Izo Okada es un guerrero temible, un espadachín formidable, con nervios de acero, una técnica impecable, un coraje descomunal. Su fama de asesino implacable se expande por todas partes y los más duros oponentes se cagan encima con sólo escuchar su nombre, asociado con la muerte. Es así: si te enfrentás a Izo Okada, sos boleta. Pero además Izo Okada es un auténtico tarado, casi un deficiente mental, un nabo atómico, fácil de manipular, propenso a mandarse todas las cagadas habidas y por haber. Defiende por error a sus enemigos, mata por error a sus aliados, bardea y grita en las misiones encubiertas en las que nadie debe saber que él es el asesino, se gasta la poca plata que gana en escabio y, una vez entonado, cuenta secretos que no debiera revelar… Así como enfrentar a Izo te garantiza la muerte, ser su amigo, o incluso su jefe, te garantiza unos cuantos problemas.
¿Qué es esto? ¿Una remake japonesa de Groo? No, es una novela gráfica del sensei Hiroshi Hirata, del cual ya vimos varias obras acá en el blog. Las aventuras, desventuras, crímenes y metidas de pata de Izo Okada (que exisitió en el mundo real) están contadas en serio, en clave dramática, por este prócer indiscutido del manga de samuráis. Obviamente todo está ambientado en el Japón feudal de mediados del Siglo XIX, lo que permite contextualizar a la machaca sanguinolienta en un clima político espeso, muy fértil para la intriga palaciega y las runflas espúreas.
Esto es muy típico de los mangas de Hirata, y lamentablemente es lo que le abre la puerta a lo que menos me gusta de sus historias: la solemnidad, el protocolo, el exceso de información acerca de los clanes, sus señores, sus partidos políticos, sus samurais, sus rangos, sus pueblos y ciudades, su estipendio anual… Toda esa bola de data, fruto de una exhaustiva investigación histórica que tranquilamente podría no estar y la historia no perdería ni un ápice de su atractivo. Por el contrario, permitiría agilizar secuencias en las que el diálogo empantana seriamente al ritmo narrativo.
Básicamente, esta novela (basada en el largometraje homónimo de Shinobu Hashimoto) nos invita a acompañar a Izo Okada a lo largo de varios años de su vida. No lo vamos a ver madurar ni aprender demasiado. Quizás la única lección que aprenda es que por más grosso que seas con la espada, si los garcas con poder político te quieren tirar debajo de un bondi, te tiran. Todas las demás lecciones que la vida y los ocasionales jefes y amigos tratan de darle a Izo rebotan, son refractadas por este monolítico fan del sake y la violencia. Lo mejor que hace Hirata es no presentarnos a Izo como un villano. El tipo se dedica a matar gente porque no sabe hacer otra cosa y además, cuando la cosa se pone peliaguda, lo vemos tener un gesto muy noble, muy altruista, que no quiero revelar para no restarle impacto si algún día leés este manga.
Y bueno, sin esas escenas de diálogos larguísimos llenos de información irrelevante, y quizás con menos personajes secundarios, este manga sería una aplanadora. Las escenas de acción están buenísimas, la trama política está bien llevada y la construcción del protagonista no tiene fisuras. Te irrita un poco de tan salame, de tan necio, y eso es un mérito del autor, no tengo dudas.
La película en la que se basa el manga es de 1969 y me da la sensación de que la novela gráfica también está realizada al filo de 1970. Lamentablemente no figura ese dato en la edición española. Sólo sabemos que en Japón se recopiló en libro recién en 2005. Pero el grafismo del sensei Hirata tiene esa onda, la de los relatos de samurais que publicaba a fines de los ´60 en la revista Shounen King. Un grafismo que se hace esquemático, pero nunca torpe ni grotesco, a medida que “la cámara” se aleja, y se prodiga en detalles fascinantes a medida que la cámara “se acerca”. Los fondos son impresionantes, la variedad en las expresiones faciales es notable, el trabajo de tramas mecánicas y líneas cinéticas es brillante y lo más lindo, lo más impactante son esas secuencias de acción bien salvajes, bien al palo. Todo el primer tramo (hasta pasadita la página 90, diría yo) está un poco lastrado por la gran cantidad de viñetas que mete Hirata en cada página, organizadas en cuatro calles y con mucho diálogo. Ahí, el tempo narrativo es lento y el dibujo se luce poco. Pero en la segunda mitad de la obra abundan los hallazgos y los prodigios visuales tan típicos del maestro.
¿Lo recomiendo? Sí, de una. No es LA GLORIA, pero está muy bien. Es un manga sólido, al que se le notan poco los 45 años que tiene encima. Aún hoy, es una cátedra de dibujo del inmortal Hiroshi Hirata.
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jueves, 31 de julio de 2014
domingo, 8 de abril de 2012
08/ 04: LA REBELION DEL EMBLEMA
Cuando uno lee los mangas de samurais de Hiroshi Hirata se convence de que estos tipos perdían fácilmente la cabeza... en sentido literal. Este tomo nos ofrece cinco historias, con más de una decapitación por historia. Una de ellas (obviamente la más brutal), perpetrada a mano limpia, en un combate cuerpo a cuerpo entre dos montañas de músculos cuyas caripelas le forzarían un cambio de pañales a más de un superhéroe.
La primera es una historieta sumamente atípica en la obra de Hirata. El protagonista es un hombre de débil contextura física, pero de una inusitada genialidad intelectual. Es una historia acerca del valor de la palabra, del saber, e incluso de la ideología. Shoin Yoshida (apodado “el sensei”) pone en riesgo su vida una y otra vez por bajar línea, por hablar de los padecimientos de los pobres, de los privilegios de los ricos y de los esfuerzos de los poderosos por mantener este status quo que garantiza “la fiesta para pocos”. Lo más loco es que no habla del capitalismo salvaje del Siglo XXI, sino del sistema feudal. Hirata dota a Shoin Yoshida de una expresividad increíble, nada frecuente en estas historias donde los “héroes” suelen ser guerreros adustos, duros, nada propensos a exteriorizar sus emociones.
La segunda historia tiene un planteo bastante pobretón, relacionado con el kaishaku, que es el golpe con el que un guerrero debe decapitar a aquel que –para resguardar su honor- decide cometer sepukku. De una boludez se hace una bola tremenda, que igual consiguió ponerme nervioso, sobre todo por la crueldad con la que el protagonista mata perros y gatos.
La tercera arranca como la típica historia de conspiraciones, en la que un señor feudal detecta un intento de traición o sublevación por parte de alguno de sus súbditos y lo manda a eliminar. Acá los traidores son –casualmente- los guerreros más pulenta del clan y los que tienen la misión de liquidarlos son casi tan pulenta como ellos. Así es como antes de la mitad de estas 44 páginas, la historia derrapa hacia una de machaca sanguinolienta, de una violencia y una crudeza que te hielan la sangre.
Le sigue la historia que le da nombre al libro y que se sostiene en un conflicto tan ridículo que no te la podés tomar en serio, aunque Hirata maneje bien la tensión y logre impactar con su habitual dosis de combates truculentos y electrizantes. Sólo una sociedad de psicópatas puede castigar a Gengo (el protagonista) por lo que se lo castiga acá. De nuevo, como en Kaishaku, se arma un bolonki infernal a raiz de algo tan mínimo, que uno siente que a la historia le falta sustento. Por suerte es la mejor dibujada del tomo.
Esa tendencia de dejar que un conflicto pelotudo crezca hasta desatar una hecatombe llega al paroxismo en la última historia del tomo, La Mentira, la única que no escribe Hirata, sino Shigeo Furuya. Acá, una discusión entre dos adolescentes acerca de cómo nacen los bebés, termina en una tragedia de proporciones, con muertes, violaciones y un garche cuasi-incestuoso entre hermanastros. De nuevo, la tensión dramática funciona y el dibujo de Hirata cumple, dignifica, fascina y emociona. El problema es –una vez más- el disparador de la historia, no el desarrollo (que es excelente) y no el final, que es previsible pero no por eso menos potente.
Hiroshi Hirata realizó estas historietas en la primera mitad de los ´70, cuando su estilo ya estaba afianzado y más adelante les metió algunos retoques. O sea que, a nivel visual, esto es apabullante. Son páginas y páginas de narrativa perfecta, destreza absoluta en la anatomía, en el balance de blancos y negros y en la aplicación de aguadas y tramas mecánicas. Lo único criticable es lo que señalalmos en alguna reseña anterior: varios personajes masculinos se parecen bastante entre sí y si no prestás mucha atención, te los podés llegar a confundir. Pero este es el Hirata imbatible, el que estudió Frank Miller, el que logró que los fans del gekiga nos aprendiéramos de memoria los usos, costumbres y hasta el vocabulario del Japón feudal.
No jodo más con Hirata por un tiempo largo. Lo prometo. Y si no cumplo, me abro el vientre con una katana y le pido a Antonio, mi vecino del primero B, que me haga el kaishaku.
La primera es una historieta sumamente atípica en la obra de Hirata. El protagonista es un hombre de débil contextura física, pero de una inusitada genialidad intelectual. Es una historia acerca del valor de la palabra, del saber, e incluso de la ideología. Shoin Yoshida (apodado “el sensei”) pone en riesgo su vida una y otra vez por bajar línea, por hablar de los padecimientos de los pobres, de los privilegios de los ricos y de los esfuerzos de los poderosos por mantener este status quo que garantiza “la fiesta para pocos”. Lo más loco es que no habla del capitalismo salvaje del Siglo XXI, sino del sistema feudal. Hirata dota a Shoin Yoshida de una expresividad increíble, nada frecuente en estas historias donde los “héroes” suelen ser guerreros adustos, duros, nada propensos a exteriorizar sus emociones.
La segunda historia tiene un planteo bastante pobretón, relacionado con el kaishaku, que es el golpe con el que un guerrero debe decapitar a aquel que –para resguardar su honor- decide cometer sepukku. De una boludez se hace una bola tremenda, que igual consiguió ponerme nervioso, sobre todo por la crueldad con la que el protagonista mata perros y gatos.
La tercera arranca como la típica historia de conspiraciones, en la que un señor feudal detecta un intento de traición o sublevación por parte de alguno de sus súbditos y lo manda a eliminar. Acá los traidores son –casualmente- los guerreros más pulenta del clan y los que tienen la misión de liquidarlos son casi tan pulenta como ellos. Así es como antes de la mitad de estas 44 páginas, la historia derrapa hacia una de machaca sanguinolienta, de una violencia y una crudeza que te hielan la sangre.
Le sigue la historia que le da nombre al libro y que se sostiene en un conflicto tan ridículo que no te la podés tomar en serio, aunque Hirata maneje bien la tensión y logre impactar con su habitual dosis de combates truculentos y electrizantes. Sólo una sociedad de psicópatas puede castigar a Gengo (el protagonista) por lo que se lo castiga acá. De nuevo, como en Kaishaku, se arma un bolonki infernal a raiz de algo tan mínimo, que uno siente que a la historia le falta sustento. Por suerte es la mejor dibujada del tomo.
Esa tendencia de dejar que un conflicto pelotudo crezca hasta desatar una hecatombe llega al paroxismo en la última historia del tomo, La Mentira, la única que no escribe Hirata, sino Shigeo Furuya. Acá, una discusión entre dos adolescentes acerca de cómo nacen los bebés, termina en una tragedia de proporciones, con muertes, violaciones y un garche cuasi-incestuoso entre hermanastros. De nuevo, la tensión dramática funciona y el dibujo de Hirata cumple, dignifica, fascina y emociona. El problema es –una vez más- el disparador de la historia, no el desarrollo (que es excelente) y no el final, que es previsible pero no por eso menos potente.
Hiroshi Hirata realizó estas historietas en la primera mitad de los ´70, cuando su estilo ya estaba afianzado y más adelante les metió algunos retoques. O sea que, a nivel visual, esto es apabullante. Son páginas y páginas de narrativa perfecta, destreza absoluta en la anatomía, en el balance de blancos y negros y en la aplicación de aguadas y tramas mecánicas. Lo único criticable es lo que señalalmos en alguna reseña anterior: varios personajes masculinos se parecen bastante entre sí y si no prestás mucha atención, te los podés llegar a confundir. Pero este es el Hirata imbatible, el que estudió Frank Miller, el que logró que los fans del gekiga nos aprendiéramos de memoria los usos, costumbres y hasta el vocabulario del Japón feudal.
No jodo más con Hirata por un tiempo largo. Lo prometo. Y si no cumplo, me abro el vientre con una katana y le pido a Antonio, mi vecino del primero B, que me haga el kaishaku.
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domingo, 26 de febrero de 2012
26/ 02: PROMESAS ROTAS
Nueva antología de historietas cortas de Hiroshi Hirata, repletas de samurais, daimios, ronins y estipendios medidos en kokus. De todas las que leí hasta ahora, esta es la que trae las historietas más antiguas, en su mayoría realizadas por el maestro a fines de los ´60, que es cuando despega en Japón la historieta para adultos (o el gekiga, aunque no sean exactamente lo mismo) ya no en el bizarro formato de “mangas de alquiler”, sino en revistas grossas, de altos standards de calidad y tiradas de alcance nacional.
La verdad es que el dibujo de Hirata no está tan afianzado como en los tomos que recopilan material más “moderno”. La única historieta dibujada... a los pedos y con errores medio groseros es la última. En especial las primeras páginas, que aparentemente fueron hechas en tiempo record. En el resto del tomo Hirata se ve sólido, pero sin el virtuosismo que nos deslumbrara en otros títulos. La narrativa está muy controlada, porque las páginas están repletas de viñetas muy chiquitas, y esto es parte del motivo por el cual el dibujo se luce menos. Por supuesto, hay algunas secuencias de alto impacto, y algunas de indecible belleza. Hay una historieta (la única con guión de un tercero) todo trabajada con aguadas, hay un uso magistral de las tramas mecánicas y unas ilustraciones al inicio de cada historieta con unos detalles y un laburo de plumín que te hielan la sangre. Y aún así, visualmente Promesas Rotas se queda bastante atrás de los tomos que reúnen las historias de los ´70 y ´80.
De todos modos, lo que define son los guiones, y en ese rubro la cosa viene aún más despareja. La primera historia, sin ser gloriosa, es fuerte, shockeante, imbuída (como muchas otras en este tomo) de ese clásico fatalismo japonés, en el que los personajes tienen muy claro que el curso de sus acciones lleva hacia un desenlace trágico, y aún así avanzan hacia el mismo como cumpliendo un protocolo, o una profecía ineluctable.
La segunda debe ser la más breve del tomo (sólo 24 páginas) pero probablemente sea la mejor, la que mejor arma y mejor sostiene la tensión dramática de principio a fin. Le sigue la que está dibujada con aguadas, un bodrio infumable, escrito por Keizuke Kazahaya. Un horror, posta.
La cuarta historia tal vez no sea la mejor, pero seguro es la más interesante, porque acá Hirata pela los mismos conceptos que años más tarde vimos eclosionar en Death Note: Yanosuke Kasai desarrolla una técnica que le permite matar a sus víctimas a distancia y sin heridas, mediante paros cardíacos. Incluso puede calcular cuándo va a morir cada enemigo, lo cual convierte a Kasai en un hombre valiosísimo para un poderoso señor feudal que quiere acabar con una conspiración que se teje en su contra. No sólo la historia está bien planteada, sino que el final es tan redondo como impredecible.
En la siguiente historia, aparece otro samurai con una técnica parecida, pero va para otro lado: hay mucha más machaca y el argumento tiene mucho menos atractivo. La sexta historia arranca bien, pero rápidamente derrapa hacia otro bodrio al que le sobran personajes, diálogos, datos y protocolo.
El séptimo relato es intenso, perturbador y jodido. Es una historia de amor y dignidad, con bastante sexo y violencia. De hecho se llama “El Impotente”, porque al protagonista le cortan el miembro viril (ay, la puta que te parió, con eso no se jode!). Le sigue otra historia estirada, que se pierde en los laberintos del chamuyo, las negociaciones y las reverencias y termina por aburrir, pese a que tiene un par de secuencias muy grossas. Y la última, la que está dibujada a los santos pedos, también dura más de lo que debería, pero por lo menos el guión está bueno y termina con un doble impacto, dos sacudones de último momento, uno de ellos en el bloque de texto con el que cierra la historieta.
Resumiendo, un tomo prescindible, sólo recomendable si sos MUY fan de Hiroshi Hirata o del manga de temática histórica.
La verdad es que el dibujo de Hirata no está tan afianzado como en los tomos que recopilan material más “moderno”. La única historieta dibujada... a los pedos y con errores medio groseros es la última. En especial las primeras páginas, que aparentemente fueron hechas en tiempo record. En el resto del tomo Hirata se ve sólido, pero sin el virtuosismo que nos deslumbrara en otros títulos. La narrativa está muy controlada, porque las páginas están repletas de viñetas muy chiquitas, y esto es parte del motivo por el cual el dibujo se luce menos. Por supuesto, hay algunas secuencias de alto impacto, y algunas de indecible belleza. Hay una historieta (la única con guión de un tercero) todo trabajada con aguadas, hay un uso magistral de las tramas mecánicas y unas ilustraciones al inicio de cada historieta con unos detalles y un laburo de plumín que te hielan la sangre. Y aún así, visualmente Promesas Rotas se queda bastante atrás de los tomos que reúnen las historias de los ´70 y ´80.
De todos modos, lo que define son los guiones, y en ese rubro la cosa viene aún más despareja. La primera historia, sin ser gloriosa, es fuerte, shockeante, imbuída (como muchas otras en este tomo) de ese clásico fatalismo japonés, en el que los personajes tienen muy claro que el curso de sus acciones lleva hacia un desenlace trágico, y aún así avanzan hacia el mismo como cumpliendo un protocolo, o una profecía ineluctable.
La segunda debe ser la más breve del tomo (sólo 24 páginas) pero probablemente sea la mejor, la que mejor arma y mejor sostiene la tensión dramática de principio a fin. Le sigue la que está dibujada con aguadas, un bodrio infumable, escrito por Keizuke Kazahaya. Un horror, posta.
La cuarta historia tal vez no sea la mejor, pero seguro es la más interesante, porque acá Hirata pela los mismos conceptos que años más tarde vimos eclosionar en Death Note: Yanosuke Kasai desarrolla una técnica que le permite matar a sus víctimas a distancia y sin heridas, mediante paros cardíacos. Incluso puede calcular cuándo va a morir cada enemigo, lo cual convierte a Kasai en un hombre valiosísimo para un poderoso señor feudal que quiere acabar con una conspiración que se teje en su contra. No sólo la historia está bien planteada, sino que el final es tan redondo como impredecible.
En la siguiente historia, aparece otro samurai con una técnica parecida, pero va para otro lado: hay mucha más machaca y el argumento tiene mucho menos atractivo. La sexta historia arranca bien, pero rápidamente derrapa hacia otro bodrio al que le sobran personajes, diálogos, datos y protocolo.
El séptimo relato es intenso, perturbador y jodido. Es una historia de amor y dignidad, con bastante sexo y violencia. De hecho se llama “El Impotente”, porque al protagonista le cortan el miembro viril (ay, la puta que te parió, con eso no se jode!). Le sigue otra historia estirada, que se pierde en los laberintos del chamuyo, las negociaciones y las reverencias y termina por aburrir, pese a que tiene un par de secuencias muy grossas. Y la última, la que está dibujada a los santos pedos, también dura más de lo que debería, pero por lo menos el guión está bueno y termina con un doble impacto, dos sacudones de último momento, uno de ellos en el bloque de texto con el que cierra la historieta.
Resumiendo, un tomo prescindible, sólo recomendable si sos MUY fan de Hiroshi Hirata o del manga de temática histórica.
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sábado, 19 de noviembre de 2011
19/ 11: RELATOS INSOLITOS DE SAMURAIS

Viene rara la mano con Hiroshi Hirata. El primer libro que leí, Héroes Anónimos, me resultó aburrido. El segundo, Orgullo de Samurai, me resultó hipnótico y fascinante. Hoy arremetí con un tercero, y la mitad de las historias me encantaron y la otra mitad casi me duerme, como si en vez de un comic fuera un lexotanil o un disco de Entre Ríos. Este tomo no brinda información acerca de las fechas en las que el sensei Hirata creó estas historietas (cosa que sí constaba en los otros), así que es imposible trazar una evolución, o ubicar este material en el contexto de las obras ya leídas. No sabemos si es anterior, posterior, paralelo... Pero vamos a las historias en sí, a ver con qué nos encontramos.
La primera se titula Lucha Contra las Inundaciones en el Feudo de Oogaki y es más aburrida que un reality show de vegetales. Acá Hirata mete toneladas de texto para contarnos hechos reales en orden cronológico, como si fuera un tratado histórico ilustrado. El dibujo es espectacular, pero el conflicto, la trama queda sepultada bajo el desmesurado aluvión de datos históricos.
El Incidente de Sakai tiene 32 páginas y podría tener 8. Arranca bárbaro, con una extensa secuencia de brutal acción, casi sin textos, se precipita en el medio, entre infinitas escenas protocolares, repletas de diálogos innecesariamente extensos, y levanta muchísimo al final. Es increíble como el mismo tipo que te deja estupefacto con su destreza narrativa, desplegada en esas primeras 11 gloriosas páginas, después te manda a dormir con secuencias densas al pedo, mal armadas, con la información mal distribuída. Muy raro...
La tercera historieta, El Incidente de Kashima, es sin dudas la peor. El conflicto no está bien planteado, no es interesante, no se desarrolla de modo atractivo, nada. Lo único que hay (y mucho) son escenas de tremenda violencia, con unas decapitaciones virulentas, que te hielan la sangre, dibujadas como los dioses, pero en un contexto en el que perturban más de lo que impactan.
Pará... ¿dije que la tercera era la peor? No, la cuarta es peor. El Clan de los Kanamori tiene los mismos problemas a la hora de plantear el conflicto, pero además es más aburrida. Hablan, hablan, hablan... y al final nunca sabés si el tipo acusado de ser un ninja infiltrado entre los vasallos del daimio era o no un ninja.
Mohee el Sirviente arranca una levantada. Es la historia de ambientación más cercana (1882), y acá ya se empieza a hablar de política, de derechos humanos, de una sociedad moderna que le da la espalda a las estructuras feudales tan presentes en la obra de Hirata. Y por primera vez aparece un personaje femenino con peso, la compasiva y valiente señora Chie. Esta historia, además, tiene las tres últimas páginas más shockeantes y tremendas que leí en mucho tiempo, una secuencia muda escalofriante en la que un tipo decapita a otro... con sus propias manos.
La sexta historia, Goemon el Hatamoto, sin ser brillante, es redondita, dinámica, dura lo que tiene durar, es profunda, violenta, muy humana y muy real. Está tan buena que podría incluirse sin desentonar en Orgullo de Samurai.
Y cerramos con otra historia de orgullo y abnegación, la bravísima Orden de Acuñación de Moneda, en la que un ronin casi indigente se enfrenta nada menos que al poder del dinero. El final es impredecible y conmovedor, pero lo mejor es cómo Hirata retrata al poder del dinero, en esa escena rayana en el grotesco en la que las minas se meten unos lingotitos de oro en la argolla y se excitan como si estuvieran garchando. El propio Iemochi, el encargado de emitir la moneda, es el que más desprecia el culto al dinero, con lo cual Hirata relativiza su rol de villano en la trama que, sin duda, es la mejor resuelta del libro. Y el dibujo pega un salto cualitativo importante respecto de las otras historietas (que ya eran notables), así que esta última es una verdadera maravilla.
Sigo sin poder resolver el misterio de Hiroshi Hirata, pero pienso volver a intentarlo pronto.
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lunes, 11 de julio de 2011
11/ 07: ORGULLO DE SAMURAI

Hace unos meses, cuando me interné en otra antología de relatos de samurais creada por el maestro Hiroshi Hirata, me ensarté con unos guiones densos, protocolares, con muchísima más información de la que uno necesitaba para engancharse con las historias. Un embole, bah. Pero los dibujos eran tan alucinantes, que juré volver a apostar por el sensei Hirata, y acá estamos.
Una vez más, la timba (no muy arriesgada, porque este libro se consigue por chauchas en las comiquerías porteñas) garpó con creces. Orgullo de Samurai incluye seis historietas, de las cuales la única ilegible es la sexta, que además es la mejor dibujada. Ahí, el maestro se ceba explicándonos una compleja situación política que luego desemboca en una batalla salvaje, pero lo apreta todo en 15 míseras páginas, atiborradas de masacotes de texto, a su vez repletos de información, de la indispensable y de la otra. Está buena sólo para mojarse mirando los dibujos, o para escribir una monografía sobre la batalla de Sekigahara.
Las otras cinco historias, realizadas entre 1970 y 1971, están en un nivel bastante parejo, y muy por encima de lo visto en Héroes Anónimos. Sí, hay bastante protocolo y bastante énfasis en la relación entre señores y vasallos. Pero también hay sorpresas, giros insólitos y un ritmo mucho más atractivo. La primera es una gran historia de honor, de aguante y de respeto a los grossos, a los que se lo ganaron no por ostentar el poder, sino por hacer las cosas bien. La segunda es una historia tremenda, desgarradora, totalmente extrema y pasada de rosca, acerca de un samurai cuyo orgullo le cuesta la vida a él y a todos sus hijos. Un relato que, de verdad, te deja mal, te hiere en el alma.
El tercero juega al límite de la bizarreada: todo gira en torno a la hija de un daimio (el señor feudal) que no consigue marido porque despide un olor nauseabundo, que nadie logra soportar. Genzaburo Sasahara, aún estando comprometido con otra mujer, se ve obligado a defender el honor de su feudo y para eso se tiene que casar (y acostar!) con la hedionda doncella. Hirata mantiene siempre el tono serio, dramático y heavy, en una historia cuya premisa podría haber derrapado en cualquier momento hacia la joda, o la guasada fácil. Muy, muy notable, y muy inquietante.
La cuarta historia es la más floja, y además una de las más largas (48 páginas). Se centra en un conflicto padre-hijo, que a su vez es un conflicto entre la tradición samurai que reivindica el uso de la katana, y la “modernidad” que representan las armas de fuego. Tiene algunas secuencias mudas realmente impactantes, pero la trama me interesó poco y se me hizo densa. Y la quinta historia , por el contrario, se hace corta gracias a su intensidad y su ritmo. Es la que gira en torno a un muchacho que viola a la esposa de su padre adoptivo, y desencadena así un drama familiar con implicaciones políticas. Acá hay sexo salvaje, runflas tremendas, violencia zarpada y hasta vemos cómo la cabecita de un bebé es atravesada por un flechazo.
Ninguna de estas cinco historias está dibujada al nivel de la sexta (que es 10 años posterior), pero en las cinco vemos a un Hirata absolutamente asentado en su estilo vigoroso, de gran realismo, base –como señalamos la vez pasada- de lo que después hizo Frank Miller en su Ronin (tras combinarlo con los franceses de la Metal Hurlant). Hirata combina expresividad, dinamismo, rigor documental y un inagotable arsenal de recursos narrativos. Su único problema es que los personajes masculinos se parecen mucho entre sí, y terminás por distinguirlos por los diseños de los kimonos. Y lo que pela el prócer en la sexta historieta, ya está directamente fuera de escala. Con una narrativa más yanki y un uso perfecto de los tonos de gris aplicados con aguadas, la faz visual de ese relato compensa por completo el brutal exceso de texto y la compresión en poco espacio de una historia de gran envergadura y complejidad.
Entonces, por el momento, si te querés enganchar con Hiroshi Hirata y sus samurais, arrancá por este tomo. En una de esas, después consigo otro que me ceba más. Pero hoy, te tengo que decir que Orgullo de Samurai es un excelente punto de entrada al fascinante mundo de este genio del manga, al que –si te gusta el dibujo realista- no podés dejar de hacerle un lugarcito en tu bibiloteca.
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domingo, 10 de abril de 2011
10/ 04: HEROES ANONIMOS

A veces, el combo infalible falla: el sensei Hiroshi Hirata, la temática de samurais, shoguns y demás íconos del Japón medieval, una antología de historias cortas…. Casi cualquier cosa que reúna estos tres elementos capta de inmediato mi atención y mis pesitos. Pero, ¿está bueno?
Ni. Las diez historietas cortas que componen este tomo (que dicho sea de paso, se llama igual que el mejor tema de Metrópoli, gran banda ochentosa argentina injustamente olvidada) están dibujadas como la reputísima madre que lo parió. Cuesta creer que esto haya sido dibujado por un ser humano de tan podidamente perfecto que está todo: las caras, los cuerpos, los trajes, las armas, los edificios, los animales… y encima todo entreverado en magníficas secuencias, vibrantes, impactantes, emotivas…. Sin hablar de las nueve o diez paginitas a color, donde Hirata se revela como un genio no sólo del dibujo y la narrativa, sino también de la ilustración.
Olvidate de los típicos mangakas. Hirata llegó a principios de los ´90 (que es cuando realizó estas historietas) con una identidad gráfica totalmente alejada de lo que suele verse en el comic japonés. Por ahí algunas cosas de Hirata se ven en Takehiko Inoue, quien obviamente venera a este sensei de senseis, pero el grafismo tiene mucho más que ver con autores europeos, como Milo Manara, Sergio Toppi, o incluso Francois Boucq. Es increíble cómo Hirata maneja las tramas mecánicas, cómo banca la tensión y el interés a lo largo de largas secuencias de diálogo y cómo se zarpa cuando le toca dibujar acción y violencia. Posta, esto es magia. Y es parte de lo que hizo posible aquel alucinante estilo de Frank Miller que vimos hace mil años en Ronin.
El problema es que, de las diez historias, la mayoría no tiene buenos guiones. Basadas en historias reales, Hirata se calentó por investigar, desempolvar documentación oculta durante siglos y por estudiar a fondo la época y las vidas de cada uno de estos héroes del Japón feudal. Pero hizo una de más: como él se mató para encontrar bocha de data, te llena las historietas con… bocha de data. Y está todo bien, pero es demasiado. Para disfrutar de una historieta de 25 ó 30 páginas no necesitás TANTA información. Hirata te cuenta todo: quién es el tipo, a qué clan pertenece, cómo era la relación de este clan con el shogun Tal, o con el emperador Cual, cuánto cobraba cada funcionario/ guerrero/ mercenario, sus técnicas de combate, el nombre completo de sus padres, cuándo obtuvo el derecho a portar apellido y qué nombre adoptó en ese momento, a qué edad murió, quién lo sucedió en su cargo... y llega un punto en que decís “basta, chabón, andá al grano, no me quemes la cabeza con datos que no son esenciales para entender la trama”. Si me dijeras que es una única historia de 300 páginas, y bueno, ahí viene bien la info completa, que nos ayude a situarnos en el lugar, las costumbres, la estructura política y demás. Pero para una historieta de 25 páginas no me podés bombardear con más datos históricos que From Hell.
En paralelo a este, avanza otro obstáculo bajonero, que es el protocolo. En casi todas las historias, se enfatiza el procedimiento protocolar, burocrático, por el cual cada tipo que quiere algo manda a su enviado a parlamentar con el señor feudal/ príncipe/ shogun de turno, que a su vez lo recibe, le responde, le hace contra-ofertas, y bla-bla-bla… Páginas y páginas de tipos hablando hasta que finalmente uno decide no ceder y el otro, si su honor está en juego, planifica una reacción, que puede ser armar un lindo kilombo, o directamente cometer seppuku. Por cualquier boludez, por la más mínima discusión, los tipos hablan horas y horas del respeto a la jerarquía, la obediencia, el honor, y todas las minucias habidas y por haber en la relación entre señores y vasallos.
Las mejores historietas son, claramente, esas en las que el protocolo menos importa. Básicamente la segunda (La Medicina Milagrosa) y la décima (La Excéntrica Riu), especialmente esta última. El Perro Rabioso también tiene un argumento devastador, complejo y bien pensado, pero el guión lo tira un poquito para atrás, porque se enreda al pedo en extensos diálogos que sacan a relucir –cómo no- el protocolo militar. El tomo cierra con una undécima historia, que no es otra cosa que una primera versión de La Medicina Milagrosa, realizada 30 años antes, en 1961. Y obviamente sirve para ver cómo progresó en esas décadas el dibujo de Hirata, que ya hace 50 años era muy, muy notable.
Si sos MUY fan de la historieta histórica japonesa, por ahí tanta data y tanto chamuyo protocolar te emocionan más de lo que te aburren. En ese caso, tirate de cabeza sobre este libro y preparate para flashear, mal. Pero si querés aventuras en estado puro, con machaca condimentada con otros elementos menos obvios (sean políticos, sociales, románticos, o lo que sea) te vas a encontrar perdido en un laberinto de nombres, fechas, datos, anécdotas, cifras y demás frutos de la exhaustiva investigación del autor que, por su desmedida cantidad, en vez de ayudar, obstaculizan el desarrollo de las historias. De todos modos, el dibujo de Hirata me cagó tanto a trompadas, que seguro voy a leer más obras suyas.
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Héroes Anónimos,
Hiroshi Hirata,
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