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martes, 5 de noviembre de 2024
MARTES MÁGICO
Muy zarpada la calidad de los últimos libros que me tocó leer. Veamos.
Empiezo en Japón, año 1974, con La Aprendiz de Geisha, una serie realizada por el magistral Kazuo Kamimura que nos lleva (una vez más) al fascinante mundo de los prostíbulos japoneses en la década del 30. Creo que este es el tercer libro que leí referido a esa temática, y ya está. Ya es suficiente. Es un tema atractivo, pero no como para leer varios miles de páginas de manga siempre en torno a lo mismo. Esta obra está compuesta de 14 episodios autoconclusivos, divididos en dos mitades muy bien marcadas. En los primeros siete, nuestra protagonista, O-Tsoru, es una nena de unos 12 ó 13 años que trabaja en el prostíbulo Matsunoya, como una especie de mucama, que limpia, hace mandados y asiste a las geishas en distintas tareas. Bajo la mirada rigurosa y por momentos despiadada de la madama del establecimiento, O-Tsoru además se entrena para ser, cuando crezca, una geisha de primer nivel. En cada una de las entregas, Kamimura nos va a contar una historia que tiene que ver con las geishas, su trabajo, sus clientes, los estrictos protocolos a los que estaban sujetas, y en general el rol de O-Tsoru va a ser menor, más de testigo que de protagonista. Como en el inmortal Charlie Moon de Carlos Trillo y Horacio Altuna, la pibita va a aportar una mirada tierna, ingenua, a un ámbito donde la sordidez y la violencia están siempre a la vuelta de la esquina, porque lo que hace el prostíbulo es básicamente vender alcohol y sexo.
La segunda mitad de la serie, a partir del episodio 8, nos muestra a una O-Tsoru ya bastante más crecida, lista para su debut como geisha. Ese octavo episodio no solo parte las aguas en el manga de Kamimura, sino que además es el mejor del libro, el más fuerte, el más emotivo (y mirá que hay muchos MUY emotivos), el que más sacude al lector que llegó a querer a esa pendejita traviesa y curiosa que andaba tras bambalinas en los primeros episodios. Pronto la propia O-Tsoru va a tener una aprendiz que la va a asistir, y a acompañar a las fiestas y banquetes donde la contratan como escort para señores que ponen mucha plata. Y la segunda mitad de La Aprendiz de Geisha es eso: historias protagonizadas por O-Tsoru y O-Haru, a veces en Matsunoya y a veces en lugares a los que la geisha y su asistente viajan por trabajo. La mayoría son muy interesantes, con giros impredecibles, con poco énfasis en el acto sexual propiamente dicho, con un gran aprovechamiento del contexto de la época y -como siempre que hablamos de mangas creados por Kazuo Kamimura- con una onda triste, bajonera, melancólica. A veces por las injusticias que padecen estas chicas, a veces por las desgracias ajenas que les toca presenciar, pero siempre está ahí el regusto amargo de los relatos de Kamimura, incluso cuando en esta obra hay algún que otro momento más cercano a la comedia.
Lo único realmente criticable es que el último episodio es uno más: es el último, pero no es un cierre. Podría haber sido el décimo, el undécimo, cualquiera. Me hubiera gustado un capítulo final que funcione precisamente como un final. El resto, muy satisfactorio, y en esto incluyo al dibujo de Kamimura, que me encanta. Tiene personajes expresivos, una reconstrucción de época fascinante, muchos logros en la composición de las viñetas, en la aplicación de los grises, una enorme fluidez en el relato gráfico... Si te gusta el manga dramático, sin chistes ni elementos fantásticos, con poca violencia y una pizca moderada de sexo, no tengo dudas de que La Aprendiz de Geisha te va a seducir.
Nos vamos a España, año 2022, cuando Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero unen fuerzas por cuarta vez, para llevarnos de regreso al mundo de Corto Maltés, creado en 1967 por el inolvidable Hugo Pratt. A diferencia de los tres anteriores, Nocturno Berlinés es un álbum 100% urbano, una variante que el propio Pratt introducía cada tanto en la serie que lo consagró a nivel global. Las 70 páginas nos invitan a recorrer Berlín y Praga, en un momento de 1924 en el que Corto volvió hace poco de su viaje por Suiza (narrado por Pratt en Las Helvéticas). Menos exótico y más noir que sus predecesores, Nocturno Berlinés ofrece -como su título lo sugiere- muchas escenas de noche, y una exploración minuciosa de lo que pasaba en esa época en Berlín. Estamos en plena República de Weimar, Adolf Hitler está preso tras un frustrado golpe de estado, la capital de Alemania es un hervidero de poetas y filósofos, mientras triunfan una arquitectura moderna y un cine expresionista, con elementos fantásticos y de terror, que ejercerá una enorme influencia a nivel global. Pero además, laten las amenazas de una inestabilidad económica incontrolable y un antisemitismo que crece de manera sostenida en parte de la comunidad. Ah, y los míticos cabarets, donde cantan y bailan hombres, mujeres y seres andróginos que no se sabe bien qué son. Pareciera que Díaz Canales le preguntó a todos sus amigos con qué asocian la idea de "Berlín, 1924" y no dejó nada afuera. Algunos de estos elementos tienen más peso en la trama, otros menos, pero TODO aparece en el álbum, como si fuera un episodio piloto de una serie extensa que se va a desarrollar 100% en esa ambientación.
El guion es muy bueno, con grandes diálogos y giros impredecibles, y con muchas escenas que parecen escritas por el mismísimo Hugo Pratt. No sé si me gustó más que el anterior, pero están ahí, cabeza a cabeza. Y al nivel de las mejores historias de la etapa clásica de Corto Maltés. Me parece que en esta serie, el 90% del éxito pasa por entender cabalmente al protagonista, su forma de ser y de actuar. Y en ese sentido, lo de Díaz Canales es absolutamente impecable. Pero además hay un misterio bien llevado, buenos villanos, buenos personajes secundarios, mucha consistencia con lo narrado en álbumes anteriores, todo un lujo.
Y por si faltara algo, tenemos al mejor Pellejero desde que llegó a esta serie. Muchos se quedarán con esa secuencia absolutamente prattiana de las páginas 21 y 22... yo me quedo con esos fondos increíbles, a los que Pellejero les incorpora rayitas finitas, desparejas, al estilo Christophe Blain, y le quedan buenísimas. Y también flasheo con esos momentos en los que el pincel del catalán cobra vida propia, y se va de la línea de Pratt para visitar terrenos que uno asocia con Oswal, con José Muñoz, con Gustavo Trigo... y con las obras más personales del propio Pellejero, lógicamente. O sea que acá convive lo mejor de ambos mundos: muchos elementos gráficos y narrativos que nos recuerdan muchísimo a Hugo Pratt y otros que funcionan a modo de pequeñas (y muy bienvenidas) rupturas con la etapa clásica de Corto Maltés. Recomiendo muchísimo Nocturno Berlínés, y ya quiero tener en mis manos el nuevo Corto Maltés de Díaz Canales y Pellejero, que salió el miércoles pasado en Europa.
Gracias totales y nos reencontramos con nuevas reseñas cualquier día de estos, acá en el blog.
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sábado, 3 de abril de 2021
29 de MARZO al 4 de ABRIL
Otra semana de pocas lecturas, porque con el tema de los feriados de Semana Santa me moví poco de casa, y últimamente estoy leyendo más en los viajes en colectivo y subte que en casa.
Empecé con un comic editado simultáneamente en varios países de Europa a fines de 2019: El día de Tarowean, también conocido como el Vol.15 de Corto Maltés, y tercero a cargo de la dupla integrada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Para esta ocasión a los autores se les ocurrió escribir la previa a La Balada del Mar Salado, es decir, a responder cómo y por qué Corto Maltés llega a esa situación extrema en la que lo encontramos al inicio de aquella mítica historieta realizada por Pratt a partir de 1967 para la revista Sgt. Kirk. Y no sólo lograron empalmar perfectamente con La Balada (y echar luz a aquellos misterios que Pratt se guardaba para explicar andá a saber cuándo) sino que además redondearon una excelente aventura, sin duda la mejor de las tres que publicaron hasta el momento.
El día de Tarowean tiene todo lo que tiene que tener un buen álbum de Corto Maltés: una ambientación exótica, roscas entre garcas de distinta magnitud que se quiere quedar con más poder del que tienen, el incentivo medio etéreo de algún beneficio económico para el protagonista, que siempre se verá eclipsado por otro tipo de valores menos tangibles pero más nobles, un buen conflicto que dé pie a escenas de acción y aventura, algún romance que se insinúa pero no se llega a concretar o se encamina rápidamente al fracaso, diálogos ingeniosos, silencios elocuentes y (una regla con la que en algún momento Pratt se limpió el orto) una trama 100% verosímil, sin elementos fantásticos. Esta además tiene un final horrible, porque desde el principio sabemos que a Corto lo van a cagar y va a terminar en esa situación tan precaria, de la que obviamente va a zafar… en la aventura cronológicamente posterior que (como ya mencioné) es nada menos que Una Ballata del Mare Salato.
No sé si en algún pasaje de El día de Tarowean fui mucho más feliz que en la primera lectura de alguna de las obras de Pratt de su período más glorioso (1967-80) pero la pasé realmente muy, muy bien. La aventura y el clima me envolvieron y los diálogos de Díaz Canales y el dibujo de Pellejero me pusieron el moñito y me dejaron listo para regalo. Visualmente esto es maravilloso. Está todo el tiempo presente el fantasma de Pratt, el hilo conductor de la faz gráfica es (lógicamente) el estilo del Tano, pero además Pellejero mete cosas de su propio estilo, y de otros maestros del claroscuro, como José Muñoz, Oswal o Eduardo Risso. El resultado es una hermosa actualización de la fórmula prattiana, que respeta a muerte la tradición gráfica de esta serie y además se anima a explorar un poquito de esos otros mundos que habitan los pinceles de esos otros monstruos de la historieta. Esta sintonía entre “clonar al Tano” y darnos los frutos de su propia cosecha también es algo que Pellejero ha ido perfeccionando con el correr de los álbumes y que se agradece muchísimo. La verdad que me animo a recomendarle El día de Tarowean a cualquiera que haya leído La Balada del Mar Salado, lo cual es más o menos lo mismo que decir “a cualquiera que sea fan de Corto Maltés”. Si La Balada… no te hace fan del personaje, nada lo hará. Y si cuando la terminás necesitás con urgencia otra dosis, acá Díaz Canales y Pellejero te ofrecen una que complementa de modo magistral la seminal novela de Hugo Pratt.
Me vengo a Argentina, año 2020, para reencontrarme con la dupla integrada por Cristian Blasco y Pablo Burman, un guionista y un dibujante de los que ya vimos otras obras acá en el blog (11/12/16 y 27/08/18, por ejemplo). Esta vez los autores firman una novela de casi 100 páginas llamada La Bruja de Toska, que debe ser su colaboración más extensa. Se trata de una aventura pura y dura, con elementos de misticismo, misterio y (como ya es costumbre en las historias que abordan la caza de brujas) un mensaje muy claro y potente respecto de las distintas formas en las que las sociedades retrógradas ejercen la violencia contra las mujeres. Blasco ofrece un guion de mucha intensidad, que te hace sentir que todo el tiempo están sucediendo cosas grossas, aunque de hecho no sean tantas las cosas que suceden. Pero hay recursos muy logrados para que vos vivas cada página de La Bruja de Toska a flor de piel: la ambientación, la construcción de la protagonista y los secundarios, los diálogos, los momentos que elige el guionista para calzar los flashbacks… Todo eso contribuye a esa sensación de “aventura a todo o nada” que te caza de la garganta en las primeras páginas y te suelta recién al final. Un final que además está muy bien, porque no es ni obvio ni caprichoso, sino producto de una curva dramática muy bien lograda que lleva a la hermana Rita de un punto A muy atractivo hacia un punto B más que satisfactorio.
Con el dibujo de Burman me pasó lo mismo que en las obras anteriores de este autor: me gusta que sea extremo, que se vaya al carajo todo el tiempo, que le cante quiero retruco a los planteos más vanguardistas de Carlos Nine, Philippe Druillet o Ted McKeever, y creo que sus saltos mortales no impiden disfrutar de la trama. Pero también creo que este tipo de guiones más clásicos, más lineales, más “aptos para todo público” van mejor con otro tipo de estéticas, con dibujantes cuyo grafismo no requiera tanta decodificación por parte del lector, sino que se apoye un poco más en lo que éste ya conoce y ya entiende de una, instintivamente. Al lado del dibujo de Burman, el guion de Blasco parece “careta”, fácil, como si le diera la papilla ya masticadita al lector. Y no lo es, ni en pedo. Por eso me parece que hubiese funcionado mejor con otro tipo de dibujo. Por ahí con un claroscuro bien fuerte tipo Mike Mignola, o por ahí con un abordaje más clásico onda Enrique Breccia… No sé, se me ocurren varias alternativas. Pero también me doy cuenta de que Blasco y Burman se entienden muy bien y se saben potenciar el uno al otro. Si no te jode el dibujo barroco, sobrecargado, con varias técnicas de entintado mezcladas y una tendencia descontrolada hacia el expresionismo más grotesco, en La Bruja de Toska vas a encontrar una muy buena lectura, que trasciende la aventura para aportarte algo más.
No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante, gracias a todos los que descargan la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos el próximo finde con nuevas reseñas, acá en el blog.
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domingo, 4 de agosto de 2019
DOS DE DOMINGO
Aprovecho esta linda tarde
de domingo para clavar un par de reseñas de material que leí en los últimos
días.
Empiezo en 2017 con
Equatoria, la segunda aventura de Corto Maltés a cargo de los maestros españoles
Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero (la primera la vimos el 07/09/17). Una vez
más, el dibujo del catalán es increíble, una fusión molecular devastadora entre
su estilo de siempre y la línea de Hugo Pratt. Esta vez Pellejero adopta otro
vicio de Pratt: delegar en un asistente el dibujo de trenes, barcos y
edificios. Pero la tinta está 100% a cargo de Pellejero, y esa instancia, la
del entintado, le alcanza y le sobra al ídolo para darle al libro su impronta
tan personal y que mí tanto me gusta. También colabora con Pellejero su hija
Sonia, que le da una mano en el color, magnífico de punta a punta del tomo.
Como en su debut en esta serie, el dibujante de Dieter Lumpen nos ofrece 72
páginas visualmente exquisitas, tanto para sus fans de siempre como para los
que lo descubrieron cuando heredó al personaje más masivo del inolvidable Hugo
Pratt.
Por el lado del guión, el
trabajo de Díaz Canales me dejó bastante más conforme que la vez pasada. De
nuevo, acá no aparece nada que no hayamos visto en las historietas de Pratt, el
guionista español no pone ni una coma que Pratt no habría puesto jamás, es todo
100% respetuoso de la obra del Tano. Equatoria saca ventaja en el acierto de
Díaz Canales de reproducir la dinámica de las buenas aventuras de Corto, e
incluso de recuperar un tema que Pratt abordó en otras obras suyas, que es la
etapa final del colonialismo europeo en Africa. Entonces tenemos la búsqueda
del tesoro, la bajada de línea, los breves cruces con personajes tomados de la
realidad, los paisajes exóticos, ese truco que le salía tan bien al Tano que
era hacer crecer la tensión sexual entre Corto y alguna mujer pero que nunca
viéramos ningún tipo de “concreción carnal” de esas tensiones, el volantazo en
el que el tesoro resulta ser algo que no esperábamos que fuera, las frases
memorables (esas sentencias que tiraban los personajes de Pratt), el choque de
culturas, una dosis moderada (pero efectiva) de acción y un leve toque de
realismo mágico, sin caer en la trampa de los últimos álbumes de Corto
realizados por Pratt, en los que la abundancia de elementos oníricos y
sobrenaturales empantanaba innecesariamente las tramas.
Obviamente no te pongo a
Equatoria entre las mejores historias de Corto Maltés de todos los tiempos,
pero la recomiendo sin temor a equivocarme y celebro que me haya gustado bastante
más que la primer incursión de Díaz Canales y Pellejero por esta serie icónica
y definitiva del comic europeo.
Me vengo a Argentina, a
2019, cuando la afianzadísima dupla integrada por Alejandro Farías y Leo
Sandler realiza su apuesta más arriesgada hasta la fecha. Raymond es un comic
rarísimo, que corre las fronteras de “lo historietable”. Con un dibujo sintético, plástico, muy
expresivo, y un color sencillamente glorioso, Sandler se dedica a ponerle
imágenes a algunos textos de Farías que no son relatos, sino monólogos de
Carlos Raymond (el poeta maldito fan del escabio y el sexo con mujerzuelas) en
los que este piensa en voz alta acerca de la vida que lleva, su relación con la
gente, con el arte, con el dinero, con el alcohol, con el mundo en general.
Varias de estas historias son secuencias de cuatro páginas en las que no pasa
absolutamente nada, en las que los textos de Farías son reflexiones
existencialistas y los dibujos de Sandler cumplen un rol descriptivo, recorren
lugares, recrean atmósferas, como hacía Darick Robertson cuando tenía que
acompañar con imágenes las columnas de opinión de Spider Jerusalem en
Transmetropolitan, o incluso en el estilo de la famosa “Don't Get Around Much Anymore”,
esa historieta de una sóla página de Art Spiegelman en la que empezaba a
experimentar con el comic no-narrativo.
También hay historias más convencionales, donde Raymond
dialoga con otros personajes e incluso una en la que el protagonismo recae en
una de las putas amigas de Carlos. Las historietas más “narrativas” son breves
anti-aventuras del género slice of life, con una ambientación entre lumpen y
depravada, algunas groserías muy buen puestas (no me lo imaginaba a Farías
hablando de garches y petes) y una mala leche ácida y corrosiva que funciona
como logrado tributo a Boogie el Aceitoso, aunque sin chumbos ni violencia
física.
Farías y Sandler no juzgan a Raymond, no ensalzan ni
destruyen la mascarada de este gordo jodido y vividor. Raymond se ampara en su
talento artístico para salir más o menos bien parado cada vez que su
personalidad arrogante y abusiva lo hace chocar de frente contra la realidad, y
para los autores esto no está ni bien ni mal. A veces me resultó patético,
otras dije “qué capo el gordo, cómo la piloteó”. Si te gusta la poesía, si alguna
vez pensaste cómo sería crear historietas en base a la poesía, o si te atrae el
mundo noctámbulo, alcohólico y a veces sórdido de los “escritores malditos” al
estilo Charles Bukowski pero en la Argentina actual, jugale una ficha a
Raymond. El dibujo de Sandler justifica por sí sólo la compra del libro, y las
historias (y las no-historias) de Farías abren puertas nuevas, como para pensar
y leer la historieta desde otra óptica, lo cual siempre es sano y enriquecedor.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas
reseñas, acá en el blog.
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jueves, 7 de septiembre de 2017
JUEVES AL MEDIODIA
Horario medio bizarro para sentarse a escribir reseñas, pero es lo que hay…
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
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sábado, 3 de julio de 2010
03/ 07: CORTO MALTES: LAS HELVETICAS

Me acuerdo que cuando leí esta historieta por primera vez, hace mil años, me pareció una garrrrcha. De hecho, tenía la mejor edición (con cuya portada ilustramos la reseña) y cuando cometí el error de prestársela a alguien que jamás me la devolvió, no me puse las pilas ni para reclamarla ni para volverla a comprar. Pero bueno, hace un tiempito la reeditó Clarín, en ese formato choto pero muy barato, y ahí no me resistí al instinto de completista y me la compré.
Esta vez me gustó bastante más. Y creo que es porque en el medio leí mucho a Neil Gaiman. Elvetiche: Rosa Alchemica (que es como Hugo Pratt bautizó a Las Helvéticas) está repleta de los elementos que usó Gaiman para convertir a Sandman en un clásico instantáneo: entidades conceptuales con sentimientos humanos, gente que entra y sale de los libros, juegos de meta-lenguaje, personajes que en el plano “real” son una cosa y en el de los sueños otra, mortales que rosquean con seres legendarios o míticos y se llevan de regalo la inmortalidad, o la posibilidad de meterse en los sueños de los otros; la búsqueda de algo místico y trascendental que no se sabe bien qué es, pero se intuye; la extraña relación entre los sueños, la realidad y la ficción; la constante referencia a personajes del folklore, la leyenda y la literatura germánicas; y por si faltara algo… aparece el mismísimo Sandman! No se parece a Robert Smith, pero comparte unas hermosas viñetas con el aventurero de Malta. Esta saga data de 1987, un año y moneditas antes que el Sandman de Gaiman, pero la cantidad de elementos en común no deja de sorprenderme.
¿Alcanza todo esto para que Las Helvéticas sea un gran comic? No, ni a palos. Me pareció menos mala que hace veintipico de años, pero no me llegó a gustar, principalmente porque entre tantas secuencias oníricas y chamuyos místicos, queda cero espacio para que Pratt desarrolle algo así como una tensión dramática. Es un comic 100 % hablado, donde los momentos “jodidos” se resuelven con más chamuyo o a lo sumo bailando (!). No hay un tiro ni una trompada, que son dos de las cosas que Hugo Pratt dibujaba mejor que nadie. No hay peligro, porque todo el tiempo sabés que todo es un sueño y que, a la larga, Corto se va a despertar y va a estar todo bien. La saga habla de temas interesantes (la propia Rosa Alquímica, la búsqueda del Santo Grial, etc.) pero en un tono casi displiscente, donde no sólo no entra la épica sino ni siquiera la más básica aventura, que siempre fue la marca de fábrica del maestro veneciano.
Como en el 80% de la historia Corto interactúa con personajes de los mitos o de los sueños, tampoco hay un correcto desarrollo de personajes secundarios. Se cuela por ahí algún diálogo interesante con el Profesor Steiner, pero el resto de los que aparecen (incluyendo al escritor Herman Hesse) están muy desaprovechados.
El dibujo está muy bueno, mucho mejor que en Tango, que es inmediatamente anterior. Hay un cierto abuso de los primeros planos (páginas enteras de talking heads, y con unos choclos de texto que ma-mita), pero visualmente es una historieta linda de mirar, a la que le hizo bien la incorporación del color por parte de los franceses. Además, como transcurre casi toda en un paisaje onírico e imaginario, hay más Pratt que en las otras obras de este período. Los autos tan típicos de sus asistentes aparecen apenas en las tres primeras páginas y en la última, y el resto parece todo dibujado por el Tano, lo cual suma y mucho.
Sin duda esta es la saga más olvidable del personaje. Son 70 páginas para decirnos que Corto Maltés es buen tipo, que está dotado especialmente para meterse con temas místicos y que su amor por la aventura es genuino. O sea, bla. Pero –como dije cuando me tocó reseñar La Juventud- si sos fan de Corto o de Pratt y querés tener la colección completa, conseguite el tomito de Clarín, así zafás de pagar los fantastillones de dólares que sale la edición de Norma, y que esta obra en particular –sin ser desastrosa- no justifica ni por casualidad.
viernes, 28 de mayo de 2010
28/ 05: CORTO MALTES: LA JUVENTUD

Corría 1981 y Hugo Pratt, contratado por la revista francesa Le Matin, arranca con una nueva saga de Corto Maltés, que se proponía contarnos las aventuras del marino durante los años previos a La Balada del Mar Salado, cuando lo conocimos como un pirata del Nacional B, a las órdenes de El Monje. Casi nada de eso se cumple, finalmente, en esta obra breve y con gusto a poco.
Pratt elige ambientar esta historia en Manchuria, en 1904, sobre el final de la guerra ruso-japonesa. Entre el maremagnum de chinos, rusos y japoneses hay metidos por ahí un par de estadounidenses, uno de los cuales es el escritor Jack London (notable influencia en el estilo narrativo de Pratt) y un pibe europeo, bastante misterioso y que aparece muy poco, casi sobre el final. Es Corto Maltés, más preocupado por encontrar fabulosos tesoros de la antigüedad que por las disputas políticas entre las distintas facciones.
Los verdaderos protagonistas de la saga son Jack London y el siempre impredecible Rasputín, que todavía no conoce a quien será su aliado en decenas de aventuras, pero que ya arma todos los kilombos habidos y por haber en su afán por imponer su propia ley y no agachar nunca la cabeza ante nadie. Entre estos dos personajes motorizan la trama y son los que interactúan con todos los demás, los que tienen escenas que Pratt utiliza para contarnos cómo ven el conflicto los distintos ejércitos y gobiernos. Lo más parecido a un “villano” (fuera de Rasputín, que está sacadísimo y sin el menor reparo a la hora de matar) es el Teniente Sakai, del ejército japonés, quien quiere batirse a duelo con London. Pero las mejores frases, la cátedra de cinismo posmoderno que Pratt metía en todas sus historietas post-1967 (incluso antes de que se inventara la posmodernidad) las tira el Capitan Suto, otro milico japonés con una visión de la guerra, los negocios y la geopolítica muy afilada y muy de los ´80.
Ese es el único “anacronismo” en la saga. Todo lo demás está, como siempre, perfectamente documentado e investigado. El problema es que Pratt termina la historia cuando finalmente Corto y Rasputín logran embarcarse con rumbo a Africa (a buscar los tesoros del Rey Salomón) y todo lo demás, todo lo que falta para llegar a La Balada…, no lo vemos nunca. Pratt nos lo contó en textos, en entrevistas y hasta en acuarelas, pero no hay historietas que documenten ese viaje a Africa que termina en la Patagonia, ni todos los que Corto hará después hasta el inicio de su etapa como pirata, que Pratt fecha en 1913. O sea que, en rigor de verdad, esta es una aventura de Jack London y Rasputín, con un joven Corto Maltés como personaje secundario.
A nivel dibujo, tenemos un gran trabajo del maestro veneciano. Acá todavía faltaban un par de añitos para que iniciara su cuesta abajo y nos castigara con una seguidilla de entregas muy flojas de la serie. Entre La Juventud… y Tango (1985), Pratt termina la interrumpida Jesuita Joe y dibuja Cato Zulú (de la que ya hablamos), y después de esas dos joyas, algo pasa y nada vuelve a ser lo mismo. Pero en La Juventud… el Tano está prendido fuego, con su habitual solvencia narrativa, su personalísimo (y muy efectivo) trabajo de los primeros planos y la expresión corporal de muchos y muy distintos personajes, ese criterio insuperable para balancear blancos y negros (tan grosso que se destaca incluso cuando la historieta se publica a color) y hasta trenes y barcos que parecen dibujados por Pratt más que por sus asistentes, algo que no volveremos a ver en las obras posteriores.
Aunque parezca mentira, esto se editó hace pocos meses en Argentina, el país donde los editores creen que el comic europeo es yeta, o que transmite enfermedades venéreas. Lo lanzó como opcional la revista Ñ, del oligopolio Clarín, y la edición no es buena ni mucho menos (formato agenda de bolsillo, a color, y con el remontado de viñetas de las ediciones francesas más recientes), pero valía menos de $ 10, mientras que la edición de Norma (enorme y también en innecesarios colores y tapas duras) vale más de $ 100. O sea que a los que nunca pudimos conseguir la edición española de los ´80 (la grossa, en blanco y negro y tapas blandas, una especie de Santo Grial inconseguible hace siglos), Clarín nos dio el gusto a un precio irrisorio.
La Juventud… no es una obra maestra imprescindible, pero si sos completista de Corto Maltés o fan de Hugo Pratt, no está nada mal sumarla a tu biblioteca.
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