el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 7 de julio de 2022

NOCHE DE JUEVES

Tal como lo suponía ayer, hoy vamos con las reseñas de un par de libritos que tengo leídos, ambos bastante recientes. En 2020, para festejar el 80º Aniversario del Joker, DC publicó una antología de 100 páginas que incluye 10 historietas inéditas protagonizadas por el principal villano de la editorial, casi todas de ocho páginas. Algunas intersectan con momentos concretos de la historia canónica del Joker y otras no, pero no es eso lo que importa en este tipo de especiales, me parece. Vamos a recorrer el material. La primera historia se queda en el impacto y la mala leche, no va más allá. El guion de Scott Snyder amaga con levantar vuelo, pero no llega. El dibujo de Jock, maravilla absoluta. La segunda, a cargo de James Tynion y Mikel Janín, son como un complemento a aquel número de Batman en el que nos narraron el origen de Punchline. Los diálogos están muy buenos y el dibujo, muy frío. La tercera es más corta (seis páginas en vez de ocho) y está bien, porque es un chiste largo. La idea de Gary Whitta y Greg Miller es buena, y el dibujo de Dan Mora es preciso y precioso. Pero si la estiraban más, perdía totalmente la gracia. La cuarta historia, a cargo de los maestros Denny O´Neil y José Luis García López, es una especie de prólogo encubierto a The Killing Joke: acá nos enteramos de dónde sacó el yosapa la cámara fotográfica y la camisa de las palmeras y el short el que le veremos usar al momento de cometer una de sus más atroces felonías. Pero eso no hace que la historia sea buena. Ni siquiera el dibujo de García López está en un nivel digno de la leyenda. La de Peter Tomasi y Simone Bianchi es una excusa bizarra para que el ídolo italiano dibuje lo que tiene ganas de dibujar: una secuencia onírica, vehículo ideal para el asombroso virtuosismo de este monstruo hoy más cerca de la ilustración que de la historieta. Guarda, que en la segunda mitad mejora: La historia que aportan Paul Dini y Riley Rossmo es graciosa, picante y profunda a la vez, y está dibujada como los dioses. Tom Taylor le agrega una faceta casi tierna a un personaje habitualmente despiadado, en una breve historia con los mejores diálogos del librito. El dibujo de Eduardo Risso es glorioso, y se da el lujo de ponerle al co-protagonista la camiseta de Rosario Central. Después de que pelaran chapa dos maestros argentinos, les toca a los brazucas: Eduardo Medeiros co-escribe con Rafael Albuquerque una historia que dibuja este último en un nivel superlativo, seguramente el mejor trabajo que realizó para una editorial de EEUU. El guion no es una maravilla, pero tampoco apesta. Y nos quedan dos, ya con una calidad no tan zarpada como lo que vimos recién: una escrita y dibujada (bastante bien) por Tony Daniel, y una locura, un trip demencial, perturbador y caótico, a cargo de Brian Azzarello y Lee Bermejo, que engancha bien con la onda de la novela gráfica que supieron obsequiarnos unos cuantos años atrás. Complementan pin-ups inéditos y portadas clásicas (como para arrimar a las 100 páginas) y el balance general es positivo, sobre todo si sos fan del payaso criminal.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se da a conocer El Pueblo del Mal, una historieta absolutamente académica, porque tiene guionista y dibujante hinchas de Racing. Está escrita por Ricardo De Luca y dibujada por Horacio Lalia, y por su estructura episódica parece estar pensada para publicarse en las revistas italianas de Aurea (no sé si eso sucedió). En total la serie supera las 140 páginas... y se hace larga. De hecho, cambia de rumbo un par de veces, como si los autores quisieran hacerla durar lo más posible. El que pintaba para villano grosso muere en el cuarto episodio, lo que parecía un caso "policial" de asesinatos en serie se revela como obra de un monstruo de origen sobrenatural... Hay capítulos enteros dedicados al pasado (los secret origins) de dos o tres personajes importantes... Cerca del final, se acumuló una cantidad de información tan voluminosa, que no se condice con la poca empatía que generan los personajes, ni con la llamativa facilidad con la que en última instancia (y cuando a la serie le quedan seis viñetas) derrotan al mal. El argumento, entonces, no me pareció muy logrado, y si banqué los trapos hasta el final fue porque el guion tiene buenos momentos. Los bloques de texto están muy bien escritos, sobre todo en esos episodios en los que el narrador omnisciente le habla a Mondragón. Y me copó que en una obra ambientada en el Medioevo, en algún lugar de Europa, De Luca opte por un castellano más rioplatense que clásico, donde los personajes se tratan de vos. Del dibujo de Lalia, lo que más me gustó fueron los fondos y la vestimenta de los personajes. Después de tantos años de dibujar historietas de Nekrodamus, el maestro juega MUY de local en la ambientación que le pide El Pueblo del Mal y ahí saca mucha diferencia. Después, las expresiones faciales están un poco desparejas (en algunas deja la vida, otras parecen resueltas así nomás), la anatomía por momentos está un poco dura, el diseño de las criaturas monstruosas no me pareció demasiado inspirado, y -como suele suceder- me marea un poco la puesta en página, con esas viñetas diagonales que a veces no entiendo en qué orden deben ser leídas. Reitero mi pedido a los editores y guionistas que trabajan con Lalia (que son unos cuantos) para que le recuerden al maestro que sus mejores historietas son las que tienen puestas en página clásicas, tradicionales, con las viñetas en tres tiras prolijas, yuxtapuestas de modo diáfano, sin pisarse, sin adoptar esas formas de paralelogramo que le enkilomban mucho el flujo de la narrativa. Después, hay varios detalles mejorables en la edición, pero me imagino que esta obra está apuntada a los lectores que buscan aventuras clásicas, no lindos diseños, colores flasheros y tipografías vanguardistas. Así que en ese tema no me voy a meter. Ya estoy avanzando con otras lecturas, así que prometo nuevas reseñas para muy pronto, acá en el blog. Gracias y hasta entonces.

jueves, 26 de septiembre de 2019

JOKER

De a poco y a los cachetazos, DC entendió cuál tenía que ser su jugada en el cine: películas cerradas, que no enganchen entre sí, que no intenten construir un universo. Eso que lo haga Marvel, que demostró que le sale bárbaro. Con Joker, va un paso más allá de lo que vimos en Aquaman y Shazam!: una película distinta, hecha con dos mangos, con un perfil de “cine serio”, que bien podría funcionar fuera del universo de Gotham y su personaje más emblemático.
A lo largo de 124 minutos, Todd Phillips (director al que no conocía) nos invita a acompañar a Arthur Fleck en su descenso espiralado hacia las fosas de la demencia. Pará: ¿es el origen del Joker? Sí, un origen tardío, porque para cuando arranca la trama Arthur tiene más de 40 años. ¿Y lo vemos luchar contra Batman? No, ni contra James Gordon, ni contra ningún justiciero de Gotham. En general lo vemos luchar contra sí mismo, o contra un entorno social que predica el lucro por sobre la empatía con el prójimo y termina por convertir a un freak simpático en un monstruo sanguinario.
Me parece (sin spoilear) que los principales logros de la película son dos: 1) el espesor dramático que logra, obviamente apoyado en una magnífica actuación de Joaquin Phoenix (actor al que sólo conocía de nombre). Phoenix se pone la cinta al hombro de punta a punta, no recuerdo una sola escena en la que no aparezca. Y su labor es realmente impactante, conmovedora, consagratoria. Le pinta la cara (y los labios, y el pelo) a Heath Ledger, a Jack Nicholson, a todos. 2) la forma en que el guión nos presenta el contexto sociopolítico en el que transcurre la historia. Esta Gotham es una especie de paráfrasis de la New York de fines de los ´70, decadente, peligrosa, una caldera a punto de explotar. Y Phillips le agrega con mucha astucia un componente de lucha de clases, una calentura creciente de los pobres frente a la nula solidaridad de los ricos que “VedeVendettiza” ese panorama de abandono y desolación.
Los medios de comunicación tienen un rol muy destacado en la trama: todo el tiempo nos llega información por medio de diarios, radios y noticieros de TV, y será en un estudio de TV donde el Joker termine su transición de “loquito” a villano, hecho y derecho. Pero para ese momento, el personaje de Arthur ya se desarrolló tanto que nos cuesta calzarle el rótulo de “villano”. Ya es mucho más que eso. Finalmente será un catalizador, un disparador, un potenciador de cosas que Phillips ya nos había presentado a lo largo de la cinta y que –lógicamente- harán eclosión cerca del final.
Como en cualquier historia donde la locura es protagonista, hay volantazos imprevistos y cosas que parecen ser de una manera pero en realidad son de otra. De hecho, te podés ir del cine discutiendo con el (o la) de al lado, porque cada uno entendió todo de modo distinto. No es una experiencia fácil, no es una papilla que ya viene masticada. Es una película que te pone nervioso, que te desafía, que te impacta, que te hace cuestionarte situaciones, decisiones, actitudes. La filiación de Arthur, su relación con su vecina, su ascenso a ícono del caos urbano, el rol en la trama de la familia Wayne, obviamente el rol de los medios… Todd Phillips nos propone debatir todo y que cada espectador saque sus propias conclusiones.
¿Hay guiños comiqueros? Poquitos, y no son lo importante. Arthur tiene algunos momentos que lo acercan al Joker de Dark Knight Returns, otros que van más para el lado de Arkham Asylum (la novela de Grant Morrison y Dave McKean) y el origen tiene algún punto de contacto (mínimo) con el que nos narrara The Killing Joke. ¿Sabés a qué comic me hizo acordar bastante? A Sadbøi, de Berliac. Esa novela nos proponía repensar la forma en que nuestra sociedad define qué es el crimen y qué es el arte y esta película hace algo parecido, pero con el crimen y el humor. Joker mezcla esos dos conceptos, los enrosca, los hace franelear entre ellos y echarse un polvo incestuoso, incandescente y letal.
Una vez más, entré al cine con cero expectativas (hace décadas que el único Joker que me cierra es un dibujo animado con la voz de Mark Hammil) y me fui gratamente sorprendido. La última vez que vi al Joker en pantalla grande fue en ese engendro llamado Suicide Squad y al lado de eso, esta peli es una obra maestra del Séptimo Arte, aunque su conexión con el Universo DC sea infinitamente más tenue. O quizás por eso mismo.
Rarísimo y excelente lo de Todd Phillips, brillante lo de Joaquin Phoenix y muy grosso Robert De Niro, en esta gran tragedia sobre una sociedad enferma de insensibilidad. Ya lo dijo el maestro Denis Diderot (filósofo francés considerado el padre de la crítica, al que tanto le debemos los que nos dedicamos a esto): “La indiferencia nos hace sabios y la insensibilidad monstruos”. Por ahí va la cosa…

sábado, 21 de abril de 2018

SABADO SETENTOSO

Sigo en mis mini-vacaciones de historieta argentina, pero este país tan maldito y tan querido me persigue a todas partes.
Me fui a 1975, cuando DC toma la extraña decisión de darle su propia revista a un villano, y nada menos que al Joker. Por supuesto, el experimento duró poco (apenas nueve episodios), y el resultado es previsiblemente mediocre, pero bueno… leí estas historietas de pibe en las ediciones mexicanas y me sedujo la idea de tenerlas todas en un lindo TPB. La verdad que, leídas con ojos de adulto, es un material que deja gusto a poco.
De los nueve episodios, hay cuatro escritos por Denny O´Neil. Uno es catastrófico (el del actor que se cree Sherlock Holmes), uno es bastante flojo (el de Creeper) y los otros dos, mal que mal , son entretenidos. O´Neil hace que el Joker hable con un vocabulario florido, sofisticado, tal como harían con el Penguin los escritores de la serie animada de Batman de los ´90. Y por supuesto, para que el yosapa se banque mejor el rol protagónico, le amplía el arsenal de trucos, la habilidad para pelear, y hasta intenta armarle un elenquito de personajes secundarios. También hay cuatro episodios firmados por Elliot S! Maggin, todos bastante olvidables, aunque es este el guionista que se anima a darle al Joker un puñado de esbirros fijos, a los que -de a poquito- intenta desarrollar. Y la historia más aceptable, la que más me atrapó, es la que escribe Martin Pasko, contra la Royal Flush Gang. No hay joyas en este libro, pero es interesante ver los malabares que hacían los guionistas setentosos de DC para que el protagonista de la serie sacara en cada episodio aunque sea un empate, después de tantos años condenado a la derrota simplemente por ocupar el lugar de “el malo”.
El dibujante titular de la serie era Irv Novick, un dibujante ya veterano en los ´70, que en esa época tenía a su cargo también la serie mensual de Flash (The Joker era bimestral). De chico me gustaba mucho Novick, y hoy me resultó un poco soso, un poco aburrido. Por suerte hay un episodio en el que lo entinta el glorioso José Luis García López, que lo levanta muchísimo. Y dos episodios en los que el propio García López (nacido en España, pero criado y formado como profesional en Argentina, de ahí la referencia ineludible a la historieta nacional) se hace cargo del dibujo y la recontra-rompe. Incluso con páginas muy cargadas de texto, incluso con los colores estridentes y espantosos de aquella época, el dibujo de García López ostenta sublime majestad y casi justifica por sí solo la compra de este broli.
Me voy a 1986, cuando el sensei Takao Saito se decide a publicar en inglés cuatro libros de Golgo 13, para lanzar su editorial (Leed) en Estados Unidos. El primer tomo reúne una historia larga y una corta. La larga le da el título al libro, y es Into the Wolves´Lair, la historia escrita y dibujada por Saito en la segunda mitad de los ´70 (no encuentro el dato exacto). En esta misión, el implacable mercenario es contratado por el Mossad para liberar a un agente secreto israelí, prisionero del Cuarto Reich, un ejército nazi que planea la conquista del mundo desde su guarida… en los subsuelos del aeropuerto de Ezeiza, acá en las afueras de Buenos Aires. Man, es un karma: autor ponja, edición yanki… y la trama sucede acá en Argentina.
Y está bastante bien, dentro de todo. El dibujo es magnífico y Saito se toma el trabajo de explicar todo muy bien, de reforzar mucho el verosímil para que no te cagues de risa cuando Golgo triunfa en una misión absolutamente imposible, en la que tiene que zafar de peligros extremos, uno atrás del otro, sin parar. Obviamente esto no alcanza para compensar la excesiva simpleza del argumento (hay un solo giro sorprendente, y llega a siete páginas del final) ni la nula empatía que me generan Golgo 13 y su accionar.
La segunda historia es mucho más breve (46 páginas) y tiene la enorme ventaja de funcionar como una crónica de algo que en su momento (fines de los ´70, principios de los ´80) era noticia en todos los diarios del mundo: la invasión soviética en Afganistán. Esta vez, la intervención de Golgo tiene que ver con un contexto político y económico absolutamente real, que Saito explica coherentemente y que ofrece aristas polémicas: no hay un villano claro, ni una víctima clara, tampoco. En ese terreno gris, la misión de Golgo tiene mucho más sentido. Saito la remata rápido, sin perder tiempo en boludeces, y sin que el protagonista transpire una sóla gota. De nuevo, el ancho de espadas está en el dibujo y en la construcción de las secuencias, que es un roller coaster infernal, violento y adictivo. Si sos fan de Golgo 13, contratá un mercenario que te rastree estos cuatro libros editados por Leed en los ´80, que hoy son muy jodidos de conseguir.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto con más reseñas (seguro volveré a leer material argentino reciente), y atenti que el martes hay función de prensa de Avengers: Infinity War.