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sábado, 6 de febrero de 2021
31 de ENERO al 6 de FEBRERO
Bueno, al final estoy leyendo bastante, a pesar de todo. Vamos a recorrer el material que me devoré esta semana.
Lo primero fue H-E-R-O, una serie que editó DC allá por 2003, que duró 22 episodios de los cuales sólo los seis primeros están recopilados en libro. Una lástima, porque estas primeras historias, escritas por Will Pfeifer, están bastante bien. El enfoque no es novedoso, es el clásico “superhéroes en el mundo real”, si bien la historia está ambientada en el Universo DC. El énfasis está puesto en cómo la posibilidad de acceder a un vasto repertorio de superpoderes le cambia la vida a un pibe común y corriente, bastante loser, al que las cosas le suelen salir mal. Pfeifer nos cuenta que se puede aprender a controlar los poderes, a pilotear el tema de la identidad secreta, a encontrar un tiempo para dedicarse a combatir el crimen… pero lo que no se puede aprender es la ética del superhéroe, el criterio de responsabilidad, de ser siempre no sólo un protector sino además un ejemplo para sus semejantes. De las tres personas que acceden a los superpoderes gracias a este extraño artefacto (la explicación acerca de su origen y su funcionamiento estará, me imagino, en los episodios que no salieron en TPB), las tres actúan por afuera de los códigos de los superhéroes, es decir, sin dejar nunca de lado su propio beneficio.
Y ese pareciera ser el conflicto central de esta serie. Hasta dónde los superpoderes te cambian la forma de entender el mundo y la forma de vincularte con tu entorno. Es un planteo interesante y está bien llevado. Las historias duran lo que tienen que durar, hay una exploración acertada de la psiquis de los personajes, las cosas que hacen tienen consecuencias… No es una boludez atómica como eran en los ´60 y ´70 las aventuras de Dial H for Hero.
El dibujo de Kano está bastante bien, con algunos momentos realmente excelentes, pero me confundió un poco con tanta indecisión a la hora de jugarse por una línea. Por momentos parece querer pegarse a lo que hacía Michael Avon Oeming en Powers, de pronto se corre hacia una estética más tipo Paul Pope, después busca una síntesis casi cercana a un Jason Pearson… Me tuve que fijar a ver si era que le cambiaban varias veces los entintadores, pero no. En todo el tomo Kano se entinta a sí mismo, con lo cual estos sacudones gráficos son producto de la decisión del dibujante. Y bueno, respeto sus elecciones, porque la verdad que a nivel narrativo no jode para nada que cambie un poco el estilo de dibujo. En síntesis, no te digo que H-E-R-O sea la Gloria Suprema del Noveno Arte, pero arranca muy bien, con una consigna original, atractiva, apoyada en dilemas morales complejos, giros impredecibles y una mirada inteligente al tan trillado tema de los superhéroes.
Después le entré a Mega, la última novela gráfica de Salvador Sanz, en la que su autor trabajó casi tres años. Sí, posta. Eso que yo leí en menos de 25 minutos, a Sanz le tomó (y me consta, porque lo conozco y charlamos del tema muchas veces durante la realización de la obra) casi tres años de trabajo. Un despropósito. El resultado de tanto esfuerzo es desparejo. Magnífico en el apartado visual (dibujo, puesta en página, color) y no muy convincente en lo que se refiere al argumento. El guion en sí está bien, los diálogos son muy buenos, el ritmo del relato está muy bien pensado, los cortes de las secuencias están puestos en los lugares adecuados, y la verdad es que, si te cierra el argumento, Mega te lleva sin saltos al vacío del principio hasta el final.
En todo caso, mi problema es que no me cerró el argumento. O en realidad no me cerró la forma en la que Sanz vincula una trama muy impactante pero muy chata (dos monstruos gigantes de origen ancestral se machacan en la ciudad de Montevideo) con otra trama más compleja, más intimista, más sutil, que es el misterio de la nena y el flaco que (de alguna manera) tienen conexión con los monstruos. Me parece que el enganche entre estas dos facetas de la historia (la más violenta y la más tranquila) no está bien logrado, y eso hace que si te comprás Mega para ver un combate a todo o nada entre monstruos zarpados te quede la sensación de que Sanz te los muestra poco, y le dedica demasiadas páginas a la historia de la nena, su papá y su abuelo, que por ahí no te atrapa en lo más mínimo. Y lo mismo sucede al revés: si lo que te interesa es el misterio sobrenatural, estos objetos arcanos que están en manos de gente que parece común pero evidentemente no lo es, probablemente te frustre un poco llegar al final sin que haya una resolución a esos enigmas, simplemente porque el autor se distrajo con una batalla épica entre kaijus que no le aporta ninguna pista al que se enganchó con la intriga de los marinos desaparecidos y demás.
Pero bueno, me quedo con el dibujo, que es fastuoso. Y con la narrativa, que es hipnótica. Y con detalles copados, como que la nena protagonista tenga la cara de la hija de Salvador, o que en las escenas que transcurren en Montevideo veamos a gente con los rasgos de los guionistas y dibujantes más famosos de Uruguay. Como ya mencioné, el tratamiento del color es espectacular, perfectamente ajustado a los distintos climas por los que transita la obra, y agrego –ya que estoy- que hay un puñado de páginas con una única viñeta que son devastadoras: imágenes que se te clavan en las retinas y te las detonan para siempre. Mientras esperamos que los guiones de Sanz vuelvan al altísimo nivel que mostraron en la segunda parte de Angela Della Morte, podemos seguir flasheando con un autor cuya destreza gráfica y narrativa no para nunca de crecer y de marcar nuevos hitos en la historia de la historieta argentina.
Y finalmente, breve glosa para Atlanta ´96, un álbum de Mortadelo y Filemón escrito y dibujado por Francisco Ibáñez, al que le entré 25 años tarde. Nada, en una de esas, hace 25 años era gracioso que TODOS los chistes se basaran en el gran tamaño y el exceso de peso de la señorita Ofelia, pero hoy se me hizo un poco reiterativo. Hay otros chistes, claro, y también está bueno ver cómo Ibáñez modifica un poco el esquema de sus aventuras para darle un marcado protagonismo a Ofelia, que hasta ahora siempre aparecía en cinco o seis viñetas por álbum. El grotesco y el slapstick funcionan tan bien como siempre, porque la verdad es que Ibáñez es un maestro indiscutible en ambos rubros. El tema es que la sucesión furibunda de gags violentos que estamos acostumbrados a ver en esta serie se hacen predecibles cuando van menos de 15 páginas: acá están TODOS los chistes que te puedas imaginar con la combinación deportes/ gente con sobrepeso, por supuesto potenciados por el dibujo dinámico y naturalmente gracioso de Ibáñez. Pero no hay mucho más que eso.
Al final del tomo, tenemos algunas historias de Pepe Gotera y Otilio que repiten el mismo yeite que las aventuras de Mortadelo y Filemón, pero ahora con dos tipos que se dedican a reparar cloacas, conexiones eléctricas, electrodomésticos y demás. Es el mismo nivel de violencia, pero con menos imaginación, menos descontrol y con el obstáculo que significa meter seis tiras por página, de modo que las viñetas se vean muy chiquitas y no se luzca el trabajo del dibujante.
Bueno, nada más, por ahora. La semana que viene nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.
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jueves, 11 de mayo de 2017
OTRA VEZ LLUVIA
Noche espantosa, de frío y lluvia, y yo acá, con un par de libros para reseñar.
Arranco con el Vol.1 de la colección Super Humor, un hardcover impresionante, de 240 páginas, íntegramente dedicado a las obras del maestro Francisco Ibáñez. Acá tenemos un montón de historias cortas de Mortadelo y Filemón de distintas épocas (de fines de los ´50 a los ´80), un montón de chistes e historietas realizadas por Ibáñez sin personajes fijos (todas anteriores a los 1970) y breves historietas de todos los personajes creados por el ya mítico autor: Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, el Botones Sacarino, un fragmento del primer álbum de Chicha, Tato y Clodoveo, la Familia Trapisonda, 13 rue del Percebe… un verdadero desfile de personajes uno más torpe y disparatado que el otro, nacidos de la prolífica pluma de Ibáñez, también entre los ´50 los ´80. Obviamente esto es material desparejo a nivel calidad (algunas historietas tienen ínfimos atisbos de comicidad y otras se la recontra-bancan leídas aún hoy), pero lo realmente importante es el valor histórico, la posibilidad de recorrer las distintas épocas en la producción del autor, ver cómo evoluciona su estilo, conocer a un montón de personajes que tuvieron mucho menos éxito que Mortadelo y Filemón, y hasta descubrir aventuras muy extrañas de la famosa dupla, como ese team-up con Zipi y Zape, en el que Ibáñez dibuja a cuatro manos con Escobar, el creador de los borreguitos kilomberos que durante tanto tiempo compartieron revistas con los agentes de la TIA.
Pero lo mejor del libro no es esto, sino que hay algo más. Las primeras 44 páginas componen un álbum como los típicos álbumes de Mortadelo y Filemón, en el que Francisco Ibáñez cuenta su biografía en forma de historieta y 100% en joda. Realizado en 1992, para festejar los 35 años de su creación más famosa, este tramo nos muestra a los superagentes más ineptos del mundo interactuando con todos los personajes de Ibáñez, que aparecen en orden cronológico, junto a una semblanza (obviamente farsesca) en la que el autor cuenta cómo los conoció y cómo los tomó como inspiración para sus historietas. Este tramo es un delirio que funciona en varios niveles, en el que la vida, la obra y el universo de Ibáñez se entremezclan en una sucesión imparable de gags afiladísimos. Es la historieta más “moderna” de las que integran el mega-libro, la más extensa y además la que está mejor dibujada. También la más ácida, la que mete el bisturí más a fondo a la hora de satirizar a la industria editorial en la que le tocó insertarse, consagrarse, irse con una patada en el culo y volver con gloria a este incansable creador español hoy famoso en muchísimos países del mundo. Si sos fan de Ibáñez, o si te interesa el fenómeno como para investigarlo, este libro no puede faltar en tu biblioteca.
Y me vengo a Argentina, a 2016, donde me toca acompañar a Alejandro Farías y Tomás Gimbernat en una road movie apasionante llamada El Color de la Nieve. Una historia intensa, emotiva, con muchísimo ritmo, que nos invita a recorrer un mundo extraño, en el que casi todos los personajes son animales antropomorfos, de la mano de un tortugo taciturno, melancólico, al que la suerte le va a ser bastante esquiva.
La historia tiene un tramo medio raro, que se aparta un poco del núcleo central de la trama para aventurarse sin mucho éxito en un intento de thriller socio-político con reminiscencias de G.K. Chesterton. Un tramo bien escrito, que funciona casi como una historia autoconclusiva, pero que no termina de amalgamarse bien con el resto de la obra y que, en el balance global de la misma, no aporta nada, ni siquiera al desarrollo del personaje. Más allá de ese segmento en el que Farías pareciera estar estirando el relato sin mayor necesidad, El Color de la Nieve te lleva de emoción en emoción, hasta desembocar en un final conmovedor, bellísimo, redondísimo.
En la gran mayoría de las secuencias, Farías apuesta a impactar en el lector con los silencios. El protagonista habla poco, hay muchos momentos en los que está solo, y en esos silencios El Color de la Nieve levanta un vuelo exquisito. Por supuesto eso es posible gracias al trabajo de Gimbernat, que no deja nada librado al azar. Su trazo cálido y preciso y su excelente manejo de las tramas de grises están todo el tiempo al servicio de los climas de la historia, con los que se compromete como si trabajara en equipo con Farías hace 10 ó 15 años. Gran trabajo de este autor oriundo de Puerto Madryn, al que me gustaría ver trabajando en una historieta 100% a color directo.
Por ahora, esto es todo. En unos días tendré más libros leídos como para ameritar otra tandita de reseñas. La seguimos pronto, y con los amigos uruguayos nos encontramos en vivo y en directo el 20 y 21 de este mes en Montevideo Comics.
Arranco con el Vol.1 de la colección Super Humor, un hardcover impresionante, de 240 páginas, íntegramente dedicado a las obras del maestro Francisco Ibáñez. Acá tenemos un montón de historias cortas de Mortadelo y Filemón de distintas épocas (de fines de los ´50 a los ´80), un montón de chistes e historietas realizadas por Ibáñez sin personajes fijos (todas anteriores a los 1970) y breves historietas de todos los personajes creados por el ya mítico autor: Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, el Botones Sacarino, un fragmento del primer álbum de Chicha, Tato y Clodoveo, la Familia Trapisonda, 13 rue del Percebe… un verdadero desfile de personajes uno más torpe y disparatado que el otro, nacidos de la prolífica pluma de Ibáñez, también entre los ´50 los ´80. Obviamente esto es material desparejo a nivel calidad (algunas historietas tienen ínfimos atisbos de comicidad y otras se la recontra-bancan leídas aún hoy), pero lo realmente importante es el valor histórico, la posibilidad de recorrer las distintas épocas en la producción del autor, ver cómo evoluciona su estilo, conocer a un montón de personajes que tuvieron mucho menos éxito que Mortadelo y Filemón, y hasta descubrir aventuras muy extrañas de la famosa dupla, como ese team-up con Zipi y Zape, en el que Ibáñez dibuja a cuatro manos con Escobar, el creador de los borreguitos kilomberos que durante tanto tiempo compartieron revistas con los agentes de la TIA.
Pero lo mejor del libro no es esto, sino que hay algo más. Las primeras 44 páginas componen un álbum como los típicos álbumes de Mortadelo y Filemón, en el que Francisco Ibáñez cuenta su biografía en forma de historieta y 100% en joda. Realizado en 1992, para festejar los 35 años de su creación más famosa, este tramo nos muestra a los superagentes más ineptos del mundo interactuando con todos los personajes de Ibáñez, que aparecen en orden cronológico, junto a una semblanza (obviamente farsesca) en la que el autor cuenta cómo los conoció y cómo los tomó como inspiración para sus historietas. Este tramo es un delirio que funciona en varios niveles, en el que la vida, la obra y el universo de Ibáñez se entremezclan en una sucesión imparable de gags afiladísimos. Es la historieta más “moderna” de las que integran el mega-libro, la más extensa y además la que está mejor dibujada. También la más ácida, la que mete el bisturí más a fondo a la hora de satirizar a la industria editorial en la que le tocó insertarse, consagrarse, irse con una patada en el culo y volver con gloria a este incansable creador español hoy famoso en muchísimos países del mundo. Si sos fan de Ibáñez, o si te interesa el fenómeno como para investigarlo, este libro no puede faltar en tu biblioteca.
Y me vengo a Argentina, a 2016, donde me toca acompañar a Alejandro Farías y Tomás Gimbernat en una road movie apasionante llamada El Color de la Nieve. Una historia intensa, emotiva, con muchísimo ritmo, que nos invita a recorrer un mundo extraño, en el que casi todos los personajes son animales antropomorfos, de la mano de un tortugo taciturno, melancólico, al que la suerte le va a ser bastante esquiva.
La historia tiene un tramo medio raro, que se aparta un poco del núcleo central de la trama para aventurarse sin mucho éxito en un intento de thriller socio-político con reminiscencias de G.K. Chesterton. Un tramo bien escrito, que funciona casi como una historia autoconclusiva, pero que no termina de amalgamarse bien con el resto de la obra y que, en el balance global de la misma, no aporta nada, ni siquiera al desarrollo del personaje. Más allá de ese segmento en el que Farías pareciera estar estirando el relato sin mayor necesidad, El Color de la Nieve te lleva de emoción en emoción, hasta desembocar en un final conmovedor, bellísimo, redondísimo.
En la gran mayoría de las secuencias, Farías apuesta a impactar en el lector con los silencios. El protagonista habla poco, hay muchos momentos en los que está solo, y en esos silencios El Color de la Nieve levanta un vuelo exquisito. Por supuesto eso es posible gracias al trabajo de Gimbernat, que no deja nada librado al azar. Su trazo cálido y preciso y su excelente manejo de las tramas de grises están todo el tiempo al servicio de los climas de la historia, con los que se compromete como si trabajara en equipo con Farías hace 10 ó 15 años. Gran trabajo de este autor oriundo de Puerto Madryn, al que me gustaría ver trabajando en una historieta 100% a color directo.
Por ahora, esto es todo. En unos días tendré más libros leídos como para ameritar otra tandita de reseñas. La seguimos pronto, y con los amigos uruguayos nos encontramos en vivo y en directo el 20 y 21 de este mes en Montevideo Comics.
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martes, 3 de septiembre de 2013
03/ 09: MORTADELO Y FILEMON: MUNDIAL 2010
Hora de reencontrarme con los queridos e ineptos agentes de la T.I.A. que, como sucede cada cuatro años, viven disparatadas aventuras en el marco de los mundiales de futbol, un terreno siempre fértil para el humor y la sátira.
El maestro Francisco Ibáñez realizó esta historieta entre 2009 y 2010, antes de que empezara el Mundial, por supuesto sin saber que España se quedaría con la copa por primera vez en la historia. El guión lleva a Mortadelo y Filemón a hacerse pasar por jugadores de la selección española (a las órdenes de un Vicente del Bosque perfectamente caricaturizado por Ibáñez) para desentrañar una supuesta red de corrupción que involucra a los árbitros mundialistas. ¿Coimas en los mundiales para que los árbitros perjudiquen a unos equipos y beneficien a otros? Nah, tiene que ser una joda... Y la joda dura 44 excelentes páginas, repletas de delirio, algún juego de palabras y muchísimo slapstick, muchísima violencia física, de la que no te shockea mal, porque todo el tiempo queda clarísimo que es en joda.
Hay muchos chistes muy buenos y, como siempre, en un punto vos ya sabés que las sospechas de Mortadelo y Filemón son infundadas, que están siguiendo a los árbitros por los motivos incorrectos y que va a saltar que todo es una lamentable confusión, cuando varias personas hayan recibido golpes tremendos, torturas o quemaduras graves. Por supuesto, los agentes de la T.I.A. también recibirán para que tengan y para que guarden hasta Brasil 2014.
Como siempre, Ibáñez sobrecarga las viñetas de detalles increíbles, descolla en la narrativa y dota a sus personajes de una expresividad fuera de control, que los hace explotar hacia afuera de la página. En ningún momento le pinta la onda “políticamente correcta” y no se mide en lo más mínimo a la hora de reirse de los africanos, tanto los del norte como los del sur. Le faltó meter un chiste del apartheid, nomás. Lo que sí abunda bastante (o por lo menos mucho más que en los álbumes de hace 20 años) son los chistes escatológicos. Los personajes nunca llegan siquiera a decir la palabra “culo”, pero porque alguien interrumpe la frase “metételo en el...”. Usan la palabra “boñiga” en vez de “mierda”, nombran al Agente Lamecúlez, varios personajes toman meo (obviamente por equivocación) y demás asquerosidades (light) por el estilo.
Y no hay mucho más para agregar. Simplemente que pasan las décadas y Francisco Ibáñez me sigue haciendo reir como un salame cada vez que cae en mis manos un álbum de Mortadelo y Filemón. El tipo sabe crear ese “caos controlado” en el que puede ocurrir cualquier cosa que tenga un efecto cómico, y a la vez sabe tirar dardos certeros y venenosos para mofarse de ciertos aspectos jodidos del mundo actual. El resultado es un comic basado en el disparate y en el ritmo vertiginoso, que te arranca varias carcajadas, que no tiene la menor pretensión de realismo ni de lógica interna, con un dibujo perfecto, un color que acompaña y potencia al dibujo, y con personajes que no necesitan crecer ni evolucionar para mantenerse vigentes. Un fenómeno rarísimo, un planeta aparte en el universo del Noveno Arte, y una feliz costumbre que se festeja como los goles de la Selección en los mundiales.
El maestro Francisco Ibáñez realizó esta historieta entre 2009 y 2010, antes de que empezara el Mundial, por supuesto sin saber que España se quedaría con la copa por primera vez en la historia. El guión lleva a Mortadelo y Filemón a hacerse pasar por jugadores de la selección española (a las órdenes de un Vicente del Bosque perfectamente caricaturizado por Ibáñez) para desentrañar una supuesta red de corrupción que involucra a los árbitros mundialistas. ¿Coimas en los mundiales para que los árbitros perjudiquen a unos equipos y beneficien a otros? Nah, tiene que ser una joda... Y la joda dura 44 excelentes páginas, repletas de delirio, algún juego de palabras y muchísimo slapstick, muchísima violencia física, de la que no te shockea mal, porque todo el tiempo queda clarísimo que es en joda.
Hay muchos chistes muy buenos y, como siempre, en un punto vos ya sabés que las sospechas de Mortadelo y Filemón son infundadas, que están siguiendo a los árbitros por los motivos incorrectos y que va a saltar que todo es una lamentable confusión, cuando varias personas hayan recibido golpes tremendos, torturas o quemaduras graves. Por supuesto, los agentes de la T.I.A. también recibirán para que tengan y para que guarden hasta Brasil 2014.
Como siempre, Ibáñez sobrecarga las viñetas de detalles increíbles, descolla en la narrativa y dota a sus personajes de una expresividad fuera de control, que los hace explotar hacia afuera de la página. En ningún momento le pinta la onda “políticamente correcta” y no se mide en lo más mínimo a la hora de reirse de los africanos, tanto los del norte como los del sur. Le faltó meter un chiste del apartheid, nomás. Lo que sí abunda bastante (o por lo menos mucho más que en los álbumes de hace 20 años) son los chistes escatológicos. Los personajes nunca llegan siquiera a decir la palabra “culo”, pero porque alguien interrumpe la frase “metételo en el...”. Usan la palabra “boñiga” en vez de “mierda”, nombran al Agente Lamecúlez, varios personajes toman meo (obviamente por equivocación) y demás asquerosidades (light) por el estilo.
Y no hay mucho más para agregar. Simplemente que pasan las décadas y Francisco Ibáñez me sigue haciendo reir como un salame cada vez que cae en mis manos un álbum de Mortadelo y Filemón. El tipo sabe crear ese “caos controlado” en el que puede ocurrir cualquier cosa que tenga un efecto cómico, y a la vez sabe tirar dardos certeros y venenosos para mofarse de ciertos aspectos jodidos del mundo actual. El resultado es un comic basado en el disparate y en el ritmo vertiginoso, que te arranca varias carcajadas, que no tiene la menor pretensión de realismo ni de lógica interna, con un dibujo perfecto, un color que acompaña y potencia al dibujo, y con personajes que no necesitan crecer ni evolucionar para mantenerse vigentes. Un fenómeno rarísimo, un planeta aparte en el universo del Noveno Arte, y una feliz costumbre que se festeja como los goles de la Selección en los mundiales.
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jueves, 19 de julio de 2012
19/ 07: MORTADELO Y FILEMON: EL CASO DEL SEÑOR PROBETA
Hora de despedirme de otra serie que me acompañó a lo largo de varios meses de blog. Por este año, no más Mortadelo y Filemón. Pero me voy arriba, con una historieta muy, muy graciosa, esta vez realmente escrita y dibujada por el maestro Francisco Ibáñez en 1991, cuando ya había logrado recuperar el control sobre sus personajes.
El Caso del Señor Probeta ofrece delirio de principio a fin. Un bizarro experimento genético del Profesor Bacterio da como resultado que un tipo común y silvestre logre adoptar a voluntad el aspecto o las habilidades de cualquier animal, una especie de Beast Boy y Animal Man, todo en uno. No se sabe por qué, este tipejo decide usar sus poderes para robar cosas valiosas y por supuesto, Mortadelo y Filemón deberán detenerlo. O por lo menos intentarlo.
La secuencia de gags arranca cuando el Súper convoca a los agentes a su oficina, sigue cuando estos se cruzan con el Señor Probeta por las calles de la ciudad, se descontrolan cuando los planes para capturarlo fracasan una y otra vez y cierran con alguna animalada que Mortadelo o Filemón hacen por accidente y que los fuerza a escaparse de la ciudad. Así, varias veces, en ciclos de unas seis páginas. Ibáñez se las ingenia para que cada vuelta de este loop interminable (son 44 páginas pero parecen 100) tenga sus propios chistes y su propio atractivo, generalmente vinculados a los animales a los que elige emular el Señor Probeta. La mejor secuencia tiene poco que ver con el Señor Probeta: es la de las páginas 23 y 24, cuando los agentes de la TIA invaden el departamento de Servando y Adalberta, un matrimonio cuya apacible vida conyugal se verá arruinada por el inepto accionar de nuestros héroes.
Para el final, el villano comienza a adoptar todo tipo de formas: se transforma en buzón, en árbol, en poste de luz, en teléfono público y hasta en otras personas. Claramente ahí había un potencial némesis para Mortadelo, famoso por su habilidad para los disfraces. Pero para Ibáñez el Señor Probeta es apenas un chiste más. De hecho, parte de la gracia de este personaje es que jamás habla y siempre tiene la misma expresión en el rostro.
El dibujo de Ibáñez está perfecto, bien afilado, muy plástico, muy zarpado a la hora de exagerar el grotesco de todos estos gags gobernados por el slapstick y la violencia desmedida. Lo más notable es cómo logra que el dibujo se luzca tanto en páginas y páginas de 10 u 11 viñetas. Por supuesto, con Ibáñez de vuelta al frente de la serie, no hay Señorita Irma que valga. Acá el elenco se limita a los básicos: Mortadelo, Filemón, el Súper y el Profesor Bacterio. Y si aparecen otros agentes de la TIA, es sólo a los efectos de algún gag puntual.
Bueno, no mucho más. Lo importante es que, cuando están bien hechas, las frenéticas peripecias de Mortadelo y Filemón resisten sin problemas el paso del tiempo. Y leídas de a una cada tanto, son muy, muy divertidas, incluso cuando Ibáñez decide no bajar línea, sino dedicarse a descontrolar con situaciones 100% bizarras y disparatadas. Larga vida a este glorioso par de subnormales.
El Caso del Señor Probeta ofrece delirio de principio a fin. Un bizarro experimento genético del Profesor Bacterio da como resultado que un tipo común y silvestre logre adoptar a voluntad el aspecto o las habilidades de cualquier animal, una especie de Beast Boy y Animal Man, todo en uno. No se sabe por qué, este tipejo decide usar sus poderes para robar cosas valiosas y por supuesto, Mortadelo y Filemón deberán detenerlo. O por lo menos intentarlo.
La secuencia de gags arranca cuando el Súper convoca a los agentes a su oficina, sigue cuando estos se cruzan con el Señor Probeta por las calles de la ciudad, se descontrolan cuando los planes para capturarlo fracasan una y otra vez y cierran con alguna animalada que Mortadelo o Filemón hacen por accidente y que los fuerza a escaparse de la ciudad. Así, varias veces, en ciclos de unas seis páginas. Ibáñez se las ingenia para que cada vuelta de este loop interminable (son 44 páginas pero parecen 100) tenga sus propios chistes y su propio atractivo, generalmente vinculados a los animales a los que elige emular el Señor Probeta. La mejor secuencia tiene poco que ver con el Señor Probeta: es la de las páginas 23 y 24, cuando los agentes de la TIA invaden el departamento de Servando y Adalberta, un matrimonio cuya apacible vida conyugal se verá arruinada por el inepto accionar de nuestros héroes.
Para el final, el villano comienza a adoptar todo tipo de formas: se transforma en buzón, en árbol, en poste de luz, en teléfono público y hasta en otras personas. Claramente ahí había un potencial némesis para Mortadelo, famoso por su habilidad para los disfraces. Pero para Ibáñez el Señor Probeta es apenas un chiste más. De hecho, parte de la gracia de este personaje es que jamás habla y siempre tiene la misma expresión en el rostro.
El dibujo de Ibáñez está perfecto, bien afilado, muy plástico, muy zarpado a la hora de exagerar el grotesco de todos estos gags gobernados por el slapstick y la violencia desmedida. Lo más notable es cómo logra que el dibujo se luzca tanto en páginas y páginas de 10 u 11 viñetas. Por supuesto, con Ibáñez de vuelta al frente de la serie, no hay Señorita Irma que valga. Acá el elenco se limita a los básicos: Mortadelo, Filemón, el Súper y el Profesor Bacterio. Y si aparecen otros agentes de la TIA, es sólo a los efectos de algún gag puntual.
Bueno, no mucho más. Lo importante es que, cuando están bien hechas, las frenéticas peripecias de Mortadelo y Filemón resisten sin problemas el paso del tiempo. Y leídas de a una cada tanto, son muy, muy divertidas, incluso cuando Ibáñez decide no bajar línea, sino dedicarse a descontrolar con situaciones 100% bizarras y disparatadas. Larga vida a este glorioso par de subnormales.
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sábado, 7 de julio de 2012
07/ 07: MORTADELO Y FILEMON: LA COCHINADITA NUCLEAR
Vuelvo con Mortadelo y Filemón, a los que tenía un poco abandonados. Y me meto de lleno en un tomo de 1988-1989 que arranca bárbaro, con dos primeras páginas muy promisorias y una consigna más que atractiva: los problemas generados por los desechos nucleares que generan las grandes potencias. Un tema que por ese entonces era candente y que la serie refleja al punto de mostrarnos a una caricatura del mismísimo Ronald Reagan (quien a fines de 1988 se encaminaba hacia el cierre de su prolongado mandato como presidente de los EEUU) en el rol del villano, o por lo menos como claro responsable de los problemas que tendrán que solucionar (obviamente sin éxito) los inoperantes operarios del recontra-espionaje creados por Francisco Ibáñez.
El problema es que, ni bien se termina el prólogo, la historieta se va a la B de la mano de un guión bochornoso, una sucesión sin ton ni son de gags reiterativos y poco inspirados, como si fueran varios cortos chotos de los Looney Tunes (esos feos de los ´60) enganchados uno atrás de otro hasta llegar a las 44 páginas. La reiteración es tanta y tan agobiante, que podés leer sólo las primeras 6 páginas, o 12, para ser generoso, y ya está, ya el resto es completamente innecesario. No hay más ideas que esas, la que se esboza en el prólogo y las que se desarrolan (de modo no muy brillante) en las primeras páginas, para luego estirarse y repetirse torpemente hasta el final. Posta, hay que ser muy guapo para llegar a la página 44.
Por supuesto, estamos ante una de las historietas en las que la firma de Ibáñez aparece veinte veces, pero que no tiene nada de la talentosa mano del creador de la serie. Es un de los infaustos episodios apócrifos, reaizados íntegramente por el Bruguera Equip, bajo la dirección de Juan Manuel Muñoz. Y no sólo te das cuenta porque aparece la Señorita Irma (en un sólo gag totalmente olvidable), sino que los dibujos no tienen ni por casualidad la onda y la plasticidad de los de Ibáñez. El colorista también hace de las suyas: pinta de blanco las (infinitas) telarañas que aparecen en los rincones, un rasgo típico del estilo de Francisco Ibáñez, reproducido luego por sus clones. Y eso destaca tanto a estas telarañas que parecen un elemento gráfico relevante en la viñeta, casi más que los globos de diálogo. Esos triangulitos, que habitualmente no joden para nada, pintados de blanco llaman demasiado la atención y distraen en vez de decorar.
No me quiero extender más, porque sinceramente no hay nada que redima a esta historieta. Ni el cariño que uno ya les tiene a los personajes. La Cochinadita Nuclear arrancó pintando para memorable y terminó en el pilón de los álbumes absolutamente prescindibles de esta longeva serie, ícomo absoluto del comic humorístico español.
El problema es que, ni bien se termina el prólogo, la historieta se va a la B de la mano de un guión bochornoso, una sucesión sin ton ni son de gags reiterativos y poco inspirados, como si fueran varios cortos chotos de los Looney Tunes (esos feos de los ´60) enganchados uno atrás de otro hasta llegar a las 44 páginas. La reiteración es tanta y tan agobiante, que podés leer sólo las primeras 6 páginas, o 12, para ser generoso, y ya está, ya el resto es completamente innecesario. No hay más ideas que esas, la que se esboza en el prólogo y las que se desarrolan (de modo no muy brillante) en las primeras páginas, para luego estirarse y repetirse torpemente hasta el final. Posta, hay que ser muy guapo para llegar a la página 44.
Por supuesto, estamos ante una de las historietas en las que la firma de Ibáñez aparece veinte veces, pero que no tiene nada de la talentosa mano del creador de la serie. Es un de los infaustos episodios apócrifos, reaizados íntegramente por el Bruguera Equip, bajo la dirección de Juan Manuel Muñoz. Y no sólo te das cuenta porque aparece la Señorita Irma (en un sólo gag totalmente olvidable), sino que los dibujos no tienen ni por casualidad la onda y la plasticidad de los de Ibáñez. El colorista también hace de las suyas: pinta de blanco las (infinitas) telarañas que aparecen en los rincones, un rasgo típico del estilo de Francisco Ibáñez, reproducido luego por sus clones. Y eso destaca tanto a estas telarañas que parecen un elemento gráfico relevante en la viñeta, casi más que los globos de diálogo. Esos triangulitos, que habitualmente no joden para nada, pintados de blanco llaman demasiado la atención y distraen en vez de decorar.
No me quiero extender más, porque sinceramente no hay nada que redima a esta historieta. Ni el cariño que uno ya les tiene a los personajes. La Cochinadita Nuclear arrancó pintando para memorable y terminó en el pilón de los álbumes absolutamente prescindibles de esta longeva serie, ícomo absoluto del comic humorístico español.
martes, 12 de junio de 2012
12/ 06: MORTADELO Y FILEMON: LOS ESPANTAJOMANES

Y bueno, en el combo de cinco álbumes, seguro me tenía que fumar alguno choto. Esta es una historieta de 1990 en la que la firma de Francisco Ibáñez aparece casi página por medio. Sin embargo, los especialistas afirman que no está escrita ni dibujada por el maestro, sino por un equipo de autores “fantasmas” que trabajaban por ese entonces en la editorial Bruguera. ¿Cuáles son las pistas que ofrece Los Espantajomanes para ser calificada de apócrifa?
En principio la calidad del dibujo, que es bastante inferior a lo que veníamos viendo hasta ahora. Especialmente a partir de la página 16, donde se ve un deterioro importante del dibujo, se hace menos plástico, menos expresivo, aunque sin renunciar a la sobrecarga de detalles y gags visuales chiquititos tan típicos de Ibáñez.
El guión es bastante flojito: están de moda los superhéroes, y entonces la T.I.A. le encarga al Profesor Bacterio una fórmula que convierta a sus ineptos agentes en superhombres con poderes uno más disparatado que el otro, desde respirar bajo el agua hasta “ser yeta” y provocar desgracias a quienes los rodean (como si Mortadelo y Filemón no hicieran eso siempre, en todas las aventuras en las que no tienen poderes). Como siempre, la trama central funciona de “hilo conductor” muy light entre mini-historias con principio, desarrollo y catastrófico final. Acá, al sinsentido habitual se le suma uno más: Todos lo experimentos con estos nuevos poderes se hacen en el cuartel general de la T.I.A., en lugar de optar por locaciones más difíciles de destruir.
Como en los guiones de Ibáñez de esta época, Los Espantajomanes no duda en recurrir un par de veces a la escatología, con chistes de pis, laxantes y supositorios. Lo más triste es que son de los pocos chistes realmente ingeniosos. El resto es muy predecible: ves venir el remate cuando los autores todavía están por el set-up. Y por supuesto, las casualidades son muchísimas y extremadamente forzadas, cosa que no se le puede criticar a una historieta con intenciones claramente humorísticas, pero que en las historias de Ibáñez están un poquito más cuidadas.
Finalmente, el otro dato buchón es la aparición en varias escenas de la Señorita Irma, la minita linda de la T.I.A., incorporada por el “Bruguera Equip” en la época en la que Ibáñez no tenía ningún control sobre la serie, y definitivamente desaparecida cuando el autor recuperó las riendas de la misma. Dicen los que saben que ese axioma nunca falla: Si aparece Irma, el autor no es Ibáñez.
No hay mucho más para decir: a esta altura, los chistes de superhéroes son algo tan trillado que tenés que ser muy gracioso e ingenioso para pelar gags que no suenen viejos o remanidos. Está comprobado que Mortadelo y Filemón no necesitan caer en las obviedades para arrancarnos carcajadas, pero esta vez, se zambullen de lleno en la obviedad. Y como encima el dibujo es de la B (Nacional, pero mirando la tabla del descenso), no dudo en anotar a Los Espantajomanes en la columna de los tomos absolutamente prescindibles de esta longeva y generalmente magnífica serie. Me auto-deseo más suerte para la próxima.
lunes, 28 de mayo de 2012
28/ 05: MORTADELO Y FILEMON: LAS EMBAJADAS CHIFLADAS
Así da gusto leer Mortadelo y Filemón, de a un álbum por semana, con otras lecturas en el medio. La verdad es que, en cierto sentido, es una serie sumamente engañosa: vos hojeás el álbum, ves que la historieta se termina en la página 44 y decís “joya, me la bajo en 20 minutos, como mucho”. Las pelotas. Casi todas las páginas de Francisco Ibáñez tienen 10 viñetas y cada viñeta tiene muchísima información: diálogos, fondos, onomatopeyas, boludeces microscópicas en algún detallito, y por supuesto, varios personajes en constante (y frenético) movimiento. Son 44 páginas, pero requieren el tiempo y la atención que generalmente le dedicamos a obras mucho más extensas.
Las Embajadas Chifladas es una historieta serializada entre 1991 y 1992, perteneciente al período de madurez de Ibáñez, cuando ya había recuperado el control sobre sus personajes. A diferencia de la aventura que comentamos la semana pasada, acá el autor se juega un poco más, centra el argumento en algo más real, más palpable: la diplomacia, las relaciones internacionales. Por supuesto, con tal de que la historia sea graciosa, Ibáñez no tiene drama en encarar para el lado políticamente incorrecto, con africanos antropófagos, hindúes que matan tigres por diversión y aborígenes americanos que hacen señales de humo y queman gente en la hoguera. Excepto el primer país que visitan los agentes de la T.I.A., el resto son caricaturas extremas, grotescas, lugares en las márgenes de la civilización donde ningún gobierno serio mandaría a un embajador. Y ahí está lo más ingenioso del guión: en la muy sutil bajada de línea, que se atreve a cuestionar a dónde y en qué condiciones un gobierno manda a sus embajadores a que lo represente.
Por supuesto esto es tan sutil, que queda tapado por una avalancha de gags, que están claramente divididos en cuatro “formatos”. Cada “historia dentro de la historia” arranca con un embajador español en un país extraño y con una conducta aún más extraña. Las metidas de pata de estos embajadores (una más zarpada que la otra) ponen en riesgo la vida o la chapa de los mandatarios “locales”, que un punto se sacan y los quieren boletear. Mortadelo y Filemón tienen que ir a rescatarlos, pero la T.I.A. no tiene un mango para los viáticos, entonces hay toda una serie de chistes acerca de cómo logran viajar hasta el país en cuestión. Finalmente, los chistes más graciosos llegan cuando Mortadelo descubre dónde se esconde el embajador prófugo y –ya con este de vuelta en el cuartel de la T.I.A.-, una última vertiente de gags que se desencadenan cuando Ibáñez nos muestra cómo reacciona cada embajador ante el antídoto que les proporciona el Profesor Bacterio para liberarlos de una droga que los controlaba y los volvía ingobernables.
En total, los agentes viajan a rescatar a cinco embajadores distintos, y además tienen tiempo para capturar al villano responsable de esta situación, de gastar con muy mala leche a Superman y lastimarse horrendamente entre ellos en las secuencias que transcurren dentro del cuartel. O sea que las 44 páginas desbordan de chistes, uno más delirante y violento que el otro.
El dibujo de Ibáñez sigue en un nivel espectacular, suelto, dinámico, repleto de expresividad y comicidad. Con Uderzo y Franquin tan presentes como Vázquez y Escobar, el trazo de Ibáñez cumple la misión más imposible de todas, que es no envejecer, no quedarse anquilosado ni atado a fórmulas antiguas que ya no ceban a las nuevas generaciones. La justicia no abunda en este mundo, pero el hecho de que Ibáñez conserve aún hoy su sitial indiscutido de Número Uno de la historieta humorística en España, es señal de que no todo está perdido.
Por ahí no te pongo a Las Embajadas Chifladas entre los álbumes indispensables de Mortadelo y Filemón, pero la verdad es que es un entretenimiento efectivo como pocos, de gran solidez argumental, muchísimo humor (de distintos tipos) y dibujado como la San Puta por un maestro de maestros. O sea, se disfruta a full.
Las Embajadas Chifladas es una historieta serializada entre 1991 y 1992, perteneciente al período de madurez de Ibáñez, cuando ya había recuperado el control sobre sus personajes. A diferencia de la aventura que comentamos la semana pasada, acá el autor se juega un poco más, centra el argumento en algo más real, más palpable: la diplomacia, las relaciones internacionales. Por supuesto, con tal de que la historia sea graciosa, Ibáñez no tiene drama en encarar para el lado políticamente incorrecto, con africanos antropófagos, hindúes que matan tigres por diversión y aborígenes americanos que hacen señales de humo y queman gente en la hoguera. Excepto el primer país que visitan los agentes de la T.I.A., el resto son caricaturas extremas, grotescas, lugares en las márgenes de la civilización donde ningún gobierno serio mandaría a un embajador. Y ahí está lo más ingenioso del guión: en la muy sutil bajada de línea, que se atreve a cuestionar a dónde y en qué condiciones un gobierno manda a sus embajadores a que lo represente.
Por supuesto esto es tan sutil, que queda tapado por una avalancha de gags, que están claramente divididos en cuatro “formatos”. Cada “historia dentro de la historia” arranca con un embajador español en un país extraño y con una conducta aún más extraña. Las metidas de pata de estos embajadores (una más zarpada que la otra) ponen en riesgo la vida o la chapa de los mandatarios “locales”, que un punto se sacan y los quieren boletear. Mortadelo y Filemón tienen que ir a rescatarlos, pero la T.I.A. no tiene un mango para los viáticos, entonces hay toda una serie de chistes acerca de cómo logran viajar hasta el país en cuestión. Finalmente, los chistes más graciosos llegan cuando Mortadelo descubre dónde se esconde el embajador prófugo y –ya con este de vuelta en el cuartel de la T.I.A.-, una última vertiente de gags que se desencadenan cuando Ibáñez nos muestra cómo reacciona cada embajador ante el antídoto que les proporciona el Profesor Bacterio para liberarlos de una droga que los controlaba y los volvía ingobernables.
En total, los agentes viajan a rescatar a cinco embajadores distintos, y además tienen tiempo para capturar al villano responsable de esta situación, de gastar con muy mala leche a Superman y lastimarse horrendamente entre ellos en las secuencias que transcurren dentro del cuartel. O sea que las 44 páginas desbordan de chistes, uno más delirante y violento que el otro.
El dibujo de Ibáñez sigue en un nivel espectacular, suelto, dinámico, repleto de expresividad y comicidad. Con Uderzo y Franquin tan presentes como Vázquez y Escobar, el trazo de Ibáñez cumple la misión más imposible de todas, que es no envejecer, no quedarse anquilosado ni atado a fórmulas antiguas que ya no ceban a las nuevas generaciones. La justicia no abunda en este mundo, pero el hecho de que Ibáñez conserve aún hoy su sitial indiscutido de Número Uno de la historieta humorística en España, es señal de que no todo está perdido.
Por ahí no te pongo a Las Embajadas Chifladas entre los álbumes indispensables de Mortadelo y Filemón, pero la verdad es que es un entretenimiento efectivo como pocos, de gran solidez argumental, muchísimo humor (de distintos tipos) y dibujado como la San Puta por un maestro de maestros. O sea, se disfruta a full.
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miércoles, 23 de mayo de 2012
23/ 05: MORTADELO Y FILEMON: LOS QUE VOLVIERON DE “ALLA”
La posta es esta: conseguí muy barato una especie de taco, un reentapado, que recopila (sin las tapas originales) cinco álbumes de Mortadelo y Filemón. Pero, si bien cada álbum tiene sólo 44 páginas, no me da para leerme los cinco al hilo y dedicarle una única reseña al mega-broli. Tengo la sensación –por no decir la convicción- de que Mortadelo y Filemón es algo que se disfruta más en dosis pequeñas, que si me clavo más de 200 páginas al hilo voy a terminar por putear a esta inmortal creación de Francisco Ibáñez como si fuera una garcha insostenible. Así que, con tu permiso, clavo los frenos después del primer álbum, lo reseño, calzo un señalador y retomo más adelante la lectura de este mega-tomo recopilatorio.
Los que Volvieron de “Allá” es una aventura de 1987, una de las (relativamente) pocas que realiza Ibáñez durante los ´80, cuando pierde el control sobre la serie que creara en 1958 y tiene que soportar que la editorial Bruguera le encargue historietas con sus personajes a otros autores (obviamente de menor calidad) sin poder controlarlas y sin ver un mango. Ibáñez luchará duramente durante toda la segunda mitad de los ´80 para recuperar el control sobre Mortadelo y Filemón, cosa que sucederá recién en 1990. Las historietas de los ´80 realizadas a espaldas de Ibáñez son consideradas por los especialistas como “apócrifas” y sí, este tomo gigante que me compré tiene por lo menos una de esas, así que la leeremos con atención a ver qué diferencias tiene con las que efectivamente escribió y dibujó el maestro Ibáñez.
El argumento de Los que Volvieron de “Allá” es delirante desde el primer cuadrito: un científico loco hace reaparecer en el presente a Drácula, Frankenstein, Mata Hari, Atila, Nerón, Borgia y Francis Drake, y los manda a robar objetos valiosos para él. Los ineptos agentes de la T.I.A. deberán detener a estos villanos rescatados del pasado por el Doctor Bacilez y reestablecer el orden. Sí, claro... esperá sentado. Con esta consigna, Ibáñez desata uno de sus clásicos maremagnums: cada secuencia enfrenta a Mortadelo y Filemón con uno de los villanos y en todas el caos y la destrucción se imponen por sobre el orden. Los buenos ganan, pero siempre con nefastas consecuencias para ellos mismos y para las locaciones que visitan. Por supuesto, todas estas peripecias están salpicadas de diálogos disparatados y sobre todo del slapstick, el humor físico violento en joda, que es el que mejor maneja Ibáñez. En ese sentido, no tiene nada que envidiarle a los cortos más salvajes de Tom y Jerry o los Looney Tunes.
Como las buenas series decididamente cómicas, Mortadelo y Filemón no sólo no se hace cargo de lo que sucedió en el tomo anterior... Ni siquiera se hace cargo de lo que sucedió en la viñeta anterior! Caso típico: Mortadelo hace detonar una caldera por accidente. Siguiente viñeta, Filemón está en llamas, o chamuscado. Siguiente viñeta, Filemón vendado, o enyesado, o algo así, persigue furioso a Mortadelo y trata de acribillarlo en venganza. Siguiente viñeta, los agentes están intactos y limpitos en el cuartel de la T.I.A., listos para recibir nuevas órdenes del Super. Como el Coyote, que en una secuencia se hacía mierda contra el precipicio, y en la siguiente recibía un nuevo producto marca ACME y ponía en marcha un nuevo plan. Así funciona esta seguidilla de gags frenéticos y extremos, sin consecuencias, sin la más mínima sutileza, pero con innegable comicidad.
El dibujo de Ibáñez es delicioso y no envejeció ni un día, aunque esta historieta tenga ya 25 años. Ibáñez es el más “contaminado” de los grandes maestros de lo que se llamó la “Escuela Bruguera”. En su trazo conviven su mentores (principalmente Vázquez y Escobar) pero también se le nota el amor por los historietistas franceses y belgas, principalmente André Franquin y Albert Uderzo. Insuperable en el lenguaje corporal y las expresiones faciales, Ibáñez se ceba además metiendo detalles casi microscópicos en los fondos y hasta en los rincones de las viñetas, y eso que metía 14 ó 15 por página. El resultado es un dibujo muy expresivo, dinámico y de increíble plasticidad, siempre fácil de entender a pesar del kilombo que se arma en cada viñeta, donde siempre hay gente, animales y objetos que se mueven, corren o vuelan por el aire en un estallido de líneas cinéticas y onomatopeyas.
Me gustan más las historias en las que Mortadelo y Filemón deliran menos y bajan un poquito más de línea sobre algún tema más social, pero con esta también me reí bastante. Me quedan cuatro más, para saborear de a poco en las próximas semanas.
Los que Volvieron de “Allá” es una aventura de 1987, una de las (relativamente) pocas que realiza Ibáñez durante los ´80, cuando pierde el control sobre la serie que creara en 1958 y tiene que soportar que la editorial Bruguera le encargue historietas con sus personajes a otros autores (obviamente de menor calidad) sin poder controlarlas y sin ver un mango. Ibáñez luchará duramente durante toda la segunda mitad de los ´80 para recuperar el control sobre Mortadelo y Filemón, cosa que sucederá recién en 1990. Las historietas de los ´80 realizadas a espaldas de Ibáñez son consideradas por los especialistas como “apócrifas” y sí, este tomo gigante que me compré tiene por lo menos una de esas, así que la leeremos con atención a ver qué diferencias tiene con las que efectivamente escribió y dibujó el maestro Ibáñez.
El argumento de Los que Volvieron de “Allá” es delirante desde el primer cuadrito: un científico loco hace reaparecer en el presente a Drácula, Frankenstein, Mata Hari, Atila, Nerón, Borgia y Francis Drake, y los manda a robar objetos valiosos para él. Los ineptos agentes de la T.I.A. deberán detener a estos villanos rescatados del pasado por el Doctor Bacilez y reestablecer el orden. Sí, claro... esperá sentado. Con esta consigna, Ibáñez desata uno de sus clásicos maremagnums: cada secuencia enfrenta a Mortadelo y Filemón con uno de los villanos y en todas el caos y la destrucción se imponen por sobre el orden. Los buenos ganan, pero siempre con nefastas consecuencias para ellos mismos y para las locaciones que visitan. Por supuesto, todas estas peripecias están salpicadas de diálogos disparatados y sobre todo del slapstick, el humor físico violento en joda, que es el que mejor maneja Ibáñez. En ese sentido, no tiene nada que envidiarle a los cortos más salvajes de Tom y Jerry o los Looney Tunes.
Como las buenas series decididamente cómicas, Mortadelo y Filemón no sólo no se hace cargo de lo que sucedió en el tomo anterior... Ni siquiera se hace cargo de lo que sucedió en la viñeta anterior! Caso típico: Mortadelo hace detonar una caldera por accidente. Siguiente viñeta, Filemón está en llamas, o chamuscado. Siguiente viñeta, Filemón vendado, o enyesado, o algo así, persigue furioso a Mortadelo y trata de acribillarlo en venganza. Siguiente viñeta, los agentes están intactos y limpitos en el cuartel de la T.I.A., listos para recibir nuevas órdenes del Super. Como el Coyote, que en una secuencia se hacía mierda contra el precipicio, y en la siguiente recibía un nuevo producto marca ACME y ponía en marcha un nuevo plan. Así funciona esta seguidilla de gags frenéticos y extremos, sin consecuencias, sin la más mínima sutileza, pero con innegable comicidad.
El dibujo de Ibáñez es delicioso y no envejeció ni un día, aunque esta historieta tenga ya 25 años. Ibáñez es el más “contaminado” de los grandes maestros de lo que se llamó la “Escuela Bruguera”. En su trazo conviven su mentores (principalmente Vázquez y Escobar) pero también se le nota el amor por los historietistas franceses y belgas, principalmente André Franquin y Albert Uderzo. Insuperable en el lenguaje corporal y las expresiones faciales, Ibáñez se ceba además metiendo detalles casi microscópicos en los fondos y hasta en los rincones de las viñetas, y eso que metía 14 ó 15 por página. El resultado es un dibujo muy expresivo, dinámico y de increíble plasticidad, siempre fácil de entender a pesar del kilombo que se arma en cada viñeta, donde siempre hay gente, animales y objetos que se mueven, corren o vuelan por el aire en un estallido de líneas cinéticas y onomatopeyas.
Me gustan más las historias en las que Mortadelo y Filemón deliran menos y bajan un poquito más de línea sobre algún tema más social, pero con esta también me reí bastante. Me quedan cuatro más, para saborear de a poco en las próximas semanas.
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domingo, 14 de febrero de 2010
14/ 02: MORTADELO Y FILEMON: MUNDIAL 82

De todas las veces que nos hicimos los poronga, pocas nos salió todo tan mal como en el Mundial ´82. Pero claro, íbamos con casi todos los campeones del ´78 y con Maradona, que ya era el mejor del mundo… ¿Qué podía fallar? Todo. Encima no nos olvidemos que en Junio de 1982, Argentina no sólo estaba gobernada por un genocida borracho y retrasado mental (no, ¿cómo George W. Bush? ¡Leopoldo Galtieri!), sino que además estaba en guerra con el Imperio Británico, que nos estaba dando de lo lindo en el gélido Atlántico Sur. Todo esto para ilustrarles por qué el Mundial ´82 me trae aciagos recuerdos.
Por suerte, hoy ese mundial es motivo de risa, y se lo debo al maestro Francisco Ibáñez. Muchas veces había oído a mis amigos fans de Mortadelo decir “los mejores álbumes son los de los mundiales y los de las olimpiadas”, y la verdad que comprobé esa teoría con un álbum sencillamente magistral. Yo esperaba chistes de jugadores, árbitros, técnicos y relatores, pero me encontré con una historieta 100% política, en la que Ibáñez se le planta en la vereda de enfrente a la organización del mundial y se dedica a denunciar cómo toda esa maratón de obras faraónicas y gastos desmesurados afecta directamente a la salud y la educación públicas. Como si esto fuera poco, Ibáñez presenta a la P.E.P.A. (Pueblabruta Exige Plena Autonomía), una célula terrorista que, con cero recursos y escasa habilidad, intentará sabotear las obras del mundial y mantendrá en jaque a los ineptos agentes de la T.I.A.. No hace falta aclarar que la P.E.P.A. es una parodia salvaje de la E.T.A., no? Lo loco es que después de este álbum Ibáñez no se haya ligado una bomba, ni un corchazo, ni una generosa sesión de patadas en los dientes. No sé si eso habla de la madurez política de los españoles, de la chapa de Mortadelo y Filemón o de qué, pero en Argentina, por mucho menos, los milicos te llevaban a nadar al río, con las manos y los pies encadenados.
Pero además de bajar línea a ocho manos y demostrar su talento para la sátira socio-política, Ibáñez llena este álbum con su ya clásico repertorio de gags físicos, a veces extremadamente violentos, siempre sumamente efectivos. Estamos en una época en la que este subgénero (el slapstick) había sido erradicado de la TV por el conservadurismo yanki, y los exabruptos de violencia con efecto cómico sobrevivían apenas en algunas páginas de la revista MAD (las de Don Martin y Antonio Phroias, el creador de Spy vs. Spy), en algunos franco-belgas como Greg y Franquin, y obviamente en las desenfrenadas pantomimas de Mortadelo y Filemón. Hoy, encontrarse con 44 páginas seguidas de palo, palo y palo es como una sobredosis, pero de las que hacen bien.
Como todos los álbumes de Mortadelo y Filemón, este ofrece como complemento a la aventura central, tres historias cortas. Muchas veces se pone en duda que estas hayan sido realmente obra de Ibáñez, ya que solía dejarlas en manos de sus colaboradores. Pero en este caso, una de las tres historietas cortas, La Bolsa o la Vida, es tan, pero tan perfecta, que sólo puede ser obra del maestro. Las otras no están mal, pero La Bolsa o la Vida es un clásico instantáneo del humor.
En la Argentina de principios de los ´80, historietas aparentemente cómicas, como Bosquivia o La Clínica del Dr. Cureta, invitaban al lector a reflexionar acerca del daño que la dictadura militar nos estaba haciendo como sociedad. Pero lo hacían desde la metáfora, desde la parábola, con sutileza y también con una cierta amargura. Pega fuerte ver cómo, en ese mismo momento, pero un país en plena transición democrática, la denuncia podía ser mucho más obvia, in your face y hasta mucho más cómica. Por supuesto, lo que había para denunciar en España no era comparable con lo que pasaba acá (digamos que el choreo generado por las obras del Mundial ´78 fue casi el menor de los crímenes de la dictadura), pero sigue siendo muy loco leer un comic humorístico tan de barricada, donde se confronta y se ridiculiza a los poderosos de un modo tan abierto y, por supuesto, tan desopilante.
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jueves, 4 de febrero de 2010
04/ 02: MORTADELO Y FILEMON: LO QUE EL VIENTO SE DEJO

A Francisco Ibáñez lo vi una sóla vez en mi vida, y no me la olvido más. Era un señor con cara de buena onda que firmaba libros sentado en un stand del Saló de Barcelona, flanqueado por una cola de fans sólo comparable a la que se formaría si en una Feria del Libro se pusieran a firmar Quino, Liniers, Caloi y Maitena juntos. Ibáñez estaba más allá de todo, incluso más allá de Stan Lee, elevado a emperador de un universo que se relaciona poco con el que pueblan los “comiqueros del palo”, pero que desde hace más de 50 años lo tiene como principal referente.
Ibáñez creó a Mortadelo y Filemón en 1958, para una revista de la mítica editorial Bruguera, y desde entonces le pasó de todo. Hizo historias cortas, se pasó a las sagas largas, toleró la aparición de historias apócrifas, dejó la serie en manos de ayudantes, retomó el control creativo, perdió los derechos a manos de un editor garca, los recuperó, supervisó series animadas, se enojó con los responsables de las pelis con actores, dejó de serializar las sagas por episodios para lanzarlas directamente como novelas gráficas y vio cómo sus historietas se publicaban en más de 10 idiomas. Y lo más loco: 52 años después, sigue realizando nuevas historias. No sé si hay muchos historietistas en el mundo que hoy estén continuando series que iniciaron hace 52 años…
Hoy nos ocupa una aventura serializada originalmente en la revista Mortadelo allá por 1980 y luego reeditada (junto a tres historias cortas) en el Vol.23 de la colección Olé!, de Ediciones B. Lo que el Viento se Dejó es recordada aún hoy por los fans como una de las mejores historias de todos los tiempos, y la verdad es que le sobran los méritos. Creo que desde que empecé con este blog, es la primera vez que leo algo que me hace reir en voz alta.
En las 44 páginas que dura la historia, Ibáñez se va al carajo no menos de 100 veces. Mortadelo y Filemón (ineptísimos agentes de la T.I.A.) y los villanos protagonizan más gags violentos en 44 páginas que Bugs Bunny, Silvestre y el Coyote en toda su historia. Caídas brutales, mordeduras de todo tipo de animales, inyecciones, explosiones, troncos de árboles que caen, cactus, piedras gigantes, portazos en los dedos… todos los recursos del subgénero humorístico conocido como “slapstick” se suceden en un vértigo, un frenesí, que no da respiro. En cada página hay tres o cuatro chistes “físicos”, a los que se suman los juegos de palabras y –acá de modo incipiente, pero en los ´80 y ´90 un poco más obvios- los chistes escatológicos. Ibáñez, además de fan de André Franquin (cosa que resulta obvia con sólo hojear un álbum suyo), es también fan de la MAD clásica, la de las magníficas parodias de Wally Wood, Bill Elder y demás animalitos, llenas de gags visuales en los fondos. Y así, entre los disfraces que pela Mortadelo y los chichones que colecciona Filemón, aparecen arañitas, ratitas o pajaritos haciendo boludeces, casi imperceptibles, en algún rincón de esas viñetas abigarradas, dibujadas hasta la saturación, como hacía Franquin, y como hace hoy un fan a muerte de Ibáñez, el ídolo Gustavo Sala.
Entre tanto kilombo de personajes, animales, líneas cinéticas y onomatopeyas fuera de control, pareciera difícil meter una historia, un hilo conductor que le dé un mínimo sentido a este pandemonium de la pantomima y el grotesco. Lo que el Viento se Dejó tiene algo así como un guión, obviamente opacado por el tsunami de gags, pero con la coherencia suficiente como para resolver en el final el planteo que dispara la historia en el principio. No me quiero extender en contarles de qué va la trama, pero sí decirles que transcurre en Villa Rebuzno, un pueblito rural de notable atraso, a cuyos habitantes y costumbres Ibáñez ridiculiza de un modo mil veces más cruel y más gracioso que cualquier chiste de gallegos que hayas podido escuchar en Argentina.
En la España de hoy, Mortadelo y Filemón son una institución. Algo así como el establishment, pero un establishment copado, al que no está mal ovacionar desde estas remotas pampas en cuyo devenir político la T.I.A. parece haber tenido tanto que ver…
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