Esta semana me distraje bastante con boludeces y le dediqué poco tiempo a la lectura de comics. Incluso se me complicó encontrar un ratito para reseñar las cosas que sí leí. Pero bueno, acá estamos.
Llegué al Vol.4 de Aula a la Deriva, el último tomo que tengo (son seis) de la saga setentosa creada por el sensei Kazuo Umezu. Y la verdad que ya está, no me da para salir a buscar los dos tomos que me faltan como si fueran el arca de la Alianza o las manos de Perón. Me bajé cuatro brolis de casi 400 páginas cada uno y en ningún momento me dio la sensación de estar frente a una obra maestra. Esto es divertido, es impactante, pero no va más allá de los cheap thrills que se le ocurren a Umezu para mantener la tensión siempre arriba.
De hecho, los cheap thrills de este tomo ya se pasan de bizarros, a la vez que sus consecuencias se van minimizando. En este tomo tenemos una avalancha de agua (como si fuera un tsunami pero caído del cielo), una invasión de hongos tóxicos, una especie de ojo monstruoso y gigantesco, el tercer o cuarto regreso de lo más parecido a un villano recurrente que tiene la serie y –en vez de un cisma político, cosa que ya vimos hace un par de tomos- un cisma religioso, que de nuevo logra dividir a los chicos de la escuela en dos bandos enfrentados y radicalizados al punto de cagarse a palos entre ellos. Nada, en el próximo tomo a Umezu no se le van a ocurrir nuevos cataclismos para que sufran los chicos y los va a teleportar a la Argentina de Macri, a ver si de esta también zafan…
El dibujo, como ya es costumbre, está muy sobrecargado de rayitas y texturas, con algún que otro tropiezo en los primeros planos. Lo mejor que tiene Umezu nos lo muestra en las ilustraciones que abren cada capítulo y por supuesto en la narrativa, que es su punto fuerte. Si algo no se puede discutir es la efectividad de esta bestia en el armado de las secuencias y la elección de los planos para mantenerte siempre involucrado con la historia. Pero bueno, no siempre alcanza. Por ahora, me bajo acá.
Vamos con Byron P.D., una novela gráfica de autores argentinos que en 2017 se publicó tanto en nuestro país como en Francia. Esto tiene un gancho irresistible, que es el dibujo de Rodrigo Luján. No se puede creer lo que dibujó acá esta bestia del Noveno Arte, no hay forma de compararlo con ninguno de sus trabajos anteriores, porque les pasa el trapo de un modo demasiado grosero. Los climas, los encuadres, el laburo en los fondos (exigente, porque la historia está ambientada en la Londres victoriana) y los estallidos de acción son lo más destacable dentro de una faz gráfica absolutamente cautivante. No tengo dudas de que esto hay que comprarlo sí o sí por los dibujos, y después ver qué onda el resto.
¿Y qué onda el resto? A ver… imaginate un John Constantine un toque más poderoso, sacale el pucho, el escabio, las puteadas, los amigos y las novias y ahí tenés a Ian Byron, el protagonista de la novela. El guión de Alberto Moreno deja entrever que el personaje esconde un secreto grosso (probablemente un origen vinculado a la divinidad) pero lo cierto es que adolesce de una cierta falta de onda, se lo ve un poquito blando en comparación con lo bien definidos que están la época, el conflicto y obviamente el aspecto visual. Y la trama está bien, tiene sorpresas, tiene amenazas grossas, los diálogos son muy buenos… para una primera aventura de un personaje nuevo se la re-banca. Pero claro, investigadores de casos paranormales ya hay tantos, que por ahí hacía falta algo más para darle a Byron un vuelo, un filo, algo que lo eleve, que lo distinga de la horda de tipos con sobretodo largo que se entreveran con fantasmas y gente poseída por demonios.
Otro aspecto positivo de la novela es que es perfectamente apta para chicos y adolescentes. Esto se lo podés dar a cualquier pibe que flashee con Harry Potter, Percy Jackson o Amuleto, porque es apenitas, mínimamente más dark. O sea que puede funcionar perfectamente como puente entre un material más infanto-juvenil (Fuerza Mosca, por nombrar otra obra de Moreno) y un comic de onda dark fantasy como los que publicaba Vertigo en lo ´90, si se quiere.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo la semana que viene con más reseñas.
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sábado, 27 de enero de 2018
lunes, 3 de febrero de 2014
03/ 02: SEGUNDO CIRCULO
Esta es una de las tantas novelas gráficas que me resistí a leer cuando Fierro la publicó “en fetas”. Leída como debe ser (en libro y toda de corrido), me encontré con una excelente ópera prima de Ariel Zylberberg, Federico Menéndez y Rodrigo Luján, si bien a este último lo tenía más junado por su participación en varias antologías de historias cortas.
Segundo Círculo tiene dos problemas, uno menor y uno grave. El grave es que tiene varios errores de tipeo y faltas de ortografía en los textos. Parece una joda: dos guionistas y un editor, que supuestamente leyeron esta historieta más de una vez cada uno, no detectaron ni corrigieron errores tanto en los globos de diálogo como en los textos complementarios que firman los guionistas a modo de postfacio. Una cagada, porque los diálogos son realmente brillantes, muy reales, muy ricos, muy dinámicos, muy afilados.
Y el problema menor es que hay muchas, muchas páginas de 10, 11 o 12 viñetas, en las que el dibujo de Luján no tiene espacio para lucirse. Y menos cuando esas páginas coinciden con el momento en que los guionistas recurren a los diálogos para explicar algo de lo que está pasando. Así tenemos páginas repletas de viñetas muy chiquitas, a su vez tapizadas de globos bastante prominentes. Y claro, la calidad del dibujo se resiente, porque Luján no tiene espacio para elegir buenos encuadres, ni para meter detalles, ni para nada más que lo estrictamente indispensable.
El resto, la verdad que me encantó. Me encontré con una historia muy básica (una chica está en peligro y su enamorado debe convertirse en héroe para rescatarla) a la que Zylberbeg y Menéndez condimentaron con un montón de elementos infrecuentes en la historieta argentina actual, que acá funcionan muy bien: una ambientación de ciencia-ficción, un ritmo aventurero, vertiginoso, con espacio para una generosa dosis de machaca, un tono de comedia bastante picante, locaciones muy atractivas y lo más interesante: un protagonista muy bien trabajado, rodeado de un interesantísimo elenco de secundarios. Por ahí los villanos tienen bastante menos desarrollo, pero con la onda de Ezequiel, Alejandro, Penélope y Mandy alcanza y sobra para mantenernos involucrados las 68 páginas que dura la historieta.
Resalto las palabras “infrecuente en la historieta argentina actual”. No sé qué leen estos guionistas, pero me encantó la onda alienígena que tiene esta historieta, esa sensación tan copada de estar leyendo algo que no se parece mucho a nada. Me encanta leer historieta argentina que funcione y a la que no se le noten resabios de Oesterheld, Breccia, Trillo, Divito, Oski, el Loco Barreiro, Ferro, Muñoz, Oswal, Robin Wood o los que quieras. Me gusta que la mala leche, las groserías y algún detalle medio sexópata estén bien integrados a la trama central y no la eclipsen ni la reemplacen, me gusta que los personajes tengan tanto o más peso que la trama, que te dejen pidiendo a gritos una secuela, que no se vea en los autores la intención de bajar línea ni de hacerse los poetas o los sofisticados. Hay tanto de eso, que un poco de lo otro nunca viene mal.
Quiero ver más trabajos de Zylberbeg y Menéndez y quiero que en la próxima obra de Rodrigo Luján lo dejen dibujar menos cuadros por página, para que se luzca más su dibujo (con esos fondos laburadísimos, como los de Juan Sáenz Valiente o Pablo Túnica, y esos rostros super-expresivos) y su color, que es espectacular. Segundo Círculo es un soplo de aire fresco en el panorama de la historieta argentina, que sopla más o menos para el mismo lado que la Liga del Mal, es decir, para el lado de un comic de género, pensado para entretener sin mayores ambiciones, pero con una solidez muy notable y muy bienvenida. Ojalá esta edición se agote rápido, así Llanto de Mudo la reedita SIN los errores de tipeo y de ortografía, que tanto empañan el resultado global.
Segundo Círculo tiene dos problemas, uno menor y uno grave. El grave es que tiene varios errores de tipeo y faltas de ortografía en los textos. Parece una joda: dos guionistas y un editor, que supuestamente leyeron esta historieta más de una vez cada uno, no detectaron ni corrigieron errores tanto en los globos de diálogo como en los textos complementarios que firman los guionistas a modo de postfacio. Una cagada, porque los diálogos son realmente brillantes, muy reales, muy ricos, muy dinámicos, muy afilados.
Y el problema menor es que hay muchas, muchas páginas de 10, 11 o 12 viñetas, en las que el dibujo de Luján no tiene espacio para lucirse. Y menos cuando esas páginas coinciden con el momento en que los guionistas recurren a los diálogos para explicar algo de lo que está pasando. Así tenemos páginas repletas de viñetas muy chiquitas, a su vez tapizadas de globos bastante prominentes. Y claro, la calidad del dibujo se resiente, porque Luján no tiene espacio para elegir buenos encuadres, ni para meter detalles, ni para nada más que lo estrictamente indispensable.
El resto, la verdad que me encantó. Me encontré con una historia muy básica (una chica está en peligro y su enamorado debe convertirse en héroe para rescatarla) a la que Zylberbeg y Menéndez condimentaron con un montón de elementos infrecuentes en la historieta argentina actual, que acá funcionan muy bien: una ambientación de ciencia-ficción, un ritmo aventurero, vertiginoso, con espacio para una generosa dosis de machaca, un tono de comedia bastante picante, locaciones muy atractivas y lo más interesante: un protagonista muy bien trabajado, rodeado de un interesantísimo elenco de secundarios. Por ahí los villanos tienen bastante menos desarrollo, pero con la onda de Ezequiel, Alejandro, Penélope y Mandy alcanza y sobra para mantenernos involucrados las 68 páginas que dura la historieta.
Resalto las palabras “infrecuente en la historieta argentina actual”. No sé qué leen estos guionistas, pero me encantó la onda alienígena que tiene esta historieta, esa sensación tan copada de estar leyendo algo que no se parece mucho a nada. Me encanta leer historieta argentina que funcione y a la que no se le noten resabios de Oesterheld, Breccia, Trillo, Divito, Oski, el Loco Barreiro, Ferro, Muñoz, Oswal, Robin Wood o los que quieras. Me gusta que la mala leche, las groserías y algún detalle medio sexópata estén bien integrados a la trama central y no la eclipsen ni la reemplacen, me gusta que los personajes tengan tanto o más peso que la trama, que te dejen pidiendo a gritos una secuela, que no se vea en los autores la intención de bajar línea ni de hacerse los poetas o los sofisticados. Hay tanto de eso, que un poco de lo otro nunca viene mal.
Quiero ver más trabajos de Zylberbeg y Menéndez y quiero que en la próxima obra de Rodrigo Luján lo dejen dibujar menos cuadros por página, para que se luzca más su dibujo (con esos fondos laburadísimos, como los de Juan Sáenz Valiente o Pablo Túnica, y esos rostros super-expresivos) y su color, que es espectacular. Segundo Círculo es un soplo de aire fresco en el panorama de la historieta argentina, que sopla más o menos para el mismo lado que la Liga del Mal, es decir, para el lado de un comic de género, pensado para entretener sin mayores ambiciones, pero con una solidez muy notable y muy bienvenida. Ojalá esta edición se agote rápido, así Llanto de Mudo la reedita SIN los errores de tipeo y de ortografía, que tanto empañan el resultado global.
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