendo sumergirte en Low para morir
de emoción con los dibujos. Tengo por ahí el Vol.2, prometo entrarle pronto.
Hora de reencontrarme con
Pancho el Pitbull, la tira que realizan el estadounidense Neal Wooten y el
uruguayo Nicolás Peruzzo para… algún medio de EEUU. Como ya vimos en las
reseñas de los tomos anteriores, la edición uruguaya tiene como gran atractivo
la traducción al rioplatense realizada por el propio Peruzzo, que no sólo
conserva sino que hasta potencia el contenido humorístico de la tira. A la hora
de armar los libritos, Peruzzo mete mucha mano, agrega dibujos y hasta una historieta
de ocho páginas 100% realizada por él, que me pareció brillante entre otras
cosas porque rompe el molde de las tiras, todas (TODAS) divididas en tres
viñetas de igual tamaño.
Es muy difícil bancar años
y años de una tira siempre en ese formato tan restrictivo un poco por el
cansancio que genera en el dibujante y un poco porque hay que ser un mago del
timing para acomodar TODOS los chistes a esa grilla sin que pierdan efecto
cómico. Por suerte Peruzzo se banca esas reglas tan estrictas, y Wooten (sin grandes
destellos de originalidad) encuentra siempre nuevos lugares por donde llevar a
la tira y que no se haga repetitiva o aburrida.
El dibujo está muy bien, el
color es excelente, después de cuatro libritos uno ya quiere a los personajes
como si fueran amigos de toda la vida, y si bien nunca estallé en carcajadas,
el aspecto humorístico funciona como debe funcionar en una tira de estas
características, en buena medida gracias a los diálogos reformulados por
Peruzzo para esta edición. Difícilmente las generaciones futuras se refieran a
Pancho el Pitbull como una tira fundamental para entender el humor gráfico de
nuestros días, pero pasar un buen rato sin mayores pretensiones, esto
recontra-garpa.
Gracias por el aguante de
siempre y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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Rick Remender
lunes, 9 de abril de 2018
LUNES NEGRO
Se me murió la computadora y me quiero morir yo también. Un palo en el orto del grosor de una palmera. Pero bueno, serán días en los que no podré actualizar el sitio de Comiqueando ni subir nuevos videos a YouTube, con lo cual me va a quedar tiempo para leer libros y escribir reseñas para el blog.
Occupy Comics es una antología que funciona como documento, como testimonio de lo que fue Occupy Wall Street, aquel movimiento popular y espontáneo, que sacudió a New York allá por 2011. Como suele suceder en este tipo de publicaciones, hay bastante material que, leído lejos del contexto que lo originó, pierde bastante el atractivo. También hay bastante relleno (ilustraciones muy lindas, pero que no narran nada) y algunas historietas que se esfuerzan por bajar una línea copada, pero no llegan a buen puerto por la impericia de sus autores, chicos o chicas poco experimentados o veteranos poco inspirados.
Veamos qué fue lo que más me gustó: Citizen Journalist, escrita por Ales Kot, es una especie de tutorial para que cualquiera pueda cubrir periodísticamente este tipo de manifestaciones populares en las que la cana sale a reprimir y el riesgo es importante. J.M. DeMatteis intenta despolitizar el conflicto y verlo a través de su típico prisma de gurú sesentón new age, y la verdad que queda medio como un boludo. Por suerte trabaja con un muy buen dibujante (Mike Cavallaro) que le salva un poco las papas. Mark L. Miller, un capo, capaz de mandar un mensaje claro y potente a través de un grafismo experimental, de alto impacto visual y gran belleza plástica. Matt Bors, lejos, lo mejor del tomo. Es humor gráfico, a veces sin secuencias, pero sin dudas es el que mejor combina buenas ideas con buenos dibujos.
Los guiones de Mark Sable, Matt Pizzolo y Caleb Monroe también son muy buenos. David Mack le pone unas imágenes gloriosas a un relato muy básico de Amanda Palmer. Otra historieta que funciona muy bien (incluso sin el contexto) es la de Si Spurrier y el ignoto pero excelente Smudge. El texto de Alan Moore pinta interesante, pero está editado y diseñado de tal manera que resulta casi imposible de leer. Páginas y páginas a un solo renglón, con una tipografía microscópica. Dejame de joder… Voy a ver si lo encuentro online, para cambiarle el formato y leerlo. Ron Wimberly y Kevin Colden tienen buenos aportes, pero de una sóla página. Y sin ponerse mucho las pilas en la narrativa, el gran Ben Templesmith tira magia visual y baja una línea tremenda en apenas dos páginas memorables.
En líneas generales, el libro no es la gloria, pero si querés tener una idea de lo que pasó en Wall Street mucho más real y honesta que lo que en su momento nos llegó a través de los medios masivos (que obviamente laburan para el 1% al que este movimiento se propuso escrachar), Occupy Comics cumple holgadamente esa función.
Salto a Argentina, 2017, cuando se publica el primer recopila-
torio de ¡Corré, Wachín!, la tira de Nahuel Sagárnaga de la que me hice fan cuando la descubrí en la web. La relación entre el pibe medio vago/ pajero/ colgado y su perro copado y simpático es algo muy frecuente en el universo de la historieta cómica y, si bien es una dinámica que Nahuel maneja con mucha soltura, no es lo que más me llama la atención. Lo que más me gusta de ¡Corré, Wachín! Es el dibujo, el dominio que muestra Sagárnaga sobre la línea, las expresiones faciales, los efectos de iluminación, los fondos, el criterio para elegir en qué momentos deformar las figuras, tirar el realismo a la mierda y jugar a plasmar expresiones grotescas y desaforadas… Los chistes podrán ser malísimos, e igual me cebaría sólo por los dibujos.
Por suerte los chistes son mayoritariamente graciosos, o en su defecto proponen una mirada tierna, buena onda, al vínculo entre humano y mascota. Acá el gran acierto de Nahuel es poner todo el tiempo el énfasis en lo adorable que es su perrito. El carisma del Wachín funciona como el ancho de espadas con el que el autor saca adelante los pasos de comedia (muchas veces 100% basados en anécdotas reales) de los que se nutre la tira.
También en 2017 salió en Uruguay el Vol.2 de Pancho el Pit Bull, otra tira cómica basada en la relación entre un pibe medio colgado y su mascota, esta vez con guiones de Neal Wooten y dibujos de Nicolás Peruzzo. No tengo mucho para agregar a la reseña del Vol.1 (publicada el 25/09/15), pero quiero señalar que los chistes me parecieron mejores que aquella vez. Lo veo a Peruzzo más suelto en la traducción, atreviéndose -me parece- a faltarle un poquito más el respeto a los diálogos originales (que Wooten escribe en inglés) para que suenen más cómicos al oído rioplatense. Peruzzo además aporta ilustraciones, entretenimientos y hasta una mini-historieta introductoria, en la que prescinde de su co-equiper estadounidense y asume él la responsabilidad de darle algo más, un extra, un mimo, a los fans de Pancho. Muy divertido, sobre todo cuando los autores se escapan de la vida cotidiana y se meten con el siempre fértil tema de la política.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Seguramente vuelvo a postear muy pronto, porque el blog es una de las pocas cosas que puedo hacer funcionar sin tener acceso a mi computadora (que en paz descanse).
Occupy Comics es una antología que funciona como documento, como testimonio de lo que fue Occupy Wall Street, aquel movimiento popular y espontáneo, que sacudió a New York allá por 2011. Como suele suceder en este tipo de publicaciones, hay bastante material que, leído lejos del contexto que lo originó, pierde bastante el atractivo. También hay bastante relleno (ilustraciones muy lindas, pero que no narran nada) y algunas historietas que se esfuerzan por bajar una línea copada, pero no llegan a buen puerto por la impericia de sus autores, chicos o chicas poco experimentados o veteranos poco inspirados.
Veamos qué fue lo que más me gustó: Citizen Journalist, escrita por Ales Kot, es una especie de tutorial para que cualquiera pueda cubrir periodísticamente este tipo de manifestaciones populares en las que la cana sale a reprimir y el riesgo es importante. J.M. DeMatteis intenta despolitizar el conflicto y verlo a través de su típico prisma de gurú sesentón new age, y la verdad que queda medio como un boludo. Por suerte trabaja con un muy buen dibujante (Mike Cavallaro) que le salva un poco las papas. Mark L. Miller, un capo, capaz de mandar un mensaje claro y potente a través de un grafismo experimental, de alto impacto visual y gran belleza plástica. Matt Bors, lejos, lo mejor del tomo. Es humor gráfico, a veces sin secuencias, pero sin dudas es el que mejor combina buenas ideas con buenos dibujos.
Los guiones de Mark Sable, Matt Pizzolo y Caleb Monroe también son muy buenos. David Mack le pone unas imágenes gloriosas a un relato muy básico de Amanda Palmer. Otra historieta que funciona muy bien (incluso sin el contexto) es la de Si Spurrier y el ignoto pero excelente Smudge. El texto de Alan Moore pinta interesante, pero está editado y diseñado de tal manera que resulta casi imposible de leer. Páginas y páginas a un solo renglón, con una tipografía microscópica. Dejame de joder… Voy a ver si lo encuentro online, para cambiarle el formato y leerlo. Ron Wimberly y Kevin Colden tienen buenos aportes, pero de una sóla página. Y sin ponerse mucho las pilas en la narrativa, el gran Ben Templesmith tira magia visual y baja una línea tremenda en apenas dos páginas memorables.
En líneas generales, el libro no es la gloria, pero si querés tener una idea de lo que pasó en Wall Street mucho más real y honesta que lo que en su momento nos llegó a través de los medios masivos (que obviamente laburan para el 1% al que este movimiento se propuso escrachar), Occupy Comics cumple holgadamente esa función.
Salto a Argentina, 2017, cuando se publica el primer recopila-
torio de ¡Corré, Wachín!, la tira de Nahuel Sagárnaga de la que me hice fan cuando la descubrí en la web. La relación entre el pibe medio vago/ pajero/ colgado y su perro copado y simpático es algo muy frecuente en el universo de la historieta cómica y, si bien es una dinámica que Nahuel maneja con mucha soltura, no es lo que más me llama la atención. Lo que más me gusta de ¡Corré, Wachín! Es el dibujo, el dominio que muestra Sagárnaga sobre la línea, las expresiones faciales, los efectos de iluminación, los fondos, el criterio para elegir en qué momentos deformar las figuras, tirar el realismo a la mierda y jugar a plasmar expresiones grotescas y desaforadas… Los chistes podrán ser malísimos, e igual me cebaría sólo por los dibujos.
Por suerte los chistes son mayoritariamente graciosos, o en su defecto proponen una mirada tierna, buena onda, al vínculo entre humano y mascota. Acá el gran acierto de Nahuel es poner todo el tiempo el énfasis en lo adorable que es su perrito. El carisma del Wachín funciona como el ancho de espadas con el que el autor saca adelante los pasos de comedia (muchas veces 100% basados en anécdotas reales) de los que se nutre la tira.
También en 2017 salió en Uruguay el Vol.2 de Pancho el Pit Bull, otra tira cómica basada en la relación entre un pibe medio colgado y su mascota, esta vez con guiones de Neal Wooten y dibujos de Nicolás Peruzzo. No tengo mucho para agregar a la reseña del Vol.1 (publicada el 25/09/15), pero quiero señalar que los chistes me parecieron mejores que aquella vez. Lo veo a Peruzzo más suelto en la traducción, atreviéndose -me parece- a faltarle un poquito más el respeto a los diálogos originales (que Wooten escribe en inglés) para que suenen más cómicos al oído rioplatense. Peruzzo además aporta ilustraciones, entretenimientos y hasta una mini-historieta introductoria, en la que prescinde de su co-equiper estadounidense y asume él la responsabilidad de darle algo más, un extra, un mimo, a los fans de Pancho. Muy divertido, sobre todo cuando los autores se escapan de la vida cotidiana y se meten con el siempre fértil tema de la política.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Seguramente vuelvo a postear muy pronto, porque el blog es una de las pocas cosas que puedo hacer funcionar sin tener acceso a mi computadora (que en paz descanse).
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Nahuel Sagárnaga,
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Nicolás Peruzzo,
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lunes, 26 de diciembre de 2016
TRES CASI A FIN DE AÑO
Vamos ya con una de las últimas tanditas de reseñas de este año.
Ahora sí, me toca leer un comic que conseguí en Uruguay y que está escrito y dibujado por autores del país hermano. Rincón de la Bolsa impacta primero por los dibujos: es el primer trabajo importante de Gabriel Serra, un artista que retoma esa línea plástica, fuerte, bien expresiva con la que descolló Matías Bergara, y la adapta con jerarquía a un estilo más pendiente del realismo fotográfico. A veces la foto-dependencia se nota un poco mucho, pero Serra está lejos de sumarse a la horda de los Juan Carlos Flicker que no saben dibujar un fondo, un auto o un teléfono. Da gusto encontrarse con pibes jóvenes con esta calidad y con tanta proyección.
¿Te acordás de La Leona, la serie de Telefé con Nancy Dupláa y Pablo Echarri? Bueno, el guión de Rincón de la Bolsa tiene muchísimos puntos en común con el de La Leona, hasta el detalle de que todo gira en torno a una fábrica textil. La diferencia es que este guión es EXCELENTE. Evidentemente mi amigo Nicolás Peruzzo alcanzó la madurez como guionista y se puede dar el lujo de urdir una trama como esta, que todo el tiempo se siente real, que te atrapa sin golpes de impacto berretas, decorada con diálogos magníficos en los que los personajes reflexionan, tiran conceptos grossos, se enseñan, se aconsejan, o tejen lealtades, amistades y romances ante los ojos del lector. Y sí, varios de esos personajes están puestos en función de que la historia dure 50 páginas y no 24, pero están tan bien trabajados que no hacen más que darle sustancia y espesor al conflicto principal, que –finalmente nos revela Peruzzo- es el que se desarrolla en el foro interno de Jaime Moleda, el protagonista excluyente de la obra. Al final le falta esa pizca mínima de riesgo, como para explicitar mejor el curso de acción que decide tomar Moleda, pero está perfectamente a tono con el ritmo y los climas que generó Peruzzo a lo largo de toda la novela. Si existe la justicia, Rincón de la Bolsa tendría que ser recordada como la mejor historieta uruguaya de 2016, como mínimo.
Pero la justicia no existe, eso está clarísimo. De otro modo, The Victories no habría pasado sin pena ni gloria y TODOS estaríamos las 24 horas hablando de cómo el maestro Michael Avon Oeming le encontró una vuelta brillante al ya gastado tema de los “superhéroes para adultos”. Ya comenté los dos primeros tomos (ver reseñas del 03/10/14 y 19/12/14) y esta vez tengo para agregar que en este Vol.3 es donde Avon Oeming deja de centrarse tanto en lo que pasa y se decide a indagar más en por qué pasa lo que pasa. Por supuesto que hay machaca, gore y muchísima acción, pero es el tomo en el que los personajes (uno más grosso que el otro) hacen esa pausa como para reflexionar y empiezan a ver la trama detrás de la trama.
Superhéroes, monstruos, alienígenas, una conspiración macabra de siglos y siglos que involucra a la elite más oligárquica y soreta de la historia, un mundo violento y crepuscular donde hasta los héroes meten miedo… Todo vale en The Victories, un comic que gana en complejidad y en potencia página a página. Mucho que ver con esto tienen el dibujo y la narrativa, en las que Avon Oeming pone el alma misma. El colorista Nick Filardi lo apuntala con gran criterio, pero es el trabajo del co-creador de Powers el que pone a este comic tan arriba, tan lejos de la masa de comics de superhéroes que buscaron captar a los lectores más creciditos. El tomo incluye además cinco historias cortitas con dibujantes invitados, entre los que se destacan Mike Hawthorne y un fetiche de este blog, el prócer español Víctor Santos. Me queda pendiente el Vol.4, al que prometo entrarle pronto. Lo conseguí junto con el Vol.3 a dos mangos, porque evidentemente el público es pelotudo y no le dio a The Victories la bola ni el apoyo que se merecía. Desde acá, el aguante tardío y el agradecimiento eterno a Michael Avon Oeming por esta cátedra descomunal de historieta.
Y meto una más, cortita. La del Vol.11 de Términus, la antología made in Rosario. Esta entrega arranca muy arriba, con una gran historia muda de Bruno Chiroleu, probablemente la mejor dibujaad de todas la que publicó en Términus. Le siguen otros dos excelentes unitarios: uno de Luis Roldán Torquemada y Diego Simone y otro de Iñaki Aragón y Fernando Baldó, los dos con temática de zombies. Juan Frigeri la rompe toda con sus dibujos en La Pira, con un guión de Fede Sartori que por ahí se podía resumir en un par de páginas menos. Nico Brondo, demoledor en sus cuatro paginitas sin texto. Y para el cierre, una dupla muy sólida como es la de Rodolfo Santullo y Damián Couceiro, con ocho páginas de una serie que me encantaría ver convertida en una novela gráfica larga. O mejor que larga: infinita. El resto, correcto, aunque sin descollar. Me queda un sólo número de Términus sin leer, ya que el Vol.12 es el último.
Gracias por el aguante y retomamos pronto.
Ahora sí, me toca leer un comic que conseguí en Uruguay y que está escrito y dibujado por autores del país hermano. Rincón de la Bolsa impacta primero por los dibujos: es el primer trabajo importante de Gabriel Serra, un artista que retoma esa línea plástica, fuerte, bien expresiva con la que descolló Matías Bergara, y la adapta con jerarquía a un estilo más pendiente del realismo fotográfico. A veces la foto-dependencia se nota un poco mucho, pero Serra está lejos de sumarse a la horda de los Juan Carlos Flicker que no saben dibujar un fondo, un auto o un teléfono. Da gusto encontrarse con pibes jóvenes con esta calidad y con tanta proyección.
¿Te acordás de La Leona, la serie de Telefé con Nancy Dupláa y Pablo Echarri? Bueno, el guión de Rincón de la Bolsa tiene muchísimos puntos en común con el de La Leona, hasta el detalle de que todo gira en torno a una fábrica textil. La diferencia es que este guión es EXCELENTE. Evidentemente mi amigo Nicolás Peruzzo alcanzó la madurez como guionista y se puede dar el lujo de urdir una trama como esta, que todo el tiempo se siente real, que te atrapa sin golpes de impacto berretas, decorada con diálogos magníficos en los que los personajes reflexionan, tiran conceptos grossos, se enseñan, se aconsejan, o tejen lealtades, amistades y romances ante los ojos del lector. Y sí, varios de esos personajes están puestos en función de que la historia dure 50 páginas y no 24, pero están tan bien trabajados que no hacen más que darle sustancia y espesor al conflicto principal, que –finalmente nos revela Peruzzo- es el que se desarrolla en el foro interno de Jaime Moleda, el protagonista excluyente de la obra. Al final le falta esa pizca mínima de riesgo, como para explicitar mejor el curso de acción que decide tomar Moleda, pero está perfectamente a tono con el ritmo y los climas que generó Peruzzo a lo largo de toda la novela. Si existe la justicia, Rincón de la Bolsa tendría que ser recordada como la mejor historieta uruguaya de 2016, como mínimo.
Pero la justicia no existe, eso está clarísimo. De otro modo, The Victories no habría pasado sin pena ni gloria y TODOS estaríamos las 24 horas hablando de cómo el maestro Michael Avon Oeming le encontró una vuelta brillante al ya gastado tema de los “superhéroes para adultos”. Ya comenté los dos primeros tomos (ver reseñas del 03/10/14 y 19/12/14) y esta vez tengo para agregar que en este Vol.3 es donde Avon Oeming deja de centrarse tanto en lo que pasa y se decide a indagar más en por qué pasa lo que pasa. Por supuesto que hay machaca, gore y muchísima acción, pero es el tomo en el que los personajes (uno más grosso que el otro) hacen esa pausa como para reflexionar y empiezan a ver la trama detrás de la trama.
Superhéroes, monstruos, alienígenas, una conspiración macabra de siglos y siglos que involucra a la elite más oligárquica y soreta de la historia, un mundo violento y crepuscular donde hasta los héroes meten miedo… Todo vale en The Victories, un comic que gana en complejidad y en potencia página a página. Mucho que ver con esto tienen el dibujo y la narrativa, en las que Avon Oeming pone el alma misma. El colorista Nick Filardi lo apuntala con gran criterio, pero es el trabajo del co-creador de Powers el que pone a este comic tan arriba, tan lejos de la masa de comics de superhéroes que buscaron captar a los lectores más creciditos. El tomo incluye además cinco historias cortitas con dibujantes invitados, entre los que se destacan Mike Hawthorne y un fetiche de este blog, el prócer español Víctor Santos. Me queda pendiente el Vol.4, al que prometo entrarle pronto. Lo conseguí junto con el Vol.3 a dos mangos, porque evidentemente el público es pelotudo y no le dio a The Victories la bola ni el apoyo que se merecía. Desde acá, el aguante tardío y el agradecimiento eterno a Michael Avon Oeming por esta cátedra descomunal de historieta.
Y meto una más, cortita. La del Vol.11 de Términus, la antología made in Rosario. Esta entrega arranca muy arriba, con una gran historia muda de Bruno Chiroleu, probablemente la mejor dibujaad de todas la que publicó en Términus. Le siguen otros dos excelentes unitarios: uno de Luis Roldán Torquemada y Diego Simone y otro de Iñaki Aragón y Fernando Baldó, los dos con temática de zombies. Juan Frigeri la rompe toda con sus dibujos en La Pira, con un guión de Fede Sartori que por ahí se podía resumir en un par de páginas menos. Nico Brondo, demoledor en sus cuatro paginitas sin texto. Y para el cierre, una dupla muy sólida como es la de Rodolfo Santullo y Damián Couceiro, con ocho páginas de una serie que me encantaría ver convertida en una novela gráfica larga. O mejor que larga: infinita. El resto, correcto, aunque sin descollar. Me queda un sólo número de Términus sin leer, ya que el Vol.12 es el último.
Gracias por el aguante y retomamos pronto.
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viernes, 25 de septiembre de 2015
25/09: PANCHO EL PIT BULL
Otro recopilatorio de una tira cómica, esta vez escrita por el yanki Neal Wooten (a quien nunca había oído nombrar) y dibujada por el uruguayo Nicolás Peruzzo, que ya tuvo varios libros reseñados acá en el blog.
Pancho el Pit Bull es una tira clásica, de humor costumbrista, tranqui, muy apta para todo público, muy controlada en materia de escatología y para nada comprometida en áreas como la sátira política o social. “Humor blanco” se le decía a esto cuando en Argentina había muchas tiras de este estilo. El gran problema que tiene esta tira es que se parece demasiado a Garfield: las especialidades de Pancho son las mismas que las del gato creado por Jim Davis: morfar, dormir y poner a su dueño (un pibe joven y soltero) en el rol del loser.
Obviamente los chistes no son los mismos, e incluso hay unos cuantos muy buenos, pero la onda en general de la tira se despega poco de muchas otras. En busca de recursos humorísticos, Wooten incorpora gradualmente personajes secundarios, y en un momento ensaya una solución que –para mi gusto- es trampa: diálogos entre Tato y su mascota en los que humano y perro parecen entenderse a pesar de que este último no habla. Al principio la gracia de muchos chistes pasa por esa desconexión entre lo que uno verbaliza y el otro interpreta. Para la segunda mitad, ya humano y perro parecen dialogar en la misma sintonía y, si bien de ahí salen juegos verbales graciosos, es algo que no me termina de cerrar.
Lo otro que pasa en la tira luego de las primeras semanas es que Peruzzo adopta una grilla de tres viñetas por tira y ya no se mueve de ahí. Al principio había tiras de uno y dos cuadros, pero pronto las variantes se reducen a una sola: tres viñetas por tira. Por suerte el dibujante se acomoda muy bien a esa grilla, organiza muy bien la cantidad de elementos que tiene que mostrar en cada cuadro (personajes, fondos y globos) y el dibujo se ve muy bien. Una vez más, Peruzzo acierta al agregarle al dibujo varias texturas en la etapa del coloreado. Esto, con colores planos, quizás se vería más simple, más atractivo para los más chicos (como en la portada), pero esas texturas que incorpora el uruguayo le dan a la tira una impronta más personal, que queda muy bien.
Y ya en el terreno de la suposición, intuyo la mano de Peruzzo a la hora de traducir los diálogos al rioplatense. Esta versión de la tira está llena de las expresiones que los porteños usamos todos los días, y si no nos dicen que los guiones originales los escribió un yanki, no tendríamos forma de imaginarlo. Obviamente en una tira costumbrista es fundamental que los personajes y los lectores sintonicen la misma frecuencia a la hora de los diálogos y eso está muy logrado. Hay un sólo “uruguayismo”: a las zapatillas les dicen “championes”. Pero es una sóla tira y todo el resto suena MUY gracioso al oído porteño.
Por ahora, Pancho el Pit Bull se editó en Uruguay y no se distribuyó fuera del país vecino. Pero si eventualmente lo ves, dale una oportunidad y compartilo con lectores adolescentes o con chicos de 10-12 años. Me da la sensación de que se van a copar.
Pancho el Pit Bull es una tira clásica, de humor costumbrista, tranqui, muy apta para todo público, muy controlada en materia de escatología y para nada comprometida en áreas como la sátira política o social. “Humor blanco” se le decía a esto cuando en Argentina había muchas tiras de este estilo. El gran problema que tiene esta tira es que se parece demasiado a Garfield: las especialidades de Pancho son las mismas que las del gato creado por Jim Davis: morfar, dormir y poner a su dueño (un pibe joven y soltero) en el rol del loser.
Obviamente los chistes no son los mismos, e incluso hay unos cuantos muy buenos, pero la onda en general de la tira se despega poco de muchas otras. En busca de recursos humorísticos, Wooten incorpora gradualmente personajes secundarios, y en un momento ensaya una solución que –para mi gusto- es trampa: diálogos entre Tato y su mascota en los que humano y perro parecen entenderse a pesar de que este último no habla. Al principio la gracia de muchos chistes pasa por esa desconexión entre lo que uno verbaliza y el otro interpreta. Para la segunda mitad, ya humano y perro parecen dialogar en la misma sintonía y, si bien de ahí salen juegos verbales graciosos, es algo que no me termina de cerrar.
Lo otro que pasa en la tira luego de las primeras semanas es que Peruzzo adopta una grilla de tres viñetas por tira y ya no se mueve de ahí. Al principio había tiras de uno y dos cuadros, pero pronto las variantes se reducen a una sola: tres viñetas por tira. Por suerte el dibujante se acomoda muy bien a esa grilla, organiza muy bien la cantidad de elementos que tiene que mostrar en cada cuadro (personajes, fondos y globos) y el dibujo se ve muy bien. Una vez más, Peruzzo acierta al agregarle al dibujo varias texturas en la etapa del coloreado. Esto, con colores planos, quizás se vería más simple, más atractivo para los más chicos (como en la portada), pero esas texturas que incorpora el uruguayo le dan a la tira una impronta más personal, que queda muy bien.
Y ya en el terreno de la suposición, intuyo la mano de Peruzzo a la hora de traducir los diálogos al rioplatense. Esta versión de la tira está llena de las expresiones que los porteños usamos todos los días, y si no nos dicen que los guiones originales los escribió un yanki, no tendríamos forma de imaginarlo. Obviamente en una tira costumbrista es fundamental que los personajes y los lectores sintonicen la misma frecuencia a la hora de los diálogos y eso está muy logrado. Hay un sólo “uruguayismo”: a las zapatillas les dicen “championes”. Pero es una sóla tira y todo el resto suena MUY gracioso al oído porteño.
Por ahora, Pancho el Pit Bull se editó en Uruguay y no se distribuyó fuera del país vecino. Pero si eventualmente lo ves, dale una oportunidad y compartilo con lectores adolescentes o con chicos de 10-12 años. Me da la sensación de que se van a copar.
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sábado, 18 de enero de 2014
18/ 01: LA MUDANZA
Hora de reencontrarnos con el comic uruguayo, más precisamente con Nicolás Peruzzo, uno de los protagonistas de la Saga de Nueva York, cuyo trabajo anterior (Ranitas) fue reseñado el 23/09/11.
La Mudanza tiene un sólo problema, que es que se le nota mucho la intención de generar una obra que apele a un público muy amplio, que le guste y le llegue a mucha más gente que la que habitualmente milita en “el palo comiquero”. Peruzzo calcula minuciosamente –creo yo- cuánto del mensaje positivo, alentador, de buena onda y de contención para el que sufrió pérdidas dolorosas le va a llegar al público no comiquero, integrado mayoritariamente por mujeres, y ahí apunta su munición más gruesa.
A partir de ahí, podés crear un bofe sensiblero, emo y –en definitiva- grasa, o podés sorprender con una historia que tome como base a los sentimientos pero no se lea como la versión gráfica de un libro de autoayuda berreta. Por suerte, La Mudanza tiene los rasgos descriptos en la segunda opción. Peruzzo se las ingenia para que su obra no se lea como un melodrama barato, sino como una historieta de notable vuelo poético, en la que un realismo mágico sutil y finoli viene a barnizar con un mensaje copado a una historia más bien bajonera, en la que la melancolía es claramente el clima hegemónico.
¿Cómo lo logra? Yo creo que la clave es la brevedad de la obra. Son 52 páginas con poco texto, en las que no pasa poco, pero en las que se aprecia la economía de recursos, de diálogos, de enfoques, de trazos incluso, porque Peruzzo opta por un grafismo más bien despojado, más cercano al de la ilustración infantil. La Mudanza no viene a cambiarte la vida. A lo sumo viene a ser esa palmada en la espalda, acompañada de un “fuerza, que no decaiga”, de las que nos dan los amigos cuando el bajón nos pasa por encima.
La historia avanza a un ritmo lento, tranqui, coherente con un comic que nos invita ante todo a la reflexión, y contribuye (el ritmo, no el comic) a que nos colguemos mirando las imágenes de esa ciudad crepuscular y semi-desierta que Peruzzo retrata con precisión, y a la que logra convertir en un personaje más de la novela. El final es redondo, apenitas previsible, y sumamente satisfactorio.
Ya hice bastante referencia al dibujo, pero me falta acotar que acá descubrí a Peruzzo en su faceta de colorista, y me parece que en este rubro es un talento a tener muy en cuenta. En casi todas las escenas se maneja con una paleta intencionalmente acotada, y cuando –en las escenas restantes- deja de lado esa limitación, sorprende con una versatilidad que contrasta maravillosamente con la paleta acotada que se impone en casi toda la obra.
La Mudanza es un comic conmovedor, un tanto argolla-friendly, es cierto, pero con un argumento bien construído, excelentes diálogos, elocuentes silencios y ese plus de belleza que significa transmitir un mensaje positivo sin cursilerías, ni clichés ridículos, sino desde un vuelo que Peruzzo emprende hacia la fantasía y la poesía, y que pilotea con mucha destreza. Si en Ranitas pegaba fuerte por su honestidad, su veracidad, su falta de tapujos para hablar de su tránsito de la adolescencia a la adultez, acá Nicolás pega tanto o más fuerte, pero con argumentos menos personales y más universales, como son las ganas y las motivaciones que nos impulsan (como diría el autor) “a seguir siguiendo” cuando la vida nos pega uno de esos sacudones que nos dejan con el culo mirando al sudeste. Más que una historieta, La Mudanza es una caricia en el alma y eso la hace enormemente valiosa.
La Mudanza tiene un sólo problema, que es que se le nota mucho la intención de generar una obra que apele a un público muy amplio, que le guste y le llegue a mucha más gente que la que habitualmente milita en “el palo comiquero”. Peruzzo calcula minuciosamente –creo yo- cuánto del mensaje positivo, alentador, de buena onda y de contención para el que sufrió pérdidas dolorosas le va a llegar al público no comiquero, integrado mayoritariamente por mujeres, y ahí apunta su munición más gruesa.
A partir de ahí, podés crear un bofe sensiblero, emo y –en definitiva- grasa, o podés sorprender con una historia que tome como base a los sentimientos pero no se lea como la versión gráfica de un libro de autoayuda berreta. Por suerte, La Mudanza tiene los rasgos descriptos en la segunda opción. Peruzzo se las ingenia para que su obra no se lea como un melodrama barato, sino como una historieta de notable vuelo poético, en la que un realismo mágico sutil y finoli viene a barnizar con un mensaje copado a una historia más bien bajonera, en la que la melancolía es claramente el clima hegemónico.
¿Cómo lo logra? Yo creo que la clave es la brevedad de la obra. Son 52 páginas con poco texto, en las que no pasa poco, pero en las que se aprecia la economía de recursos, de diálogos, de enfoques, de trazos incluso, porque Peruzzo opta por un grafismo más bien despojado, más cercano al de la ilustración infantil. La Mudanza no viene a cambiarte la vida. A lo sumo viene a ser esa palmada en la espalda, acompañada de un “fuerza, que no decaiga”, de las que nos dan los amigos cuando el bajón nos pasa por encima.
La historia avanza a un ritmo lento, tranqui, coherente con un comic que nos invita ante todo a la reflexión, y contribuye (el ritmo, no el comic) a que nos colguemos mirando las imágenes de esa ciudad crepuscular y semi-desierta que Peruzzo retrata con precisión, y a la que logra convertir en un personaje más de la novela. El final es redondo, apenitas previsible, y sumamente satisfactorio.
Ya hice bastante referencia al dibujo, pero me falta acotar que acá descubrí a Peruzzo en su faceta de colorista, y me parece que en este rubro es un talento a tener muy en cuenta. En casi todas las escenas se maneja con una paleta intencionalmente acotada, y cuando –en las escenas restantes- deja de lado esa limitación, sorprende con una versatilidad que contrasta maravillosamente con la paleta acotada que se impone en casi toda la obra.
La Mudanza es un comic conmovedor, un tanto argolla-friendly, es cierto, pero con un argumento bien construído, excelentes diálogos, elocuentes silencios y ese plus de belleza que significa transmitir un mensaje positivo sin cursilerías, ni clichés ridículos, sino desde un vuelo que Peruzzo emprende hacia la fantasía y la poesía, y que pilotea con mucha destreza. Si en Ranitas pegaba fuerte por su honestidad, su veracidad, su falta de tapujos para hablar de su tránsito de la adolescencia a la adultez, acá Nicolás pega tanto o más fuerte, pero con argumentos menos personales y más universales, como son las ganas y las motivaciones que nos impulsan (como diría el autor) “a seguir siguiendo” cuando la vida nos pega uno de esos sacudones que nos dejan con el culo mirando al sudeste. Más que una historieta, La Mudanza es una caricia en el alma y eso la hace enormemente valiosa.
viernes, 23 de septiembre de 2011
23/ 09: RANITAS

Otra vez mi paseo por la historieta latinoamericana actual me lleva al pantanoso terreno de la autobiografía, esta vez para conocer las filias y fobias de Nicolás Peruzzo, autor uruguayo de interesante trayectoria en el under, que ahora debuta con una novela gráfica de aspiraciones más masivas.
En Ranitas, Peruzzo se las ingenia para hablar mucho sobre sí mismo y a la vez generar la empatía y la identificación de un montón de gente que atravesó situaciones similares, en los mismos años (segunda mitad de los ´90 y principios de este milenio) y en la misma ciudad (Montevideo). Tallking ´bout my generation, dirían los Who. Peruzzo hilvana varias anécdotas inconexas que tienen que ver con su tránsito de la adolescencia pajero-kilombera hasta sus primeros pasos en el mundo del comic, en un tono claramente jodón. Con margen para la denuncia y un cierto compromiso con temas sociales, con algunas reflexiones muy notables (como la de “Las bandas que dejaron de ser tuyas”) y sobre todo con humor, bastante ácido y explosivo, al estilo Hate.
Parte de la consigna de Ranitas es el diálogo directo con el lector. Peruzzo (que se dibuja a sí mismo como el batracio del título) nos habla de frente, nos da explicaciones, nos blanquea cosas que sintió (o le pasaron) cuando se sentó a armar este libro, con onda y honestidad. Incluso se hace cargo de su escaso virtuosismo para el dibujo, algo de lo que hablaremos después. Lo más logrado, para mi gusto, es el principio: la forma en que Peruzzo nos muestra las diferencias entre lo que hizo y lo que le gustaría haber hecho en algunos momentos clave de su infancia y adolescencia, un juego al estilo El Otro Yo del Dr. Merengue, realmente muy bien plasmado. Y lo otro maravilloso es cuando Peruzzo frena el relato para brindarnos una especie de guía por los boliches nocturnos que frecuentaba en los años en los que transcurre Ranitas, con data posta, conjeturas, vivencias, anécdotas… Muy ingenioso.
En general, todo el libro se lee bien, rápido, y aunque no conozcas los boliches y las bandas uruguayas de esta época, seguro vas a encontrar muchas situaciones y opiniones en las que te vas a ver reflejado. A menos que tengas más de 50 años, cero humor y cero idea de lo que es la secundaria, los recitales de rock, los grafittis, y la horrible sensación de que tus amigos se van a vivir a otros países porque en el tuyo no tienen futuro.
En cuanto al dibujo, Peruzzo se hace cargo de sus limitaciones y las pilotea con bastante solvencia. Lo mejor dibujado es –lejos- esa historieta dentro de la historieta en la que hace un team-up con Michaelangelo (la tortuga ninja), una secuencia de acción que rompe el esquema realista, o testimonial, pero con mucha onda. El resto, va fluctuando bastante, en parte porque las distintas secuencias que componen el libro fueron dibujadas a lo largo de varios años y en un orden distinto al que se publican en Ranitas. Pero está bien. Tiene algún afanito menor, y varios desafíos mayores, de los que Peruzzo sale bastante bien parado, sobre todo en la secuencia de “los rugbistas”, que es como le dicen los uruguayos a los rugbiers.
El subtítulo de “catarsis y rock´n roll” le queda perfecto a este trabajo de un autor que se anima a pelar, a exponerse, a confesar y a compartir cosas de su vida, de su ideología, de su forma de entender la historieta. A veces con estridencia y siempre con huevos y con ganas de joder. Pero siempre a años luz de la inmadurez y la pelotudez adolescente, porque estamos frente a una obra que es –ante todo- fruto de la reflexión. Vale la pena.
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