el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 9 de octubre de 2019

DOS DE MIERCOLES

Mientras el clima se debate entre un sol tremendo y unos chaparrones cataclísmicos, yo sigo avanzando con las lecturas y las reseñas.
Arranco en 2014 con una miniserie de Hulk, convertida en compra obligatoria por estar escrita y dibujada por el maestro Alan Davis. Al prócer británico se le ocurre una idea muy atractiva: Charles Xavier se decide a ayudar a Bruce Banner. Tiene que haber una forma de controlar la furia que atormenta al científico, y el Profe la va a descubrir. En su esencia, The Man Within es una historia muy nerd, de dos mentes brillantes, dos capos del intelecto, la ciencia y la tecnología unidos para que uno de ellos deje de convertirse en el Gigante Gamma. Entre la tecnología de avanzada que maneja Banner y lo que sabe el Profe de genética, más sus nada despreciables poderes mentales, esto debería encaminarse. Pero a Davis se le ocurre que eso así, solito, puede resultarle aburrido al lector que se acerca a los superhéroes de Marvel para vibrar al ritmo de la machaca, entonces la complica con la irrupción de más y más personajes, que están básicamente al pedo. Al Profe lo secunda la formación clásica de los X-Men, reforzada con Havok y Polaris. Obviamente están de adorno. Con Marvel Girl y Beast (que suelen ser los más idóneos para soldadear a Xavier), recontra-sobraba. El resto no aporta nada. Y lo mismo pasa con Abomination y el Leader, los clásicos enemigos de Hulk. Están ahí para que haya una excusa que le permita a Davis dibujar esas peleas alucinantes que suele dibujar. El Leader, mal que mal, tiene algún peso en la trama (y algún buen diálogo), pero tampoco es fundamental.
Con la machaca estridente que le proveen héroes y villanos, Davis estira a 80 páginas una idea chiquita (y linda), y la verdad que está todo tan bien dibujado, que uno se queja de rompebolas, nomás. Matt Hollingsworth la rompe con el color, siempre muy atento a los climas por los que transita el guión de Davis, y el británico (junto a su clásico entintador, Mark Farmer) deja la vida en cada página, ostentando sublime majestad en cuerpos en acción, expresiones faciales y fondos. Uno ya sabe que esta historia no va a cambiar nada, porque está ambientada en un pasado ya lejano (es secuela de la X-Men nº66, de 1970), pero aún así, el talento y la fuerza de Alan Davis la convierten en una lectura no imprescindible, pero seguro muy, muy disfrutable.
Menos de un año después de haber leído el Vol.3, retomo la lectura de Dora, la cautivante serie de Ignacio Minaverry a la que felizmente le está yendo muy, muy bien. Aquella vez yo decía “este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores”. Y bueno, en el Vol.4 (Amsel, Vogel, Hans) el autor retoma la senda de los dos primeros libros: Dora viaja por distintos lugares de Europa en busca de las pistas que le permitan meter en cana a tres criminales nazis, mientras entre bambalinas avanzan tramas que tienen que ver con la comedia, el romance o el costumbrismo onda Love & Rockets.
Minaverry narra todo esto a un ritmo lento, descomprimido, con espacio para la reflexión y la contemplación de los paisajes, y de nuevo uno siente que para la cantidad de páginas que leyó, pasaron pocas cosas. Por supuesto es una preocupación menor, porque se nota una decisión intencional del autor en este sentido, y sobre todo porque el dibujo es tan bueno, que uno quiere 30 ó 40 páginas más, aunque no las tramas no avancen en lo más mínimo. Sobre el final del tomo, cuando Dora se arremanga y en vez de entrevistar a viejitos que sobrevivieron a la guerra se manda a investigar (como si fuera una espía posta, onda Modesty Blaise) al temible Kurt Hahn, la tensión crece y la resolución del “episodio” sorprende a propios y ajenos. Seguramente ese final tendrá consecuencias que veremos en los tomos futuros.
El dibujo de Minaverry, como ya dije, sigue en ese nivel descomunal que vimos en el Vol.3. A la fuerte impronta de Jacques Tardi, sumo ahora la de Jason Lutes, tanto en algunos aspectos gráficos como en la onda de “narrar lento”. Y de nuevo, no hay Tardi ni Lutes que dibujen tan hermosas a las chicas lindas como las dibuja Minaverry. Como siempre llama la atención el realismo meticuloso en los detalles que se ven en calles, edificios, vehículos, ropa, peinados… Esto es como teletransportarse al verdadero 1964 y verlo, sentirlo, respirarlo. Y además hay muchos (pero en serio, muchos) hallazgos en el armado de las secuencias, que le permiten a Minaverry probar una amplia gama de recursos narrativos, apoyados sobre todo en los silencios que el autor utiliza para generar estos climas a veces tensos, a veces relajados, a veces melancólicos. Gran trabajo, de una madurez y una profundidad notables.

Y no hay más. Veremos si llego a postear el viernes antes de viajar a la Crack Bang Boom, y si no, nos reencontraremos a la vuelta, el lunes a la noche… o el martes… o eventualmente.

jueves, 1 de agosto de 2019

OTRA VEZ DE A TRES

Sin más prolegómenos, inauguramos Agosto con un terceto de reseñas.
¿Alguien se puede resistir a un TPB de Thor con tres historias autoconclusivas y las firmas de Mike Carey, Alan Davis y Peter Milligan? Yo vi este Wolves of the North en oferta y le entré como María Eugenia Vidal a la cocaína, pero me dejó sabor a poco.
La primera historia, la que escribe Mike Carey, es muy flojita. Casi la nada misma. Y el dibujante (Mike Perkins) tampoco ayuda. La de Peter Milligan no la puede reivindicar ni el fan más incondicional del maestro (ni el más Milliganso): el guión es el Más de lo Mismo más obvio y predecible de la historia, también sepultado por un dibujante con escasísima onda (Miko Suayan) y uno con escasísimo talento (Tom Grindberg).
Menos mal que en el medio están esas 34 páginas escritas y dibujadas por el glorioso Alan Davis a un nivel demoledor. El guión es brillante, la bajada de línea es clara y punzante, el ritmo es trepidante, los diálogos están perfectos y el dibujo… No me hagas hablar del dibujo, que me babeo todo. Un combo inmejorable entre el raw power onda Kirby y la elegancia que asociamos con Neal Adams o José Luis García López. Los fondos son un lujo, las expresiones faciales, los cuerpos en movimiento, la planificación de las páginas, todo maravilloso. Y el color de Rob Schwager ayuda un montón a que todo se luzca aún más. Si no te querés comprar todo el TPB sólo por lo de Davis (que es lo que realmente vale la pena), el one-shot del prócer se llama Thor: Truth of History, y salió en 2008. Por ahí te conviene capturar esa revistita y gambetear el resto, que es entre mediocre y desolador.
Allá por el 26/11/18 me tocó leer el primer tomito de Manta y ahora voy por el segundo. Si me preguntás de qué se trata la serie, te tengo que contestar que veintipico de años después de una matanza atroz, el único sobreviviente reaparece para encontrar a los responsables y hacerlos mierda, uno por uno. Y ahí seguramente me dirás “pero eso ya lo leí chotocientas veces…”. Es verdad. Vista así, desnuda, despojada hasta que quede sólo el esqueleto, la historia que nos cuentan Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo no se diferencia mucho de otras tantas que tratan de exactamente lo mismo.
Lo que hizo que yo me enganchara con Manta es cómo está contada la historia, la forma en la que los guionistas nos presentan la información, la forma en que entran y salen de escena los personajes, el ritmo, las decisiones (siempre acertadas) de dónde clavar cada flashback, el clima de misterio y tensión que se va a armando, y la infrecuente calidad de los diálogos. En esta segunda entrega, la data que manejamos es más, la misión de Santiago está más clara, el dilema moral se hace más espeso y lo único que falta (tengo entendido que aparece en el Vol.3) es un personaje femenino interesante, con un rol destacado en la trama.
El dibujo de Nacho Lázaro es muy correcto, con muchos puntos de contacto con el estilo de su maestro, el inmenso Marcelo Frusín. El color también está a cargo de Lázaro y acompaña muy bien al dibujo. Manta es una serie que va muy bien encaminada y a la que recomiendo darle una posibilidad.
Otra serie de álbumes de autores argentinos jóvenes de reciente aparición es Albión. Tuve la suerte de leerla hace unos meses en pdf, porque me la mandó el guionista y editor de la misma, mi amigo Fede Sartori. Ahora tengo en mis manos la edición impresa y la quiero recomendar, porque realmente me pareció una historieta preciosa.
El dibujo de Facundo Moyano no es para descorchar champagne, pero no le falta atractivo ni encanto. Es un clásico dibujante cuasi-realista, con una estética muy de mainstream yanki y un toque especial para dibujar escenas más introspectivas o más emotivas, donde la machaca brilla por su ausencia. Moyano casi no escatima fondos, varía mucho y bien los planos y sabe ponerles onda y expresión a cuerpos y rostros.
Del guión de Sartori no quiero contar nada, porque este primer tomito salió hace poco y prefiero que los interesados lo consigan y lo lean. Se trata del primer tramo de una aventura muy intensa, con muchos momentos fuertes, que podría funcionar muy bien en un mercado como el francés. Tienen mucho peso en la trama la ambientación histórica, un elemento sobrenatural (no lo quiero explicitar) y el hecho de que ambas protagonistas son de sexo femenino. Y también la acción, la ternura, la bajada de línea y la identificación (casi inevitable) de los lectores con Albión.
Quiero ver crecer a esta historia, quiero que se publique en muchos países y que se haga conocida o (mejor aún) popular entre el pueblo comiquero porque -de verdad- me resultó original, potente y cautivante desde las primeras viñetas. No la pongo en la lista de las Joyas Inenarrables de la Historia del Noveno Arte, pero sin dudas es una serie a seguir MUY de cerca, porque tiene todo para convertirse en un hito. Ojalá salga pronto el Vol.2.

Y nada más, por hoy. Merci beaucoup y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 20 de marzo de 2015

20/ 03: EVERYTHING BURNS

Allá por el 14/01/14 yo llegaba a lo que creía que era el final de la etapa de Kieron Gillen al frente de Journey Into Mystery y me enteraba, gracias a los comentarios de los lectores, que la etapa en realidad terminaba en este libro, que no sigue la numeración de los anteriores, porque se trata de un ambicioso crossover de nueve partes entre JiM y The Mighty Thor, por ese entonces a cargo de Matt Fraction.
Hasta las dos terceras partes de este libro, da la sensación de que Fraction aceptó armar este crossover para darle más impacto a las ideas de Gillen. Si en el comic de Thor se hacían cargo de los peligros en los que estaba envuelto Loki, estos cobraban mayor magnitud. Una lucha a muerte en la que los Nueve Reinos estaban al borde de la extinción y que involucraba a todos los dioses nórdicos no tenía chapa si no transcurría en la revista de Thor. Sin embargo, en el tercio final vemos cómo Fraction aprovecha la dimensión que cobró esta guerra contra Surtur para traer agua a su propio molino, para resignificar varias cosas que habían sucedido en sus episodios anteriores y para abrir puntas que (supongo) explorará en episodios posteriores. Para la serie de Loki, Everything Burns era el final. Para la de Thor, Fraction se aseguró de que fuera ante todo una bocanada de aire fresco.
Dicho todo esto, cabe señalar que la saga está muy estirada. En seis episodios, a lo sumo siete, se podría haber contado lo mismo. Fraction estira más con la machaca, Gillen con los diálogos ingeniosos y las escenas más introspectivas en las que finalmente podremos dilucidar si este joven Loki se manda cagadas por error, o si sigue siendo el mismo hijo de puta de siempre. Y como en los arcos anteriores de JiM, Gillen mete mucha runfla, mucha negociación, mucho psicopateo verbal, por suerte escrito a un nivel muy, muy notable. Lo que no se le puede discutir a Everything Burns es su trascendencia: al final, casi nada queda como estaba al principio. Thor, Loki, Surtur, Leah, hasta personajes que tienen roles menores cambian al ritmo de esta epopeya en la que todo el status quo de Asgard y aledaños se ve seriamente sacudido.
Entre la rosca política, el chamuyo metafísico y la acción, la saga se hace entretenida a pesar de la extensión. La grandilocuencia, la búsqueda por todos los medios del impacto, empañan un poco esa imagen de “comic distinto” que tenía JiM, que parecía transitar por un carril más finoli, más cercano al comic de autor dentro del mainstream. Acá, Gillen choca contra el mainstream de frente y a 160 km/h, y hay que buscar las esquirlas del “comic finoli” entre una hecatombe de fierros abollados y prendidos fuego.
De los cinco episodios de The Mighty Thor, cuatro están dibujados por el inmenso Alan Davis. Fiel a su costumbre, el británico da cátedra de narrativa y combina como pocos elegancia y potencia pochoclera. El guión le da muchas oportunidades de no dibujar fondos y Davis las aprovecha, pero cuando tiene que dibujarlos, no mezquina nada. El episodio restante lo cubre Barry Kitson, muy correcto y con un colorista (Will Quintana) que lo resalta mucho más que los coloristas que le ponían en DC.
Por el lado de JiM, en tres de los cuatro episodios tenemos a Carmine Di Giandomenico (de quien ya hablé maravillas allá por el 08/02/14) afiladísimo, también complementado a la perfección por la paleta de Chris Sotomayor. Di Giandomenico tira magia en las planificaciones, en los primeros planos, en el lenguaje gestual y por ahí un toque menos en los fondos. Pero de verdad, garantiza un nivel impresionante, muy superior a la media de lo que se ve en las revistas mensuales de Marvel. Para el último episodio, cuando Gillen busca recuperar esa pátina de “comic finoli” baqueteada a lo largo de páginas y páginas de machaca, acierta al convocar a Stephanie Hans, una chica de estilo pictórico, con técnicas similares (aunque no al mismo nivel) del chino Benjamin, que se concentra más en los climas, las sensaciones y las pausas, aprovechando que es un capítulo prácticamente sin acción. La verdad que toda la faz gráfica del libro está cuidadísima y no hay que fumarse ni media página dibujada por los crotos impresentables que nos infligieron en los arcos anteriores de JiM.
Y ahora sí, se terminó la saga del Loki joven y su Journey Into Mystery. Ni en pedo me cebó como para darle la razón a los que la rotularon como “el Sandman de Marvel”, pero sí alcanzó como para interesarme por otros trabajos de Kieron Gillen, por ahí menos contaminados por los crossovers y demás parafernalia marketinera. Veremos cómo me va cuando me ponga a leerlos…

domingo, 28 de agosto de 2011

28/ 08: JLA: THE NAIL


No sorprendo a nadie si digo que el británico Alan Davis es uno de los mejores dibujantes de superhéroes sobre la faz de la Tierra. En su trazo conviven muchos de los grandes maestros de los ´50, ´60 y ´70. Cuando quiere es dark como Neal Adams y Don Newton. Cuando quiere, es festivo como Dick Sprang y Kurt Schaffenberger. Sus figuras tienen un enorme dinamismo, como las de Gil Kane, pero
además puede meter muchísimas por viñeta sin desentonar, como Mike Sekowsky o George Pérez. Sus héroes pueden ser imponentes y sus villanos amenazantes como los de Jim Aparo, o extraños y retorcidos como los de Steve Ditko, o elegantes como los de Joe Kubert. Davis te puede mezclar en una sóla página el power de Jack Kirby con la sutileza de José Luis García López, y además, hacerlo todo con un sello personal, sin que nada huela a refrito.
En 1998, Davis se embarcó en esta reinterpretación del Universo DC en clave Elseworlds, a partir de una premisa atractiva: los Kent nunca encontraron la navecita que vino de Krypton y Superman nunca existió. El protagonismo recae en la JLA (absolutamente clásica), pero Davis se las ingenia para meter a prácticamente toda la población del DCU previo a Crisis (faltan Zatanna, los Teen Titans y no muchos más). El argumento no es demasiado original: un villano en las sombras orquesta un gigantesco complot mediático para desacreditar a los superhéroes y luego prohibirlos y cazarlos. Ya lo vimos en X-Men, en Legends y –mucho más sutil- en Watchmen.
Aún así, el desarrollo es muy ganchero y está lleno de momentos realmente intensos, de esos que te meten en la historia y te comprometen con ella. Algunos son casi tributos a momentos ya vistos antes en el DCU, como cuando el Joker tortura y mata a Robin y Batgirl. Pero otros son sumamente originales y funcionan tan bien que se volvieron a usar más tarde en las historias canónicas. Acá vemos, por ejemplo, el primer coqueteo de Luthor con la política. Es jefe de gobierno de Metropolis en vez de presidente, pero por algo se empieza (no, Mauri?). Davis también se juega a sacar de foco a Hawkman y darle chapa a Hawkwoman, un personaje que en 1998 estaba virtualmente fuera de continuidad. Un año después, sucedería lo mismo en la JSA y poco después en la serie animada de la JLA.
O sea que Davis rema con éxito este plot apenas inspirado, gambetea con elegancia otro potencial problema que es el exceso de personajes (una JLA de ocho miembros donde muchos aportan poco) y llega a un final impactante, donde jamás te ves venir la revelación de la identidad del villano. Por ahí el plan no es brillante y la motivación es casi caprichosa, pero la chapa que cobra sobre el final… el villano, es realmente notable. Todo esto salpicado de muchísima acción (cada héroe tiene su propia y alucinante splash-page, como hiciera Ditko con los villanos en aquel mítico Annual 1 de Spider-Man), buenos diálogos y un clima generalmente dark, pero con grandes momentos épicos y conmovedoras secuencias intimistas.
Muy bien complementado por las tintas de Mark Farmer (el entintador de su época dorada en Excalibur) y los colores de Patricia Mulvihill (la colorista más grossa de 100 Bullets), Alan Davis le regaló un festival para la vista a todos los fans de los superhéroes. Después se embarcó en una secuela (Another Nail) de la que no me acuerdo nada, excepto que aparecían un montón de personajes más y el dibujo era majestuoso. En una de esas, la vuelvo a leer pronto. Por ahora, me conformo con recomendarles la primera saga a los fans del DCU clásico, del dibujo superheroico y de los comics de palo-y-palo que tratan de tocar temas un poco más profundos y de darle a la machaca algún sustento más firme que el mero intercambio de trompadas y rayitos. Con The Nail no te clavás, seguro.