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martes, 19 de octubre de 2010

19/ 10: CABO SAVINO


Nunca fui fan del Cabo Savino, de hecho esta debe ser la segunda vez que leo algo del personaje. Pero hice una experiencia muy limada: me leí este libro volviendo de Neuquén, en un micro que atravesó La Pampa y el oeste de la provincia de Buenos Aires, o sea, las mismas planicies por las que cabalgaban hace 140 años Savino y los demás personajes de la historieta. Estuvo bueno! Fue flashero, de verdad!
Claro que ya era fan de Carlos “Chingolo” Casalla. Al principio no, las primeras cosas que leí de Casalla no me gustaron un carajo. Por ahí porque era muy pendejo y no entendía nada. A los 11 años tampoco me gustaban ni Kirby ni Ditko, o sea que tomo bastante con pinzas mis gustos de la niñez. Lo cierto es que hace unos años me tomé el laburito de leer los primeros… 40 episodios de El Cosaco, historieta de Casalla y Robin Wood de principios de los ´80, y ahí me cebé con el Chingolo y me cerró por completo su estilo, esa mezcla de rudimento y elegancia, esa impronta medio desprolija, medio sucia, esos caballos majestuosos (creo que sólo Carlos Roume le ganaba a Casalla a la hora de dibujar caballos), eas ambientación definida siempre con lo justo, con los detalles puestos donde tienen que ir.
Y eso estaba hecho a los pedos, porque en su etapa en Columba, Casalla entregaba 12 páginas por semana, cuando no más. Imaginate a Casalla con todo el tiempo del mundo para dibujar, con libertad, con la posibilidad de meter menos cuadros por página, con los diálogos rotulados a mano y no con la inmunda maquinola de Columba… ahí ya suma fantastillones de puntos, pero falta algo más, algo que lo levanta más todavía: imaginátelo en blanco y negro, sin los colores espantosos que aquellos despiadados coloristas le infligían a las historietas de Columba en lo que constituía verdaderos crímenes de lesa humanidad aún hoy impunes. Ahí el dibujo del Chingolo levanta un vuelo alucinante y permite que disfrutemos mucho más de su trazo enmarañado, a veces hasta sobrecargado de líneas, de sombreados y texturas. En blanco y negro se notan también las pifias, como esos personajes que le quedan un poquito cabezones, como a otro Carlos ilustre, el maestro Vogt. Pero cuando los personajes tienen mucho para expresar, eso no calienta demasiado.
Este libro arranca con una de las aventuras clásicas de Savino, de las que salían en Columba, pero el plato fuerte viene después. Son tres aventuras re-escritas por Casalla para convertirlas en una novela gráfica de 76 páginas, una verdadera epopeya, que funcionaría perfecto como un largometraje. Acá, el Cabo vive varias peripecias, se enfrenta a varios malones, a varios milicos desertores y traidores y vive un romance con la Gallega, una mina brava y valiente que lo banca en todas. Entre los secundarios y los villanos, el personaje que menos me interesó fue el propio Savino, que es el que menos avanza, sobre el que menos se pregunta Casalla por qué hace lo que hace. Es como si se diera por sentado que esto lo van a leer los fans incondicionales del longevo aventurero; o no, pero no hay un esfuerzo por cebar al nuevo fan o al no-fan.
Por suerte el guión no decae, manda data sobre la pampa, los fortines, los gauchos, los indios y los milicos sin aburrir y la acción es áspera, fuerte, con consecuencias jodidas. Por ahí hace ruido la bajada de línea ideológica, al final, cuando el Cabo Savino vaticina que se vendrá la avanzada definitiva del ejército sobre “la indiada” y le pone una ficha, lo dice esperanzado, como si el inminente genocidio fuera la clave para construir un país mejor. Hasta ahí, la forma en que Casalla mostraba a los pueblos originarios era más que respetuosa, pero a dos páginas del final se pone la camiseta del General Roca, aunque vaticina que los caciques emigrarán al sur, o cruzarán la cordillera, no que los van a hacer mierda sin la menor piedad.
Sigue sin gustarme el Cabo Savino, pero ahora Casalla me gusta más que antes, porque escribe bien, narra mejor y en blanco y negro y con menos viñetas por página, dibuja como la San Puta, el muy maula.