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miércoles, 18 de febrero de 2026
¿LÚRCOLES O MIERNES?
Me cuesta definir qué día es hoy, porque el finde extra-large me desarmó por completo los horarios, las rutinas y la vida misma. Pero dentro del frenesí, algo pude leer y es hora de reseñar esas historietas.
En los últimos meses de 2025 en Argentina aparecieron nuevas ediciones de un clásico de Alberto Breccia (El Dorado), un clásico de Carlos Trillo (El Husmeante) y un clásico de Alberto Breccia y Carlos Trillo, que es el que quiero comentar hoy. Viajero de Gris (conocida en España como "Los Ojos y la Mente") es una serie breve que Carlos y el Viejo realizaron entre 1978 y 1980, de manera muy esporádica, mientras hacían otro montón de cosas. Son apenas seis episodios, de los cuales uno solo tiene 14 páginas y los restantes, 12. Originalmente aparecida en las revistas de Ediciones Record, nunca había tenido una recopilación en nuestro país, y ahora Black Cat y Utopía se hicieron cargo de propiciar este reencuentro entre la obra y los lectores.
La idea de que Viajero de Gris sea una serie es medio un engaña-pichanga. Cada episodio cuenta una historia totalmente distinta, ambientada en distinta época y distinto lugar, y cada una se resuelve de manera perfectamente autoconclusiva. Para que haya un factor común (no un hilo conductor) a los autores se les ocurre que Cornelius Dark, un tipo que está preso supuestamente hace mucho tiempo, tenga el "superpoder" de viajar con la mente a estos escenarios temporal y geográficamente lejanos, y materializarse fuera de la cárcel para formar parte (generalmente en roles menores) de estas breves aventuras. Las historias no se parecen nada entre sí. Algunas son épicas, otras son muy chiquitas, casi íntimas. Algunas son tragedias y la última, por ejemplo, es una comedia. Creo que la que más me gustó es la que protagoniza Vincent Van Gogh, porque soy fan del pintor y porque cuando estuve en Francia (en 2023) tuve la suerte de visitar la ciudad de Arles, que es donde transcurre la historia.
No es que Alberto se esfuerce demasiado por recrear visualmente la ciudad con algún grado de realismo. Ni a palos. Acá el Viejo trabaja con mucha libertad y, si bien no es un dibujo 100% experimental, hace cosas que en las otras historietas que publicaba Record en 1980 no se veían ni en sueños. Breccia pela un claroscuro extremo (con imágenes que Frank Miller se afanaría a mano armada años después, en That Yellow Bastard) y lo hace convivir con viñetas en las que las tonalidades de gris tienen un peso enorme, con texturas imposibles, con collage, con fotos retocadas, con figuras resueltas con una línea de pincel finísima, con aguadas... Una diversidad de recursos gráficos absolutamente demoledora, todos empleados de manera magistral por el Más Grande para lograr climas opresivos, momentos emotivos, momentos en los que la acción se vuelve vertiginosa (en contraste con las secuencias en las que solo vemos presos encerrados en sus celdas) y hasta para mostrar mujeres bellas y sensuales, algo infrecuente en la obra de Alberto.
Viajero de Gris está en el medio: no es tan pochoclera como Nadie ni tan ambiciosa como Buscavidas. Es un libro que te ofrece (ni más ni menos) seis muy buenos relatos cortos, con la mirada aguda y picante de Trillo y el estallido casi pictórico de un Viejo Breccia que le ponía belleza incluso a lo grotesco y lo atroz. Muy recomendable.
Me voy a Francia, año 2022, cuando se publica en álbum La Porte de l´Univers, una obra del maestro Daniel Goossens, bestial historietista poco traducido al habla hispana. Goossens es una mezcla entre François Boucq y Blutch, un mago absoluto que puede modificar su trazo cuando quiere para meter homenajes a Moebius, a Hugo Pratt, a Philippe Druillet, a Lucky Luke, a Tintin, o para adoptar un estilo absolutamente humorístico. Por momentos me hizo acordar al Juan Sáenz Valiente de La Sudestada, por la forma en la que -sin sacarle el culo a la jeringa del realismo- logra incorporar personajes con rasgos muy caricaturescos que no desentonan para nada con los que parecen más basados en fotos, o en personas reales.
Con una narrativa muy ágil, Goossens nos cuenta la historia de Robert Cognard, un señor de unos 70-75 años que supo ser uno de los grandes actores cómicos de su generación, de la época en la que la gente se reía de otras cosas. Pero ahora el humor de Cognard resulta desubicado y a medida que su viabilidad comercial como artista disminuye, crece en él un resentimiento que lo va a consumir. Como aquel querido Patito Saubón de Carlos Nine, Cognard se va a volver un enajenado, que se subleva a su condición de "ex-famoso" y se vuelve un tipo intratable, que no para de bajar línea, de confrontar y de exigir la atención que el público ya no le brinda. Hasta ahí, esto parece una tragicomedia. Pero hay más.
Bizarros volantazos del guion llevarán a Robert a estar recluido en una base militar de Estados Unidos y más tarde a tripular un cohete que lo llevará a "la puerta del universo" (de ahí el título del álbum) donde tendrá la oportunidad de volver al éxito como actor cómico, pero sobre todo de dialogar con Dios, en la mejor secuencia del libro. Esas siete páginas de la conversación entre Cognard y Dios son (además de un delirio) una genialidad. Además del gastado debate acerca de los límites del humor, de cómo el concepto de "lo gracioso" cambia según las épocas y demás, Goossens se anima a incursionar en debates más filosóficos, más profundos, sin dejar de hacerse cargo de lo disparatado de las situaciones que nos presenta. Y probablemente ese sea el mayor mérito de La Porte de l´Univers. Goossens tiene una larga trayectoria y una cantidad zarpada de álbumes, así que ni bien vea algún otro, intentaré capturarlo.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Mil gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 1 de mayo de 2025
FERIADÍSIMO
1º de Mayo, Día de l@s Trabajador@s, feriado global y encima esta noche tengo entradas para el concierto de Simple Minds, acá, a ocho cuadras de mi casa. Podría tranquilamente hacerme el boludo y no postear en el blog, dedicarle este rato a ver otro episodio de El Eternauta, o la adaptación de El Combate de los Jefes, o alguna otra gema de las que ofrece la querida Cuevana. Pero hoy en un mundo más justo estaría soplando las 82 velitas el inmortal Carlos Trillo, y justo ayer terminé de (re)leer una de sus obras más gloriosas, así que acá estamos.
Allá por 1981-82, cuando las historias de Buscavidas se publicaron originalmente en las páginas de SuperHum®, yo era muy pendejo y probablemente no me habrían interesado los guiones de Trillo, o me habrían ahuyentado los dibujos de Alberto Breccia. Yo soy de lo que flashearon fuerte con Buscavidas cuando Doedytores la recopiló en dos álbumes, allá por 1993-94. Hoy pude tirar a la mierda esos libritos finitos, impresos así nomás, porque felizmente hay una nueva edición de Buscavidas, en un solo tomo, mucho más cuidada, con un prólogo magnífico de Fernando Ariel García y con el agregado del episodio que no salió ni en SuperHum® ni en las recopilaciones de los ´90.
Para que nos ubiquemos fácilmente, en la continuidad de la obra de Trillo y Breccia esto viene justo después de las historias cortas que vimos acá el 22/05/14. Pero en Buscavidas la química entre los autores funciona mucho mejor. En vez de mezclar 170 técnicas distintas, Breccia se juega todo al claroscuro e instala todo el contexto visual de la serie en el terreno del grotesco más extremo, más granguiñolesco que podamos imaginar. No deja de ser vanguardia, no deja de experimentar, sorprende con el uso de tipografías y de recortes de publicidades de revistas antiguas, lleva al límite (y más allá) su impronta expresionista, y aún así se lo ve mucho más compenetrado con los guiones, más decidido a poner al dibujo al servicio del relato.
Trillo sintoniza rápidamente la frecuencia en la que quiere trabajar el maestro, y responde con historias repletas de ironía, mala leche, reflexiones amargas y situaciones en las que los personajes descienden sin el menor reparo a las fosas sépticas de la depravación moral. Buscavidas no protagoniza las historias, sino que las escucha, las vampiriza y las remata con ácidos comentarios que cierran cada una de las entregas, todas totalmente autoconclusivas. Obviamente en un libro con 14 historietas no todas son igual de buenas, pero el nivel general es realmente superlativo. La línea que baja Trillo es sutil e implacable, como la forma en que nos invita a cuestionar ideas que tienen que ver con el éxito, el poder, la belleza, la moral, incluso la cordura. Valores que -en aquellos años oscuros- pocos autores se animaban a poner en tela de juicio, y menos a burlarse de ellos. Trillo y Breccia logran una caricatura grotesca y sumamente eficaz de la sociedad de esos años, cargada de miedos, silencios y prejuicios, y lo hacen en historias que -además- están buenísimas. ¡Y los diálogos! Trillo nunca le escapó al uso de los localismos e informalismos propios del Río de la Plata en sus historietas, pero probablemente Buscavidas sea su obra más arriesgada en ese sentido, la que más apela al lunfardo, y la que tiene diálogos que nos suenan más cercanos al oído de los porteños.
El resultado de todo esto es una auténtica belleza, la demostración contundente de que en ocho páginas se pueden contar historias de gran potencia, y además jugar a fondo desde lo visual. Si vas a leer una sola obra de Carlos y Alberto, tiene que ser Buscavidas.
Y hablando de genios del claroscuro, leí Rey Rosa, un trabajo muy breve del asombroso David B., publicado en 2009 en Francia y 2010 en España. Son apenas 44 páginas en las que el autor nos cuenta una historia muy simple, basada en una obra de Pierre Mac Orlan: básicamente, un barco pirata tripulado por esqueletos de bucaneros muertos hace décadas (o siglos) vaga por los mares en busca del descanso final. Están muertos, pero sus vidas continúan, y ellos quieren ponerle fin de una puta vez. En medio de esos viajes, siguen atacando barcos tripulados por gente viva, y en uno de esos abordajes encuentran a un bebé, al que adoptan y llevan al barco pirata. ¿Cómo vive y cómo crece un bebé en un navío tripulado por esqueletos de piratas muertos? Eso es lo que cuenta el álbum en las 18 páginas finales. Hasta ese punto, Rey Rosa es más una descripción que un relato.
El clima se acerca bastante al de un cuento de hadas, no hay mucha explicación de por qué los piratas siguen vivos, ni por qué este barco asoma solo de noche y de día navega por abajo del agua, ni por qué el bebé no se ahoga cuando el barco se sumerge... Es todo un delirio muy entretenido, con mucho humor y mucha imaginación. Y el final... bueno, es el típico de las historias en las que un nenito crece fuera de su ámbito natural, no muy distinto del de -por ejemplo- The Jungle Book de Rudyard Kipling. Lo bueno es que acá casi no importa el final, lo interesante es el viaje.
Y por supuesto, el dibujo y la puesta en página de un David B. inspiradísimo, que nos regala una verdadera salvajada visual repleta de hallazgos. Su trazo vigoroso le pone aún más onda y más expresividad a lo limado del planteo, y le sube el nivel de bizarreada y de encanto surreal. El propio David B. es el responsable de colorear estas páginas, y la verdad que el color es precioso, pero podría tranquilamente no estar, porque el trabajo de línea, mancha y texturas que realiza el autor es sublime. Lástima que es una obra muy cortita, porque tanto el tema como la estética de Rey Rosa resultan perfectos para una adaptación fílmica, ya sea en dibujos animados o en stop-motion. Me la re imagino con movimiento y sonido, sobre todo con stop-motion tipo Nightmare Before Christmas, y deliro de emoción. Así como está, en esta iteración de papel y tinta, lo único que no me copó de Rey Rosa es que se termina rápido. Me doy cuenta de que no había mucho más para contar, sobre todo por lo que señalaba acerca de que el relato propiamente dicho cobra rumbo recién cuando faltan 18 páginas para el final... pero verlo a David B. dibujar a este nivel siempre dan ganas de que las historias duren el doble, el triple, 10 veces más...
Y nada más, por hoy. Disfruten el feriado y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 20 de enero de 2025
LECTURAS DE LUNES
Entre compromisos laborales y sociales y las muchísimas horas en las que los hijos de mil putas de EDESUR me cortaron la luz, vengo de varios días en los que pude leer poco y nada. Pero bueno, algo hay, como para que no falten reseñas en este espacio...
Recordando al Señor Breccia tiene el título más pedorro y menos imaginativo que yo recuerde en muchos, muchos años, pero por lo menos en la contratapa tiene la honestidad de batirte la posta: es un libro para completistas. Acá no están las mega-papongas de Alberto Breccia, con las que detonó el multiverso en su etapa de madurez. En cambio, tenemos nueve relatos breves, de los que el Viejo publicó en las revistas de Record, para después colocarlas en Italia sin más pretensiones que las de facturar unos mangos.
La única historieta realmente experimental y críptica es la última, Desfile Nocturno, un pseudo-guion de Carlos Trillo que le da al Viejo la posibilidad de irse al carajo y más allá con una apuesta gráfica inclasificable, más cercana a lo que había hecho cuando (también junto con Trillo) produjo esas adaptaciones locas de cuentos clásicos que vimos el 22/05/14. El resto es mucho más convencional, lo cual no es garantía de nada.
El libro abre con tres historias escritas cortas escritas por Guillermo Saccomanno. La primera es un embole, lastrada por una extensión exagerada (podría resolverse en la mitad de las páginas), y sin siquiera un giro interesante en el final. La segunda es un poco más ganchera, y está mejor dibujada, aunque de nuevo, al final se desinfla un poco. Y la tercera, la más corta del libro, remata una buena idea en apenas cinco páginas, y logra que la tensión no decaiga y que el texto no opaque al dibujo. Después tenemos tres historias escritas por Eugenio Mandrini, con distinta suerte. La primera es larga al pedo, tendría más sentido con menos páginas. La segunda es excelente, probablemente la mejor del libro, con un desarrollo impredecible, un impacto fuerte en el final y un Breccia que deja la vida en cada viñeta. Gema posta. Y la tercera maneja bien la tensión, pero cuando se resuelve el misterio decís "nah, ¿en serio? ¿14 páginas para este final tan choto?".
En el tramo final hay una historia escrita por Alberto Ongaro con unos dibujos gloriosos, pero que no me enganchó. Una con guion de Ítalo Fasán que es... ¿cómo decirlo? Una bazofia, una historieta totalmente olvidable que solo se rescató del oprobio porque está firmada por Breccia (aunque dibujada en un nivel MUY inferior al del resto de las historietas del libro). Y bueno, al final levanta la faz gráfica con esa escrita por Trillo que había salido en el nº100 de Skorpio.
Recordando al Señor Breccia es un pochoclito lindo, para los fans de la faceta menos ambiciosa del maestro de los maestros. No llega a los niveles de pochoclo de Nadie (ver reseña del 30/01/21) pero son historietas de género, misterios o dramas con estructuras bastante clásicas, a las que el Viejo les agrega esos climas ominosos y sombríos con su trazo y sus manchas. Tanto Saccomanno como Mandrini se esfuerzan porque la prosa sea tan sugestiva y tan original como el dibujo de Breccia, y cuando lo logran, los resultados son muy disfrutables. Cuando no, no importa, porque dibuja Breccia.
Vuelvo a Italia, de la mano de Roberto Dal Prá y Rodolfo Torti, para reencontrarme con Jan Karta, este investigador alemán medio pecho frío, pero con valores éticos sumamente loables. Una vez más, 001 Ediciones combina en un mismo libro dos aventuras, esta vez casi sin errores en los textos, lo cual se agradece. La primera aventura, ambientada en Roma en 1934 (pleno auge del fascismo) es brillante. De alguna manera indescifrable (pero magistral) Dal Prá se las ingenia para desarrollar muchísimo a los personajes secundarios, al punto de convertirlos subrepticiamente en protagonistas. Tanto la condesa Eleonora Rossi como Marta se ponen al hombro la narración, y uno siente que las conoce y las entiende incluso más que a Jan Karta. La operación que ensaya Dal Prá es tan genial, que ni siquiera hace falta que estas mujeres adopten roles heroicos para que uno las admire y quiera saber cómo siguen sus historias. Todo el tiempo se conserva un velo de ambigüedad, la sospecha de que cualquiera puede estar mintiendo, de que el complot que intenta desenmascarar Jan puede incluir a cualquiera de los que parecen ser sus aliados. Como en el tomo anterior, la situación sociopolítica le agrega una capa más de peligro a los bolonkis en los que Jan va a meter la nariz, y aún más que en el tomo anterior hay páginas con una cantidad desmesurada de viñetas, todas repletas de texto y de información visual. Si hay algo para criticarle a esta historieta es eso: Dal Prá y Torti plantearon en 52 páginas un relato que necesitaba -por lo menos- 10 ó 12 páginas más, para no quedar tan apretujado.
El segundo caso nos lleva a París, al año 1935, donde la situación política es espesa, pero no tanto como en Italia. Esta vez la trama me resultó un poco menos interesante, y hasta me atrevo a postular que si Hugo Pratt la tomaba para un relato de Corto Maltés, la liquidaba en 22 páginas. Lo que me pareció fascinante de esta aventura es que, al estar ambientada en Francia, Torti cambia su estilo gráfico para hacerlo mucho más francés. Los personajes secundarios adquieren rasgos que nos remiten a los grandes maestros del comic franco-belga: Hergé, Edgar-Pierre Jacobs, Fernand Dineur... y asombrosamente, conviven sin ningún problema con el trazo habitual de Torti, en el que veíamos cositas de Carlos Giménez, Dave Gibbons, Giancarlo Alessandrini, Jacques Tardi, Moebius y Magnus, entre otros. Me parece que lo único choto que tiene Torti es que no elige bien en qué momento poner los fondos y cuándo omitirlos. Así le quedan páginas cargadísimas de líneas e información visual que no aporta demasiado, y otras páginas muy peladas, en las que vendrían bien los fondos en aunque sea un par de viñetas. Hay páginas bellísimas, en las que blancos, negros y hasta globos de texto están perfectamente equilibrados, pero también momentos demasiado barrocos, en los que la expresividad de los personajes (que ya de por sí no es demasiada) se pierde entre un montón de elementos más. A veces, para enfatizar lo más importante (las emociones de los personajes, la acción) hay que despojarse de lo accesorio, y a Torti eso le cuesta más que a San Lorenzo meter un gol. Me queda entre los pendientes un tomo más de Jan Karta, el del arriesgadísimo regreso a su Berlín natal, que prometo leer pronto.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos a la brevedad con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 30 de enero de 2021
24 al 30 de ENERO
Termina la cuarta semana del año, y es hora de repasar las últimas lecturas.
Me gustó mucho Nadie, esa obra semi-oculta de Carlos Trillo y Alberto Breccia, realizada entre 1976 y 1978 y publicada en Argentina en la revista Tit-Bits. Es una historieta muy accesible, muy aventurera, “de batalla”, como le decía el Viejo a las historietas que realizaba en los ´70 sin más pretensiones que las de ganar guita vendiéndolas a tres o cuatro editoriales de distintos países. Después, ya en los ´80, centró su producción en obras apuntadas más claramente al público adulto, más exigente, y ahí sí, con la mira puesta más en el prestigio y la experimentación que en la facturación.
Nadie nos muestra algo raro, que es un Viejo Breccia imitable. Cuando el Viejo limaba y experimentaba, era imposible copiarlo, porque tenía un vuelo y nivel de delirio absolutamente únicos. Pero este Breccia más tranqui, más tradicional, más careta, es un poco más fácil de copiar y en estas páginas me encontré con un montón de recursos que vi más tarde en todos los dibujantes que uno asocia con la línea del Viejo: cositas que más tarde tomaron Cacho Mandrafina, Leopoldo Durañona, Horacio Lalia, incluso Enrique Breccia. Es muy loco y muy lindo disfrutar del estilo del Viejo, reconocerle todos los tics de siempre, pero además verlo hacer lo que en las historietas más experimentales no hacía: muchísimas escenas de piñas, tiros, persecusiones y explosiones, fondos, paisajes y vehículos perfectamente tomados de referencias fotográficas, onomatopeyas clásicas… Está muy bueno ver cómo todo eso convive con un universo gráfico oscuro, complejo, extraño y ominoso como el que había desarrollado el Viejo a esta altura de su increíble carrera. Y comprobar que, incluso cuando tenía ganas de ser más laburante que artista, de generar un producto comercial más que de romper todos los cánones establecidos, el genio también la descosía.
Los guiones de Trillo están bien, lástima que la serie queda inconclusa y varias cosas no se llegan a resolver. Me gustaron mucho los primeros argumentos, los que son casos vinculados al espionaje internacional en los que Nadie simplemente interviene. Después, la serie muta y se centra en las cosas que le pasan a Nadie, con lo cual Trillo tiene que darle relieve y profundidad al mundo interior de un personaje que –me parece- fue pensado para funcionar mejor como tábula rasa, como deus ex machina sobre el cual, cuanto menos sepamos, mejor. Los diálogos arrancan medio flojelli, sin esa chispa típica de los diálogos de Trillo, y mejoran con el correr de los episodios.
Sin dudas, un libro que cualquier fan de la historieta de aventuras va a disfrutar, y que por ahí sirve para que descubran a Trillo y Breccia los lectores más tradicionales, a los que en una de esas cuesta seducir con obras como Un Tal Daneri, Buscavidas o las versiones limadas de los cuentos de hadas.
Salto a Europa y al Siglo XXI, cuando David Proudhomme se suma a la colección de álbumes de historieta producida por el museo del Louvre. Y lo hace con un relato de 70 páginas… en las que no pasa absolutamente nada. Lo más parecido a un conflicto es que David (que además de autor es protagonista) se desencuentra con su novia en medio del paseo por el Louvre y se reencuentran horas después en la casa de uno de ellos. El resto del álbum se apoya en algo que no llega a ser una trama, pero que dentro de todo se disfruta bastante: Proudhomme observa y transmite con mucho ingenio el vínculo que se crea entre las obras exhibidas en el museo y la gente que se acerca a verlas. El autor se anima a imaginar no sólo qué pasa por la cabeza del tipo o la mina que queda frente al ataúd de un faraón egipcio, o frente a un lienzo de Delacroix, Cezanne o Da Vinci, sino incluso a pensar qué sienten las obras de arte frente a ese constante desfile de personas.
O sea que el núcleo del álbum es eso: el juego entre obra y espectador. Ideas, teorías fumadas, y hasta ironías con cierta mala leche acerca de cómo, para qué y por qué la gente común se mete en un museo y entra en contacto con esos tesoros de épocas pretéritas. Pero todo apenas sugerido, o presentado de modo muy liviano, con muy poco texto, como si Proudhomme se propusiera respetar el silencio que se recomienda guardar durante las visitas a los museos. Sin embargo, logra activar esos planteos en el lector, que termina por preguntarse lo mismo que el autor.
Como en toda historieta extensa en la que el texto es más bien escaso, en La Travesía del Louvre se luce tremendamente el dibujo. Acá abundan las páginas con una o dos viñetas, en las que Proudhomme deja la vida para reproducir fielmente las obras que pueblan el museo. A veces reinterpreta los cuadros clásicos en su estilo, a veces se esfuerza más por lograr una imitación convincente de los autores originales, y cuando reproduce objetos corpóreos (estatuas, bustos, ataúdes, etc.) realmente te hace sentir que además de verlos, los podés tocar.
Como lectura, La Travesía del Louvre puede dejar cierto sabor a poco. Pero lo recomiendo como una forma alternativa de recorrer el museo, sobre todo para los crotos a los que nos gusta el arte pero nunca fuimos a París, o para aquellos que no se bancan las colas y los lugares llenos de gente que habla boludeces y saca fotos sin entender bien qué carajo tiene ante sus ojos. Y por supuesto para disfrutar del depliegue de técnicas que ofrece un David Proudhomme inspiradísimo, que da cátedra con sus lápices, sus tintas, sus efectos logrados con carbonilla… una bestia cuyas páginas también merecen ser enmarcadas y exhibidas en el más prestigioso de los museos.
Y por ahora, nada más. El próximo sábado, reseñas del material que lea en la semana que ya está por empezar.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
12/12: PERRAMUS Vol.3
Allá por el 2006, cuando De la Flor editó en Argentina el Vol.4 de Perramus, no sentí la necesidad de releerlo, porque hacía poco que lo había conseguido en francés y me lo re-acordaba. De hecho, cuando escribí la reseña (16/07/10) apenas si lo repasé. En 2013, cuando salió el tomo con las dos primeras aventuras, tampoco me dio para releerlo, porque la tenía bastante presente y me acordaba que era el tramo más denso, más bajonero de la saga. Y este año, cuando apareció el Vol.3, dije “este sí, me dan muchas ganas de releerlo”. Lo había leído una sóla vez, a principios de los ´90, cuando se conseguía con bastante facilidad la edición española, y me acordaba una sola cosa: que era una aventura con mucha rosca política y con un clima de sátira por momentos filosa y por momentos más grotesca.
Me encontré con una joya, mucho mejor de lo que yo recordaba. Realizada entre 1986 y 1987, esta aventura encuentra a la dupla integrada por los maestros Juan Sasturain y Alberto Breccia MUY afianzada, muy canchera. La Isla del Guano sorprende por muchos motivos, y creo que el más notorio es cómo los autores se animan a cambiar un poquito el registro y a jugar un poco más con la farsa, con la comedia llevada al extremo. El guión está lleno de frases magníficas, muchas calzadas con punzante ironía por el glorioso Jorge Luis Borges (personaje importantísimo en la saga de Perramus y acá justo ganador del Premio Nobel que los pecho frío de la Academia Sueca nunca le dieron en el mundo real), muchas directamente en joda, buscando la sonrisa cómplice del lector. El bajón, la onda ominosa y sombría de las dos primeras aventuras, afloja un poquito y persiste –por momentos- en el dibujo de Breccia. El guión de Sasturain, en cambio, está más suelto, más libre, más cercano al estilo que muestra el maestro en sus cuentos y novelas.
Básicamente, La Isla del Guano lleva a Perramus y sus amigos a un pequeño país periférico (clásico enclave cuya economía depende exclusivamente de la producción de UNA materia prima y del buen humor de los clientes del Primer Mundo) que se debate entre ser “un país cirquero o un país de mierda”. Hay un gobierno títere que responde a los intereses de las empresas yankis, un viejo caudillo casi en el exilio y –un elemento genial, del que me había olvidado por completo- una resistencia al régimen liderada por acróbatas, malabaristas y payasos, que quieren que la isla vuelva a ser un gran circo. Con esos elementos, Sasturain logra urdir una trama llena de acción, con intriga palaciega, un romance a contramano, tiros y piñas a rolete y una apoteótica lluvia de mierda, que no puede sino recordarnos a la de No Habrá Más Penas Ni Olvido, la cautivante novela de Osvaldo Soriano.
A mitad de camino entre la metáfora socio-política con cierto vuelo poético que desplagara Carlos Trillo a fines de los ´70 y principios de los ´80 y la militancia in-your-face, con ínfimo camuflaje, que se veía en las obras setentosas de Héctor Oesterheld, La Isla del Guano te invita a vibrar con una aventura clásica, a pensar en las turbias movidas políticas tan típicas del Tercer Mundo y a reirte un poco de estos estereotipos llevados al terreno de la caricatura por un Sasturain que, claramente, tenía más ganas de divertirse que de seguir penando por las atrocidades que le tocó presenciar durante la dictadura militar.
Y el dibujo del Viejo Breccia… la verdad que es indescriptible. El de los ´80 es el Breccia que a mí más me gusta, así que imaginate. Acá el genio de Mataderos se fuma páginas con muchas viñetas, en las que quizás su dibujo no se luce tanto, y deja la vida cada vez que le toca narrar una secuencia muda, como la que cierra el capítulo V. En las páginas de pocos cuadros, Breccia suelta las riendas y sale a impactar como sólo él podía hacerlo, con esos trazos blancos sobre fondo negro, esas texturas aplicadas con collage, esas aguadas, esas manchas, esas composiciones, esas onomatopeyas… Breccia ya había dibujado aventuras, historietas con fuerte contenido político y relatos satíricos, pero no todo junto en una misma historieta! Y acá logró acoplarse con maestría al viraje que le propuso Sasturain, aunque el guionista siempre recuerda que al Viejo no le causaba gracia este tono más “ligero” en las historias de Perramus. Como sea, estamos hablando de 104 páginas impresionantes, en la que se ve al maestro en pleno uso de sus facultades narrativas y expresivas, y que hasta se anima algo que escasea en su obra, que es un personaje femenino 100% sensual y atractivo. A diferencia de otras reediciones recientes de la obra de Breccia, esta conserva el rotulado original, a cargo del gran Héctor Formento, letrista “titular” de las obras del Viejo durante varias décadas.
Trato de ser objetivo, pero no me sale. Banco a muerte a Perramus, la considero una de las dos o tres mejores historietas argentinas de la gloriosa década del ´80 y me alegra infinitamente que estas hermosas ediciones que sacó De la Flor hayan vendido tan bien y ganado tantos premios. Si sos fan de la historieta argentina, o de la historieta para adultos en general, no hay forma de recomendarte lo suficiente esta saga.
Me encontré con una joya, mucho mejor de lo que yo recordaba. Realizada entre 1986 y 1987, esta aventura encuentra a la dupla integrada por los maestros Juan Sasturain y Alberto Breccia MUY afianzada, muy canchera. La Isla del Guano sorprende por muchos motivos, y creo que el más notorio es cómo los autores se animan a cambiar un poquito el registro y a jugar un poco más con la farsa, con la comedia llevada al extremo. El guión está lleno de frases magníficas, muchas calzadas con punzante ironía por el glorioso Jorge Luis Borges (personaje importantísimo en la saga de Perramus y acá justo ganador del Premio Nobel que los pecho frío de la Academia Sueca nunca le dieron en el mundo real), muchas directamente en joda, buscando la sonrisa cómplice del lector. El bajón, la onda ominosa y sombría de las dos primeras aventuras, afloja un poquito y persiste –por momentos- en el dibujo de Breccia. El guión de Sasturain, en cambio, está más suelto, más libre, más cercano al estilo que muestra el maestro en sus cuentos y novelas.
Básicamente, La Isla del Guano lleva a Perramus y sus amigos a un pequeño país periférico (clásico enclave cuya economía depende exclusivamente de la producción de UNA materia prima y del buen humor de los clientes del Primer Mundo) que se debate entre ser “un país cirquero o un país de mierda”. Hay un gobierno títere que responde a los intereses de las empresas yankis, un viejo caudillo casi en el exilio y –un elemento genial, del que me había olvidado por completo- una resistencia al régimen liderada por acróbatas, malabaristas y payasos, que quieren que la isla vuelva a ser un gran circo. Con esos elementos, Sasturain logra urdir una trama llena de acción, con intriga palaciega, un romance a contramano, tiros y piñas a rolete y una apoteótica lluvia de mierda, que no puede sino recordarnos a la de No Habrá Más Penas Ni Olvido, la cautivante novela de Osvaldo Soriano.
A mitad de camino entre la metáfora socio-política con cierto vuelo poético que desplagara Carlos Trillo a fines de los ´70 y principios de los ´80 y la militancia in-your-face, con ínfimo camuflaje, que se veía en las obras setentosas de Héctor Oesterheld, La Isla del Guano te invita a vibrar con una aventura clásica, a pensar en las turbias movidas políticas tan típicas del Tercer Mundo y a reirte un poco de estos estereotipos llevados al terreno de la caricatura por un Sasturain que, claramente, tenía más ganas de divertirse que de seguir penando por las atrocidades que le tocó presenciar durante la dictadura militar.
Y el dibujo del Viejo Breccia… la verdad que es indescriptible. El de los ´80 es el Breccia que a mí más me gusta, así que imaginate. Acá el genio de Mataderos se fuma páginas con muchas viñetas, en las que quizás su dibujo no se luce tanto, y deja la vida cada vez que le toca narrar una secuencia muda, como la que cierra el capítulo V. En las páginas de pocos cuadros, Breccia suelta las riendas y sale a impactar como sólo él podía hacerlo, con esos trazos blancos sobre fondo negro, esas texturas aplicadas con collage, esas aguadas, esas manchas, esas composiciones, esas onomatopeyas… Breccia ya había dibujado aventuras, historietas con fuerte contenido político y relatos satíricos, pero no todo junto en una misma historieta! Y acá logró acoplarse con maestría al viraje que le propuso Sasturain, aunque el guionista siempre recuerda que al Viejo no le causaba gracia este tono más “ligero” en las historias de Perramus. Como sea, estamos hablando de 104 páginas impresionantes, en la que se ve al maestro en pleno uso de sus facultades narrativas y expresivas, y que hasta se anima algo que escasea en su obra, que es un personaje femenino 100% sensual y atractivo. A diferencia de otras reediciones recientes de la obra de Breccia, esta conserva el rotulado original, a cargo del gran Héctor Formento, letrista “titular” de las obras del Viejo durante varias décadas.
Trato de ser objetivo, pero no me sale. Banco a muerte a Perramus, la considero una de las dos o tres mejores historietas argentinas de la gloriosa década del ´80 y me alegra infinitamente que estas hermosas ediciones que sacó De la Flor hayan vendido tan bien y ganado tantos premios. Si sos fan de la historieta argentina, o de la historieta para adultos en general, no hay forma de recomendarte lo suficiente esta saga.
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jueves, 22 de mayo de 2014
22/ 05: HABIA OTRA VEZ...
Por fin se recopilaron en nuestro país estas cinco historietas breves, realizadas entre 1979 y 1980 por Alberto Breccia y Carlos Trillo. Hasta hace poco, este material estaba inédito en nuestro país, o perdido dentro de antologías inconseguibles, de hace más de 30 años.
Acá hay dos historietas rarísimas, realmente alienígenas. La de Caperucita Roja, escrita por el propio Breccia, ambienta el clásico cuento en un suburbio de Buenos Aires y cambia tanto a los personajes que Caperucita termina como vedette en un teatro de revistas con olor a prostíbulo. Acá casi no se ve el trazo del Viejo Breccia, en ninguno de sus estilos. Toda la faceta gráfica está lograda con papeles recortados, con muy pocas líneas y manchas puestas por el autor sobre los mismos. Es un trabajo rarísimo, por momentos muy crudo (como los primeros capítulos de South Park) y por momentos genial. La forma en que el Viejo repiensa el tema de la espacialidad en la viñeta, la forma en que imagina estas composiciones y las plasma con formas que no brotan de su pincel sino de papeles recortados, es realmente impactante. Por supuesto, funciona bien porque se trata de un experimento de seis páginas. Quizás esto mismo en una historieta extensa, de 64 u 80 páginas, se hacía intragable.
La otra historieta muy rara es la última, de apenas tres páginas. Aquí sí escribe Trillo y lo que se supone que debería ser una reversión satírica de La Bella Durmiente rápidamente se convierte en un chiste no muy gracioso que involucra a Karen Quinlan (una chica que pasó años conectada a máquinas que la mantuvieron artificialmente viva) y a Walt Disney, de quien se decía que había sido criogenado tras su muerte en 1966. Los propios autores (brillantemente caricaturizados por Breccia) asumen el rol protagónico para estas 12 viñetas que –leídas lejos del contexto en el que fueron concebidas- resultan extrañísimas.
Las otras tres, son verdaderas gemas: Hansel y Gretel juega al límite del terror; Blancanieves tiene un príncipe que parece un cantor de tangos y enanitos con rasgos de personajes (y personalidades) del mundo del comic; y La Cenicienta está transplantada al presente, con un astro del rock (mezcla de Elvis y Sandro) en el rol del príncipe.
Estas tres versiones destilan una genial mala leche por parte de Trillo, que acentúa las aristas más jodidas de estos relatos e incluso rescata elementos bastante escabrosos que alguna vez fueron parte de estos cuentos y que más tarde, cuando estos fueron edulcorados para ser consumidos por los niños, terminaron por ser eliminados. Por supuesto, al estar ambientada en el presente, la que más línea baja y la que se mofa de clichés más reconocibles es La Cenicienta. Creo que es la que más me gustó de todo el libro.
De todos modos, esto hay que comprarlo por el dibujo. Lo que hace Breccia en estas páginas es descomunal, no tiene explicación. El Viejo despliega su estilo bien grotesco, bien esperpéntico, bien granguiñolesco, para lograr personajes tremendos, de desaforada expresividad. A esto se le suma un color directo, aplicado con maestría, y –lo más notable- las texturas. Breccia mete todo tipo de recortes: papeles de empapelar paredes, fotos, cachos de tela, de arpillera, de bordados, de tejidos, texturas logradas con piedras y huesos, con cepillos, con tintas disueltas en líquidos más densos que el agua... un delirio total. Nunca vi uno de estos originales, pero imagino que deben ser un nirvana, algo capaz de producirle un ACV a cualquier profe de Dibujo de la secundaria. Lo más loco es que muchas de estas texturas no están para rellenar los contornos de las figuras, sino que reemplazan a las figuras! Breccia no dibuja un sólo árbol, por ejemplo. Todos los árboles están hechos con recortes de cosas cuya textura nos remite a la de los árboles. La técnica del collage aparece varias veces en la ilustre trayectoria del Viejo, pero creo que nunca me había detonado las retinas tanto como esta vez.
Por suerte, el libro está muy bien impreso, en un papel en el que se lucen plenamente todas las genialidades gráficas de Breccia. Si nos ponemos muy en puristas (como mi amigo Dani Otamendi), podemos llegar a lamentar que el rotulado original, a cargo de Héctor Formento (el gran letrista que tuvo el Viejo en sus últimos... 25 años de carrera), haya sido reemplazado por un rotulado digital, que está bien, pero es un toquecito más frío. La posta es que este libro es un lujo, imprescindible para los fans tanto de Breccia como de Trillo. Y el que no es fan de ninguno de los dos no existe, así que es imprescindible para el mundo entero.
Acá hay dos historietas rarísimas, realmente alienígenas. La de Caperucita Roja, escrita por el propio Breccia, ambienta el clásico cuento en un suburbio de Buenos Aires y cambia tanto a los personajes que Caperucita termina como vedette en un teatro de revistas con olor a prostíbulo. Acá casi no se ve el trazo del Viejo Breccia, en ninguno de sus estilos. Toda la faceta gráfica está lograda con papeles recortados, con muy pocas líneas y manchas puestas por el autor sobre los mismos. Es un trabajo rarísimo, por momentos muy crudo (como los primeros capítulos de South Park) y por momentos genial. La forma en que el Viejo repiensa el tema de la espacialidad en la viñeta, la forma en que imagina estas composiciones y las plasma con formas que no brotan de su pincel sino de papeles recortados, es realmente impactante. Por supuesto, funciona bien porque se trata de un experimento de seis páginas. Quizás esto mismo en una historieta extensa, de 64 u 80 páginas, se hacía intragable.
La otra historieta muy rara es la última, de apenas tres páginas. Aquí sí escribe Trillo y lo que se supone que debería ser una reversión satírica de La Bella Durmiente rápidamente se convierte en un chiste no muy gracioso que involucra a Karen Quinlan (una chica que pasó años conectada a máquinas que la mantuvieron artificialmente viva) y a Walt Disney, de quien se decía que había sido criogenado tras su muerte en 1966. Los propios autores (brillantemente caricaturizados por Breccia) asumen el rol protagónico para estas 12 viñetas que –leídas lejos del contexto en el que fueron concebidas- resultan extrañísimas.
Las otras tres, son verdaderas gemas: Hansel y Gretel juega al límite del terror; Blancanieves tiene un príncipe que parece un cantor de tangos y enanitos con rasgos de personajes (y personalidades) del mundo del comic; y La Cenicienta está transplantada al presente, con un astro del rock (mezcla de Elvis y Sandro) en el rol del príncipe.
Estas tres versiones destilan una genial mala leche por parte de Trillo, que acentúa las aristas más jodidas de estos relatos e incluso rescata elementos bastante escabrosos que alguna vez fueron parte de estos cuentos y que más tarde, cuando estos fueron edulcorados para ser consumidos por los niños, terminaron por ser eliminados. Por supuesto, al estar ambientada en el presente, la que más línea baja y la que se mofa de clichés más reconocibles es La Cenicienta. Creo que es la que más me gustó de todo el libro.
De todos modos, esto hay que comprarlo por el dibujo. Lo que hace Breccia en estas páginas es descomunal, no tiene explicación. El Viejo despliega su estilo bien grotesco, bien esperpéntico, bien granguiñolesco, para lograr personajes tremendos, de desaforada expresividad. A esto se le suma un color directo, aplicado con maestría, y –lo más notable- las texturas. Breccia mete todo tipo de recortes: papeles de empapelar paredes, fotos, cachos de tela, de arpillera, de bordados, de tejidos, texturas logradas con piedras y huesos, con cepillos, con tintas disueltas en líquidos más densos que el agua... un delirio total. Nunca vi uno de estos originales, pero imagino que deben ser un nirvana, algo capaz de producirle un ACV a cualquier profe de Dibujo de la secundaria. Lo más loco es que muchas de estas texturas no están para rellenar los contornos de las figuras, sino que reemplazan a las figuras! Breccia no dibuja un sólo árbol, por ejemplo. Todos los árboles están hechos con recortes de cosas cuya textura nos remite a la de los árboles. La técnica del collage aparece varias veces en la ilustre trayectoria del Viejo, pero creo que nunca me había detonado las retinas tanto como esta vez.
Por suerte, el libro está muy bien impreso, en un papel en el que se lucen plenamente todas las genialidades gráficas de Breccia. Si nos ponemos muy en puristas (como mi amigo Dani Otamendi), podemos llegar a lamentar que el rotulado original, a cargo de Héctor Formento (el gran letrista que tuvo el Viejo en sus últimos... 25 años de carrera), haya sido reemplazado por un rotulado digital, que está bien, pero es un toquecito más frío. La posta es que este libro es un lujo, imprescindible para los fans tanto de Breccia como de Trillo. Y el que no es fan de ninguno de los dos no existe, así que es imprescindible para el mundo entero.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
09/ 11: EL GATO NEGRO Y OTRAS HISTORIAS

Seguimos por el lado del terror y ahora nos acompaña el sublime, el excelso, el insuperable Alberto Breccia. A lo largo de su ilustre trayectoria, el Viejo se abocó muchas veces a adaptar a la historieta obras literarias bastante diversas, a veces solo y a veces junto a algún guionista. Este lujoso volumen reúne cinco cuentos del mítico escritor estadounidense Edgar Allan Poe, padre fundador de la literatura fantástica, convertidos en historietas por otro mito, otro artista inconmensurable que marcó un antes y un después en lo suyo, pero de acá nomás, del Río de la Plata.
Dos de estas adaptaciones fueron realizadas por el Viejo entre 1982 y 1983 y publicadas por primera vez en Italia, en 1985. Una de ellas es la que da título al libro, El Gato Negro, 12 páginas tremendas que nos muestran al Breccia grotesco, caricaturesco, volcado al color, similar al de su increíble parodia de Drácula, pero menos oscuro, con una paleta basada en verdes, marrones y rosados. Lo más notable es algo que llamará la atención en varias de las adaptaciones del genio: la poquísima cantidad de texto. Mientras la mayoría de los autores que parten de obras literarias se enamoran perdidamente de los textos y los respetan al punto de sacrificar el ritmo del relato historietístico, Breccia hace todo lo contrario: se queda sólo con los textos que no pueden faltar y el resto lo tira a la mierda. Muchísimo de lo que Poe dijera con palabras, el Viejo lo dijo con sus dibujos, a tal punto que sus adaptaciones están repletas de viñetas sin texto y a veces hasta de extensas secuencias mudas.
La otra adaptación del ´82-´83 es La Máscara de la Muerte Roja, otras 12 páginas en un estilo muy similar al de El Gato Negro, pero con una paleta de colores más amplia, más festiva. Desbordante de sangre y lujuria, es también la historieta más salvaje del tomo y la única que –además de shockearnos con una historia jodida y macabra- se propone bajar línea socio-política. Y hay orgías, gloriosamente dibujadas.
También a color, pero en los ´90 y para Francia, el Viejo realizó una adaptación (la segunda en su carrera) de El Extraño Caso del Sr. Valdemar, en la que mezcla viñetas totalmente despojadas (en las que acentúa el horror de lo que está sucediendo) con viñetas sobrecargadas, barrocas, llenas de figuras granguiñolescas y colores estridentes por todos lados, incluso dentro de los globos de texto (truquito que también vimos en su Lope de Aguirre, de 1991-92). Tal vez esta sea la menos interesante de las historietas del tomo.
Pero vamos para atrás, a los ´70, que ahí también hubo Poe dibujado por Breccia. En el ´79, y sobre guión de Guillermo Saccomanno, realizó la adaptación de la perturbadora William Wilson, con la particularidad (a mi juicio acertadísima) de transplantar la historia a Buenos Aires, al barrio de Mataderos que tan bien conociera el Viejo. Acá vemos al Breccia más raro, más experimental, con sus pinceladas viscerales, sus manchas y sus texturas fuera de control, sus coqueteos más obvios con las vanguardias de las artes plásticas del siglo pasado. Lo más loco es que, aún con todo esto, la narrativa es ajustada y sin fisuras. El texto, tan exiguo como cuando el propio Breccia se encargaba de los guiones.
Y –no podía faltar- cierra el tomo la versión de Breccia de El Corazón Delator, esa historieta mundialmente famosa, ya publicada hasta en la Condorito. Cualquiera que alguna vez haya dado clases de Historieta se la sabe de memoria, porque todos la usamos para explicar cómo se crea suspenso, tensión, como se manipula la percepción del lector del paso del tiempo, etc. También es una cátedra absoluta de claroscuro, un ejemplo asombroso de cómo se puede contar una historia sin dibujar fondos, otro ejemplo de adaptación despojada, que reduce la presencia de los textos a la mínima expresión... Todo eso y mucho más enseña el Viejo en estas 11 páginas demoledoras y fundamentales.
Si nunca leiste a Breccia, no te recomiendo empezar por acá. Agarrá material un poco anterior, como Sherlock Time o Mort Cinder. De ahí pasá a Buscavidas o Perramus y recién después metete con estas historias más raras, donde el Viejo se iba más al carajo con su expresionismo pasado de rosca, sus climas ominosos y sus constantes innovaciones técnicas. La narrativa siempre es clara, cristalina, bien clásica. Pero en la faceta visual de estos trabajos, suele estallar un Breccia poco apto para principiantes. Ahora, si te resulta atractivo porque sos fan de Poe, preparate porque esto te va a parecer alucinante y a la vez muy, muy raro.
Ah, y lo más raro de todo: varias de estas historietas nunca se habían publicado en Argentina!
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viernes, 16 de julio de 2010
16/ 07: PERRAMUS Vol.4

En el Olimpo de la historieta argentina, alla donde reina hace más de 50 años el Eternauta, hasta el más bravo integrante de nuestro panteón comiquero tiembla cada vez que alguien se calza un Perramus. La obra magna de Juan Sasturain y Alberto Breccia es –entre otras cosas- la única historieta en ganar un premio de Amnesty International. Y también una de las dos o tres mejores historietas argentinas de la gloriosa década del ´80.
Desde sus orígenes en 1981, cuando Sasturain, hasta entonces con cero trayectoria como guionista, accede a escribir una historieta para que la dibujara el Viejo, Perramus recorrió un camino no muy largo (apenas ocho años) pero sí bastante sinuoso. Empezó a realizarse cuando la dictadura militar todavía estaba al frente del gobierno de nuestro país y así de dark resultó el primer libro (El Piloto del Olvido). En el segundo (El Alma de la Ciudad), ya escrito en democracia, asoma un rayito de esperanza. El tercer arco (La Isla del Guano) ya se va bastante al carajo: arranca cuando Borges recibe el Premio Nobel de Literatura y continúa en una seguidilla de peripecias ya cercanas al realismo mágico (una lluvia de mierda, por ejemplo). Los diálogos tienen más chistes (aunque no se trata de una obra liviana, ni mucho menos) y menos referencias culturales y abunda la chicana política.
Diente por Diente, el cuarto y último arco, es una aventura más convencional, o por lo menos menos heavy. Además, es la más argentina de todas: arranca 26 meses después de la saga anterior, en el bar La Academia, y contiene apariciones o menciones al diario Clarín, María Kodama, Osvaldo Pugliese, la Guerra de Malvinas y a muchísimos tangos de Gardel, ya que todo gira en torno a la sonrisa del Zorzal. Los Mariscales ya son un triste recuerdo y Santa María ahora se llama Buenos Aires. También aparecen Fidel Castro, Frank Sinatra y Gabriel García Márquez (envueltos en situaciones que muchas veces desembocan en el grotesco o en lo desopilante), pero esta vez, el grueso de la acción lo llevan adelante Perramus, Canelones, el Enemigo y Borges.
Finalizado en 1989, este es el tomo más raro. El guionista vivía en España y el dibujante en Haedo, y se nota una cierta desconexión. Hasta el propio Sasturain subraya la contradicción, el desfasaje entre una historia que tenía mucho de comedia, con notables hallazgos en el campo del humor (elemento siempre presente en las novelas y cuentos de Sasturain) y el dibujo de Breccia, siempre pesado y sombrío. El guión y el dibujo parecen querer proponernos climas distintos, algo potencialmente peligrosísimo en un comic, pero –no me pregunten cómo- acá la mezcla funciona. No me costaría nada imaginarme ese guión dibujado por Fontanarrosa, por ejemplo. Pero no quiero, porque lo que hace Breccia con las tintas, las aguadas, los collages y los recortes es sublime, más allá de que se ajuste más o menos a la onda del relato.
Y cuando se terminó Perramus (con esa última secuencia en la el protagonista intercambia con Borges diálogos ingeniosos, citas literarias y un guiño final al lector, como amagando con romper la cuarta pared e irse a través de ella), quedó un suculento caldo de metáforas y referencias a la política y la cultura argentina de los ‘80 (que es el que nutre a la gran mayoría de los estudios sobre esta serie, vengan de respetados especialistas o de trabajos prácticos para alguna materia de Ciencias de la Comunicación). Y además quedó la aventura, plasmada en una obra descomunalmente bella, con textos y dibujos que trascienden su contexto con obscena amplitud y cuya insoslayable “argentinidad” no pareció incomodar a los lectores del resto del mundo (digo, para los que se cuidan de ambientar sus historietas en Nueva York, Tokio o Júpiter, pero jamás en Rivadavia y San Pedrito). Algo similar pasó con El Eternauta, con la diferencia de que Perramus, además, cosechó una docena de premios internacionales.
No hace falta decir que el hueco que dejó Perramus es imposible de llenar. Ni tampoco que estamos frente a una obra imposible de olvidar, de esas que se dan muy de vez en cuando, cuando dos monstruos se dan la mano y deciden ponerse los impermeables largos...
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