el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 3 de junio de 2025

MARTES DE DELIRIO

No es de canuto. Es que, de verdad, me quedé sin tiempo para leer comics y redactar reseñas. Por eso tampoco estoy subiendo episodios de Comiqueando Review al canal de YouTube. Pero bueno, es un tiempito. Ya volveremos a la regularidad. Hoy tengo un par de libros para comentar, muy rápido, así me vuelvo a sumergir en el laburo colosal que requiere la Comiqueando Digital. Encontré otro libro que no conocía de mis ídolos, los primos (ambos ya fallecidos) Enrique Ventura y Miguel Ángel Nieto. Infusión Macroidiótica recopila historietas de dos páginas, que realizaron para El Jueves en la bisagra entre los años ´70 y ´80, con el humor como única consigna. No hay personajes recurrentes, no hay un solo tipo de humor y -lo más impactante- el dibujo cambia tanto de una entrega a la otra que parece inverosímil que sea todo obra de una misma persona. Lo que le vemos hacer acá a Ventura es apoteótico. Tiene páginas que parecen una parodia de MAD dibujada por Angelo Torres o Mort Drucker, páginas que parecen de Moebius, de la época de The Long Tomorrow, páginas en las que hace un uso hiper-realista de las tramas mecánicas, otras en las que recurre al aerógrafo para lograr efectos tipo Richard Corben, otras en las que experimenta con técnicas más cercanas al grabado y parecen de Gustave Doré, otras en las que mete unas texturas complejísimas tipo Sergio Toppi, otras más minimalistas, más cercanas al dibujo humorístico tipo Quino... es una animalada, que debe ser vista para poder digerirse. Nunca me imaginé que un mismo dibujante podía manejar tantos recursos y salir bien parado en todas estas búsquedas. Me queda claro que Ventura se divertía como loco con estas mini-historias que creaba junto a su primo, y eso se reflejaba en lo ecléctico de su grafismo. Y también en la puesta en página, y en la planificación de las secuencias, sobre todo en las historietas que no le exigían diez o más viñetas por página. Los guiones también ofrecen de todo un poco. Hay humor absurdo, hay sátira política (en ese momento, el blanco favorito de la progresía europea era Ronald Reagan), hay historias muy jugadas a un último giro argumental que da vuelta todo y te sorprende o te arranca una carcajada, hay ironía, reflexión, y -por supuesto- delirio. No es fácil lograr en dos páginas lo que lograban Ventura y Nieto, pero en esta época El Jueves era así: tenías dos páginas y las tenías que detonar a full para conquistar semana a semana a los lectores. Me encontré con muchas ideas muy, muy atractivas, plasmadas de maneras geniales, a veces con el guiño al lector de "¿viste qué piolas que somos?" y a veces con una patada a la garganta, pero siempre con un nivel de dibujo descomunal, en el estilo que quieras. Ventura y Nieto ya no están entre nosotros, pero yo cada día los quiero más.
Demencia 21, de Shintaro Kago. ¿Está buena la premisa general de la serie? Sí. ¿Se bancaba 17 relatos con la misma premisa? No. ¿En cada uno de los episodios puntuales hay ideas locas y copadas? Sin duda. Y muchas son brillantes y sorprendentes y te hacen mear de la risa. ¿Alguno de estos episodios necesitaba 16 páginas para llevar adelante la consigna? No, ninguno. No hay uno solo de los 17 relatos que no esté estirado innecesariamente. A veces arrancan muy arriba y se desinflan, a veces arrancan muy tranqui y lo grosso llega sobre el final, pero cualquiera de estos episodios, contado en menos páginas, pegaría más. ¿Hay episodios definitivamente chotos? Sí, pero son poquitos. Casi siempre encontrás algo que te seduce, generalmente ideas bizarrísimas de esas que solo a un demente como Kago se le pueden ocurrir. Es una obra graciosa, punzante, con mala leche, que detrás del delirio esconde una reflexión amarga acerca de una sociedad que no sabe qué carajo hacer con los ancianos. Por supuesto que Kago toca el tema de manera desangelada, con cero corrección política. Si los viejitos o viejitas tienen que ser el villano de la historia, al autor no le tiembla el pulso y los presenta como personajes execrables. La heroína, Yukie Sakai, no es perfecta ni mucho menos: a veces se saca (y es lógico que eso suceda) y manda todo a la mierda. Demencia 21 te bombardea con un cúmulo de situaciones límite que te ponen muy nervioso... hasta que te cae la ficha de que Kago las va a resolver (a veces) por el lado del absurdo y el humor. El dibujo no es espectacular ni intolerable. No le pidas a Kago el nivel de preciosismo de otros referentes del ero-guro nansensu, porque no da la talla. Hay un buen trabajo con las tramas mecánicas, hay páginas con un gran despliegue de detalles microscópicos, pero en general, Kago sacaba estas historietas con fritas, sin ponerle el alma a cada una de las viñetas. La edición de Hotel de las Ideas (que tomó la posta tras el faux pas de Ivrea) está muy bien. Se bancaba un tamaño más chico, creo yo, y menos páginas de relleno al final. Pero la traducción es muy buena y técnicamente el libro es impecable. ¿Me divertí con Demencia 21? Sí, bastante. ¿La pongo en el Olimpo de las obras maestras de Shintaro Kago? No, ni en pedo. ¿Se justifica comprar un segundo tomo de esta misma serie, leerlo y encontrarle un lugar en la biblioteca? Probablemente no. Y hasta acá llegamos. Entre el laburo, los compromisos sociales y otras cosas que estoy leyendo (textos sobre comics, no-ficción) no sé cuándo tendré tiempo para leer historietas, pero ni bien acumule un par de libritos leídos, tendrán su reseña en este espacio. Gracias por el aguante y hasta entonces.

lunes, 29 de abril de 2024

RESEÑAS CUESTA ARRIBA

Tardé horrores en volver a postear, y apenas tengo leídos dos libritos. Ya mi ritmo de lectura/ reseñas se está por caer debajo de la línea de pobreza. Hace siglos, un lejano 23/09/16, hablamos acá del Vol.1 de Injection, una interesantísima serie de Image que lanzaran Warren Ellis y Declan Shalvey, que por lo que tengo entendido quedó inconclusa. Hay un tercer TPB que (al igual que este) recopila cinco episodios, pero la saga no termina. La verdad que mucho no calienta, por lo menos a la hora de leer este Vol.2, porque es prácticamente autoconclusivo. A lo largo de cinco episodios, Ellis y Shalvey plantean, desarrollan y rematan una historia central, y hay un subplot que también se cierra sobre el final de este tomo (para abrir toooodo otro universo de posibilidades que -supongo- se explorarán en el Vol.3). La historia central, si bien está un poquito estirada, se disfruta plenamente sin tener demasiada idea de lo que pasó en el Vol.1 y cero idea de lo que puede llegar a pasar en el Vol.3. Parte de lo que hace tan "unitario" a este tomo es que de los cinco personajes principales que nos presentaran en el Vol.1, hay uno solo que acapara totalmente el protagonismo. Se trata de Vivek Headland, esa especie de Sherlock Holmes frío, brillante, culto, tranquilo, implacable a la hora de pensar, deducir y unir cabos sueltos. Ellis nos propone meternos de lleno en la piel de este personaje, incluso en su vida sexual, para entender por qué razona como razona y actúa como actúa. No es un personaje querible, no es un garca execrable, es una especie de Sr. Spock emocionalmente discapacitado, pero dueño de un intelecto, una sofisticación y un buen gusto imposibles de igualar. El caso que debe resolver Headland es interesante, es original y está bastante bien conectado con lo que parece ser la "trama mayor" de Injection. Hay acción, hay momentos muy violentos, otros en los que sube el voltaje erótico, otros que parecen pasos de comedia en los que Ellis hace gala de su manejo del humor (inglés) y entre todo el bolonki emerge un gran personaje secundario como es Red, el inquebrantable ladero de Headland. El resultado son 100 páginas en las que la trama avanza a un ritmo mayoritariamente pausado (muy acorde con un relato de investigación detectivesca), sin perder nunca el interés del lector. Y para eso también es fundamental el trabajo de Declan Shalvey en los dibujos y la gran labor de la colorista Jordie Bellaire. Shalvey esconde cualquier rasgo de virtuosismo que haya mostrado en obras anteriores para sacar a relucir su estilo adusto, sin estridencias, que se destaca por su notable ojo para la elección de los planos. En el último episodio los fondos escasean como los artículos beneficiosos para la mayoría de los argentinos en las leyes que manda al Congreso el presidemente Milei, pero en la página en la que se arremanga y mete un fondo grosso realmente humilla y doblega. Cuesta recomendar una historieta que es parte de una serie inconclusa, pero este tomo puntual de Injection se la re banca por fuera del contexto de la serie, y brilla con luz propia, sobre todo si te gustan esos personajes atípicos, ambiguos, con muchos matices, y esos diálogos plenos de fina mala leche que Warren Ellis maneja tan bien.
En Francia conseguí un manga de Shintaro Kago que está publicado en castellano y en inglés, pero que nunca había visto: Ciudades e Infraestructuras, una extrañísima recopilación de historias cortas producidas por el ídolo en 2021. A lo largo del tomo predominan las historias de cuatro páginas, en las que Kago generalmente desarrolla una idea visual, muy limada, muy asquerosa, o las dos cosas. A veces va hacia un remate clásico, en busca de un efecto humorístico, pero la mayoría son cosas que se le ocurren en base a imágenes que quiere plasmar en el papel. Algunas, con escasas cuatro páginas y todo, son geniales, ya sea por el impacto visual, o por lo zarpado, lo extremo, lo absolutamente ido al carajo de los conceptos que rebolea el autor. Hay una historieta más larga, de 12 páginas, una especie de misterio que también va a desembocar en una imagen final de alto impacto, pero en el medio tiene un clima que se va enroscando para ponerte nervioso, algo que en las historias más cortas Kago no tiene espacio para orquestar. Y sobre el final, lo más bizarro: 15 páginas de Yonkoma, o 4-Koma, esas tiras verticales de cuatro viñetas que son las que habitualmente utilizan los dibujantes de humor gráfico en Japón. Cada página ofrece dos tiras, con viñetas muy chiquitas en las que el dibujo se reduce a su mínima expresión... y en las que Kago mete las ideas más groseras del tomo. La mayoría de las tiras cómicas tienen que ver con conchas, pijas, mutilación de pijas, trepanación de cerebros, violencia, sexo y personajes que (por el estilo mega-sencillo que adopta Kago) parecen todos menores de edad. Si en las historias de cuatro páginas el mangaka se juega mucho al impacto visual, acá al no tener casi espacio para dibujar en cada cuadrito, va directo al hueso, a impactar sin piedad con ideas tremendas, de las que te hacen suponer que estás frente a la obra de un desquiciado total. De la demencia a la escatología, de los pijazos en la oreja a los cadáveres que salen del inodoro, Kago se anima incluso a salpicar el horror y el asco con algún tinte más lírico, con ironías un poco más finas y con puntitas para reflexionar acerca de algunos de los trastornos obsesivos que padecen las sociedades "modernas" de Occidente. El dibujo es mínimo en las 4-Koma, tranqui en la mayoría de las páginas de las historietas cortas y descomunal cuando te tira esas ilustraciones que ocupan dos páginas y que se podrían ampliar, enmarcar y exhibir como posters para apreciar todos los detalles imposibles e indescriptibles. Sí, ya sé, yo no colgaría en mi pared un poster donde ves cómo unos tipos matan mujeres, les separan la piel de los cuerpos y las rellenan con algo que no sabés si son fideos o gusanos. Pero bueno, la vanguardia es así. Y los fans de Shintaro Kago ya estamos acostumbrados a este tipo de animaladas. Nada más, por hoy. Ojalá esta semana tenga más tiempo para leer y reseñar comics. Nos vemos el viernes en la Biblioteca Nacional, donde voy a estar como moderador en la presentación del libro de historias cortas del grossísimo Carlos Dearmas.

sábado, 12 de junio de 2021

7 al 13 de JUNIO

Otra semana de pocas lecturas, porque por suerte estuve avanzando mucho con otro proyecto del cual en poco tiempo voy a poder contar mucho más. Empiezo con un libro que quería leer desde hace años, cuando mi amigo Lucas Ferrero me cebó hablándome maravillas y mostrándome algunas páginas. Dance! Kremlin Palace compila una serie de historias cortas realizadas por Shintaro Kago en 2003, donde da rienda suelta a una descarnada sátira política que gira en torno a la Unión Soviética y los distintos líderes que tuvo ese conglomerado de naciones durante el tiempo que duró el régimen socialista, y más allá. Kago encuentra en el régimen político de la URSS y en la cultura rusa en general un montón de elementos para exacerbar, para llevar a un extremo grotesco, disparatado y sumamente cómico. Fiel a su costumbre, se va al pasto muchas veces, con escenas de mutilaciones, violaciones, torturas y gente que vomita caca, pero todo en un contexto festivo, de joda fuera de control. Cada frase, cada gesto, cada medida política de uno de los líderes rusos (de Stalin a Putin) es tomada por Kago como disparador de una o varias secuencias en las que (como ya hizo en Compendio de la Verdadera Historia Universal) empieza el relato con un tono documental y de a poco se empieza a imponer el delirio y el zarpe cada vez más pasados de rosca. Hasta el frío que suele hacer en esa región le sirve al autor para generar ideas loquísimas, de gran impacto cómico. Kago mezcla la historia real de la URSS con alienígenas, androides, zombies, máquinas hechas con cuerpos de mujeres mutiladas, una especie de Disneylandia socialista, un partido de beisbol… Todo vale para delirar y sorprendernos con el impacto de los chistes, o de las atrocidades que nos cuenta el autor. Particularmente agudo es el episodio en el que los rusos logran que Japón se vuelva socialista. Acá queda muy claro que lo de Kago no es simplemente una burla al régimen soviético, sino que se aferra del mismo (y de la mirada que sobre el mismo se difundió en Japón, y en casi todo Occidente) paralanzar dardos envenenados también contra el sistema capitalista. El dibujo no es brillante, ni busca impactar por el lado del virtusismo, sino que apunta a otro efecto, que es el de mostrar una versión deforme, mutante y asombrosa de Rusia, sus líderes, sus paisajes y su iconografía. Y combinar todo eso con los elementos fantásticos, bizarros y extremos que surgen de la inagotable imaginación de ese genio fuera de control llamado Shintaro Kago. Libro muy recomendable, para explotar de risa y gritar muchas veces “¡no podéeesss!”.
Me vengo a Argentina, año 2020, cuando se edita El Cantar del Farsante, una novela gráfica de Juan Bertazzi y Hernán González. La consigna es muy atractiva: convertir al mítico Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como “el Gauchito Gil”, en un tipo que murió y resucitó con la misión de escupirle el asado a otras criaturas sobrenaturales y espíritus malignos vinculados a las leyendas de nuestra Litoral. Una especie de Hellblazer criollo, en la selva mesopotámica del último tercio del Siglo XIX. El guion de Bertazzi combina el “secret origin” del protagonista con un caso muy turbio, en el que el horror no viene sólo de las criaturas a las que enfrenta Nuñez, sino también de la descripción descarnada que hace Bertazzi de la precaria e injusta situación laboral a la que estaban sometidos en ese entonces los peones de las grandes estancias del Interior de nuestro país. Al principio me costó un poco entender por qué y en qué momentos el guion decide interrumpir el relato del tiempo “presente” para contarnos el pasado de Nuñez, pero con el correr de los capítulos me empezó a cerrar mucho más. Fuera de los notorios errores y omisiones en materia de signos de puntuación que exhiben los diálogos, el resto me resultó muy convincente y atractivo. El dibujo de González sigue mutando, y acá lo vemos en su trabajo más limpio, menos plástico, más funcional al relato y menos al lucimiento de sus innegables condiciones con el pincel y la tinta. De todos modos fluctúa mucho entre viñetas muy realistas, muy cargadas de detalles fotográficos, y otras más sintéticas. También entre secuencias muy jugadas a un claroscuro potente y otras en las que entran en juego varias técnicas de entintado distintas. A grandes rasgos, González sortea con éxito la prueba de trabajar en un estilo un poco más convencional, en el que se nota menos su impronta personal tan marcada en otras obras. Hay algún que otro tropiezo en la narrativa, fruto de ángulos elegidos con criterios medio raros, que hacen que el relato no fluya con la naturalidad que sería ideal, y eso que señalaba de las distintas técnicas de entintado, que distraen un poco al ojo, en esos saltos mortales de la línea clara a la mancha profunda o el festival de las tramas y los esfumados, o del recontra-realismo lleno de detallitos y el grafismo más crudo, más pelado, en los que se impone la síntesis. Estos vaivenes le impiden al dibujo de González crear climas y sostenerlos, pero también le amplían mucho el repertorio de efectos a la hora de impactar al lector, sobre todo en las escenas más escabrosas. El balance general de El Cantar del Farsante es positivo, porque la historia es atrapante, bastante original, el personaje central está muy bien tratado y la época histórica muy bien aprovechada. Si vienen nuevas aventuras de Antonio Mamerto Gil Nuñez a cargo de eta dupla y en esta misma onda, se puede armar una serie realmente potente. Y nada más, por hoy. Será hasta el finde que viene y no se olviden de pasar por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y descargar la Comiqueando Digital. Sale muy barata y garantiza muchas horas de buena lectura, además de que es una forma de contribuir con quienes generamos tantos contenidos gratuitos sostenidamente hace tantos años.

sábado, 24 de abril de 2021

19 al 25 de ABRIL

Mi consumo de historietas está en niveles bajísimos. Casi todo lo que leo es para investigar acerca de los temas que me toca desarrollar en las notas para el nº2 de Comiqueando Digital, y además descubrí que me divierto mucho corrigiendo y diseñando las notas que mandan mis compañeros. Más que leyendo, incluso. Así en estos días estoy muy volcado a esas tareas, sin descuidar el canal de YouTube y el sitio web, obviamente. Para reseñar acá en el blog, tengo apenas dos lecturas, bastante breves, y ganas de sacar las reseñas con fritas, para volver a sumergirme en el material de la Comiqueando Digital (si leíste el nº1 y te gustó, preparate, porque el nº2 es más zarpado). Empiezo con Neferou le Chat, una de las obras de Carlos Trillo que están inéditas en castellano. Se trata de su única colaboración con el también fallecido Peni (Pedro Penizzotto), aquel recordado dibujante de vasta trayectoria en las revistas de Ediciones de la Urraca y Puertitas, entre otras. La historia tiene como eje el romance entre Alex y Sabine, vecinos que viven uno enfrente del otro en una gran ciudad que podría ser Buenos Aires, Madrid, París o Roma, no importa. Lo importante es que los autores cuentan la historia desde la retorcida óptica de Neferu, el gato de Alex, que está convencido de que todo esto es un diabólico plan de Piñón (el perro de Sabine) para invadir su territorio y eventualmente exterminarlo. Neferu (y el resto de los gatos que componen su grupo de amigos) ven a los humanos como criaturas inferiores, a las que los felinos manipulan para ser atendidos a cuerpo de rey sin dar nada a cambio. Y a los perros como el enemigo, como bestias rústicas y feroces que están ahí para aniquilar a los gatos. Neferu y sus amigos pondrán en marcha un plan demencial para alejar a Alex de Sabine e impedir el desembarco de Piñón al departamento del joven dibujante y su gato. Un plan que involucra a la diosa Bastet y a una pantera que vive en el zoológico, que (varios enredos mediante) va a tener éxito… por un ratito. Estamos frente a una comedia liviana, no apta para todo público porque Sabine y Alex garchan bastante, pero tranqui. Con humor, con fantasía, con algo de acción, con una premisa atractiva por lo extraña y varios momentos que nunca habíamos visto en ninguna otra historieta. El dibujo de Peni es excelente, con un trabajo descomunal en los fondos, siempre con personajes (bípedos y cuadrúpedos) de enorme expresividad y un color impecable (en este rubro contó con la asistencia del gran Darío Brizuela). Neferou le Chat es un único álbum, 46 páginas presentadas originalmente en 2004, y si bien no es una obra maestra ni una lectura indispensable, está muy bien para pasar un rato agradable, con la loca conspiración de los gatos que le pone sorpresa e incertidumbre a la trama romántica del pibe que se enamora (como Oaky) de la vecinita de enfrente.
En su Compendio de la Verdadera Historia Universal, el inefable Shintaro Kago pone en juego un típico recurso del humor: recontar eventos históricos conocidos por todos, pero con agregados imposibles, ucronías, o situaciones llevadas al extremo de lo grotesco o lo risible. La consigna no es en absoluto original, pero el resultado, el lugar donde llega Kago partiendo de estas premisas, es totalmente inédito. El libro se compone de 16 historias cortas, todas independientes entre sí excepto la última (y más extensa) que retoma de manera brillante algunas ideas desparramadas por el autor en las 15 historias anteriores. Los personajes y momentos históricos elegidos por Kago nos pasean por Asia, África Europa y América, en relatos donde la realidad sirve como plataforma, como trampolín en el que el mangaka toma impulso y salta al carajo y más allá. Acá no vamos a ver experimentos narrativos, ni rupturas en los aspectos formales de la narración del comic. Pero preparate para ver mutilaciones de pezones, pijas y conchas, decapitaciones, desmembramientos, violaciones, sexo con animales, cerebros que se extraen de los cráneos de personas vivas, una red parecida a la de los teléfonos pero conectada a los penes de miles de hombres que se comunican a través de la orina, un Cristóbal Colón adicto a las redes sociales (en uno de los segmentos más cómicos), un Matthew Perry obsesionado con abrir todo (como la derecha argentina), máquinas imposibles, tetas infladas con un relleno prodigioso, domadores de mosquitos, extraños caballos, y hasta una aparición del propio Kago en un diálogo desopilante con su editor. Un festival del descontrol para estallar en carcajadas, y de paso aprender más de Historia, sobre todo de Japón, China, Mongolia y otros países de los que (acá en Sudamérica) no sabemos tanto. El único “pero” está en el dibujo, ya que Kago nos mezquina un poco de su calidad gráfica, para concentrarse en los guiones, los diálogos, la resemblanza de las figuras históricas y la reconstrucción de las épocas que visita. Se nota un poco que en algunas viñetas no se esmera demasiado, pero está claro que el atractivo de Compendio de la Verdadera Historia Universal pasa por otro lado. Si como yo te estás tratando de armar una Kagoteca grossa, no dejes afuera este tomito. Y nada más, por hoy. Muchas gracias a tod@s l@s que se descargan la Comiqueando Digital de nuestra tienda virtual (https://comiqueandoshop.blogspot.com/) y será hasta el próximo finde.

lunes, 30 de diciembre de 2019

PIZZAS Y FETOS

Para la última entrada del año, se me juntaron un libro sobre lo que más me gusta comer (pizza) y sobre lo que no me comería ni aunque me estuviera muriendo de hambre (fetos). Arranco por los fetos.
Fetus Collection es un libro de historias cortas del maestro Shintaro Kago, quien otra vez vuelve a correr las fronteras del ero guro. Las primeras seis historias giran en torno a coleccionistas pasados de rosca (conozco un par de esos): una chica colecciona cualquier cosa que haya tocado el chico que le gusta (incluso los pechos de la novia), un tipo colecciona fotos de sí mismo recibiendo sexo oral (no te puedo ni explicar dónde la termina metiendo), un chico colecciona unas cartas re-zarpadas para ganar en un juego de sexo virtual, una chica colecciona vómitos, un tipo va reuniendo los pedazos de su novia que fue descuartizada por un asesino, y finalmente, una chica compite con otras a ver quién se hace más abortos y logra los adornos fetales más impactantes con los embriones humanos que les sacan de la argolla. Uno supone que después de eso, el nivel de grosería, revulsión, mala leche e ironía no puede subir, pero el tomo tiene tres historias más, y la tercera (Nochebuena) se va más a la mierda que la de los fetos. Es como un episodio de South Park en crack, con el absurdo mezclado con la transgresión, la guarangada y el asco más extremos. Posta, tenés que ser un genio y estar muy dañado del cerebro para que se te ocurran las animaladas que se le ocurren a Shintaro Kago en estas historias.
El dibujo, muy tranqui. No hay ningún intento de virtuosisimo por parte del autor. El foco está puesto en la narrativa, sumamente ajustada, y el resto se basa en dibujar sencillo, y en todo caso matarse en esas viñetas que sí o sí tienen que impactar heavy al lector (esos estallidos de sangre, tripas o bichos que le salen de la concha a alguna chica). Pero casi todas las páginas están dibujadas con lo justo, como tomando distancia irónica respecto de las atrocidades que narran las historias. Por momentos Kago parece un mangaka jugando a la línea clara franco-belga, o al revés: un autor de la línea clara franco-belga tratando de dibujar manga, con resultados muy dudosos.
Si ya entraste en el espiral demente del ero guro, obviamente te recomiendo a full Fetus Collection. Si no, me parece un libro demasiado extremo como para iniciar a nuevos lectores en esta enfermedad.
¿Vamos a comer algo más rico? Camila Torre Notari y su novio Chelo recorrieron casi 30 pizzerías de Bueno Aires y Camila convirtió esas experiencias en breves historietas, en las que cuenta las charlas durante la ingesta de pizzas, algunos detalles de cada local y a veces cierra con un veredicto acerca de la calidad (siempre alta, porque fue a las mejores pizzerías, posta) de lo que comieron. Están todos los íconos, todas mis pizzerías favoritas: Güerrín, El Cuartito, La Mezzetta, Santa María, Las Cuartetas, Nápoles… un par de las que a mí no me copan (Kentucky, Angelín) y varias que nunca había oído nombrar y a las que me dieron muchas ganas de ir, a ver qué onda.
Pero paradójicamente esas historietas (las de Cami y Chelo en las pizzerías) me atraparon menos que las otras, esas en las que la autora nos tira un montón de datos sobre la pizza, su historia, cómo prepararla, cómo se hace la fainá, qué es y cómo se hace la focaccia, la fugazetta, la pizza vegana… un montón de información que yo (aún siendo hardcore fan de la pizza) desconocía. Además, estas son las historietas más largas, donde se la ve a Camila narrar más suelta, con más espacio, sin apretar información ni calzar mucho texto en viñetas muy chiquitas.
No son historietas para todo el mundo porque no hay conflictos, no hay problemas a resolver, ni villanos a derrotar. Gira de Pizzerías no es ni siquiera slice of life (slice of muzza, capaz). Es un libro festivo, pensado para celebrar el placer de sentarse a morfar una buena pizza en pareja o con amigos, y no hay mucho más que eso. El dibujo de Camila está al mismo nivel que en su trabajo anterior (El Angel Negro, reseñado el 06/11/18), con momentos en los que se disfruta la sana influencia de Angel Mosquito, y con la virtud de no perder encanto ni peso gráfico en esas páginas de cuatro tiras, en las que se acumulan 10 ó 12 viñetas microscópicas. Las tonalidades de gris y de amarillo también suman un montón. Y las páginas que sólo ofrecen ilustraciones tienen un nivel de detalle realmente exquisito.
Recomiendo Gira de Pizzerías a los fans de Camila Torre Notari y a quienes quieran descubrir (de modo ameno, cero pretencioso) los secretos de la pizza y los templos de Buenos Aires en los que los gordos le rendimos tributo a la combinación más perfecta de masa, muzza y magia que pueda existir.
Cumplidísima la consigna de ofrecer 120 entradas durante 2019, les doy las gracias de corazón a todos los que vinieron el sábado a festejar conmigo los 10 años del blog y los invito a reencontrarnos por acá el año que viene, para arrancar con la undécima temporada.


miércoles, 14 de marzo de 2018

MIERCOLES DE TORMENTA

Mientras afuera llueve como si fuera la última vez, yo aprovecho el ratito libre para reseñar un par de libros que tengo leídos.
Empezamos con un manga de Shintaro Kago (a quien tenía abandonado desde 2014), pensado para detonar el universo: La Formidable Invasión Mongola cuenta nada menos que la historia de la civilización humana entre los siglos XIII y XX, con un twist muy bizarro, absolutamente genial. Resulta que, en esta versión de la Historia, los mongoles encuentran los cadáveres de una raza de gigantes (aparentemente todos de sexo femenino), cuyas manos mutilan y convierten en caballos para sus tropas. Montados sobre manos enormes, los mongoles expanden su imperio, masacran a sus enemigos y reescriben la historia tal como la conocemos.
A partir de ahí, todo girará en torno a los caballos mongoles, que es como se llama a estas manos gigantes, con autonomía propia. Qué usos darles, cómo producirlos a gran escala, cómo prolongar su vida útil… Militares, científicos y empresarios de todo el mundo se obsesionarán con los caballos mongoles, y estos dirán “presente” en todos los momentos cruciales de la Historia: grandes avances, grandes conflictos bélicos, revoluciones industriales…
Por supuesto, Kago se toma bastante en joda la reinterpretación de la Historia. Mete personajes graciosos, diálogos desopilantes, mínimos toques de sexo y escatología, y lo más interesante: indaga a fondo, pero para el lado contrario. Cualquier guionista “normal” se pondría las pilas para explicar de dónde vinieron esos gigantes, cómo y por qué se regeneran cuando se los mutila, por qué sus manos cobran autonomía una vez separadas de los cuerpos… Kago se caga en eso (valga la redundancia) y se divierte más con lo otro: con los efectos disruptivos que tienen estos “caballos” en el desarrollo del comercio, la industria, la guerra… Un disparate total, que funciona perfecto y te atrapa (sobre todo si te gusta la Historia) hasta la última viñeta.
El dibujo, sin ser excelente, está muy bien. Kago incursiona en el estilo de Katsuhiro Otomo y Satoshi Kon, sin tener el virtuosismo de ninguno de los dos. Pero le va bien. Toma también cositas de Kaiji Kawaguchi, algo de Moebius… Si insistimos en catalogar a La Formidable Invasión Mongola como “eroguro” sólo porque Kago viene de ese palo, nos vamos a encontrar con un eroguro MUY light, a años luz de una obra jodida de Suehiro Maruo, o incluso de otros trabajos de Kago que ya vimos acá en el blog. Por ese motivo (y algunos más) recomiendo a los que quieran ingresar al demencial mundo de Shintaro Kago que empiecen por esta novela gráfica.
Me voy a México, donde se publica Conque, una especie de revista de antología en formato álbum europeo, y en cuyo Vol.3 participan varios autores de los que soy muy fan: Abre el alucinante Bachan, con nueve páginas dibujadas a un nivel impresionante (en una estética similar a la de Blacksad), pero que son el final de una historia. Sin haber leído lo previo, no entendí un carajo. Después hay una rareza exquisita: ocho páginas del maestro Sergio Aragonés… dibujadas en ocho horas. Bizarro, pero glorioso. Otro genio universal, Enrique Breccia, aporta una historia de seis páginas (adaptada de un cuento de Julio Cortázar) que desafía cualquier descripción y cualquier exégesis. No se puede dibujar ni narrar tan bien, es imposible.
También hay material de otros autores mexicanos (destaco a Juanele, Ariel Orea, Nadim y Polo Jasso, del que lamento que hayan publicado una sóla página) y dos autores vinculados a ese país: Edu Molina, argentino radicado en México, aporta seis páginas excelentes. Y Rodolfo Santullo, nacido en tierra azteca pero más uruguayo que comerse un chivito en la Plaza Cagancha, nos ofrece una historieta cortita (apenas dos páginas) muy interesante, con varias puntas para reflexionar, y muy buenos dibujos de Guillermo Hansz.
La calidad de la publicación es impactante, los textos que complementan a las historietas están muy bien y la portada (obra de Edgar Clément, a la sazón director de la revista Conque) es majestuosa. Siempre es un placer ver en qué andan los cuates mexicanos, sobre todo cuando siguen apareciendo historietistas de gran nivel. Y si encima me ponés material que no conocía de Aragonés, Molina, Santullo y Breccia… pos no se hable más.
Y hoy cerramos acá. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.

viernes, 24 de octubre de 2014

24/ 10: FRACTION

Ayer vimos un comic de Matt Fraction y hoy, en una de esas sincronías bizarras que tiene la vida, me tocó leer un comic llamado Fraction. El autor es Shintaro Kago, así que mañana espero no leer un comic llamado Kago.
Este es un trabajo raro del consagrado mangaka, porque nunca se serializó en ninguna revista. Es una novela gráfica pura y dura, pensada para ser editada en libro, y después complementada por cuatro historias cortas (por lo menos en la edición española) como para redondear un libro más gordito, más atractivo. También es raro porque cuenta dos historias en paralelo, con una división muy marcada entre ambas. En tres de los capítulos, Kago cuenta la historia de un asesino serial que corta a sus víctimas por la mitad. Los protagonistas son un chico y una chica, que intentan descifrar la identidad del asesino, y todo lleva un curso bastante clásico hasta que estallan el delirio y la aberración extrema, cerca del final. Acá hay tripas, sangre y gente que se empoma cadáveres, pero no es el típico ero-guro pasado de rosca, sino más bien un misterio “policial”, sin policías y con bastante gore.
Ahora, en los tres capítulos restantes, el protagonista es el propio Shintaro Kago, que se dibuja a sí mismo en un extenso diálogo con su editora. Ahí, el autor reflexiona sobre los límites del ero-guro, sobre lo difícil que le resulta des-encasillarse del género en el que alcanzó la popularidad, y –lo más interesante- se pone a explorar el tema de los trucos narrativos que ofrece la historieta para impactar al lector. Kago pone ejemplos maravillosos, muestra el doble fondo de la galera, analiza, explica y hasta clasifica trucos pensados para sorprendernos desde el dibujo, desde el montaje, desde lo que se elige mostrar y lo que se elige ocultar a la hora de componer una secuencia. Al final también se va al carajo, pero hasta que eso sucede, tenemos una verdadera cátedra de un genio al que le encanta experimentar, buscar nuevos caminos, meterse en bretes en los que ningún otro autor se había metido antes. Eso, y los cheap thrills de la serie de asesinatos y mutilaciones, hacen que Fraction garpe a pleno.
Entre las historias cortas que complementan a la novela gráfica, las 17 páginas de Retornado son ero-guro puro, una inmundicia tremendamente shockeante y perturbadora, con baba, sudor, pis, guasca, mierda y sangre (y tajos y bichos) que le hubiese encantado imaginar a Suehiro Maruo. Y la otra que está buenísima es El Súmmum de lo Irritante, sin perversiones sexuales, pero con insectos y genitales, en un guión muy tenso, muy inquietante.
Después hay otras dos historias cortas (una de ellas con excrementos, torturas, mutilaciones y violaciones) pero no me convencieron. Están dibujadas en un estilo más limpito, más simple, casi buscando una síntesis, una línea clara onda Hergé, y con una grilla fija de seis viñetas iguales en todas las páginas, un recurso que a veces suma y esta vez restó. Siempre digo que no hay forma de que Kago dibuje tan bien como Maruo, pero cuando ni siquiera lo intenta, no me cierra ni ahí.
Fraction es un libro interesante para cebar a lectores que todavía no conocen a Shintaro Kago. Arranca para el lado del misterio, con muchas páginas en las que las atrocidades y la demencia están más o menos “bajo control”, tiene bastante de esa impronta experimental, de juego formal, que caracteriza al mangaka, y una vez que ya mordiste el anzuelo, te detona unas cuantas secuencias pasadísimas de rosca, antes de llegar al final de la historia principal. Y si querés más atrocidades, después te esperan las historias cortas, dos de ellas dibujadas a un nivel impresionante, en las que Kago te da ero-guro para que tengas. O sea que está todo acá, en estas 208 páginas que de algún modo sintetizan la genialidad de esta bestia que, cuando quiere, impacta como nadie. Y no tengo más libros de Kago sin leer, pero ni bien vea barato alguno de los que me faltan, me tiro de cabeza.

domingo, 28 de septiembre de 2014

28/09: CUADERNO DE MASACRES

Hora de reencontrarme con el increíble Shintaro Kago, el otro referente del ero-guro (siempre el primero será Suehiro Maruo) que tiene varias obras editadas en nuestro idioma.
Como ya postulé en la reseña publicada el 10/08/14, la comparación con Maruo desfavorece ampliamente a Kago, porque en materia de dibujo está muy lejos del nivel mostrado ya desde sus primeras obras por el autor de Midori, La Sonrisa del Vampiro y La Oruga. Para remarla, para llevarse un empate decoroso, para no ser catalogado de “el Maruo que dibuja mal”, Kago tiene que aguzar el ingenio a límites insospechados. En el libro que vimos el mes pasado, Kago desplegaba una gama asombrosa de ideas y recursos narrativos para crear un puñado de historietas experimentales, muy interesantes y decididamente vanguardistas. Esta vez, eso no sucede.
Cuaderno de Masacres ofrece 13 relatos breves ambientados en la época del Japón feudal (la que tantas veces visitamos de la mano del sensei Hiroshi Hirata) y el único recurso narrativo realmente arriesgado que propone Kago es el que ya vimos en Sin City y muchas obras posteriores: personajes que son protagonistas en una de las historias, son secundarios en otras, y sucesos que componen el núcleo de algunas tramas son mencionados casi al pasar en otras. De esa manera, los 13 relatos se van hilvanando hasta formar un tapiz muy sólido, con un verosímil y un tono compartidos, no como en Reproducción por Mitosis en el que cada historia era un universo aparte.
Por suerte, entre estas 13 historias cortas hay unas cuantas ideas tan zarpadas como brillantes, generosamente salpicadas con escenas tan atroces, tan truculentas, tan shockeantes, que te terminan ganando por el lado del absurdo. Más cerca de la carcajada que de la revulsión, La Maldición de Suzume, Las Cápsulas Sorpresa de Sobei, El Secreto de Shikitei Rokuba, El Amanecer de un Nuevo Día y la gloriosa parodia de Pinocchio titulada Zeheto & Hinokio me cerraron por todos lados y me impactaron con secuencias que (a pesar de estar bastante curtido en las lides del ero-guro) nunca pensé que iba a ver en una historieta. Lo que menos me convenció fue “la saga” de los trozos de tela, dos historias prácticamente enganchadas con un “pseudo-continuará”, que luego desembocan en la mucho más atractiva (y extrema) El Amanecer de un Nuevo Día.
Las últimas cuatro historietas son epílogos muy breves, de tres o cuatro páginas, en los que Kago retoma a algunos de los personajes importantes de los nueve relatos anteriores para pegarles una última vuelta de tuerca, en clave claramente humorística, en un formato que se hace bastante cargo de ser más “chiste largo” que “historieta corta”. De estos cuatro epílogos, el que más me gustó es el cuarto y último, una asquerosidad pasada de rosca, con sexo, escatología y mutaciones bizarras capaces de perturbar a cualquiera que no cultive un sentido del humor bastante pervertido.
Aclaro, por las dudas, que el dibujo, incluso muy por debajo de los standards del maestro Maruo, está muy logrado, con secuencias tremendas muy bien graficadas, con una narrativa cuidadísima y unos primeros planos y planos detalle de arrolladora belleza freak. Hecha esta aclaración, prometo entrarle pronto a un tercer libro de Shintaro Kago que tengo ahí, pidiendo pista, a ver con qué me encuentro. Ojalá me tope con nuevos experimentos a todo o nada como los de Reproducción por Mitosis, o con argumentos tan disparatadamente horrendos como los cuatro o cinco mejores de este tomo. Yo te avisé hace mucho: el ero-guro es un viaje de ida, depravado y demencial, obvio, pero también fascinante.

domingo, 10 de agosto de 2014

10/08: REPRODUCCION POR MITOSIS

Si hace bastante que estás metido en esto de las viñetas, ya sabés que la historieta, como forma narrativa, puede mutar, evolucionar, madurar… Shintaro Kago cree que la historieta, además, puede enloquecer.
Este tomo (hermosa edición de EDT) recopila 14 historias cortas, todas realizadas entre 2001 y 2004, que nos muestran dos vertientes distintas de este extraño autor japonés. Por un lado, tenemos varias historias que se inscriben claramente en el ero-guro, el género que (como su nombre lo indica) combina erotismo y grotesco, en el que tenemos como referente central a Suehiro Maruo. Kago se esfuerza, le pone onda, y logra shockearnos con tremendas escenas de gore, destripamientos, mutilaciones, soretes, violaciones y ojetes ensangrentados. Sus ideas son salvajes, sus volantazos argumentales son originales, pero el dibujo pierde por goleada en comparación con lo que hace Maruo. Acá la puesta en página es clara, no hay saltos al vacío… pero tampoco hay virtuosismo. Kago tiene talento, eso no lo dudo. El tema es que viene a jugar de visitante en una cancha donde el local es nada menos que Maruo y -para hacerle un mínimo aguante- tenés que dibujar mucho mejor de lo que dibuja Kago.
Por suerte, a este autor se le ocurre buscar la gloria por otro lado. En varias de estas historias hay parejas garchando y pasan cosas bizarras. Pero es no es lo importante. Lo que impacta es que Kago propone en estos breves relatos complejos experimentos formales, rupturas increíbles en la normal mecánica de lectura del comic (o en este caso, el manga). En la historia que da título al libro, las viñetas se empiezan a reproducir por mitosis: de una sale otra, de esa otra, y así se va hilvanando una historia “fuera del control del autor”. De la primera viñeta surge una segunda viñeta distinta, alternativa, y de ahí se desarrolla otra secuencia. Una secuencia “invade” a la otra, la corrompe, de cualquier viñeta empieza a brotar una nueva viñeta que dará origen a otra secuencia, y así. La narrativa enloquece, se va al carajo, y a uno le estalla el bocho, mientras piensa cómo puede ser que esto no se le haya ocurrido a nadie antes que Kago lo pusiera en práctica en 2003.
El autor sube la apuesta en Génesis Ciudadana, donde juega a convertir la página en un cubo tridimensional. De pronto, la espacialidad de la viñeta se pone en crisis, y esta se convierte en una especie de cajoncito que contiene a objetos, personas (cachos de personas, si no las vemos enteras) y globos. Los límites de la viñeta y de la página se trastocan brutalmente y Kago nos suelta en un fascinante laberinto de imágenes, por supuesto poblado de sexo hardcore, escatología y bizarreada de alto vuelo.
Blow Up juega con la cantidad de viñetas que se puede bancar una página antes de hacerse ininteligible. La asombrosa Precauciones Innecesarias propone dos formas distintas de ver una página, en la que el autor desplaza un toque la grilla de las viñetas para mostrarnos algo más. No me quiero imaginar las pesadillas que habrán tenido los pobres pibes encargados de modificar a esta historieta para su publicación en nuestro idioma. Y en Más Allá de la Memoria, Kago subvierte el concepto del flashback y nos muestra a gente cuyo pasado (es decir, las viñetas en las que ya los vimos aparecer) los persigue a sol y sombra.
Claramente la genialidad de Shintaro Kago pasa por estos cinco magníficos ejercicios de ruptura, por estos juegos formales pensados para detonarnos la mente y dejarnos horas en un estado de catatonia comiquera. Estas historias son un big-bang, un antes y después. Así como aquellas más jugadas al ero-guro sólo se le pueden recomendar a los fans de ese género (ya muy curtidos en esto de las escenas truculentas con garches, caca y tripas), las historias experimentales sólo son aptas para gente que leyó mucha historieta rara, de vanguardia. Le das esto a un pibe que viene de tres años de Patoruzito, o a un señor que acumula 50 años de El Tony y D´Artagnan, y lo más probable es que tengan un ACV. Esto es riesgo y transgresión en estado puro, al límite o más allá, y no me animo a compararlo ni siquiera con esas historietas raras que hacía Diego Agrimbau en la Fierro, con dibujos de Lucas Varela. Yo creía que en materia de experimentos narrativos ya había visto todo, pero felizmente Kago me cagó.