el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 10 de noviembre de 2025

LENTO PERO SEGURO

Entre una cosa y otra, vengo leyendo poca historieta y a un ritmo bastante pachorro. Pero bueno, hoy se me juntaron dos libros que ya terminé y que tengo ganas de reseñar. Empiezo en Inglaterra, año 2023, cuando Simon Bisley le mete fichas a Pat Mills para realizar juntos una nueva saga de los ABC Warriors, esta vez centrada en dos de ellos, Joe Pineapples y Rojaws. El legendario Mills, que ya estaba cerca de dejar la antología que ayudara a fundar en 1977, aceptó y puso en marcha el arco conocido como "Tin Man", para encontrarse con que Bisley entregó unas 20 páginas y dijo "chau, me aburrí, seguila con otro dibujante". Ahí entra en acción Clint Langley, a quien yo no tenía en el radar, pero también tiene muchos años de ABC Warriors a sus espaldas. Obviamente se nota mucho el cambio de dibujante, pero no hay una merma en la calidad, porque tanto Bisley como Langley son dos monstruos, con un talento impresionante. Para el dibujo y la ilustración. Narrativamente, esto es medio un cachivache. Ni Bisley ni Langley hacen el menor esfuerzo por poner sus alucinantes dibujos al servicio del relato. El relato sobrevive como puede, en medio de un maremagnum visual de alto impacto, donde el ojo del lector la pasa bárbaro gracias a los dibujos y el color, pero en el que NADA de lo que sucede se entendería sin los textos de Mills. Tanto Bisley como Langley piensan esta historieta como un artbook zarpado, donde pueden detonar todo su arsenal de virtuosismo gráfico (que incluye varios yeites heredados del maestro Juan Giménez), al que después alguien le puso unos diálogos y unos bloques de texto. Por suerte los diálogos son entretenidos, porque el argumento en sí es bastante limitado. Los flashbacks se extienden demasiado, el final es casi tramposo... es un arco 100% para fanáticos extremos de los ABC Warriors, con altas chances de dejar afuera a todos los demás. En el núcleo de la trama está el debate acerca de si los robots tienen alma, si se pueden enamorar... algo no muy compatible con una aventura de machaca espacial donde un asesino infalible se enfrenta a un grupo de genocidas galácticos. El guion de Mills todo el tiempo mueve el switch: on-off, on-off. La trama de acción y violencia se activa y desactiva cada x páginas, para volver a la reflexión, los soliloquios, los recuerdos de Joe Pineapples de distintos momentos de su relación con Sue Bananas. Y sí, soy fan de Mills y lo banco, pero acá no tengo dudas de estar frente a un guion bastante fallido, que se sostiene -repito- por lo entretenido de los diálogos, y porque siempre está la opción de no darle mucha bola a lo que cuenta el guionista y enloquecer con la bestialidad y el power arrollador de los dibujos. Por suerte también, conseguí este álbum en oferta, a un precio casi absurdo. Lamento ver a Bisley retroceder algunos casilleros: en sus tiempos de suplente en Hellblazer habíamos visto un Bisley mucho más narrador, mucho más volcado a contar una historia con sus dibujos. Y celebro que mi biblioteca ahora tenga unas cuantas páginas dibujadas por Clint Langley, que me sorprendió muy gratamente (repito, como dibujante e ilustrador).
Me vengo a Argentina, año 2025, para internarme en una antología de historias cortas escritas y dibujadas por Berliac, originalmente realizadas para una revista japonesa, y creadas en sentido de lectura oriental. La Virgen de los mil Amperios ofrece 12 historias cortas, todas ambientadas en un futuro no muy lejano. Algunas nos llevan a un pueblo claramente latinoamericano, donde la fe religiosa se mezcla con la violencia y el atraso, mientras que en el segundo tramo del libro reaparece el tema de los androides y la delgada frontera que los separa de los humanos, además de otros temas vinculados a avances tecnológicos. Ninguna historia supera las 10 páginas, y algunas tienen apenas cuatro páginas, así que varias de las ideas que plantea Berliac no tienen prácticamente espacio para desarrollarse. Son puntitas de ideas, pinceladas de historias, embriones de personajes. Más de una vez te vas a encontrar con situaciones, conflictos o personajes realmente atractivos, que claramente daban para mucho más, pero que se terminan ahí, cuando apenas llegan a esbozarse. Creo que el guion que más me impactó es -paradójicamente- uno de los más breves: Dogo, con solo cuatro páginas, te genera un clima espeso, te plantea un conflicto fuerte y te lo resuelve de manera magistral. Otra muy cortita, Irreparable, también me pareció un hallazgo, que hubiese sido brillante encajar en el contexto de una historieta más larga. Después, con el resto de los guiones me costó un poco más engancharme. El dibujo me resultó sumamente atractivo. Primero, por lo distinto que es de los trabajos anteriores del autor. Me parece espectacular que todavía haya dibujantes que levantan las banderas del Viejo Breccia, de no quedarse nunca en el molde, de seguir buscando, de experimentar, de explorar nuevos territorios gráficos. Berliac dibuja a los personajes en un estilo clásico de gekiga, pero después les mete unas texturas espesas, sucias. Y los complementa con un vasto repertorio de imágenes (fondos y primeros planos) basadas en referencias fotográficas, con mucho laburo encima. Yo no soy tan fan de la foto retocada, y hay un par de historias en este libro que parecen fotonovelas. No son ni ahí mis favoritas. Pero hay unas cuantas en las que la mezcla entre el dibujo expresivo y sintético típico del manga se amalgama MUY armónicamente con los recursos digitales que pone en juego Berliac, y de ahí salen atmósferas opresivas, extrañas, muy a tono con las historias. Hacía muchos años que no leía material nuevo de Berliac, y la verdad que está bárbaro descubrir que sigue en busca de nuevos caminos estéticos y temáticos para sus historias cortas. Ojalá se publique en nuestro idioma Laowai Tango, que está dibujada en una onda similar a la de estas historias cortas, pero al ser una saga más extensa, seguro tiene más de lo que acá se echa en falta, que es el desarrollo de los personajes y la mayor profundidad en los argumentos. Nada más, por hoy. Sigo leyendo en los ratos libres que me dejan la Comiqueando Digital y otras actividades. Ni bien pueda, vuelvo con nuevas reseñas. Gracias por el aguante y hasta entonces.

viernes, 29 de agosto de 2014

29/08: HELLBLAZER: DEATH AND CIGARETTES

En otro de sus habituales suicidios, a principios de 2013 algún cráneo de DC decidió que ahora todos los personajes propiedad de la editorial iban a estar en el Universo DC y el sello Vertigo sólo iba a publicar material propiedad de los autores. La idea es casi buena, si no fuera porque para concretarla hubo que hachar a un título que llevaba 300 meses de publicación ininterrumpida y tenía como protagonista a uno de los personajes más complejos y carismáticos de la historia del comic, creado por Alan Moore en uno de sus períodos de mayor fertilidad. Así fue como el maestro Peter Milligan, que estaba al frente de Hellblazer desde el ya lejano n°250, recibe la orden que nunca creyó que iba a recibir: cerrame la colección en el n°300. Por eso, aunque parezca mentira, este es el último TPB de Hellblazer, y seguramente la última vez que los fans de John Constantine vamos a comprar una publicación en la que aparezca el ídolo, porque el Constantine del DCU huele a bosta radioactiva aunque los primeros números los dibuje el grossísimo Renato Guedes.
Así que este voluminoso TPB va a desembocar, irremediablemente, en la última saga de Hellblazer, en el cierre de esta ilustre y longeva serie que tantas alegrías nos dio. Y arranca muy bien, con la historia del Annual 11, que está apenitas estirada, pero que es fuerte, perturbadora y muy idónea para enganchar con Hellblazer a lectores que nunca se habían acercado a la serie. Después tenemos un unitario bastante bizarro, metido con forceps en el pasado tanto de John como de Piffy, y con el ídolo transformado (un ratito, nomás) en hombre lobo. Quizás sean las 20 páginas más olvidables de la Era Milligan.
Después arranca una saguita extensa, de 100 páginas, en la que el guionista hace un pase de manos increíble y planta las semillas de… un nuevo John Constantine. No quiero spoilear, porque es todo muy shockeante, pero de alguna manera Milligan nos vende (y nosotros compramos sin discutirle ni una coma) a un Constantine 2.0, sacado de la manga pero asombrosamente convincente. No sé si el guionista ya sabía que había que darle de baja a la serie, o si simplemente había tomado conciencia de que ese John de casi 60 años ya no estaba para vivir tanta peripecia y era hora de que su legado pasara a un personaje más joven (algo que en los comics de DC se hizo hasta el hartazgo). Lo cierto es que el pase de manos funciona muy bien y nos deja a un nuevo personaje con pasta de protagonista y a un villano excelente, al que hubiese estado bueno traer de vuelta más adelante.
Ahora sí, el arco final. Las 83 páginas que le ponen fin a todo. John muere de un modo totalmente impredecible, y aunque en esta serie la muerte nunca es definitiva, hay velatorio, hay consecuencias jodidas y hay un clima de “chau, muchachos, gracias por todo”. Al final, Milligan le reserva al ídolo un destino que –en una de esas- es peor que la muerte. Y se va por la puerta grande, con la satisfacción de haber escrito 50 números y un annual impresionantes, de haber creado a varios personajes importantes (con Piffy y su papá a la cabeza), de haberle pegado vueltas magníficas al elenco clásico y de haber mantenido muy alta la chapa de este personaje tan genial como irrepetible.
Parrafito para hablar bien de los dibujantes: Los dos arcos extensos, el de 100 páginas y el de 83, están a cargo del siempre eficiente Giuseppe Camuncoli, muy bien complementado por las tintas de Stefano Landini. Camuncoli le pone todo a la puesta en página y sorprende con su trazo fresco, moderno, expresivo, muy gráfico y para nada contaminado por la triste epidemia de los Juan Carlos Flicker. Uno de esos dibujantes a los que uno, si fuera editor, quisiera tener al frente de ocho o nueve series mensuales. Y las 58 páginas restantes están a cargo de Simon Bisley, la Bestia, el legendario dibujante británico, responsable también de las portadas. En el unitario bizarro de los licántropos, parece volver (un toque) el Bisley de los ´90, el más cabeza, el que se jugaba todo a la machaca y la estridencia. Pero en el annual, la Bestia pone todo su talento al servicio del clima denso, de ese enigma asfixiante que envuelve pasado y presente y que casi no deja lugar para la acción. Ahí es donde realmente pela, y donde más se disfruta su simbiosis con la paleta del colorista Brian Buccellato.
Y nunca pensé que iba a decir esto, pero se acabó. No hay más Hellblazer. Al comic le queda un vacío imposible de llenar. Gracias, John, por tanta magia.

lunes, 17 de septiembre de 2012

17/ 09: HELLBLAZER: PHANTOM PAINS

Nuevo tomo de Hellblazer y, predeciblemente, no está al nivel demoledor del tomo anterior. Era muy difícil bancar los trapos después de aquel final increíble que Peter Milligan conjuró en Bloody Carnations. Phantom Pains es un muy buen arco argumental, pero de ahí a hacerle el aguante a la saga inmediatamente anterior, hay un abismo.
Los dos unitarios que dibuja Simon “La Bestia” Bisley son uno más grosso que el otro. Son, casualmente, los episodios en los que Milligan retoma la ilustre tradición de meterse con temas socio-políticos urticantes, y darles un twist jodido y sobrenatural. Para el unitario que transcurre en la cárcel, además, el guionista retoma a Julian, el demonio que boleteó a Phoebe, la médica con la que salía John en Hooked (lo vimos en Enero de este año). En ambos episodios la Bestia abusa un poquito de los primeros planos, pero su trazo está tan inspirado y se ve todo tan bien, tan sórdido, tan escabroso, que no jode para nada. Porque además, cuando tiene que pelar, Bisley pela figuras enteras, fondos, secuencias de acción al palo, besos incandescentes y todo el gore que puede soportar un comic de Vertigo.
Dentro de la saga central, hay un episodio protagonizado por Gemma (la sobrina de John), en el que Giuseppe Camuncoli es reemplazado por Gael Bertrand, un dibujante francés muy, muy bueno, con un sólo problema: si Camuncoli se zarpa y dibuja a John con rasgos de un tipo de 30, Bertrand se va más al carajo y lo dibuja como si tuviera 23. En los capítulos restantes, Camuncoli mantiene arriba su nivel, con páginas y secuencias memorables, cada vez mejor ensamblado con el entintador Stefano Landini y la colorista Trish Mulvihill. Es muy loco cómo un dibujante con un trazo tan prolijo, tan claro, tan lindo, logra conjurar imágenes tan aterradoras, tan perturbadoras y tan truculentas.
El argumento de Phantom Pains... bah, creo que en realidad hay dos argumentos, los dos basados en cosas muy heavies que pasaron en el tomo anterior. Por un lado, John se propone recuperar el pulgar izquierdo, que él mismo se cortó cuando se volvió loco. Por el otro, Gemma va a buscar venganza contra su tío por una atrocidad que cometió... el gemelo diabólico de su tío. Y las líneas argumentales no se cruzan, eh? No hay una única resolución para ambos conflictos. Lo del dedo de John se resuelve... casi 45 páginas antes que lo de la venganza de Gemma, y por vías totalmente distintas. O sea que la consigna de Milligan para este tomo era volver para atrás dos sacudones bastante grossos que le había pegado a la serie en el tomo anterior.
Asimismo, y como parte del plot de la venganza de Gemma, en este tomo John pierde no una extremidad, pero casi: su mítico impermeable, ese que lo acompañó al Averno y más allá desde mediados de los ´80, cuando era un personaje secundario de Swamp Thing. Si esto sigue una lógica, en la próxima saga el ídolo se meterá en un kilombo marca Cañón para recuperar su tradicional pilcha, a la que vimos arder en una hoguera. Pero ojalá no suceda eso, porque si sucede, Milligan se habrá vuelto predecible. Y en el arco siguiente veremos a John perder... un ojo, y en el siguiente recuperarlo y perder... el encendedor, y así, hasta que pierda la chota y resulta que somos nosotros, los lectores, los que la tenemos adentro. Prefiero a Milligan caótico e impredecible. Para hacer boludeces obvias e intrascendentes lo tenía a Constantine en la Justice League Dark.
A todo esto, en Phantom Pains vuelve a brillar con luz propia Epiphany Greaves, quien a esta altura ya es –lejos- la mina más copada a la que se volteó John y probablemente el mejor personaje secundario aparecido en los casi 25 años que lleva esta serie. Inmenso mérito de un inmenso guionista que ojalá siga más allá del inminente n° 300.

miércoles, 25 de abril de 2012

25/ 04: HELLBLAZER: INDIA

Este es –hasta ahora- el mejor tomo de Hellblazer desde que llegó Peter Milligan. Al igual que el tomo anterior, arranca con un arco de cuatro episodios dibujado por el italiano Giuseppe Camuncoli y cierra con dos episodios a cargo de Simon “la Bestia” Bisley, que además ilustra todas las portadas.
La primera saga es redondísima: John quiere resucitar a... alguien que murió en una saga anterior (no se lo spoileemos a los que todavía no se engancharon con la serie) pero está muy manchado de atrocidades y necesita purificarse. Por eso viaja a la India, a la ciudad de Mumbai, un lugar extraño, en el que el plano espiritual anda medio revuelto y donde se va a encontrar con productores de Bollywood, gurúes truchos, sabios ancestrales y demonios de enorme poder.
Es una saga trepidante, repleta de momentos escabrosos, con los excelentes diálogos de siempre y con dos agregados muy notables: por un lado, el contrapunto entre la cultura occidental y la oriental. Constantine cree que los conjuros funcionan igual en todas partes, pero resulta que no, que en Oriente las cosas se hacen distinto, el viaje de las almas al Más Allá es distinto y de pronto nuestro hechicero de la B Metropolitana se da cuenta de que no la tiene tan clara como creía. Por el otro lado, Milligan no se olvida de lo otro que hace grossa a esta serie: la bajada de línea socio-política. Entonces vincula al villano con la época en la que India era una colonia del Imperio Británico y los milicos al servicio de Su Majestad hacían lo que se les cantaba las reales pelotas con los pobres hindúes.
Lo único medio inexplicable es cómo, de la nada, se aparece en Mumbai y se le prende de la... gabardina a nuestro ídolo Epiphany Greaves, la joven alquimista que hasta el tomo anterior era un personaje secundario y acá ya cobra un rol muchísimo más protagónico. Okey, la minita está caliente con el veterano, pero de ahí a irse a la India a buscarlo, es un poco demasiado. Por suerte se ve que Milligan tiene muy claro lo que quiere hacer con este personaje, o sea que suma mucho tenerla ahí, revoloteando alrededor de John, ya sea para darle una mano cuando la cosa se pone espesa, o para verduguearlo por su avanzada edad.
Y si a vos lo que te gusta es el aspecto socio-político de Hellblazer, la segunda saguita, con John de nuevo en Londres, te va a partir la cabeza. Acá, al maestro Milligan se le ocurre una nueva manera de contarnos lo intrínsecamente hijos de puta que son los conservadores ingleses y encuentra la forma de meter en el medio a Constantine, a Sid Vicious, a varias entidades místicas, a patotas skins y barrabravas y hasta un flashback a 1979, cuando John era joven y punk y se veía venir la oscura época de Margaret Thatcher como Primer Ministro del gobierno británico. Son 44 páginas brillantes, con violencia, drogas y recuerdos de otras épocas en las que los pibes escupían a los músicos a los que veneraban al ritmo de Anarky in the U.K.
Mínima mención al laburo de los dibujantes. Camuncoli, excelente como siempre. Una vez más, dibuja a Constantine demasiado joven, pero se luce al dibujar la India y sobre todo al demonio hindú, perfectamente coloreado (con colores planos y estridentes) por Patricia Mullvihill. Y lo de la Bestia ya está totalmente fuera de escala. Olvidate de Lobo, de Slaine, de Judge Dredd, de todo. Comparado con esto, todo lo que dibujó Bisley antes de Hellblazer es basura pochoclera con gusto a esteroides en mal estado. Acá aparece el Bisley definitivo, el más completo, el más maduro, el que mejor narra, el que mejor fluye. Okey, no entinta ni colorea. No hace falta, prefiero que lo coloree Brian Buccellato y que la Bestia se concentre en los lápices, porque nunca dibujó ni se vio mejor. Y además dibuja al ídolo como un cincuentón hecho crosta, como debe ser.
Si en algún momento dudaste de subirte al bondi de Hellblazer manejado por Milligan, no lo dudes más. Es un viaje de ida alucinante, jodido, hipnótico, doloroso, truculento y muy gracioso. Milligan ya está cerca de convertirse en el guionista que más números escribió de esta serie y donde te descuides, se puede llegar a convertir en el mejor. Te lo juro por Nergal.

lunes, 16 de enero de 2012

16/ 01: HELLBLAZER: HOOKED

Hacía mucho que el gran John Constantine no se veía envuelto en líos de polleras y bueno, al maestro Peter Milligan le pareció que ya era hora de volver sobre ese tema, pero con un giro más impredecible. Guarda: para que esta historia (y –sospecho- las que vienen después) funcione, hay que olvidarse de esos episodios de hace unos años en los que John blanqueaba 50 pirulos. Nada, ahí hubo un reboot encubierto, un pacto con Mephisto como el de Spider-Man, alguna matufia rara, porque John, tal como lo escribe Milligan y como lo dibuja Giuseppe Camuncoli, no tiene ni en pedo más de 45 años. Pero bueno, pongámosle que John clavó en 45 y que la sangre de Nergal lo mantiene más o menos lozano, y esto pasa a ser viable.
Hooked nos lleva al maravilloso mundo de los gualichos, de las pócimas para enamorar, del amor inducido mediante la magia, o en una de esas la química. John está on fire con Phoebe, la médica, pero ella lo tiene hasta ahí. Sabe (o por lo menos sospecha) que la relación está condenada al desastre. John recurre a las artes oscuras: una poción elaborada por la joven (y lanzada) alquimista Epiphany Greaves va a lograr que Phoebe cambie de opinión y le muestre a nuestro ídolo el cartelito de “oferta” prendido a la chabomba. Pero claro, la cosa se va complicar heavy, porque Milligan (no yo, porque lo leí el 9 de Marzo) se acordaba de lo que pasó en el tomo anterior, cómo se resolvió y gracias a quién. Esa amenaza que, según yo mismo “casi no asustaba”, acá asusta y mucho, porque así como Phoebe se hace adicta a la... presencia de John (por ser sutiles), John se hace adicto a una sustancia que sólo le puede proveer un demonio jodido, un ekkimu llamado Julian. John lo trata de cagar, no le sale, y Julian va a pasar a cobrar... por lo de Phoebe.
A lo largo de los tres episodios de Hooked, pasan muchísimas cosas y el ritmo no decae nunca. Olvidate de la bajada de línea social que tanto le aplaudíamos a Milligan en el tomo anterior. Acá menciona un tema candente (el “date rape”), pero lo importante es la machaca sobrenatural al palo y la historia de amor, claro. Es todo tan grosso que los dos episodios que completan el tomo son epílogos a esta trilogía. El primero tiene un problema, y es que John tiene que “pelear contra algo”, para no estar 22 páginas llorando por su chica. Pésima decisión: Milligan lo hace pelear contra una cosa tan fumanchera y tan traída de los pelos que no tiene sentido. El otro epílogo es mil veces mejor y tiene que ver con el entorno familiar de Epiphany Greaves, que estuvo cerca de convertirse en tercera en discordia en el romance entre John y Phoebe y que –me da la sensación- se va a convertir en un personaje importante en los próximos arcos. Ese capítulo es Hellblazer puro, con magia, chamuyo, mala leche y una línea demasiado borrosa para separar a John de “los malos”.
La trilogía inicial está muy bien dibujada por Giuseppe Camuncoli, que aún le hoy afana un poquito a Marcelo Frusín, pero la tiene muy clara. Dibuja a John un poco joven para mi gusto y todo lo demás le sale bárbaro. La acción, los garches, Londres, todo está muy bien. Pero, pobre pibe, al lado le ponen a Simon Bisley, la Bestia, totalmente en crack. Bisley pela como pocas veces, se juega en la narrativa, se desloma en los fondos, se fuma páginas de seis cuadros, y encima encontró una técnica para entregar las páginas a lápiz, que es donde más se aprecia la vitalidad, la fuerza del trazo de este monstruo. Jamie Grant colorea los capítulos de Camuncoli con pilas, bien, lindo... y en los de Bisley deja la vida. Cambia totalmente la paleta, el registro, todo, en función de acoplarse a los lápices de la Bestia que, al no tener tinta, se prestan a un tratamiento mucho más jugado por parte del colorista. El resultado son dos episodios en los que Bisley y Grant (otro Grant, no la Bruja) te ametrallan con una sucesión de las más bellas páginas que hayan aparecido en mucho tiempo en este, el título más longevo que hoy tiene DC.
Con Camuncoli de titular y Bisley de suplente, este equipito dirigido por Peter Milligan está “para pelear cosas importantes”. Prometo no dejar pasar otros 10 meses para volver a visitarlos.

jueves, 22 de abril de 2010

22/ 04: ABC WARRIORS: THE BLACK HOLE


A pedido de la hinchada, me meto en el universo de las revistas semanales británicas, esas en las que desde 1977 reina Judge Dredd, pero de las que surgen constantemente talentos que después se consagran en EEUU, o en otros mercados de mayor visibilidad. Es muy loco como este material (al igual que el que publica Bonelli en Italia) es inmensamente popular en su país de origen, donde se vende realmente bien, pero resulta casi imposible de transplantar a otros mercados: cada vez que se editan estos comics fuera del Reino Unido, los resultados son más tristes que heladería en Agosto.
ABC Warriors es una serie creada en 1979 por el maestro, el que les enseñó a todos, el referente ineludible, el Oesterheld/ Stan Lee/ Goscinny del Reino Unido: Pat Mills. Lógicamente no muy popular fuera de las islas (por esto de la escasa visibilidad de los productos en los que concentró su talento durante décadas), Mills es una máquina de crear obras grossas y conceptos innovadores. La obra más famosa de su etapa británica seguramente es Slaine, pero en EEUU lo asocian más con Marshal Law y en Francia con Requiem Vampire Knight, la exitosísima serie que publica desde el 2000 en la editorial Nickel, con excelentes dibujantes franceses.
Los guiones de Mills son brutales, tremendos, sin concesiones. Siempre está en juego todo, nunca hay medias tintas. Sus personajes, siempre muy bien definidos, se debaten entre el honor y el horror y saben que ambas cosas están obscenamente cerca. Casi siempre hay fuertes elementos militares, pero no porque Mills sea un facho obsesionado con los uniformes, sino porque es en la guerra donde el honor y el horror se franelean con más impunidad. Tampoco le tiembla el pulso a la hora de mechar elementos sobrenaturales (de hecho, tiene más de 12 álbumes protagonizados por vampiros) y, como todo guionista británico, humilla con su manejo del humor sarcástico y malalechístico. Si tiene que investigar para plasmar una ambientación histórica, lo hace. Y si lo dejan ambientar sus sagas en mundos 100% ficticios (como sucede en ABC Warriors), Mills suelta a todas las fieras que pueblan su imaginación y agarrate, porque se pudre todo.
Los ABC Warriors son robots construídos para sobrevivir ataques Atómicos, Bacteriológicos y Químicos, pero además tienen personalidades y sentimientos humanos, lo cual los hace no sólo una poderosa fuerza de combate, sino un grupo donde la dinámica y la interacción son interesantísimas. Con Hammerstein a la cabeza y el brujo Deadlock como miembro más poderoso, son muchos los personajes que pasaron por el grupo en todos estos años, y acá vemos a Joe Pineapples, Blackblood, Mongrol (que son los que están siempre) junto a Ro-Jaw, Mek-Quake y Terri, una humana que tiene especial afinidad por los robots. Obviamente, no todos llegan vivos al final de la saga, que es realmente impactante, aunque un toquecito apresurado. Luego de The Black Hole (serializada en 2000 A.D. en 1982), los Warriors pasan a ser las criaturas más odiadas y buscadas de la galaxia, así que de ahí en más todo será más oscuro y clandestino de lo que ya era.
Para dibujar esta ambiciosa saga, Mills recurrió a dos jóvenes artistas para ese entonces novatos. Uno, conocido sólo como SMS, mostraba un estilo muy parecido al del grosso alemán Andreas Martens (aunque más rústico en los rostros humanos) y acumuló pocas obras destacables después de esta. El otro llegó un poquito más lejos: era Simon Bisley, la Bestia, en su primer laburo importante, donde ya se lo veía como un dotado para la anatomía, la acción, la narrativa intensa y visceral y la machaca grandilocuente. En blanco y negro, prolijito, sin salvajadas demasiado extremas, lo de Bisley era 100% placentero, y muy parecido a lo que, muchos años después, mostró el italiano Massimilano Frezzatto, pero a color.
Un guión lleno de conjuras, batallas y genocidios, con mucho ritmo, con buenos personajes y con un dibujante hoy clásico que daba sus primeros pasos. Como diría el más grande, “nos sobran los motivos” para unirnos a los ABC Warriors.

jueves, 1 de abril de 2010

01/ 04: LOBO: PORTRAIT OF A BASTICH


Este libro (otro hallazgo de mesa de saldos, esta vez detectado con ojo clínico por Fede “Freak” Velasco en pleno Animatate) no es otra cosa que una reedición en un sólo tomo de las dos primeras minis del Capo: The Last Czarnian y Lobo´s Back. Acá fue donde Lobo se convirtió en todo un símbolo de una época, en un paradigma perfecto de todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar bajo ningún concepto.
Creado en 1983 por Roger Slifer y Keith Giffen, el personaje cuaja recién en 1990 cuando este último forma equipo con dos británicos, Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley. Ese encuentro es también el encuentro entre las dos grandes ramas de renovación del género superheroico que estallan a partir de Watchmen y Dark Knight. Los británicos (con el Marshall Law de Pat Mills y Kevin O'Neill a la cabeza) exploraron más la vertiente deconstructivista, que es la que despoja al superhéroe de sus rasgos más glamorosos para quedarse con lo más básico y lo que -para la propia cultura inglesa- resulta más amenazante: el cana facho, violento, descerebrado y dispuesto a pisotear los derechos de cualquiera en pos de lo que cree correcto. Giffen, por su parte, lideró la vertiente costumbrista, es decir, el intento de enfatizar el lado humano del superhéroe, su faceta de "tipo que mira tele, toma birra con los amigos, sufre para llegar a fin de mes y se gana minas muy de vez en cuando". Y Lobo es el producto del cruce entre ambas, la fusión en un único personaje de los presupuestos "El héroe es un facho peligroso con cero respeto por la vida humana" y "El héroe es un tipo jodón, kilombero y medio ganso como cualquiera de nosotros".
Lo de “héroe”, por supuesto, entendido en un sentido laxo del término, porque empezamos por aclarar que el Capo es todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar. Y las reacciones a Lobo fueron, básicamente, dos. Una, obvia, inmediata y miope, fue la de Image. Los chicos no entendieron que Lobo era una ironía y lo tomaron como modelo: puteadas, chumbos gigantescos, mucha sangre, diálogos con mínima elaboración, machismo extremo, cero énfasis en la historia, el pasado y las motivaciones del protagonista, pocos o ningún personaje secundario interesante... todo eso era fácil de hacer, y hacia allí fueron toneladas de comics de Image y sus imitadores. En el camino se perdió el mensaje, disimulado tras la fina ironía británica y que era, básicamente, "Ser como Lobo está mal". Como Lobo vendía, ser como Lobo estaba bien.
La otra reacción tardó un poco más, y provino de los autores que sí entendieron el mensaje. Para ellos, un Lobo era tolerable, pero una industria basada en clones de Lobo, Punisher y Wolverine, seguro que no. Lobo estaba mal y había que redescubrir aquello que estaba bien. Esa es la consigna de los Neo-Tradicionalistas, un movimiento que tuvo a Kurt Busiek y Mark Waid como referentes centrales. Si leiste Marvels, o Kingdom Come, el mensaje es claro: tratemos de redescubrir qué es lo que nos hacía maravillarnos con los superhéroes cuando los conocimos. Seguramente no era que mataban gente cagados de risa, ni que se excitaban los unos a los otros con esos trajecitos ajustados. Había otras cosas, otras sensaciones, y hacia ahí se encamina esta búsqueda.
O sea que si flasheaste con Kingdom Come o si lanzaste con Bloodwulf, el culpable es uno sólo: Lobo. Y este libro, con el que te vas a mear de risa y cuyas imágenes salvajes y alucinantes te van a dejar el cerebro como un plato de mondongo recién vomitado por el Ogro Fabbiani, es el puntapié inicial de ese delirio de violencia festiva y guarrada de alto vuelo. Después, toooodo lo demás, tooooda esa bola que se armó alrededor de Lobo, toooodas esas historietas de Lobo mil veces más light que esta, se pueden discutir, o incluso ningunear o basurear. Pero lo que hacen Giffen, la Bruja y la Bestia en estas dos sagas es un laburo fundacional, para figurar ya no entre los greatest hits de los ´90, sino entre los libros de historia de la historieta. Frag ya!

domingo, 3 de enero de 2010

03/ 01: THE DEAD Vol.1


Bueno, tras ese bizarro flashback a 1949, vuelvo a 2009.
Jamás entendí la gracia de los zombies. En una de esas porque no consumo películas de terror desde los ´80. Pero lo cierto es que los zombies están muy de moda y –por esas cosas del destino- hace poco me leí entera una enciclopedia de cine de zombies del escritor y guionista argentino Luciano Saracino. Con toda esa bola de conocimiento teórico encima, me mandé a la práctica y cacé el Previews decidido a pedirme un comic de zombies que pareciera pulenta. Había muchísimos y opté por dos viejos amigos que rara vez defraudan: Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley tienen su serie de zombies en la editorial Berserker y su primer recopilatorio (Kingdom of Flies) acaba de salir en EEUU.
La historia es la típica: un grupo de humanos resiste el embate de miles de zombies, en una ciudad plagada de muertos vivos. Acá se trata de una dotación de bomberos, a los que con el correr de las páginas se suman dos milicos y (supongo que por pedido de Bisley) una pandilla de motoqueros heavy metal. Y están todos los elementos que –dicen los que saben- le otorgan chapa de clásico a las pelis de zombies: tripas, sangre, decapitaciones, desmembramientos, algo de sátira social, algo de humor negro y un buen par de tetas al aire. Por supuesto, Grant y Biz se zarpan con el humor negro, que es y será su fuerte, y con el gore sanguinoliento, una especialidad de la Bestia.
La principal cagada es que el guión no sorprende. Simplemente ves cómo mueren de a uno los secundarios y –cada tanto- algún protagonista. El desarrollo de personajes está y funciona, o sea que cada muerte provoca un impacto más allá de las tripas y la sangre. Y está lleno de chistes buenísimos (especialmente cuando Grant se mofa de cómo los medios cubren la plaga zombie). Pero no hay un rumbo, más allá de seguir aguantando un poco más. Encima esto es el primer tomo. Hay más en camino, que no sé con qué van a llenar.
La segunda cagada es que Bisley apenas planta los lápices. El responsable del acabado visual es Andrew Brown, un dibujante de la B Metropolitana, que dice “entintar” a Bisley, pero lo tapa casi por completo. El resultado parece una cruza entre Biz y Kevin O´Neill, pero sin la magia ni el talento de ninguno de los dos. A Bisley se lo intuye en la puesta en página y en algunos splash-pages realmente salvajes, pero no esperes la clásica orgía visual de otros comics del ídolo, porque no la vas a encontrar. El TPB también incluye las portadas de las revistitas, a cargo de Glenn Fabry, que son malignamente fastuosas, al nivel de sus mejores trabajos para Preacher.
Y bueno, me voy sin entender el fenómeno de los zombies. Me reí mucho (de hecho, tal vez compre el segundo recopilatorio para leer más chistes macabros), me impactaron las masacres y la truculencia, me encariñé con un par de personajes (de los cuales sólo Vinsen llegó al final) y no me importó un carajo no saber por qué toda esa gente se convirtió en zombies. Pero siento que la experiencia no me dejó demasiado, o por lo menos sigo sin saber por qué hay fans capaces de consumir toneladas de películas o comics muy parecidos a este, y casi idénticos entre sí. ¿Cuál será la gracia, el chiste que todavía no entendí? ¿Alguien me lo explica, por favor?