Tercer y último recopilatorio de la serie autobiográfica de Alfredo Rodríguez de la que ya vimos los dos tomos anteriores acá en el blog. Como siempre, recomiendo repasar las reseñas de los Vol.1 y 2 antes de seguir adelante.
¿Ya está? Bien. Esta reseña va a ser más cortita, para no machacar de nuevo con los conceptos ya vertidos en las dos anteriores. De nuevo encontré las mejores ideas y me reí más en las historietas en las que Rodríguez juega con el lenguaje de la narrativa secuencial, cuando se hace cargo de que Siento y Miento no es su vida, ni un documental sobre su vida, sino una historieta, que a veces hay que dibujarla sin tiempo o escribirla sin ideas. Cuanto más meta-comiquera se hace la tira, más me divierte. El resto, los pasos de comedia costumbrista, más de una vez me arrancaron una sonrisa, pero nunca me sorprendieron demasiado.
El libro cierra con una secuencia de unas 25 páginas en las que Rodríguez se propone darle un cierre definitivo a la serie. Ahí empiezan a pasar cosas raras: aparece un personaje de otra tira y de otro autor, el protagonista parece morir, el propio Rodríguez se incorpora como personaje de la tira e interactúa (dibujado por el ubicuo Gonzalo Martínez) con su alter ego, y entre los dos acuerdan un final que le cierra a ambos. En estas páginas hay todo tipo de rupturas, desde el personaje que le habla al autor y a los lectores hasta una página con cuatro viñetas 100% negras, sin imágenes ni textos. Sin llegar a darle a la tira visos realmente épicos, Rodríguez abandona definitivamente el slice of life jocoso para embarcarse en un relato que por momentos se vuelve más dramático y por momentos directamente metafísico. Muy loco.
Con tres libros a sus espaldas y una repercusión en la web que –uno supone- fue bastante fuerte, Siento y Miento se retiró en un buen momento, consagrada por fans y críticos como LA historieta autobiográfica chilena. No sé en qué andará ahora Alfredo Rodríguez, pero me gustaría ver otros trabajos suyos, a ver qué sabe hacer además de desplegar este grafismo minimalista a lo largo de centenares de páginas signadas por un muy buen timing para la comedia y un notable manejo del lenguaje historietístico. A mí, que no me ceba mucho la autobiografía “de entrecasa”, Siento y Miento se me hizo bastante llevadera y casi todo lo que tengo para criticarle a Rodríguez pasa por lo que eligió NO hacer, no por lo que efectivamente hizo. Lo que hizo se la banca, en parte gracias a sus mínimas pretensiones y a que el autor tenía clarísimas las limitaciones con las que se manejaba. Por eso, creo yo, las pudo pilotear con tanto decoro.
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jueves, 10 de octubre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
05/ 09: SIENTO Y MIENTO Vol.2
Hace casi dos años exactos, el 12/09/11, me tocó reseñar el primer tomo de esta serie y ahora voy por más. Siento y Miento es un comic autobiográfico en clave de comedia, que Alfredo Rodríguez escribe, dibuja, rotula y sube a un blog periódicamente para beneplácito de sus fans. Como al blog le va bien, las historietas se recopilan en libros y como si esto fuera poco, los libros venden muy bien en Chile, el país donde vive y trabaja Alfredo (y su hermano Gabriel, el dibujante de Locke & Key).
En general, Siento y Miento se compone de historietas autoconclusivas de una sóla página, protagonizadas (casi siempre puertas adentro) por Alfredo, su esposa Claudia, y sus pequeñas hijas Sofía y Antonia. Casi siempre Rodríguez propone un humor light, basado en el costumbrismo, en pequeñas anécdotas cotidianas con un cierto cariz humorístico. En la mayoría de las anécdotas, el propio autor se lleva la peor parte: se muestra a sí mismo como un tipo colgado, inmaduro, bastante proclive a gambetear las responsablidades, glotón, inconstante, con menos glamour que el Tolo Gallego... que ama a su esposa y a sus hijas, pero lo demuestra poco y de vez en cuando. O sea que, en buena medida, Rodríguez hace esta historieta para reirse de sí mismo, lo cual es un ejercicio bastante sano.
Lo más raro es cómo el autor se resiste a ampliar su universo. Esto se ve en dos frentes fundamentales: por un lado, en el elenco. No hay más personajes que Alfredo, Claudia y sus hijas. Nunca vemos para quién trabaja Alfredo, no conocemos a sus amigos, ni él ni Claudia parecen tener padres ni hermanos, nunca vemos a Claudia interactuar con gente en las horas en las que no está en su casa... Se trata de una familia excesivamente insular, y eso deja sin explorar muchas vetas de gran potencial cómico. Por otro lado, el tipo de temas que toca la tira es muy acotado: a Rodríguez no parece interesarle nada que vaya más allá de la vida familiar y alguna desventura laboral de Alfredo, que es freelance y trabaja en su casa. No se habla de política, no hay sexo (ni siquiera cuando Alfredo y Claudia pasan páginas enteras a solas en su cama matrimonial), no hay nada ni remotamente escatológico (Antonia es la única beba del comic que no se mea ni vomita)... Es todo demasiado limpito: afecto, seguridad, autito, casita, trabajo... Por momentos a la historieta le falta un poquito más de roce, de filo.
Dentro de estos confines tan estrechos, aparecen varios chistes realmente graciosos, que me hicieron reir en voz alta. Pero lo más interesante sucede cuando Rodríguez juega al metacomic, cuando se hace cargo de que está haciendo una historieta, que Alfredo no es él sino un personaje de historieta y se anima a jugar con las convenciones y el lenguaje del Noveno Arte. Ahí generalmente pela ingenio, levanta vuelo y sorprende con ideas y resoluciones gráficas que no son las obvias, ni las habituales. Ya en las últimas 15 páginas, esta vertiente desplaza a la otra y la serie se desvirtúa un poquito. Pero siempre en una búsqueda de ideas nuevas que no se puede dejar de ponderar.
El dibujo de Rodríguez también da la sensación de ser demasiado limpito. Es un trazo redondito, amistoso, sin manchas ni espacios negros, casi sin fondos... Todo el peso gráfico recae en una línea prolijita, siempre del mismo grosor, excepto en algunas viñetas puntuales en las que Rodríguez se esfuerza por diferenciar de modo más marcado el primer plano del segundo y el fondo, algo que en el primer tomo no sucedía nunca, creo. La principal virtud de Rodríguez es que tiene perfectamente incorporado el pulso narrativo. Ese estilo de dibujo de apariencia tan sencilla le sirve
-probablemente más que otros, más elaborados- para poner el énfasis en lo que mejor hace, que es controlar el timing de los relatos. Muchos de estos chistes no tendrían gracia contados de otra manera, sin las pausas, los dibujos repetidos y demás recursos narrativos que pone en juego Rodríguez para hacer eficaces a sus mini-comedias.
Me queda para leer un tercer tomo de Siento y Miento. Veremos cómo evoluciona la serie y sobre todo si Alfredo Rodríguez, que ya se reveló como un agudo observador de la vida puertas adentro, se anima a mirar un poquito lo que pasa de la puerta de su casa para afuera.
En general, Siento y Miento se compone de historietas autoconclusivas de una sóla página, protagonizadas (casi siempre puertas adentro) por Alfredo, su esposa Claudia, y sus pequeñas hijas Sofía y Antonia. Casi siempre Rodríguez propone un humor light, basado en el costumbrismo, en pequeñas anécdotas cotidianas con un cierto cariz humorístico. En la mayoría de las anécdotas, el propio autor se lleva la peor parte: se muestra a sí mismo como un tipo colgado, inmaduro, bastante proclive a gambetear las responsablidades, glotón, inconstante, con menos glamour que el Tolo Gallego... que ama a su esposa y a sus hijas, pero lo demuestra poco y de vez en cuando. O sea que, en buena medida, Rodríguez hace esta historieta para reirse de sí mismo, lo cual es un ejercicio bastante sano.
Lo más raro es cómo el autor se resiste a ampliar su universo. Esto se ve en dos frentes fundamentales: por un lado, en el elenco. No hay más personajes que Alfredo, Claudia y sus hijas. Nunca vemos para quién trabaja Alfredo, no conocemos a sus amigos, ni él ni Claudia parecen tener padres ni hermanos, nunca vemos a Claudia interactuar con gente en las horas en las que no está en su casa... Se trata de una familia excesivamente insular, y eso deja sin explorar muchas vetas de gran potencial cómico. Por otro lado, el tipo de temas que toca la tira es muy acotado: a Rodríguez no parece interesarle nada que vaya más allá de la vida familiar y alguna desventura laboral de Alfredo, que es freelance y trabaja en su casa. No se habla de política, no hay sexo (ni siquiera cuando Alfredo y Claudia pasan páginas enteras a solas en su cama matrimonial), no hay nada ni remotamente escatológico (Antonia es la única beba del comic que no se mea ni vomita)... Es todo demasiado limpito: afecto, seguridad, autito, casita, trabajo... Por momentos a la historieta le falta un poquito más de roce, de filo.
Dentro de estos confines tan estrechos, aparecen varios chistes realmente graciosos, que me hicieron reir en voz alta. Pero lo más interesante sucede cuando Rodríguez juega al metacomic, cuando se hace cargo de que está haciendo una historieta, que Alfredo no es él sino un personaje de historieta y se anima a jugar con las convenciones y el lenguaje del Noveno Arte. Ahí generalmente pela ingenio, levanta vuelo y sorprende con ideas y resoluciones gráficas que no son las obvias, ni las habituales. Ya en las últimas 15 páginas, esta vertiente desplaza a la otra y la serie se desvirtúa un poquito. Pero siempre en una búsqueda de ideas nuevas que no se puede dejar de ponderar.
El dibujo de Rodríguez también da la sensación de ser demasiado limpito. Es un trazo redondito, amistoso, sin manchas ni espacios negros, casi sin fondos... Todo el peso gráfico recae en una línea prolijita, siempre del mismo grosor, excepto en algunas viñetas puntuales en las que Rodríguez se esfuerza por diferenciar de modo más marcado el primer plano del segundo y el fondo, algo que en el primer tomo no sucedía nunca, creo. La principal virtud de Rodríguez es que tiene perfectamente incorporado el pulso narrativo. Ese estilo de dibujo de apariencia tan sencilla le sirve
-probablemente más que otros, más elaborados- para poner el énfasis en lo que mejor hace, que es controlar el timing de los relatos. Muchos de estos chistes no tendrían gracia contados de otra manera, sin las pausas, los dibujos repetidos y demás recursos narrativos que pone en juego Rodríguez para hacer eficaces a sus mini-comedias.
Me queda para leer un tercer tomo de Siento y Miento. Veremos cómo evoluciona la serie y sobre todo si Alfredo Rodríguez, que ya se reveló como un agudo observador de la vida puertas adentro, se anima a mirar un poquito lo que pasa de la puerta de su casa para afuera.
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lunes, 12 de septiembre de 2011
12/ 09: SIENTO Y MIENTO

Mi recorrida por la historieta actual de los países de nuestra región me lleva a Chile, donde se publicó (primero en formato de blog y después en libro) esta historieta autobiográfica de Alfredo Rodríguez, el lector de este blog que me convenciera para comprar Locke & Key con el avasallador argumento de “está muy buena y la dibuja mi hermano”. Pero además de leer este blog y de difundir la labor de su hermano Gabriel, Alfredo Rodríguez es autor y tuvo la deferencia de mandarme su libro, dedicado y todo (aprendan, manga de grasas ;).
Siento y Miento consiste en historietas de una página que narran breves anécdotas de la vida familiar de Alfredo, siempre en clave de comedia costumbrista. El humor pasa por pequeñas boludeces cotidianas, como “no puedo trabajar porque la bebita llora”, o “me dio fiaca cocinar y me comí todas las galletitas que había en la casa”, o cosas por el estilo, muy light. No esperes escenas hot entre el autor y su esposa, ni comentarios audaces acerca de la política o la sociedad chilenas. La onda es tranqui, intimista y sumamente apta para todo público. En general, Alfredo se ríe sobre todo de sí mismo. El mismo suele ser “el punto” de sus comentarios más sarcásticos y el personaje que más a menudo queda preso de su propio patetismo. Pero siempre se mira a sí mismo con onda, con ternura, como diciendo “y bueno, ¿qué querés? Hago lo que puedo…”.
Recién sobre el final del tomo, Rodríguez empieza a jugar con un elemento nuevo, que le ofrece nuevas variantes para el humor: Alfredo y Claudia se hacen cargo de que son personajes de historieta y el primero llega incluso a dialogar con el autor en las planchas finales. La primera plancha en la que Rodríguez juega al meta-comic (la titulada “Nadie lo Sabrá”) es, para mi gusto, la más graciosa e ingeniosa de todo el libro.
En cuanto a la estructura, todas las páginas están divididas en cuatro tiras, que pueden tener una, dos, o tres viñetas. O sea que hay páginas de sólo 4 viñetas y otras con 12 viñetas, todas del mismo tamaño. Esto le permite a Alfredo regular con precisión el timing, el tempo narrativo, que es fundamental para toda comedia. El dibujo es muy, muy simple. Lo básico, o un poquito menos. Y lo más loco: la línea sólo define los contornos de personajes y objetos, y hasta por ahí nomás. El trazo tiene siempre el mismo grosor, no hay valores de línea, lo cual dificulta a veces la separación entre figura y fondos… pero la verdad es que hay tan pocos fondos, que no calienta. Pero hay algo aún más loco: Alfredo no pone masas negras, ni grisados. No hay ninguna sugerencia acerca de iluminación, texturas, nada. Sólo una línea negra sobre el fondo blanco. Yo dije “seguro que esto fue pensado para publicarse a color, por eso no hay negros, ni grises”. Y no. Busqué las páginas en su versión digital, tal como Rodríguez las subió a su blog, y son tal cual lo que se ve en el libro: apenas una línea minimalista, muy suelta, muy sintética, que por momentos parece una especie de Scott McCloud, pero sin negros ni tramas mecánicas.
Con estos poquitos recursos gráficos, con buen criterio para las elipsis, con un buen manejo del lenguaje icónico de la historieta, Alfredo Rodríguez emprende la anti-epopeya de exponer su vida privada para contarnos situaciones normales, mundanas, bien de gente común y corriente, sin nada del otro mundo. El día que le pase algo interesante (un viaje grosso, un sacudón, algo relevante que lo obligue a dejar la comodidad de su casita y su autito) va a haber que convencerlo para que lo cuente en forma de historieta, porque probablemente de ahí salga una obra realmente power. Mientras tanto, esto es lo que hay: un pichi que se mira el ombligo y le parece lo suficientemente interesante como para dibujarlo y mostrárselo a un montón de gente. Aún así, se las ingenia para entretenernos a lo largo de una buena cantidad de páginas con algo que –si no aborrecés el género autobiográfico ni la comedia costumbrista- muy probablemente te enganche y te satisfaga. Lástima que no haya palos al garrrrca de Piñera…
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