el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 23 de noviembre de 2022

CLÁSICOS Y MODERNOS

Entre los partidos del Mundial y que se me vino encima el momento de corregir y diseñar los artículos para el nº6 de Comiqueando Digital, me quedé casi sin tiempo para leer historietas. Encima estas son semanas de muchos compromisos sociales, sumados a los contenidos que habitualmente me toca generar, corregir o supervisar para el sitio web y el canal de YouTube, y se me complica encontrar huequitos para leer. Pero bueno, acá tengo dos libros leídos, ambas publicaciones editadas en Argentina en 2022, que es lo que mayoritariamente voy a leer de acá a fin de año. Empiezo con la recopilación de los 12 primeros episodios de Rocky Keegan que se mandó la editorial Duma. Estas son historietas originalmente aparecidas entre 1979 y 1980 en la revista Nippur Magnum, escritas por Ray Collins y dibujadas por Gerardo Canelo. Algo de esto yo lo leí en su momento, pero no me acordaba nada. Lo primero que me llamó la atención es la brutal desproporción entre texto e imagen que hay en cada página. Collins mete diálogos y bloques de texto en cantidades demenciales, y el dibujo no solo no encuentra espacio para contar la historia, sino que se ve reducido a estampillitas, mini-recuadritos en los que Canelo aporta lo que puede, entre esos masacotes de letras que predominan de modo contundente. En la segunda mitad del tomo, a partir del séptimo episodio, empiezan a aparecer páginas con menos viñetas. Ahora los cuadros son más grandes, y aunque Collins trate de llenarlos de texto, queda espacio para que Canelo dibuje un poco más. Ahí todo se hace un poco más llevadero, aunque la urgencia por probar cosas nuevas hace que a veces el dibujante meta cuadros que complican el orden de lectura de las secuencias. También acierta con unas viñetas widescreen muy lindas y -cuando puede- con un despliegue de cuerpos en acción muy atractivo. El dibujo de Canelo, en general, es muy bueno. Tiene la elegancia de los clásicos (un García López, ponele), pero además se nota que le gustaba mucho el Horacio Altuna de los ´70 y que lo seducía esa síntesis y esa pincelada más gruesa, más suelta, que asociamos con Alex Toth. Al sacarle el espantoso color típico de las revistas de Columba, Canelo se revela como un capo del claroscuro, hábil poseedor de un dibujo muy equilibrado, muy accesible, incluso en las ínfimas superficies que tiene para llenar en esas páginas repletas de texto. Y el texto también es muy bueno. De hecho, es mejor el guion que el argumento, que hoy se siente un poco antiguo, un poco lastrado por clichés que hace 40 años se bancaban y hoy no. En el reemplazo del rotulado mecánico de Columba por el rotulado digital se colaron algunos errores de tipeo que hubiese estado bueno detectar y corregir antes de mandar el libro a imprenta. Pero bueno, cuando el texto es tanto (y cuando el rotulado original es tan horrendo), se puede perdonar algún moquito. Rocky Keegan es una telenovela protagonizada por un boxeador en la New York corrupta de fines de los ´70. Si comprás el modelo del héroe perfecto, del tipo sencillo, solidario, altruista, respetuoso, afectuoso, incapaz de albergar el menor sentimiento negativo, temido por los hombres por su fuerza, amado por las mujeres por su porte atlético y su forma de ser tan copada, Rocky se puede convertir en tu ídolo. Pero guarda: lo vamos a ver pelear relativamente poco, por lo menos al principio. Lo que rige los destinos de la serie (por ahora) es el culebrón clásico, con romances, celos y esas cosas, por suerte condimentado con las posibilidades que brinda el submundo de los boxeadores y el contexto de una ciudad hostil y llena de gente muy hija de puta. Si bien esta vez Rocky Keegan no me emocionó tanto como cuando lo leía a los 11-12 años, me parece que tiene bien ganada la chapa de clásico. De hecho, estoy como para comprarme un Vol.2 ni bien salga.
Allá por el 01/09/19 me tocó reseñar la versión de Tomás Wortley y Franco Viglino de El Principito, el clásico de Antoine De Saint-Exúpery. Ahora la dupla reincide con otra adaptación de una obra fundamental de la literatura del Siglo XX, nada menos que Peter Pan y Wendy, de James Matthew Barrie. En poco más de 90 páginas, la dupla recrea la seminal obra de teatro, luego transplantada a todos los soportes de ficción imaginables, sin dejar nada afuera. La novela gráfica tiene acción, introspección, algo de romance, algo de humor... todo lo que puede llegar a entusiasmar a lectores de 9 a 12-13 años. El carisma de los personajes de Barrie se traslada a la perfección a la historieta: Wortley cuida mucho ese aspecto y logra que todo el elenco, buenos, malos y secundarios, nos resulten queribles. Al igual que la obra original, la novela gráfica está regida por la lógica de la fantasía y no tiene mucho sentido discutir ciertos baches o caprichos argumentales que orientan la trama para donde al autor le conviene llevarla. Lo importante es divertirse, emocionarse, maravillarse con lo imposible y vibrar con las aventuras que -para nenes y nenas de 9 años- pueden ser un poquito extremas. Viglino demuestra una vez más su enorme talento como dibujante y su gran solvencia como narrador gráfico. Tanto las escenas intimistas como las grandilocuentes están planificadas y ejecutadas con gran eficacia, y si lo importante (como decíamos recién) es divertirse y emocionarse, esto sucede en buena medida por el gran desempeño de Franco en estas páginas. Pero además se pone un desafío extra: rediseñar todo el mundo de Peter Pan para que los personajes, sin traicionar la esencia de la obra original, se parezcan lo menos posible a la adaptación más popular, más reconocible, que es la película de Walt Disney de los años ´50. Para eso echa mano a su notable manejo de la estética pseudo-ponja, hoy tan aceptada entre los pibes y pibas de las edades a las que apunta el libro. Y no, no es un manga, ni pretende serlo. Pero de alguna manera, ciertos rasgos de los shonen más populares aparecen en el diseño y la forma de moverse de estos personajes que, claramente, están en las antípodas históricas y geográficas respecto de un manga actual. Lo que más lo despega de la estética pseudo-ponja es el color, que es realmente excelente y aporta muchísimo. Comparás esto con muchas de las adaptaciones de clásicos de la literatura o la mitología que otras editoriales le tratan de vender a este mismo segmento etáreo, y la verdad que la diferencia es monstruosa en favor de Wortley y Viglino. Acá se nota que los autores ponen el corazón, no salen a chorear ni a sacar el trabajo con fritas. Lo recomiendo mucho, sobre todo para pegarle una leída y regalárselo a hij@s, sobrin@s, ahijad@s o mascotas bípedas. Y tengo otro trabajo de la dupla en la pila de los pendientes, que espero leer pronto. Gracias por el aguante de siempre, gracias a tod@s l@s que se acercaron a saludar y sacarse fotos conmigo en los últimos eventos en los que estuve (Pergamino, Concordia, San Luis, etc.) y ni bien pueda, vuelvo a postear nuevas reseñas acá en el blog.

martes, 22 de febrero de 2022

EL ESQUEMA SE REPITE

Los libros que leí en estos días tienen bastante en común con los de la entrada anterior, por absoluta casualidad. La otra vez teníamos un policial de autores argentinos protagonizado por un detective privado duro, del cual sabíamos muy poco. Ahora cambiamos detective privado por inspector de policía, y nos vamos a 1975 con los maestros Ray Collins y Lito Fernández para disfrutar de la reciente reedición de Precinto 56, aquel clásico de la revista Skorpio. Yo me acordaba que esto era bueno, pero no que era TAN bueno. Esta etapa de Precinto 56 arranca MUY arriba, con un Collins afiladísimo, obviamente influenciado (tanto en la prosa como en la construcción de las tramas) por Héctor G. Oesterheld, pero con una calidad y un vuelo poético en los textos que no tienen nada que envidiarle a los del maestro, y hasta a veces lo superan. Collins te hace sentir en carne propia la desolación, la oscuridad, el horror y la miseria que pueblan cada una de estas historias de 12 ó 13 páginas. Sobresalen del conjunto dos guiones soberbios: el del violador serial (jodido e impredecible) y el que gira todo el tiempo en torno al aborto, sin decir nunca la palabra “aborto”. Este es una cátedra absoluta, que deberían estudiar en profundidad todos los guionistas actuales. El dibujo de Lito Fernández es rarísimo, como si quisiera despegarse del estilo que había impuesto en Dennis Martin y reconciliarse de alguna manera con quien fuera su maestro (casi su padre, dice siempre Lito), Alberto Breccia. O por lo menos acercarse a otros discípulos del Viejo (pienso en José Muñoz, Rubén Sosa o Leopoldo Durañona) que adoptaron más yeites del glorioso tripero y los conservaron durante más años. Ojo, alejarse un poquito de Milton Caniff y Frank Robbins para acercarse un toque a Breccia no es un disparate, porque el Viejo también tuvo una etapa en la que miraba bastante a Caniff. Pero en esta etapa de la carrera de Lito, esa búsqueda se ve rara. Lo vemos usar muchas técnicas de entintado distintas en una misma viñeta y trabajar el grosor de la línea, las manchas negras, las texturas y los cross-hatchings de un modo que no volveremos a ver en casi ninguno de sus trabajos posteriores. De esa indefinición, o de ese “vale todo” intencional, salen imágenes de enorme fuerza expresiva. Más allá de que el fan de larga data de Lito sienta este material como extraño en la carrera del ídolo, es innegable que en Precinto 56 la narrativa que despliega Fernández no tiene fisuras. Ni siquiera esos experimentos en materia de claroscuro logran empañar la habilidad innata de este monstruo para contar historias con sus dibujos. Este arranque de Precinto 56 es magistral, de verdad. Una obra que para 1975 era moderna, quizás incluso vanguardista, pero que en ningún momento se planteaba romper con la ilustre tradición de los próceres de siempre como Oesterheld y el Viejo Breccia. Y que hoy se puede leer y disfrutar sin el menor inconveniente, e incluso tirar sobre la mesa para revalorizar a dos autores de una trayectoria demoledora (que felizmente aún están vivos) y una producción monumental, como la que nos ofrecieron Collins y Fernández, sobre todo en los ´70 y ´80.
Y la vez pasada comenté una historieta de aborígenes norteamericanos enfrentados a los milicos de ese país que funcionaban como avanzada del genocidio y posterior robo de sus tierras, y hoy tenemos otra obra que se trata de lo mismo. Tecumseh! nació como una obra de teatro creada por Allan Eckert para ser representada al aire libre, en un gigantesco predio de Chilicothe, Ohio. Hasta que vio la obra el siempre inquieto Timothy Truman y dijo “esto es una historieta, maestro”. Así es como en 1992 apareció esta versión de Tecumseh!, que sin desviarse casi nada del relato de Eckert, funciona lo más bien como una novela gráfica de 60 páginas. Como está contada desde el punto de vista de los indios Shawnee, esta es una historia triste, donde el valor y la entrega de estos bravos guerreros no va a alcanzar para impedir que los milicos blancos se queden con todo. Pero Tecumseh se va a encargar de que la victoria les salga cara. La obra también tiene una leve trama romántica y otra bastante más importante que va para el lado de la intriga palaciega y por momentos cobra ribetes shakespeareanos. O sea que aunque sepas que al final pierden los buenos, hay bastantes elementos que te van a mantener enganchado hasta el final. Y por suerte los textos son ágiles, no está la intención didáctica de explicarte en detalle la sociedad, la economía, la política, la táctica bélica, la religión y hasta qué condimentos le ponían los indios a la comida a principios del Siglo XIX. Donde Tecumseh! viene floja de papeles es en algunos pasajes del dibujo. Truman es un excelente narrador, pero no puede dibujar a los personajes con la misma cara en dos viñetas seguidas. A veces copia los rostros de fotos y le salen muy bien, pero se nota mucho que son fotos copiadas. Y cuando no copia, tenemos personajes que de una viñeta a otra pasan de ñatos a narigones, de baqueteados a lozanos, o de flacos a gordos. El protagonista y su hermano por momentos parecen tener veintipocos años, por momentos treinta y muchos, por momentos ser casi viejos… pero en una sucesión que no coincide con el transcurso de los años que abarca el relato. Y en el medio aparece una cara copiada de una foto, y los aborígenes adquieren los rasgos del modelo que posó para la foto, que probablemente haya sido un amigo de Truman, que no era descendiente de shawnees, ni tenía una edad ni una contextura similar a la de los protagonistas del comic. O sea que ahí hay una inconsistencia, una irregularidad muy notoria, que no empaña algunos momentos majestuosos del dibujo, ni mucho menos lo interesante del guion, pero hace ruido. Si sos fan de Truman, seguro ya estás acostumbrado a esos saltos bizarros, y no van a impedir que disfrutes de esta muy buena novela gráfica. Nada más. Nos reencontramos el mes que viene, acá en el blog, con reseñas del material que pienso leer durante el viaje a Montevideo. Gracias y hasta pronto.